Focus press setmanal número 76

Presentació

Per al primer Focus Press del 2018 hem seleccionat prioritàriament articles de balanç del 2017 i de prospectiva del nou any. Així, en l’àmbit internacional destaquem la retrospectiva de Simon Tisdall sobre el 2017, el repàs a les convocatòries electorals del 2018 de Lino González Veiguela, i les perspectives d’evolució de l’economia mundial de Jorge Díaz Lanchas.

Pel que fa a Europa, l’anàlisi de Zaki Laïdi sobre el rol europeu en la governança mundial, la visió de Tony Blair sobre el Brexit,  una llarga entrevista a Adam Michnik sobre la deriva i·liberal dels països de l’Est europeu i una altra entrevista, a Wolfgang Merkel, sobre el futur de l’SPD i de la socialdemocràcia europea en general.

En l’àmbit espanyol, trobem molt suggerent el resum de l’any d’Alberto Penadés il·lustrat amb 10 gràfics, així com la síntesi d’Enric Juliana.

De la munió d’anàlisis i articles publicats sobre les eleccions catalanes del 21D, proposem la nota de José Miguel de Elías sobre les transferències de vot  a partir de les dades de Sigma Dos;  l’article d’Astrid Barrio sobre les perspectives dels partits catalans després dels resultats electorals; l’exposició de Luis B.García sobre tots els factors que compliquen la investidura a Catalunya;  i les consideracions d’Argelia Queralt sobre la hipòtesi d’una investidura sense la presència del candidat (en el mateix sentit: Francesc Pau) i, més enllà, d’un govern amb un president autoexiliat. Sobre l’evolució paral·lela de les decisions judicials que afecten els dirigents independentistes, veure les opinions de José María Ruiz Soroa i Javier Pérez Royo. També, la reflexió d’Ignacio Molina sobre la boutade de Tabàrnia.

Més enllà de les vicissituds polítiques en curs (veure les cròniques d’Enric Juliana sobre el panorama espanyol, català i la renúncia d’Artur Mas), tenen interès diversos articles que incideixen en l’anàlisi dels mecanismes de decisió de les elits polítiques i de conformació de l’opinió pública i del comportament electoral, amb especial atenció al cas català. Ens semblen especialment inspirats els textos de Pau Marí-Klose, Daniel Innerarity i Eduardo Suárez. També és molt recomanable la reflexió d’Antonio García Maldonado sobre la tensió entre lideratge polític i democràcia representativa.

Per acabar no podem deixar de referir-nos al llibre de Martin Wolff Fire and Fury– sobre les interioritats de la Casa Blanca de Donald Trump … que confirmen que Trump és realment el que sembla (veure el comentari d’Ignacio Martín Granados).

Simon TISDALL, “Trump, Putin y Xi: un año propicio para los líderes duros y autoritarios” a eldiario.es/The Guardian (30-12-17)

http://www.eldiario.es/theguardian/Trump-Putin-Xi_0_723728142.html

Este ha sido el el año del hombre fuerte, del tipo duro que lidera con vena despiadada y un gran ego. En Moscú, Vladímir Putin, un modelo a seguir para la categoría, reforzó su fuerte control de la política interna al tiempo que intensificaba la “guerra de influencia” ciberdigital que Rusia libra contra Occidente.

En Pekín, el presidente de China, Xi Jinping, alcanzó una especie de inmortalidad cuando sus pensamientos poco originales se consagraron en la Constitución del Partido Comunista.

En Washington, Donald Trump inició una parodia de la presidencia estadounidense  combinando ignorancia y poder en niveles alarmantes.

Los pesos pesados atrajeron una cohorte de emuladores e imitadores, “pequeños grandes hombres” como Kim Jong-un, el inexperto dictador norcoreano poseedor de un arsenal nuclear, y como Rodrigo Duterte, el presidente homicida de Filipinas. Recep Tayyip Erdogan, el colérico presidente de Turquía, trabajó con tesón para desmantelar la tradición democrática laica de su país utilizando el fallido golpe de Estado de 2016 como excusa. El joven príncipe Mohamed bin Salman, líder no coronado de Arabia Saudí y aparente reformista, cometió una serie de torpezas en el tablero de poder regional.

El corolario del ascenso del hombre duro ha sido la sensación de debilitamiento de las democracias occidentales y el desmoronamiento del orden jurídico y estratégico internacional creado en la posguerra. El creciente poder de la China y su gobierno por un solo partido, la propagación generalizada del autoritarismo y la regresión nacionalista y crispada dentro de Europa han colocado el dilema sobre la mesa.

Las dificultades de Occidente se han visto agravadas por la incertidumbre en torno a cómo relacionarse con Trump y a la supervivencia en esta nueva y confusa era en la que el liderazgo global estadounidense se está debilitando.

Amenaza nuclear

Corea del Norte se erigió en el problema de seguridad internacional más peligroso de 2017. El desarrollo por parte de Pyongyang de armas nucleares y misiles balísticos de largo alcance, en claro desafío a la ONU y a los países vecinos, no es un fenómeno nuevo. Lo que cambió en 2017 fue la yuxtaposición en rincones opuestos de dos líderes volátiles, insensatos e inexpertos: Kim Jong-un y Donald Trump.

Consciente de que el Trump de campaña había amenazado con derrocar a su régimen, Kim Jong-un (en el poder desde 2011, cuando murió su padre) parecía decidido a poner a prueba el temple del nuevo presidente de Estados Unidos. A una serie de lanzamientos de misiles de prueba, algunos cerca de Japón, le siguió en septiembre la primera prueba subterránea de una poderosa bomba de hidrógeno.

Desde entonces, Corea del Norte ha amenazado con otra prueba nuclear, esta vez en la atmósfera y sobre el Pacífico, posiblemente cerca del territorio estadounidense de Guam. Pyongyang ahora dice que tiene la capacidad de atacar cualquier parte de Estados Unidos, algo que Washington había prometido evitar.

La respuesta de Trump fue contradictoria desde el primer momento. Mantuvo la perspectiva de negociaciones con Pyongyang, e incluso de un encuentro personal con Kim, y criticó a Japón y a Corea del Sur por no hacer lo suficiente para defenderse. En otro momento, amenazó con “destruir totalmente” Corea del Norte. Se rió de Kim llamándolo “pequeño hombre cohete” y “cachorro enfermo” y reprendió a su ministro de Asuntos Exteriores, Rex Tillerson, por perder el tiempo buscando una solución diplomática.

Para no quedarse atrás, Corea del Norte apodó a Trump “viejo lunático” y “viejo chocho”.

Durante su gira por Asia en 2017, Trump prometió solidaridad con Corea del Sur y Japón, donde Shinzo Abe, primer ministro y partidario de la línea dura, ganó la reelección en octubre gracias en parte a la preocupación por Corea del Norte. Pero la insistencia del enfoque de Trump tratando de inducir a China, único aliado influyente de Corea del Norte, para que presione a Kim y así lograr el desarme produjo resultados contradictorios.

Si bien Pekín apoyó sanciones más duras de la ONU, se negó a cortar el vital suministro de petróleo a Pyongyang. Xi siguió mostrándose reacio a un enfrentamiento directo con Kim por temor a la inestabilidad que causaría el derrumbe del régimen y porque China no desea ver a una Corea reunificada aliada de Estados Unidos.

La crisis coreana tiene la capacidad de volver a la palestra en cualquier momento, como demostró otra provocadora prueba de misiles de largo alcance de noviembre. Trump ordenó una concentración de poder militar por aire y mar alrededor de la península, y bombarderos estadounidenses con armas nucleares “perturbaron” las defensas norcoreanas.

Una política tan arriesgada es extraordinariamente peligrosa, ya que podría hacer pensar a Kim que está a punto de ser atacado. El entrenamiento en Corea del Sur de fuerzas especiales cuyo único propósito es “decapitar” el régimen de Pyongyang probablemente aumente su paranoia. Un error momentáneo de cálculo por cualquiera de los dos lados podría significar un desastre.

Una China en expansión

La relación de Trump con Xi, al que invitó en abril a una primera cumbre para conocerse en sus propiedades de Florida y con el que se reunió otra vez en Pekín en noviembre, resultó ser algo desequilibrada en favor de Pekín. El líder norteamericano había condenado a China durante su campaña electoral y llegó a clasificarla como un “enemigo” por supuestas prácticas comerciales desleales.

Pero en Pekín, elogió a Xi por ser más inteligente que los anteriores gobiernos estadounidenses en materia de comercio. Parecía exageradamente impresionado por el indudable reforzamiento del poder interno de Xi, confirmado en el congreso del Partido Comunista en octubre.

En el congreso, Xi celebró una “nueva era” de prosperidad y poder global chino. Dijo que China se transformará en una “poderosa fuerza” en el mundo. “Será una era que verá a China acercarse más al centro del escenario y hacer mayores contribuciones a la humanidad”, fueron sus palabras.

Las implicaciones potencialmente negativas de estas “contribuciones” para el dominio estratégico estadounidense de posguerra en la región de Asia y el Pacífico, así como la influencia y los intereses occidentales en África y América Latina, eran dolorosamente obvias.

Pero aparentemente no fue así para Trump. Al priorizar un acuerdo sobre Corea del Norte, el presidente estadounidense dio a Xi vía libre en el tema comercial y no se enfrentó a él, por ejemplo, por el expansionismo militar ilegal de su país en el Mar del Sur de China, por las amenazas a Taiwán, por la subyugación del Tíbet, por el enorme déficit democrático del país o por su terrible historial en materia de derechos humanos.

Al retirarse de la Alianza Transpacífico, Trump dio a los chinos otra oportunidad de seguir con su avance. No es de extrañar que Trump sea apreciado en China. Pero Xi ni siquiera le concedió una gran mejora en relación con Corea del Norte.

Un Trump combativo

Xi no fue el único líder en aprovechar la ingenuidad de Trump, su preferencia por el autoritarismo y su egoísmo fácil de explotar. Putin pareció convencer a Trump de que Rusia era un socio digno de confianza para resolver problemas como el de Siria, a pesar del apoyo de Moscú al régimen de Bashar al-Asad en Damasco y a su presunta implicación en ataques con armas químicas y otros crímenes de guerra.

Putin presionó para que se levantaran las sanciones impuestas tras la anexión rusa de Crimea en 2014 y la intervención militar aún no resuelta en Ucrania. Para consternación de Europa, Trump se mostraba comprensivo. Le persuadieron de que no siguiera adelante, por el momento.

Tal vez lo más sorprendente de todo fue que Trump contradijo los hallazgos de sus propias agencias de inteligencia y aceptó las garantías de Putin de que Rusia no había intervenido en las elecciones presidenciales de 2016 para perjudicar a su rival, Hillary Clinton.

A pesar de la investigación federal por un consejero especial, Robert Mueller, de numerosas investigaciones del Congreso y de declaraciones de culpabilidad de exasesores, Trump continuó negando cualquier conexión rusa y denunciando las denuncias como “noticias falsas”. Las relaciones comerciales de Trump con rusos bien conectados, que se remontan a los años 90, también fueron objeto de escrutinio.

Este mes, el acuerdo del exconsejero de Seguridad Nacional Michael Flynn de cooperar con los fiscales llevó el escándalo hasta el corazón de la Casa Blanca. Si aparecen pruebas firmes de una conspiración, encubrimiento u obstrucción a la justicia, lo siguiente podría ser un proceso de destitución de Trump.

En los titulares negativos, los primeros 11 meses de Trump en el cargo pueden haber marcado algún tipo de récord. Su veto migratorio dirigido a ciudadanos de países musulmanes fue rechazado en varias ocasiones por los tribunales, aunque a principios de este mes el Tribunal Supremo dictaminó que se puede imponer si se resuelven los múltiples problemas de la ley.

Su negativa a condenar la violencia de los nacionalistas de extrema derecha y los supremacistas blancos de Charlottesville, en Virginia, provocó protestas. Sus críticos lo llamaron racista y fanático encubierto. A su vez, las divisiones nacionales de Estados Unidos se vieron impulsadas por la malhumorada denuncia de Trump contra los jugadores de la NFL que se arrodillaban al principio de los partidos durante la interpretación del himno para poner de relieve la violencia desproporcionada ejercida contra los negros.

Trump rara vez perdió la oportunidad de empezar una pelea, llevando las “guerras culturales” de Estados Unidos hasta un nivel superior. Este mes usó su cuenta de Twitter para insultar gratuitamente a una aliada cercana, Theresa May.

Sin embargo, a pesar de la ventaja de un Congreso controlado por los republicanos, el programa legislativa de Trump, en particular la reforma sanitaria, no llegó a ninguna parte, con la excepción de la ley que reduce los impuestos a las empresas y los más ricos. Al no haber logrado alianzas políticas legisló a través de decretos de dudosa validez. La Casa Blanca de Trump tuvo dimisiones de alto nivel y despidos.

Trump terminó 2017 como posiblemente el presidente más impopular y menos respetado de la historia. También estableció otro récord: jugó más tiempo al golf que ningún otro predecesor.

Elecciones en Europa

Europa sobrevivió a un año de inusuales turbulencias políticas, pero sus problemas distan mucho de estar resueltos. En la apertura del año hubo una marea populista creciente generada por los temores sobre la inmigración, las ansiedades económicas, el euroescepticismo, la pérdida de identidad y la pura y simple xenofobia.

Pero a pesar de las predicciones en sentido contrario, el centro se mantuvo en las elecciones de Holanda, Francia y Alemania. Al comentar el rechazo de los votantes a la extrema derecha islamófoba, Mark Rutte, el primer ministro holandés, declaró:”¡Holanda ha dicho basta!”.

Pero la triunfante elección de Emmanuel Macron como presidente de Francia se vio matizada por los importantes avances logrados por Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, que quedó en segundo lugar con un 34% del apoyo. Si Macron no logra las reformas que prometió y el año termina con su índice de aprobación en descenso, Le Pen podría estar bien situada para sustituirlo la próxima vez.

Del mismo modo, en Alemania, los democristianos de Angela Merkel repitieron como el principal partido en septiembre. Pero parte de sus votantes se fue al partido de extrema derecha Alternativa para Alemania, mientras que los socialdemócratas de centroizquierda fueron aplastados. Al terminar el año, Merkel todavía luchaba por formar un nuevo Gobierno de coalición.

La agitación política en Alemania, sin precedentes en la posguerra, es un factor más en el nerviosismo que vive la UE. Reino Unido está concentrado en la negociación del Brexit, que solicitó formalmente en marzo con fecha de salida en 2019. Para completar la incertidumbre, el gobierno conservador de May perdió su mayoría parlamentaria en las mal concebidas elecciones anticipadas de junio. En Italia, una alianza de derechas supervisada por Silvio Berlusconi, el desacreditado ex primer ministro, se prepara para el regreso en 2018.

En España, una declaración de independencia de los dirigentes separatistas catalanes fue rechazada por el gobierno unionista de Mariano Rajoy. En Europa oriental, creció el euroescepticismo. Los gobiernos de Polonia y de Hungría se enfrentaron a la Comisión Europea por derechos civiles y medios de comunicación. Los Estados bálticos se preocuparon por la seguridad y la OTAN desplegó tropas en las zonas fronterizas.

Las intenciones de la Rusia de Putin parecen cada vez más peligrosas para toda Europa. Moscú fue acusado de utilizar ciberataques, desinformación, manipulación de los medios sociales y otras “medidas activas” para socavar y desestabilizar a todas las democracias occidentales, no sólo la de Estados Unidos.

En Gran Bretaña, Theresa May dijo en un duro discurso pronunciado en noviembre que Putin estaba “convirtiendo la información en un arma”. “Rusia, sabemos lo que estás haciendo”, dijo. A final del año se han presentado peticiones en Gran Bretaña para investigar las denuncias de que el dinero ruso, los trolls y los bots de Internet influyeron en el resultado del referéndum por el Brexit de 2016. En la propia Rusia, el Gobierno intensificó la intimidación de políticos opositores y medios de comunicación independientes antes de la esperada reelección de Putin en marzo de 2018.

Asediada por la agitación interna, Europa prestó menos atención y ejerció menos influencia en las crisis de su periferia. Las relaciones con Turquía se deterioraron en medio de las peleas con Erdogan sobre los derechos humanos. El flujo de refugiados y de emigrantes económicos de Siria y del norte de África se ralentizó, debido en parte a las polémicas medidas respaldadas por la UE para contener a los emigrantes en los campamentos de Libia. Pero hubo predicciones de que el 2018 podría traer otra gran oleada.

Europa quedó marginada, con Rusia e Irán pasando por alto la ONU para unir fuerzas y definir un posible acuerdo en Siria que mantendría a Asad en el poder. El protagonismo iraní en la guerra, su creciente influencia en Irak y Líbano y su apoyo a los rebeldes hutíes en Yemen no han provocado respuestas eficaces por parte de Occidente.

Trump agitó aún más la olla y enfureció a los palestinos  reconociendo la disputada y dividida Jerusalén como la capital de Israel y anunciando planes para llevar allí y desde Tel Aviv la embajada de EEUU. También pronunció un discurso típicamente belicista en la ONU, amenazando con romper el acuerdo nuclear multilateral de 2015 con Teherán. Dejó a Arabia Saudí, bajo la dirección del príncipe Salman, tomar medidas concretas para desafiar las ambiciones regionales de Irán.

Pero la intervención militar liderada por los saudíes en Yemen, en particular el bloqueo de sus puertos, no consiguió sino exacerbar la crisis humanitaria. Fracasó un enrevesado intento en el Líbano de hacer retroceder a Hizbolá, aliado de Irán. Y las sanciones económicas y diplomáticas saudíes para obligar a Qatar a renunciar a sus vínculos con Irán tuvieron el efecto contrario.

En medio de toda esta agitación fracasó el inoportuno intento de los kurdos iraquíes de crear un Estado independiente. Si hay algo predecible para Oriente Medio es la creciente confrontación en 2018 entre Irán y Trump, respaldada por Israel.

Ataques terroristas

Muchos conflictos y problemas preexistentes persistieron o empeoraron en 2017. La guerra civil de Siria se prolongó sin piedad. En abril, Trump lanzó un ataque con misiles contra un presunto depósito de armas químicas, pero por lo demás ignoró el conflicto.

En Afganistán, el impacto de la insurgencia empeoró considerablemente. Tras 16 años de guerra, las bajas civiles alcanzaron niveles récord, según las cifras de la ONU. Hubo un aumento del 43% en muertes y lesiones atribuidas a los ataques aéreos de Estados Unidos y Afganistán. Los talibanes fueron culpados de dos tercios del total. Las cifras afganas reflejan una tendencia más amplia.

Bajo Trump, los militares estadounidenses han incrementado enormemente el uso de drones armados, particularmente en Somalia, donde los aviones no tripulados atacaron al grupo terrorista al-Shabaab.

Las nuevas tácticas no detuvieron los ataques terroristas. En Mogadiscio, centenares de personas murieron por la explosión de un camión bomba particularmente devastador en octubre. En el Sinaí septentrional de Egipto, más de 300 fieles musulmanes sufíes fueron asesinados por un grupo vinculado al Estado Islámico (EI).

Los terroristas también golpearon a los países implicados en la campaña internacional contra ISIS. El horror llegó a Londres, Manchester, Barcelona, París, Ankara, Teherán y Nueva York. A medida que ISIS fue desplazándose lentamente de sus bastiones en Raqqa y Mosul, aumentó la preocupación de que sus partidarios se estaban reagrupando en el norte de África o volviendo a los países de origen en Europa y Asia.

El año también tuvo su ración de desastres humanitarios, provocados o no por el hombre. La guerra, la hambruna y las enfermedades devastaron aún más Sudán del Sur, mientras que Yemen sufrió un destino similar, totalmente evitable.

En Myanmar, una campaña de limpieza étnica dirigida por el Ejército expulsó a un gran número de musulmanes rohingyas que huyeron hacia Bangladesh. El sufrimiento resultante trajo consigo duras críticas a la dirigente civil de Myanmar, la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, por parte de los que no llegan a entender sus limitados poderes en un país aún dominado por los generales.

Huracanes destructivos vinculados al calentamiento global azotaron el Caribe y el sur de Estados Unidos, mientras que olas de calor e incendios forestales castigaron Australia y California. Un terremoto sacudió México en septiembre, matando a 369 personas. Para consternación de los activistas, un estudio demostró que las concentraciones de  CO2 en la atmósfera aumentaron a velocidades récord.

Mientras tanto, Trump se retiró del acuerdo de cambio climático firmado en París en 2016. Aun así, muchos estados y ciudades estadounidenses prometieron adherirse a los objetivos de París, mientras que el resto del mundo decidió unánimemente ignorar a la Casa Blanca.

En Europa, los coches eléctricos ganaron mayor aceptación, la tecnología de almacenamiento de las baterías avanzó y los fabricantes de coches anunciaron planes para eliminar progresivamente los modelos de gasolina y diésel.

Hubo muchas otras luces de esperanza y progreso. En julio, 122 países votaron en la ONU para apoyar un nuevo tratado de prohibición de las armas nucleares, una declaración simbólica, pero poderosa. En noviembre, el tribunal internacional de La Haya condenó al exgeneral serbio Ratko Mladic a cadena perpetua por genocidio durante la guerra de Bosnia, aunque, en general, fue un año desalentador para el Derecho internacional.

Brasil y Colombia, recuperándose de profundos escándalos de corrupción, el primero; y de una guerrilla insurgente, el segundo, convocaron unas elecciones en 2018 para fortalecer su posición. Las perspectivas de una Venezuela económicamente tocada fueron menos alentadoras. La decisión del combatido presidente socialista Nicolás Maduro de nombrar a un político de su partido como jefe de la petrolera estatal PDVSA alentó los rumores de que las exportaciones petroleras, vitales para el país, podrían caer. Eso elevaría los precios del crudo en el mercado mundial para 2018.

Sudáfrica vio crecer la furia popular por la cleptocracia y la corrupción asociadas con la presidencia del ANC de Jacob Zuma. Y en Zimbabue, el anciano déspota Robert Mugabe fue retirado pacíficamente del poder, haciendo que tiemblen en sus asientos los obstinados autócratas de Uganda y otros países.

 

Lino GONZÁLEZ VEIGUELA, “Elecciones que vigilar en 2018” a esglobal (3-01-18)

https://www.esglobal.org/elecciones-vigilar-2018/

Son muchos los países en diferentes partes del globo que este año votan, Brasil, Colombia, Rusia, Hungría, México o Irak, además de las mid-term en EE UU, pero son solo alguno de ellos. He aquí los 13 lugares que este año celebrarán elecciones a las que es mejor no perder de vista por el interés nacional e internacional que suscitan.  

Italia

Tipo: generales

Fecha: 4 de marzo

¿Qué está en juego? Silvio Berlusconi y Matteo Renzi han vuelto al centro de la escena política italiana. Este último disputará el voto del centro-izquierda no sólo a sus rivales ideológicos sino también a muchos de sus antiguos compañeros del Partido Democrático (PD), opuestos a su liderazgo y reunidos en torno al exmagistrado Pietro Grasso. De momento, en las encuestan sigue liderando la intención de voto el Movimiento 5 Estrellas, con Luigi Di Maio (nacido en 1986) como su cabeza de lista. La Liga Norte, por su parte, liderada por Matteo Salvini apuesta por lograr votos en todo el territorio nacional, tras décadas dirigiendo algunas de sus peores invectivas contra el sur del país y sus habitantes. A pesar de la ventaja en intención de voto de 5 Estrellas –qua anuncia un posible referéndum sobre salida del euro si sus principales reclamaciones no son atendidas en Bruselas-, los analistas ven poco probable que llegue a gobernar. Ya están realizando cálculos para las posibles coaliciones de gobierno que impedirían gobernar a los seguidores de Beppe Grillo. Entre las mejores situadas por el momento está la que agruparía a Forza Italia (Berlusconi) con la Liga, como principales fuerzas, y la de centro-izquierda, sumando votos del PD y la Alternativa Popolare de Angelino Alfano, que sostiene actualmente al Gobierno de Paolo Gentiloni. Hace unos días se publicaba que fragmentación política podría ser excesiva incluso para conformar coaliciones de gobierno estables. En el caso de que esto sucediera, sería posible valorar el nombramiento de un primer ministro de consenso, y para ello, el nombre de Gentiloni suena entre los candidatos.

Colombia

Tipo: legislativas y presidenciales

Fecha: 11 de marzo y 27 de mayo, respectivamente

¿Qué está en juego? El futuro del Acuerdo de Paz firmado con la guerrilla de las FARC será uno de los temas centrales de la larga –y fragmentada– campaña política que le espera a Colombia en los próximos meses. El líder de las FARC Rodrigo Londoño, alias Timochenko, se presentará como cabeza de lista del partido político sucesor de la guerrilla. En el otro extremo ideológico, se encontrará con Iván Duque, candidato del Centro Democrático, partido controlado por el expresidente y actual senador Álvaro Uribe, visceralmente opuesto al Acuerdo de Paz y que cuenta con un gran capital político ante muchos electores. El candidato que mejores resultados obtiene a día de hoy en intención de voto para sustituir a Juan Manuel Santos es, sin embargo, Sergio Fajardo, el que fuera alcalde de Medellín y gobernador de la región de Antioquia. A falta de oficializar su candidatura, Fajardo concurriría como cabeza de lista de Coalición Colombia. Se ha mostrado claramente favorable de consolidar la paz con las FARC como un objetivo de Estado en el futuro inmediato de Colombia. También concurrirán como candidatos el exvicepresidente, Germán Vargas Lleras, la conocida exsenadora Piedad Córdoba o el exalcalde de Bogotá Gustavo Petro.

