Focus press setmanal número 85

Presentació

Es van acumulant senyals d’una evolució negativa de la situació mundial: les mesures proteccionistes de l’Administració Trump (Emilio Ontiveros), l’exhibició de musculatura nuclear de la Rússia de Putin (Jesús A.Núñez Villaverde), el reforçament de l’autoritarisme presidencial de la Xina Popular (Mark Leonard [text 1], Macarena VidalLluís Bassets) … Senyals que anuncien, segons Cristina Manzano, una segona guerra freda.

A Europa, la ratificació de la Grosse Koalition per les bases del SPD és el senyal d’estabilitat esperat per avançar en l’impuls europeista (Gonzalo Gómez Bengoechea)[text 2]. Però el resultat de les eleccions italianes (Steven Forti) [text 3] augura seriosos problemes de governabilitat en un país fracturat territorialment (Angelo Panebianco, Pasquale Pasquino, Enric Juliana), que introdueixen un factor d’incertesa europea preocupant (Jorge del Palacio, Carolina Plaza [text 4], Marc Lazar), a la vegada que constitueix un nou avís sobre la fragilitat de les democràcies representatives i l’enèssima evidència de la profunda crisi de l’esquerra reformista (Jorge del Palacio, Antonio Polito).

El declivi electoral del Partit Popular i el traspàs d’un sector dels seus votants a Ciudadanos segueix sent la constant de les enquestes que es publiquen (NC Report/La Razón, IMOP/El Confidencial, comentari d’Ignacio Varela) … Un fenomen davant del que el PP no sembla tenir capacitat de reacció (José Antonio Zarzalejos, Fernando Ónega), a la vegada que acumula greus errors de percepció i de resposta a les mobilitzacions populars (Enric Juliana),  a la vaga feminista del 8 de març (Sergio Torrejón) o a la crisi catalana (Jorge Urdánoz) [text 5].

Tanmateix, el debat públic sobre les polítiques públiques va més enllà dels tòpics electoralistes. Sobre les pensions i el seu futur, veure els articles d’Elisa Chuliá, Josep Oliver, Carlos Fernández/María Jesús Fernández. Sobre la proposta de la modalitat de contracte únic de Ciudadanos, veure l’anàlisi de Sara de la Rica. També la reflexió d’Aurora Nacarino-Brabo [text 6] sobre un nou contracte social intergeneracional.

La falta d’un projecte compartit per part dels diversos actors de l’independentisme s’ha tornat a fer evident amb les vicissituds entorn d’una possible investidura d’un nou president de la Generalitat (Lola García, Joan Tapia, Xavier Vidal-Folch, Francesc-Marc ÁlvaroGuillem Martínez, Raimon Obiols, Roger Senserrich…). Una investidura condicionada abusivament per la judicatura en vulnerar els drets polítics de Jordi Sànchez, tot soscavant la divisió de poders (Javier Pérez Royo). … Tot resta congelat a l’espera de resoldre la quadratura del cercle entre l’independenstisme màgic (Roger Palà, Astrid Barrio, Enrique Gil Calvo)  i l’independentisme realista (Joan Tardà, Jordi Mercader), entre la República  (Jordi Amat) i l’Autonomia, entre l’estratègia de la tensió i la de la distensió (Gemma Ubasart, Enric Company, Antoni PuigverdSanti Vila), entre desgovern i govern (Lluís Bassets, Kepa Aulestia [text 7]) … Amb una paràlisi política que, segons Sergi Pàmies, pot esdevenir la gangrena de demà … si es consumés l’apropiació del país per part de l’independentisme (Oriol Bartomeus) [text 8].

Però per sobre de tot, l’esdeveniment de la setmana es la vaga feminista del 8 de març, que desborda els esquemes polítics i socials convencionals (Marina Subirats) en voler representar una aspiració de llarg abast i de transcendència civilitzatòria, i que pot suposar un salt qualitatiu del moviment feminista, la quarta onada de la que ens parla Máriam Martínez Bascuñán [text 9]… i que hauria d’implicar una redefinició del contracte social, com exposa Javier Pérez Royo [text 10]. Veure també la recopilació d’articles d’Agenda Pública sobre les polítiques públiques per combatre la desigualtat de gènere.

 

 

Mark LEONARD, “China, el Estado vigilante” a El País (7-03-18)

https://elpais.com/elpais/2018/03/02/opinion/1520013653_315324.html

La decisión adoptada por el Partido Comunista Chino (PCCh) para eliminar el límite de tiempo aplicable al mandato presidencial parece abrir la puerta para que el presidente Xi Jinping no solo sea “presidente de todo” sino también “presidente para siempre”. La medida ha sido recibida con consternación en todo el mundo, pero a la vez también ha intensificado el debate en curso entre los expertos en China; se trata de saber si la mayor amenaza para China es albergar demasiado poder ejecutivo o muy poco.

La posición que se adopte con respecto a esa pregunta parece depender en gran medida de si se es politólogo, economista o experto en tecnología. Por ejemplo, muchos politólogos y juristas se pronuncian en contra del cambio. Consideran que el modelo de liderazgo colectivo que el PCCh estableció después del año 1979 fue uno de sus mayores éxitos. Los límites de ese modelo para los periodos de mandato presidencial y el sistema de revisión para la toma de decisiones de alto nivel han proporcionado los controles necesarios para evitar que se repitan las catástrofes de la época de Mao, como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

El nuevo orden político posterior al año 1979 ha permitido a menudo una genuina batalla de ideas, particularmente entre la Liga de Jóvenes Comunistas, los estatalistas y las elites costeras quienes favorecen una mayor liberalización económica. China puede seguir siendo una sociedad cerrada de muchas formas, pero sus principales formuladores de políticas han demostrado tener predisposición y mente amplias para experimentar y aprender mediante prueba y error.

A muchos economistas no les preocupa tanto un poder ejecutivo excesivo porque piensan que es todavía más peligroso tener un Gobierno demasiado débil incapaz de modificar el modelo económico del país cuando esto sea necesario. Entre los desafíos económicos actuales que aborda el Gobierno chino se encuentran el crecimiento más lento, la espiral de endeudamiento —en especial, entre las empresas estatales— y los intereses creados que obstaculizan las reformas estructurales.

La mayoría de los economistas admiten que el modelo de liderazgo colectivo ha evitado desastres, pero a su vez argumentan que también impidió las reformas y permitió que el PCCh se convirtiera en un grupo organizado de corrupción y amiguismo, huérfano de ideología y carente de propósito.

Al final de la presidencia de dos mandatos de Hu Jintao en 2013, muchos temían que el modelo de liderazgo colectivo fuera inadecuado para hacer frente a los intereses económicos creados y a la desigualdad, así como para proveer de bienes públicos básicos. De hecho, ya en 2007, el primer ministro de Hu, Wen Jiabao, había llegado a la conclusión de que la trayectoria económica de China era “inestable, desequilibrada, descoordinada e insostenible”.

Según sostienen los economistas, Xi ha comenzado a dar vuelta a las cosas al luchar por un “partido más limpio”. Su masiva campaña anticorrupción ha encarcelado a miles de funcionarios del partido de todos los niveles, y ha restablecido la reputación del PCCh entre sus miembros de base. Los economistas admiten que la campaña de Xi también ha eliminado convenientemente a muchos de sus potenciales rivales. Pero aducen que el reforzamiento de su posición le permite ahora reemplazar un modelo de crecimiento basado en deuda financiada con crédito por algo más sostenible.

Por supuesto, queda por ver si esos economistas están en lo correcto. A pesar del éxito de Xi con respecto a consolidar su poder y extender su control indefinidamente, hay motivos para dudar de que el mandatario esté dispuesto a arriesgarse con un nuevo modelo económico en el caso de no puedan compatibilizarse la sosteniblidad y el crecimiento rápido.

Este es el punto en el que entran los expertos en tecnologías. Además de suplantar el modelo de liderazgo colectivo por uno centrado en la personalidad de un líder supremo, Xi también ha expandido significativamente el Estado vigilante. El Gobierno usa cada vez más circuitos cerrados de televisión (CCTV), grandes bases de datos e inteligencia artificial con el objetivo de estudiar el comportamiento, las esperanzas, los miedos y los rostros de los ciudadanos chinos, de modo que pueda impedir tanto la disidencia como los desafíos a su autoridad.

Por otra parte, bajo Xi el Gobierno ha establecido bases de datos de “crédito social” en línea, lo que sugiere que podría terminar compilando una ficha única de cada ciudadano chino. Esto incluye conocer las calificaciones crediticias, el comportamiento en línea, los registros sanitarios, las expresiones de lealtad al partido y cualquier otra información.

Lo impactante de una dictadura que dispone de grandes bases de datos es que puede autosostenerse a través de “pequeños empujones” para manipular las perspectivas y el comportamiento de las personas en vez de mediante amenazas directas y castigos convertidos en un espectáculo público. Y cuanto más tiempo pasen los ciudadanos chinos conectados, más podrá el Gobierno controlar lo que ven y hacen online.

