FOCUS PRESS 176

 

Aquesta setmana el Focus Press es redueix a una recomanació d’alguns articles que ens han semblat de més interès. Els tres primers (Cristina Monge, Javier Borràs i Nouriel Roubini) giren al voltant dels riscos globals, dels que n’és un exemple ben viu l’episodi de l’epidèmia del Covid-19 i les seves conseqüències tant globals com locals, com és el cas del Mobile. El quart article (Robert Malley) també hi té certa relació en tractar de la posició geopolítica d’Europa. Segueixen tres articles relacionats amb les batalles culturals que s’estan produïnt a Espanya: Josep Oliver argumenta que  el debat sobre l’eutanasia  és en realitat un debat sobre la llibertat individual en qüestions morals; i María Ramírez, Roberto Gargarella, Paz Lloria, Rosana Pinheiro, Miguel Presno Linera i Guillem Vidal aporten els seus punts de vista sobre la penalització de l’apologia del totalitarisme. Per entendre les motivacions dels votants de Vox, veure el reportatge publicat per Guillermo Abril.  Dos articles tracten de les  possibles sortides de la qüestió catalana: Antoni Puigverd en sintetitza l’estat actual i Milagros Pérez Oliva analitza el potencial de la proposta de cocapitalitat de Barcelona. Finalment, un recordatori de Jean Daniel, el mític fundador de  Le Nouvel Observateur, que ha mort aquest 19 de febrer (Serge Raffy).

La setmana vinent tornarem a reprendre els fils de l’actualitat amb més detall i profunditat.

ARTICLES RECOMANATS

(1) Cristina MONGE, “¿El coronavirus o el boicot a Huawei? Da igual” a infoLibre (17-02-20)

(…) “pero la cancelación del MWC 2020 es un estupendo ejemplo de aquello que el sociólogo alemán Ulrich Beck, hace ya casi veinte años, denominó La sociedad del riesgo global (siglo XXI). Esta teoría, que tuvo en su día una notable repercusión en las ciencias sociales, está compuesta por varios elementos que pueden verse reflejados en la crisis del Mobile World Congress tanto si se opta por una explicación más cercana a la guerra tecnológica EEUU-China, como si se cree que es la crisis del coronavirus lo que justifica su cancelación.

El primero de los factores que componen la sociedad de riesgo global según la definió Beck hace referencia a los riesgos como algo distinto a los daños producidos. Los riesgos no son una destrucción, sino la amenaza de poder llegar a serlo. Lo determinante, por tanto, es la percepción que de ellos se tiene. Además –y este es el segundo elemento caracterizado por Beck–, la idea de riesgo invierte la relación entre pasado, presente y futuro: “El futuro, es decir algo no existente, construido y ficticio, adopta su lugar como causa de la experiencia”. Tanto si optamos por la explicación que alude al miedo al contagio del coronavirus como la que se inclina por un boicot a Huawei y la tecnología china estamos hablando de riesgos, es decir de las percepciones que se tengan sobre su posibilidad de producir daños, pero no sobre daños en sí. Es bien sabido que el Covid-19 tiene, a día de hoy, una mortalidad menor a la de la gripe común. De hecho, los científicos dicen que lo que temen no es al virus en sí, sino que a pueda mutar y tener efectos desconocidos. Por otro lado, no es menos sabido que la ventaja tecnológica que puede estar alcanzando China en el 5G no se ha traducido a día de hoy en una hegemonía en el mercado ni en el desarrollo tecnológico, sino que existe una pugna abierta que, como en todo asunto económico, no depende sólo de un elemento –en este caso, la tecnología–, sino de un conjunto de factores que tienen que ver con la infraestructura, la capacidad de generar alianzas, la innovación permanente, la resiliencia financiera, etc. Hablamos, por tanto, tanto en una versión como en otra, de situaciones que podrían llegar a darse, pero que en ningún caso existen en la actualidad.

En tercer lugar, Beck afirma que los riesgos aúnan proposiciones fácticas con valorativas, es decir que hacen referencia a lo tolerable y a lo que no lo es. No sería tolerable la expansión de un virus –chino, para más inri–, ni tampoco que el gigante asiático se hiciera con el control de la tecnología del futuro. Hay en este aspecto toda una serie de cuestiones valorativas que dicen mucho de la sociedad actual.

Continúa Beck su teoría hablando de un cuarto elemento que tiene que ver con los riesgos como “consecuencias no deseadas” y, por tanto, que escapan a la lógica de control propia de la modernidad “no sólo debido a la globalidad de los riesgos (…), sino también a las indeterminaciones e incertidumbres inherentes a los diagnósticos del riesgo”. En efecto, el miedo al virus y su posible mutación señala a la medicina como incapaz de controlarlo, desatando consecuencias insospechadas. Lo mismo ocurre si miramos a un posible boicot industrial; la hegemonía de China en las redes de 5G sería la evidencia de que Occidente ha perdido el dominio del mundo. Esto supone –y es el quinto factor– una peculiar síntesis de conocimiento y desconocimiento, hasta tal punto que se da la paradoja de que “un mayor y mejor conocimiento, algo que la mayoría de la gente evalúa sin reservas de forma positiva, se está convirtiendo en fuente de nuevos riesgos”, lo que no significa que el conocimiento no sea necesario. De hecho –y este es otro de los elementos definitorios– según el sociólogo alemán cuantos menos riesgos se reconocen públicamente, tantos más riesgos se producen.

Continúa Beck su descripción de la sociedad del riesgo global constatando, y pocas veces se ha visto tan claro como en este caso, que los riesgos son simultáneamente globales y locales, dando lugar a la ya famosa expresión de “glocal”. Esta idea ha sido ampliamente aplicada a las cuestiones relacionadas con la crisis ambiental, pero ahora sabemos que tiene su reflejo en muchas más dimensiones. Tanto en la sanitaria como en la empresarial, ha quedado de manifiesto que ni las enfermedades ni los mercados entienden de fronteras, y si las hay, no les cuesta apenas nada cruzarlas erosionándolas hasta hacerlas desaparecer.