Rusia

Tipo: presidenciales

Fecha: 18 de marzo

¿Qué está en juego? Tras el anuncio de Vladímir Putin confirmando que volverá a presentarse a las elecciones, la única duda estriba en saber qué porcentaje de votos obtendrá. Sería una gran sorpresa que necesitase una segunda vuelta para confirmar su control del país. La única preocupación del Kremlin de cara a mantener la aparente legitimidad de las elecciones será lograr un porcentaje de participación razonable. Cabe esperar que el régimen, teniendo más que asegurada la victoria, focalice sus principales esfuerzos en aumentar el número de rusos que acudan a las urnas. La popularidad de Putin entre sus conciudadanos, incluidos los más jóvenes que no han conocido a otro líder, permanece en niveles elevados gracias a una maquinaria mediática bien engrasada –y controlada-, pero el entusiasmo de la población por validar el sistema con su voto es escaso. En las elecciones locales del pasado septiembre apenas se superó el 10% de participación en muchas regiones del país. El principal líder de la oposición, Alexéi Navalny, no podrá presentarse a la elección y la única candidata liberal que se presenta, Ksenia Sobchak –hija del que fuera el mentor político de Putin-, está registrando una mínima intención de voto en la esfera nacional. En este escenario monocorde, habrá que ver si la oposición convoca movilizaciones

Egipto

Tipo: presidenciales

Fecha: marzo

¿Qué está en juego? Abdel Fatah al Sisi ha anunciado que se presentará a la reelección. Sería su segundo mandato como presidente. Además de prohibir la actividad de los Hermanos Musulmanes, ganadores de las primeras elecciones democráticas en el país celebradas en 2012, el régimen de Al Sisi ha desplegado en estos últimos años una intensa actividad represora contra opositores de todo signo, tanto islamistas como laicos. El nivel de represión y torturas ha sido calificado por analistas y ONG como muy superior al del régimen de Mubarak. En la esfera internacional se ha ganado el respaldo de las principales potencias ofreciéndose como un dirigente capaz de mantener la estabilidad. También ha firmado abultados acuerdos para la compra de armas -10 en los últimos años- con diversos aliados como Rusia, su principal socio en este campo, Francia o Alemania. Los candidatos a la presidencia que se opondrán a Al Sisi están sufriendo el hostigamiento del régimen a la hora de consolidar sus candidaturas. El pasado 19 de diciembre el coronel Ahmed Konsowa fue condenado por haberse manifestado políticamente en público, algo prohibido a los militares. El abogado de izquierdas Jaled Ali ha recibido condenas menores y la imprenta en la que se imprimía la documentación para la campaña fue registrada y el material requisado. El último en atreverse a presentar su candidatura ha sido el que fuera militar y primer ministro bajo el régimen de Mubarak, Ahmed Shafiq, quien ha tenido numerosos problemas para abandonar Emiratos Árabes Unidos –país que apoya a la dictadura de Al Sisi- con destino a Egipto tras proclamar su intención de presentar su candidatura. Shafiq estuvo cerca de ganar las presidenciales al líder de los Hermanos Musulmanes Mohamed Morsi, en prisión desde 2013.

Hungría

Tipo: presidenciales y parlamentarias

Fecha: marzo y mayo

¿Qué está en juego? El partido del actual primer ministro Viktor Orban, Fidesz, es el favorito para ganar las próximas elecciones parlamentarias. Sumando los votos de su actual socio, el Partido Demócrata Cristiano, volvería a lograr la mayoría de escaños. Orban ya ha anunciado que va a basar su campaña en su postura antimigratoria, uno de los grandes debates que encara su país, según sus palabras, junto con la cuestión del impacto de la globalización en la economía en los Estados- nación. El ambiente político en Hungría está tan enrarecido que el principal partido de la oposición –a tenor de las encuestas- es el ultranacionalista de extrema derecha Jobbik. Hace unos días, sin embargo, sus líderes anunciaron que podrían verse forzados a no participar en las elecciones parlamentarias tras recibir una multa de 2 millones de euros por un cargo de donaciones ilegales. Está por ver en qué medida beneficiará a Fidesz esta exclusión. En el campo liberal, según las encuestas, ningún partido conseguiría superar la barrera del 10% de los votos, ni el viejo partido socialista ni el joven movimiento Momentum, liderado András Fekete-Győr  (28 años). Sólo una coalición liberal podría aspirar a obtener una representación reseñable, aunque no sería suficiente para impedir a Orban gobernar.

Irak

Tipo: parlamentarias y provinciales

Fecha: mayo

¿Qué está en juego? Los últimos meses han sido intensos dentro de Irak. El Ejército –con la ayuda internacional de Irán y Estados Unidos- ha conseguido victoria tras victoria contra Daesh. Además, el poder central de Bagdad ha conseguido neutralizar –al menos de momento- la independencia del Kurdistán. El primer ministro Haider al Abadi, de confesión chií, se ha consolidado como una figura respetada por sus aliados internacionales, que destacan la gran diferencia en su forma de hacer política respecto a su predecesor Nuri al Maliki. Este reconocimiento viene también dado por políticos suníes dentro de Irak. Hasta diputados partidarios de Muqtada al Sadr –la facción chií  más beligerante contra la clase política bagdadí- le reconocen su compromiso en la lucha contra la corrupción. La pregunta es si su figura de consenso logrará obtener el respaldo suficiente en las próximas elecciones parlamentarias. La inmensa mayoría de frentes en los que el actual primer ministro ha tenido éxito siguen abiertos: la reclamación de los kurdos –que han retrasado sus elecciones regionales hasta la próxima primavera- de más poder en Bagdad; la injerencia de las potencias extranjeras; la fragmentación política, incluida la que existe dentro de la confesión chií –con Al Sadr y Al Maliki como figuras destacadas-, y una situación económica desastrosa. Por no hablar de los millones de refugiados y desplazados internos. Hace unas semanas Al Abadi afirmó que los líderes de las milicias armadas que se han ido formado y ganando poder  paralegal durante los últimos años no podrán presentarse a las próximas elecciones.

 

bano

Tipo: parlamentarias

Fecha: mayo

¿Qué está en juego? Las primeras elecciones parlamentarias en Líbano desde 2009 se celebrarán finalmente el próximo mes de mayo (suponiendo que no se produzca un nuevo retraso: sería el cuarto en 11 años).  El actual primer ministro Saad Hariri protagonizó un episodio rocambolesco el pasado mes de noviembre tras abandonar el país rumbo a Arabia Saudí y presentar su dimisión. Argumentó que la injerencia del grupo armado chií Hezbolá en los asuntos de otros países (principalmente Siria e Irak) estaba complicando la estabilidad del Líbano. Hariri terminó regresando y retirando su dimisión. El papel de Hezbolá en los conflictos regionales se enmarca dentro de la lucha entre Arabia Saudí e Irán por afianzar su presencia y poder en la región a través de sus respectivos aliados. De momento, va ganando Irán, que ha conseguido –entre otras cosas- rescatar al régimen sirio, con una larga tradición de injerencia en Líbano. Una de las principales novedades de estas elecciones será la aplicación de la nueva ley electoral acordada el pasado verano que redefine los distritos electorales y que, según algunos expertos, puede suponer un punto de inflexión respecto al anterior reparto electoral de escaños sectario establecido con los acuerdos de Taif que pusieron fin a la guerra civil en 1989. Una de las novedades de la ley electoral es que permitirá a los electores registrarse online, lo que favorecerá el voto de una parte significativa de la numerosa diáspora libanesa.

Camboya

Tipo: generales

Fecha: julio

¿Qué está en juego? El primer ministro Hun Sen, en el poder desde 1998, está dispuesto a celebrar elecciones en 2018 y, sobre todo, está decidido a ganarlas cueste lo que cueste. Las autoridades camboyanas llevan meses practicando una intensa campaña de represión que ha tenido como objetivos a varios partidos y líderes políticos –se ha disuelto el principal partido opositor-, a medios de prensa y a organizaciones de la sociedad civil. Estados Unidos y la Unión Europea han retirado su ayuda económica para la organización de las elecciones y desde ASEAN se ha declarado que las elecciones no serán consideradas legítimas en estas condiciones. Pero a Hun Sen parece no importarle esa reprobación internacional, a pesar de que tanto Washington como Bruselas están considerando aumentar la presión sobre el primer ministro aplicando sanciones comerciales: ambos mercados son los principales destinos de las exportaciones de Camboya, cruciales para la economía del país. El único respaldo que tiene Hun Sen proviene de Pekín. Las inversiones productivas de China en Camboya son elevadas. Además, también ofrece ayuda al desarrollo y préstamos en condiciones ventajosas. Sen está dispuesto a apostar el futuro del país, y el suyo propio, a la carta china. A China, de momento, no parece desagradarle esta idea.

México

Tipo: presidenciales

Fecha: julio

¿Qué está en juego? Como en pasadas elecciones presidenciales, la gran pregunta es si el histórico dirigente de la izquierda mexicana, Manuel López Obrador, logrará alcanzar por fin la presidencia. Enfrente tendrá a un candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade, al que tratan de presentar como independiente, por no estar afiliado al partido y haber servido en administraciones tanto del PRI como del Partido de Acción Nacional (PAN). Meade cuenta con una larga trayectoria política. Ha ocupado varias secretarias de Estado en los últimos años, la última –hasta noviembre-, la de Hacienda. En su contra tendrá el desprestigio de una Administración con varios de sus altos cargos implicados en casos de corrupción y que no ha conseguido proponer soluciones a ninguno de los grandes problemas del país. Su última decisión polémica ha consistido en aprobar una ley de seguridad que confirma la militarización de la seguridad pública, denunciada por la oposición y por varios relatores de la ONU como muy peligrosa para el futuro de los derechos humanos. Obrador y Meade tendrán que enfrentarse a una coalición de partidos – PAN, PRD y Movimiento Ciudadano- que concurrirán bajo el nombre: Por México al Frente. Aún no han elegido a su próximo candidato, y en algunos estados parecen estar encontrando dificultades para acordar las listas. Las presidenciales mexicanas no cuentan con una segunda vuelta, así que como recordaba, recientemente, Andrés Oppenheimer, es muy factible que, dada la fragmentación del voto, sea quien sea el ganador, este obtenga la  presidencia con un porcentaje de votos lejos de la mayoría absoluta.

Pakistán

Tipo: parlamentarias

Fecha: julio

¿Qué está en juego? Hace unos meses el primer ministro, Nawaz Sharif, se vio obligado a dimitir por las pruebas de corrupción contenidas en los conocidos como Papeles de Panamá. Sharif ha sido una de las figuras políticas claves del país durante las últimas décadas. Su liderazgo al frente de la Liga Musulmana de Pakistán, que controla actualmente la Cámara Baja –y que era el favorito para las próximas elecciones-, será ocupado por su hermano Shehbaz Sharif, nominado ya como candidato a primer ministro. Enfrente tendrá a los candidatos de los dos principales partidos con más opciones. Uno de ellos es el Partido Popular de Pakistán (PPP), que tendrá que decidir si apuesta finalmente por presentar al último exponente de la dinastía Bhutto, el joven Bilawal Bhutto, apoyado por su padre, Asif Ali Zardari, con una larga historia política a sus espaldas y numerosas acusaciones de corrupción que le han valido el sobrenombre de Mr. 10%. El tercer partido con opciones de obtener un buen resultado electoral es el Movimiento por la Justicia en Pakistán (PTI) liderado por el conocido político y exjugador de críquet Imran Khan. Hace unas semanas, Hafiz Saeed, acusado por Estados Unidos de ser el cerebro que planificó el gran ataque terrorista en Bombay de 2008 y de liderar el movimiento radical islamista Lashkar-e-Taiba, anunció su intención de presentarse a las elecciones parlamentarias al frente de la Liga Musulmana Milli. Estados Unidos sigue ofreciendo 10 millones de dólares por su captura.

Libia

Tipo: presidenciales y parlamentarias

Fecha (provisional): 30 de septiembre

¿Qué está en juego? A comienzos de diciembre, la Comisión Electoral anunció que se abría el registro de electores para los comicios del año próximo. Naciones Unidas ha estado trabajando para forzar a todas las partes a que alcancen un acuerdo que permita celebrar las elecciones antes del fin de 2018. A pesar del alto el fuego del pasado verano, el país sigue dividido y cuenta con dos Gobiernos, el del primer ministro Fayez al Sarraj en Trípoli, apoyado por la ONU y la UE, pero con escaso apoyo interno, y el del general Khalifa Haftar, que controla buena parte del Este del país desde la ciudad de Tobruk, con el respaldo de Egipto, Emiratos Árabes, Rusia y Estados Unidos. Haftar afirmaba hace unos días que el mandato de la ONU está obsoleto. La zona bajo control de Haftar –investigado por la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de guerra- produce buena parte de todo el petróleo libio. Las negociaciones para acordar un calendario electoral no serán fáciles. El hijo de Gadafi, Saif al Islam –con una orden de captura de la CPI- ha anunciado su intención de presentarse a las próximas elecciones, tras recabar, según su portavoz, el apoyo de algunos líderes locales. El general Haftar ha declarado que no se opone a su candidatura política. Los libios enfrentan una vida cotidiana con hiperinflación, la casi total ausencia de servicios públicos y un sistema bancario inoperante.

Brasil 

Tipo: generales

Fecha: octubre

¿Qué está en juego? La caída de Brasil en los últimos años ha sido contundente. De país emergente mundial, con un modelo social y económico envidiado, ha pasado a convertirse en uno con una grave crisis económica, una violencia desatada y una lista de políticos condenados por corrupción que no deja de crecer. Tras la destitución de Dilma Rousseff en 2016, el actual Gobierno de Michel Temer ha estado gestionando en los últimos meses a un Brasil al borde del colapso. Su último obstáculo está siendo la reforma del sistema de pensiones. Las protestas y los trámites parlamentarios han ido rebajando algunas de las pretensiones del Ejecutivo, pero aun así sigue siendo impopular. Se votará en febrero. A pesar de todo, el actual ministro de Finanzas, Henrique Meirelles, uno de sus promotores, ha comentado ya su intención de presentarse como candidato a las presidenciales. De momento, tiene pocas opciones. A día de hoy, el candidato con más opciones, según las encuestas, para llegar a la segunda vuelta es el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, a pesar de haber sido condenado el pasado julio por un caso de corrupción. Silva sigue siendo para millones de brasileños el presidente que construyó la alternativa política más esperanzadora de las últimas décadas. El segundo candidato con más intención de voto está situado el diputado Jair Bolsonaro, un nacionalista de extrema derecha con ideas brutales sobre cómo enfrentarse al crimen que está creciendo en las principales ciudades del país, además de ser conocido por su comentarios misóginos, homofóbicos, racistas y contra los indígenas. En tercer lugar, estaría situada la popular exministra de Lula, Marina Silva.

Estados Unidos

Tipo: parlamentarias y estatales

Fecha: noviembre

¿Qué está en juego? La excepcionalidad política en la que se ha instalado la política estadounidense condicionará las próximas elecciones de mitad de mandato (mid-term) en las que se renuevan los escaños del Congreso y un tercio del Senado (ambas Cámaras controladas actualmente por los republicanos). Además, se celebran elecciones a gobernador en dos tercios de los 50 estados. En un país con una dinámica política más estable, la última gran reforma fiscal aprobada por la Administración Trump se convertiría en un tema de campaña con suficiente recorrido para seguir siendo aún relevante en las elecciones de noviembre. Pero vista la acelerada trayectoria del Gobierno estadounidense cabe esperar que en los próximos meses se produzcan otros anuncios relevantes que puedan terminar condicionando el voto. Las elecciones de mitad de mandato no suelen registrar una participación tan elevada como las presidenciales y suelen ser negativas para el partido que ostenta la presidencia. ¿Conseguirán los demócratas movilizar esta vez a los electores? ¿Apostarán por convertir las elecciones en una especie de plebiscito contra el presidente? Trump registra unas bajas tasas de aprobación y varias de sus políticas han conseguido movilizar a partes significativas de las bases demócratas, logrando un incremento en las donaciones de campaña.

 

Jorge DÍAZ LANCHAS, “Qué cabe esperar de la economia mundial en 2018?” a Agenda Pública (29-12-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/cabe-esperar-la-economia-mundial-2018/

2017 finaliza. Ha sido un año intenso en el que multitud de fenómenos han tenido lugar y muchos tantos han quedado abiertos. Mirando hacia atrás, podemos decir que hemos tenido de todo. Desde tensiones geopolíticas, muchas de ellas levantadas por parte de las administraciones de Putin, Trump y Kim Jong-Un sin más motivo que el de desestabilizar el panorama internacional, hasta las divisiones políticas internas en países como Francia, Polonia y Países Bajos, entre otros, o incluso los penosos desastres naturales en varios de países emergentes.

Pese a todo esto, la economía mundial ha mejorado más de lo esperado. O así lo plantea el Fondo Monetario Mundial. De acuerdo a éste, las revisiones se han realizado al alza. Mientras que el año 2017 parece terminar con un crecimiento agregado del 3.6%, el 2018 se prevé que alcance el 3.7%. Aunque estos datos pueden esconder trayectorias nacionales diferentes pues, mientras la zona Euro, Japón, China, Rusia y la “Europa emergente” han mostrado una tendencia creciente y positiva, Estados Unidos, Reino Unido e India han frenado su crecimiento. Esta tendencia global ha tenido lugar gracias a un rebote del comercio mundial respecto del año 2016, y a una mejora generalizada de las expectativas de consumidores y empresas, principalmente en las economías desarrolladas. Además, las commodities han contribuido al mismo, pues un leve repunte en el precio de las materias primas ha permitido que países altamente dependientes de ellas como Brasil, Argentina y Rusia, hayan podido salir de las crisis que padecieron durante los año 2013-2015.

Pero no nos dejemos llevar por el entusiasmo, pues el mundo es mucho más extenso que este conjunto de países. La siguiente figura muestra esta heterogeneidad para la totalidad de los mismos. En concreto, muestra la tasas de crecimiento del PIB (real) que el FMI prevé para 2018.

1

A excepción del desastre económico de Venezuela y de ciertos casos puntuales en África, se espera que todos los países crezcan a lo largo del próximo año. Las cuencas asiáticas del Pacífico y el Índico seguirán mostrando sus ya tradicionales tasas de crecimiento medias por encima del 5.5% anual, impulsadas en esencia por el consumo, la inversión y una estable entrada de capitales. Aun así, la región en su conjunto no está carente de riesgos para 2018. Entre ellos, podríamos hablar de la incertidumbre que generarían cambios geopolíticos bruscos, como la reaparición de tensiones en el Mar de China, o entre las dos Coreas y Japón; giros abruptos hacia políticas domésticas en cada país, como resultado de una vuelta hacia cierto proteccionismo comercial; una salida de capitales repentina de la región como consecuencia de que en EEUU y Europa la deuda pública ganase un mayor atractivo; y, muy especialmente, un ajuste duro en la economía china ligado a los elevados volúmenes de deuda pública y privada de dicho país. Además, no hay que olvidar que esta región del mundo muestra un problema de envejecimiento de la población cada vez más acuciante, y que posiblemente no pueda llegar a solventar si no eleva de nuevo las bajas tasas de productividad que parece estar mostrando.

Atendiendo al resto de economías emergentes, el crecimiento en regiones como el África subsahariana, el Oriente Medio y Latinoamérica, parece haberse estancado, manteniéndose en tasas reducidas a lo largo del nuevo año. Si bien apuntábamos a los efectos positivos del leve repunte en el precio de las commodities, los descensos acumulados que éstas experimentaron durante 2010-2015, deterioraron las balanzas comerciales de muchos países reduciendo sus capacidades fiscales, especialmente en Latinoamérica (Chile, Colombia, Mexico, Argentina o Brasil, entre otros). Este empeoramiento de las balanzas fiscales nacionales finalmente ha acabado redundando en aumentos progresivos de deuda pública. Esto en última instancia podría reducir el margen de maniobra fiscal de muchos de estos países de cara a que puedan hacer frente a posibles recesiones de la actividad económica, o a  potenciar las infraestructuras, el capital humano y, por ende, la productividad del país en el largo plazo.

Por último, la gran encrucijada parece seguir manteniéndose en las economías desarrolladas: la zona Euro y EE.UU. La baja inflación parece no querer repuntar, posiblemente debido a la baja demanda interna que poco a poco se va recuperando en Europa, pero que muestra ya signos de agotamiento en EE.UU. Y es que este país lleva muchos trimestres encadenados de crecimiento, lo cual arroja dudas acerca de cuan sostenido puede ser este patrón, independientemente de lo que haga el presidente Trump. De mantenerse por mucho más tiempo la baja inflación, cada vez podríamos esperar una peor reacción por parte de los Bancos Centrales (la FED y el BCE), pues se quedarían sin “armas” con las que poder reactivar la economía. O lo que es peor, su credibilidad se podría ver deteriorada si tuviesen que seguir prolongando en el tiempo sus políticas de expansión monetaria. En este caso, estarían arrojando un mensaje de recrudecimiento y de no salida de la crisis.

Pese a todo ello, la situación fiscal de las economías del Euro va mejorando. Cada vez más países muestran menores niveles de déficit fiscal y de deuda pública, lo que puede permitir a los gobiernos nacionales aflojar el lazo de la austeridad fiscal que durante tantos años ha estado apretando. De hecho, el desempleo también muestra signos de mejora en todos los países europeos, aunque no por ello las condiciones laborales siguen el mismo comportamiento. Es aquí donde entra el gran puzle de la recuperación económica ya que ésta no viene acompañado de subidas salariales. De acuerdo al FMI, el exceso de temporalidad, de empleos a tiempo parcial y, en definitiva, la baja productividad que muestran las economías avanzadas, estarían explicando los raquíticos resultados salariales.

Aun así, los riesgos para estos países no terminarían aquí. Sin entrar a analizar los vaivenes políticos de la administración americana, cabe esperar que la reforma fiscal de Trump, consistente en una bajada drástica de impuestos que presumiblemente beneficiará a las clases (muy) altas, acabe deteriorando nuevamente su margen fiscal y siga ahondando en los problemas de desigualdad que afronta el país. Por su parte, la inestabilidad política interna de Europa puede suponer el gran talón de Aquiles de su recuperación. Si Merkel no consigue formar gobierno en Alemania, Macron no llegase a satisfacer ni a su electorado ni a sus aspiraciones europeístas, el recientemente formado gobierno austríaco empujase por políticas migratorias más restrictivas, buena parte de los países de Europa del Este (la Europa Emergente) siguiesen con sus tensiones euroescépticas, y las instituciones europeas siguiesen encorsetadas por los Estados-miembro, difícilmente veremos una recuperación que llegue a todas las capas sociales, y peor aún lo tendremos para apaciguar la ola de populismos. Con este panorama, esperemos que la clase política no se duerma ante el balón de oxígeno que le ha proporcionado el año 2017…y sepa reaccionar en el 2018.

 

Zaki LAïDI, “Europa entre Trump i Xi” a Project Syndicate (4-01-18)

https://www.project-syndicate.org/commentary/europe-between-trump-and-china-by-zaki-laidi-2018-01/spanish

– La última conferencia ministerial de la Organización Mundial del Comercio, que tuvo lugar en diciembre en Buenos Aires, Argentina, resultó siendo un fiasco. Los participantes no fueron capaces de realizar una declaración conjunta, pese a lo limitado de la agenda. Sin embargo, no todos quedaron decepcionados por este resultado: China mantuvo un silencio diplomático, en tanto que Estados Unidos pareció celebrar el fracaso del encuentro. Malas noticias para Europa, que al expresar su descontento se quedó virtualmente sola.

A menudo se apunta que, ante el miope proteccionismo del presidente Donald Trump, la Unión Europea tiene la oportunidad de asumir un mayor liderazgo internacional y, al mismo tiempo, fortalecer su posición en el comercio global. El tratado de libre comercio recientemente firmado con Japón le dará una clara ventaja sobre Estados Unidos en agricultura, y el fortalecimiento de los lazos comerciales con México podría tener un impacto similar, a medida que Estados Unidos renegocie los términos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Algunos plantean que Europa debería aliarse con China para fortalecer todavía más su posición. A pesar de su reticencia en la conferencia de la OMC, últimamente la potencia asiática ha intentado posicionarse como un defensor del multilateralismo. Una asociación sino-europea podría constituir una poderosa fuerza que contrarrestaría el impacto negativo de Estados Unidos en el comercio internacional y la cooperación.

