Focus press setmanal número 94

Presentació

La decisió de Donald Trump d’abandonar l’acord sobre el programa nuclear de l’Iran constitueix probablement la seva acció amb més conseqüències negatives, en tant que incentiva una perillosa escalada armentística a la regió i inflingeix un nou cop a la molt deteriorada confiança entre Els Estats Units i Europa (Carlos Yárnoz, Edward Luce, Itxaso Domínguez de Olazábal/Adrian Vidales [text 1] Pol Morillas). I encara més greu és la càrrega de profunditat contra el Tractat de No Proliferació Nuclear, peça clau de l’ordre nuclear global durant mig segle (Ramesh Thakur, Javier Solana).

Sens dubte, la insensatesa estratègica de Trump posa a prova la capacitat de la Unió Europea de mantenir una posició pròpia en un tema global d’aquesta transcendència: es repetirà el seguidisme europeu de la guerra de l’Iraq? O bé les posicions favorables a mantenir l’acord expressades per Paris, Berlin i Londres (a remarcar la insignificància internacional d’Espanya: (Josep Maria Colomer, Mariola Urrea) donaran a pas a una acció diplomàtica col·lectiva a la regió? (Pierre Haski). A la vista del comportament de Trump resulta premonitori l’advertiment a Macron sobre la fiabilitat del president nordamericà que publicava Susan B.Glasser al “New Yorker” [text 2]

Els bons desitjos expressats el Dia d’Europa (Manifest del 9 de maig) de poc serviran sense decisions i accions orientades a fer tangible la solidaritat europea (Cristina Ares) i a projectar-se cohesionadament en l’àmbit internacional. Uns propòsits que avui per avui s’encarnen en la figura d’Emmanuel Macron, amb una agenda reformadora a França i a Europa de gran ambició, que manté després d’un any de mandat un nivell d’acceptació relativament positiu per part de l’opinió pública (enquesta Ipsos/Cevipof). Veure també diversos articles sobre el balanç del primer any de Macron: Gilles Finchelstein/Brice Teinturier, Chloé Morin, Pascal Riché, Olivier Mongin.

Al fil de les polítiques de Macron, és força interessant la reflexió sobre les tradicions reformistes (Gérard Grunberg sobre el rocardisme)  [text 3] i les dificultats de les polítiques reformistes en l’actual context social i comunicatiu (Nicolas Colin [text 4], Ignacio Urquizu).

El baròmetre d’abril del CIS confirma les tendències registrades per les enquestes publicades en els darrers mesos, deixant oberta la incògnita sobre el potencial de caiguda del Partit Popular i la seva possible substitució per Ciutadans en l’espai del centre-dreta (veure els comentaris d’Oriol Bartomeus, Pau Marí-Klose, Enric Juliana, Ignacio Varela, Jorge Galindo).

Per copsar l’aire dels temps que corren en la política i la societat espanyoles són útils el diccionari proposat per Enric Juliana [text 5] la nota de Soledad Gallego-Díaz sobre els mals hàbits polítics,  l’article de Pablo Simón sobre el moment feminista, i el de Daniel Gascón sobre el moment populista.

El final formal d’ETA convida a valorar l’impacte que el terrorisme etarra ha tingut en la democràcia espanyola, en haver constituït el problema polític més greu fins l’any 2011, i a pensar en la petjada que deixa.   Luis R.Aizpeolea [text 6] es planteja les qüestions pendents: la batalla pel relat, el reconeixement a les víctimes i la reinserció dels presos; Carlos Yárnoz analitza la influència de l’aparició del terrorisme gihadista en la derrota d’ETA; Eduardo Madina recorda els qui van mantenir-se dignes en una societat basca atemorida; i Antoni Puigverd aborda la delicada qüestió de la “fascinació morbosa” pels etarres de sectors de la societat i la política catalanes.

Sobre l’agònic procés del “procés” proposem un calidoscopi de cròniques: Lola García, Guillem Martínez, Lluís Bassets, Francesc-Marc Álvaro, Joan Tapia, Salvador Sostres … I els editorials significatius de La Vanguardia i d’Ara clamant per evitar les eleccions i constituir un govern efectiu … I el gir estratègic d’ERC que s’esbossa en l’esborrany de la ponència política de la seva pròxima conferència nacional …

Més enllà de les vicissituds processistes, destaquem l’anàlisi d’Oriol Bartomeus [text 7] sobre la creixent identificació entre llengua i vot i el risc que aquesta tendència representa per a la cohesió social del país. També, la reivindicació del vell catalanisme que proposa Jordi Amat [text 8], en constatar com amb el procés s’ha malmés la institució (Tarradellas), la cohesió (Benet) i el poder (Pujol).

Finalment, hem seleccionat les aportacions de Daniel Innerarity [text 9] i d’Anthony Giddens [text 10] al debat sobre la relació entre democràcia i veritat i les possibilitats i contraindicacions de regular l’univers digital.

 

 

 1.

 

Itxaso DOMÍNGUEZ DE OLAZÁBAL y Adrian VIDALES, “Trump, Iran y un acuerdo (nuclear) en peligro” a Agenda Pública (9-05-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/trump-iran-y-un-acuerdo-nuclear-en-peligro/

Donald Trump anunció ayer la retirada unilateral de Estados Unidos del Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), más conocido como el pacto nuclear con Irán. Con numerosas cancillerías mundiales y medios esperando acontecimientos para poder hacerse una idea cabal de cuáles serán los próximos movimientos y, por tanto, cuál será el futuro del acuerdo, exponemos brevemente cómo hemos llegado aquí y qué podemos esperar del futuro inmediato.

1.- Un éxito del sistema internacional de no proliferación. El acuerdo, en vigor desde enero de 2016 y firmado por Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Reino Unido, Alemania e Irán, con la participación de la Unión Europea, constituyó un éxito de la diplomacia multilateral y de la política de no proliferación de armas de destrucción masiva. Tras años de negociación, Irán se avino a poner su programa nuclear bajo supervisión internacional ante el creciente daño que las sanciones internacionales estaban infligiendo a su economía.

2.- En qué consiste el acuerdo. Entre los compromisos adquiridos por Teherán figuran reducir un 98% sus reservas de uranio y en dos tercios del número de centrifugadoras de enriquecimiento operativas, o abstenerse durante 15 años de desarrollar investigación y desarrollo en materia nuclear. Para verificar éstas y otras condiciones del acuerdo, el JCPOA obligaba a Irán a garantizar el acceso a todas sus instalaciones nucleares, sin restricción, a los inspectores de la Organización Internacional para la Energía Atómica (OIEA), que actuaba como garante del acuerdo. A cambio, se suprimirían las sanciones económicas que pesaban sobre Irán en sectores como el comercio, la tecnología, las finanzas y la energía.

3.- Cuál es su valor. Con sus disposiciones, el JCPOA impide el desarrollo de cualquier programa nuclear por parte de Irán, al imponer sobre el país un régimen de inspección internacional a lo largo de toda la cadena de valor, limitando la consecución de materia prima, el enriquecimiento de la misma y su almacenamiento. ¿Se está cumpliendo? Desde la firma del acuerdo, la OIEA ha comprobado y notificado a las partes –la última vez, en marzo de 2018– el cumplimiento iraní.

4.- ¿Por qué Estados Unidos ha decidido salir del acuerdo? Ya durante su campaña electoral, Trump denunció como un error clamoroso la firma del acuerdo por parte de la Administración Obama, por cuanto aquél no impedía de forma definitiva e irrevocable que Teherán pudiera hacerse con la bomba atómica ni contenía sus ambiciones de influencia en Oriente Próximo. Ahora, presionado por sus dos principales aliados en Oriente Próximo y varios representantes de su Administración que nunca han escondido su insatisfacción para con el acuerdo, el presidente estadounidense ha decidido abandonarlo unilateralmente aun a riesgo de quedar aislado frente al resto de potencias mundiales y de facilitar todavía más la influencia en la región de países como Rusia o China.

5.- ¿En qué ha afectado el contexto en Oriente Próximo? Para justificar su decisión y probar que Irán incumple el JCPOA, Trump citó una reciente presentación del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu con exactamente el mismo mensaje. Bibi lleva años luchando contra el acuerdo, tanto antes como después de su firma y en numerosos escenarios, incluyendo el propio Congreso estadounidense. Israel es el único actor de la región que dispone de armas nucleares, un estatus que consigue conservar tanto en los despachos de la Casa Blanca como bombardeando reactores en Irak o Siria. Con la guerra en Siria como telón de fondo, no hay semana que pase sin rumores de escalada de tensiones y enfrentamiento asegurado entre el Estado hebreo y Teherán (o alguno de sus proxies, como es el caso de Hezbollah).

A su vez, Arabia Saudí ha sido uno de los protagonistas más activos no tanto contra el acuerdo per se como contra la posibilidad de que Irán se dote de armas nucleares que puedan consagrar su creciente influencia regional en el marco de la llamada nueva guerra fría de Oriente Próximo. Los saudíes han hecho girar buena parte de sus reacciones y estrategia sobre el eje de su animadversión vis à vis con la República Islámica, como evidencian el conflicto en Yemen y el bloqueo a Qatar por parte del llamado Cuarteto Árabe (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Bahrein). Trump, el príncipe heredero saudí y Netanyahu comparten así una cosmovisión que ha favorecido una complicidad cada vez más evidente entre actores que en su momento no tenían tanto en común, pero ahora comparten archienemigo.

6.- ¿Hacia un cambio de régimen? La decisión de Donald Trump representa, asimismo, un ejemplo de desinformación; compartida, eso sí, por no pocos en su Administración y entre sus votantes: presentarla como el primer paso para lograr un levantamiento democrático en Irán. Es un discurso en esencia paternalista, utilizado ya con ocasión de las protestas del pasado mes de enero y que demuestra, además, un preocupante desconocimiento del funcionamiento (en ocasiones extremadamente opaco) de la República Islámica. Aunque el acuerdo fue presentado al mundo como un logro del presidente Hassan Rouhani y el ministro de Asuntos Exteriores Javad Zarif, contaba (como no podía ser de otra manera) con el respaldo implícito del líder supremo de Irán, Ali Khamenei.

A pesar del crédito inicial y de su victoria en las últimas elecciones presidenciales, Rouhani se ha convertido en los últimos tiempos en el chivo expiatorio predilecto del régimen, sometido a una considerable presión política (e inevitablemente social) para demostrar los beneficios económicos del acuerdo, cuestionado desde el principio por sus rivales más duros. La economía del país no levanta cabeza, el rial se devalúa, los inversores extranjeros se muestran cada vez más dubitativos y el ciudadano de a pie no acaba de experimentar los efectos del levantamiento de sanciones. Se fortalece, así,  un sistema que se ha intentado derrocar sin éxito desde 1979, y que puede aprovechar cualquier renuncia de Estados Unidos para demostrar que sus halcones tenían razón, y avivar así el sentimiento nacionalista de su población (alimentada durante años por propaganda anti-imperialista) presentándose como víctima y, en ese contexto, impulsar políticas agresivas dentro y fuera de sus fronteras.