Las tecnologías digitales también permitirán que el Gobierno responda más rápidamente al descontento público —o permitirán evitar por completo dicho descontento— si tiene la habilidad de discernir o predecir cambios en la opinión pública. Teniendo en cuenta que muchas dictaduras colapsan como resultado de una información deficiente, las tecnologías digitales podrían convertirse en un método contra la mala toma de decisiones aún más poderoso que limitar el tiempo de los mandatos presidenciales.

Si hay algo en lo que todos —científicos, políticos, economistas y expertos en tecnología— pueden estar de acuerdo es en que Xi está construyendo el régimen vigilante más poderoso e intrusivo de la historia de la humanidad. Queda por verse si su estrategia para “hacer que China vuelva a ser grande” fortalecerá su mano férrea o terminará siendo una debilidad fatal. Sin embargo, ya que China desempeña un papel cada vez más importante en la economía mundial a través de sus inversiones y proyectos de infraestructura, las repercusiones de lo que suceda en este país se sentirán en todas partes, y durante los años venideros. En cierto sentido, es verdad que Xi podría terminar siendo un “presidente de todo y para siempre”.

 

 

Gonzalo GÓMEZ BENGOECHEA, “Las bases del SPD aprueban un acuerdo con luces y sombras” a Agenda Pública (4-03-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/las-bases-del-spd-votan-acuerdo-luces-sombras/

Aunque la sabiduría popular dice que segundas partes nunca fueron buenas, las expectativas de un resurgimiento europeo se han disparado con la reedición en Alemania de la coalición entre socialistas y democristianos. El Partido Socialista Alemán (SPD) ha recogido el guante lanzado por Emmanuel Macron para acelerar la construcción de los Estados Unidos de Europa. El incremento de poder del SPD en la coalición de gobierno debería flexibilizar la política europea defendida por el partido de Angela Merkel (CDU) durante la última legislatura. Sin embargo, que nadie espere una revolución. No habrá ni eurobonos ni un ministerio de finanzas europeo.

El acuerdo de gobierno ha sido ratificado por las bases del SPD (378.437 militantes han votado. 14.943 votos inválidos. Participación de un 78,3%. 239.604 han votado SÍ, 123.329 han votado NO). El nuevo Ejecutivo tiene un objetivo político de primer orden en el proceso de integración europeo. En el documento de constitución de la Gran Coalición 2.0 se reconoce que sólo una Europa unida será capaz de defender sus intereses en un mundo cambiante. Para ello, la política económica del nuevo Gobierno deberá ser más ambiciosa e integradora. Desde el punto de vista europeo, las prioridades anunciadas se agrupan en la puesta en marcha de una política fiscal y de reformas más flexible, así como en la creación del Fondo Monetario Europeo (FME).

En lo referente al giro de la política fiscal, muchas voces en el SPD han proclamado “el final de la era de la austeridad”. El hecho de que el Ministerio de Finanzas vaya a estar en manos del SPD permite inferir una cierta relajación de los objetivos fiscales, un menor énfasis en las reformas estructurales y un incremento del gasto público con objetivos expansivos. El incremento previsto del Plan Juncker y el mantenimiento de los fondos de cohesión destacan entre las medidas concretas que el nuevo Ejecutivo pretende impulsar en Bruselas.

Este nuevo rumbo no debe ralentizar la convergencia puesta en marcha desde el año 2010 en la eurozona. No puede haber resurgimiento europeo sin una mayor cercanía en aspectos claves como el sistema fiscal, la educación o la regulación financiera. Será interesante evaluar la acción alemana respecto a su superávit por cuenta corriente. La inacción de los anteriores ejecutivos sobre este indicador llevó a Bruselas a amonestar reiteradamente al país por su efecto nocivo sobre el resto de socios.

En cuanto a la creación del FME, en los últimos años se han llevado a cabo interesantes avances en lo que a transferencia de fondos y a gestión de crisis se refiere. La depresión griega aceleró la puesta en marcha del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) y del Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (MEEF), posteriormente unificados bajo el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE).

Según la propuesta del SPD, el MEDE cambiaría en composición e inserción institucional para transformarse en el FME. Sus funciones serían similares a las actuales, pero la gobernanza variaría notablemente. Mientras que el MEDE está controlado directamente por los 19 gobiernos de la Eurozona, a través de un acuerdo internacional, el FME caería bajo la supervisión del Parlamento y formaría parte del cuerpo institucional de la Unión, manteniéndose los derechos actuales de los parlamentos nacionales. Se reduciría así la capacidad de influencia de Alemania sobre futuros préstamos y ayudas a economías en dificultades. Los países periféricos verían este cambio con buenos ojos, pues su voz ganaría algo de peso en una cuestión crucial para su estabilidad.

El acuerdo de gobierno deja, junto a estas dos necesarias presencias, dos estruendosas ausencias: la creación de algún tipo de activo de deuda mutualizado y la finalización del proceso de unión bancaria.

La actual estabilidad del mercado de deuda soberana descansa sobre la acción del Banco Central Europeo. El riesgo de que la normalización monetaria genere nuevos episodios de volatilidad no debería ignorarse. La necesidad de articular alguna solución desde el centro es acuciante. Que la mutualización de deuda esté excluida del acuerdo devuelve la pelota al BCE, pero la pregunta es hasta cuándo puede el banco central seguir realizando una tarea fiscal, especialmente cuando las primeras señales de inflación despuntan ya en el horizonte.

Respecto de la unión bancaria, la postura tradicional alemana ha sido la de no apoyar claramente el establecimiento de un fondo de garantía de depósitos europeo. La CDU arguye que no es posible separar la reducción del riesgo derivado de los créditos impagados de la garantía compartida sobre los pasivos; se pretende evitar que el contribuyente alemán acabe haciéndose cargo del exceso de riesgo asumido por determinados bancos europeos. El silencio sobre esta cuestión sugiere diferentes posiciones entre SPD y CDU. Será interesante observar la que defienda el nuevo Ejecutivo cuando se incorpore a las negociaciones actualmente en curso.

En conjunto, el acuerdo cumple con lo esperado. Se diluye la presencia de la CDU en la coalición y en sus planes de futuro. La complejidad de la negociación permite que, en clave doméstica, todos los firmantes puedan mostrarse como vencedores. La CDU mantiene el Gobierno. El SPD obtiene carteras clave, como Finanzas o Exteriores, y prioriza su agenda de manera clara. Que este equilibrio dentro de Alemania vaya a ser positivo para el conjunto de la Eurozona es difícil de aventurar.

Las buenas intenciones pro-europeas deben concretarse en pasos efectivos. La ausencia en la agenda de la unión bancaria y de la mutualización de deuda arroja dudas acerca de si el giro descrito será suficiente para acelerar la integración á la Macron. Se abre una ventana de tres años potencialmente muy favorables para ello. Las expectativas son muy altas, pero la historia está plagada de secuelas largamente esperadas que acabaron decepcionando a crítica y público.

 

 

Steven FORTI, “El terremoto italiano” a CTXT (5-03-18)

http://ctxt.es/es/20180228/Politica/18201/italia-salvini-cinco-estrellas-renzi-di-maio-berlusconi-liga-steven-forti.htm

Un verdadero terremoto político. Este es el escenario italiano tras las elecciones legislativas del 4 de marzo. El seísmo se veía venir, pero nadie esperaba que la sacudida fuera tan fuerte. Los débiles cimientos de la Segunda República –nacida tras el escándalo de Tangentopoli a principios de los años noventa– se han venido abajo, los dos partidos que han sido el pivote del sistema político de los últimos veinte años –el Partido Democrático (PD) y Forza Italia– han sufrido un desgaste brutal y el Movimiento Cinco Estrellas (M5E) y la Liga de Matteo Salvini son los verdaderos ganadores de estos comicios, en los que una vez más la abstención ha batido récords (27,1%). Nadie tiene una mayoría clara en las dos Cámaras del Parlamento. Se abre así una etapa extremadamente compleja en la que Italia se adentra, una vez más, pero más que en el pasado, en territorio desconocido. Naufragan los viejos actores políticos, se imponen otros, cambia por completo la geografía política de la península. Podemos afirmar que ha nacido una incierta Tercera República. Cómo acabará, nadie lo sabe.

Di Maio y Salvini, apúntense estos nombres

Los resultados son aún provisionales debido a una nueva ley electoral –el Rosatellum– que ha complicado y retrasado sobremanera la asignación de los escaños. Pero lo que está claro es que el Movimiento Cinco Estrellas es el primer partido con el 32,6% de los votos, mientras que la primera coalición es la del centro-derecha, que suma el 37%, con una clara victoria de la Liga (17,4%) que ha superado a la Forza Italia (14%) de un Berlusconi en declive humano y político. Se trata de la victoria de las dos formaciones que han sabido conquistar el voto de los indignados y de los decepcionados con el sistema político, la corrupción, la situación económica y social.