Sin embargo, no hay seguridades de algo así vaya a concretarse. Es cierto que Europa y China convergen en una visión general positiva de la globalización y el multilateralismo. Pero mientras Europa apoya una especie de “multilateralismo ofensivo” que busca reforzar las reglas de las instituciones existentes y sus mecanismos de cumplimiento, China se resiste a cambiar las normas existentes, especialmente si fortalecen la aplicación de reglas que pudieran limitar su capacidad de maximizar sus propias ventajas.

El deseo de Europa de obligar a China a adherir a reglas comunes alinea sus intereses más estrechamente con Estados Unidos, país con el que comparte varios reclamos, desde el constante subsidio de China a las empresas privadas hasta la persistencia de barreras de acceso a su mercado. Según un estudio reciente, las barreras de acceso al mercado establecidas por China han tenido un elevado coste para el crecimiento de las exportaciones de la UE.

No obstante, Estados Unidos y la UE no comparten la misma visión sobre cómo abordar estas quejas. Con el fin de limitar el abuso de las normas de la OMC por parte de China, los líderes europeos quieren poder negociar reglas nuevas y más claras, ya sea en el marco de un acuerdo bilateral de inversiones o mediante un acuerdo plurilateral sobre licitaciones públicas.

Trump no quiere reformar el sistema; quiere hundirlo. De hecho, dado que Trump está buscando utilizar los acuerdos bilaterales para conseguir reducciones en el déficit comercial de Estados Unidos, no se puede excluir la posibilidad de que abandone por completo la OMC: un escenario de pesadilla para la UE, que promueve las normas en común por sobre la fuerza.

El predecesor de Trump, Barack Obama, tenía su propia solución. Nuevos marcos multilaterales –el Acuerdo de Asociación Transpacífica (TPP) con Asia y la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP) con la UE– limitarían el espacio de maniobra de China. Como tales marcos implicaban una convergencia normativa, Estados Unidos y la UE podrían hubieran podido definir los estándares de la nueva economía emergente global, obligando a China a aceptarlos o quedarse atrás.

Sin embargo, este proyecto ha sido herido de muerte. Si bien comprensible, el esfuerzo de Obama por concluir ambos acuerdos antes del final de su presidencia ocasionó serias preocupaciones sobre sus prisas. Los europeos reconocían que la convergencia normativa total entre Estados Unidos y la UE en la práctica tomaría al menos una década. En consecuencia, bajo la presión de sus ciudadanos los líderes europeos comenzaron a expresar su preocupación sobre las deficiencias del TTIP, por ejemplo, en términos de regulaciones ambientales y sanitarias y de transparencia.

Dado su interés en común por la convergencia normativa, en especial para fortalecer su posición frente a China, finalmente Estados Unidos y la UE tendrán que volver a cooperar. Pero es improbable que esto ocurra mientras Trump sea Presidente y defienda la reciprocidad bilateral por sobre el multilateralismo.

Por el contrario, es muy probable que los Estados Unidos de Trump sigan aprovechando su inmensa influencia comercial para asegurarse beneficios estratégicos o políticos. Europa se encuentra en una desventaja significativa en este frente. Después de todo, la UE no es un estado, y no habla con una sola voz en los asuntos internacionales. No está fuera de discusión que los chinos, que hablan el lenguaje de la realpolitik con fluidez, prefieran las demandas ad hoc de los estadounidenses a las condiciones multilaterales de los europeos.

En este contexto, la máxima prioridad de la UE debería ser unificar las posiciones de sus estados miembros con el objetivo de superar las barreras erigidas por Estados Unidos y crear sistemas en común para limitar a China. Pero esto es más fácil de decir que de hacer. En la situación actual, muchos países de la UE se resisten a la introducción de cualquier restricción comercial, ya sea debido a un excesivo compromiso con los ideales económicos liberales o bien por temor a poner en peligro sus propios intereses en China, por ejemplo, estableciendo un mecanismo único de la UE para gestionar la inversión extranjera.

El surgimiento de gobiernos “antiliberales” en Europa Central y del Este complica aún más las cosas para la UE. Habiendo adoptado una visión estrecha de sus intereses, estos gobiernos no tienen interés en ninguna forma de multilateralismo. A menudo parecen fascinados por la lógica de la realpolitik propugnada por Trump, el presidente chino Xi Jinping y el presidente ruso Vladimir Putin.

Por otra parte, la búsqueda de sus intereses comerciales que hagan estos países podría violar las normas de licitación de la UE. Y no están solos dentro de ella. Por ejemplo, Grecia ha aceptado grandes niveles de inversión china. Y entonces la UE se negó a mencionar explícitamente a China en una resolución sobre el conflicto en el mar del Sur de China.

Sin duda, los países europeos no se equivocan al dar la bienvenida a la inversión china. Pero China debería actuar con reciprocidad y ofrecer una mejor acogida a las inversiones europeas. Es por esto que la UE y China deberían trabajar para culminar el tratado de inversión bilateral que han estado negociando durante años, con un progreso limitado. Este tratado debería basarse en reglas recíprocas, incluido el desmantelamiento de las barreras al mercado del país asiático.

El presidente francés Emmanuel Macron está intentando avanzar en el multilateralismo ofensivo. Pero a menos que la UE en su conjunto abrace la causa, Europa –atrapada entre China, que tiene una interpretación muy conservadora pero obsoleta del multilateralismo, y Trump, que quiere acabar con él– corre el riesgo de convertirse en víctima.

 

Tony BLAIR, “Lo que sabemos ahora” a El País (5-01-18)

https://elpais.com/elpais/2018/01/04/opinion/1515065955_667123.html

Este año que empieza va a ser decisivo para el destino del Brexit y Reino Unido. En 2017, las negociaciones eran todavía incipientes. Para 2019 será demasiado tarde. Desde una perspectiva realista, 2018 será la última oportunidad para tener voz y voto a la hora de saber si la nueva relación con Europa es mejor que la actual, y para insistir en que el “acuerdo” sea lo bastante detallado como para que ese voto sea significativo. Por eso publicamos hoy “Lo que sabemos ahora”, lo que hemos aprendido sobre el Brexit desde el 23 de junio de 2016.

Nunca he ocultado mi deseo de que Reino Unido permanezca en la Unión Europea. Esta es la decisión más importante que hemos tomado como nación desde la Segunda Guerra Mundial, una decisión que va a determinar el destino de nuestros hijos durante mucho tiempo. Estoy apasionadamente convencido de que, al salir del poderoso bloque regional de los países vecinos, a los que estamos unidos físicamente por el túnel del Canal de la Mancha, comercialmente por el Mercado Único, históricamente por infinitos vínculos culturales y políticamente por la necesidad de una alianza en una era dominada por Estados Unidos en Occidente y China e India en Oriente, estamos cometiendo un error que el mundo contemporáneo no puede comprender y las generaciones futuras no podrán perdonar. Pero lo primero que hay que conseguir no es revocar la decisión, sino reivindicar el derecho a cambiar de opinión cuando conozcamos los términos de la nueva relación.

Nadie discute la votación de 2016. Y nadie discute que, si se mantiene como expresión de la opinión de los británicos, nos iremos de la Unión. La cuestión es si, a medida que se conocen más datos, a medida que avanza la negociación y vemos con claridad la alternativa a la pertenencia actual a la UE, vamos a tener derecho a cambiar de opinión; si la “voluntad del pueblo” —una expresión de la que se abusa— es inmutable o se permite que cambie cuando nuestra percepción de la realidad se base en una información mejor.

Cuando votamos en 2016, sabíamos que estábamos votando contra nuestra situación actual en Europa, pero no sabíamos cómo sería la futura relación con el continente. Fue como tener unas elecciones generales en las que la pregunta es “¿Le gusta el Gobierno?” Si se preguntara eso, pocos Gobiernos en el poder serían reelegidos. Una vez conocida la alternativa, deberíamos poder pensárnoslo de nuevo, a través del Parlamento, unas elecciones o un nuevo referéndum, que, por supuesto, no será una repetición del anterior porque esta vez decidiríamos conociendo cuál es la alternativa.

En los últimos meses, el paisaje del Brexit —hasta ahora oculto en la niebla de las afirmaciones de un lado y otro— se ve cada vez con más claridad. Ahora contamos con la predicción presupuestaria de que, debido al Brexit, el crecimiento económico estará por debajo de las expectativas, no solo este año sino los próximos cinco años, con un promedio del 1,5%. Algo que no sucede desde hace más de 30 años. Y a eso hay que añadir la caída de nuestra moneda, la bajada del nivel de vida y la primera subida del desempleo.

Junto a eso hemos sabido que vamos a tener menos dinero para gastar en el Servicio Nacional de Salud y que, al menos durante unos cuantos años, Europa no nos va a devolver ningún dinero, sino que tenemos que pagar una gran suma.

Luego está la negociación sobre Irlanda del Norte. Afirmar que el problema se ha “resuelto” es ridículo. Se ha aplazado, nada más. Por el contrario, la negociación ha sacado a la luz la verdadera naturaleza de las decisiones a las que nos enfrentamos y las tensiones en la posición negociadora del Gobierno.

Al abordar la negociación del Brexit hay, en definitiva, cuatro opciones:

1. Cambiar de opinión y permanecer en Europa, sobre todo en una Europa reformada, en la que podamos utilizar el voto del Brexit para imponer esas reformas.

2. Abandonar las estructuras políticas de la UE pero permanecer en las estructuras económicas, es decir, el Mercado Único y la Unión Aduanera.

3. Salir de las estructuras políticas y económicas pero intentar negociar un acuerdo a medida que reproduzca las ventajas económicas actuales y nos mantenga políticamente cerca de Europa.

4. Salir de las dos estructuras, hacer de la salida virtud, negociar un Acuerdo de Libre Comercio básico y vendernos como “No Europa”.

Lo que pasa es que, aunque las tres últimas opciones sean Brexit, tienen repercusiones muy distintas. El Gobierno ha descartado la opción 2 y está tratando de negociar la 3, pero una parte importante del Partido Conservador está dispuesto a seguir la opción 4. Lo malo de la opción 3 es que no se puede negociar sin hacer unas concesiones de tal dimensión que dejan en ridículo los argumentos para marcharse. Lo malo de la opción 4 es que supondría tremendas dificultades económicas, en la medida en que habría que ajustar nuestra economía a las nuevas condiciones comerciales.

Es absurdo decir que es antidemocrático exigir que la gente tenga libertad para votar sobre el acuerdo definitivo, dada la enorme disparidad de variantes y sus consecuencias. ¿Cómo podemos juzgar la verdadera “voluntad del pueblo” sin saber cuál sería la alternativa a la situación actual, dadas las distintas repercusiones de cada alternativa? Irlanda del Norte es una metáfora del dilema central de esta negociación: o estamos en el Mercado Único y la Unión Aduanera, o tendremos una frontera dura y un Brexit duro.

Es la misma diferencia que hay entre la situación de Noruega y la de Canadá. Noruega tiene pleno acceso al Mercado Único, pero también sus obligaciones, incluida la libertad de circulación. En el caso de Canadá, hay un Acuerdo de Libre Comercio que facilita enormemente la circulación de bienes pero que incluye controles fronterizos y no supone acceso a los servicios del Mercado Único. Es un juego de suma cero: cuanto más se parezca a la opción de Noruega, más obligaciones hay; cuanto más se parezca a la opción de Canadá, menos acceso.

No se trata de saber quién es el negociador más duro. El dilema deriva de cómo se concibió el Mercado Único. Es una zona comercial única, con un sistema único de regulación y un sistema único de arbitraje, el Tribunal de Justicia Europeo. Lo importante es que no es un Acuerdo de Libre Comercio. Es otra cosa. Así que es imposible disfrutar de sus ventajas sin atenerse a sus reglas. El Mercado Único es una cosa, y un Acuerdo de Libre Comercio es otra.

Imaginemos una analogía. Supongamos que la Federación de fútbol inglesa quiere jugar un partido con Francia. Negocian el campo, la fecha, el precio de las entradas, etcétera. Pero entonces la Federación inglesa le dice a la francesa que también quieren negociar la posibilidad de tener 15 jugadores en el equipo, en lugar de 11. Los franceses dirían que lo sienten pero se han equivocado de deporte y deben hablar con la Federación de rugby.

Pues eso es lo que parece estar haciendo el Gobierno. David Davis asegura que vamos a abandonar el Mercado Único y la Unión Aduanera pero que tendremos “exactamente las mismas ventajas” en un nuevo Acuerdo de Libre Comercio. Boris Johnson habla de distanciarnos de la normativa europea pero tener unas relaciones comerciales sin fricciones y pleno acceso al mercado europeo de servicios. La primera ministra insiste en que vamos a contar con el acuerdo comercial más amplio de la historia y se olvida curiosamente de que ya lo tenemos.

Philip Hammond propone una estrecha armonización con Europa después del Brexit. Liam Fox, por su parte, habla sin parar sobre los acuerdos comerciales que lograremos una vez que estemos fuera de la Unión Aduanera y y lejos de esa armonización. Por supuesto, el Acuerdo de Libre Comercio puede ser de gran alcance, aunque, cuanto más abarque, más complicada será la negociación y mayor la armonización reguladora. Pero nunca podrá reproducir “exactamente las mismas ventajas” del Mercado Único sin obedecer sus obligaciones y regulaciones.

Las concesiones que se nos ha obligado a hacer, con razón, en el caso de Irlanda del Norte, ponen de relieve en qué consiste el dilema. Si queremos libertad de circulación de personas a través de la frontera en Irlanda, tendremos que abandonar los controles fronterizos a la inmigración. De modo que una persona podría ir del continente a Dublín, de ahí a Belfast y de ahí a Liverpool sin pasar ningún control.

Los partidarios del Brexit suelen decir que Noruega y Suecia no tienen una frontera dura para la circulación de personas. Es verdad. Pero el motivo es que Noruega forma parte del Mercado Único y, por tanto, acepta la libertad de circulación.

En cualquier caso, casi todo el mundo reconoce ya que Reino Unido necesita a la mayoría de los trabajadores inmigrantes que llegan de Europa, y, como muestra nuestro estudio, el Brexit está perjudicando ya seriamente la contratación en sectores cruciales, incluido el Servicio de Salud. Si queremos tener libre circulación de bienes, Irlanda del Norte deberá tener una relación con la UE que se rija por las normas de la Unión Aduanera. Pero, en ese caso, ¿cómo podrá estar Reino Unido fuera de esa situación?

Ese es el dilema que nos vamos a encontrar en todos los aspectos del acuerdo. ¿Cómo van a poder operar libremente los servicios financieros y otros sectores en Europa sin una armonización regulatoria? Incluso si suponemos que Europa acepta mirar caso por caso, la “armonización” tendrá que ser la que imponen las normas europeas. ¿Y cómo se resolverán las disputas en estas circunstancias si no es a través del Tribunal Europeo de Justicia? Cuando surjan estos interrogantes durante la negociación, volverán a aflorar las divisiones en el Gobierno.

La primera ministra seguirá siendo partidaria de la opción 3, hacer las concesiones necesarias y tratar de presentarlas como una forma de “recuperar el control”. Los verdaderos partidarios de marcharse se darán cuenta de que las concesiones contradicen los motivos esenciales para irse y preferirán la opción 4. Los funcionarios públicos británicos son seguramente —o al menos lo eran en mi época— los mejores de Europa. El problema no está en los negociadores sino en la negociación.

El peligro es que acabemos quedándonos con lo peor de ambos mundos. Iremos tirando, alternando entre las opciones 3 y 4 según qué sector del Partido Conservador predomine en cada momento, intentaremos “marcharnos” sin marcharnos verdaderamente, con un batiburrillo de disposiciones que permita al Gobierno asegurar que se ha materializado el Brexit pero que, en realidad, solo significará que hemos perdido nuestro puesto en la toma de decisiones.

Ese sería un resultado nefasto para el país. Y aquí es donde el Partido Laborista se enfrenta a su propio reto.Me gustaría que los laboristas mantuvieran la superioridad moral de la política progresista, que explicaran por qué la pertenencia a la Unión Europea es lo mejor por principio, por motivos económicos pero también por motivos profundamente políticos.

Estoy en desacuerdo con nuestra posición actual, por razones estratégicas, pero también tácticas. En primer lugar, cuando el Partido Laborista dice que nosotros también llevaríamos a cabo el Brexit, no puede criticar su terrible efecto de distracción. El Partido Laborista podría atacar con todas sus fuerzas los fracasos del Gobierno, desde el penoso estado del Servicio Nacional de Salud hasta la criminalidad, que, debido al abandono y la falta de apoyo a la policía, ha vuelto a aumentar. Pero para ello habría que decir: estas son las cosas que se podrían hacer por la gente si no fuera porque el Gobierno dedica todas sus energías y grandes cantidades de dinero al Brexit.

Y en segundo lugar, esta actitud nos coloca en una posición vulnerable cuando el Gobierno concluya “el acuerdo” en algún momento de 2018. Mi predicción es que el Gobierno intentará negociar un acuerdo que deje fuera muchos detalles, porque no hay forma de resolver el dilema. Aprovecharán ciertas ventajas fáciles de obtener, como el acceso a los bienes sin barreras arancelarias (y dejará para más tarde las cuestiones que no tienen que ver con los aranceles). Para Europa, que tiene un tremendo superávit de bienes respecto a Reino Unido, este aspecto está muy claro.

Ahora bien, en el acceso a los servicios, que han impulsado el crecimiento de nuestras exportaciones durante los últimos 20 años y son el 70% de nuestra economía y en los que tenemos superávit nosotros, no tendremos nada que hacer sin unas concesiones importantes. Salvo que el Gobierno encuentre una solución milagrosa para el dilema, seguramente intentará emular el “acuerdo” de diciembre sobre Irlanda del Norte, disponer de varios encabezados generales —más con aspiraciones que con detalles— y dejar muchas cosas para negociarlas a partir de marzo de 2019, durante el periodo de transición en el que Reino Unido seguirá rigiéndose por las normas del Mercado Único.

El Gobierno dirá entonces que es este acuerdo o nada, y el Partido Laborista se limitará a decir que habría negociado mejor. Una afirmación poco creíble. Los laboristas también pretenden repicar y andar en la procesión. El responsable de Hacienda dice que no estaremos en “el” Mercado Único sino en “un” Mercado Único. El responsable laborista de Industria habla de conservar las ventajas de los acuerdos de la Unión Aduanera pero, al mismo tiempo, tener libertad para negociar nuestros propios acuerdos comerciales.

Todo esto hace que sea un terreno muy confuso para pelear. Es mucho mejor luchar por el derecho del país a cambiar de opinión, a conocer los detalles de la nueva relación antes de abandonar la vieja, oponernos al Brexit y criticar a los conservadores por su incapacidad de abordar los verdaderos problemas del país. El Brexit tiene que ser un Brexit conservador. Tiene que ser suyo al 100 por cien. Hay que demostrar a la gente por qué el Brexit no es ni ha sido nunca la respuesta. Abramos un diálogo con los líderes europeos sobre las reformas necesarias, un diálogo que están muy dispuestos a tener ahora porque son conscientes de que el Brexit también es perjudicial para Europa, económica y políticamente.

En cada sesión de preguntas al Gobierno, hay que desmontar cada mentira de la campaña del Brexit, decir que las divisiones de los conservadores están debilitando nuestro país; pero eso solo es creíble si nos oponemos al Brexit de verdad, no defendiendo un Brexit distinto, y si cuestionamos la tomadura de pelo de que una primera ministra esté llevando a nuestra nación en una dirección por la que ni siquiera ahora se atreve ella a decir que votaría.

Si nos marchamos de Europa, tendrá que ser por decisión de la derecha conservadora. Pero, si los laboristas siguen dejándose llevar e insisten en abandonar el Mercado Único, esa timidez contribuirá al Brexit.

 

Entrevista a Adam MICHNIK a CTXT (2-01-18)

http://ctxt.es/es/20171227/Politica/16994/entrevista-Michnik-polonia-europa-fracaso-politica.htm

La Unión Europea ha sido sacudida por el Brexit, la elección del Donald Trump en Estados y Unidos, y ahora por la incertidumbre política en Alemania. Pero el futuro del la UE también se está escribiendo en Polonia, Hungría, Ucrania y Rusia, con implicaciones profundas para las instituciones democráticas y la seguridad regional.

Con la derecha populista en ascenso en Polonia y Hungría, y ganando terreno en otros lugares de la Unión Europea, la política de Occidente cada vez se parece más a la de Rusia. Para Sławomir Sierakowski, director del Instituto de Estudios Avanzados de Varsovia, y Adam Michnik, uno de los principales arquitectos del movimiento Solidaridad de Polonia y de la transición postcomunista del país, el giro intransigente de Europa refleja precariedad cultural y fracaso político en la misma medida que problemas económicos.

Sławomir Sierakowski. Como líder de Solidaridad y arquitecto de la transición democrática de Polonia después de 1989, ¿tiene algún sentimiento de derrota frente a la Polonia populista que ha surgido bajo el gobierno de Ley y Justicia (PiS, por sus siglas en polaco) y su líder de facto, Jarosław Kaczyński?

Adam Michnik. No tengo ningún sentimiento de derrota porque el movimiento en el que participé desde 1965 soñaba con una Polonia libre e independiente. Lo que como sociedad hemos hecho después con esa libertad es otra cuestión.

¿Cree que cometieron algunos errores? Como disidentes eran muy queridos, pero hoy son rechazados, ¿por qué?

Yo no me siento rechazado. Soy el director del que continúa siendo el diario más importante no solo de Polonia, sino de toda la región. Viajo por todo el país, tengo reuniones en ciudades grandes y pequeñas. Las salas están abarrotadas de gente.

Antoni Macierewicz [político de extrema derecha, controvertido Ministro de Defensa] atrae incluso más público.

Quizá, pero él no viaja por el país, él está creando un ejército privado. Mientras tanto, yo viajo por todas partes y no me siento rechazado en absoluto. Pero tengo la sensación de que Polonia está polarizada de forma muy similar a los Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña.

Hay dos formas de explicar el éxito del populismo. Una es económica: desigualdad, inseguridad y el enfado resultante. La segunda pone de relieve el nacionalismo identitario que se está haciendo sentir de nuevo. ¿Qué opina usted?

Creo que ambas explicaciones son correctas. Lo que ocurre es que la desigualdad, la exclusión, la marginalización y la discriminación son conceptos relativos. Fíjese en los países ricos de Europa, que es donde las tendencias populistas son más marcadas. Fíjese en Francia o Gran Bretaña.

Estoy de acuerdo en que el populismo se está fortaleciendo en general. Sin embargo, hay algo en el hecho de que PiS ofreciera una prestación por hijo de 500 złoty (140 dólares, 120 euros), aumentara el salario mínimo e introdujera medicamentos gratuitos para los ancianos. Se trata de las prestaciones sociales de mayor envergadura en la historia de Polonia. ¿Por qué la oposición a Kaczyński no propone políticas similares?

Yo también me he preguntado por qué el gobierno anterior no encontró el lenguaje adecuado para llegar a los votantes del programa “500+” y no tengo la respuesta. Creo que mucha gente por la que pregunta, antiguos disidentes, creyeron que nuestra libertad y nuestra soberanía, nuestra entrada en la Unión Europea y en la OTAN debían suponer valores fundamentales para todo el mundo. Sin embargo, no fue el caso. Pero también pienso que, durante los ocho años de gobiernos liderados por Plataforma Cívica, se llevaron a cabo bastantes más políticas de apoyo a la familia que con PiS, pero aquellos no fueron capaces de fijar sus verdaderos logros en la conciencia colectiva. Pensaron que después de hacer el trabajo no había necesidad de hablar sobre ello.

No acepto el argumento de que fue un fallo de comunicación. Eso es lo que siempre se dice a raíz de las victorias populistas. ¿De verdad es posible que las élites progresistas del mundo democrático de repente hayan perdido la capacidad de dirigirse a los votantes?

No la han perdido en todas partes. Emmanuel Macron ha demostrado ser un comunicador eficaz. Sin embargo, Hillary Clinton apenas visitó el Rust Belt (o “cinturón del óxido” de EE. UU., que comprende los Estados del medio este del país, en su día corazón de la industria pesada) durante su campaña. En el contexto polaco creo que la derrota de Bronisław Komorowski en las elecciones presidenciales de 2015 fue un fallo de proporciones históricas, no solo por parte del propio Komorowski, sino también de las élites polacas. Y en este punto estoy hablando de mí mismo. Estaba completamente seguro de que Andrzej Dudano podía ganar la presidencia. Si entonces hubiera hecho lo que estoy haciendo ahora, si hubiera movido el culo y hubiera viajado por Polonia para hacer campaña, al menos tendría la conciencia tranquila. Pero no lo hice.

¿De modo que usted contribuyó a la toma del poder populista de Polonia?

Por omisión.

¿Pero qué ocurrió antes de todo aquello? ¿Por qué se enamoró usted de la libertad en vez de la igualdad, a diferencia de algunas personas que formaban parte de Solidaridad?