7.- De nuevo el ‘Eje del Mal’. La decisión de Trump se enmarca, al igual que gran parte de sus acciones de política exterior, en una narrativa inspirada por la teoría del choque de civilizaciones y la idea de que Irán encabeza un Eje del Mal. Así, Teherán aparece como principal culpable de la inestabilidad de la región y como miembro de ese selecto club, y le está prohibido lo que sus vecinos buscan legítimamente –garantizar su espacio de influencia en la región–, tanto a través de relaciones comerciales como de normalización de relaciones diplomáticas. Todo ello en un ejercicio maestro de dobles estándares que permite a Israel conservar su armamento nuclear o a Arabia Saudí crear una coalición para bombardear Yemen mientras Irán es presentado como una amenaza para la paz y la seguridad internacionales.

Esta narrativa maniquea no hace sino reafirmar a Khamenei y los suyos en su estrategia de enfrentamiento frontal y resistencia. Así, y muy particularmente si los inversores europeos abandonaran el país, se corre el riesgo de que Irán concluya que ya no le reporta ningún beneficio permanecer en el acuerdo y rompa los límites impuestos al enriquecimiento de uranio y otras actividades nucleares. La opción más drástica sería ver a Irán retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear y que expulsara a los inspectores internacionales que tanto han hecho por la no proliferación. Sería el probable pistoletazo de salida para una carrera nuclear en la región, como han advertido los propios saudíes.

8.- ¿Cuál está siendo el papel de Europa? Hasta el momento, el de ofrecer un coro de voces discrepantes: el 25 de abril, el presidente Macron sorprendía a propios y extraños al reconocer explícitamente la posibilidad de que el acuerdo con Irán pudiera ser renegociado. Dos días después, la canciller Merkel anunciaba que el acuerdo “no era suficiente”. Ambos dirigentes visitaron Washington DC en un intento a la desesperada por mantener a Estados Unidos dentro del acuerdo. Mientras, la Unión Europea –a través de su Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Federica Mogherini– viene reiterando desde hace meses que Bruselas está comprometida con el acuerdo. Macron, Merkel y May reafirmaron ayer noche la trascendencia de conservarlo y mantener viva la vía diplomática.

No hay que olvidar a este respecto que un considerable número de compañías europeas ha sentado estos meses las bases para vincularse con el tejido económico iraní, y hoy por hoy corren el riesgo de que sus países sean víctimas colaterales de sanciones (re)impuestas por la Administración Trump.

10.- ¿Y ahora qué? El resto de firmantes del acuerdo debe decidir si se mantienen en el pacto o abren un tiempo muerto que contribuiría a potenciar los recelos de Teherán y daría fuerza a sus halcones, contrarios al acuerdo desde el primer momento. La UE y sus países miembros deben trabajar con actores que, como Rusia –flamante king maker en Oriente Próximo y cercano, aunque no aliado, a la República Islámica como consecuencia de la guerra en Siria–, se han comprometido con el acuerdo, para erigirse en garantes del JCPOA y facilitar al Gobierno de Rouhani que adopte una postura de contención que no empeore la situación. A día de hoy, nadie parece estar en posesión de una alternativa al acuerdo que sea realista y viable.

Pese al rechazo del resto de firmantes y a las indicaciones de la OIEA de que Irán estaba cumpliendo, la Administración Trump ha decidido romper la baraja, anunciar su salida del acuerdo de manera unilateral y establecer nuevas sanciones a Irán, en línea con lo propugnado durante hace meses por los más duros del Gobierno estadounidense. Su presidente vuelve a plantar cara al Derecho Internacional, al multilateralismo y a los esfuerzos por resolver los conflictos a través de negociaciones pacíficas, además de erosionar por enésima vez la confianza entre los socios a un lado y al otro del Atlántico (muchos rememoraban ayer los días y horas previos a la decisión de George Bush Jr. de invadir Iraq en 2003).

Trump ya mostró su desdén por los compromisos adquiridos por sus predecesores cuando se retiró de los acuerdos de París, cuando reconoció a Jerusalén como capital de Israel y cuando dio con la puerta en las narices al Acuerdo Transpacífico (TPP). Se plantea así una pregunta abierta: ¿por qué volvería Irán (o cualquier otro actor internacional) a negociar un acuerdo con alguien que rompió el anterior? Las sanciones funcionaron cuando había una perspectiva de acuerdo en el horizonte; seguramente no lo hagan si tienen un fin meramente punitivo.

En política, los halcones siempre tienen una extrema facilidad para generar profecías autocumplidas. Al resto de firmantes del acuerdo en general, y a la UE como poder normativo nacido de los principios que Trump desdeña en particular, les corresponde decidir si quieren contribuir a que las predicciones de los halcones de Washington y Teherán se hagan realidad.

 

2.

 

Susan B.GLASSER, “Dear President Macron: Le Bromance with Trump Won’t End Well” a The New Yorker (27-04-18)

https://www.newyorker.com/news/letter-from-trumps-washington/dear-president-macron-le-bromance-with-trump-wont-end-well

Right before France’s President Emmanuel Macron flew back to Paris from Washington on Wednesday, he popped out of a conference room at George Washington University to personally greet a final set of visitors. Since arriving in the United States on Monday, Macron had already kissed, hugged, and held hands with Donald Trump, helicoptered with the American President to a double-date dinner at Mount Vernon, and, just a few hours earlier, dazzled the United States Congress with a full-throated speech that managed both to praise Trump and damn Trumpism. America, he insisted, had to fight against the forces of “isolationism, withdrawal, and nationalism,” and stand up for the very international order it had constructed. Macron’s thinly veiled rebuke of his host brought Democrats and more than a few Republicans to their feet, roaring in approval. Now, still energetic and seemingly unfazed, he smiled and welcomed a dozen invited TV anchors and foreign-policy columnists as if they were his personal guests entering the Élysée Palace, not a borrowed student lounge with gray swivel chairs and a bank of glowing TV screens.

For nearly an hour, Macron held forth on everything from the prospects for saving the Iran nuclear deal (Trump, he told us, was still “likely” to pull out of it) to his shuttle diplomacy in the Middle East (“I want to be the honest broker”). But Macron, dubbed the “Trump whisperer” in the European press, was most incisive when analyzing the American President. Trump, he told the pundits, was actually surprisingly “predictable,” driven by his desire to make deals that he can take credit for while invariably reverting to campaign promises to withdraw from the Iran deal or the Paris climate accord. “Your President is a dealmaker,” Macron told the group. “So he wants to find a deal, and he wants to find a deal under his condition.”

But what about Macron’s deal with Trump? To me, it seemed an awful lot like the bad marriage between the President and the Republicans in Congress who, hours earlier, had applauded Macron’s speech. Why was Macron flamboyantly praising the President and holding hands with him one moment, and then eloquently trashing Trump’s entire philosophy the next? Should Macron embrace “le bromance,” as the Times called it, and try to get something done, or openly confront and oppose him? For the last couple of years, congressional Republicans have been privately debating the same questions. This week, Macron and the elected officials in the President’s Party are still holding hands with Trump. But they’re not quite sure what to do about it, or how long their shotgun marriages will last.

Macron, at least, did it elegantly, bashing Trump while somehow not infuriating the prickly President, a task that Trump’s G.O.P. critics on Capitol Hill have largely failed at. After Macron’s meeting with the journalists ended, I watched G.W. students cheer the French leader and clamor for selfies with him. A senior French official also taking in the scene told me that Macron had received a similar reception in Congress, recounting how he ran into Senator Bob Corker, the Tennessee Republican with a famously love-hate relationship with Trump, after the speech. “I wish he were my President,” Corker told the official (though his office later denied it).

Just then, my phone rang. It was Senator Chris Coons, a Democrat from Delaware, returning my call. I asked what he had thought about Macron’s speech. “I wish he were my President,” Coons told me.

Washington’s love affair with Macron, however, was destined to be as short-lived as any other Trump-era distraction, a reality that was quickly becoming clear as we waited to be escorted in to see the French President on Wednesday night. Already, Macron’s speech to Congress was being pushed off television screens by the latest Trumpian scandal, this one involving his nominee to be the Secretary of Veterans Affairs.

Last month, Trump fired the sitting Veterans Affairs chief and bypassed his own advisers to select Ronny Jackson, a Navy admiral serving as Trump’s White House physician, for the post. Jackson had little managerial experience and had been entirely unvetted by the Trump team but had declared Trump in “excellent” physical and mental health in his first medical checkup as President. After receiving whistle-blower complaints about Jackson’s tenure in the White House, the Republican-controlled Senate had started an investigation. News of the investigation first broke as Macron and Trump kissed each other good night after their Monday dinner in Mount Vernon. By Wednesday evening, Democrats on the Senate Veterans Affairs Committee began revealing details of the allegations. “Breaking news,” the chyron on CNN read. “Jackson denies he wrecked a car, won’t withdraw nomination.” I pointed out the screen to one of the waiting journalists, the CNN analyst Fareed Zakaria, who hosts a Sunday foreign-policy show on the network. “That’s my problem” with cable TV in the Trump era, he said, smiling wryly. “It’s dialled up to eleven already. What are they going to do when the Mueller report comes out?”

By 8 A.M. Thursday, Jackson was gone, withdrawing his nomination minutes before Trump called in to his favorite TV show, “Fox & Friends,” for an interview. The Jackson scandal, from start to finish, had barely outlasted the Macron visit. During the Fox interview, Trump blamed Senate Democrats and “obstructionism” for the botched nomination. The Republicans who investigated Jackson and publicly begged the Administration to withdraw the unvetted nomination went unmentioned. As for the would-be Cabinet secretary Trump called “Doc Ronny,” the President said he told him, “ ‘Welcome to Washington. Welcome to the swamp. Welcome to the world of politics.’ ”

Two weeks ago, a lifetime in the Trump news cycle, the conservative radio-show host and blogger Erick Erickson published an interview with a Republican congressman who praised Trump on television but loathed him in private. The congressman, from a strongly pro-Trump district, declined to be named and asked Erickson to go grocery shopping with him at an out-of-the-way Safeway to avoid detection as he unburdened himself. “It’s like Forrest Gump won the Presidency, but an evil, really f*cking stupid Forrest Gump,” the politician, described by Erickson as an old friend, said. “He can’t help himself. He’s just a f**king idiot who thinks he’s winning when people are b*tching about him. He really does see the world as ratings and attention.”

The congressman went on to suggest that few Republicans would stand by Trump in a crunch and that, if they do indeed lose the House, as many expect in November, impeachment might even get G.O.P. support. Most Republicans in Congress, he implied, were like him: appalled by Trump but lacking the political courage to say what they thought. Then again, he told Erickson, “If we’re going to lose because of him, we might as well impeach the motherf*cker.”

After the article was published, I asked Republicans and journalists who cover Congress I ran into if it accurately captured the view on Capitol Hill among at least some members of Trump’s party. All agreed that it did. Some have even said so publicly, if not quite so profanely.