El M5S conquista el Sur de la península con porcentajes de voto que superan el 40% y hasta el 50% en muchas regiones (Campania, Sicilia, Cerdeña, Apulia, Calabria, Basilicata), mejorando los resultados que la Democracia Cristiana obtuvo en sus años dorados. Ha sido el voto del rencor otorgado por el territorio más olvidado del Belpaese; unas regiones que se encuentran en la cola de Europa en cuanto a tasas de empleo (-35% respecto a la media UE) y con una renta per cápita inferior a la de Eslovaquia y a algunas regiones de Bulgaria. El Mezzogiorno olvidado ha votado en masa al partido del Vaffanculo –literalmente: que se vayan a tomar por culo–, fundado por el cómico Beppe Grillo hace una década. Los Cinco Estrellas se han convertido así, tras la explosión de 2013, cuando consiguieron el 25% de los votos, en el actor central de la nueva fase política. En el centro y el norte obtienen entre el 20% y el 35%, con un discurso que pesca votos de la derecha y de la izquierda. Son el catch-all party por antonomasia. El partido anti-establishment. En los últimos meses, su joven líder, Luigi Di Maio, ha moderado su discurso y ha vendido la imagen de un partido que puede gobernar con seriedad y honradez. El tiro no le ha salido por la culata. Al contrario.

El otro ganador es la Liga –que ha hecho desaparecer la palabra Norte de su símbolo–, tras la conversión lepenista llevada a cabo por su mediático secretario general Matteo Salvini. En un lustro ha llevado el partido del 4% a más del 17%, doblando casi los mejores resultados jamás conseguido por el partido fundado por Umberto Bossi (10,2% en 1996). La Liga ya no es el partido del norte, aunque es en esas regiones (Piamonte, Veneto, Friuli y Lombardía, donde se votaba también en las regionales y ha ganado el candidato de la Liga, Attilio Fontana) donde obtiene sus mejores resultados. Ha roto la barrera de los Apeninos, ha conquistado muchos votos también en el centro y se ha asentado en el sur, rivalizando con los posfascistas de Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, que se quedan en un exiguo 4,3%. Salvini ya no habla de la secesión de la Padania. Habla de la invasión de los inmigrantes, se abraza con Marine Le Pen, alaba a Viktor Orbán, se deja fotografiar con Trump. Y recupera el viejo caballo de batalla de Berlusconi: hay que bajar los impuestos que ahogan a las empresas.

Salvini ha sabido hablar a las entrañas de un norte rico, que no encuentra una salida al estancamiento económico, y que teme el empobrecimiento. Salvini ha utilizado el miedo para ganar consensos. El miedo que se convierte en rabia, cuyos blancos son los inmigrantes, la globalización, la tecnocracia de Bruselas, los impuestos. Para muchos, Berlusconi ya no es creíble: el exCavaliere, inhabilitado y plastificado, cumplirá 82 años en septiembre. Salvini esta semana cumplirá 45. Es él el futuro de la derecha italiana. Ojo.

Berlusconi y Renzi, en la estacada

Los grandes derrotados de estos comicios han sido Berlusconi y Renzi. El primero ha mostrado todos sus límites. Físicos y políticos. Su etapa se acabó. Su partido, Forza Italia, no existe: mantiene algunas redes clientelares, pero no es nada más que una formación personalista que sin Berlusconi no tiene carisma ni arraigo territorial. La Liga lo mantiene: es el último partido clásico del siglo XX. Además, la apuesta moderada del exCavaliere para reconquistar el gobierno con el nihil obstat de las élites europeas –propuso a Antonio Tajani, actual presidente del Europarlamento, como futuro candidato a presidente del Gobierno– no le ha valido para seguir siendo la clave de bóveda de la coalición de centro-derecha italiana. El centro-derecha, tal y como lo hemos conocido en las últimas dos décadas, se ha acabado. La hegemonía la tiene la Liga, la declinación italiana de la nueva extrema derecha europea. Es muy probable que los de Salvini acaben fagocitando a Forza Italia, una vez que Berlusconi haya salido definitivamente de escena.

Matteo Renzi está kaputt. Su empecinamiento en querer ser el Macron italiano ha fracasado estrepitosamente. Su desconexión de la realidad ha sido notable, tras haber perdido el referéndum constitucional de diciembre de 2016. El PD no ha llegado ni al 20% y la coalición de centro-izquierda se ha quedado con un mísero 23%, perdiendo también la mayoría de sus feudos históricos del centro de la península. Respecto a la pasada legislatura pierde unos doscientos escaños. Una derrota total y absoluta, que se enmarca en la crisis de la socialdemocracia en el Viejo Continente. Único consuelo: la probable (faltan los resultados definitivos) victoria en las elecciones regionales del Lacio, donde ha sido re-elegido Nicola Zingaretti. La dimisión de Renzi, anunciada el 5 de marzo, abrirá una nueva etapa en el partido. Ya se habla del actual premier Gentiloni como posible nuevo secretario del PD. Para los democráticos el objetivo ahora es el de no convertirse en el PASOK.

Por lo que concierne a la izquierda, el drama es absoluto. Está desaparecida en combate desde hace una década, cuando acabó la experiencia gubernamental de la Rifondazione Comunista de Bertinotti, hoy miembro de Comunión y Liberación. Liberi e Uguali, la alianza liderada por el presidente del Senado, Pietro Grasso, y formada por Sinistra Italiana, los escindidos de izquierdas del PD y Possibile, se ha quedado con un mísero 3,4%, lo que le permite enviar al Parlamento a una decena de diputados. Nada más. Un dato muy explicativo: a Massimo D’Alema en su colegio electoral (Apulia) lo ha votado tan sólo el 3,9% de los electores, mientras que la candidata del M5S se ha llevado el 40%. Es el fin de una época. La lista movimentista de Potere al Popolo obtiene sólo el 1,1% y no tendrá representación al no haber superado la barrera del 3%. Los Cinco Estrellas han atraído al votante de izquierdas decepcionado, tanto por el PD neoblairista de Renzi como por una izquierda fragmentada e incapaz de hablar al 99% de la población. Hace falta cuanto antes un reset.

¿Y ahora qué?

Con un país partido por la mitad –el Norte ha votado Liga, el Sur ha votado M5E– y con las fuerzas euroescépticas que suman más del 50% de los votos, la opción de un gobierno de gran coalición a la alemana parece inviable. La hipótesis defendida por las élites políticas, económicas y mediáticas ha fracasado por completo, una prueba más de la distancia que las separa del país “real”, como hemos visto ya en otros ámbitos con el Brexit y la victoria de Trump en Estados Unidos.

Sin embargo, no hay una mayoría clara en ninguna de las dos Cámaras, así que el futuro es incierto. “El gobierno es un rompecabezas”, titulaba Il Corriere della Sera. Empezará una etapa larga donde las declaraciones de la campaña electoral dejarán espacio a las reuniones en los despachos para ver si alguien tiene los números para formar un Ejecutivo. Tendrá un papel crucial el presidente de la República, el democristiano Sergio Mattarella, que deberá decidir a quién encargará formar gobierno. ¿Al partido más votado, los Cinco Estrellas, o a la coalición más votada, el centro-derecha? Hay muchas especulaciones al respecto. El primer paso será de todos modos la elección de los presidentes del Senado y de la Cámara el próximo 23 de marzo: ahí se verá por dónde van los tiros.

La posibilidad de un gobierno de centro-derecha es difícil, ya que según los resultados provisionales le faltan unos cuarenta diputados para tener una mayoría parlamentaria. Si Forza Italia hubiese quedado primera dentro de la coalición, no habría sido complicado encontrar los votos para elegir a Tajani. Además, los de Berlusconi han sido históricamente unos maestros en la compra de diputados. Pero, con la Liga como primera fuerza, ¿quién permitiría a Salvini convertirse en presidente del Gobierno?

Una opción que tendría una amplia mayoría en las dos Cámaras sería la de un gobierno entre los Cinco Estrellas y la Liga, pero parece también improbable, aunque no se puede descartar nada. No les conviene a ninguno de los dos. Por un lado, los de Di Maio se arriesgarían a perder gran parte de sus votantes provenientes de la izquierda; por el otro, Salvini se arriesgaría a perder la hegemonía que acaba de conquistar en la derecha. Ninguno de los dos quiere desgastarse tan rápido.

Quedarían tres opciones más, además de una repetición electoral. En primer lugar, un gobierno técnico que llevaría al país hacia nuevas elecciones dentro de un año. Pero, ¿quién lo apoyaría? La experiencia del gobierno de Monti, y del desgaste que sufrieron los que lo apoyaron, sigue fresca en la memoria. En segundo lugar, un gobierno en minoría del M5E apoyado o bien por el PD sin Renzi o bien por una Forza Italia desvinculada de Salvini. Hay quien sostiene que Mattarella estaría ya evaluando una de estas dos opciones, sobre todo la primera (M5E-PD). Las élites, también. Harían de tripas corazón con un doble objetivo: intentar controlar a los grillini y responsabilizarlos de la mala gestión. Con un gobierno en minoría no es fácil aprobar los presupuestos. No hablemos de solucionar problemas endémicos del país, como el del sistema bancario, o de aprobar reformas estructurales y, menos aún, una nueva ley electoral, ya que será necesario cuanto antes reformar el Rosatellum, que podría ser juzgado inconstitucional en los próximos meses por la Corte Constitucional italiana. Entregarle el gobierno al M5S para controlarlo y sobre todo desgastarlo, esto dicen las malas lenguas. “Pensar mal es pecado, pero muchas veces se acierta”, dijo Giulio Andreotti.