Finalmente, la teoría afirma que los riesgos de la sociedad global son propios de una sociedad híbrida. Combinan cuestiones de naturaleza política con otras éticas, de comunicación, tecnológicas, conceptuales, de percepción, etc. En el caso que nos ocupa, sea cual sea la explicación por la que se opte, es evidente que una mezcla de elementos de toda naturaleza han tomado parte en la decisión de las compañías de no acudir al MWC, y sus efectos se desplegarán también sobre un conjunto de variables económicas, políticas, sociales, geoestratégicas…

Bienvenidos y bienvenidas a la sociedad del riesgo global, que es también la del miedo global. La cancelación del Mobile World Congress de Barcelona no es el primer caso ni probablemente el más grave, pero conviene ir entendiendo la dinámica que subyace porque nos va a acompañar un buen tiempo”.

(2) Javier BORRÀS, “China u Occidente: ¿quién gestionaría mejor el coronavirus?” a esglobal (14-02-20)

“La epidemia del coronavirus -COVID-19- que mantiene en vilo a la provincia china de Hubei ha puesto sobre la mesa un debate que siempre reaparece cuando China afronta un grave problema interno: ¿es el modelo del Partido Comunista el adecuado para afrontar este tipo de crisis, o la gestionaría mucho mejor un sistema liberal-democrático occidental? O incluso de manera más incisiva: ¿son catástrofes como la del coronavirus una consecuencia intrínseca del modelo chino? ¿Habría llegado la situación a los niveles actuales si hubiera sucedido en Occidente?

El problema de este tipo de debates es que reducen las causas y análisis de un complejo problema a un sólo factor: la ideología. Parecería que si en China hubiera un cambio de sistema político, casi todos sus problemas se marcharían por arte de magia. Pero este país es mucho más que el Partido Comunista: hay una serie de valores culturales, condiciones materiales, circunstancias geopolíticas o tendencias tecnológicas que forman la identidad china más allá de la pura política. Todas ellas, en este sentido, inciden en la respuesta a una crisis como la del COVID-19. Estos son algunos de los parámetros claves:

El sistema político. Como ya hemos comentado, diversos medios occidentales han realizado una crítica sistémica hacia el modelo autoritario chino, ya que consideran que estructuralmente estaría peor preparado para responder a este tipo de desafíos. También se ha criticado la “supuesta meritocracia” de su sistema: si el modelo autoritario es aceptado a cambio de una buena gestión, ¿por qué ha habido importantes problemas, especialmente al inicio de la epidemia? ¿El “eficiente” modelo tecnócrata chino no debería haber impedido todo esto? Estas críticas, en parte, están basadas en cómo uno percibe la respuesta gubernamental a esta crisis -es decir, si ha sido buena, o no-. La valoración no es unánime. Desde el exterior ha habido críticas al Gobierno chino, pero también las ha habido desde parte de sus propios ciudadanos -otros, en cambio, están satisfechos con la gestión-. Organismos como la Organización Mundial de la Salud, por otro lado, han elogiado en términos generales la respuesta de Pekín (…)

Los valores culturales. Un factor en el que también se ha incidido es el “colectivismo” de la cultura china y asiática, en contraposición con el individualismo occidental. Este punto de vista se defiende que el modelo de liderazgo de arriba a abajo del Partido Comunista ha podido aplicar sus políticas más estrictas, como las cuarentenas o restricciones de movimiento, gracias a una predisposición de la sociedad china para sacrificarse en aras de un objetivo colectivo. Y es que, a pesar de las críticas que ha habido por las redes sociales chinas, la inmensa mayoría de la población ha seguido las instrucciones del Gobierno de quedarse en casa y de seguir ciertas medidas médicas. También ha habido voluntarios que se han dedicado a vigilar y reprender a los vecinos que veían incumpliendo las normas (…)

La tecnología. La predisposición frente a ciertas nuevas tecnologías médicas o de control social también trazan una línea entre Occidente y China, entre una visión generalmente distópica del futuro y una tecnofílica-ilustrada, respectivamente. La respuesta a graves epidemias como la actual requiere -y especialmente requerirá- el uso de tecnologías ya existentes como los datos y algoritmos o las cámaras de reconocimiento facial, o algunas más futuristas -como los biosensores individuales-. En las redes sociales chinas han circulado innovaciones tecnológicas fruto de esta crisis, como drones que pueden medir la temperatura de la gente sin que esta tenga que salir de casa (…)

Los medios de comunicación y las redes sociales. En la actual crisis del coronavirus se ha podido observar el sistema de censura flexible del Gobierno chino, a veces más restrictivo y a veces menos, dependiendo de las circunstancias. Actualmente, el nivel de permisividad hacia periodistas e internautas está siendo mucho más amplio de lo esperado. Como explica la académica María Repnikova, cabeceras del periodismo crítico chino como Caixin han investigado e informado en detalle sobre los errores de las autoridades locales. De hecho, el Gobierno central tienen incentivos para favorecer este periodismo crítico, para poder identificar a tiempo los casos de corrupción o malas prácticas que pueden generar más enfado entre la población (…)

El sistema de salud. A pesar de ser la segunda potencia a escala global, el Health Care Index situaba a China en el puesto 47 en ránking de sistemas sanitarios en el mundo. Este tipo de condiciones materiales a veces se olvidan al comparar el caso chino con el de Estados occidentales. China, a pesar de su crecimiento, sigue siendo un país en desarrollo: su PIB per cápita es parecido al de México o Kazajistán. El sistema sanitario se ha modernizado y ampliado mucho en los últimos años, pero hay que recordar que en el país aún pervive una fuerte desigualdad entre las provincias de la costa y las de interior. Si en Pekín o Shanghái se puede esperar un sistema sanitario de un nivel parecido al que tenemos en Europa, en las provincias más pobres estas condiciones caen. En el caso de Wuhan y Hubei, se trata de una provincia de desarrollo medio, por lo que el sistema sanitario es relativamente decente, pero no pionero como el de las ciudades más grandes. A pesar de los grandes esfuerzos del personal médico, se han producido problemas como una falta de equipamiento o de los test de comprobación del virus -lo que, recientemente, ha llevado a incluir métodos de diagnóstico más laxos, que han supuesto una escalada en los casos de supuestos enfermos de COVID-19-.