En ese momento yo era poco realista. Las ideas que proponían los disidentes de izquierdas como Karol Modzelewski o Ryszard Bugaj eran absolutamente rocambolescas. Yo estoy hablando de una época algo posterior, después del año 2000.

Entonces es cuando ustedes deberían haber virado hacia la izquierda respecto a las políticas económicas y sociales.

Le voy a decir una cosa: entonces es cuando debimos prestar mucha más atención a esas regiones que ahora se sienten abandonadas.

Momentos difíciles para la izquierda

¿Cómo es posible que, en todo el mundo, la izquierda haya llegado a considerarse elitista mientras la derecha se ha hecho cada vez más populista?

En mi opinión, la raíz de la debilidad de la izquierda europea se debe a que ganara. Los objetivos fundamentales de la izquierda se han alcanzado.

Pero hablemos de eso en términos relativos. Las aspiraciones de la izquierda siguen siendo mayores que sus logros y la desigualdad económica está aumentando más que disminuyendo –y a un ritmo alarmante–.

De acuerdo, pero la nueva izquierda todavía tiene que cobrar forma. De momento tenemos la misma vieja izquierda y, en mi opinión, hoy el contexto pertinente no es el debate izquierda-derecha, sino el conflicto entre sociedades abiertas y cerradas.

Sin embargo, esa es una afirmación muy peligrosa. Si el panorama político se reduce al Partido por una Sociedad Abierta y el Partido por una Sociedad Cerrada, tarde o temprano llegará al poder un partido populista que destruya el estado, porque incluso el político con mayor talento acabará por cometer un error.

Pero yo no estoy construyendo, ni mucho menos defendiendo, un panorama así. Solo estoy diciendo que existe.

¿De verdad? Justo después de 1989 usted empezó a escribir que no había izquierda o derecha, únicamente la idea de una sociedad cerrada frente a una sociedad abierta. Fue, entre otras cosas, una forma de excluir a aquellos que estaban en desacuerdo con usted, porque si usted defendía una sociedad abierta, sus oponentes automáticamente serían defensores de una sociedad “cerrada”.

En absoluto. Usted está dando por hecho que en cuanto los partidarios de una sociedad abierta alcanzan la victoria, no departirán.

Sin embargo, si usted o cualquier otro hubiera construido una identidad de izquierdas y defendido los valores de la izquierda en oposición a la derecha, la gente habría podido tomar una decisión democrática segura. Macron está formando un gobierno de izquierdas y derechas y va a acabar siendo la versión francesa de Plataforma Cívica. Eso deja a los populistas como única oposición. Cuando deje el poder, llegarán los populistas y desmantelarán el estado francés del mismo modo que Kaczyński está haciendo aquí.

Yo le diría lo contrario. La polarización que usted está describiendo en Francia está siendo liderada por Marine Le Pen, que es totalmente antisistema. En Polonia, esa misma polarización la creó PiS, que también quiso ganarse a Plataforma Cívica. Si hubieran logrado su cometido, habría supuesto una terrible desgracia. PiS habría “PiSificado” a Plataforma Cívica empleando eslóganes anticomunistas. Plataforma Cívica siempre ha sido comedida en ese sentido. Tenían tanto miedo de que les acusaran de filocomunistas que intentaron superar el anticomunismo patológico de PiS. Y ahora vemos al expresidente Bronisław Komorowski, de Plataforma Cívica, y al expresidente Aleksander Kwaśniewski, del partido comunista sucesor, juntos en los mítines y nadie se sorprende. Hoy en día lo que importa son otras cosas.

¿Pero no hay muchos votantes que tienen la impresión de que existe una conspiración de la élite –entre los medios de comunicación, los tribunales y los partidos liberales– contra “el pueblo”, cuyo único defensor es PiS?

Yo nunca he conspirado con nadie, ni como disidente ni posteriormente, cuando ya estaba a cargo de un gran periódico, y nunca lo haré. Lo considero inmoral. Equivale a engañar a la gente, algo que nunca haré. Yo no luché por la liberación de Polonia para eso.

Sin embargo, usted elogió a Leszek Balcerowicz [exministro de economía y defensor del libre mercado]. Usted dijo que su corazón está en la izquierda pero su cartera en la derecha. Usted nunca habló de la pobreza en las provincias.

Ahora paso mucho más tiempo en Tarnowskie Góry, Piła y Zielona Góra.

Ninguno de los anteriores gobiernos apenas hizo nada para introducir el liberalismo cultural en Polonia. Todos tenían miedo de la Iglesia católica. Plataforma Cívica fue incapaz de aprobar una legislación relativa a la fecundación in vitro durante siete años, a pesar de que tenía dos partidos aliados y un 75% de apoyo entre la población. Estaban asustados hasta ese punto.

En este caso, creo que a Plataforma Cívica le faltó imaginación y valor.

¿Debería haberse introducido esa cuestión antes?

Sí.

¿Y la educación sexual o las uniones civiles?

Sí, todo eso se debería haber emprendido.

Sin embargo, usted nunca lo mencionó.

He hablado de ello muchas veces. No puede esperar que exprese mi opinión sobre temas en los que no tengo competencia.

¿Cómo puedo tener yo más competencia que usted en lo relativo a uniones civiles?

¡Su impudencia! ¡Yo carezco de ella!

La guerra de Kaczyński

¿Por qué, si observamos los conflictos políticos más importantes que han tenido lugar en Polonia después de 1989, Jarosław Kaczyński es siempre el instigador, mientras el resto se limita a reaccionar contra él?

La guerra es su elemento. Es un hombre de guerra, una persona que se siente realizada allá donde hay un conflicto.

¿Eso es todo?

Es un poco como el camarada Stalin. Aspirará sistemáticamente a la autoridad absoluta en todos los ámbitos de la vida pública. Fíjese en los cines, los criaderos estatales de caballos, los museos, el festival de la canción de Opole: todo. Provoca el conflicto en todas partes. Lo crucial es que ahora está encontrando resistencia. Y no solo desde los medios de comunicación, aunque son importantes. Newsweek, Polityka e incluso Tygodnik Powszechny claramente han tomado partido, por no hablar de Gazeta Wyborcza. Pero lo que más me impresiona es lo que está ocurriendo en las ciudades pequeñas. Me parece asombroso.

¿Qué hará si cierran Gazeta Wyborcza?

Lo publicaría en la clandestinidad.

Hablo en serio.

Yo también.

Venga ya, Adam, no iría a publicar en la clandestinidad.

Publicaré en la clandestinidad. No me rendiré.

¿Todavía cree que la presión internacional puede ser efectiva, que la UE puede influir?

La presión por sí sola no es suficiente. Pero sin presión, las cosas irían peor en Polonia.

Sin embargo, no ha habido ninguna repercusión. Si acaso, la presión de la UE solo ha favorecido la corrupción moral de Kaczyński.

Eso no es cierto. En Polonia, cientos de miles de personas son muy conscientes de que la Comunidad Europea no acepta las políticas del gobierno polaco.

¿No le parece descorazonador que todo el mundo sepa que la UE no puede imponer ninguna sanción a Polonia?

Mire, no repita el clásico error de la oposición democrática. En todos los países, a la oposición le gusta repetir que la culpa es de las políticas de la UE o de las políticas americanas. No caiga en esa trampa. La culpa es nuestra. Tú perdiste las elecciones y yo perdí las elecciones, no [George] Soros ni [el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude] Juncker.

Sin embargo, a diferencia de Hungría, todavía podemos tratar con Kaczyński. Los húngaros no pueden tratar con [el Primer Ministro Viktor] Orbán. Están en una situación diferente.

Dejémosles que se las arreglen. Dejémosles que lleguen a algún acuerdo…

¿No le decepciona que [la Canciller alemana Ángela] Merkel sea incapaz de influir en Hungría para evitar el cierre de la Universidad Central Europea, a pesar de que, por razones económicas, los alemanes son los únicos interlocutores válidos para Orbán?

¿Pero qué se supone que tiene que hacer Merkel? ¿Enviar al ejército?

Merkel podría boicotearle, como hacen los Estados Unidos. Alemania es responsable de una tercera parte de los empleos de Hungría. La presión económica sería suficiente. ¿No cree que el Partido Popular Europeo debería avergonzarse profundamente por el hecho de que 107 de sus 199 votos fueran en contra de la resolución que condenaba la represión del gobierno de Hungría en la Universidad Central Europea?

Sí, me parece escandaloso. Pero soy realista. Es una discusión que tenía a menudo con mi amigo Sergei Kovalev. Él decía: “¿Por qué América está…?”, y yo respondía: “Basta, basta.”

¿Solidaridad habría salido adelante sin la presión internacional?

No.

¿Entonces de qué estamos hablando? ¿No cree que los que están en disposición de responder cuando pasa algo malo tienen cierta responsabilidad?

No digo que no debería haber presión. Pero si las manifestaciones de los astilleros [de Gdańsk] no hubieran tenido lugar, no habría habido ningún tipo de presión internacional para ayudar. Primero tiene que haber un astillero, y después podemos hablar de presión.

¿Por qué Alemania está siguiendo una política de apaciguamiento? Deberían saber mejor que nadie lo que significa intentar aplacar a un dictador.

Es un arma de doble filo. Hasta cierto punto entiendo a los alemanes. Cuando en tu pasado hay un Adolf Hitler, tienes que ser cuidadoso. Recuerdo una conversación que tuve con un amigo. Me preguntó: “Adam, honestamente, ¿qué preferirías: una Alemania pacifista o una militarizada?” Le dije que era una manera muy desagradable de formular la pregunta.

¿Entonces usted discrepa con Radek Sikorski, que dijo en Berlín que le temía más a una Alemania débil que a una fuerte?

Estoy de acuerdo.

Exactamente. ¿Entonces por qué Alemania está resultando tan poco útil en el tema de Hungría? Alemania no fue tan comprensiva con Grecia como lo ha sido con Orbán.

Creo que lo que está ocurriendo con la Universidad Central Europea es terrible, pero no culpo a Merkel. Culpo al Parlamento Europeo y a los miembros del Parlamento Europeo del Partido Popular Europeo. Merkel ha de tener en cuenta –y es bueno que así sea– que es la canciller de Alemania, no la primera ministra de los Países Bajos. En Polonia es muy fácil jugar a ser antialemán, como hace Kaczyński constantemente.

Pero estamos hablando de Hungría.

Ahí el asunto tiene más matices, pero ellos también fueron ocupados por los alemanes. Es mucho más complicado porque Hungría era aliada de Hitler.

En lugar de que Rusia cada vez se parezca más a Occidente, Occidente cada vez se parece más a Rusia. No solo Orbán está imitando a Rusia; también Donald Trump y algunos republicanos en los Estados Unidos. ¿Qué está pasando en Occidente?

Es una buena pregunta. Cuando le pregunté a Isaiah Berlin qué causa una revolución, respondió: “El aburrimiento”. ¡Fíjate en los Países Bajos! ¡Era un modelo, un icono de la democracia y la tolerancia europeas! Leyendo a [Stanisław] Ossowski, [Leszek] Kołakowski, [Stefan] Czarnowski se ve que era su modelo. Y de repente todo se ha venido abajo y nadie sabe por qué. Por supuesto se puede señalar a los refugiados, a los conflictos étnicos y religiosos. Pero esos factores no son nuevos.

El miedo al vecino

La inmigración y la afluencia de refugiados hoy tienen más relevancia política –y están estrechamente vinculados al apoyo de partidos que alimentan y manipulan la xenofobia–. ¿Por qué nos hemos hecho más vulnerables a ello?

Hasta ahora, la democracia de Occidente –con las posibles excepciones de los EE. UU., Canadá y Australia– simplemente no ha sabido gestionar muy bien la diversidad cultural. Fíjese en Francia, donde decían: “Como ciudadano puedes hacer cualquier cosa, como argelino no puedes hacer nada”.

Europa está rodeada de 100 millones de personas hambrientas. ¿Es ingenuo pensar que fortalecer las fronteras las mantendrá alejadas?

Sin duda, ningún muro puede resolver este problema. Es un delirio de Trump y un completo disparate.

Fortalecer las fronteras es una de las máximas prioridades en todos los planes para abordar la cuestión de los refugiados.

Es cierto que hay que fortalecer las fronteras, aunque solo sea por el terrorismo.

Sin embargo, los inmigrantes han perpetrado tan solo unos pocos ataques terroristas en Europa recientemente.

No obstante, a menudo son británicos procedentes de Pakistán o Bangladesh.

Procedentes del Reino Unido, no de Pakistán o Bangladesh. Nacidos y educados en Europa.

No obstante, sus padres procedían de esos lugares; son musulmanes. Y esa es la razón por la que creo que hay que fortalecer el control de las fronteras. Yo lo apoyo. También defiendo que los controles sobre la inmigración sean más estrictos, así como un Plan Marshall para Oriente Medio y África.

La cantidad de dinero de Oriente Medio, la abrumadora cantidad de petrodólares de las monarquías musulmanas superan con creces el Plan Marshall. Son los países más ricos del mundo y no han acogido a un solo refugiado.

Por esa razón tenemos que alcanzar acuerdos con estos países. Es problemático por la rivalidad de Arabia Saudí con Irán, etcétera. No obstante, a la larga no veo más opción que ayudar a estos países a salir del agujero negro. Por supuesto Kuwait o Catar no necesitan ningún tipo de asistencia porque prácticamente vomitan dinero, pero incluso Irán es diferente.

¿Hizo lo correcto Merkel al acoger más de un millón de refugiados? ¿Cree que fue traicionada por el resto de Europa? ¿Si otros países hubieran actuado en solidaridad, todo habría salido mejor?

La respeto enormemente por ello. Quizá es porque procedo de una generación que recuerda las imágenes de barcos llenos de judíos rechazados en los puertos americanos.

¿Cree que Polonia debería acoger refugiados? ¿Cuántos?

Creo que la respuesta del gobierno de [la Primera Ministra] Beata Szydło a ese respecto es escandalosa e imperdonable. La respuesta debería ser la siguiente: dentro del marco de lo que es política y económicamente posible, aceptaremos y analizaremos cuidadosamente los postulados de la Iglesia católica respecto a los refugiados.

¿Lo apoyarían los polacos?

No lo sé.

Parece que la Iglesia católica no lo cree así, teniendo en cuenta que no ha sido precisamente franca sobre el tema. ¿Y si ganar unas elecciones contra los populistas requiere afirmar que no se debería acoger a ningún refugiado?

No podemos decir eso.

Entonces es mejor perder las elecciones. De ese modo acabaremos sin refugiados y sin democracia liberal.

Eso es demagogia y es una falsedad.

Sin embargo, muchos políticos se han enfrentado o se enfrentarán a una disyuntiva similar.

No, nadie se enfrentará a una disyuntiva de ese tipo. Actualmente, la opinión pública está siendo manipulada y la gente tiene que entender que es un sinsentido. En mi opinión, fue un grave error para Polonia retrasar la entrada en el euro ad calendas graecas y ahora estamos jodidos. Lituania tiene el euro, Letonia tiene el euro, así como Eslovaquia y Eslovenia, mientras nosotros estamos jodidos. Y creo que a veces para eso está un líder político, para hacer lo correcto aunque sea impopular.

Sin embargo, eso equivale a actuar en contra de la voluntad del pueblo.

No en contra de la voluntad del pueblo, sino en contra de la manipulación del electorado.

Eso lo podría alegar cualquier gobierno.

Para eso está un líder político: para saber la diferencia.

¿En qué se diferencia de Kaczyński, que tiene su propia idea de quién está siendo manipulado y por quién?

Kaczyński está violando la Constitución. Fin de la discusión.

Sin embargo, cuando no está violando la Constitución, emplea argumentos similares.

Cuando no está violando la Constitución puede hacer lo que quiera. Yo le critico, pero tiene derecho a seguir sus políticas; recibió un mandato. Pero no tiene derecho a violar la Constitución.

El bolchevismo de la derecha

Usted es una de las pocas personas que conocen personalmente a Kaczyński, Orbán y Putin. ¿Qué persigue Kaczyński?

No sé si son conscientes, pero han activado un mecanismo que conocemos por la historia de los bolcheviques. Es decir, los conflictos de clase se intensifican con la construcción del socialismo. Sus políticas se parecen a las del Partido Obrero Unificado Polaco [comunista] de 1944-1949. La lucha por el comercio, la eliminación del pluralismo, el cerco a  la aldea, la revolución en la educación, una nueva política histórica: todo eso se hizo en aquella época.

Sin embargo, hoy no existe la URSS.

Y esa es la razón por la que creo que se van a perjudicar a sí mismos.

¿A sí mismos? ¿Cree que el propio Kaczyński es su peor enemigo?

Sí. Lo que están haciendo es incomprensible.

¿Están haciendo todo lo que pueden para asegurarse su propia derrota?

Absolutamente, del mismo modo que un enorme sector de nuestro clero está trabajando en pro de la secularización tan diligentemente que apenas puedo creer lo que ven mis ojos.

¿Cree que Kaczyński tiene un proyecto para Polonia?

Su proyecto para Polonia está arraigado en la historia polaca. Estoy pensando en la época inmediatamente posterior a la muerte de [Józef] Piłsudski en 1935 y el Campo de la Unidad Nacional. Fue un intento de dictadura autoritaria que apelaba al aspecto retórico y espiritual del movimiento Democracia Nacional. El Campo de la Unidad Nacional y los Demócratas Nacionales se odiaban mutuamente. La lógica de esa época era: “Es nuestro puñetero turno”. Creo que el objetivo de Kaczyński es un estado en el que las instituciones democráticas solo existen como pueblos Potemkin. El gobierno tiende hacia un estado absolutamente autoritario con elementos de totalitarismo y una subordinación completa en todos los ámbitos de la vida pública.

Algunos amigos occidentales a menudo me preguntan si los polacos y los húngaros han dejado de temer a Rusia puesto que se están peleando con sus aliados de Occidente.

Los polacos están siendo manipulados. No están pensando en Rusia. Les han dicho que están siendo exprimidos por Bruselas, es decir, Alemania.

El apoyo a la UE en Polonia es del 88%.

Sí, pero ese apoyo no existe respecto al euro.

Aún así, nadie cree que Bruselas les esté oprimiendo. ¿Un polaco puede olvidarse de Rusia?

Si lo pregunta, significa que puede. Si la gente no entiende que la salida gradual de Polonia de la UE supone la destrucción del obstáculo más sólido contra las políticas imperialistas de Putin, significa que se han dejado manipular.

La decadencia democrática

¿Suspenderá Kaczyński los mecanismos democráticos en Polonia? Estoy pensando en futuras elecciones.

No lo sé. No descartaría esa posibilidad. Sólo podría llevarlo a cabo de una manera: de algún modo tendría que repetir el golpe de mayo de Piłsudski o el golpe de estado de [el presidente turco Recep Tayyip] Erdoğan.

¿Cree que los polacos y húngaros serán capaces de defender sus democracias?

A largo plazo, sí.

¿Está seguro?

No estoy seguro, pero estoy convencido. De lo único que estoy seguro es de mi propia muerte.

¿Tiene otro argumento, aparte de la noción metafísica de un “gen de la libertad” presente en la nación?

Es que tenemos ese gen. Al igual que los húngaros y los rusos. Alexei Navalny es una persona libre.

Pero Navalny solo es una persona.

Es extraordinariamente popular.

No ganaría unas elecciones.

Hoy no. Pero podría haber dicho lo mismo sobre cualquiera de nosotros en julio de 1980. Los comunistas afirmaban que nos superarían en número abrumadoramente.

Ustedes ganaron en 1989, pero poco después incluso Václav Havel era incapaz de ganar unas elecciones en la República Checa. De hecho, nunca ganó una elección popular; siempre fue elegido por el parlamento.

Así es la vida…

Si PiS pierde y hay un ajuste de cuentas, defenderá a Kaczyński y al resto del mismo modo que defendió a los líderes comunistas [Czesław] Kiszczak y [Wojciech] Jaruzelski?

No los defenderé del mismo modo. Abogaré por la ley en lugar de las represalias.

¿Qué quiere decir con que no los defenderá del mismo modo?

No en la misma medida. En 1989, la rueda de la historia dio un giro y teníamos que proclamar una Polonia libre para todo el mundo.

¿Quiso seducir a los Comunistas con democracia?

Sí. Recuerdo al genio de [Konrad] Adenauer en la Alemania de posguerra. Convirtió a los nazis en demócratas.

¿Entonces por qué no quiere convertir en demócrata al electorado de PiS?

No estoy hablando de elecciones. Tienen mucha gente inteligente…

Que le destrozarían, si se acercara a ellos.

Algunos sí; otros no.

¿Cree que en la mente de Kaczyński el único fallo del Partido Obrero Unificado Polaco fue que él no era su líder?

Yo no diría exactamente eso. Kaczyński es diferente culturalmente. Sin embargo, si hablamos de su concepto de estado, entonces sí, fue modelado por la república Popular de Polonia.

La larga táctica de Putin

Usted llama a Kaczyński “LiliPutin”, ¿pero qué cree que está planeando el propio Putin? ¿Está actuando de acuerdo con un plan o únicamente está reaccionando ante los acontecimientos?

Quiere ser un nuevo Ivan Kalita y unir las tierras rusas. Esa es la raíz de la situación en Ucrania. Cree que no hay una nación ucraniana, que el estado ucraniano es una ficción.

¿La ideología cumple alguna función en Rusia? ¿O para Putin?

La ideología de las grandes potencias. La ideología imperial.

¿Entonces por qué Putin está actuando como Ivan Kalita en lugar de como Pedro el Grande?

¿Por qué no busca la modernización, aunque sea despótica?

Quizás porque no puede. Quizás es su entorno. No puedo responder a esa pregunta. Una vez le dije a un amigo en Rusia que Putin es un occidentalizador. Él contestó: sí, Putin es un occidentalizador, pero para él Occidente es la antigua Alemania del Este. Es así como ve el mundo, a través de los ojos de alguien que adquirió conocimientos sobre Occidente  en Alemania del Este. En mi opinión, Putin se siente inseguro. Se siente amenazado por su entorno. ¿Ha visto la película de Navalny sobre las mansiones de Medvedev? Putin no ha dicho una sola palabra al respecto.

¿Por qué?

Porque quería aleccionar a Medvedev: Siéntate tranquilamente, aprende cuál es tu lugar.

¿Cree que el Kremlin discretamente perdonó esta campaña de Navalny, su película sobre la riqueza del primer ministro y por extensión toda la élite gobernante?

Hay una teoría –con la que no estoy de acuerdo– de que Navalny es un proyecto del Kremlin.

¿Por qué lo toleran?

Lo toleran porque no quieren convertirlo en un mártir. Vieron lo que pasó con [Mikhail] Khodorkovsky, cuyo encarcelamiento fue citado por los críticos de Putin a la mínima oportunidad. Eso no es lo que quiere Putin.

Con la esperanza de una Rusia democrática, ¿deberíamos fijarnos en un grupo social específico o en una facción específica dentro del gobierno?

En mi opinión, la esperanza reside en las tendencias democráticas que existen tanto entre la oposición como en las periferias del bando gobernante. No nombraré a nadie. Se lo diré de forma confidencial.

La cuestión de Ucrania

¿Qué quiere Putin de Ucrania?

Nada. Quiere incorporar Ucrania a Rusia.

¿Toda Ucrania? ¿No quiere controlar únicamente el gobierno ucraniano?

Lo hará paso a paso, poco a poco. Quizá sea cierto lo que se supone que le dijo a [presidente del Consejo Europeo, Donald] Tusk entre bastidores: quédate Lviv, Ivano-Frankivsk, los territorios anteriores a la guerra polaca. Llevemos a cabo un reparto.

¿Se imagina que ocurriera algo así?

Buena pregunta. Me da miedo imaginármelo.

¿Por qué?

Porque sería una tragedia para Polonia.

¿Cuántos polacos lo apoyarían?

Otra buena pregunta. No lo sé, pero me temo que muchísimos. Es fácil generar un frenesí nacionalista en la gente. Recuerde lo que ocurrió con la anexión de Zaolzie en 1938 tras el Acuerdo de Múnich: la colaboración con Hitler fue todo un éxito que duró tres semanas enteras. Desafortunadamente, forma parte de la naturaleza humana. En los Balcanes vimos lo fácil que es desatar las emociones nacionalistas, que invariablemente tienen consecuencias trágicas. Y sembrar el conflicto entre Polonia y Ucrania es definitivamente una pieza importante de la política de Putin.

¿Por qué Putin se ha detenido de momento?

Por cientos de razones. No quiere todo al mismo tiempo. Quiere esperar y ver qué ocurre en Occidente. Esperaba una nueva Yalta a raíz de la victoria de Trump. Pero no está claro qué ocurrirá. Nadie sabe lo que hará Trump respecto a Rusia. Putin esperaba que Marine Le Pen ganara en Francia y que su victoria, junto con el Brexit, anunciara el hundimiento de la UE.

¿Qué significaría para Rusia la incorporación de Ucrania? En definitiva, allí hay un gobierno, un ejército nacional. Habría que pagar un precio.