Pase lo que pase y gobierne quien gobierne, todos están convencidos de que se tratará de una legislatura breve. Ha empezado ya la campaña electoral para las Europeas de 2019. Ninguno de estos gobiernos superaría probablemente ese escollo. Las elecciones al Europarlamento serán la siguiente batalla de una guerra de desgaste que se anuncia extremadamente larga. Todos están afilando ya los cuchillos.

 

 

Carolina PLAZA, “¿Cuánto amenazan las posibles coaliciones en Italia el statu quo europeo?” a Agenda Pública (5-03-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/cuanto-amenazan-las-posibles-coaliciones-italia-statu-quo-europeo/

Las elecciones italianas de ayer se revelaron como el último test a la insurgencia del populismo en Europa. Y el populismo, habitualmente, también es euroescéptico. La nueva ley electoral, el rosatellum, no hace más que aumentar las dificultades para formar gobierno, lo que ya parece un rasgo común de este lado del mundo (recientemente, España, Países Bajos, Alemania y República Checa).

La relación de Italia con Europa no pasa por su mejor momento y por eso Bruselas toma con cierta aprensión los resultados de las elecciones en el tercer país más grande de la Unión. La configuración del próximo gobierno italiano tendrá efectos importantes en sus objetivos de profundizar en la integración, específicamente en la propuesta de reforma de la gobernanza de la eurozona impulsada por Merkel y Macron. Además, las demandas de Bruselas de mayor disciplina fiscal y estímulo del crecimiento y la productividad necesitan de un Ejecutivo efectivo y favorable a la integración.

A pesar de que antes de la Gran Recesión, como en otros países del Sur de Europa, la opinión pública italiana aceptaba ampliamente la integración europea y los partidos que se oponían a ella eran minoritarios, la austeridad ha despertado el sentimiento euroescéptico, especialmente por la atribución de responsabilidades de la crisis y de las políticas de ajuste en las que la UE es el actor principal. La ola de euroescepticismo actual ha sido impulsada por el M5S y reforzada por la Lega, que ha transitado en la última década hacia una oposición contundente hacia la integración europea. Desde 2013, varios partidos, también la Forza Italia (FI) de Berlusconi, han jugado con la idea de salir del euro. Sólo el Partito Democratico (PD) tiene una orientación europeísta inequívoca.

La ideología influye en la posición respecto a la integración europea, produciendo diferentes tipos de oposición. Están los  eurocríticos, que apoyan el principio de integración pero rechazan las instituciones o las políticas; los instrumentalistas, que están en contra del principio de integración aunque apoyan las instituciones o las políticas; y los antieuropeos, que rechazan el principio de integración, las instituciones y las políticas europeas. Determinar las preferencias hacia la UE de cada uno de los partidos italianos nos puede ayudar a determinar cuánto amenazan las posibles coaliciones de gobierno el statu quo europeo.

Coalición Partido Democratico y Forza Italia (32,9% de apoyo electoral)

Sería la configuración más estable para la UE, ya que no supondría ningún cambio del statu quo y serían favorables a cooperar con los socios y las instituciones. Aunque de acuerdo con los datos de la encuesta de expertos de Chapel Hill, Forza Italia es eurocrítico (de acuerdo con el principio de integración y ampliar las atribuciones del PE, en contra del espacio Schengen), PD y FI están de acuerdo en los principales temas europeos. Los datos de VoteWhatch.eu sobre grado de acuerdo en las votaciones del Parlamento Europeo muestran que votan juntos hasta en un 74% de las ocasiones, alcanzando tasas mayores de acuerdo en los asuntos más importantes de la política europea como las cuestiones económicas (75%), el comercio internacional (76%) y el Presupuesto de la UE (89%).

Además, ambos partidos apoyaron el controvertido mecanismo para la reubicación de refugiados en Europa, la introducción de la capacidad presupuestaria de la eurozona y la continuación de las negociaciones del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) entre Estados Unidos y la Unión.

Coalición Forza Italia y Lega (31,9% de apoyo electoral)

Esta coalición sería menos estable que la anterior a ojos de la UE, ya que implicaría cambios en el estado de las cosas en relación a la integración europea. Un Gobierno de FI (eurocrítico) y LN (antieuropeo) aseguraría un tono más agresivo que el actual, especialmente si la Lega es el socio mayoritario, como ha ocurrido. Aunque comparten una orientación de derechas en diversos asuntos, existen choques frecuentes entre los dos líderes en temas clave como las relaciones con la UE, la política económica, el comercio internacional y el mercado interno que amenazarían la supervivencia de esta alianza. Por ejemplo, la Lega se opuso al mecanismo europeo de reubicación de refugiados, mientras que FI lo apoyó. Por este motivo, si se diera esta coalición, se puede augurar una batalla interna por adoptar una posición coherente en asuntos europeos.

Coalición Movimento 5 Stelle, Liberi e Uguali (35,2% del apoyo electoral)

La coalición de izquierdas es la menos probable, pero reforzaría la aversión de Italia hacia las políticas presupuestarias estrictas y el libre comercio, lo que traería consigo una posición de mayor confrontación con Bruselas. En Europa los movimientos anti-establishment tienen una caracterización política más clara, son de derechas o de izquierdas, pero el M5S mezcla elementos propios de la izquierda más asistencial pero también de la derecha, como la posición sobre los inmigrantes. Su primera decisión de entrar en la coalición de Farage (EFDD), para después negociar con Verhofstadt (Alde), sólo añade confusión sobre la posición del partido en asuntos europeos.

En el Parlamento Europeo ha mostrado un perfil bajo en torno a cuestiones importantes como la crisis de los refugiados y las relaciones de Italia con la UE. Normalmente se alinea con la izquierda radical, siendo La Lista de Tsipras (GUE-NGL) con quien más coincide en las votaciones (74%). Tanto la izquierda radical italiana como el M5S han apoyado la introducción del mecanismo de reubicación de refugiados y más inversión en fuentes de energía renovable, y se han opuesto a las negociaciones del Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA, entre la UE y Canadá) y el TTIP.

Esta coalición necesitaría del PD para estabilizarse. El partido de Matteo Renzi en el Parlamento Europeo tiende a estar de acuerdo con la izquierda radical, pero no está claro si su líder está considerando abandonar la alianza socialista europea (S&D) y aliarse con el Movimiento En Marche de Macron.

Coalición Movimento 5 Stelle y Lega Nord (49,9% del apoyo electoral)

Sería la configuración más inestable para la UE, pero la de mayor apoyo electoral. El hecho de que los dos partidos tengan posiciones similares en torno a la integración (ambos son antieuropeos según los datos de Chapel Hill) augura una posición discrepante en torno a la reforma. Son muy críticos con las políticas de la UE y comparten una cierta posición proteccionista común, así como una fuerte oposición a las regulaciones presupuestarias. Basándonos en datos de VoteWatch.eu, el partido más próximo a la Lega de Matteo Salvini es el M5S, con quien coincide en la mitad de las votaciones. Se sitúan frecuentemente en el mismo lado cuando se discute el Presupuesto europeo (63% de acuerdo), la política económica y monetaria (68%) y comercio internacional (60%). Por ejemplo, están en contra del CETA y de las negociaciones del TTIP. Sin embargo, tienen visiones diferentes sobre cómo tiene que ser la UE. El M5S tiene una perspectiva transnacional más fuerte que la LN y es partidario de fortalecer instituciones como el Parlamento Europeo y de las listas transnacionales para sus elecciones. El M5S ha estado reclamando una política energética europea verde, mientras que la LN es muy conservador en términos medioambientales. Además, habría  que ver hasta qué punto un Gobierno del M5S sería desestabilizador, ya que durante la campaña electoral ha suavizado sus propuestas más radicales, como el referéndum sobre la pertenencia de Italia en la UE.

Lo que más preocupa en Bruselas es el auge de fuerzas populistas que culpan al euro de los infortunios económicos del país y que pueden poner en juego la estabilidad presupuestaria europea. Los resultados ponen de manifiesto las dificultades de que se repita un gobierno de gran coalición que deje fuera a los extremistas y sea favorable a la integración. De hecho, lo que parece avecinarse es todo lo contrario: una alianza anti-EU populista, susceptible de cambiar el equilibrio de poder en las instituciones europeas.