Otro factor relacionado con el campo de la salud, especialmente la prevención, es el de los mercados de venta de animales salvajes, algo todavía extendido en el país, y donde se sospecha que el coronavirus se podría haber contagiado por primer vez (…)

La economía. La paralización de las cadenas de valor globales que han supuesto las cuarentenas en China ha demostrado, por un lado, la centralidad de esta economía y los problemas que puede generar si se detiene y, por el otro, el sacrificio que población, empresas y autoridades chinas han hecho para contener el virus, en un momento en el que la economía nacional no pasaba por su mejor fase, después de la desgastante guerra comercial con Estados Unidos.

Las renuncias que debe hacer Pekín para detener esta crisis, en este sentido, son más duras que las que debería hacer Occidente: China es un país en pleno desarrollo al que catástrofes como esta pueden impactar mucho más que a una economía avanzada. Por otro lado, está en pleno proceso de intentar sortear la llamada “trampa de los ingresos medios”, con el objetivo de convertir su economía en una al nivel de los países desarrollados occidentales. Obstáculos como el coronavirus sólo hacen más difícil este camino, que en Europa y EE UU ya ha sido transitado hace décadas.

La periferia. Por último, cabe indicar que las cuarentenas y restricciones aplicadas en China no sólo tienen efecto en el interior del país, sino en el resto del globo. En el mundo interconectado actual, con un movimiento de personas constante, los límites aplicados por Pekín pueden haber contenido una epidemia que podía haber sido mucho más extensa. Eso es especialmente importante si tenemos en cuenta la situación geográfica china Mientras que Estados Unidos y Europa tienen buena parte de su frontera de cara al mar o en contacto con otros países desarrollados, China tiene a muchos países pobres o en desarrollo en su periferia, como Laos, Birmania, Rusia, Mongolia, las repúblicas de Asia Central o India. En muchos de ellos, la respuesta sanitaria y gubernamental hacia una epidemia extendida sería bastante más débil que en el caso chino, tal y como advierte constantemente la OMS. Las políticas de Pekín, en este sentido, pueden marcar el destino de buena parte de la región asiática -y son una prueba de su capacidad de liderazgo y responsabilidad de cara al mundo- (…)

(3) Nouriel ROUBINI, “The White Swans of 2020” a Project Syndicate (17-02-20)

(…) “Looking beyond the risk of severe geopolitical escalations in 2020, there are additional medium-term risks associated with climate change, which could trigger costly environmental disasters. Climate change is not just a lumbering giant that will cause economic and financial havoc decades from now. It is a threat in the here and now, as demonstrated by the growing frequency and severity of extreme weather events.
In addition to climate change, there is evidence that separate, deeper seismic events are underway, leading to rapid global movements in magnetic polarity and accelerating ocean currents.. Any one of these developments could augur an environmental white swan event, as could climatic “tipping points” such as the collapse of major ice sheets in Antarctica or Greenland in the next few years. We already know that underwater volcanic activity is increasing; what if that trend translates into rapid marine acidification and the depletion of global fish stocks upon which billions of people rely?
As of early 2020, this is where we stand: the US and Iran have already had a military confrontation that will likely soon escalate; China is in the grip of a viral outbreak that could become a global pandemic; cyberwarfare is ongoing; major holders of US Treasuries are pursuing diversification strategies; the Democratic presidential primary is exposing rifts in the opposition to Trump and already casting doubt on vote-counting processes; rivalries between the US and four revisionist powers are escalating; and the real-world costs of climate change and other environmental trends are mounting.
This list is hardly exhaustive, but it points to what one can reasonably expect for 2020. Financial markets, meanwhile, remain blissfully in denial of the risks, convinced that a calm if not happy year awaits major economies and global markets”.

(4) Robert MALLEY, “Los dilemas geoestratégicos de Europa” a Política Exterior (8-02-20)