Corker, who has continued to be intermittently critical of Trump since announcing, last fall, that he would retire from the Senate, offered his own version of the critique to reporters last week. “Any Republican senator who hasn’t been conflicted over this Presidency is either comatose or is pretty useless in their blindness, and we’ve got some of both,” Corker said, at a Christian Science Monitor breakfast.

On Thursday, just after the Jackson nomination imploded, four more Senate Republicans joined Corker in showing what standing up to Trump by his own party might eventually look like. In a markup at the Senate Judiciary Committee, the Republicans Lindsey Graham, Jeff Flake, Thom Tillis, and Chairman Chuck Grassley voted with Democrats to pass a bill that would protect the special counsel, Robert Mueller, from being summarily fired by Trump. “Firing Mueller would cause a firestorm,” another senator, the Utah Republican Orrin Hatch, warned, even though he did not vote for their version of the bill. “It could even result in impeachment.” The move was significant, but still hardly a breakthrough: Senate Majority Leader Mitch McConnell has vowed to keep the bill from receiving a vote on the Senate floor.

So, for now, aside from Corker and a handful of others, like the Judiciary gang of four, most of the President’s elected G.O.P. critics remain anonymous informants, such as Erickson’s congressman, or public NeverTrumpers, who are fêted by liberals and promoted in the media but shunned by those who still have to win reëlection and fear Trump’s power with the all-important Party base. “Republicans in this age of Trump in the Senate have faced unusual pressures because the President has delivered on core priorities for them: a tax cut, conservative judicial nominees, a dramatic deregulation agenda,” Senator Coons told me when I asked about the very palpable pressures on his Republican colleagues. “On the other hand, there is this erratic behavior and the constant drumbeat of questions about him and his appointees. There is a significant dissonance for Republicans between this unconventional and at times chaotic President and his delivery on many of their core agenda items.”

Little real change is expected until after November. “I suspect, after the midterm elections are a disaster, then I think you’ll start seeing people peel away. Politicians are all about their own self-interest,” Matt Latimer, a conservative writer who these days is persona non grata in Trumpworld, told me. The co-founder of the literary agency Javelin, Latimer recounted to me how he reached out to James Comey last spring, days after Trump fired the F.B.I. director, and urged him to write a book. Comey’s tome, published last week, is now a best-seller on a record-setting pace, with six hundred thousand copies sold. When we spoke, Latimer, a former speechwriter for Defense Secretary Donald Rumsfeld, was recovering from a glitzy Washington book party for Comey that his agency had thrown, at the Newseum, the previous night. Comey is a lifelong Republican, but the only boldface names to show up were media celebrities, such as Maureen Dowd, and the former Democratic National Committee chief Donna Brazile, another Javelin client whose own version of a political kiss-and-tell memoir savaged her party’s 2016 nominee, Hillary Clinton.

“Privately, in the Republican world I have friends and authors who seem to like him, who basically think he is the harsh medicine that we need to cleanse Washington of this disease of establishmentitis,” Latimer told me when I asked about the Trump dilemma. “But I also know a lot of Republicans who say, ‘This guy is scary, but what choice do we have?’ They are worried about him, but the incentives in the conservative world currently are skewed toward being supportive of the President.”

When pressed, Latimer said that “a lot of high-ranking members of Congress and people in the Administration” privately talk like that congressman in the Erickson interview. “I would say a majority of Republicans think some variation of that,” he told me. “They are on a sliding scale, from ‘This is kind of nutty and weird’ to ‘This guy is a scary nut case.’ There are people all along that scale, but they don’t say anything. They see what’s happened to a Jeff Flake and a Bob Corker, and that’s not where they want to be.”

What’s it like to be a Republican senator who’s not on Team Trump anymore? On Monday afternoon, Coons and Corker played starring roles in one of those minor but illuminating Washington moments that offered a hint of the political dynamic that the President could face after the midterms. Trump’s nominee for Secretary of State, the C.I.A. director, Mike Pompeo, was facing a close vote on his nomination in the Senate Foreign Relations Committee. After intensive lobbying of a lone Republican holdout, Rand Paul, Chairman Corker had secured enough yes votes to avoid the embarrassment of sending Pompeo’s name to the Senate floor without the panel’s endorsement. But the committee was missing one Republican—Johnny Isakson, of Georgia, who was at home delivering his best friend’s eulogy—and didn’t have a quorum present to finish its work. Corker asked the Democrats, all of whom had just voted against Pompeo, for help. Given that it wouldn’t change the outcome, would one of them switch his or her vote to go ahead and move the nomination forward?

Eventually, a voice piped up. I’ll do it, Coons offered, switching his no vote to “present,” so as not to tip the balance against Pompeo. The practice of “pairing” with a missing colleague is a long-standing Senate tradition going back to an earlier, more bipartisan era when members would routinely volunteer across the aisle to cover for an absent senator, as Coons did. In our interview, Coons told me that Isakson had called him earlier that day to ask for the favor, saying that he was late getting back after his friend’s funeral. The two, Coons said, had gotten to know each other at the weekly Wednesday prayer meetings for senators, and, besides, another Senator in the prayer group, the South Dakota Republican Mike Rounds, had done the same thing for Coons last year, when his father died. “I was simply paying it forward,” Coons told me, adding that he was surprised to hear committee staff members applaud when he announced his decision. Soon after that, he said, he was flooded with messages from other senators, and the next morning, he was stunned to watch in a Senate hallway as Corker visibly choked up with emotion when recounting the rare bipartisan moment of “statesmanship” to reporters.

“It shouldn’t be news, but it is,” Coons told me. “It’s a sad commentary on the state of the Senate today.” In Washington these days, holding hands with the French is one thing. Holding hands with the other party is the real political shocker.

 

3.

 

Gérard GRUNBERG, “Qu’est-ce que le rocardisme?” a Telos (7-05-18)

https://www.telos-eu.com/fr/quest-ce-que-le-rocardisme.html

Qu’est-ce que le rocardisme? Aussi curieux que cela puisse paraître, si nous possédons de nombreuses études sur Michel Rocard et sur la Deuxième Gauche, Alain Bergounioux et Jean-François Merle nous donnent ici le premier ouvrage sur le phénomène du rocardisme, ensemble constitué par Michel Rocard et par ceux qui l’ont suivi dans son aventure politique. Les deux auteurs ont été des « rocardiens » et ont donc une connaissance intime du phénomène étudié. Mais, en même temps, ces deux intellectuels ont réussi à porter sur leur objet d’étude un regard suffisamment distancié et informé pour que la lecture de leur livre nous incite, tout en revisitant cette histoire, à nous réinterroger sur ce qu’a été le phénomène rocardien et à croiser notre interprétation avec la leur.

Il n’est pas question ici de résumer un ouvrage qui analyse dans le détail les multiples dimensions du rocardisme. Nous nous limiterons à discuter quatre de ses principaux développements : Rocard et les rocardiens, continuités et ruptures du rocardisme, le socialisme de Michel Rocard et enfin le rapport du rocardisme au macronisme.

Alain Bergounioux et Jean-François Merle rappellent à juste titre qu’il n’y aurait pas eu de rocardisme sans rocardiens. Et l’une des richesses du rocardisme a été, en effet, la multiplicité et la diversité des réseaux qui ont concouru à son développement ainsi que la fidélité des individus qui ont accompagné Michel Rocard. La proposition peut cependant s’inverser : il n’y aurait pas eu de rocardisme sans Rocard. Cela paraît si évident aux auteurs qu’ils insistent peu sur la personnalité de Rocard lui-même, sur son charisme si particulier qui a attiré à lui nombre d’individus appartenant à plusieurs générations, qui ont trouvé chez lui les qualités qu’ils recherchaient chez un leader politique, un homme jeune, intelligent, ouvert, agissant au nom de valeurs morales et de fortes convictions personnelles, d’un abord facile, peu autoritaire, avide de comprendre notre monde et paraissant capable de rassembler les contraires, utopiste et réaliste, haut fonctionnaire de l’Etat et partisan de autonomie de la société, indépendant de caractère mais attaché à l’action collective,  et, surtout incarnant l’espoir de faire échapper la gauche aussi bien à la menace du communisme stalinien encore dominant qu’au déclin d’une SFIO tachée de manière indélébile par la guerre d’Algérie. Bref un homme engagé dont la petite musique tranchait avec le discours politique habituel à gauche.

Alain Bergounioux et Jean-François Merle s’attachent à faire ressortir ce qui, tout au long de son histoire, a fait la continuité du rocardisme. Cette continuité s’est manifestée à différents niveaux, et d’abord chez Rocard lui-même : le respect des faits, le rejet constant de l’orthodoxie et la remise en cause permanente des certitudes, l’ouverture sur le monde, l’envie de faire et pas seulement de discourir, la volonté de moderniser le pays et la croyance dans l’importance de l’analyse économique, l’absence enfin de sectarisme. Cette juste analyse aurait pu être davantage contrebalancée par la mise en lumière des ruptures et des discontinuités qui ont marqué le rocardisme même si le livre en donne de nombreux exemples. En réalité il y a eu, deux rocardismes : celui du PSU et celui du PS. Le premier fut sur le plan politique et électoral un grave échec.  En 1973, le pari de faire du PSU le noyau de la refondation du socialisme français était définitivement perdu. Deux années auparavant, François Mitterrand avait réussi le sien à Epinay. 1974 marque une double rupture dans l’histoire du rocardisme, d’une part la décision de Michel Rocard de relancer sa carrière politique avec comme objectif de remporter une élection présidentielle et, pour y parvenir,  de quitter le PSU et d’intégrer le PS en passant sous les fourches caudines des mitterrandistes, acceptant le cadre institutionnel de la Ve République, d’autre part le renouvellement partiel des rocardiens, conséquence de ce choix stratégique, les uns regrettant l’abandon de la dimension utopique du projet autogestionnaire tandis que d’autres adhéraient résolument au projet présidentiel de Michel Rocard. Cette réorientation signait l’abandon d’un projet révolutionnaire qui, pour la dernière fois, s’exprima fortement en mai 1968.