Significaría “Belrusificar” Ucrania, el Kremlin instalaría su propio gobierno allí.

¿Cree que es factible?

Casi ocurre con [el expresidente Viktor] Yanukovych.

Sin embargo, ¿sería hoy posible, después de Maidan?

Hoy no, ¿pero en un año?

¿Debería Occidente armar a Ucrania?

Probablemente es mejor preguntarle a alguien del ejército; saben más que yo.

Sin embargo, es una decisión política. Armar a Ucrania significa arriesgarse a una guerra que podría ser exponencialmente peor que la de Yugoslavia.

Podría ser, es cierto. Pero si tiene que haber una guerra, puede tener lugar sin armas occidentales. Por otra parte, el hecho es que Ucrania se ha reforzado militarmente.

¿Cómo puede Polonia ayudar a Ucrania?

Por ahora, Polonia debería, ante todo, no perjudicarla.

¿Cree que la UE ha descartado las aspiraciones europeas de Ucrania?

Por ahora. Sin embargo, con la UE nada es definitivo. Creo que la UE hizo un gran trabajo al suprimir la obligación de visado para los ucranianos. Fue una medida inteligente que tendrá consecuencias muy positivas.

Cree que Ucrania debería unirse a la OTAN.

Sería bueno.

El dilema polaco

En las elecciones alemanas, ¿apostaba por Martin Schulz o Merkel? ¿Cuál sería mejor para Polonia?

No lo sé. He pensado mucho sobre ello. Si me baso en los conocimientos que tengo de la historia, diría que Merkel.

¿Por la tradición de los socialdemócratas en Ostpolitik?

Porque [el excanciller] Gerhard Schröder está trabajando para Gazprom. Schulz supuestamente es distinto. Por otra parte, cuando se trata de políticas nacionales y derechos humanos, simpatizo más con los socialdemócratas que con los demócratas cristianos de Merkel [CDU]. Sin embargo, Merkel no es la típica política del CDU. Sus políticas son inteligentes y decentes.

Respecto a Rusia, ¿hay alguien en Alemania o en Europa Occidental que le dé más confianza que Merkel?

No.

¿Un país como Polonia puede no comprometerse con nadie geopolíticamente?

No.

¿Entonces o se pertenece a Occidente o a Rusia?

Existe un gran riesgo de que caigamos en manos de Putin.

¿Cómo cree que sucederá?

Si observamos la relación de Orbán con Putin creo que no es imposible que nosotros también veamos un giro pro-ruso en la derecha. Pensarán para sus adentros: ¿para qué necesitamos a Bruselas, que nos está acosando con la Comisión de Venecia, cuando los rusos podrían incluso darnos préstamos y traernos caviar y salmón?

¿Cree que Kaczyński hará el mismo cambio de rumbo que Orbán, que en 1989 gritaba: “¡Fuera los rojos!” y ahora deja flores en las tumbas de los soldados soviéticos que ahogaron en sangre la Revolución húngara de 1956?

Lo recuerdo, fue en Budapest en 1989. Escuché el discurso de Orbán y me quedé atónito.

Y ahora deja flores en las tumbas de los soldados soviéticos.

Fue un gesto al servicio de Moscú.

¿Cree que es posible un cambio así en Polonia? ¿Cómo respondería el electorado de PiS? ¿Seguirían apoyando a Kaczyński en cualquier caso?

No lo sé. Imagino que sí.

Según las últimas encuestas, PiS tiene un apoyo del 47%, mientras que el de Plataforma Cívica se cifra en el 16%. ¿Cree que esto puede cambiar antes de las próximas elecciones? ¿Qué tendría que ocurrir en la oposición?

Me consuela el hecho de que [el líder de la era comunista Edward] Gierek contaba incluso con mayor apoyo en su época. Vamos a hacer lo que hay que hacer y veamos qué pasa.

 

Entrevista a Wolfgang MERKEL a Social Europe (11-01-18): “Spd Task Ahead: Enacting Communitarian And Cosmopolitan Values”

https://www.socialeurope.eu/spd-task-ahead-enacting-communitarian-cosmopolitan-values

What, in your opinion, is the historic position of the SPD in the German political system, and where does it stand now? Its certainly an interesting inflection point.

If we talk about the historical position of the German Social Democratic Party (SPD) it depends how far we want to go back. If we take a brief look, going back to the early days of the Federal Republic after the Second World War, then we find a social democracy which started with a moderate beginning in terms of electoral success. Then it turned left in the 1950s and confined itself in a so-called ‘20% tower’ by presenting itself with anticapitalist positions. It turned again in 1959 when it got rid of the Marxist terminology in the Bad Godesberg program.

Over the next ten years the SPD grew stronger and stronger in opposition, until it joined the first grand coalition with the CDU/CSU in 1966. After three more years it formed a two-party coalition with the Liberals. Only in 1972, at the peak of Willy Brandt’s popularity, did it become the strongest party. It was only in 1998 after 16 years of Helmut Kohl in government the SPD was able to repeat a similar electoral triumph. From 1969 to 1982 Germany was governed by a rather successful social-liberal coalition through which the SPD dominated politics in Germany.I would consider this phase the most social democratic one for the Federal Republic of Germany, when the cultural, social and political modernisation of our society made huge progress. Without a doubt, the Social Democratic Party was the driving political force behind this process.

However, it was a much stronger reformist force after 1969, during the first phase under the Chancellor Willy Brandt, than it was at the end of the 1970s and the beginning of the 1980s under the more pragmatic Chancellor Helmut Schmidt. When the liberals left the coalition the social democrats were forced out of government by a constructive vote of no-confidence by the Bundestag. The SPD had to go back into opposition. The following period out of power did not prove to be a time when the social democrats recreated themselves very effectively. There is a long-standing, but largely unfounded myth inside the SPD that the social democrats can recover and rejuvenate only in opposition. This can be observed at present as well when Martin Schulz decreed immediately after the electoral defeat that the SPD will not join any government.

Nevertheless, after 16 years of government under the Christian Democratic Chancellor Helmut Kohl, the SPD won back power in 1998 and formed a ruling coalition, this time with the Greens. It was a historical moment, since the first red-green coalition was seen as the most progressive coalition formula. I would consider this to be a period when the SPD stuck, only to some extent, loyally to its social democratic values. Following the so-called ‘Third Way’ the SPD adopted too many market-liberal policies.

Here, I am not thinking so much about the (in)famous Hartz IV labour market and social policy legislation but much more about what I would see as a failed tax policy. They gave too much away – they reformed the taxation system too much for the benefit of huge corporations and those on high incomes. Strange enough: the leading SPD-politicians believed in the neo-classical “trickle down” effect. In reality, their policies increased socio-economic inequality in Germany. Seen from a progressive perspective the governmental balance was mixed: Positive results with regard to environmental-, social- and citizenship policies, but negative outcomes of an overly business-friendly tax policy.

Seven years later the red-green coalition lost by a very small margin against the incoming Chancellor Angela Merkel in 2005 and became junior partners in a grand coalition now ending its second term of office. After 2005 one could describe the SPD’s development as one of slow erosion and decline. The peak – so to speak – of this decline was certainly the last election in September this year when they only won 20.5% of the popular vote.

As you mentioned, the story of the SPD has been one of decline. That is obviously also the case, and often even much more pronouncedly so, for other European social democratic parties. When you look at the SPD as it now stands, what would you consider its strengths and where would you identify its weaknesses?

If we look at the SPD at the end of 2017, it is somewhere in the middle of European social democracy. Less successful, still, than most of the Scandinavian social democratic parties, but certainly stronger than the Socialists in France, and Greece or the Social Democrats in the Netherlands, where the parties have virtually (or almost) collapsed.

The strength of the SPD, and in particular compared to those socialist or social democratic parties, is that they have stronger social and organizational roots in defined segments of society, certainly, still, among workers. However, this is changing. We may talk about this later, but German social democrats have a closer connection to the trade unions and the state. The trade unions are still stronger in Germany than in many of the western, or eastern, or southern European countries. So, the SPD does not look splendid, but it is certainly in a better shape than many of her sister parties in neighbouring states.

Another structural strength of the SPD is its close connection to the state. Even when the social democrats are in opposition at the federal level they often hold strong governmental positions in the single states (Laender). There, the SPD has performed pretty well in some states. It is always in some state governments; therefore the SPD never lost its “organic” links to the state even when in opposition at the federal level. This is rather different from many of the social democratic parties in the rest of Europe. We should still exclude from this sample the Scandinavian countries.

So, the SPD has proven that it can govern according to its values, as well. This is what we have seen even in the last grand coalition, at least during the first two years, when the ministries led by SPD ministers performed pretty well. For the first time, they introduced a minimum-wage law, which is, admittedly, not that high, but it was a powerful first step, €8.50 per hour. Now, the government has to enforce the law which is not fully and properly obeyed to by certain sectors of the economy, particularly construction, gastronomy, and the food services industry.

The problem the SPD has faced during the last ten years, is it has turned out to be more a ‘coalised’ than a ‘coalising’ party, meaning it entered most of these coalition governments, especially at federal level, as the junior partner, and has paid a bitter price in the electoral arena, despite having an acceptable, or even, sometimes, a good performance in government. The notorious “chancellor bonus” always went to the Christian Democrats.

Why do you think this was the case, even though a lot of the policies that were promised have been successfully implemented? What is your explanation for the lack of electoral benefit that resulted from this?

It sounds very simple, but I think the party that is represented by the Chancellor has a huge advantage compared to the junior partner in government, especially when a large part of the population perceives the performance in government pretty favourably. The socialists paid the electoral price that they joined these coalitions as the junior partner. There is a lack of institutional fantasy or courageousness in that the SPD leaders still do not ask for a rotation in the chancellery after the first half of the legislative period. The present SPD leaders lack a Machiavellian will to power which was present under Chancellors Helmut Schmidt and Gerhard Schröder. Why should an “Israeli solution” not work for Germany? There is no natural political law that the somewhat smaller partner never can represent the Chancellor in grand coalitions. The SPD should not enter any grand coalition without such a rotation if the party still wishes not to commit electoral suicide.

Just let me add one more thing. We should not forget that culturally, and in its social structures, Germany has always been more a conservative than a progressive country. We talked about the years between ’69 and ’82, and then about the years from 1998 until 2005 when social democrats governed the country with a smaller coalition partner. These were extraordinary times, but even during this time the Social Democratic Party, mostly, was not the biggest party in the country.

If you go back to the election of last September, weve seen the rise of the AfD, a right-wing populist party now also in Germany, and you might argue that what has been happening in other European countries for a long time has now caught up with Germany, too. So, if you look at the new dynamics in the German political system, where do you see the particular threats to the SPD as the main social democratic party, and where do you see particular opportunities in this new configuration?

That sounds like the typical ‘disease’ of social scientists: that they have a clearer view of the problems, dilemmas, aporias and challenges. If I can start with that, one has to say the pluralisation or augmentation of the number of parties within the German political system has constrained the political space for the SPD. Since 1990 we have to the left of the SPD “Die Linke”. I would not call it a left populist party, as some do, but left-socialist party. We have an ecological party “Die Grünen”, which is rather strong if we compare it to other European countries. Now we have, since the latest election, a right-wing populist party in the Bundestag. Beyond the center-right CDU/CSU the SPD has progressive and right-wing competitors too.

Strangely enough, it seems to me that this right-wing populist party is now the strongest threat to social democracy, because it performs better among workers and the lower classes than the social democrats do at present. So, the SPD did not only lose ecologically inclined voters to the Greens, and more socialist inclined voters to the left. Moreover, it lost most recently a part of its more authoritarian-orientated voters, above all workers and lower class employees, to the AfD, the German right-wing populists.

The political space, in such a party system, is not that big anymore for the SPD, far from what it used to be in the 1950s, 60s and 70s. It is one of the threats: the Social Democratic Party may not be able to extend its political space and reach again. The dilemma is that the more, for example, it goes to the left, which I would recommend, with regard to tax policy, social policy, educational policy, the more it runs the risk of losing voters to the Christian Democrats. But social democracy in Germany and elsewhere has to rediscover its progressive traditions in terms of social justice, even this is not without risk.

If the social democrats go too far to the left, they certainly lose voters at the centre, where Merkel’s CDU, at least, the modern part of her CDU, is prepared to take on all the disappointed voters from the centre of our society. If the SPD is not ecological enough, it loses voters to the Greens, and if too much orientated towards classic industrial policies it may even lose more support from the post-industrial middle classes.

No doubt, the SPD is in a difficult strategic situation. My brief recommendation would be: on the left-right axis they should get a more, and a clearer, leftist profile, in re-distributionist terms. But there is a new ‘cultural cleavage’ emerging in Europe. We term it as a conflict between middle-class cosmopolitans, and the lower classes, which adhere to nativist or communitarian values. Here, the SPD has to be extremely careful not to impart too much cosmopolitanism, because then it would lose the rest of its working-class base. This is highly problematic, and it is a real strategic and ideological threat to social democracy in Germany (and Austria as well).

If I can dwell a bit more on the point you just mentioned, that other social democratic parties struggle to connect to at least part of their core constituencies. That theres seemingly a change in their core constituency, meaning that what used to be a more harmonious marriage between communitarians and cosmopolitans, that kind of alliance seems very fragile, and fraying around the edges.

The social democratic task has to be to free sections of the communitarians from their nativist inclinations and to strengthen the solidaristic versions of communitarianism. This can be done by recourse to the nation state even by social democrats. Open borders are not per se progressive. Neoliberals are the most pronounced defenders of open borders. I will come back to this point. Cosmopolitans tend to underestimate the value of a strong communitarian, and solidaristic nation state. However, the nation state can no longer be based on an ethnically homogenous nation, but has to be rooted in a republican understanding of the demos. To do that, but not give up the nation state in favour of liberal cosmopolitanism, is one of the tasks of present-day social democracy.

So, why do you think, first of all, is there a trajectory that these two groups are moving apart, and why is social democracy struggling to remain connected to at least one of them?

One part of the answer is that these different groups have different economic and social interests. Another is that they rely traditionally on different sets of values and cultural preferences. If I can dwell on this a bit more, then I would say, people who are in favour of open borders – I simplify the cosmopolitan position – are in favour of opening the borders for goods, services, capital, but especially, also, for refugees, asylum seekers, and of giving up competences to a supra-national level, for instance to the European Union.

They are the beneficiaries of open borders. They come from the higher-middle strata. They are well educated. They have the kind of human and cultural capital, with which they can live in Berlin, Zurich, New York or Rome. Communitarians are mostly coming from the lower strata, they are less educated, their human capital is simply not very mobile. They depend on narrower, domestic contexts. They have to rely on communicative and supportive neighbourhoods. They and not the cosmopolitans from higher social classes have to carry large parts of the burden, if a country opens wide its borders for migrants.

This has been the case, to some extent, during 2015 and ’16 in Germany. It was clear that the traditional working classes would not benefit from the uncontrolled influx of refugees and migrants. The lower classes compete at the lower end of the labour market, or the housing market, and in the educational “market” as well. They have reasons, they have rational economic reasons, for not opening the borders too wide.

On the other hand, there’s also a tradition of internationalism within social democracy. This is an ideological heritage, which the social democratic parties cannot or should not give up so rapidly. However, the cosmopolitans are prone to vote for the Greens, and now, to some extent, for the Merkel CDU as well. It might be an illusion that social democratic parties will win over many cosmopolitan voters for their distributional cause. In cosmopolitan and environmental matters they only can be an incomplete copy of the green original.

Therefore, my advice to the SPD would be: be wary of opening the borders too much without thinking about the consequences. This is something where your traditional clientele has to carry the main burden upon the whole of society. That is what the cosmopolitan functionaries of the party`s headquarters forget sometimes

It is, somehow, a simplified understanding of justice and humanity, if one believes the more we open the borders, the more humanitarian we are. The whole discussion brought forward by Paul Collier and others points in a different direction: progressive governments should go into those countries where refugees live in camps and should really work there to better the living conditions. They could do more for the well-being of millions of people than to pull the fittest of them by illusionary promises into European countries. This does not exclude accepting quotas of immigrants on clear criteria and the consent of the people and not the elites alone. Such discussions are utterly absent from the official social democratic discourse.

It is a shame that a rich country such as Germany only commits ‘development aid’ worth just 0.52% of GDP (2017). The Scandinavian countries invest 1% of their GDP into development aid. It’s more in this direction social democrats should think of going than of opening the border only for a small portion of those who are living in miserable conditions.

What you describe is a very difficult balancing act for the SPD, as well as, presumably, for other social democratic parties across the world. Do you see any international role models, you know, parties that have managed this balancing act reasonably successfully, and that other parties could learn some lessons from?

I’m always cautious when I’m asked, “Is there a role model?” The contexts are different. Traditions are different. This is what we have to keep in mind. So, I would not recommend as some do, simply to look at the United States and the (partial) success of Bernie Sanders or to Jeremy Corbyn in UK. They have got an appeal to younger people which most European social democratic parties don`t have. That is true. Traditional social democracy can learn from their electoral campaigns. But campaigns are something different from governing complex and open societies .Some social democrats have welcomed the advent of Emmanuel Macron. However, I do not think that President Macron can be an example, or a role model, for the SPD as some pro-EU activists would have us believe. If one looks closer at his economic and social policies, then the SPD should be quite distant from this kind of (neo-)liberal policy tradition. One can cooperate with Macron’s “En Marche” on matters of European integration, but certainly not follow his socio-economic model. The authoritarian way he leads his movement-party “En Marche” can be ruled out.

What social democracy can learn from Sanders and Corbyn is authenticity and credibility. To regain lost credibility is important for social democratic parties all over the continent, particularly among young citizens. Again, if I would ask, “Which party comes closest to a role model?” then I would answer we have to look to Scandinavia. If we look to Denmark then we find a social democratic party which campaigns very firmly against immigration, but develops social justice within Danish society. Sweden remains another point of reference for social democracy as well.

Therefore, it should be a mix between the Danish case, which is highly successful on the labour markets, and the traditional Swedish social democracy as well, where we certainly find a more balanced mix of cosmopolitan and social democratic- communitarian values. However, the balance has to be a very fine-tuned one, and each party and country has to find the right balance on its own. This is true for the SPD as well.

This is the tenth and last article in a SWOT series on the future of social democratic parties promoted by SE and the Friedrich-Ebert-Stiftung

 

 

Alberto PENADÉS, “El 2017 en 10 gráficos” a Piedras de Papel (29-12-17)

http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/graficos-2017-Piedras_de_papel_6_723437655.html

Como cada año, los miembros de Piedras de Papel hemos querido seleccionar diez gráficos para resumir el 2017. Ha sido un año intenso. No están todos los que son, pero creemos que son todos los están. ¡Feliz 2018!

1. No es (sólo) la economía, es (sobre todo) la política…

Los ciudadanos no parecen que hayan compartido el triunfalismo económico del gobierno. Prácticamente, mes tras mes, la mayoría ha valorado de forma negativa la situación económica del país. Aunque la tendencia a lo largo del año ha sido hacia una valoración menos negativa. De este modo, si en enero casi un 59% calificaba como mala o muy mala la situación económica, en noviembre (último dato publicado por el CIS) ese porcentaje se reducía al 50,9%.  Este indicador contrasta con la valoración de la situación política, cuya evolución ha sido la contraria. A lo largo del año, y como ya venía ocurriendo desde 2016, la sociedad española se ha mostrado mucho más pesimista sobre la situación política que sobre la económica. El año acaba con una ciudadanía que está (aún) más descontenta con la situación política (casi un 76% de encuestados la valoraba de forma negativa en noviembre) que al comienzo del año (66,8%). Especialmente entre octubre y noviembre en el contexto del conflicto catalán, ha aumentado la distancia entre la valoración negativa que tienen los españoles de la coyuntura política, respecto a la económica. Habrá que ver si al comienzo de 2018 los mensajes sobre el impacto negativo que puede tener el conflicto catalán en el conjunto de la economía española se traducen en un aumento del pesimismo económico de los ciudadanos.

2

Valoración de la situación económica y política. Fuente: CIS enero-noviembre 2017. *Negativo: suma de valoraciones “Bastante Mal/Muy mal”

 

 

2. Pedro Sánchez, Segunda (y paradójica) parte

2017 comenzaba con un Partido Socialista en crisis. Apenas unos meses antes el que había sido durante dos años su Secretario General, Pedro Sánchez, dimitía de su cargo y posteriormente renunciaba a su acta de diputado para no votar a favor de la investidura de Rajoy. El “no es no” de Sánchez se saldaba con un fuerte enfrentamiento interno. Y la primera parte de este enfrentamiento terminaba con la derrota de Sánchez y la constitución de una comisión gestora, presidida por Javier Fernández, que se encargaría de la dirección del partido hasta la elección de un nuevo Secretario General.

En la pugna por el control del partido, la candidata Susana Díaz se perfilaba como la gran ganadora con todos los apoyos de las grandes figuras socialistas y del aparato. Pero los militantes decidieron apoyar, con el 50,2% de los votos, al díscolo Pedro Sánchez en las elecciones primaras celebradas el 21 de mayo. De esta forma, Sánchez regresó al PSOE como nuevo y flamante Secretario General. De acuerdo con los datos de estimación de voto del CIS, el regreso del antiguo Secretario General sirvió para que el PSOE remontara ligeramente el vuelo. O, al menos, para colocarse potencialmente por encima de los resultados obtenidos en las elecciones generales de 2016.

Si bien, los modestos resultados conseguidos por el PSC en las recientes elecciones catalanas reflejan, una vez más, las dificultades que, con independencia de quien sea su Secretario General, tienen los socialistas para recuperarse electoralmente en un marco político más fragmentado y con más competidores.

En todo caso, 2017 no ha dejado de ser un año paradójico para los socialistas. El año en que el partido tuvo que readmitir por una suerte de “despido improcedente” a Sánchez y en el que éste comenzó reafirmándose en su “no es no” a Rajoy para acabar, en los últimos meses del año, dándole su apoyo en la aplicación del artículo 155 en Cataluña.

3

Intención de voto al PSOE. Fuente: CIS enero-noviembre 2017

 

 

3. Un mal año para Unidos Podemos.

2017 ha sido un mal año para Unidos Podemos. Aunque en las elecciones de hace año y medio no se consumó el ansiado sorpasso, el partido de Pablo Iglesias acabó el 2016 en una senda de recuperación demoscópica, figurando como segundo en muchas encuestas gracias a que recibía los beneficios electorales de la crisis del PSOE, espoleada por la dimisión de Pedro Sánchez y la abstención en la investidura de Rajoy. 2017, en cambio, ha sido el año en que la tendencia se ha revertido y Unidos Podemos parece hoy un partido muy lejos de aspirar al gobierno, En algunas encuestas aparece incluso como cuarto partido estatal, por detrás de Ciudadanos. El siguiente gráfico muestra que es el partido que más se ha resentido en intención de voto (utilizamos la categoría Voto+Simpatía de los barómetros del CIS como aproximación al apoyo electoral). Entre Octubre de 2016 y de 2017 (último barómetro electoral disponible con intención de voto), el apoyo a Unidos Podemos es el del partido que más ha caído, de un 11,2% a un 7,2% (4 puntos). Aunque el PP también ha caído en algo más de tres puntos, su caída equivale a un 15% de su apoyo, mientras que en Podemos la caída es de un 35% de apoyo.

Más allá de la caída general, probablemente es más preocupante de dónde viene estas pérdidas electorales. El panel de la derecha muestra la variación de apoyo a Unidos Podemos por ideología en el último año. Comprobamos que la caída en el apoyo a la coalición de Pablo Iglesias se concentra en el centro-izquierda (categorías 3 y 4 del eje ideológico). Esto no sólo es relevante porque son espacios más poblados de electores, sino porque demuestra que el partido ha perdido la capacidad de ser transversal, incluso dentro de la izquierda, refugiándose en los votantes con ideología más extrema.

4

Un mal año para Podemos. Fuente: CIS Barómetros Oct 2016, 2017.

 

4. Evolución de los líderes políticos, según los suyos.

La evolución durante el 2017 de la valoración de los líderes de los cuatro principales partidos no deja grandes titulares, pero es representativa de las tendencias electorales que observamos. En este gráfico, presentamos cómo ha variado dicha valoración para cada líder entre su propio electorado. Aunque el último dato que presentamos corresponde al barómetro del CIS de octubre, podemos destacar el descenso de Iglesias y el aumento de Rivera. Éste último es el mejor valorado entre los suyos, mientras que el primero es el peor valorado entre sus propios votantes. No obstante, los cambios son muy pequeños y por tanto insuficientes aun para permitirnos aventurarnos a hacer predicciones de cara al próximo año. Quizás vale la pena destacar la favorable estabilidad de Rajoy, aunque lo números aquí presentados no capturan aun los momentos más duros de la crisis catalana. ¿Saldrá tocado de esta crisis? ¿Podrá la victoria de Ciudadanos en Cataluña agudizar el ojo crítico de los votantes populares? ¿Podrá la evolución de la economía contrarrestar estos posibles efectos? La manera en que reaccionará el electorado del PP a la evolución de la crisis catalana y a la economía serán claves para ir alumbrando el mapa de la batalla en la parte derecha del espectro ideológico. Veremos qué nos depara el 2018.