(…) “Sea o no el presidente de Francia, Emmanuel Macron, el europeo más despierto, su llamamiento a una UE más autosuficiente militarmente (para proteger sus intereses cuando otros no lo hagan), diplomáticamente autónoma (para plantear sus propias posiciones cuando EEUU no lo haga) y económicamente independiente (para eludir las sanciones de EEUU cuando están destinadas a prohibir comportamientos legítimos) merece nuestra atención. También amerita una buena dosis de realismo, desde luego, porque una política exterior europea más efectiva requiere una unidad y una visión estratégica que a menudo han faltado.
En el frente militar, una serie de decisiones de Trump ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de Europa ante las fluctuaciones del estado de ánimo de EEUU. La semi-retirada de las tropas estadounidenses del noreste de Siria, el asesinato de Qasem Soleimani y de un líder de la milicia chií iraquí, y los planes de Washington de reducir o incluso eliminar su presencia militar en África occidental podrían tener repercusiones descomunales en la seguridad europea. Los dos primeras decisiones porque las fuerzas europeas en Siria e Irak dependen del apoyo de EEUU y porque cualquier reducción podría dañar la campaña contra el Estado Islámico. La tercera porque afecta al Sahel, visto en Europa como una puerta de entrada para el terrorismo y los flujos migratorios hacia el continente. Sin embargo, Europa no tuvo voz en ninguno de estos casos.
Establecer una fuerza europea más autónoma requeriría superar formidables obstáculos políticos, económicos y logísticos. Incluso entonces, se enfrentaría una realidad que en Washington han tardado en comprender; a saber: que abordar desafíos como el terrorismo a través de medios puramente militares no funciona. Esta no es una lección fácil, ya que los líderes políticos sienten el peso de la ansiedad pública y, en consecuencia, la necesidad de anunciar medidas enérgicas, de sacar músculo. Pero los hechos hablan por sí mismos: en el Sahel, los intensos esfuerzos militares dirigidos contra los yihadistas han ido de la mano de un aumento en las operaciones de esos mismos grupos. Fuerza autónoma o no, Europa debería equilibrar mejor las operaciones militares con la política, incluido el apoyar los esfuerzos para calmar divisiones intercomunales que apuntalan la violencia y, posiblemente, entablar un diálogo con ciertos líderes militantes. Aun así, una mayor capacidad europea para desplegar sus tropas –ya sea en la forma del ejército europeo defendido por Macron y la canciller alemana, Angela Merkel, o de otro tipo– podría dar al continente una mayor capacidad para proteger sus intereses.
En el frente diplomático, Europa podría hacer mucho para defenderse frente a la deficiencia o negligencia estadounidense. Tomemos un ejemplo: los dramáticos giros de 180 grados de EEUU en el conflicto palestino-israelí, desde el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y su anexión de los Altos del Golán, hasta decretar que los asentamientos no violan el Derecho Internacional. Otros esperan su turno ahora que la administración estadounidense presente ante el mundo su esperado (y mal nombrado) plan de paz.
Forjar una posición europea unida que se oponga con claridad a EEUU no es un desafío pequeño, dadas las divisiones entre las capitales europeas. Tampoco está claro que Europa pueda pasar de brindar apoyo retórico a la solución cada vez más ilusoria de los dos Estados, a adoptar una postura que defienda que, con independencia de lo que ocurra en los Territorios Ocupados, todos los palestinos que caigan bajo el control israelí han de disfrutar de los mismos derechos. Aun así, una voz europea que haga de contrapeso a la estadounidense sería bienvenida, dada los intereses del continente en la estabilidad de Oriente Próximo.
Por último, en ninguna parte las implicaciones de la impotencia financiera europea son más severas que en el asunto iraní. La retirada de EEUU del acuerdo nuclear y la imposición de una presión máxima sobre Irán han tenido consecuencias negativas en cascada para Europa, desde el incumplimiento gradual por parte de Irán de sus compromisos nucleares y el aumento de los ataques en el Golfo, hasta el debilitamiento de la lucha contra el Estado Islámico. En respuesta, los Estados europeos han tratado de proporcionar a Irán un modesto alivio económico para convencerlo de permanecer en el acuerdo y moderar su comportamiento. Pero la amenaza planteada por las sanciones de EEUU –dirigidas a negocios europeos cuyas actividades cumplen con sus obligaciones internacionales, nada menos– ha obstaculizado esos esfuerzos. Si el dominio de EEUU sobre los mercados globales significa control estadounidense sobre capítulos de la política exterior europea, el desafío para Europa es encontrar formas efectivas de eludir el sistema financiero actual y establecer un sistema que escape a la larga sombra de EEUU.
Insistamos: no es fácil ser europeo estos días, atrapados en varios dilemas nada envidiables. Europa puede mantenerse junto a EEUU pese a los desacuerdos significativos y sentirse impotente; puede desafiar a EEUU asumiendo las previsibles represalias y lidiar con los daños; puede cubrir sus apuestas reforzando los lazos con los otros grandes poderes a pesar de la profunda discrepancia en los valores y en las respectivas visiones del mundo, y sentirse vulnerable.
Con independencia de lo que haga, no debe cambiar un aspecto central de la identidad europea moderna: un sentido de responsabilidad cuando se trata de resolver las situaciones más peligrosas del mundo, y la capacidad y los recursos para marcar la diferencia. Como describe la lista de vigilancia de la Unión Europea de Crisis Group de 2020, los conflictos en los que Europa puede desempeñar un papel constructivo son innumerables, desde áreas de considerable interés geopolítico (como Irán o Ucrania) hasta aquellas que sufren ante el desinterés internacional, como los Grandes Lagos, Burkina Faso o Bolivia. Al lanzarse a resolver estas crisis y buscar un papel militar, diplomático y financiero más autosuficiente, el continente no daría carpetazo a su crisis de identidad. Pero podría ayudar a hacer del mundo un lugar más seguro para cuando finalmente dé el paso”.

(5) Josep OLIVER, “Eutanasia y dictadura moral” a El Periódico (19-02-20)

(… ) “exigen debate otras razones de mayor enjundia, y a menudo ocultas, de los que se oponen a ella. En particular, las de la Iglesia católica y de los partidos políticos a ella vinculados; porque aunque el catolicismo ya no domina socialmente, continúa teniendo un poder político no menor. Y es por ello por lo que voy a referirme a algunos aspectos implícitos en su argumentario.

El quid de la cuestión es su oposición a un marco legal que permita decidir cuándo y cómo quieren morir personas con enfermedades incurables y sufrimientos inevitables (físicos y psicológicos, personales y familiares), contando con todos los controles médicos y el asesoramiento legal precisos para evitar usos inadecuados de la ley. Por descontado que su mera existencia no obliga a nadie. Aunque si el Estado no puede tomar esa decisión, nadie debería poder hacerlo. Pero el catolicismo político sí lo ha conseguido, por lo menos hasta hoy, imponiendo cómo hay que morirse a millones de ciudadanos que no comparten sus valores.

Por supuesto, no es la primera vez que ello sucede. En los últimos 40 años lo vimos primero con el divorcio, después con el aborto y más tarde con el matrimonio homosexual. Y aunque en ningún artículo de las leyes que se aprobaron se establecía la obligatoriedad de divorciarse, abortar o contraer matrimonio con personas del mismo sexo, la jerarquía católica consiguió forzarnos a seguir, durante muchos años, su dictado moral. Y lo mismo sucede hoy con la eutanasia: de aprobarse la ley, a nadie se le exigirá que la practique. Pero sí se permitiría para aquellos que, con los informes adecuados que dieran razón de su capacidad de raciocinio, así lo decidieren.

¿Cómo debería interpretarse que las creencias de unos se impongan a la colectividad? Pues como lo que es: pura intolerancia o, en el peor de los casos, dictadura. Y ese es el verdadero debate que esconde el de la eutanasia: libertad ‘versus’ dictadura moral. Es decir, confrontación entre una visión autoritaria, según la cual unos pocos ilustrados deben decidir lo que conviene al conjunto, y la democrática, en la que, al poner en el frontispicio del edificio social la igualdad entre todos, prima la decisión individual.

Concepciones morales
De hecho, bajo la oposición a la eutanasia ha regresado una vez más esa caduca visión de los ciudadanos como súbditos necesitados de dirección moral. Se trata de una actitud que, ciertamente, nos retrotrae a tiempos pasados, en los que la actuación de la Iglesia católica y los gobiernos franquistas fueron de la mano. Ello no era casual, ni lo fue en España ni en otros países donde sucedió algo parecido. En todos estos casos siempre emergía, y emerge, esa elite gobernante masculina que impone su visión de lo que está bien y lo que está mal: apoyado por la fuerza represora del Estado en ciertos momentos históricos y en su propio poder político en otros. Culturalmente, se trata de una concepción similar a la pregonada por los regímenes totalitarios para justificar su existencia. En uno y otro caso, valores profundamente antidemocráticos: los que controlan el país deciden sobre lo que nos conviene.