 

 

Jorge URDÁNOZ, “Laicismo nacional” a El País (3-03-18)

https://elpais.com/elpais/2018/02/26/opinion/1519637458_549561.html

Fue nada menos que Felipe González quien, en un artículo escrito junto a Carme Chacón, definió a Cataluña como una “nación sin Estado” (Apuntes sobre Cataluña y España,EL PAÍS, 26/7/2010). A su compañero Rodríguez Ibarra aquello le pareció algo cercano al sacrilegio: “Confieso que mi sorpresa fue equiparable a la que podría haber experimentado un cristiano al que, después de creer toda la vida en la existencia de un Dios único y verdadero, el Papa de Roma le anunciara que todo era mentira y que ese Dios no existe”, declaró compungido.

Ese metafórico Dios al que alude Ibarra no puede ser otro, claro, que la nación española, entidad a la que las palabras de Felipe habrían condenado de un plumazo al limbo de la inexistencia. Una herejía, la felipista, que continuaba hurgando en la herida, pues no solo ocurría que, en la medida en que existiera una nación catalana, entonces la nación española se vería irremediablemente cercenada en una de sus extremidades, sino que, profundizando en el anatema, el expresidente venía a concebir a España como “nación de naciones”, con lo que las amputaciones a la nación ya no venían solo de un lado, sino al menos desde los flancos gallego, vasco y quién sabe cuántos más… ¿qué quedaba de la nación española sino una humillada, manoseada y desgastada piel de toro enclavada en el mapa de la Península como un sanguinoliento trozo de carne desgarrado?

Algunos conciben, en efecto, las naciones como manchas de colores en el mapa, al modo mediante el que los libros de texto —deudores de una tradición pedagógica que haríamos bien en revisar— representan las idas y venidas de los distintos imperios a lo largo y ancho de la topografía. En esa concepción, la de Ibarra, el avance de una nación implica lógica y necesariamente el retroceso de otra.

Bajo esta mirada pueden concebirse Estados plurinacionales, pero nunca una nación de naciones, una entidad tan contradictoria como lo sería un “individuo de individuos”. Aquí cada nación se conforma en esencia por contraposición a otras. Son las fronteras las que delimitan y circunscriben la existencia nacional, y una frontera es por definición dual, jánica. De la misma manera que no es posible imaginar un folio con una sola cara, es imposible una frontera que lo sea de solo una nación. Si las naciones se conciben mediante fronteras, entonces una nación no puede acoger otras naciones en su interior, sino solo en su exterior.

De este concepto viejo de nación beben nuestros nacionalismos periféricos, que por eso tildan a España de “Estado”. Para ellos, naciones son Cataluña, el País Vasco o Galicia, y España es en consecuencia un Estado plurinacional, no una nación. Y, por descontado, tal concepción configura igualmente el andamiaje interpretativo de los nacionalistas españoles, que afirman que España es una nación —la más vieja de Europa además, como repiten con especial y reveladora fruición (¿qué más dará?, me pregunto yo)—, jamás un mero Estado. Para ellos solo hay una nación verdadera, la española, en cuyo interior existen nacionalidades y regiones. Contra la sorprendente afirmación de que no hay entre nosotros nacionalismo español —la viga y la paja, ya saben— lo cierto es que es esta última la concepción plasmada en la Constitución de 1978, como se encargó de recordar en 2010 nuestro Tribunal Constitucional. Para bien o para mal, esa composición de lugar no parece servir ya para articular nuestra convivencia.

La idea tradicional de nación exige sus representaciones y sus consecuencias: las manchas en el mapa, el tetris cartográfico, el empate infinito, la suma cero. Como ya hemos visto, desde este paradigma la expresión “nación de naciones” es un perfecto imposible lógico, pero eso es así porque ahí, en esa aparente contradicción, subyace una idea de nación mil veces más abierta, más ilustrada y más tolerante. Mil veces más moderna, en suma. O más europea, si quieren, término que también encaja aquí y que nos da una idea de hasta qué punto Europa no es tanto una nación como un ideal… pero no nos desviemos.

Una nación puede albergar en su seno otras naciones solo si concebimos la idea de nación no como un territorio en el mapa, sino más bien como una opción personal para la cual no existe ya —y esto es lo que han de entender todos los nacionalistas— ninguna verdad única o revelada. Esto es, si pensamos las naciones no mediante fronteras, necesariamente geográficas, sino mediante creencias, subjetivas por necesidad.

Deslizar el eje interpretativo desde las hectáreas hasta las convicciones permite generar un espacio público en el que cabemos todos. Se trata de un desplazamiento similar al que, en los inicios de la modernidad, se efectuó en el terreno religioso. La tolerancia religiosa fue el gran invento civilizador que permitió que los diferentes dioses convivieran en un mismo espacio. El espacio de lo público, en el sentido de oficial, se configuró de modo aconfesional o laico, precisamente para que todas las religiones tuvieran cabida. De modo similar, quizás la salida consista hoy y ahora en avanzar hacia una desnacionalización del Estado, una suerte de laicismo nacional que saque a la nación del salón del trono, tal y como antaño se sacó de ahí al mismísimo Dios, y que desplace esa cuestión desde las estructuras administrativas del BOE hasta las peculiares creencias de cada cual.

Cuando lo que tomamos en cuenta no es ninguna de las variadas verdades reveladas que dictaminan qué es una nación, cuántas hay y hasta dónde llegan; sino más bien las opiniones de la gente al respecto, la conclusión es clara: no hay naciones puras. Es la propia ciudadanía la que refuta la mera noción tradicional de nación, una entelequia que solo existe en la cabeza de los nacionalistas. Todas las candidatas a nación —España, ciertamente, pero desde luego también Cataluña, Euskal Herria o cualquier otra— son, si atendemos a la voz de sus gentes y no a los dogmas de sus nacionalistas, “naciones de naciones”. Todas albergan en su interior, en mayor o menor medida, sujetos que disienten libremente de cualquier definición concreta de nación que quiera dictaminarse como la eterna e inmortal. Una evidencia que todos los nacionalistas de uno u otro pelaje rechazarán con apasionada vehemencia, pero también una irrefutable y hermosa verdad sobre la que podemos edificar de nuevo la mejor política. La del acuerdo, no la de la frontera.

 

Aurora NACARINO-BRABO, “Una alianza entre generaciones” a Letras Libres (6-03-18)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/una-alianza-entre-generaciones

El bien común no existe. Los científicos sociales lo repiten a menudo, pero cabe recordarlo. Los recursos de un Estado son escasos. Eso quiere decir que no podemos gastar todo el dinero que nos gustaría en implementar políticas para todos a quienes nos gustaría satisfacer. Que los recursos sean limitados plantea necesariamente un conflicto sobre su uso, pues los intereses de los ciudadanos son diversos y obedecen a su posición dentro de algunas categorías: si son jóvenes o mayores, si viven en la ciudad o en el campo, si tienen un renta alta o baja, si tienen hijos o no los tienen, si son empresarios o asalariados, etc.

La democracia es un sistema que permite canalizar estas distintas preferencias para que se articulen de forma ordenada y mayoritaria. Los partidos políticos recogen las demandas de sus votantes y tratan de representar sus intereses para que vuelvan a confiarles su voto. Esto tiene ventajas indudables, pero también algún inconveniente. Por un lado, los partidos se preocupan por gustar a sus electores para que estos les premien electoralmente. Por otro lado, los partidos pueden verse paralizados por esa necesidad de resultar sexy: no es fácil implementar políticas audaces, aun si son necesarias para el país, cuando estas son impopulares o van en contra de los intereses mayoritarios de tu coalición de votantes.

En España, los dilemas generacionales han cristalizado en la transformación del sistema de partidos. La ruptura del bipartidismo y la consolidación de Ciudadanos y Podemos dan cuenta de lo lejos que los españoles más jóvenes se sienten de las viejas siglas. El PP es un partido con un electorado veterano: la edad media de sus votantes es de 57 años, y el 60% de ellos tiene más de 55 años. Solo el 12% de sus apoyos proviene de menores de 35 años. Algo parecido sucede con el PSOE, con un votante de 55 años de media y un 40% de electores mayor de 55 años.

Los pasados éxitos electorales del socialismo se construyeron sobre una coalición de votantes heterogénea, con apoyos transversales entre generaciones. Sin embargo, en los últimos años el PSOE ha ido tomando una deriva parecida a la de los populares, con un creciente peso de votantes pensionistas o cercanos a la edad de la jubilación. Por la composición de su electorado es comprensible que los viejos partidos estén más dispuestos a desarrollar políticas que beneficien a estos colectivos y a prestar mayor atención a sus demandas. En las últimas semanas los socialistas han hecho pública su intención de implementar medidas que permitan una subida de las pensiones.

Qué duda cabe de que a todos los partidos les gustaría poder subir de forma generosa las pensiones. Pero dado que los recursos son escasos y que todas las políticas generan ganadores y perdedores, es preciso preguntarse quiénes serían los perdedores de unas políticas que pongan a los pensionistas en el centro del debate público. La subida solo podría hacerse a costa de subir los impuestos a los trabajadores o bien de detraer dinero de otras inversiones públicas que afectarían especialmente a los jóvenes y a la infancia. Pero los jóvenes y los niños merecen dejar de ser los perdedores de un sistema que, especialmente desde la crisis, se ha cebado con ellos.