À partir de 1974 et surtout après l’alternance de 1981, le rocardisme est devenu idéologiquement un réformisme. Quelles ruptures se sont alors opérées avec le socialisme du « premier Rocard » ? Les auteurs s’attachent à faire la part de la continuité et de la rupture. La part de la continuité est indéniable. Ils rappellent ce premier texte important de Rocard qui date de 1959 : « Je tiens pour nécessaire d’abandonner un langage dépourvu de toute signification concrète (…) et surtout de définir et de traduite dans les faits les structures et les méthodes nécessaires à un regroupement socialiste en prise directe avec le monde moderne ». Le « Faire » et le « parler vrai » sont déjà présents. Peut-on pour autant aller jusqu’à voir dans cette vision du socialisme, dès cette époque, une adhésion au révisionnisme bernsteinien, comme le suggère les auteurs ? Il est permis d’en douter. La perspective autogestionnaire était révolutionnaire, dans la tradition utopique du socialisme français et il est probable que Rocard, à l’époque, comme Jaurès et Blum avant lui, n’aurait pas accepté cette affirmation de Bernstein selon laquelle « le mouvement est tout et ce qu’on appelle le but final du socialisme n’est rien ». Le révisionnisme comportait le rejet clair du marxisme, la priorité donnée à la démocratie pluraliste sur la lutte anticapitaliste, et après 1917, lorsque Karl Kautski s’engagera à son tour dans cette voie, la manifestation d’un attachement profond au parlementarisme et à la démocratie représentative. Le PSU, et Rocard lui-même, étaient loin de tout cela. L’anticapitalisme demeurait central même s’il était redéfini en insistant sur les libertés et le contrat. Il s’agissait d’inventer de nouvelles voies de passage au socialisme. La planification comme moyen central de gouvernement provenait en ligne directe des planistes de l’entre-deux guerre de la SFIO. Rocard n’avait pas rejeté totalement le marxisme de son parti même s’il le critiquait déjà fortement. La conquête du pouvoir était pour le PSU l’affaire de la société elle-même. Le pouvoir dans l’entreprise serait exercé par des conseils de producteurs. En 1968, le pouvoir politique, s’il était conquis, devait être exercé par des comités populaires. Les 17 thèses du PSU, adoptées en 1969, appelaient à la destruction du système capitaliste, à la relativisation du suffrage universel et à ne pas se laisser enfermer dans le jeu parlementaire. Comme le rappellent les auteurs eux-mêmes, Michel Rocard pouvait encore, en 1970, condamner la social-démocratie, estimant qu’elle « fait perdre son temps au socialisme ». Il condamna ainsi le tournant opéré par la social-démocratie allemande en 1959 à Bad-Godesberg. Il demeurait fidèle en cela à la dimension prophétique du socialisme français.

Le tournant de 1974

Alain Bergounioux et Jean-François Merle montrent bien d’ailleurs l’importance et la netteté du tournant opéré par Rocard vers la social-démocratie après son entrée au Parti socialiste. C’est dans le cadre de ce parti et dans son engagement dans ses conflits internes que le rocardisme se redéfinira. La deuxième gauche y mènera contre la première un combat qui la rapprochera de plus en plus de la social-démocratie de l’époque, avec en particulier la pleine reconnaissance de l’économie de marché et la condamnation des nationalisations. « On ne biaise pas avec le marché », affirmait alors courageusement Rocard. L’anticapitalisme sera redéfini, la régulation, le contrat et le compromis seront privilégiés comme méthodes de gouvernement. L’autonomie et la responsabilité individuelles remplaceront l’autogestion. Rocard était bien alors à la recherche d’une voie social-démocrate à la française, voulant faire du Parti socialiste une force de gouvernement efficace.

Les auteurs ont raison d’écrire que, du coup, « l’adaptation au réel a paru l’emporter sur la capacité à conduire une réflexion et à inspirer une action à l’égard d’un nouveau type de croissance économique dans une phase nouvelle de l’histoire du capitalisme ». « Le rocardisme n’a pas su inspirer une nouvelle vision face à l’offensive néo-libérale », ajoutent-ils. En réalité, l’apport notable du rocardisme au socialisme de gouvernement a été une opération réussie de rattrapage par rapport à l’évolution de la social-démocratie européenne produite dans la période précédente plutôt qu’une contribution innovante à la crise dans laquelle celle-ci commençait à s’enfoncer. Dès ce moment, en effet, les mutations de l’environnement international et l’évolution des sociétés européennes avaient commencé à saper ses bases. Le rocardisme ne put fournir de concepts et d’outils pour adapter le mouvement socialiste à cette nouvelle période historique. Les auteurs écrivent très justement que « Michel Rocard et les rocardiens se sont donc trouvés entre deux périodes, presque entre deux mondes ».

Générations politiques

Ceci nous amène au quatrième point : le rapport du macronisme au rocardisme.  Les auteurs refusent de faire de Macron l’héritier de Rocard, ce que d’ailleurs leur concèdent volontiers l’un et l’autre. On est en droit de partager un tel refus lorsque l’on compare terme à terme leurs positionnements dans leurs systèmes politiques et leurs projets politiques respectifs. Mais en ne traitant la question du rapport entre rocardisme et macronisme que sous le seul angle de l’héritage on court le risque de négliger la dimension temporelle qu’il est nécessaire de prendre en compte pour l’analyser correctement. Il convient alors de replacer les acteurs et leurs actions dans leurs époques respectives.

Pierre Mendès-France, auquel Michel Rocard voua toujours une réelle admiration, est né en 1907, Michel Rocard en 1930 et Emmanuel Macron, qui a témoigné de sa fidélité à ce dernier, en 1978. Ces trois hommes politiques sont liés entre eux par certaines valeurs communes mais séparés les uns des autres par le temps qui s’est écoulé entre les différentes époques dans lesquelles ils ont vécu. Les différents systèmes politiques qui ont constitué le cadre de leur action les ont conduits à faire des choix et à suivre des chemins différents. Mendès-France, attaché à la démocratie parlementaire, n’a jamais accepté la Ve République et l’élection du président de la République au suffrage universel. Il a préféré demeurer à l’écart du pouvoir après 1958. Rocard a fini par accepter ce cadre institutionnel et s’est donné une ambition présidentielle. Il a échoué et n’a dû de devenir Premier ministre qu’a la décision de François Mitterrand qui a tenu dans sa main son destin politique. Ayant refusé de quitter un parti qu’il n’a cessé de critiquer férocement, comme le rappellent les auteurs, il n’a pu finalement le transformer suffisamment pour en faire un parti de gouvernement solide et efficace. Ce parti, confronté à ses contradictions internes et profondément divisé, n’a plus été en état, au terme du quinquennat de François Hollande, de gagner des élections et de demeurer un grand parti de gouvernement. La gauche est dominée désormais par l’extrême-gauche et les critiques à l’égard du régime de la Ve République s’y développent à nouveau. Plus généralement, la social-démocratie est en déclin partout en Europe. La tentative révisionnisme de Tony blair, qui avait permis un temps aux socialistes anglais de revenir pour une longue période au pouvoir en rejetant le clivage gauche/droite et en opposant les progressistes aux conservateurs, opérant une redéfinition de l’action gouvernementale adaptée aux contraintes de la mondialisation, n’avait pu transformer profondément le socialisme européen. Le social-libéralisme, comme modèle d’adaptation du socialisme démocratique, avait été finalement rejeté, au moins idéologiquement, par les partis socialistes. Si un tel modèle devait survivre, ce ne serait plus à gauche. En France, le parti d’Epinay avait vécu. S’il voulait conquérir le pouvoir et moderniser l’économie et la société françaises, Emmanuel Macron devait donc emprunter une autre voie. C’est ce qu’il fit et il fut élu président de la République. Il n’est donc pas question ici de nier les profondes différences qui séparent le macronisme du rocardisme mais simplement de replacer chacune de ces trois personnalités ainsi que leurs projets dans leurs époques respectives, seule manière de comprendre les choix qu’ils ont faits. Macron n’est pas l’héritier de Rocard mais, d’une certaine manière, celui-ci a pavé la route de celui-là à la fois en modernisant le Parti socialiste pour un faire un temps un parti de gouvernement capable de gouverner efficacement dans un monde en rapide changement, et aussi, paradoxalement, en échouant à le transformer suffisamment. On peut comprendre alors que le rocardisme n’ait pas survécu à Rocard et que certains rocardiens aient pu rejoindre l’aventure macroniste. Certes, cette aventure est d’abord une aventure individuelle, mais Rocard avait fait lui-même la démonstration que sa propre aventure individuelle au sein de l’aventure collective du socialisme français n’avait pu aboutir.

Le rocardisme peut alors être lu comme un jalon important dans l’histoire du socialisme français, intermédiaire entre le socialisme de la SFIO et le macronisme, aussi éloigné de l’une que de l’autre.

Alain Bergounioux et Jean-François Merle, Le Rocardisme. Devoir dinventaire, Seuil, 2018

 

4.

 

Nicolas COLIN, “La panique perpétuelle des politiques les emméne à la défaite” a L’Obs (2-05-18)

https://www.nouvelobs.com/chroniques/20180502.OBS6054/la-panique-perpetuelle-des-politiques-les-emmene-a-la-defaite.html

Lorsqu’il s’agit du long terme, nous sommes tous des schizophrènes. Nous savons que, pour réussir, il faut regarder loin devant et ne pas se laisser distraire. Malgré cela, il arrive souvent que les péripéties du quotidien nous en détournent.

D’innombrables travaux ont été conduits pour démontrer à quel point le long terme est fondamental pour la vie en société. Dans le domaine de la stratégie d’entreprise, des auteurs comme Michael Porter et Clayton Christensen ont conçu des modèles pour rappeler que la focalisation sur le long terme est une condition nécessaire à la survie des entreprises. Si une entreprise exécute sa stratégie sans dévier, le succès n’est pas garanti : la stratégie est toujours un pari. Mais si cette entreprise change de stratégie tous les quatre matins, alors son échec est certain.

Parier sur le long terme

Dans le domaine financier, c’est encore plus flagrant. Tous les grands investisseurs font des paris de long terme. D’énormes traités ont été écrits pour apprendre aux financiers à se débarrasser de leurs biais court-termistes. Les meilleurs investisseurs, le légendaire Warren Buffett en tête, sont ceux qui se dotent d’une thèse d’investissement et qui s’y tiennent, sans jamais se laisser distraire par l’emballement des marchés. Ils perdent parfois beaucoup d’argent à l’échelle d’un trimestre ou d’une année. Mais avec le temps, ils prennent toujours leur revanche. Leur discipline stratégique crée infiniment plus de valeur que l’opportunisme désordonné de leurs rivaux.

Certains pays excellent dans l’art de se focaliser sur le long terme. La Chine, par exemple, nous donne depuis longtemps des leçons en la matière. Comme l’a écrit Henry Kissinger dans son volumineux traité “De la Chine”, les Chinois réussissent très bien sur la scène internationale car leur culture et leur histoire les ont dotés d’une capacité à se projeter très loin dans le temps.

Contrairement à leurs homologues américains, les dirigeants chinois ne conçoivent pas la diplomatie comme une série de problèmes à régler dans l’immédiat. Ils l’envisagent plutôt comme un processus perpétuel d’acculturation à ces problèmes, le tout mis au service de quelques objectifs stratégiques.

Une panique perpétuelle

Les grands entrepreneurs sont, eux aussi, des champions du long terme. Certains parviennent à dégager très tôt des bénéfices et se servent de cet accomplissement pour lever plus de capital et prendre encore plus de risques. D’autres, même sans réaliser de bénéfices, sont armés d’un moral d’acier. Malgré l’extrême fragilité de leur entreprise et la précarité de leur situation personnelle, ils parviennent à faire abstraction des difficultés et à rester focalisés sur deux horizons de temps seulement : leur trésorerie du jour (dont dépend leur survie) et leurs objectifs pour l’avenir. Tout le reste, pour eux, n’est que distraction et n’a donc aucune importance. Là est la clé de leur succès.