Este es el núcleo del debate. No se trata del sufrimiento de aquellos que ya no tienen esperanzas y solo les aguardan agonías imposibles de imaginar. Se trata del poder. Del poder para imponer su concepción moral al conjunto de la sociedad. Y ahí, el catolicismo se revuelve como gato panza arriba. Y de raza le viene al galgo: la ‘kulturkampf’ del canciller Bismark en Alemania, los conflictos del Estado francés con el catolicismo o la expulsión de los jesuitas de tantos países forman parte de esta mísera historia.

Por descontado que la Iglesia católica, y los partidos que la apoyan, tienen libérrima capacidad para demandar a sus seguidores que no practiquen la eutanasia. Pero de la misma forma que defendemos su libertad, exigimos que no intervengan en las decisiones de aquellos que no les reconocemos autoridad moral ninguna.

Eutanasia, ¿sí o no? Ese es un falso debate. El que realmente subyace es el de la libertad. Libertad individual en cuestiones morales, ¿sí o no?”

(6) María RAMÍREZ, “Primera enmienda” a eldiario.es (14-02-20)

(…) “Es cierto que el caso de Estados Unidos es extraordinario en la protección casi sin límites de la libertad de expresión y de prensa comparado con las democracias europeas. Ni España ni Francia ni Reino Unido ni por supuesto Alemania veneran con tanta devoción legal y cívica la libertad de expresión. El valor de la prensa nunca ha tenido en Europa el aura que tiene allí. Tampoco en Reino Unido, donde un juez puede parar una información antes de que se publique. Este debate ha vuelto ahora de la mano de las leyes para purgar la memoria de la barbarie nazi en Alemania, que son inspiración para la reforma del Código Penal que quiere hacer el Gobierno en España para introducir como delito “la apología del franquismo”.

La protección casi absoluta que existe en Estados Unidos a menudo abre debates complicados sobre los límites cuando las expresiones más furibundas están relacionadas con un aumento de la violencia contra grupos de personas. Es difícil no ver una conexión entre las palabras más bárbaras, sobre todo cuando vienen del presidente y otros cargos públicos, y el aumento de los asaltos contra judíos, hispanohablantes e inmigrantes en Estados Unidos. La línea entre la expresión de las palabras más gruesas como una opinión desagradable y como detonante de consecuencias graves en la vida de las personas no siempre es fácil de trazar, especialmente en un mundo en que las plazas públicas son ahora redes que premian los mensajes más repulsivos protegidos por el anonimato.

Pero cuesta ver cómo una ley sobre la “apología del franquismo” en general va a ayudar a rebajar el impacto de otros discursos de incitación al odio machista, homófobo, xenófobo, que existen y sí ponen en peligro la vida de las personas. De hecho, los pocos que gritan alabanzas al dictador en algún rincón no suelen ser los mismo que difunden bulos o atacan los derechos civiles desde las tribunas de los parlamentos o los pseudónimos de cuentas en Twitter.

Los objetivos detrás de leyes contra la apología de ideas antidemocráticas suelen ser preservar la paz o proteger la convivencia, pero las consecuencias pueden ser indeseables y poco eficaces. La regulación de las plataformas, la educación cívica y el respeto de los estándares democráticos tienen más efectos que encarcelar a tuiteros o políticos por un grito o una bandera.

En una de esas clases de Primera Enmienda, en la que yo estaba agazapada en primera fila, Noah Feldman explicaba el caso de 1943 de West Virginia Board of Education v Barnette sobre una pareja de testigos de Jehovah cuyos hijos habían sido suspendidos por haberse negado a prestar el juramento de lealtad a la nación que se hace en todas las escuelas.

Una sentencia anterior, de 1940, había dado la razón al colegio por lo que había detrás del rito que los testigos de Jehovah consideraban idolatría: fomentar la unidad del país. El objetivo último era meterle en la cabeza a los niños la idea de Estados Unidos por la que tal vez un día tendrían que luchar. “Era para salvarlos de los nazis, ¡los nazis de verdad!”, exclamaba en clase Feldman haciendo de abogado del diablo para explicar el caso. “Pero no seas como los nazis para derrotarlos ¡Sé anti-nazi para derrotarlos!”, decía después.

La sentencia de 1943 consideraba estos argumentos en plena Segunda Guerra Mundial pero concluía que la libertad de expresión también incluye no obligarte a decir lo que no quieres y que limitar la discrepancia es una manera inapropiada e ineficaz de fomentar la unidad.

‘Aquellos que empiezan una eliminación coercitiva de la discrepancia pronto se encuentran eliminando a los que discrepan. La unidad obligatoria de opinión consigue sólo la unanimidad del cementerio. Parece manido pero necesario decir que la Primera Enmienda de nuestra Constitución fue diseñada para evitar estos finales evitando esos principios. No hay ningún misticismo en el concepto americano del Estado o en la naturaleza o el origen de su autoridad… La opinión pública debe controlar a la autoridad, no al revés’, dice la sentencia.

Es tentador legislar contra los gritos más abominables y desinformados, pero a menudo las soluciones están en otro lado. El Estado debe intervenir para proteger a las personas concretas contra el daño físico y psicológico y la línea no siempre está clara. Para lo demás suele valer con cruzarse de acera, mirar hacia otra ventana, bloquear al gritón en Twitter y sobre todo no prestarle ningún altavoz”.

(7) AGENDA PÚBLICA, “¿Debe ser delito la apología del totalitarismo?” a El País (17-02-20)

Roberto Gargarella. Universidad de Buenos Aires

(8) Guillermo ABRIL, “Por qué voto a Vox” a El País Semanal (16-02-20)

“Una universitaria en Pozuelo de Alarcón (Madrid), asidua a mítines y manifestaciones. Un camionero que vive con temor a la inmigración en Níjar (Almería). Una soldado preocupada por la seguridad. Un ingeniero agrícola. Un emigrante retornado. Una médica. Un antidisturbios. Un par de capataces. Obreros, jubilados, autónomos. Incluso un “medio inmigrante”. Nos adentramos en territorio Vox para escuchar sin filtros a los votantes del partido de ultraderecha, que consiguió el apoyo de 3,6 millones de españoles en noviembre. ¿Quiénes son? ¿A quién votaban antes? ¿Qué quieren? ¿Cómo se informan? ¿Qué piensan del feminismo, del cambio climático, de Cataluña? ¿Y qué soluciones esperan? Estas son sus razones”

(…)

“La desafección política, el sentimiento de abandono y la cuestión identitaria son claves en el auge del partido de ultraderecha en España.