El paso de la recesión económica elevó la pobreza infantil en España hasta situarnos a la cabeza de Europa, solo por detrás de Rumanía y Grecia. Además, el 37,6% de las personas entre 16 y 29 años vive en riesgo de pobreza o exclusión social. Los jóvenes españoles son los europeos que padecen el desempleo y la precariedad en mayor medida, y su inserción en el mercado laboral es costosa y discontinua. El 80% de ellos aún vive con sus padres y no puede emprender un proyecto familiar propio.

La desolación de estos datos contrasta con la relativa buena situación en que viven nuestros jubilados: solo el 5% de ellos sufre pobreza, una de las tasas más bajas de la OCDE. Este es un dato para felicitarnos. Además, los mayores han sido un apoyo muy importante para sus familias, especialmente durante los años más duros de la crisis: cuántos hijos y cuántos nietos salieron adelante gracias a unos abuelos que tan generosamente compartieron su pensión. Pero este reconocimiento imprescindible no puede hacernos olvidar lo perverso del sistema. Ningún adulto debería tener que depender económicamente de sus mayores y ningún jubilado debería verse privado de la tranquilidad merecida después de una vida de trabajo.

Un país que trata dignamente a sus ciudadanos no es aquel que genera relaciones de dependencia entre unos y otros. Un país que trata dignamente a sus ciudadanos es aquel que provee iguales oportunidades para poder vivir una vida plena. Los viejos partidos han abandonado a los jóvenes por una razón muy sencilla: los jóvenes no les votan. Han preferido restringir sus atenciones a un electorado de mayor edad, en una estrategia que puede parecer racional, pero que tampoco está teniendo recompensa si echamos un vistazo a la evolución de las encuestas, con un peso relativo menguante del viejo bipartidismo.

Aunque hemos dicho que el bien común no existe y que los grupos sociales tienen intereses diversos y a menudo contrapuestos, eso no significa que estemos abocados a un enfrentamiento generacional. No es preciso escoger entre hacer políticas para los jóvenes y hacer políticas para los mayores. Lo que ha de hacer un partido con sentido de Estado es buscar los puntos en los que los intereses de ambos colectivos convergen e invertir políticamente en ellos. Un partido que aspira a gobernar ha de ser un partido capaz de coaligar a votantes de distintas generaciones.

No hay duda de que jóvenes y mayores tienen intereses convergentes. Todos tenemos interés en que el Estado de bienestar tenga estabilidad y continuidad, y eso implica una alianza entre generaciones. Los pensionistas necesitan tener la certidumbre de que podrán contar con una pensión digna cuando llega el momento de la jubilación, después de décadas de trabajo. Pero esas pensiones solo podrán pagarse con más trabajadores cotizando. Esto significa que tenemos que corregir las disfuncionalidades de un mercado laboral con un paro estructural completamente atípico y una dualidad que produce desigualdad entre trabajadores. Ambos problemas perjudican especialmente a los jóvenes, que son además quienes deberían tener hijos: de continuar la baja natalidad actual, España será el país de la OCDE más envejecido hacia 2050.

Por tanto, no se trata de escoger si queremos hacer políticas para pensionistas o para jóvenes, se trata de comprender que resolver las dificultades que afrontan los jóvenes es también mejorar los problemas de los pensionistas. La tranquilidad de los padres depende de un sistema en el que sus hijos encuentren oportunidades, y los jóvenes necesitan que eliminemos las trabas que les impiden poner en marcha un proyecto de vida propio. Ha llegado el momento de poner fin a las dinámicas perversas de subordinación y dependencia, y de permitir que jóvenes y mayores se miren como iguales. El futuro de España pasa por una alianza entre generaciones

 

Kepa AULESTIA, “Habilitación política” a La Vanguardia (6-03-18)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20180306/441301880014/habilitacion-politica.html

La obtención de una mayoría parlamentaria sumando los electos de tres candidaturas no significa que dicha alianza esté habilitada políticamente para gobernar el país. La inhabilitación judicial –de facto o potencial– de una serie de diputados tampoco concede a la causa que representan el derecho a no verse cuestionada políticamente en cuanto a sus fines y en cuanto a los medios empleados. Las desavenencias entre los independentistas producen hartazgo; entre otras causas, por la naturalidad con la que combinan falta de transparencia y sobreexposición. Pero junto a ello la discordia interna está induciendo un ­fenómeno que acomoda a los secesionistas, porque su universo simbólico ocupa permanentemente el escenario, y la opinión pública no puede más que contemplarlo como algo inevitable.

Desterrado todo espíritu crítico que fuese más allá de intereses de grupo o quiebros tacticistas, la noche del 21 de diciembre se dio por supuesto que la mayoría parlamentaria independentista volvería a gobernar la Generalitat. Pero todavía no lo ha conseguido. Ni siquiera ha logrado ponerse de acuerdo para investir a alguien como president. Y es lógico pensar que cualquier candidato se vería autorizado para destejer todo lo que hayan podido avanzar las negociaciones. De ahí que parezca obligado preguntarse ¿existe de verdad un independentismo político? O, formulado en otros términos, ¿está el independentismo políticamente habilitado para hacerse cargo de la Generalitat? No se trata de poner en duda la existencia de una mayoría de parlamentarias y parlamentarios catalanes favorables al establecimiento de un Estado propio en forma de república cuanto antes. Lo que resulta aún más claro frente a la práctica imposibilidad de que el resto de los grupos de la Cámara se pongan de acuerdo en algo sustantivo sobre gobernabilidad. Lo dudoso es que el independentismo esté en condiciones de hacerse con las riendas de la Generalitat. Y lo todavía más dudoso es que pueda reunir esas condiciones mediante el desdoblamiento y dispersión de núcleos de poder, de iniciativa y de influencia para acomodar a Junts per Catalunya, PDECat, ERC y la CUP en un magma predispuesto al sobresalto continuo, a la periódica convocatoria de movilizaciones, al marcaje al hombre y a la mujer que desempeñen funciones institucionales, a la sublimación legitimista haciendo de menos la administración cotidiana del bien público.

Los injustos aunque legales autos de prisión, la discutible aunque legal imputación de delitos de rebelión y sedición, la propia huida de Carles Puigdemont y de algunos de sus consellers presentan al independentismo como una víctima propiciatoria que, en compensación, reclama que se le deje hacer las cosas a su modo, para volver de manera efectiva al gobierno de la Generalitat sin desdecirse de sus objetivos maximalistas. Y según transcurren los días se evidencia que hay una mayoría parlamentaria independentista, pero que está por demostrar que haya una mayoría de gobierno. Claro que la tardanza y el espectáculo ruborizan o incomodan, pero no alarman a la gente. No alarman ni a los propios ni a los otros en la esfera política. Pasa a formar parte del juego. Porque en el peor de los casos el aborrecido 155 actúa como salvaguarda también para los intereses ciudadanos de los independentistas. Paradójicamente, es la intervención de la Generalitat lo que propicia que el independentismo se deleite con sus cuitas internas. Es la seguridad de que el Estado en Catalunya, o la porción de Estado que es la Generalitat, impedirá males mayores. Lo que, de paso, permite sortear la discusión sobre qué fórmula sería la habilitante para que el independentismo madure políticamente. En primer lugar, no lo conseguirá mientras se resista a pensar y actuar en clave pluralista, renunciando a seguir representando en exclusiva la voluntad de los catalanes, hacia fuera y hacia dentro del país. No basta con reconocer la pluralidad si no se opta por el pluralismo. Claro que esto último desvencijaría la secesión. En segundo lugar, de nada sirve alentar la idea de un proceso constituyente cuando, de entrada, diluye el cuadro de prioridades que se requiere para gobernar, aunque sea en nombre de una quimera insondable. En tercer lugar, es imposible gobernar sin partidos; y Catalunya se está quedando sin partidos, que, por antipáticos que resulten, continúan siendo la mejor manera de ordenar políticamente la diversidad y ejercer con eficacia la representación ­democrática.

La habilitación política demanda pluralismo, prioridades realistas y partidos. Y que el Gobierno de la Generalitat se muestre por fin previsible.

 

 

Oriol BARTOMEUS, “La temptació d’apropiar-se del país” a La ciutat llunyana (6-03-18)

https://oriolbartomeus.blogspot.com.es/2018/03/la-temptacio-dapropiar-se-del-pais.html

L’última enquesta publicada pel Centre d’Estudis d’Opinió ha vingut envoltada d’una certa polèmica. Res fora de l’habitual. Les enquestes, i més les que realitzen els organismes públics, als que se’ls suposa un grau d’independència i neutralitat que no es reclama als instituts privats (no diguem ja als mitjans de comunicació), sempre enutgen algú. I més ara, en aquest món dominat pels ofesos, els enutjats, els que se senten atacats pel simple fet que algú manifesta una opinió que no és la seva.