Les politiques sont les plus mauvais élèves. Leur obsession pour les sondages et les échéances électorales est destructrice: elle les entraîne dans un mouvement de panique perpétuelle – qui, d’ailleurs, les conduit systématiquement à la défaite. Et c’est un problème pour nous tous, car c’est normalement le rôle de l’Etat d’imposer la focalisation sur le long terme. Si les dirigeants de l’Etat cèdent à la pusillanimité, c’est toute l’économie qui se réfugie dans la gestion au jour le jour.

Le repli des politiques sur le court terme est aggravé par l’absence de contrainte extérieure. Nous ne sommes plus à l’époque de la guerre froide, où la menace de l’Union soviétique obligeait les dirigeants occidentaux à aligner leurs intérêts et à jouer plusieurs coups à l’avance. Désormais, chaque pays doit trouver en lui-même les ressources pour concevoir sa stratégie – qui plus est dans un contexte de transition numérique de l’économie, qui rend le long terme difficile à décrypter.

Des réformes nécessaires

La France, il faut le dire, a des progrès à faire dans ce domaine. Depuis plus de vingt ans, nos dirigeants se succèdent au pouvoir et annoncent tous qu’ils vont enfin faire les “réformes” nécessaires et trop longtemps différées. Le problème, c’est que se focaliser sur les “réformes” qu’on aurait dû faire hier, c’est un peu comme descendre les points d’une to-do list dont les échéances sont dépassées depuis longtemps.

Nos dirigeants ont beau se frapper la poitrine et clamer qu’ils vont “garder le cap”, nous voyons bien qu’ils traînent l’héritage du passé comme un boulet et que leur horizon n’est pas très lointain. Leur approche n’est pas stratégique, et leur focalisation n’est pas sur le long terme.

Il est donc temps de changer d’approche. Les “réformes”, au fond, ne sont que des problèmes à régler. Comme les diplomates chinois, il nous faut apprendre à vivre avec sans nous laisser distraire. Car le plus important, ce sont nos objectifs stratégiques à longue échéance: où doit être la France dans trente ans? Et comment mobiliser le pays au service de cet objectif?

 

 

 

5.

 

Enric JULIANA, “Diccionario de primavera” a La Vanguardia (6-05-18)

http://www.lavanguardia.com/politica/20180506/443286329377/diccionario-primavera-claves-balance-espana.html

Diccionario de bolsillo para una primavera que llega con más tensión que sosiego. Una primavera expectante en Barcelona, ciudad que se prepara para nuevas batallas políticas. La alcaldía pronto estará en juego. Una ruda primavera en la que Ciudadanos despunta en todas las encuestas y el feminismo se convierte en el nuevo médium del descontento social en España. ETA se disuelve, sin aplausos, y el Partido Nacionalista Vasco tiende una mano al Partido Popular, atraído por el abismo que engulló al partido de Adolfo Suárez. La economía crece, dicen las estadísticas.

AMARILLO

Color de la protesta soberanista en Catalunya. Los lazos amarillos que muchos independentistas exhiben en solidaridad con los presos tienen su origen en la guerra de Sucesión. El amarillo estaba asociado a los aliados ingleses y era el color del príncipe Jorge de Darmstad, virrey de Catalunya durante el reinado de Carlos II, defensor de las instituciones catalanas y uno de los principales impulsores de la posterior alianza antiborbónica a escala europea. El amarillo también figuraba, junto con el negro, en el emblema de los Habsburgo. En 1934 se vendieron en Barcelona lazos amarillos en solidaridad con los presos del 6 d’Octubre. Los actores de teatro tienen una especial fobia al color amarillo. Trae mala suerte.

BARCELONA

La batalla política por la alcaldía de Barcelona será uno de los acontecimientos importantes del año que viene. En una coyuntura de equilibrios muy precarios en Catalunya, el control político del Ayuntamiento de Barcelona deviene decisivo. Será una campaña de alto voltaje cuyos principales protagonistas pueden ser la actual alcaldesa Ada Colau, el exprimer ministro francés Manuel Valls (posible candidato de Ciudadanos) y el exdirigente socialista Ferran Mascarell, ahora persona influyente del independentismo, que puede postularse como cabeza de lista de una candidatura conjunta del soberanismo. Una radical-socialista, un socialista liberal-españolista y un socialista catalanista con lazo amarillo.

CIUDADANOS

El partido que hoy ganaría las elecciones generales españolas, según coinciden todos los sondeos. Aupado por sus excelentes resultados en las elecciones catalanas de diciembre, en las que logró aparecer como el principal defensor de la unidad de España, Ciudadanos rentabiliza ahora el fortísimo desgaste del Partido Popular por los escándalos de corrupción. Los analistas coinciden en señalar que el joven partido naranja está consiguiendo perforar la ciudadela donde el PP conserva su más preciada reserva electoral: el votante de más de sesenta años de la España interior, profundamente conservador. Ello obliga a Albert Rivera a compaginar un discurso liberal atractivo para las nuevas generaciones urbanas beneficiadas por la recuperación económica, con posiciones a la derecha del Partido Popular en lo que se refiere a Catalunya y el País Vasco. Ciudadanos se ofrece como recambio del marianismo, a todos los efectos. Y José María Aznar se fuma un puro.

CRECIMIENTO

¿Es posible que el país que presenta una de las mayores tasas de crecimiento económico de la Unión Europea quiera desembarazarse de su partido gobernante? Esta es la pregunta que se hace Mariano Rajoy cada mañana ante el espejo. Según las últimas previsiones dadas a conocer por la Comisión Europea, la economía española crecerá en los próximos doce meses un 2,4%, por delante de Alemania (2,1%), Francia (1,8%) e Italia (1,2%). La devaluación salarial (devastadora para los jóvenes) y la buena coyuntura exterior están favoreciendo una recuperación muy desigual en términos sociales. Aumentan las protestas y la fronda generacional puede llevarse por delante a un Gobierno mal anclado.

ETA

La organización Euskadi Ta Askatasuna (Euskadi y Libertad) se ha disuelto después de casi sesenta años de actividad, dejando detrás de si un reguero de más de ochocientos muertos, la mitad de ellos policías, guardia civiles y militares. ETA dibujó el final del franquismo (el atentado contra el almirante Carrero Blanco) y condicionó severamente el tránsito de la dictadura a la democracia y la posterior maduración del régimen democrático, cuando su facción más radical se negó a disolverse en 1982. Sin ETA, España hoy sería un país mucho mejor. Su fracaso ha sido total. Su autodisolución no merece ningún aplauso.

FACEBOOK

Nave corsaria con 2.167 millones de tripulantes a bordo.

FEMINISMO

La movilización feminista está alcanzando intensidad sin precedentes en España. Las manifestaciones del pasado 8 de Marzo fueron las más numerosas de toda Europa. Está en curso una evidente alianza generacional entre madres e hijas. Las mujeres libres de los años sesenta y setenta, que ahora encaran la jubilación, y sus hijas, educadas en democracia y abocadas al precariado. La indiscutible fuerza moral del feminismo le convierte en polo de atracción de todas las demás energías del malhumor social. El feminismo reagrupa lo que la tensión territorial divide.

JUBILACIÓN

Zona de relativa tranquilidad para 5,8 millones de españoles. Inquietante horizonte para quienes se hallan a mitad de trecho. Una utopía para los más jóvenes.

MANADA

Los agresores sexuales juzgados en Pamplona se llamaban a sí mismos La Manada. Hay palabras que lo dicen todo en un momento dado. Cien mil veces repetida por los medios de comunicación, esa sórdida definición ha contribuido a encender los ánimos de una sociedad que se siente frágil. Un pequeño grupo de bárbaros –dos de ellos uniformados- han construido un significante del Mal en una España inquieta y asustada.

PNV

La organización política más inteligente que en estos momentos opera en las Españas.

PUNICIÓN

Hay en estos momentos sed de castigo, en todas direcciones. En el Tribunal Supremo se trabaja para un castigo ejemplar a los líderes del independentismo catalán. Ni hablar, por el momento, del acercamiento de los presos de ETA al País Vasco. El pueblo pide más mano dura contra los corruptos y las mujeres se sublevan contra la sentencia de Pamplona.

ROBOTS

La era de la masificación de los robots se aproxima a pasos agigantados y cada vez hay más literatura al respecto. Llama la atención la dificultad para enhebrar relatos muy positivos sobre la robotización, el despliegue de la inteligencia artificial y las nuevas fronteras de la biotecnología. Las incógnitas son muy grandes. Cunde la sospecha que de esa tremenda aceleración tecnológica pueda surgir una nueva especie dominante: el Homo Deus, dueño de la nueva maquinaria y casi inmortal.

SCHLESWIG-HOLSTEIN

El estado más septentrional de la República Federal de Alemania, formado por dos antiguos ducados que pertenecieron al reino danés. En 1863, Bismarck los incorporó por las armas a Prusia. Es el primer apellido de la reina Sofía (Sofía Margarita Victoria Federica de Schleswig-Holstein Söndeborg-Glüksburg) y, por consiguiente, segundo apellido del rey Felipe VI. También figurará en la historia de España por otro motivo.

SESENTA Y OCHO

Se cumplen los cincuenta años de la revuelta de Mayo de 1968 en París, con posterior radiación mundial. Efemérides desmayada. Ya se ha escrito todo sobre el momento en que se inició lo que hoy llamamos poscapitalismo: la individualidad como principal nutriente de la economía.

SUPREMACISMO

Acusación a los soberanistas catalanes, popularizada por Felipe González, que nunca da puntada sin hilo. “Se creen superiores, más cultos, más europeos, más democráticos y más ricos”. Hay supremacismo en algunas gentes de Catalunya, es verdad. Y hay supremacismo en el Madrid selecto que llama “paletos” a los de abajo. Nunca se aplicó a los vascos.

UCEDEIZACIÓN

Neologismo que se refiere a la decadencia y muerte de UCD entre 1979 y 1982. Riesgo que corre el Partido Popular, si el gabinete de Mariano Rajoy no consigue levantar cabeza con el oxígeno que le acaba de proporcionar el Partido Nacionalista Vasco.

 

6.

 

Luis R.AIZPEOLEA, “ETA ha desparecido. Y ahora, ¿qué?” a El País (6-05-18)

https://politica.elpais.com/politica/2018/05/05/actualidad/1525531762_339865.html

Maixabel Lasa, viuda de Juan María Jáuregui, ex gobernador civil de Gipuzkoa, asesinado por ETA, y primera directora de la Oficina de Víctimas del Terrorismo del Gobierno vasco, asegura en la película El fin de ETA que, tras su disolución, lo más importante es el relato que se va a legar a las futuras generaciones en el que debe quedar claro que el terrorismo de ETA no tuvo justificación alguna y que sus víctimas lo fueron injustamente.

La prueba de la importancia del relato está en el propio comportamiento de ETA que, en el comunicado del 20 de abril, el anterior a su desaparición, el jueves, otorgó especial relevancia a la justificación de su trayectoria terrorista desde sus inicios en 1961, en la dictadura franquista, hasta su final, el 20 de octubre de 2011, cuando en España ya se disfrutaba de casi cuatro décadas de democracia.