5

Valoración de los líderes políticos por su electorado. Fuente: CIS Barómetros enero-oct 2017

 

5. Cataluña en el ranking de preocupaciones ciudadanas.

2017 será recordado como el año en el que se declaró unilateralmente la independencia de Cataluña. Pero también podría ser recordado como el año en que Cataluña entró a formar parte, por primera vez, del ranking de las principales preocupaciones de los ciudadanos. En el mes de octubre, y en pleno apogeo del conflicto, la independencia de Cataluña llegó a ocupar el segundo puesto, después del paro, de los problemas que, a juicio de los ciudadanos, tiene España.

A pesar de la gran atención mediática y política que ha generado el conflicto de Cataluña en los últimos meses del año y que ha acabado por eclipsar todos los temas, hay que tener en cuenta que a lo largo de 2017 la preocupación social por la corrupción también ha estado muy presente. De las 10 observaciones realizadas mensualmente por el CIS entre enero y noviembre, en 9 de ellas la corrupción y el fraude se han situado como el segundo problema del país. A lo que también habría que añadir la percepción, muy presente también a lo largo de 2017, de “la política, los partidos y los políticos” como un problema que tiene España.

6

Cataluña como problema. Fuente: CIS enero-noviembre 2017

 

6. El independentismo ni crece ni se debilita.

La segunda mitad de 2017 estuvo llena de eventos que definieron el rumbo del proceso soberanista catalán: las sesiones del Parlament en Septiembre y la aprobación de las leyes de transitoriedad y referéndum, la respuesta del Tribunal Constitucional, el 1 de Octubre, el encarcelamiento de líderes independentistas, la huida de Puigdemont y medio gobierno a Bruselas, el aumento de la incertidumbre sobre la economía, la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la intervención de la Generalitat e inmediata destitución del gobierno… El año concluyó con la celebración de unos nuevos comicios al Parlament, que a juicio de algunos podría servir para generar una nueva mayoría con capacidad de generar una posible salida a la crisis institucional generada, en parte gracias a la movilización de antiguos abstencionistas. El éxito de Ciudadanos como primera fuerza, y el sorpasso de la formación de Puigdemont a Esquerra Republicana de Catalunya generaron muchas portadas, pero quizá lo más llamativo del 21D fue que, a pesar de semejante sucesión de eventos y de la excepcional movilización ciudadana (participó un 79% del censo) el peso relativo de los bloques seguía prácticamente inalterado: El independentismo bajó del 47,8 al 47,5 por ciento de los votos, y volvió a obtener una mayoría absoluta en el Parlament. El análisis del voto por mesas muestra la enorme estabilidad de este bloque: en el 55% de ellas, la diferencia en la proporción de votos independentistas en 2017 y en 2015 fue de menos de 2 puntos porcentuales, y en el 93%, de menos de 5. El gráfico muestra cómo cambió el voto independentista en función de cómo cambió la participación por mesa. Lo más llamativo del gráfico es que el porcentaje de voto independentista apenas se mueve en ningún grupo: está siempre cerca de cero. Pero también llama la atención que, contra lo que muchos esperaban, el porcentaje de apoyo al independentismo no cayó, sino creció, en aquellas mesas donde la participación subió más. Seguramente la explicación de esto tiene que ver con que la movilización en zonas tradicionalmente más abstencionistas (en conjunto menos independentistas) llevó a las urnas a votantes con preferencias menos polarizadas, que en esos contextos eran algo menos anti-independentistas que las de los que ya habían participado en elecciones anteriores.

7

Evolución del voto independentista. Fuente: Resultados provisionales por mesas, Generalitat de Catalunya

 

7. Independentistas y no independentistas: dos visiones opuestas del mundo

La fractura que ha abierto el conflicto en Cataluña entre independentistas y no independentistas consagra como, en un entorno de polarización, ambos grupos de población tienen dos visiones del mundo totalmente distintas que les llevan a una valoración y evaluación de los hechos totalmente opuesta. El siguiente gráfico, utilizando datos de MyWord, lo refleja. Se muestra el porcentaje de independentistas catalanes, no independentistas catalanes y ciudadanos del resto de España que tienen valoraciones positivas o negativas sobre los acontecimientos fundamentales de los últimos cuatro meses. Como se puede comprobar, la divergencia entre independentistas y no independentistas es abismal. No solo eso: los no independentistas en realidad tiene posiciones muy asimilables en el resto de España (lo que refleja el doble conflicto entre catalanes y entre el independentismo y el Estado).

Por poner un ejemplo, mientas que más de un 90% de independentistas tienen una valoración negativa de la aplicación del artículo 155 CE, la destitución del Govern y el encarcelamiento de políticos, esta valoración negativa ronda el 20% entre los no independentistas y el resto de España (excepto el encarcelamiento de políticos que recibe algo más de rechazo entre los no independentistas catalanes). Esta visión antagónica del mundo refleja las dificultades a las que se enfrenta la sociedad catalana para construir un nuevo consenso que incluya a un porcentaje claramente mayoritario de la población.

8

Independentistas y no independentistas: dos visiones opuestas del mundo. Fuente: MyWord, Nov. 2017. **Negativo: suma de valoraciones “Bastante Mal/Muy mal” Positivo: suma valoraciones “Bastante bien/Muy bien”

 

8. Ciudadanos: la amenaza naranja

Haber conseguido el mayor porcentaje de votos en las elecciones catalanas del 21D ha sido sin dudas un cierre de año muy favorable para la formación naranja. Si bien Ciudadanos ya había demostrado que podía congregar el voto anti-independentista en el 2015, este año lo ha hecho con una contundencia asombrosa. Es cierto que la lógica identitaria y la polarización en el eje territorial han favorecido la concentración del voto en Arrimadas, pero también lo es que haber dejado a los populares en una posición parlamentaria ridícula (en términos comparados con el pasado) les da la oportunidad de demostrar que podrían presentarse como el reemplazo al PP en eje izquierda-derecha. De hecho, una lectura estatal de las elecciones catalanas no solo señalaría a Rajoy como el gran perdedor del 20D, sino a Rivera como uno de los grandes ganadores. El líder de la formación naranja no incurrirá en costes en la no-formación de gobierno en Cataluña, pero recoge ya los beneficios de haber sido uno de los impulsor originales de la batalla anti-independentista así como de las expectativas de que Ciudadanos puede ser la fuerza hegemónica en el segmento de centro-derecha/derecha. El gráfico que aquí presentamos muestra el avance de esta amenaza naranja durante 2017. De acuerdo a los barómetros del CIS, en enero el 16% de los votante del PP en las elecciones generales de 2016 indicaban que estarían dispuestos a votar a Ciudadanos con una probabilidad del 50%. Este porcentaje ha ido en aumento hasta colocarse 6 puntos por arriba, es decir, en el 22%. Pero la sombra de la amenaza en realidad es aun más alargada. Si a éstos votantes del PP les sumamos los que declaran que votarían a Ciudadanos con una probabilidad mayor al 50% -es decir que lo harían aun con mayor seguridad- vemos que la evolución de las potenciales perdidas de electorado del PP han pasado de entorno al 37% en enero-abril a 52% en octubre. Es decir, 1 de cada 2 votantes del PP en 2016 declaraba hace algo menos de tres meses que podría abandonar a los populares y apoyar a los naranjitos con una probabilidad igual o mayor a ½. Ante tal amenaza, solo podemos augurar una guerra en la derechas en el 2018.

9

La amenaza naranja. Fuente: Fuente: CIS enero-oct. 2017

9. Lo de ‘la crisis de refugiados’ no es cosa nuestra.

Las llegadas marítimas a España (incluyendo también las terrestres a Ceuta y Melilla) han superado las 27.000 a mediados de este mes de diciembre, lo que multiplica casi por 6 las llegadas de la misma naturaleza en 2015 y por 3,6 las de 2016. En otras palabras, el crecimiento de las llegadas a las costas españolas venía anunciándose desde hacía meses y no debería haber pillado a las autoridades desprevenidas. De hecho, entidades como FRONTEX llevan tiempo anunciando flujos mayores que los recibidos como resultado más que probable del cierre de otras rutas.

Sin embargo, los fallos del sistema tanto en los puntos de acceso al territorio como en todo lo que viene después, son evidentes. El encierro en la prisión de Archidona (Málaga) de centenares de personas (menores incluidos) llegados un fin de semana de noviembre a las costas murcianas ilustra bien la forma de proceder en este ámbito: improvisación y escaso respeto a los derechos fundamentales de quienes llegan a España huyendo, en muchos casos, de guerras, conflictos, persecuciones étnicas o religiosas. Ojos que no ven, corazón que no siente: los encerramos o les colgamos automáticamente la etiqueta de ‘inmigrantes económicos’, o ambas cosas a la vez, y así no tenemos que plantearnos nuestra obligación de examinar individualmente la situación y circunstancias de estas personas que podrían ser merecedoras de asilo en España. Ya lo dijo el ministro Zoido “No es nuestra responsabilidad que los inmigrantes decidan huir”. Y a vivir, que son dos días.

10

Llegadas a las costas españolas y llegadas terrestres y marítimas a Ceuta y Melilla. Fuente: UNHCR

 

10. Refugio y Salud Mental.

La crisis de los refugiados ha generado numerosas noticias a lo largo de este año, aunque dado nuestro ensimismamiento, quizás menos en España de lo que la gravedad del asunto merecería.

Nos gustaría recordar a nuestros lectores que la migración por causas humanitarias (migrantes por razones humanitarias, solicitantes de asilo y, en último término, refugiados) deja profundas huellas en la vida de las personas.

El Panel Socioeconómico Alemán cuenta con una muestra de refugiados que permite comparaciones con los migrantes económicos. Con esta muestra podemos comparar la evolución media de la salud mental (medida a través de un índice sintético) de ambos colectivos y ver su evolución a medida que aumenta su tiempo de residencia en Alemania. Esto es lo que se puede ver en el gráfico de más abajo.

La brecha inicial que separa a los refugiados de los inmigrantes económicos es del 13%. Esta es la huella que dejan las experiencias traumáticas que expulsan a los refugiados de sus países de residencia. Pero esta no es la única mala noticia. Hacen falta cerca de 17 años para que ambos grupos puntúen igual en esta dimensión tan importante para el bienestar de las personas.

11

Salud mental de refugiados e inmigrantes económicos en Alemania. Fuente: Panel Socioeconómico Alemán. *El efecto es significativo al 10%. El índice de salud mental va de 20 a 66.

 

Enric JULIANA, “El año de las banderas” a La Vanguardia (1-01-18)

http://www.lavanguardia.com/politica/20171231/433983950753/ano-banderas-estado-cuestion-catalana.html

El año que hoy concluye se resume en España con la imagen de miles de banderas en los balcones. Estelades, senyeres y banderas españolas en los balcones de media Catalunya. Banderas de la España constitucional en todas las ciudades y pueblos de España, con especial presencia en los barrios de las clases medias tradicionales. Dos orgullos frente a frente. El año de las banderas.

Dos orgullos frente a frente, pero uno más poderoso que el otro al final del día. Un antiguo embajador de Portugal en Madrid, Jose Tadeu da Costa Soares, diplomático con experiencia en la ONU y China, un hombre muy viajado, un día lo resumió de manera genial, pidiendo prudencia en el uso de la fuente. Creo que ha pasado suficiente tiempo como para poder desvelar su diagnóstico: “Le he dado muchas vueltas a lo de España y Catalunya. Creo que estamos ante una lucha, quizá irresoluble, entre la soberbia y la vanidad. A los portugueses no nos interesa mucho ese enfrentamiento. Tenga presente que a lo largo del siglo XX, el poder español se planteó en tres ocasiones la invasión de Portugal. Alfonso XIII no soportó la temprana proclamación de la República portuguesa en 1910, con la consiguiente salida de los Braganza. Durante la Segunda Guerra Mundial, Franco sugirió a Hitler la anexión de Portugal ante los equilibrismos de Oliveira Salazar con los ingleses. En 1974, inmediatamente después de la revolución de los claveles, Henry Kissinger ordenó sondear a Carlos Arias Navarro sobre una posible intervención militar española en el Portugal revolucionario, plan que algunos herederos del franquismo veían con agrado, en la medida que podía reforzar sus lazos con Estados Unidos y asegurar un cambio político muy controlado en España. Comprenderá usted que nos mantengamos muy distantes”.

La soberbia del poder central frente a la vanidad catalana. La sublimación del Estado frente a la exageración sentimental de la sociedad civil. Un buen diagnóstico. La advertencia del embajador Costa Soares, sin embargo, iba bastante más allá de la descripción costumbrista. “Que el partido de la vanidad no menosprecie al Estado español”, venía a decir. Otros observadores extranjeros han llegado a conclusiones similares estas últimas semanas. Giaime Pala, joven historiador italiano afincado en Barcelona, en recientes declaraciones a La Vanguardia: “Desde Catalunya se ha minusvalorado el poder del Estado. El actual Estado español no es la estructura herrumbrosa a la que se enfrentó Enric Prat de la Riba en los tiempos de la Mancomunitat”. Vittorio Craxi, delegado del ex primer ministro italiano Romano Prodi, que estaba dispuesto a la mediación, siempre que la aceptase Mariano Rajoy: “Vi a Puigdemont sin un plan preciso. Creo que alguna fuente internacional le engañó”. Michele Ventura, antiguo dirigente florentino del Partido Comunista Italiano en la época de Enrico Berlinguer, que sigue muy de cerca la cuestión de Catalunya: “El grupo dirigente catalán me parece diletante”. (Diletante: aficionado).

El Estado español le ha roto las piernas a la Generalitat y la sociedad catalana ha reaccionado a la defensiva restituyendo una mayoría independentista en el Parlament para una nueva fase de espesa lucha táctica. El “a por ellos” resonará durante muchos años en los oídos de miles de catalanes. Muchos votantes independentistas, críticos con lo sucedido entre septiembre y octubre, votaron en clave estricamente defensiva. “Si perdemos, nos arrasarán”. Independentistas sin independencia. Republicanos sin república. Unionistas sin unión. Este el balance final del año de las banderas en los balcones.

El Estado ha roto el precinto del artículo 155, un dispositivo que infundía temor a todo el estamento político español por dos motivos: no se había aplicado nunca y la Generalitat aún conservaba la autoritas conquistada por Josep Tarradellas durante su triunfal regreso en octubre de 1977, hace ahora cuarenta años. El artículo 155 se ha aplicado sin ninguna resistencia del cuerpo funcionarial, empezando por los Mossos d’Esquadra. El escudo protector de Tarradellas se acabó de resquebrajar el día 26 de octubre, cuando Puigdemont renunció a convocar elecciones porque le llamaban traidor en las redes sociales. No hay autoridad política sin un grado de tensión con la sociedad. Tarradellas y Jordi Pujol lo supieron siempre. Pasqual Maragall manejó este principio durante su tiempo estelar en la alcaldía de Barcelona. La sociedad no puede ser adulada constantemente. (El jesuita José Ignacio González Faus ha resumido de una manera un tanto brutal: “Hemos visto a los gobernantes catalanes masturbando a su pueblo”).

El Estado ha roto el precinto y no ha encontrado resistencia. A partir de ese momento todo es distinto. Empieza una nueva fase en la política española. El Estado redescubre su capacidad de disuasión y los dirigentes soberanistas más inteligentes descubren los límites de su política. El exconseller de Economia Andreu Mas-Colell, fue uno de los que hablaron más claro después del 1 de octubre, viendo a venir el cataclismo. “Ahora hay que parar”. No le hicieron caso. Carles Puigdemont y Oriol Junqueras temieron verse desbordados e injuriados por la gente a la que habían prometido una independencia fácil. El primero que frenase, perdía. Estaba en juego –está en juego, todavía–, la posesión de la Generalitat. La posesión simbólica del autogobierno y el control material de una gigantesca estructura con más de doscientos mil empleados, alrededor de la cual se articula toda la lucha partidista en Catalunya.

Hay un antes y un después de la aplicación del articulo 155. El después empieza en el 2018. Los mecanismos de intervención y control de la autonomía catalana pasan a formar parte del utillaje común del Estado en tiempos de crisis y de turbación histórica. Una vez intervenida la Generalitat ya se puede intervenir todo lo que haga falta. El precinto se ha roto.

Se abre una nueva fase, con el consenso mayoritario de la sociedad española, que asistió turbada a las escenas de septiembre y octubre. La ruptura llegó a ser verosímil. Las sesiones del Parlament del 6 y 7 de septiembre ofendieron a muchos españoles por el mal estilo de la mayoría independentista y la evidente torsión de la legalidad. Las escenas del 1 de octubre, día del referéndum, con la policía pegando a la gente en los colegios electorales, se asustaron. Hubo más susto que indignación. La ruptura podía ir en serio. Ha habido mucho temor en la sociedad española, que nunca llegó a creerse seriamente la amenaza secesionista, según reflejaban los sucesivos barómetros del CIS, hasta octubre del 2017. En octubre cambió la percepción del problema. Alarma. Preocupación. Espanto.

Sobre este espanto se fundará la nueva política española. Las encuestas empiezan a reflejarlo con cierta claridad. La situación está sufriendo un movimiento helicoidal. La tensión política española sigue girando sobre el mismo eje que en el 2014, momento de la abdicación del rey Juan Carlos: enfado, protesta, desconfianza, desafección, crisis de representación. Pero a ese movimiento rotatorio alrededor del eje de la indignación se añade ahora un movimiento de traslación hacia arriba: hacia el Estado. (No hacia el Gobierno). La adhesión al Estado como mecanismo de protección ante la incertidumbre. Las encuestas son muy elocuentes, especialmente en las provincias de la España meridional e interior, donde se registra un mayor temor a los cambios bruscos. Ciudadanos aparece en estos momentos como el partido que mejor se adapta al movimiento helicoidal: ofrece una cierta renovación a los indignados y adhesión al Estado a los asustados. Sus excelentes resultados en Catalunya avalan y refuerzan esa doble oferta.

Empieza ahora una dura lucha entre el Partido Popular y Ciudadanos por la hegemonía en el centro derecha. Las secuencias más intensas de ese combate se disputarán en los despachos de Madrid y en los medios de comunicación. Ya acaba de filtrarse que Ciudadanos es el partido peor puntuado por el Tribunal de Cuentas en lo que se refiere a la claridad contable.El combate será duro.

Se hace más agria también la pugna entre los neoconvergentes (ahora Junts per Catalunya) y Esquerra Republicana por el control de la Generalitat. Las discusiones de estos días sobre la difícil candidatura de Carles Puigdemont a la presidencia son muy descarnadas. El disimulo se está agotando. Es improbable que el legitimismo carlista (de Carles) pierda ese combate, aunque Puigdemont no pueda ser reelegido President.

 

 

José Miguel de ELÍAS, “El vaivén de los votos catalanes” a El Mundo (31-12-17)

http://www.elmundo.es/cataluna/2017/12/24/5a3e9aa446163fd7188b456e.html

Las elecciones catalanas se han caracterizado por tres hechos relevantes. En primer lugar, por una elevada participación, que ha alcanzado el 81,94%. En segundo lugar, el triunfo por primera vez en votos y escaños de una fuerza no nacionalista, Ciudadanos. Y por último, el mantenimiento por parte de las tres candidaturas que apoyaron la declaración unilateral de independencia de la mayoría absoluta.

Para explicar cómo se ha llegado a estos resultados es interesante evaluar los movimientos de votos que se han producido entre las elecciones anteriores de 2015 y el 21-D. A través del análisis obtenido de las encuestas preelectorales realizadas por Sigma Dos, se pueden dar respuestas a algunas preguntas.

Primera: ¿ha sido cierto que una mayor participación favorecía a los partidos constitucionalistas?

De los 450.000 votos abstencionistas de 2015 activados en estos comicios, el 58,1% han sido para las fuerzas constitucionalistas (Cs, PSC, PP), mientras que los independentistas (JxCat, ERC, CUP) han recogido el 28,7%. El 13,2% restante se reparte entre Catalunya en Comú-Podem y otros partidos.

A la vista de estos datos se puede afirmar por tanto que, efectivamente, el aumento de la participación ha favorecido a los constitucionalistas.

Segunda: ¿cómo ha conseguido Cs aumentar 7,5 puntos de unos comicios a otros?

De los 1.102.000 votos que Cs ha obtenido, algo más de la mitad son de catalanes que ya les votaron en 2015, lo que supone un porcentaje de fidelidad del 83,8%. Una cifra similar obtienen JxCat y ERC con respecto a los votos de Junts pel Sí (la coalición en la que concurrieron en 2015) y muy por encima de la fidelidad conseguida por los demás partidos, que va desde el 57,2% del PSC hasta el escaso 41% obtenido por las dos fuerzas que han sufrido un mayor castigo en estos comicios, la CUP y el PP.

Pero para alcanzar 1.102.000 papeletas Cs ha tenido también que buscar en otros nichos. Su mayor víctima ha sido el PP, al que ha arrebatado 141.000 votantes (el 40,4%). También los antiguos votantes del PSC han colaborado a la bolsa naranja con 96.000 sufragios, aunque en este caso el PSC ha conseguido a su vez mover a sus filas a 81.000 antiguos votantes de Cs.

El montante de votos de Cs se completa con los 142.000 obtenidos de abstencionistas, 35.000 de JxSi, 34.000 de CSQP, 29.000 de otros partidos y 8.000 de nuevos votantes.

Así, Cs ha sido capaz de transmitir un mensaje lo suficientemente atractivo como para activar parte del voto abstencionista, intercambiar votantes con el PSC, coger pequeños grupos de otros partidos y arrastrar mucho voto del PP.

Tercera: ¿cómo han conseguido JxCat y ERC mejorar los resultados obtenidos en 2015?

En estas elecciones ambas formaciones se presentaban sin logros en la anterior legislatura, pues ni políticamente ni económicamente tenían ninguno. Lo que sí han expuesto es un relato de resistencia en contra de los poderes del Estado. El voto a la contra es siempre más fácil de defender que el voto a favor de un proyecto, pues este se guía más por el corazón y, además, resulta más fácil ponerse de acuerdo en contra de algo que a favor.

Entre el antiguo electorado de JxSi ha sido donde la estrategia de Puigdemont -cambiando la candidatura del PDeCAT, a la que no hubiesen votado los electores más cercanos a ERC y la CUP, por la más trasversal de JxCat, junto con el mensaje de que votando por la lista del presidente legítimo se apoyaba el procés– ha conseguido acercarse y, finalmente, superar a ERC.

También con una estrategia del voto útil, JxCat y ERC han conseguido atraer a 134.000 antiguos votantes de la CUP, el 39,8%. En el caso de la candidatura de Puigdemont, son estos votos de la CUP, junto a 56.000 antiguos abstencionistas, 34.000 socialistas, 13.000 que votaron a CSQP y 37.000 nuevos electores, los que le han permitido convertirse en la segunda fuerza política.

Por tanto, ha sido la capacidad de mantener la fidelidad de sus antiguos votantes junto con la atracción de una parte del voto abstencionista y el arrastre de votantes del partido más débil del bloque independentista lo que ha permitido a las dos candidaturas no sólo mantener, sino superar los escaños de hace dos años.

Otras muchas preguntas surgen ahora a consecuencia de estos resultados: ¿serán capaces las fuerzas independentistas de formar Gobierno? ¿El hundimiento del PP y subida de Cs pueden tener influencia a nivel nacional? ¿Sufrirá Podemos desgaste en el resto de España por su postura en Cataluña? Estas preguntas no tienen respuesta mirando lo ocurrido. Algunas vendrán con el tiempo, otras a través de la opinión de los ciudadanos, y esta será recogida por las encuestas.

 

Astrid BARRIO, “Perspectivas de los partidos catalanes tras el 21-D” a Agenda Pública (8-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/perspectivas-los-partidos-catalanes-tras-21d/

Los heterogéneos y en algunos casos inesperados resultados de las elecciones del 21 D hacen que los partidos afronten el año 2018 con diferentes perspectivas y muchos de ellos con un elevado potencial de conflicto interno, algo que puede seguir alternado el cambiante mapa político catalán.

ERC. Desde 2014,  cuando por vez primera superó CDC en las elecciones europeas, el partido republicano partía como favorito en todas las encuestas. Solo cuando se materializó la lista del expresident algunos sondeos empezaron a apuntar que la distancia entre ambas se reducía  pero en ningún caso vislumbró la posibilidad de que Junts per Catalunya pudiese superar a ERC.  La formación estaba tan segura de su ventaja que durante la campaña apostó porque fuese presidente el candidato de la lista soberanista más votada, algo que ahora, tras la victoria de Puigdemont,  la pone en dificultades.  Oriol Junqueras, pero sobretodo Marta Rovira se opusieron a la posibilidad de que Puigdemont disolviese el Parlamento y convocase elecciones antes de la declaración de independencia y de la  aplicación del artículo 155 desaprovechando la oportunidad de aparecer a ojos del electorado no solo como un partido leal ante la difícil decisión del presidente sino también como el partido crítico y por tanto con posibilidades de capitalizar el descontento de los electores soberanistas con la decisión. Poco esperaban que tras declaración de independencia y que tras su huida Puigdemont decidiese presentarse a las elecciones liderando la oposición al 155 y personificando la continuidad institucional.  Y poco importó ya Junqueras hubiese asumido la responsabilidad de sus actos y que en vez de huir a Bélgica estuviese en prisión y sin poder hacer campaña, ni siquiera virtualmente. El 26 de octubre la avaricia rompió el saco y ERC se equivocó forzando una inútil declaración de independencia que posiblemente para lo  único que haya servido haya sido para  catapultar a Puigdemont y a su lista.