La “polèmica” de l’últim CEO ha estat la baixada dels enquestats que han volgut contestar el qüestionari en català, respecte de la sèrie històrica de sondeigs de la Generalitat. Només un 33% dels entrevistats han optat per contestar l’enquesta en català, quan habitualment són més del 40%. Això ha donat peu a considerar l’enquesta com a no vàlida, des de posicions independentistes. I de passada, ha servit per posar en dubte els resultats del sondeig, que precisament no eren molt bons per a l’independentisme.

Més enllà de les batalletes tuiteres, la baixada del percentatge d’enquestats que responen en català el qüestionari posa en evidència un element de fons preocupant. S’ha produït un canvi en part de la població respecte del català. Si abans hi havia persones que preferien contestar en català com a mostra de simpatia envers la llengua (i com a deferència cap a l’interlocutor), ara s’hauria produït el contrari. No és tant un rebuig del català (la majoria diu que tant li és contestar l’enquesta en català o en castellà) com una pèrdua d’aquesta simpatia que dèiem. Una manera d’expressar que, per aquesta part de la població, majoritàriament castellanoparlant, ja no se sent el català com quelcom proper, quelcom propi. És un indicador del grau de trencament que estem vivint al país. I és l’expressió d’una reacció.

El llarg procés independentista s’ha basat en una estratègia, conscientment o inconscient, d’apropiació del país. En són exemples la manifestació del proper vuit març, la gala del cinema català, la manifestació contra els atemptats de Barcelona i Cambrils, les mobilitzacions a favor de l’escola o contra les retallades (!), els mitjans de comunicació públics, els carrers (que seran sempre nostres), la història, la diada nacional, la Generalitat i també la llengua i la política d’immersió lingüística.

El procés ha estat un procés d’apropiació d’espais i de símbols que sempre havien estat comuns (o sempre s’havien volgut comuns) i que a partir d’un moment passaven a pertànyer al món independentista. La idea era bàsica: s’intentava convertir la proximitat als símbols nacionals en suport a la causa independentista. L’objectiu? Aconseguir la majoria. Per a això s’ha intentat fagocitar tot, tot allò que abans era patrimoni de tots. Només pots defensar els presos si ets independentista, només ets demòcrata si ets independentista, només pots ser català si ets independentista.

L’independentisme ha buscat l’associació, l’assimilació, entre el país i la seva causa. Alguns conscientment com a part de l’estratègia, altres com a ideologia (els que sempre han cregut que hi ha catalans i catalans-catalans), i d’altres de manera inconscient. La recerca de la majoria que no tenien (9N, 27S, 1O, 21D) posa de manifest l’idea profunda dels independentistes: no es busca el consens, es busca la victòria. No es busca la suma sinó l’adhesió a l’única causa veritablement catalana, la independència.

La idea de fons és que només els partidaris de la independència poden decidir sobre el futur del país. La resta no estan legitimats per fer-ho, perquè el seu projecte per al país no és “català”, no respon a la voluntat del poble, que està prefixada i que només espera assolir la majoria necessària per fer-se realitat.

Per això l’independentisme no negocia, no dialoga. Només admet adhesions a la causa. I com que aquesta és l’única causa justa i democràtica, com que només aquesta és l’encarnació de la voluntat nacional, popular i democràtica, tots els símbols i institucions del país s’hi ha de sotmetre, tots i totes han de ser encarnacions d’aquesta causa. D’aquí que, pels independentistes, que TV3 defensi els seus postulats no és res criticable, sinó natural. És l’expressió de servei al país (al veritable país) per part de la televisió pública. El mateix per a l’administració pública, que no s’entén com a tendenciosa sinó com a “democràtica”, en el sentit que expressa l’anhel nacional que espera ser majoritari.

D’aquí també la perplexitat de no tenir majoria. Si s’entén que la independència és “la voluntat del poble”, com és possible que una part del poble no se sotmeti a aquest anhel? Una de dos, o aquesta part del poble encara no ha vist la llum, o bé són uns antidemòcrates que caldria foragitar.

D’aquí que, per als independentistes, només els independentistes poden decidir sobre el futur de Catalunya. Òbviament, aquest no és un grup tancat. Al contrari, s’hi pot sumar tothom, vingui d’on vingui, parli el que parli i pensi com pensi. Això sí, ha de donar suport a la independència, es clar. És l’exemple de Rufián. L’independentisme català (la majoria, com a mínim) no és segregador per origen o per llengua. Només ho és pel suport a la independència. Per què? Perquè només accepta com a veritables catalans aquells que volen constituir la República.

El problema per al país és que aquesta estratègia deixa fora molta gent. Gent que es pot sentir propera als símbols nacionals, que els sent seus, gent que parla el català i se sent català (tan català com qualsevol), però que en els darrers temps s’ha sentit exclòs d’aquest país que han anat bastint els independentistes, assimilant els símbols i les institucions de tots amb l’objectiu polític d’uns (molts, però no tots, ni tan sols la meitat). L’apropiació feta per l’independentisme ha allunyat molta gent de la diada, de l’autogovern, dels Segadors, de la llengua. És potser la conseqüència més greu (pel país) del procés independentista, l’expulsió del gran espai del catalanisme d’una porció important de catalans i catalanes.

A aquesta porció sembla apel·lar aquest invent de nom Tabàrnia, que volent confrontar l’independentisme li fa el joc i li dóna la raó. Si l’independentisme diu “Catalunya pels independentistes”, els promotors de Tabàrnia responen “ja us la podeu quedar”. En el fons, Tabàrnia (que és quelcom més que una broma innocent) accepta el terreny de joc proposat per l’independentisme, en el sentit que admet l’expulsió de Catalunya d’aquells que no combreguin amb la independència i, a canvi, els ofereix un país nou per ells solets. Un ghetto, un bantustan, una Crimea del Mediterrani occidental.

Corren mals temps per a les barreges. Arreu del món s’imposen les uniformitats, les comunitats de combregants, d’iguals, de fidels, de fanàtics. Arreu el diferent és expulsat, perquè s’entén que la barreja porta problemes, genera conflictes. I la nostra societat actual fuig del conflicte que implica la convivència dels diferents. Es porta l’adhesió del grup, la confrontació entre els homogenis. Mireu Espanya, que no sap com gestionar la seva diversitat. I mireu-nos a nosaltres, escindits, mirant-nos de cua d’ull, cada cop més distants, amb el “traïdor” i el “feixista” a flor de llavis.

Hi ha una solució. Només hi ha una solució. És el vell, gens glamurós, pragmàtic catalanisme. Un ideal que entén la pluralitat del país, la reconeix, l’accepta i l’aixopluga. Un ideal de respecte i convivència. És possible que encara hi siguem a temps. De retrobar-nos. De donar-nos les mans. Sense renunciar a cap dels nostres anhels, però entenent que serem tots els que decidirem on anem i que hi anirem tots junts. Encara hi som a temp

 

Mariam MARTÍNEZ-BASCUÑÁN, “La cuarta ola” a El País (5-03-18)

https://elpais.com/elpais/2018/03/02/opinion/1519991912_481447.html

Hay algo que estos días inquieta en la conversación pública, la sacudida de una ola avasalladora construida con la extraña adhesión de complicidades entre desconocidas que simplemente afirman “yo también”. Y, sin embargo, no es nuevo: ocurrió cuando reclamamos ser parte del Contrato Social de la modernidad, cuando quisimos votar o cuando pretendimos hacer nuestra la vieja premisa ilustrada de que también somos soberanas de nuestros cuerpos y espíritus. Pero no bastaba con pedir la mitad de un mundo hecho, pues, al entrar a formar parte de su elaboración, nos percatamos con Simone de Beauvoir de que el nuestro “era un mundo que pertenecía a los hombres”. Ese clásico instante homérico en el que el impertinente Telémaco manda callar a su madre, nos explica Mary Beard, constituye el lugar fundacional desde el cual la experiencia humana se identifica con la experiencia del hombre. Y así, Penélope será la encarnación viva de una cultura en la que el silencio de la voz diferente de la mujer ofrece la clave crucial para entender el orden del mundo.

Aunque a menudo parezca que el feminismo surge de la nada como un tábano, en realidad siempre estuvo ahí. Existía —lo cuentan poetas y filósofas— mientras se definían los contornos del poder y cómo encajábamos en él; o cuando se delimitaban el éxito y el reconocimiento públicos. También cuando se articulaban los términos de la expresión individual, la racionalidad, el dominio de la naturaleza; mientras se exploraba el mundo y se cartografiaba, al fundar países, escribir constituciones, formular teorías sobre el universo y también en el arte. Estos dominios expresaban un imaginario cultural, social y simbólico que producía significado, y ya sabemos que la construcción de sentido no es indiferente a la producción de relaciones de poder.

La experiencia femenina fue apartada y silenciada de los discursos que construían el conocimiento, las palabras y el orden de las cosas. Aún hoy debemos recordar que los conceptos no encajan de una manera natural en el mundo, que contienen una carga valorativa y se envuelven en prejuicios. Lo vemos con el entendimiento tan estrecho de lo que significa la violencia, y en cómo fue preciso buscar las palabras adecuadas para otorgar nuevos significados que expresasen de qué manera —tan mundana a veces— se mermaban las oportunidades y los derechos de las mujeres. Resuenan aquí las palabras sabias, precisas, de Iris Young, pues lo hicimos esperando “evocar reconocimiento e, incluso, un poco de placer”.