Cuando Vox nació, su votante ya estaba allí, aunque aún no lo sabía. Era diciembre de 2013 y por esas fechas un tercio de los españoles opinaba, según el CIS, que había que revertir o recentralizar el Estado de autonomías. El paro, la corrupción y los políticos eran, por este orden, sus principales preocupaciones. Más del 50% estaba de acuerdo con la afirmación: “Los inmigrantes le quitan el trabajo a los españoles” (dato de 2014). Un 23% le profesaba “poca o ninguna simpatía” a los movimientos feministas y un 28% le tenía “poca o ninguna” simpatía a las organizaciones de gais y lesbianas (encuesta de 2010); un 47% veía en la Ley Integral de Violencia de Género un instrumento “poco o nada” eficaz; y un 60% estaba “muy o bastante de acuerdo” con la idea de que algunas mujeres interponen denuncias falsas “para obtener beneficios económicos y hacer daño a sus parejas” (en 2012). El país rondaba los 4,7 millones de parados; la derecha tradicional, en el Gobierno, se deshilachaba entre juicios; la presión fiscal había aumentado desde la crisis y se habían destruido más de 180.000 empresas; más del 80% consideraba la situación política y económica como “mala o muy mala”. Y también había un hueco: cuando a los ciudadanos se les preguntaba si eran de izquierdas o derechas, un 29% respondía “no sé” o “no contesto”. Existía la demanda. Faltaba la oferta. Vox se registró en 2013. Un año después tomó las riendas Santiago Abascal. En sus dos primeras elecciones generales, en 2015 y 2016, rondó los 50.000 votos. En las terceras, en abril de 2019, superó los 2,6 millones; en las últimas, las del 10-N, los 3,6 millones.

El ingeniero y analista de EL PAÍS Kiko Llaneras, que ha buceado en datos, estadísticas y encuestas sobre Vox en los últimos tiempos, pide “cautela” en las radiografías porque cree que los electores de cada partido son un mundo. Pero añade que se pueden distinguir al menos tres tipologías marcadas dentro de Vox. Al primero lo llama el “votante ideológico o identitario”. “Personas que se definen de derechas, que creen que la sociedad los define como tales, y que sienten que Vox es el partido que representa a los suyos. Existe en Madrid y en otras grandes ciudades, como Sevilla”. Para ellas, el conflicto separatista en Cataluña y la unidad nacional han sido claves, aunque ambos han sido un catalizador del voto para todo tipo de personas. El segundo perfil, que aflora en la costa andaluza y el Levante, incluiría a “personas que viven en zonas relativamente pobres de España en los que hay una alta presencia de inmigración y mucho trabajo en el campo”. Huelva, Almería y Murcia, la primera y única autonomía en la que Vox se ha impuesto en unas generales hasta la fecha, son un ejemplo claro. El tercer perfil, concluye Llaneras, es quizá el más difícil de definir, y probablemente el más interesante de investigar por su parecido con los chalecos amarillos en Francia; con los votantes del Brexit en el Reino Unido; con los forofos de Trump en Estados Unidos. Una suerte de perdedores de la Gran Recesión, en su mayoría hombres de entre 35 y 50 años —el grupo en el que Vox tiene más éxito—, con un nivel de estudios razonable y rentas relativamente altas. “Gente que en el momento de llegar al mercado laboral y formar una familia se encontró una de las crisis más grandes que ha vivido este país. Que probablemente tenía unas expectativas distintas sobre cuál iba a ser su vida”. Este perfil se percibe con intensidad alrededor de las grandes ciudades y podría explicar la fuerza de Vox en el sur de Madrid: localidades dormitorio por donde se fue ensanchando la capital en los tiempos de la burbuja.

El economista Thomas Piketty explica en su reciente ensayo Capital e ideología (Deusto) que el “aumento del sentimiento de abandono de las clases medias y populares” y de “las actitudes de repliegue identitario” guardan relación directa con el incremento de la desigualdad en Occidente desde la década de 1980. El Brexit y la elección de Donald Trump con sus propuestas de muros y patria, argumenta, son fenómenos que beben en parte de este descontento. Cómo de intensa es esta relación entre economía y populismo identitario es quizá una de las grandes preguntas de hoy.

“La venganza de los lugares olvidados”, lo llama Andrés Rodríguez-Pose, catedrático de Geografía Económica de la London School of Economics, que ha analizado infinidad de distritos electorales en Europa y EE UU en busca de una explicación del populismo. “Hay muchos territorios que reciben cada vez menos inversiones, menos servicios, que han crecido mucho menos que la media, han perdido empleo, productividad, que tienen mucho menos futuro y para los que no se han ofrecido ningún tipo de soluciones. Estos son los lugares que hoy en día se están oponiendo, que están decidiendo: ‘El sistema ya no nos beneficia’. Llevan mucho tiempo en declive y con la mecha de la crisis se han rebelado y han optado por votar a los extremos y, sobre todo, a la extrema derecha, a los partidos antisistema de corte populista”. Con ese voto, añade Rodríguez-Pose, están diciendo: “Si yo no tengo futuro, tú tampoco lo vas a tener”.

En su opinión, el “populismo” en Europa propone una “trinidad” con la que atrae a estos lugares que no importan: “Un discurso antiélite, un discurso antiinmigrantes y un discurso antieuropeo”. Los tres vectores generan un pensamiento binario: la idea del “nosotros frente a ellos”, fácil de comprender, en lugar de abordar los verdaderos retos que plantean la globalización, las migraciones, las economías de plataforma, la precarización del empleo, la tecnologización… “Estamos dejando problemas muy complejos que requieren un gran nivel de coordinación en manos de profetas que venden soluciones muy simples”. Y alerta de que este descontento generalizado y en especial “con la política y la democracia” es “el cóctel perfecto para que líderes de corte mesiánico se aprovechen, lleguen al poder y transformen la sociedad”.