Con su tesis del “conflicto”, cuyo origen sitúa en el bombardeo de Gernika por la aviación nazi con la autorización de Franco, en plena Guerra Civil, pretende justificar sus 853 asesinatos, cometidos en un 93% durante la Transición y la democracia, especialmente en los años más difíciles. ETA no tuvo justificación alguna y la historia debe condenarle sin remisión porque, como recordaba Maixabel Lasa, es fundamental que las generaciones jóvenes conozcan esa verdad para que la historia no se repita.

La batalla del relato. Por tanto, tras la disolución de ETA, la batalla por el relato será una cuestión clave en Euskadi. Primero, porque son muchas las personas que quieren olvidar. Un informe del Euskobarómetro, publicado hace unos meses, señalaba que una mitad de vascos (44%) quiere pasar página frente a un 43% que se decanta por cultivar la memoria del terrorismo.

Existe, también, mucho desconocimiento entre las jóvenes generaciones vascas de lo ocurrido durante los años de plomo. Una encuesta de la Universidad de Deusto, publicada el pasado octubre, señalaba que el 50% de sus universitarios desconocía la matanza del Hipercor de Barcelona, de junio de 1987, la mayor de la historia de ETA, que arrojó 21 muertos. Otro 40% desconocía quien era Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP de Ermua (Bizkaia), cuyo secuestro y asesinato por ETA en julio de 1997 originó el mayor levantamiento civil contra el terrorismo etarra, y otro 58% ignoraba la existencia de los GAL.

La cara positiva de la encuesta es que el rechazo a ETA es abrumador —sólo un 2% de los jóvenes la justificaba— y la inmensa mayoría, hasta un 83%, consideraba que las víctimas del terrorismo merecen reconocimiento público y memoria. Asimismo, una abrumadora mayoría de estudiantes deseaba ampliar sus conocimientos sobre un tema del que subrayan que no se abordaba en los libros de texto ni en las tertulias familiares.

Las instituciones democráticas tienen clara la importancia del relato. El País Vasco cuenta con dos centros dedicados a la memoria, de reciente creación: Gogora, impulsado por el Gobierno vasco en Bilbao y dedicado a la memoria de la Guerra Civil, la represión franquista y el terrorismo (ETA y guerra sucia) y el Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, impulsado por el Gobierno central en Vitoria, dedicado exclusivamente al terrorismo. Ambos centros, que parten del planteamiento básico común de que el terrorismo etarra no tuvo justificación, pese a la represión franquista y a la guerra sucia, también injustificables, están obligados a entenderse en aras de un relato democrático.

Frente a ellos está el relato oficial de la izquierda abertzale en línea con el del comunicado de ETA del 20 de abril. Gaizka Fernández Soldevilla, jefe de investigación del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, señala: “Los publicistas de la izquierda abertzale consideran que ETA fue una respuesta armada al Estado por la invasión española. Cualquier tergiversación de la historia es peligrosa. Pero esta es especialmente grave porque pretende justificar en parte los crímenes de ETA”. Soldevilla añade que “hay toda una industria de la memoria, gracias a un entramado de asociaciones que, a pesar de su escasa calidad y partidismo tiene una notable difusión en las redes sociales, respaldo de los medios de comunicación, editoriales, audiovisuales, red de librerías, etc.”..

Autocrítica de la izquierda abertzale. La memoria es una batalla que se mantendrá en Euskadi a largo plazo. Una memoria ajustada a la realidad de lo sucedido es necesaria para la convivencia. Gorka Landáburu, periodista y víctima de ETA, suele decir: “Tenemos que pasar página. Tenemos que favorecer la convivencia. Pero antes de pasar la página, hay que leerla bien”. En la tarea de facilitar la convivencia, Bildu, la representación política de la izquierda abertzale, tiene mucha responsabilidad. Desde el cese definitivo del terrorismo, en 2011, la sociedad vasca y los partidos que la representan, excepto Bildu, ha dado un salto muy importante en el reconocimiento de las víctimas y la memoria crítica del terrorismo, situándolas en el centro del debate. La petición de perdón del lehendakari Iñigo Urkullu, hace tres años, a las víctimas, en nombre de las instituciones vascas, por no haber estado a la altura en los años de plomo le dio un importante impulso.

La dinámica política vasca ha empujado a Bildu a dar algunos pasos como su presencia en homenajes a víctimas de ETA como el de Miguel Ángel Blanco en Ermua, en julio, y el de Isaías Carrasco en Mondragón, recientemente, impensables en el pasado. El secretario de Paz y Convivencia del Gobierno vasco, Jonan Fernández, está convencido de que, desaparecida ETA, Bildu avanzará en “la dirección de reconocer el daño injusto causado por el terrorismo”. Cree, también, que el comunicado de ETA, del 20 de abril, en el que por vez primera muestra su “dolor por las víctimas, ofrece su respeto a todas y pide perdón a las que lo fueron accidentalmente” es “tan sólo un punto de partida” para Bildu.

A su vez, algunas víctimas del terrorismo —a veces acompañadas de etarras arrepentidos— también están contribuyendo a la convivencia con su presencia en las aulas en las que, a través de sus testimonios, tratan de que los estudiantes conozcan lo injustificado del terrorismo en Euskadi, el daño que ha hecho a las familias, para superar el odio y no se vuelva a repetir.

Política penitenciaria y presos de ETA. La izquierda abertzale sabe, también, que “su reconocimiento del daño injusto causado a las víctimas va a facilitar la decisión de los jueces en favor de una aplicación más flexible de la legislación penitenciaria a los presos de ETA”, señala Jonan Fernández.

ETA desaparece dejando a cerca de 300 presos en las cárceles —230 en España y 57 en Francia— y esa herencia la recoge Bildu. Aproximadamente, el 90% de los presos encarcelados en España están en primer grado y la mitad ha solicitado el cambio de grado, denegado por la Administración penitenciaria con el argumento de que ETA no ha desaparecido.

La banda ha decidido desaparecer, precisamente, cuando ha comprendido que su existencia era un obstáculo para mejorar la situación de sus presos, pues el Gobierno del PP había condicionado el cambio en su política penitenciaria a su desaparición. Es el mismo argumento que Rajoy ha presentado a las peticiones reiteradas del lehendakari Urkullu, tras el cese definitivo del terrorismo en 2011.

El Gobierno central ya ha anunciado que “estudiará caso a caso cada petición de acercamiento a las cárceles vascas y cambios de grado por parte de los presos a los que exigirá que cumplan los requisitos legales”. Amaia Fernández, secretaria general del PP vasco, señalaba, recientemente, que “la desaparición de ETA no generará un acercamiento automático de presos a las cárceles vascas” pues “la revisión caso por caso necesitará tiempo”. La izquierda abertzale ya ha asumido, también, que el proceso será lento.

El lehendakari Urkullu señalaba el miércoles a EL PAIS que, una vez desaparecida ETA, el Ejecutivo de Rajoy debe cumplir sus promesas del pasado de que la disolución de ETA acarrearía la revisión de la política penitenciaria. Urkullu precisaba que Rajoy no tiene excusas, ahora, para plantearse el acercamiento de presos de ETA a las cárceles vascas y aplicar la política penitenciaria de modo más flexible (cambios de grado, beneficios penitenciarios, etc.) sin necesidad de cambiar la legalidad. La reinserción de los presos de ETA es la otra cara de la convivencia en Euskadi y el Gobierno del PP no debe buscar ahora la excusa del relato para incumplir sus viejas promesas

Guerra sucia, niños y héroes civiles. El terrorismo de ETA, por la cantidad de las víctimas que generó y por su impacto en la sociedad vasca, está en el centro de las responsabilidades. Pero, en el recuento final del terrorismo, no puede obviarse la existencia de la guerra sucia —desaparecida mediados los años ochenta— con decenas de asesinatos. Más del 60% de estos casos están pendientes de esclarecer. Asimismo, las víctimas de la guerra sucia y de abusos policiales no están teniendo, en algunos casos, un tratamiento similar por parte de la Administración respecto a las víctimas de ETA.

Los niños, los hijos de los asesinados, son, generalmente, los que más han sufrido las consecuencias del terrorismo y no tienen visibilidad. Lo suelen tener, en muchos casos, hermanos y en algunos, menos, viudas. Los niños son los grandes olvidados.

Además del reconocimiento a las víctimas del terrorismo, las instituciones deben plantearse el reconocimiento a los que puede denominarse “héroes de la sociedad civil”. El reciente homenaje de las instituciones gipuzkoanas a la Libreria Lagun, que resistió al franquismo y a ETA, y a los empresarios vascos por parte del Ejecutivo autónomo es un buen comienzo. En Euskadi hubo bastante gente corriente, más de la que se dice, que no miró a otra parte y se enfrentó a ETA.

 

7.

 

Oriol BARTOMEUS, “¿Sigue Catalunya siendo ‘un sol poble’?” a Agenda Pública (3-05-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/sigue-cataluna-siendo-un-sol-poble/

Cualquier sociedad, cualquier país, es una construcción hecha de distintas piezas, ensambladas de mejor o peor manera. Pueden verse como un todo, pero no un todo homogéneo. La Historia, el paso de los años, ha ido ensamblando las partes, pero pocas veces ha llegado a fusionarlas, de manera que siempre queda una cicatriz que da cuenta del esfuerzo que supuso unirlas, algunas veces por voluntad de ambas, la mayoría a través de luchas, guerras y revoluciones. La piel de Europa está llena de este tipo de cicatrices, que el politólogo y sociólogo noruego Stein Rokkan estudió mejor que ningún otro.

Toda sociedad es un compuesto de elementos, de retales ensamblados mal que bien. En tiempos de bonanza, las cicatrices y costuras pasan casi desapercibidas; están ahí, las conocemos, pero vivimos sin prestarlas mucha atención. Pero cuando vienen mal dadas y la sociedad se tensa, son las que más sufren, hasta el punto de amenazar con romper el tejido social.

Cuando hay tensión en Bélgica, se resiente la costura lingüística; en Italia, la fractura Norte-Sur; en Alemania reaparece la cicatriz entre Este y Oeste; en Estados Unidos vuelve la división racial; en Israel emerge la tensión religiosa entre laicos y ortodoxos, o la étnica entre judíos de origen europeo y de origen eslavo; en Francia la cicatriz es a la vez de clase y de origen (los de dentro y los de fuera). Cada sociedad tiene las suyas, que duelen cuando hay tensión.

España tiene dos grandes fruto de su Historia. La primera es la que ha quedado de coser los diferentes territorios que forman su estructura actual. La segunda es la que cose a la ciudadanía con el poder político. Ambas vienen tensándose en los últimos años, gracias a la explosión simultánea del modelo económico (por la crisis), del sistema político y del encaje territorial. En el lapso que va de 2008 a 2011, los hilos que unen el sistema español están a un paso de deshilacharse.