Nos lo quisieron explicar, de una forma muy gamberra, las Guerrilla Girls durante la década de los ochenta. La mayoría de los desnudos de nuestros museos representaban cuerpos de mujeres; la mayoría estaban hechos por hombres. El arte era el dominio más gráfico para explorar en qué sentido la mujer era el objeto histórico de la representación, mientras el hombre era el sujeto que la representaba. Como Flaubert, “él hablaba por ella y decía a sus lectores en qué sentido era ‘típicamente’ mujer”. Así que tuvimos que desentrañar por qué nuestra definición social como mujeres nos colocaba en una inevitable situación de vulnerabilidad. Pero no se optó por la censura o la imposición dogmática de una manera de estudiar el canon. Paul Preciado lo explicó bien al definir el feminismo como “uno de los dominios teóricos y prácticos sometidos a mayor transformación y crítica reflexiva”. Sobre ello habían insistido voces como las de bell hooks, Angela Davis, Spivak o Despentes: se trataba de crear visiones alternativas a las miradas hegemónicas tanto dentro como fuera del feminismo.

Ningún discurso humanista como este ha experimentado hasta qué punto la censura o el silencio siempre serán algo “necesariamente incompletos”, pues mediante su negación, inevitablemente, se recupera para la conversación pública aquello que se quiere silenciar. Lo hemos comprobado recientemente con el secuestro de Fariña. Estamos en un momento en el que se pretende hacer categoría de la excepción, y saltan las alarmas ante un puñado de casos particulares que aspiran a enmarcar los términos del debate bajo la idea de una persecución o una ilusoria caza de brujas (¡De brujas, nada menos!). Ciertamente produce sonrojo.

Quizás sea porque estos ejemplos se siguen analizando desde una ceguera histórica. Incluso se habla de puritanismo en el país que contempló estupefacto cómo una limpiadora de hotel, mujer y negra, terminaba con la carrera política de uno de los hombres más poderosos del planeta. Por mucho que se intente defender a Strauss-Khan con el argumento de que fue presa de una emboscada, es difícil imaginar de qué manera Christine Lagarde habría mordido ese mismo anzuelo. Hay algo en esta forma de abuso de poder que solo puede entenderse desde su ejercicio como un atributo natural, definitorio de la virilidad. Pero también a partir de una tradición democrática, la norteamericana, que, sin un pasado aristocrático como el francés, ha interiorizado la idea de igualdad como una forma de ser de la sociedad misma, a pesar de que su realización sea todavía un objetivo lejano. Es indudable que el mismo pensador que nos explicó aquel país se preguntaría hoy si algo así habría podido suceder en Francia. “¿De verdad esto va de puritanismo?”, habría exhortado Tocqueville.

La clave para entender lo que ocurre es el poder. En realidad, siempre lo fue; pero, por fin, el feminismo lo mira de frente y quizás anuncie así la llegada de una nueva ola en su intensa historia. Es normal que genere inquietud, y Beauvoir lo sabía: “Es necesaria mucha abnegación para rechazar una posición de Sujeto único y absoluto”. Porque no solo se amenaza una condición de privilegio estructural, sino el sentido de una identidad que brota de las profundidades de nuestra propia tradición. Es parte del camino de un proceso silencioso que nos acompañó desde el inicio, y ese debería ser el marco de reconocimiento que posibilite una conversación pedagógica que explique por qué esto no es una guerra.

Pero también habría que preguntarse hasta qué punto es necesario mostrar nuestras heridas mediante testimonios personales, pues para algunas personas compartir su trauma también puede convertirse en una forma de violencia. Y lo más importante: no garantiza que se visibilice como un problema social. Aunque es políticamente decisivo que pidamos esa cuota de poder a través del reconocimiento, también es crucial pensar, con Judith Butler, cómo mantener “una relación transformadora” con las reglas que definen lo que merece ser o no reconocido; captar en todo momento la naturaleza específica del poder y dar con la correspondiente forma de resistencia. Hay que evitar que el feminismo también pueda devenir en un cliché, pues todo cliché, a base de repetirse, pierde su fuerza transformadora.

 

 

Javier PÉREZ ROYO, “El 8 de marzo: la crítica feminista del contrato social” a eldiario.es (6-03-18)

https://www.eldiario.es/zonacritica/marzo-critica-feminista-contrato-social_6_747235318.html

Los seres humanos no podemos convivir sin explicarnos el por qué y el cómo de nuestra convivencia. Esto es lo que nos diferencia radicalmente de los demás individuos del reino animal. Los animales coexisten. Los seres humanos convivimos. Y para transitar de la pura coexistencia animal a la convivencia humana, los seres humanos hemos necesitado construir ficciones explicadoras y justificadoras de dicho tránsito. Dichas ficciones constituyen la materia de la que se compone la POLÍTICA primero y el DERECHO después. La política es la que nos califica como animales. Los seres humanos somos animales políticos. El derecho da estabilidad a dicha calificación. A partir del momento en que la convivencia humana adquiere determinada dimensión poblacional y territorial, POLÍTICA Y DERECHO son esferas distintas pero inseparables.

Obviamente, a lo largo de la presencia del ser humano en el planeta el sistema de ficciones con base en el cual se ha explicado y justificado la convivenvia ha evolucionado incesantemente. No ha sido el mismo siempre ni en el tiempo ni en el espacio. De ahí que la historia de la teoría política o la historia del derecho hayan sido y continúen siendo áreas de investigación universales. Y de ahí también que la política y el derecho comparados hayan despertado siempre el interés en todas las sociedades.

De entre todas las ficciones explicadoras y justificadoras de la convivencia una de las más exitosas, por no decir, la más exitosa, ha sido el contrato social. Es la ficción contemporánea, en la que descansa la democracia como forma política y el Estado Constitucional como su expresión jurídica. Con base en dicha ficción se ha conseguido alcanzar la mejor forma de organización de la convivencia conocida hasta el momento.

Todavía hoy sigue siendo la mejor ficción explicativa de la convivencia humana. Pero ya no goza de la aceptación acrítica que ha tenido en el pasado. Y no porque en el día de hoy el contrato social sea menos inclusivo de lo que lo fue en el pasado, que no es el caso. Todo lo contrario. El contrato social en sus orígenes y durante sus dos primeros siglos de vida fue un contrato entre varones propietarios, del que estaba excluido no solamente la población femenina en su totalidad, sino gran parte de la masculina también. El Estado Constitucional ha sido durante sus primeros decenios un club de propietarios. Hasta llegar al sufragio universal, masculino primero y femenino después, trasncurrió mucho tiempo. En este momento ya se ha conseguido la igualdad en el ejercicio del derecho de sufragio activo, que es muy importante. Pero queda mucho camino por recorrer todavía en el derecho de sufragio pasivo. Porque en el derecho de sufragio activo la titularidad y el ejercicio se confunden. Pero en el derecho de sufragio pasivo, no.

El sufragio activo es el componente cuantitativo de la democracia. El pasivo es el componente cualitativo, el que detemina quienes van a ejercer el poder, es decir, quienes van a tomar las decisiones políticas y elaborar las normas jurídicas que van a ordenar la convivencia en toda la superficie de la sociedad. En el sufragio activo está la titularidad del poder. En el pasivo está el ejercicio. En la titularidad todos somos iguales. En el ejercicio las diferencias son enormes.

El Estado no es propiedad de nadie, pero el peso de los varones en la gestión del mismo sigue siendo abrumador. Y cada vez más de los varones en una posición económica privilegiada. De ahí la deriva cada vez mayor hacia un creciente desequilibrio en la distribución de la riqueza, en la que las decisiones de política económica adoptadas básicamente por varones juegan un papel determinante.

El contrato social cada vez es más inclusivo desde una perspectiva formal y más excluyente desde una perspectiva material. Las mujeres son las que soportan la mayor parte del costo de la disonancia entre ambas perspectivas, porque se produce de manera generalizada en todos los escalones de la pirámide social. La discriminación de género es la única discriminación universal. Y la única discriminación que se manifiesta en todas las direcciones imaginables.

De ahí que la crítica feminista al contrato social sea la más universal y la más radical de todas. La más difícilmente asimilable. Por eso, quien viera el programa dirigido por Ana Pastor en La Sexta el domingo por la noche, en el que participaron portavoces femeninas de todos los grupos políticos, comprobaría cómo las portavoces de los partidos de la derecha española, PP y Ciudadanos, se mostraban “comprensivas” con la huelga del día 8, pero se posicionaban inequívocamente contra la misma, mientras que ocurrió lo contrario con las portavoces de los partidos de izquierda.

La línea divisoria entre la derecha y la izquierda, que se había dado por desaparecida, ha vuelto a hacer acto de presencia con la convocatoria del 8 de marzo.

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