(9) Antoni PUIGVERD, “Al salir del pozo” a La Vanguardia (19-02-20)

(…) “No hemos avanzado mucho, pero al menos en el horizonte se vislumbra una salida. Modesta y escasamente cinematográfica, pero salida. En tres actos: Primero. Que vayan saliendo de la cárcel los líderes independentistas mediante medidas convencionales (permisos) y extraordinarias (la corrección del derecho penal). Segundo. Habrá que encontrar el espacio y el momento para verbalizar la autocrítica de estos calamitosos años pasados (la inacción del Estado después de la crisis estatutaria; la unilateralidad independentista). Es imprescindible que el Gobierno del Estado y los representantes del independentismo encuentren la posibilidad de iniciar un diagnóstico compartido, que debe implicar forzosamente una concesión argumental al adversario (y no hay mejor concesión argumental que la autocrítica). Tercero. Iniciada la descripción conjunta del conflicto, quizás sea posible consensuar un plan para desatascarlo políticamente.

Paralelamente, será necesario que las fuerzas que ahora están implicadas en la distensión puedan gobernar con tranquilidad. En España, esto significa que Sánchez debe tener asegurada la legislatura. Y, en Catalunya, la aparición de un gobierno nuevo que rompa la lógica de bloques actual; y si esto último no
es posible, que al menos la Generalitat contribuya a asfaltar con el Gobierno central el camino de salida.

En el horizonte se observa un peligro evidente: la tensión preelectoral catalana, que durará meses, puede reabrir un panorama bipolar que sitúe en el centro del debate el resistencialismo de Puigdemont, lo que henchiría sin duda las velas de la suma de PP y Cs. No puede descartarse una reedición más o menos desnatada de la polarización del 2017. La lentitud de Iceta y Sánchez favorece el tempo lento que Puigdemont necesita para volver a sobrepasar a ERC. Si los republicanos siguen en posición secunda-ria, volveremos al callejón sin sa-lida y el Gobierno de Madrid ten-drá los días contados. De nuevo ganaría el ‘cuanto peor mejor’” (…)

(10) Milagros PÉREZ OLIVA, “Barcelona cocapital, un artefacte amb futur” a El País (16-02-20)

(…) “Però, n’hi ha prou de reconèixer-li el colideratge cultural i científic? Evidentment, no. Si es tracta de reconèixer una autoritat, el plantejament no pot ser el d’una concessió per apaivagar. La lògica hauria de ser una altra. Barcelona només pot ser cocapital en una Espanya molt diferent de l’actual. I només serà creïble en una estructura consolidada que no tingui marxa enrere com va tenir la Carta de Barcelona quan el PP va arribar al Govern.

No es tracta de plantejar quin paper pot jugar Barcelona a Espanya, sinó com es repensa Espanya de manera que Barcelona tingui el paper que li correspon. Perquè el problema no és ja que Barcelona no rebi el reconeixement que mereix. El problema és que la deriva institucional i econòmica de l’estructura estatal en les últimes dècades ha creat un monstre amb una boca tan gran que ho devora tot. El problema és que l’estructura que ha col·locat Madrid capital com el centre de tot està foragitant bona part de la riquesa, els recursos i les energies de la resta d’Espanya, de manera que si aquest procés continua, no serà només Catalunya la que vulgui marxar. L’única manera d’evitar l’efecte centrípet que exerceix és canviar l’estructura de l’Estat, establir contrapesos i repartir el poder. També la capitalitat, no només amb Barcelona, sinó amb la resta de les ciutats importants que formen la malla ibèrica. Com la reparteix Alemanya, per exemple. I el Govern ha de deixar de ser el Govern de Madrid per convertir-se en el Govern federal d’Espanya”.

(11) Serge RAFFY, “Jean Daniel, un fabuleux destin” a L’Obs (20-02-20)