Antes de todo ello ERC contaba con superar al PDeCat, que recordemos no tenía un candidato claro,  y también coqueteaba con la posibilidad de liderar diversas posibilidades de gobierno, desde una mayoría soberanista que abandonase la vía unilateral a una mayoría de izquierdas con los Comunes y con el apoyo posiblemente externo del PSC.  Habiendo vencido a la ex Convergencia y teniéndola subordinada,  ambos partidos podían tener interés en dar por terminada la subasta y relajar así la pugna soberanista,  que en gran medida es la responsable de la actual situación.  Ahora en cambio, con el PDeCat desaparecido y con un Puigdemont  reforzado y con el único argumento de restablecer el gobierno no parece que la desaceleración vaya a ser la vía.

La incógnita es cómo afectará todo ello a ERC.  De momento permanece a la espera de que Puigdemont se decida a hacer efectiva su promesa de volver.  Pero dadas las evidentes dificultades para investir a Puigdemont, ¿aceptará investir a otro candidato de Junts per Catalunya o  hará suyo el argumento de restablecer el gobierno legítimo en la figura de Junqueras? ¿Explorará la posibilidad de mayorías alternativas si la lista del president no da apoyo a Junqueras? ¿Estará dispuesto a ir a nuevas elecciones? ¿Cuál será la respuesta del partido habida cuenta que tradicionalmente no ha sido muy permisivo con los fracasos de sus líderes? ¿Exigirá cuentas,  sobretodo a Marta Rovira,  por sus titubeos y por su pésima campaña? Porque al fin y al cabo ERC y pese a haber obtenido sus mejores resultados desde la Segunda República ha fracasado en su intento de liderar el soberanismo y más por errores propios que por aciertos ajenos.   Todo sea que la negativa de Puigdemont acaben por convertir el plan B en el plan A de ERC.

PDeCAT. El gran ausente tras las elecciones,  al igual que durante las mismas,  sigue siendo el PDeCat.  Por lo único que ha sido noticia recientemente es porque el exconsjero Santi Vila ha comparecido ante su  comité de ética para dar explicaciones acerca de sus declaraciones tras su  dimisión el 26 de octubre por estar en contra de la DUI.  Ya explicamos que Junts per Catalunya era un win win para el PDeCat.  Si a la candidatura le iba bien, como así ha sido, el partido podía enmascarar su retroceso, mientras que si resultaba un fracaso,  el partido, que había arriesgado poco, permanecía a resguardo. La victoria del Junts per Catalunya sobre ERC permite al PDeCat parapetarse tras la lista del president hasta el punto de que con la vista puesta en las municipales del año que viene parece ser que ya se ha dado la orden de  empezar a registrar las franquicias locales de la nueva marca.   Incluso se apunta a que Junts per Catalunya pueda tomar el relevo del PDeCat e incluso ser embrión de un SNP a la catalana, algo que ya intentó CDC en 1978 con la idea de pal de paller y a lo que ERC siempre se negó

No obstante antes de las elecciones los nuevos dirigentes del partido, en particular Marta Pascal o el propio Santo Vila,  se mostraron críticos con la deriva radical de la formación y se pronunciaron a favor de una cierta moderación en las formas aunque sin renunciar a los objetivos.  Siendo este planteamiento contradictorio con el de Junts per Catalunya  ¿ no se romperá el PDeCat si se impone Junts per Catalunya?    No está de más recordar que  sigue siendo el único partido del antiguo campo catalanista que no ha sufrido escisiones como consecuencia del proceso.  Más allá del abandono se Fernández Teixidó  y de la salida de  Germà Gordó  que respondía a otros motivos,  la integridad del partido permanece intacta al menos desde el punto de vista orgánico e institucional a pesar, eso sí, de que no haya conseguido arrastrar a toda la militancia de la antigua  CDC. Sin embargo las perspectivas de éxito son un fuerte incentivo para mantener la unidad a pesar de la existencia de discrepancias ideológicas que en el seno de CDC siempre habían convivido. Pero además no hay que perder de vista de que el dís 15 de enero se conocerá la sentencia del cas Palau que puede afectar a la antigua CDC por lo que  para el PDeCat abrazar Junts per Catalunya puede ser una buena manera de romper con el pasado. Mientras que el PDeCat era una operación para salvar la herencia asumible de CDC, Junts per Catalunya es una operación a pesar del PDeCat. Y quizás algo más.   Pero, ¿ Junts per Catalunya es algo más que la imagen de un presidente en el exilio?  ¿Qué pasa si Puigdemont no vuelve y no puede ser investido?  ¿Hay alguien más?

CUP.  Aunque la formación anticapitalista es una de las que ha cosechado peores resultados perdiendo casi la mitad de su porcentaje de voto y seis escaños,  su posición, al igual que en la anterior legislatura, sigue siendo determinante.  Los cuatro  diputados de la CUP, aunque  insuficientes para mantener grupo parlamentario propio,  son los que permiten al bloque independentista conservar la mayoría absoluta en el Parlament y esa relevancia sin duda puede aplacar las consecuencias internas de su retroceso.  No obstante la presencia de la CUP en el Parlamento no está asegurada. Se sabe que podría estar dispuesta entrar en el gobierno siempre que se mantenga la unilateralidad y que se de continuidad a los resultados del 1 de octubre implementando la república,  pero también ha avanzado que podría  ausentarse del Parlament si se opta por mantener el marco autonómico, que al fin y al cabo es escenario más plausible si lo que se quiere es el levantamiento del artículo 155 y la recuperación de la autonomía. De ahí que Endavant-OSAN ya hayan exigido a Puigdemont que explique cómo piensa materializar la república.  Pero al final,  aunque algunos dirigentes  ya hayan mostrado su predisposición por Junqueras,  como siempre, su posición dependerá del criterio de su asamblea Quizás por ello como contrapartida ERC parece dispuesta a ceder a la CUP el diputado que le falta para poder disponer de grupo parlamentario y no tener así que compartir el grupo mixto con el PP.

Catalunya en Comú-Podem. La alianza de partidos izquierdistas, con una pérdida de tres escaños, ha sido otra de las formaciones que  ha obtenido peores resultados en las elecciones de 2017 que en las de 2015. Y eso a pesar de que a priori Xavier Domènech estaba considerado un mejor candidato que  Lluís Rabell y de que en esta ocasión la candidatura sí que se ha contado con el apoyo explícito y la implicación de Ada Colau. Las encuestas ya detectaban un cierto retroceso pero este quedaba compensado porque en la mayor parte de casos situaban a los comunes como un partido bisagra capaz de configurar diversas mayorías, soberanistas, constitucionalistas o mixtas. Y aunque matemáticamente no lo hayan conseguido la atípica situación con a 5 diputados electos en Bruselas y 3 en prisión podrían acabar situando a los Comunes en esa preciada posición.  La incógnita es si llegado el caso se inhibirán  o si finalmente y con el objetivo de evitar nuevas elecciones y de recuperar el autogobierno acabarán  decantando una mayoría, sea la que sea. En este sentido ha habido incluso quien ha especulado porque al final el gobierno lo acaben encabezando ellos o con cederles la presidencia del Parlamento.

Los comunes, al igual que el PSC,  aspiraban a  romper la lógica bipolar, y  en cierto modo a lo largo de la campaña lo consiguieron. En los debates y gracias a ellos,  se volvió a hablar de políticas.  Pero no fue suficiente.   Los Comunes se ha visto perjudicado por polarización y porque más que  equidistantes en los últimos tiempos han sido contradictorios.  Por un lado Ada Colau, tras una ajustada consulta interna decidía romper su acuerdo de gobierno con el PSC en Barcelona, por su apoyo al artículo 155, algo complemente ajeno a la política municipal y por el otro llegaban a un acuerdo electoral con Podem Cataluña después de que Podemos hubiese forzado la dimisión del líder del partido en Cataluña Albano Dante Fachín precisamente por considerar que su actitud era excesivamente comprensiva con las acciones de los independentistas.   Un planteamiento que se vería reforzado cuando el ex—dirigente Juan Carlos Monedoro, en plena campaña, afirmó que seguramente había que aplicar el 155.

Para Catalunya en Comú al igual que  para Podemos la cuestión catalana un talón de Aquiles, como lo ha sido para todos los partidos de tradición catalanista. La equidistancia, teniendo en cuenta que no es su tema prioritario,   le permitía al menos mantener la paz interna. El problema ha surgido cuando la equidistancia les ha llevado a decisiones contradictorias que confunden a tus potenciales electores y les llevan a refugiarse en partidos con posiciones más claras.   Pero los Comunes,  al menos, han hecho autocrítica aunque habrá que ver en que se traduce mientras que Podemos, que parece que el tema no va con ellos, sigue de vacaciones decidiendo si cambia de nombre.  Ahora se abren tres interrogantes.  El primero cómo los resultados electorales afectarán a los difíciles equilibrios internos en el seno del Catalunya en Comú,  sobre todo si acaban siendo determinantes para configurar una mayoría.  Por el otro si los malos resultados pueden suponer un lastre para que,  una Ada Colau cada vez más decaída como ha evidenciado el Barómetro Municipal en el que parece que poder ser superada por ERC, pueda seguir gobernando Barcelona. Sin el buque insignia de  Barcelona  las expectativas de otras candidaturas municipales de izquierdas que aspiraban a seguir su estela y que causaban mucho pavor a los socialistas,  se ve debilitada.  Y por último como set verán afectadas sus relaciones con Podemos que sigue con el conflicto interno abierto en Cataluña donde la imposición de una gestora tras la salida de Dante Fachín ha despertado muchas críticas.

PSC / Units per Avançar. Una de las principales novedades de estas elecciones ha sido la incorporación de candidatos de la antigua Unió a las listas del PSC. Aunque la operación no estaba exenta de riesgos por la posible pérdida de votos en su flanco izquierdo a lo que aspiraban los socialistas era a capitalizar los 100.000 votos que Unió recibió en 2015 y que no generaron representación.  En su intento de romper la lógica bipolar y de convertirse en el partido bisectriz los socialistas han hecho una campaña muy centrada en la figura de Miquel Iceta como presidenciable y en sus presuntas virtudes para alcanzar acuerdos a múltiples bandas.  Y aunque no se ha conseguido frenar la polarización y que los resultados han quedado por debajo de las expectativas y la posibilidades de un gobierno a lo Borgen con Iceta como Birgitte Nyborg son más  bien remotas,  estas elecciones han servido al PSC para cerrar las heridas de las escisiones sufridas en los últimos años y para empezar a recuperar votos y frenar el retroceso constante que inició en 2003.   Pese al impacto del 155 el partido parece estar cohesionado,  no se discute ni el liderazgo ni la estrategia de Iceta pese a su éxito relativo y el retroceso de los Comunes le permite tratar de seguir disputando la hegemonía en la izquierda,  hasta hace poco muy amenazada, algo determinante sobre todo pensando en las municipales. Pero también importante en la disputa entre Podemos y los socialistas en el conjunto de la política española aunque en ambos casos les penaliza el debate territorial y el predominio de la cuestión catalana como algunos barones han señalado.

Para Units per Avançar estas elecciones han supuesto un hilo de esperanza para su supervivencia como partido porque a través de Ramon Espadaler, los herederos oficiales de Unió,  han recuperado la presencia institucional.   Lo que está por ver es cómo funciona la convivencia entre ambas formaciones a partir de ahora.

PP.  La derrota más sonada de estas elecciones ha sido la del PP catalán que ha obtenido los peores resultados de su historia, tan malos que ni siquiera podrá formar grupo parlamentario propio. El partido que gobierna en España es absolutamente irrelevante en Cataluña y dada la situación en que ha quedado todo apunta a que va a tener dificultades para recuperarse.   Algunos de los dirigentes llamados a jugar un papel relevante en el futuro como Esperanza García o Juan Milián han quedado fuera del Parlamento, aunque el actual portavoz Alejandro Fernández,  ha podido salvar el escaño in extremis gracias al voto exterior. Y los diputados electos ni parecen estar del todo cohesionados ni todos ellos tienen como prioridad la política catalana.  Los malos resultados ya se han saldado algunas víctimas como Juan Arza, el secretario de Estudios que ha sumido su  responsabilidad en la derrota y ha apostado porque el partido emprenda una renovación,  pero de momento Albiol no se da por aludido y se mantiene en el cargo.  Sin embargo   aunque ciertamente el PP podría haber optado por otro candidato con unos rasgos más similares a los de Inés  Arrrimadas  para tratar de frenar el ímpetu  Ciudadanos,  nada de lo que hubiera podido hacer el PP catalán hubiese  podido contrarrestar el lastre de la gestión de Rajoy respecto a Cataluña y  sus pasivos en el conjunto español.  Así aunque se pueda llegar a plantear la renuncia de Albiol, lo que está en duda es sobre todo la gestión de los responsables del gobierno de la crisis catalana. De momento, Jorge de Moragas se marcha a un exilio dorado como embajador de España ante la ONU mientras que Soraya Sáenz de Santamaría permanece desaparecida.  La duda es como ello afecta al equilibrio interno dentro del PP y a las expectativas de futuro de la vicepresidenta.

El PP en estas elecciones ha acabado siendo un pagafantas.   Pese a ser el principal responsable de la aplicación del artículo 155, no ha sido capaz de capitalizar el descontento de los contrarios a la independencia y con la deriva del proceso soberanista.   El problema es que las consecuencias de lo sucedido en Cataluña se extienden más allá y el PP empieza ver seriamente amenazada su hegemonía en el centro derecha por Ciudadanos que además parece que cuenta con el aval de algunos ilustres dirigentes del PP como José María Aznar. .

Ciudadanos. Este partido ha sido el único cuyos resultados han satisfecho e incluso han superado las expectativas.  Los sondeos apuntaban que podía superar al soberanismo y finalmente ha ganado las elecciones siendo el primer partido anto en votos como en escaños.  Por primera vez un partido antinacionalista catalán es la primera fuerza política en Cataluña aunque sus posibilidades de formar un gobierno constitucionalista son más bien escasas. Los malos resultados de sus socios potenciales, principalmente el PP y en menor medida el PSC dificultan esa posibilidad. Y aunque la mayoría parlamentaria puede ser variable si los cinco de Bruselas no vuelven o ceden sus asientos,  en cuyo caso la mayoría soberanistas se situaría en 65 escaños,  cualquier movimiento de esa naturaleza requeriría la implicación activa de los Comunes, quien durante la campaña ya dijo que no.   Y aquí es donde se ven los límites de Ciudadanos que más que de su potencial electoral derivan de su escaso potencial de coalición.    Pero esa,  si llega, será la segunda batalla que en buena medida dependerá de los resultados de la primera, la lucha por la presidencia del Parlament,  que  se dirimirá el 17.

En cualquier caso y previsiblemente con independencia de los resultados de dichas batallas,  el partido respira paz interna y como consecuencia de su victoria en Cataluña ha reforzado su papel en el conjunto de España  y cada vez parece estar en mejor posición para disputar al PP  la hegemonía en el centro derecha.  Y curiosamente no lo está logrando por su posición en la fractura izquierda-derecha,  la que tradicionalmente ha articulado la vida política española sino por su posición en la cuestión nacional.

El plácido horizonte de Ciudadanos solo se está viendo enturbiado por los ya habitualmente críticos informes del Tribunal de Cuentas sobre su financiación.  Pero no puede relajarse, ahora debe concentrarse en reforzar su presencia municipal, muy particularmente en Cataluña,  donde el ejercicio del poder local sigue su gran asignatura pendiente.  Las elecciones locales y autonómicas están a la vuelta de la esquina.

 

 

Luis B.GARCÍA, “Los 10 factores que complican la investidura en Cataluña” a La Vanguardia (6-01-18)

http://www.lavanguardia.com/politica/20180106/434074845226/investidura-president-catalunya-factores-complican.html

Lo que tantas veces ha hecho progresar la hoja de ruta independentista hasta el choque final con el Estado, la astucia, se echa en falta ahora para desbloquear la situación y permitir la investidura de un nuevo president de la Generalitat al albor de los resultados electorales del 21-D. Sin descartar que la solución que acuerden ERC y Junts per Catalunya (JxCat) en los próximos días pueda incorporar una buena dosis de esta habilidad, de momento son numerosos los factores que complican el acuerdo entre las dos principales fuerzas independentistas, como la permanencia en la cárcel o en Bruselas de ocho diputados electos, entre ellos los dos principales candidatos (Junqueras y Puigdemont); la línea sucesoria del Govern considerado legítimo y las alternativas que se barajan, el escepticismo del PDeCat con Puigdemont, el no rotundo de los republicanos a repetir elecciones, el empecinamiento de ERC en pactar con los ‘comuns’, el papel secundario de la CUP o la previsión de que el juicio en el Tribunal Supremo se pueda celebrar en un año.

Son factores políticos, judiciales, electorales y programáticos, que cuando se entrecruzan condicionan y hacen muy difícil una salida por la firmeza de las premisas. Entre ellas, la de JxCat cuando avisa de que el único president que investirán será Puigdemont; la de ERC, que sin estar en disposición de poner condiciones como consecuencia de los resultados del 21-D retan al expresident a volver y asumir el cargo, lo cual es sinónimo de entrar en prisión; la de la CUP, que vende su abstención cara al recordar que irá en función del grado de unilateralidad, o las que marca el calendario electoral, con unos comicios municipales muy determinantes para los republicanos, pero también para los herederos de CDC.

1- Cinco electos en Bruselas y tres en prisión

ERC y JxCat suman en total ocho diputados electos en la cárcel o “en el exilio”, lo cual supone ocho diputados que pueden recoger su acta de diputados pero no podrían participar ni de las votaciones ni de los debates que tengan lugar en el Parlament. En este sentido, cobra fuerza la idea a la que se agarra Ciutadans a la hora de albergar una esperanza de poder alzarse con el control de la Mesa del Parlament y, tal vez con la presidencia del Govern si el resto de partidos no independentistas le apoyaran. Pero esto sólo sería posible si estos ocho diputados no renunciaran a su escaño y dejaran en minoría al bloque independentista en el Parlament, algo inviable por constituir el principal logro de los independentistas en los pasados comicios.

2- Junqueras seguirá en prisión y Puigdemont lejos

Las negociaciones entre ERC, JxCat y la CUP ya han comenzado y todo el foco estaba en Junqueras. Una vez aclarado que el líder de ERC seguirá en Estremera tras haberle sido denegada la libertad provisional por el riesgo de reiteración delictiva que atisba el Supremo, se desvanecen las posibilidades de que el republicano pueda erigirse de alguna manera como candidato a la investidura en virtud de la línea sucesoria que establece el llamado Govern legítimo presidido por Puigdemont. El plan b al que apuntaba el diputado Gabriel Rufián ya no tiene visos de hacerse realidad.

A las puertas del Supremo, Rufián lo dejaba bien claro: el plan b si Puigdemont no puede (quiere) volver es Junqueras, algo que sólo se atrevía a declarar el diputado antes de conocer el fallo de la sala del Supremo de este viernes, aunque el portavoz Sergi Sabrià lo venía a confirmar cuando señalaba que “cuando salga Junqueras lo hará con ganas de ayudar al país pero esto lo veremos cuando salga… en este momento sólo hay un plan que es Puigdemont”.

Sólo la puesta en libertad de Junqueras podía obligar a Puigdemont a comenzar a plantearse la posibilidad de volver a Catalunya, tal y como aseguró sin tapujos durante la campaña electoral. Sin orden judicial internacional a resolver por la justicia belga, el expresident se encuentra igualmente ante la disyuntiva de volver para ingresar en prisión y, tal vez, poder ser investido, o permanecer en Bruselas o en cualquier otro lugar fuera de territorio español ‘ad eternum’, como consecuencia de su estrategia de evitar la justicia española.

3- ERC fue tercera fuerza el 21-D y Puigdemont no es hombre de partido

Pero hay además dos handicaps que desfiguran las condiciones de ambos líderes para estar en condiciones de ser investidos: por un lado la decepción que supuso el hecho de que los republicanos acabaran siendo tercera fuerza política en las elecciones, por detrás del PDeCat, cuando las encuestas les daban como ganadores o empatados con Cs. Por otro lado, el hecho de que Puigdemont no sea un hombre de partido, que haya logrado la victoria entre los independentistas en los comicios a cambio de esconder las siglas, es precisamente lo que provoca el escepticismo del PDeCat, que incluso comprendería que el expresident diera “un pas al costat”, como Artur Mas en su día, por el bien del ‘procés’.

4- JxCat dice que Puigdemont sólo volverá si hay un pacto con el Estado

Si la investidura de Junqueras es imposible ahora que sabemos que permanecerá en prisión, prácticamente igual de inverosímil resulta la de Puigdemont. En el PDeCat ven posible incluso una investidura telemática, a distancia, pero el sentido común sitúa inconcebible poder ejercer como 131º president de la Generalitat desde una celda. El día a día, la función ejecutiva, debería recaer en alguien de confianza, de una suerte de ‘conseller en cap’ que llevase a cabo la gestión del día a día mientras se esfuerza por preservar la memoria del “Gobierno legítimo” encarcelado o “en el exilio”.

Por eso en JxCat y en el las versiones oficiales del PDeCat se lanza un mensaje al Gobierno del Estado para que haga posible la vuelta de los dirigentes huidos a Bélgica y la excarcelación de los exresponsables del Govern. Aseguran que Puigdemont sólo volvería con la garantía de que tendría la posibilidad de ejercer con libertad como president, es decir, si la Fiscalía decide retirar la causa por orden del Gobierno, algo altamente improbable. La petición deja al descubierto la premisa de que Puigdemont no tiene ninguna intención de regresar si eso significa poner un pie en prisión y no poder ejercer a plenos poderes como nuevo jefe del Govern.

5- El Govern legítimo” y las alternativas a Puigdemont

El hecho de que en el PDeCat insista en restituir el “Govern legítimo” también pretende ser un argumento dentro de un relato de largo recorrido, que irá más allá de la investidura y que puede servir también al PDeCat para luchar contra ERC ante las próximas citas electorales (las municipales de 2019), y el Estado por las causas judiciales que se mantienen abiertas como consecuencia del 1-O y la DUI.

Ante la inviabilidad de que Puigdemont sea el presidente ejecutivo de nuevo, el PDeCat sopesa alternativas, y pensando en un eventual paso al lado del expresident surgen nombres como el de Jordi Sànchez, número dos de la lista pero también encarcelado, e incluso Elsa Artadi, Jordi Turull o Josep Rull. El expresidente de la ANC aún no ha sido excarcelado, pero hay quien ve poco probable que siga en prisión hasta que se celebre el juicio. Elsa Artadi, que asumió el encargo de coordinar la ponencia ideológica del nuevo PDeCat y ha sido la directora de campaña de Puigdemont, se dio de baja del partido justo antes de implicarse en la campaña. Los otros dos exconsellers están imputados igual que Junqueras, Puigdemont y Sànchez, aunque en libertad provisional.

6- El no rotundo de ERC y JxCat a repetir elecciones

De momento, la firmeza de JxCat con Puigdemont es tal que obliga al PDeCat a declarar que no hay plan B, sólo plan A, y que no se contempla otra alternativa que investir al expresident y que no habrá una repetición de elecciones como consecuencia de una falta de acuerdo con ERC en la investidura. Pero el PDeCat no olvida que Puigdemont ni siquiera comunicó a los máximos dirigentes de su partido su decisión de irse a Bélgica y que dejó plantada la reunión de la ejecutiva de la formación el lunes siguiente a la DUI en el Parlament.

La negativa a repetir elecciones es un convencimiento compartido entre ERC y JxCat. Sobre todo son los republicanos los que dejan claro que no están por la labor de forzar una fatigosa repetición electoral en Catalunya, máxime con su candidato en prisión. Desde las filas republicanas son rotundos a la hora de rechazar nuevos comicios como consecuencia de una falta de acuerdo en la investidura con JxCat. El riesgo de que no se reedite la victoria independentista por una división personalista en el seno del bloque, o la idea de que se perpetúe la aplicación del 155 son dos buenos argumentos. JxCat tampoco quiere poner en riesgo una victoria inesperada ante los republicanos cuando había encuestas que les situaban como tercera fuerza parlamentaria o incluso por detrás.