Cataluña también es una sociedad hecha de piezas, de retales de diversa procedencia que han ido cosiéndose con el tiempo, hasta componer el tejido catalán. La costura principal es la que une a los nacidos en Cataluña con los llegados de otras partes, y que tiene su elemento definidor (aunque no sólo) en la lengua que hablan. La lengua no es la cicatriz de Cataluña, sino su expresión, la constatación de una diferencia que se ha querido atenuar a base de coser y recoser. Es el trabajo que se ha ido realizando en los últimos 50 años, desde finales de los 60, en plena dictadura. La noción de que existía un solo pueblo catalán, la idea de la unitat civil como arma contra la división, con la inmersión lingüística en la escuela como factor de unificación, promovido por las izquierdas (el PSUC y el PSC).

Cataluña se ha cosido en esta última mitad de siglo en virtud de la idea de que todos éramos catalanes (el adagio pujoliano de “catalán es quien vive y trabaja en Cataluña”) y que la lengua catalana era de todos; incluso (o sobre todo) de los que no la hablaban.

Pero como decíamos, las costuras pueden no notarse, pero están ahí. En el momento en que la situación política se ha tensado, las de Cataluña han vuelto a manifestarse. Las mismas de siempre, por muy antiguas que sean.

Un ejemplo es el voto de los catalanes dependiendo de su lengua. Si observamos los datos de los barómetros del Centre dEstudis d’Opinió después de cada convocatoria electoral al Parlament podemos ver una tendencia continuada: a cada nueva elección los grupos de votantes definidos por su lengua (sea catalán o castellano) apoyan con mayor fuerza a cada familia de partidos (sea los independentistas o los no independentistas). Dicho de otro modo, los catalanohablantes tienden a homogeneizar su apoyo hacia los partidos independentistas, mientras que los castellanohablantes hacen lo propio con los partidos no independentistas.

1

Si en 2010 casi el 22% de los que tienen al catalán como su lengua habitual votaron a una candidatura no nacionalista (entonces CiU no se definía como independentista), en 2017 fueron menos del 10%. En el otro extremo, hace ocho años un tercio de los que tienen el castellano como su lengua habitual votó por un partido nacionalista; en las elecciones de diciembre pasado fue menos de la mitad (15%).

En medio se encuentran los electores que consideran tanto al catalán como al castellano su lengua propia, cerca de un 8% del total, que divide su voto por la mitad entre independentistas y no independentistas.

2

Lo preocupante de los datos no es el porcentaje concreto ni las disquisiciones metodológicas (los resultados son casi idénticos si se considera la lengua habitual o la lengua que los entrevistados consideran como propia). Lo preocupante es la tendencia hacia la homogeneización del voto, es decir la desaparición paulatina de los de en medio, de aquellos castellanohablantes que optaban por CiU o ERC o de los catalanoparlantes que votaban al PSC o a ICV.

Es evidente que la tensión alrededor del debate sobre la independencia está solidificando la relación entre lengua y voto, de manera que aumenta la correlación entre ambos. Los casos desviados dejan paso a la uniformidad. Y dentro de ésta, las posiciones más duras prevalecen sobre las menos duras. Es el caso de Ciudadanos (C’s), de largo la primera opción entre los castellanohablantes, un partido que, desde sus inicios, ha hecho de la defensa de “los españoles en Cataluña” su base ideológica.

Es inútil discutir sobre quién tiene la culpa de todo esto, porque nadie va a aceptar su parte. Los independentistas dirán que C’s y el PP son los responsables, y no les faltará razón. Y C’s, que fueron los independentistas los que comenzaron, y tampoco se equivocarán. Pero da igual. Lo crucial a estas alturas de la película, si no se quiere acabar peor de lo que ya estamos, si no se pretende que las costuras salten por los aires definitivamente, es dejar de tensar. Y a partir de entonces volver a coser, y volver a coser, y aún volver a coser otra vez.

 

 

8.

 

Jordi AMAT, “Viejos catalanismos” a La Vanguardia (6-05-18)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20180506/443286371261/viejos-catalanismos.html

En uno de sus libros de retratos, Jaume Miravitlles imaginaba una escena que siempre me ha parecido sugerente. El periodista republicano explicaba que durante la dictadura franquista había conocido tres personas que cada noche, antes de irse a dormir, se detenían frente al espejo, se contemplaban y perseverantes se repetían “Un día seré presidente de la Generalitat”. Eran Josep Tarradellas, Josep Benet y Jordi Pujol. Hace pocos meses recreé esta estampa charlando con los amigos de La Unió en Vilanova. Los que escuchaban mordieron el anzuelo. Propusieron que, tal vez, valdría la pena organizar una mesa redonda poniendo en relación Pujol, Benet y Tarradellas. ¿El objetivo? Fijar la aportación de cada unos de estos homenots a la construcción de la Catalunya contemporánea después del hundimiento. El sábado nos pusimos manos a la obra con los periodistas Manuel Cuyàs y Josep Maria Ràfols. Francesc-Marc Álvaro, que estaba allí, me sugirió que lo pusiera por escrito. Le hago caso.

Para entender la singularidad de cada uno de ellos, de entrada, podría ser útil elegir momentos críticos que determinaron cuál creían que era el objetivo más útil para los ciudadanos de su país.

Para Tarradellas, que era un pragmático y que ya había sido conseller con Macià, el fracaso del 6 de Octubre fue aleccionador, como documentó el historiador Esculies. Esos hechos lo vacunaron contra el maximalismo (el todo o nada que el catalanismo siempre paga carísimo). Tarradellas entendió que el gobierno de la Generalitat no debía subsumir su acción a la política española, como había hecho Companys, a la vez que la unidad de los catalanes era un bien que preservar para consolidar una política propia. A Benet, por su parte, le obsesionaba la fractura fatal –principalmente social– que los catalanes habían sufrido durante la Guerra Civil: odios enquistados habían desembocado en una violencia brutal en la retaguardia, provocando una ruptura interna que se debería suturar con un trabajo lento y profundo para salvar la nación. Para Pujol, en cambio, que era de una generación posterior, pura posguerra, su enfrentamiento con el régimen en el consejo de guerra y el tiempo de prisión actuaron como experiencias performativas: asumió que la salvación nacional exigía una reconstrucción del poder perdido para combatir el poder represivo. Poder en todos los campos posibles. Primero, poder económico. Con este propósito, rozando los treinta, impulsó Banca Catalana.

La interiorización de estos momentos –los Fets d’Octubre, la Guerra Civil, los Fets del Palau– explica los ejes de sus respectivas biografías políticas.

Tarradellas creyó que la patria de los catalanes sólo se mantendría si se conseguía preservar la institución. El problema de fondo no era monarquía o república. No importaba el régimen. De entrada tampoco las competencias. Podríamos decir que, a diferencia de los voluntaristas, el suyo era un planteamiento estatista. La condición necesaria para construir el edificio del autogobierno era, antes que nada, la institucionalización de la Generalitat en virtud de un pacto con España. Nada que ver con la idea de Benet. No pensaba como hombre de Estado sino, complementándolo, como patriarca nacional. Sin una reconciliación previa, creía, la nación se mantendría escindida. Esta reconciliación en una sociedad compleja, que debía apaciguar el conflicto social y aquel que podía ocasionar la inmigración de la miseria, implicaba sustanciar una propuesta inclusiva de la catalanidad que se concretó en el mito de “un sol poble” asumido desde Montserrat hasta Comisiones Obreras. Pujol, que se pensaba a sí mismo como un líder nacional, sabía que el catalanismo debía crear una nueva élite y desde este nuevo poder efectivo actuar de una manera sistemática para articular políticamente la nación con plena conciencia de la solidez del Estado.

Podríamos decir que los tres personajes, a pesar de las fuertes rivalidades que existieron entre ellos (que las hubo y fuertes, como es inevitable, porque naturalmente querían mandar), consiguieron sus propósitos. Lo sintetizo con la fórmula que diría que los conecta: institución, reconciliación, poder. Sus éxitos de un tiempo y de un país, que fueron posibles gracias a múltiples actores pero impensables sin la acción ideada y emprendida por ellos tres, ha fundamentado el periodo de autogobierno democrático más largo de la Catalunya moderna. Pensarlo hoy –cuando la institución está intervenida, la polarización tensa la convivencia y el poder se va perdiendo afectando a buena parte de la sociedad– no pretende ser una invitación a la nostalgia estéril, que no sirve de nada, pero quizás permitiría inmunizarnos contra los discursos que cantan los responsos de los viejos catalanismos. Durante un siglo largo el catalanismo ha sido el movimiento político y cultural en torno al cual el grueso de la ciudadanía, cuando ha podido, se ha sentido representada. No es sólo pasado. Ojalá quien ahora se contemple frente al espejo para ser elegido presidente de la Generalitat sepa hacerse digno de este legado.

 

 

9.

 

Daniel INNERARITY, “La democracia como interpretación” a El País (9-05-18)

https://elpais.com/elpais/2018/05/08/opinion/1525790580_635517.html

Las tecnologías posibilitan ciertas cosas y nos desprotegen frente a otras. La pretensión de la Unión Europea y de algunos Gobiernos de controlar las noticias falsas tiene su origen en esa ambivalencia que caracteriza a las nuevas posibilidades de difusión de la opinión, su facilidad, inmediatez y falta de control. Nuestros espacios públicos, poco articulados por ideologías de referencia y débilmente institucionalizados, son vulnerables a la difusión de cualquier bulo e incluso a la interferencia en los procesos electorales.

Lo primero que me llama la atención en toda esta épica de combate contra la posverdad y los hechos alternativos es el cambio cultural que implica. En muy poco tiempo hemos pasado de celebrar la “inteligencia distribuida” de la Red a temer la manipulación de unos pocos; de un mundo construido por voluntarios a otro poblado por haters; de celebrar las posibilidades de colaboración digital a la paranoia conspirativa; de la admiración por los hackers a la condena de los trolls; de la utopía de los usuarios creativos a la explicación de nuestros fracasos electorales por la intromisión de poderes extraños (más creíble cuanto más rusa sea dicha intromisión).

Es muy saludable que, a la vista de lo fácil que es mentir y difundir estas mentiras, haya surgido un tipo de periodistas que se encargan de verificar las afirmaciones de los políticos en lo que estas tienen de datos comprobables. Para que el debate público sea de calidad no basta con que los hechos referidos sean ciertos, pero podemos estar seguros de que si esas referencias son completamente falsas no tendremos una verdadera discusión democrática.

Por supuesto que hay mentiras flagrantes y mentirosos compulsivos, que merecen ser combatidos con todos los instrumentos periodísticos y jurídicos a nuestro alcance. Me preocupa, además, una degradación más sutil de la vida política propiciada por los enemigos de la retórica (que siempre se justifican porque los mentirosos se sirven de ella). Me refiero al modo como entendemos nuestras relaciones con la realidad y el lugar que ocupan la verdad y la mentira en la vida política. Nuestra relación con la verdad —especialmente en la vida política— es menos simple de lo que quisieran los que la conciben como un conjunto de hechos incontrovertibles. No vivimos en un mundo de evidencias, sino en medio del desconocimiento, el saber provisional, las decisiones arriesgadas y las apuestas. La verdad no es lo mismo que la objetividad y la exactitud. Casi nada de lo que decimos o sentimos es “chequeable”. Además, como la vida misma, también la política posee una dimensión emocional y nuestras emociones —aunque las haya más o menos razonables, mejor o peor informadas— tienen una relación muy indirecta con la objetividad. ¿En qué quedaría el oficio político si no pudiera recurrirse a esa exageración retórica sin la que es imposible movilizar a nadie? El lenguaje político es más prescripción que análisis. La política no es algo que se resuelva con la objetividad, o solo en una pequeña parte.