(…) « Les faits, oui, mais avec l’élégance et l’analyse »
Depuis deux ans, un industriel vibrionnant et visionnaire, Claude Perdriel, passionné de presse, tente de le convaincre de prendre la direction de la rédaction d’un magazine qu’il veut lancer. Les parrains du projet ? Pierre Mendès France et Jean-Paul Sartre, pas moins. Dans l’équipe initiale, on trouve aussi, un temps, François de Grossouvre, qui deviendra l’homme lige de François Mitterrand, gardien de tous les secrets du dirigeant socialiste. L’idée de l’entrepreneur : transformer un journal existant, « France Observateur », réputé proche du PSU, en grand hebdomadaire de gauche indépendant et sans tabous, « le Nouvel Observateur ». Le concept plaît à l’ancien rédacteur en chef de « Caliban ». Le 19 novembre 1964, le premier numéro du magazine sort des presses. Corinne Renou-Nativel, auteur d’une remarquable biographie de Jean Daniel (« Jean Daniel, 50 ans de journalisme », Editions du Rocher), raconte :
“« En fait, on retrouve ses intuitions dans les grands principes de l’hebdomadaire. Mêler littérature et journalisme. Introduire la subjectivité de l’individu au service de la compréhension du monde. Les faits, oui, mais avec l’élégance et l’analyse. Pour réussir ce tour de force, Perdriel et Daniel savaient qu’il leur fallait recruter les meilleurs journalistes, des stylistes qui aiment l’info, des oiseaux rares. En fait, ce duo a traqué les talents pendant cinquante ans, au seul profit de cet objet de presse curieux qu’est “le Nouvel Observateur”. »”
n cette fin d’année 1964, les fondateurs du titre sont confrontés à leur premier grand choix politique. Dans quelques mois, le général de Gaulle va remettre en jeu son mandat présidentiel. Qui soutenir, à gauche, pour affronter le père de la Constitution de la Ve République ? Jean Daniel rêve d’une candidature Mendès France. Las, l’inspirateur de la « deuxième gauche » renâcle. Il n’est pas prêt à revêtir le costume du monarque républicain. François Mitterrand, lui, n’a pas ces états d’âme. Bon gré mal gré, Jean Daniel, sous la pression insistante de Mendès, appelle à voter pour lui. Il le fait du bout des lèvres. Mitterrand n’oubliera jamais cette réticence à son égard. Elle surgit encore en 1968, quand le pouvoir gaulliste vacille. La gauche a besoin d’un leader incontestable. Nouveau dilemme. Qui soutenir ? Mendès France ou Mitterrand ? Encore une fois, le directeur du magazine de la gauche penche pour l’ancien président du Conseil. A l’élection présidentielle de 1969, la gauche non communiste subit un revers historique. Son candidat, Gaston Defferre, fait 5 % des voix au premier tour.
Durant la décennie qui suit, Jean Daniel, comme Claude Perdriel, tire les conclusions de ce désastre. Leur journal doit à tout prix échapper aux querelles partisanes et devenir un lieu de débat et de rassemblement de toute la gauche. Pas question de négliger le député de la Nièvre. En 1974, Claude Perdriel s’engage carrément en sa faveur. Il devient une des chevilles ouvrières de la campagne électorale de François Mitterrand, cas exceptionnel dans l’histoire de la presse. De son côté, Jean Daniel se rapproche de l’étoile montante de la « deuxième gauche », le fils spirituel de Mendès France, Michel Rocard. « Le Nouvel Observateur », trait d’union des deux gauches ? La rédaction compte en effet autant de partisans de Rocard que de Mitterrand dans ses rangs. Quand les sondages donnent un avantage net au maire de Conflans-Sainte-Honorine, à la fin des années 1970, Jean Daniel ne dissimule pas son enthousiasme pour ce dernier.
Il prend définitivement ses distances avec le marxisme, même s’il a toujours considéré l’idéologie du philosophe allemand davantage comme une méthode d’analyse plutôt qu’un outil de gouvernance. Le journaliste a mis de longues années à se débarrasser de l’idée que le communisme était réformable. Il a cru, un temps, au rêve eurocommuniste d’Enrico Berlinguer, et de quelques autres, jusqu’à la publication du livre d’Alexandre Soljenitsyne, « l’Archipel du Goulag ». Quand l’écrivain russe débarque en France, Jean Daniel est le premier à lui porter soutien et admiration. Franz-Olivier Giesbert, alors au service politique, précise :
“« On savait que défendre Soljenitsyne, à quelque temps de l’élection présidentielle, c’était mettre un coin dans l’Union de la Gauche et pousser les communistes à quitter l’alliance qui pouvait faire gagner Mitterrand. Jean Daniel ne s’en est pas préoccupé. Il a fait du journalisme et a reçu des tombereaux d’insultes venus de la place du Colonel-Fabien. Il était juste dans le sens de l’Histoire. »”
Finalement, François Mitterrand est élu en mai 1981. A-t-il pardonné à Jean Daniel sa trop grande proximité avec l’écrivain russe et surtout sa méfiance à son encontre ? En tout cas, le nouveau président de la République l’invite régulièrement dans ses déplacements à l’étranger et lui accorde souvent une place de quasi invité officiel. Jean Daniel fait partie des visiteurs du soir de l’Elysée, mais il n’aura jamais la confiance de son hôte. Le contentieux est trop ancien et trop à vif. Paradoxe : en dépit de cette amitié impossible entre les deux hommes, le magazine de la gauche pâtit de son image de « journal du pouvoir ». Ses ventes baissent. Claude Perdriel, actionnaire largement majoritaire, s’en émeut. Il avait délaissé un temps le magazine, navire amiral de son groupe de presse, pour lancer, en 1977, un quotidien de gauche, « le Matin », qu’il vend en 1984. Il impose alors une petite révolution au sein de l’hebdomadaire. Il rajeunit la rédaction et fait nommer à sa tête Franz-Olivier Giesbert, partisan d’un journalisme du coup de poing à l’estomac, plus marketing, moins engagé.
Jean Daniel n’aime pas ce virage qu’il juge trop éloigné de l’ADN du journal qu’il a fondé. Entre le patron « symbolique » et le patron du capital du « Nouvel Observateur », un conflit larvé s’engage, à fleurets mouchetés. Entre Claude, l’homme des chiffres, et Jean, celui des lettres, la partie, au fil des années, va se durcir. Elle va épuiser de nombreux directeurs de la rédaction, Franz-Olivier Giesbert, Laurent Joffrin, Bernard Guetta, Guillaume Malaurie, tous tombés au champ d’honneur, tous tiraillés entre deux loyautés irréconciliables. Jean Daniel, au milieu des années 1990, est contraint de reconnaître que les choix de son « frère Claude » étaient les bons. L’hebdomadaire caracole en tête des magazines français. Ses unes qu’il croyait racoleuses séduisent un nouveau public, plus jeune, moins politisé. Il décide alors de se retirer sur son Aventin, se concentrant sur son éditorial et sur l’actualité des sciences humaines et de la philosophie, ses deux passions, n’intervenant qu’à de rares occasions dans la rédaction pour rappeler la « doxa » du journal.
Tel un doge vénitien, il prend de la hauteur sur cette étrange République des mots qu’il a fondée. Après la mort de François Mitterrand, il se désintéresse des hommes politiques arrivés sur le devant de la scène. Son champion, Rocard, est hors jeu. Jacques Chirac ou François Hollande ? Il les connaît mal. Pour ce dernier, il sait seulement qu’il fut un temps journaliste au « Matin », avant d’embrasser la carrière politique. Avec eux, il ne peut avoir de regrets. Le grand malentendu, c’est avec Mitterrand qu’il l’a vécu. Le président, après son élection, lui aurait proposé un poste d’ambassadeur en Tunisie, puis au Burkina Faso, puis la direction du Centre Georges-Pompidou. Il aurait pu aussi intriguer pour obtenir le ministère de la Culture ou entrer à l’Académie française, sans doute la plus belle des consécrations pour l’amoureux de la langue française qu’il est. Mais aucune sirène n’a pu l’éloigner de sa famille, de son enfant de papier, ce « Nouvel Observateur » créé avec son meilleur ami, Claude Perdriel, parti sous d’autres cieux.
Le tandem Daniel-Perdriel est un petit miracle en soi par sa longévité mais aussi par l’union de deux fortes personnalités, si différentes, n’ayant comme seule boussole la défense de l’écriture, du style, de l’originalité, du talent. Qui peut se targuer d’avoir vécu pareille aventure ? Plus de quarante ans de combats, main dans la main. Pour Jean Daniel, la politique, au fond, n’était qu’un leurre. Elle ne l’a jamais distrait de son destin d’écrivain du présent, ce drôle de métier de journaliste, royaume de l’éphémère. Nul besoin d’être romancier pour faire de sa vie un roman. Messaoud Bensaïd le minotier peut être fier de son petit dernier. Il a semé de belles graines”.