Quienes, alarmados por las fake news, quieren garantizar la objetividad dan a entender que la verdad es lo normal y no más bien la excepción. El mundo es un conjunto de opiniones generalmente con poco fundamento, donde discurren con libertad muchas extravagancias, se aventuran hipótesis con ligereza, se simula y aparenta. Por supuesto que las medias verdades pueden llegar a ser mentiras completas e incluso un asunto criminal, pero lo habitual es que no podamos perseguir todas las mentiras y, sobre todo, que tenemos la amarga experiencia de que muchas veces, al hacerlo, nos hemos llevado por delante otras cosas muy estimables. No protegeríamos tanto la libertad de expresión o de conciencia si no fuera porque hemos conocido los males que se siguen de su excesivo condicionamiento. En una sociedad avanzada el amor a la verdad es menor que el temor a los administradores de la verdad.

Hay otro efecto lateral del modo como se plantea este combate contra la mentira al sugerir un mundo más dócil de lo que realmente es y dar una imagen exagerada de tres poderes que son más limitados de lo que suponen: el de los conspiradores, el del Estado y el de los expertos. Por supuesto que hay gente conspirando, pero esto no quiere decir que se salgan siempre con la suya, entre otras cosas porque conspiradores hay muchos y generalmente con pretensiones diferentes, que rivalizan entre sí y que de alguna manera se neutralizan. Sugiere también que el Estado tiene una gran autoridad a la hora de limitar legítimamente el poder de la mentira, algo que sin duda podemos en una medida mucho menor de lo que creemos. Y da a entender que nuestras controversias pueden arreglarse recurriendo a algún tipo de autoridad epistémica que las zanje definitivamente, como los expertos, los técnicos o cualquier supuesto administrador de la exactitud, algo que afortunadamente ocurre pocas veces y que es poco democrático.

¿Quiere esto decir entonces que hemos de rendirnos ante la fuerza injusta de la mentira? Estoy tratando de sostener que en una democracia el combate contra la falsedad solo puede llevarse a cabo en un entorno de pluralismo garantizado. John Stuart Mill, uno de los grandes teóricos de la democracia en versión aristocrática, conjeturaba que si se sometiera el sistema newtoniano al voto de una asamblea democrática en la que hubiera un buen retórico defendiendo el sistema ptolemaico, no podríamos excluir que este último ganara la votación. Pero el transfondo de esta broma era una defensa del elitismo político que hoy nos resultaría inaceptable. Una democracia es un sistema de organización de la sociedad que no está especialmente interesado en que resplandezca la verdad sino en beneficiarse de la libertad de opinar. La democracia es un conflicto de interpretaciones y no una lucha para que se imponga una “descripción correcta” de la realidad.

Una cierta debilidad de la democracia ante los manipuladores es el precio que hemos de pagar para proteger esa libertad que consiste en que nadie pueda agredirnos con una objetividad incontestable, que cualquier debate se pueda reabrir y que nuestras instituciones no se anquilosen. Por supuesto que hay límites para la libertad de expresión, que no todo son opiniones inocentes y que hay mentiras que matan. No hace falta dejarse seducir por los encantos de esa posmodernidad banal que todo lo relativiza para entender en qué sentido podía afirmar Rorty que el valor de la democracia era superior al de la verdad. No convirtamos la guerra contra las fake news en un conflicto nuclear, limitemos bien el campo de batalla, establezcamos una regulación sobria, eficaz y garantista de cuanto pueda ser regulado, pero sobre todo protejámonos de los instrumentos a través de los cuales pretendemos protegernos frente a la mentira. La democracia tiene que defenderse más de los poderes propios que de los extraños.

 

 

10.

 

Anthony GIDDENS, “Una Carta Magna para la era digital” a La Vanguardia (6-05-18)

http://www.lavanguardia.com/vida/20180506/443286426188/una-carta-magna-para-la-era-digital.html

En el año 1215, Inglaterra adoptó la Carta Magna para evitar que la realeza abusara de su poder. Los nuevos reyes son hoy día las grandes empresas de tecnología. Sus súbditos somos todos nosotros y hacen acopio de nuestros datos personales que manejan para fines tanto buenos como malos. Pese a todos los beneficios cosechados también se producen abusos. En la actualidad, como entonces, necesitamos una carta para controlar estos nuevos poderes.

La revolución digital es la mayor fuerza dinámica en el mundo actual que alcanza a todos, desde las intimidades de nuestra vida cotidiana hasta las luchas geopolíticas. El mundo se ha convertido en algo único de una forma que nunca existió con anterioridad. Al mismo tiempo, se fractura y divide. La inteligencia artificial, junto con internet, son las dos fuerzas gemelas a la cabeza de estos cambios.

La evolución de la inteligencia artificial ha seguido su curso a través de dos etapas diferentes y avanza actualmente hacia una tercera. La primera fase, que podría remontarse a los pioneros esfuerzos computacionales de Alan Turing durante la Segunda Guerra Mundial hasta los años ochenta del siglo XX, se hallaba bajo el control del Estado y del gobierno junto con los datos de amplio espectro procedentes del ámbito académico.

La segunda fase fue la creación de Silicon Valley tras la caída de la Unión Soviética en 1989. Dio paso a un periodo en el que se dio rienda suelta a las fuerzas del mercado en todo el mundo ante horizontes aparentemente ilimitados. “Muévete rápido y elimina obstáculos”, que se convirtió en el lema de Facebook, fue el tema dominante de todo este periodo de innovación dirigido por jóvenes empresarios y visionarios expertos en tecnología.

La tercera fase, en la que entramos actualmente, deberá reintroducir el Estado y el ámbito del público en general en el panorama general. Durante un tiempo, los avances positivos de las tecnologías digitales –desde una mayor conectividad entre agentes similares o expertos distantes a los análisis de la gran cantidad de datos del código genético y la comodidad de comprar en línea– se han adueñado del escenario. Sin embargo, los elementos negativos han demostrado ser profundos incluso cuando a veces requieran su tiempo para aflorar. Incluyen amenazas al propio tejido de la misma democracia, de la misma forma en que impulsan de modo desafiante las operaciones en línea o incluso desplazan a los principales partidos políticos. Y esto sucede al mismo tiempo en que acechan mayores avances en la línea del horizonte de la inteligencia artificial, propulsados por los que parecen ser potencialmente espectaculares avances en el campo del aprendizaje automático.

He estado sopesando estas transformaciones al tiempo que trabajaba durante seis meses como miembro del Comité sobre Inteligencia Artificial de la Cámara de los Lores en Reino Unido (las opiniones expresadas en este artículo son mías y no son necesariamente compartidas por otros miembros del Comité, constituido de tal forma que representa distintos puntos de vista). Durante este tiempo, entrevistamos a unos sesenta expertos de distinta procedencia y formación en los campos de la industria, el ámbito académico y los laboratorios de ideas. Nos propusimos impulsar la tarea, en la medida de lo posible, de distinguir la agitación propia de la realidad y los auténticos peligros de las más remotas visiones apocalípticas.

Los gobiernos y otros organismos públicos hacen frente a dos tareas coincidentes en este momento, ambas complejas y difíciles. Hemos de tratar de enmendar los errores del pasado sin dejar de preservar el dinamismo y la innovación: no resulta tarea fácil. Pero, al mismo tiempo, hemos de garantizar que la nueva ola de la innovación impulsada por la inteligencia artificial se desarrolle de forma más activa y previsora, sin que invada a discreción nuestras vidas. En nuestro informe , el comité propone una serie de reformas de largo alcance a fin de alcanzar un nuevo equilibrio entre innovación y responsabilidad empresarial.

Estas reformas se hacen eco y hacen uso de la legislación ya impulsada de forma pionera por la Unión Europea y algunos gobiernos nacionales, buena parte de las cuales se incorporan a la legislación británica. Hemos trazado un mapa general de la inteligencia artificial susceptible de enmarcar intervenciones prácticas por parte del gobierno y de otros organismos públicos. Los principales elementos de este mapa se refieren a que la inteligencia artificial debería ser desarrollada en aras del bien común, operar sobre la base de principios de inteligibilidad y justicia, respetar los derechos a la intimidad, basarse en amplios cambios en el sistema educativo y no valerse de un poder autónomo para dañar, destruir o engañar a seres humanos.

Estos principios forman la base de un enfoque transversal de la inteligencia artificial que debería ser desarrollado tanto a escala nacional como a nivel internacional. El comité propone una intervención radical que ayude a romper el monopolio de uso de datos por parte de empresas y permita que las personas gocen de un control propio sobre sus datos y su gestión. Se sugieren asimismo una serie de políticas sobre la forma de alcanzar estos objetivos de manera razonable y práctica.

Por ejemplo, el Gobierno británico ya ha aceptado que deberían arbitrarse tratamientos de datos que incluyan una participación ética de los mismos datos por parte de diversos agentes. Una cuestión clave sobre el particular es cómo reestructurar el National Health System (NHS por sus siglas en inglés). La intimidad del paciente debe compatibilizarse, por ejemplo, con el uso de datos del NHS con fines de investigación e intercambio de datos entre los especialistas médicos.

Hacemos hincapié en que los tratamientos de datos deberían incorporar una representación y consulta directa de la ciudadanía. En el seno de Reino Unido, al menos, estos principios y propuestas deberían garantizar amplias medidas de apoyo intersectorial.

Hemos abordado asimismo las preocupaciones actuales en el frente geopolítico donde las normas de ámbito interior interseccionan con las prácticas y usos de otros países. Las noticias falsas no sólo constituyen un profundo problema estructural, sino que han sido usadas como armas arrojadizas por parte de Rusia y otros países. China posee la serie más poderosa de supercomputadores del mundo y puede encabezar el futuro desarrollo de la inteligencia artificial. Forjar acuerdos internacionales sobre el despliegue de la inteligencia artificial será probablemente una tarea que exigirá un esfuerzo de formidable dificultad pero resulta ser de primordial importancia. El informe de la Cámara de los Lores concluye proponiendo una cumbre mundial de líderes políticos destinada a desarrollar un marco común para la evolución ética de la inteligencia artificial (a nivel global, con carácter urgente.

Las ventajas de la revolución digital han sido enormes y han reconfigurado nuestras vidas de forma irreversible, en muchos aspectos en sentido positivo. Como en el caso de anteriores revoluciones tecnológicas, las sociedades deben encontrar la forma de cosechar los beneficios de la innovación al tiempo de controlar los problemas y riesgos existentes. Una carta que proteja los derechos y libertades de los ciudadanos –una Carta Magna de la Era Digital– es el punto donde hemos de empezar.

 

 

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.