7- La previsión de que el juicio en el Supremo se celebre en un año y deje inhabilitaciones

Aunque nadie quiere ni oír hablar de repetir elecciones, cualquier decisión sobre la investidura tiene que tener en cuenta las novedades de la causa que se instruye en el Tribunal Supremo contra los ocho dirigentes independentistas que han conseguido representación parlamentaria tras el 21-D y que están inculpados por delitos graves que pueden conllevar muchos años de cárcel o, cuanto menos, penas de inhabilitación para ejercer cargo público.

Como sucedió con Artur Mas y las exconselleras Rigau y Ortega, Junqueras, Turull, Rull, Forn, Bassa, Borràs, Jordi Sànchez, Romeva, Mondó y Forcadell, así como el resto de miembros imputados de la Mesa del Parlament y Jordi Cuixart, pueden recibir esa pena que les impida ejercer como parlamentarios en el caso de recoger el acta de diputado y pretender actuar como tal.

Si como se pretende, el juicio ante el Supremo tiene lugar dentro de un año más o menos, la situación puede provocar que los ocho electos, los cinco en Bélgica (Carles Puigdemont, Clara Ponsatí y Lluís Puig, Toni Comín, Meritxell Serret) y los tres que aún siguen en prisión (Oriol Junqueras, Jordi Sànchez y Joaquim Forn) se vean obligados finalmente a dejar sus cargos y renunciar a sus actas de diputados.

8- El papel secundario de la CUP

Los resultados electorales también han servido para dejar atrás la dependencia de la CUP que antaño generó tantas disputas con el partido de Artur Mas e incluso le obligó a renunciar a la presidencia de la Generalitat. Con los cuatro escaños que han cosechado sólo se necesita de ellos una abstención en segunda votación para la investidura, pero aún así, venden caro su apoyo al insistir en la vía unilateral si el diálogo con el Estado no lleva a ninguna parte. Es un apoyo secundario pero determinante si se plantan a la hora de vetar algún candidato.

La vía unilateral que impulsan los cuperos choca con la renuncia a esta estrategia por parte de ERC y JxCat, que tras el choque de trenes con el Estado y las causas judiciales en marcha se quieren centrar en una vía bilateral que pueda generar acuerdos. Sin embargo, ninguna de las dos principales formaciones independentistas renuncian a seguir con la situación de tensión de la legislatura anterior como consecuencia del permanente conflicto competencial y de bloqueos ante el Tribunal Constitucional.

9- La voluntad de ERC de ampliar la base soberanista con los ‘comuns

Es una de las primeras voluntades expresadas por Oriol Junqueras tras su entrada en prisión y la convocatoria de los comicios del 21-D: “tejer complicidades” con los ‘comuns’, aunque se esperaba que el apoyo ciudadano al partido de Ada Colau fuera mucho mayor de lo que finalmente ha sido. Con sólo 8 diputados, su apoyo ya no es tan determinante ni tan caro como se pudiera presumir. En contra de la viabilidad de esta entente juega el hecho de que los ‘comuns’ ya advirtieron que no pactarían con un Govern en el que estuviera el PDeCat, aunque una cosa son los pactos de gobierno y otra los acuerdos puntuales a lo largo de la legislatura.

10- Las elecciones municipales de mayo de 2019

El hecho de que independentistas no quieran repetir los comicios también está ligada con el horizonte electoral, con una nueva cita con las urnas prevista para mayo de 2019, aunque se trate de elecciones municipales. En poco más de un año, los ciudadanos catalanes volverán a citarse en las urnas. Aunque los catalanes no votan igual en las generales, las autonómicas y las municipales, ERC aspira a superar por fin a los convergentes, algo que no pudo ser en 2015.

CiU fue quien ganó entonces las municipales en Catalunya pero retrocediendo respecto a 2011 en cerca de 115.000 votos. El partido, que ha cambiado mucho desde entonces, logró ser la fuerza más votada con 667.683 votos, el 21,52%, y 3.324 concejales, mientras que ERC cosechó 508.839 votos, duplicando así los 257.705 sufragios que logró en los anteriores comicios, y sumó 2.381 concejales, con lo que se sitúa como segunda fuerza en número de ediles en los consistorios catalanes. Aún así, los republicanos quedaban lejos de las perspectivas que se les abrían por primera vez en las europeas de 2014, cuando fue el partido más votado en Catalunya.

La pugna entre ambas formaciones se mantendrá hasta entonces y es probable que se multipliquen las diferencias que han aflorado en esta campaña electoral, aunque mantengan el mismo objetivo secesionistas y lleguen a compartir el Govern de la Generalitat. El hecho de que no hayan reeditado la coalición de Junts pel Sí abre la veda.

 

 

Argelia QUERALT, “La investidura y la presidencia exigen presencia” a Agenda Pública (2-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/la-investidura-la-presidencia-exigen-presencia/

Defensores y miembros de la lista de Puigdemont pretenden que aceptemos una Presidencia a distancia o por persona interpuesta. En la próximas líneas explicaré porqué creo que esto no es sostenible desde el punto de visa jurídico ni político.

El Reglamento del Parlament es lo suficientemente parco como aceptar sin problemas que puedan cumplimentarse las condiciones formales para acceder a la condición plena de diputado a través de un procedimiento escrito, no presencial. Así pues, Puigdemont y los demás diputados electos fugados en Bruselas y los diputados electos en prisión provisional pueden acceder a su cargo sin mayores problemas. Ahora bien, la condición de diputado lleva aparejados una serie de derechos y prerrogativas, pero también deberes, de entre los que cabe destacar ahora el deber de asistir a los debates y a las votaciones del Pleno y de la comisiones de las que sean miembros.

Cierto es, en cualquier caso, que nada impide que en tanto que diputados, los presos preventivos y los fugados puedan ser presentados a la investidura por la persona que ostente la presidencia del Parlament.

La primera cuestión que debemos plantearnos es si las personas que se encuentran en la cárcel o en Bélgica pueden asistir al debate de investidura y participar en las votaciones correspondientes. Los primeros necesitan de una autorización judicial para hacerlo. En este sentido existe un antecedente del TSJ de Navarra quien otorgó un permiso de salida a un preso preventivo por terrorismo para que asistiera al debate de investidura en el Parlamento Vasco (aunque cabe advertir que con la oposición del Ministerio Fiscal). En aquel caso la motivación de los magistrados fue escrupulosamente respetuosa con los derechos políticos constitucionalmente reconocidos. Concretamente, el TSJ consideró que no mediando condena limitativa de derechos de participación, difícilmente cabía impedir la asistencia a un acto tan determinante como la investidura. Ahora bien no hay que olvidar que también por mandato constitucional, los jueces en España son independientes y, por tanto, no quedan vinculados por las decisiones que otros jueces hayan adoptado anteriormente en asuntos similares. Así, el instructor del caso podría, en esta ocasión, resolver de forma distinta sin que ello supusiera un práctica ajena ni contraria a nuestro sistema. En todo caso, deberá motivar su decisión de forma que todas las partes en el proceso conozcan sus razones para aplicar la norma de una forma u otra.

Una situación diferente se produciría si, una vez que de comienzo la actividad normal del Parlamento, el Magistrado no concede permisos para asistir a los debates y votaciones propias del funcionamiento ordinario de la cámara catalana. Tal pretensión supondría anular la razón de ser de la propia prisión provisional.

Por su parte, los diputados electos que se encuentran en Bélgica no necesitan a día de hoy de ninguna autorización: como se recordará fue retirada la orden de detención europeo que había sido dictada en su contra. Cosa diferente sería si deciden volver a España y se ejecuta la orden de detención (interna) que existe sobre ellos. Lo más probable es que una vez puestos a disposición judicial por la policía, el Magistrado Llanera decrete también para ellos prisión provisional.

Avanzamos y nos situamos en la fase de la investidura. Contra Puigdemont no existe ninguna condena firme que lo inhabilite para ejercicio de cargo público, por lo que tiene sus derechos políticos intactos, como muestra que se haya podido presentar en las listas, que haya podido hacer campaña (virtual y a través de las redes sociales) y que haya podido ser elegido diputado, a través de unas elecciones. Ahora bien ¿debe la persona que se somete a la investidura encontrase físicamente en el Parlament? Creo que la respuesta solo puede ser afirmativa: tanto el Estatut, como el Reglamento del Parlament como la Ley de la Presidencia indican que el candidato presentará su programa de gobierno a la cámara. Y, evidentemente, esta presentación se concibió (igual que sucede respecto de las 17 presidencias de los restantes ejecutivos que concurren en España) para ser realizada en la cámara, esto es, presencialmente. Es cierto que las normas citadas no hablan expresamente de que el candidato deba estar en el Parlament pero es la única interpretación sostenible en un sistema de representación política como el nuestro. Las normas no pueden leerse como si no formaran parte de un determinado sistema jurídico, construido sobre una serie de principios y valores. Por ello, pretender defender una investidura en la distancia arguyendo que ninguna norma del Reglamento exige expresamente la presencia del candidato en el hemiciclo es obviar que el nuestro es un sistema parlamentario presencial que exige a los representantes estar y asistir al Parlament a desarrollar su función, como exigen sus normas. Los artículos de los textos jurídicos no son realidades independientes, sino que requieren de interpretaciones sistemáticas como piezas de un determinado ordenamiento jurídico.

El sistema catalán es un sistema de democracia representativa en el que la ciudadanía elige a su representantes en el Parlament y son estos los que ofrecen su confianza, mediante la investidura, a un Presidente para que forme Gobierno y dirija nuestra Comunidad. Este recordatorio es necesario cuando algunos de nuestros dirigentes han iniciado un discurso propio de sistemas presidencialistas pero no parlamentarios. La lista de Puigdemont no ha ganado las elecciones y, aunque así fuera, lo determinante son los acuerdos políticos entre grupos que se adopten en la cámara. Y, no menor, los presidentes no están predeterminados, al menos no en los sistemas democráticos. Por cierto, estas razones son igualmente aplicables a la posibilidad de delegar la investidura: la delegación es del voto y ha sido pensada y luchada para los supuestos de maternidad y paternidad, y situaciones de enfermedad o incapacidad. Se observa rápidamente que no es tampoco instrumento idóneo para asumir la presidencia de la Generalitat.

Si pese a todo lo dicho nuestros legisladores lograran una reforma que permitiera una investidura a distancia, estarían vulnerado los más básicos principios del Estado de Derecho democrático. La ciudadanía acudió a votar bajo una serie de premisas jurídicas y bajo la promesa de Puigdemont de que volvería. Si se cambian las reglas de juego a posteriori y ad personam se estará quebrando el principio de seguridad jurídica, principio basilar de todo estado moderno, y también el de igualdad: se aplicaría un régimen de privilegio a los fugados en Bélgica respecto de los diputados hoy electos que asumieron sus responsabilidades y fueron a declarar ante los jueces, acatando sus decisiones y entrando por ello en prisión provisional, y que, aunque pudieron presentarse a las elecciones, no pudieron, en cambio, hacer campaña de ningún tipo.

Se baraja también, como se dijo al inicio, la opción de una presidencia por persona interpuesta. Si Puigdemont logra ser investido President contra toda lógica (la nuestra) jurídica, este nombraría a un conseller o consellera en cap (consejero/a jefe) en quien delegar la presidencia efectiva de la Generalitat. Porque, no lo olviden, ostentar la presidencia de una comunidad autónoma o de un estado no conlleva inmunidad política ni jurídica, por lo que si Puigdemont no vuelve ahora por temor a ser encarcelado preventivamente, tampoco lo hará siendo presidente puesto que su condición jurídica no cambiará.

Aclarado lo anterior, debemos recordar que las funciones del President son la de la representación del Estado y la alta representación de la Generalitat, y la dirección y coordinación del Gobierno de Catalunya. ¿Realmente alguien cree que es sostenible que un presidente pueda ejercer estás funciones de absoluta transcendencia a distancia, desde un país extranjero? La respuesta es nuevamente obvia: no. Entre otras cosas porque las decisiones, la inmediatez y el liderazgo diario, las 24 horas del día, que requiere una presidencia de una Comunidad Autónoma son incompatibles con el hecho de vivir en el extranjero… (también con el de estar privado de libertad, todo sea dicho de paso).

Una presidencia a distancia supondría igualmente burlar el sentido de nuestro sistema parlamentario en que se exige que el Parlamento, institución que acoge la representación popular, controle la actividad del Gobierno y que pueda retirar, si es menester, la confianza de su presidente. Resulta inconcebible que el Parlament deba llevar a cabo sus funciones de control ordinario y extraordinario del Gobierno y de su President a través de videoconferencia.

Para finalizar una última reflexión: teniendo en cuenta que el nuestro es un sistema electoral de lista cerrada (Catalunya es la única Comunidad Autónoma que no se ha dotado de ley electoral propia en estos casi 40 años de autogobierno), en el que, por tanto, no votamos a personas, sino a grupos de personas que representan una determinada ideología, lo más sencillo para resolver la situación anómala en la que estamos sería la renuncia a las actas de diputado de los afectados y permitir que accedieran al cargo los siguientes de las respectivas listas. De esta manera, podríamos dejar de pensar en forzar el sistema parlamentario para centrarnos en reconstruir la convivencia entre catalanes y restituir el autogobierno de nuestra comunidad, empezando por la investidura de un presidencia real y efectiva.

 

 

José María RUIZ SOROA, “La reacción del Estado” a El País (4-01-18)

https://elpais.com/elpais/2018/01/03/opinion/1514995040_249799.html

Los Estados modernos suelen ser tomados a efectos de análisis politológico como unas “cajas tontas” dentro de las cuales “pasan cosas”. El Estado sería un mero contenedor institucional inerte, mientras que las cosas pasarían en su interior o su derredor, protagonizadas por los auténticos actores, fueran éstos los partidos, las clases, las naciones, la elite económica o las religiones. Por ello, los análisis y predicciones que produce la política como disciplina se centran normalmente en la actividad y resultados de éstos, desdeñando la contemplación del Estado como un actor por sí y en sí.

Existe sin embargo otro enfoque, para el cual los Estados modernos (por muchas limitaciones que tengan) son la dinámica acumulativa de poder más intensa que ha conocido la historia y, como tales realidades dinámicas, son actores de la política a título principal, por mucho que no resulten visibles a corto plazo. Tocqueville y Weber entre los clásicos, o Charles Tilly o Theda Scokpol entre los contemporáneos, son ejemplos de investigación demostrativa de cómo, por poner un ejemplo, todas las revoluciones modernas han tenido una consecuencia común: la de fortalecer al Estado que la experimentaba, incrementando su capacidad de control sobre las fuerzas sociales internas. O cómo es el Estado el que, en gran manera, ha creado a las naciones como estructuras comunitarias útiles para fortalecer su dominio (el “gran truchimán” que decía Ortega). O cómo las revoluciones pueden perfectamente ser vistas como los estertores de un Estado en crisis (exitosos o no) para acomodarse a una realidad económica o global.

Perdonen la pedantería. Pero en España ha tenido lugar un intento de revolución radical (ya dijo Kelsen que la secesión para un Estado es una revolución) y, si no me equivoco, asistimos a una no menos radical reacción del Estado, entendido como poder institucionalizado. Lo curioso (y probablemente impredecible) es que a la cabeza de esa reacción radical se ha puesto un poder estatal casi siempre secundario y reactivo, el judicial, que ha tomado la iniciativa de defender al Estado a través de las élites tecnoburocráticas de Fiscalía y Tribunal Supremo.

Este no es un comentario de cariz jurídico, sino estrictamente politológico. Y desde esta perspectiva puede entenderse la sorprendente instrucción del caso por la Sala 2ª, en la que día a día se va produciendo una casi mágica reescritura o reinterpretación del proceso secesionista catalán. En colaboración muy estrecha con la Guardia Civil, el tribunal está “descubriendo” que ha existido desde hace un par de años una confabulación política en Cataluña para llegar a la secesión a través de un proceso de excitación identitaria, acción gubernamental y pseudoreferendos. Y al descubrir esta actividad la está a la vez repintando o caracterizando como algo criminal, como incursa en los delitos de rebelión o sedición, una caracterización que ninguno de los que asistimos al proceso en su día (pues fue público y notorio) soñamos siquiera.

Así, el Tribunal está llevando a cabo una mutación radical de las reglas del juego constitucional español. Hasta ahora, el secesionismo pacífico era ilegal por cuanto buscaba conseguir un resultado anticonstitucional por medios distintos de los previstos en la Constitución, pero no era en sí mismo criminal. Por eso las instituciones, desde el gobierno al Constitucional, asistieron indefensas a su desarrollo, limitándose a formular quejas sobre concretos actos de desobediencia o malversación. Ahora avanza una verdad muy diversa: el proceso era en sí mismo criminal, porque secesionarse era lo mismo que rebelarse, intentar la declaración de independencia era lo mismo que alzarse violentamente.

Más importante, esta mutación radical de las reglas del juego, de acusado cariz defensivo de la estatalidad vigente, se realiza para ser aplicada no sólo a posteriori sino que es rabiosamente actual con respecto a la realidad política hodierna: el intento de continuar con el proceso está predefinida como actividad delictiva que —artículo 155 aparte— puede ser yugulada directamente por el juez instructor. El Estado cuenta ahora —le guste más o menos al gobierno— con un arma defensiva nueva de una eficacia masiva. En nada se parece ya la situación del Estado español de octubre 2017, titubeante ante lo escaso de su arsenal defensivo, con la de ese mismo Estado en 2018, encabezado por un adalid poderoso (recuerden, el poder de un juez instructor español es el mayor que existe en nuestra realidad).

¿Y dicen ustedes que estamos donde estábamos? ¡Quia!

 

Javier PÉREZ ROYO, “Esto no puede acabar bien nunca” a eldiario.es (6-01-18)

http://www.eldiario.es/zonacritica/puede-acabar-bien_6_726587345.html

“Son reos del delito de rebelión los que se alzaren violenta y públicamente para cualquiera de los fines siguientes: …5º Declarar la independencia de una parte del territorio nacional” (art. 472 Código Penal)

El presupuesto de hecho del delito de rebelión es un alzamiento violento. La violencia es un elemento constitutivo del tipo penal. La acción política o cívica pacífica o, en todo caso, no violenta, con el objetivo de “declarar la independencia de una parte del territorio nacional”, podrá ser, sin duda, una acción antijurídica, pero no es una acción constitutiva del delito de rebelión. Porque sin violencia no hay rebelión.

Esto, que yo sepa, no se ha discutido nunca. No hay ningún Manual de Derecho Penal en el que no se explique el delito de rebelión de esta manera. Y por eso resulta difícil de entender que el Fiscal General se querellara contra los miembros del Govern y de la Mesa del Parlament ante la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo por un delito de rebelión.

En todo el desarrollo del llamado ‘procés’ no ha habido ni un solo acto de violencia por parte de los protagonistas del mismo. Se han sucedido a lo largo de siete años manifestaciones y concentraciones extraordinariamente masivas y se han celebrado dos consultas con participación de algo más de dos millones de personas, sin que se haya registrado ni un solo acto de violencia sobre las personas y ni siquiera algún acto de vandalismo. Todas las personas que han participado, fueran autoridades o ciudadanos normales y corrientes, lo han hecho de manera completamente pacífica. Esto no se ha discutido por nadie.

¿Cómo se justifican, entonces, las querellas por rebelión? ¿De qué manera acreditan el Ministerio Fiscal, la Audiencia Nacional o el Tribunal Supremo la conducta violenta de las personas contra las que se dirigen las querellas? ¿En qué momento se ha producido un “alzamiento violento” por parte de Oriol Junqueras, por ejemplo, que lo convierta en “reo del delito de rebelión”?

No hay una respuesta que no sea disparatada para estos interrogantes en los escritos de la Fiscalía o en los autos de la Audiencia Nacional o del Supremo. El auto dictado por la Sala del Tribunal Supremo el viernes por el que se decide mantener la medida de prisión provisional para el señor Junqueras proporciona el mejor ejemplo de lo que digo.

La Sala reconoce expresamente que no es posible imputar ni directa ni indirectamente ningún acto de violencia al vicepresident del Govern. Ni actuó ni ordenó actuar con violencia en ningún momento. Esto está acreditado. Y sin embargo, la Sala le hace responsable de la violencia contra las personas que pretendían votar en el referéndum convocado por la Generalitat el día 1 de octubre, ordenada por el Gobierno de la nación a los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Al convocar el referéndum, el Govern obligó al Estado, esto es, al Gobierno de la Nación, a reaccionar ejerciendo violencia contra los ciudadanos. Como nadie puede desconocer que un Estado reaccionará con todos los medios a su disposición para evitar la quiebra de su integridad territorial, son los que provocan esa reacción los responsables de la violencia.

El “alzamiento violento” del Govern consistió en que provocó que el Gobierno de la Nación tuviera que ordenar las cargas de la Policía y la Guardia Civil contra los ciudadanos que querían votar. Dichas cargas, conviene no olvidarlo, condujeron a que el Grupo Socialista tomara la iniciativa de reprobar a la vicepresidenta del Gobierno. Iniciativa que quedó sin efecto con la votación del 155 de la Constitución. Y sin embargo, en el auto de la Sala del Supremo se traslada la responsabilidad de la vicepresidenta Saénz de Santamaría al vicepresident Junqueras y con esa operación se justifica la querella por rebelión contra este último.

El auto, desde la perspectiva del delito de rebelión, es esperpéntico. No lo es en absoluto en la descripción que hace del ‘procés’ y en el carácter antijurídico del mismo, pero sí en su calificación como delito de rebelión. No hubo ‘alzamiento violento’ por parte del Govern, pero sí ‘contra-alzamiento violento’ por parte del Gobierno de la Nación. En la provocación de este contra-alzamiento está la justificación del delito de rebelión por parte de los miembros del Govern. La Generalitat es la responsable de la violencia ejercida por el Estado contra sus ciudadanos. Esa es la violencia que convierte a Oriol Junqueras en reo del delito de rebelión.

Esto no puede acabar bien nunca.

 

 

Ignacio MOLINA, “¿Debemos tomarnos en serio a Tabarnia” a Agenda Pública (28-12-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/debemos-tomarnos-serio-tabarnia/

A pesar del tono solemne que algunos de sus protagonistas han intentado imprimirle, el procés se va conformando -con permiso del Brexit- como la gran tragicomedia política europea de los últimos años. Desde verano se ha rozado incluso el género del esperpento aunque la escena ha estado hasta tal punto dominada por los giros dramáticos que resulta inapropiado frivolizar. Las perspectivas de solución a la mayor crisis del periodo democrático siguen lejanas, con la sociedad catalana partida y enfrentada a la incertidumbre económica, la mayor parte de la opinión pública española indignada, los principales líderes independentistas fugados de la justicia o en prisión preventiva con graves imputaciones y el artículo 155 de la Constitución activado a la espera de una difícil elección de nuevo Presidente de la Generalitat.

No obstante, la resaca post-electoral y los días de fiesta habrían traído un momento de relajación propicio para recuperar el lado medio cómico que ya ha caracterizado la función en otros episodios. En ese contexto distendido podría interpretarse la ocurrencia de Tabarnia: una nueva iniciativa de secesión que, reproduciendo los argumentos del adversario, pretende desgajar de la Cataluña más nacionalista y rural al litoral urbano, próspero y mayoritariamente constitucionalista que va de Tarragona a Barcelona ¿Pero se trata solo de un efímero divertimento navideño o es una nueva derivada del conflicto con recorrido por delante?

A priori se trata solo de un hallazgo singularmente ingenioso para su explotación en las redes sociales. El único proyecto político que hay detrás sería enfrentar al soberanismo con el espejo de sus mitificaciones e incoherencias: “un sol poble”, el expolio fiscal, las exageraciones historiográficas, el supuesto atraso español y su incapacidad para aceptar el pluralismo o, en fin, la unilateralidad para decidir quién es el demos y con qué exigua mayoría (o ni siquiera) pueden decidirse nada menos que las fronteras. No es poca cosa. A buen seguro, la apelación irónica a Tabarnia debilitará a partir de ahora la eficacia del argumentario independentista.

Pero, más allá de la burla, lo cierto es que la teoría y práctica del secesionismo también muestra que no debe despreciarse la poderosa (y, en su caso, inquietante) idea de las particiones internas como fórmula de respuesta defensiva a la posible separación de un territorio en donde conviven importantes bolsas de partidarios y detractores de la ruptura.

Para esas situaciones, Hans Morgenthau formuló hace mucho tiempo la paradoja A-B-C del nacionalismo según la cual una comunidad “B” que invoque la autodeterminación con respecto a otra “A” (a la que pertenece), no dudará en negársela luego a la “C” (que está en su seno y querría a su vez emanciparse o seguir en “A”). La aplicación de esa paradoja a los Balcanes llevó al célebre analista a concluir que en determinados contextos plurales podría no haber ningún límite basado en la razón o la voluntad popular que pueda evitar una lógica infinita de liberación nacional, de modo que ésta solo se interrumpirá a partir de factores tan realistas como el poder de los actores o los intereses exteriores.

En el panorama comparado del independentismo en democracias occidentales no son pocas las Tabarnias que pueden mencionarse. La más citada entre nosotros durante los últimos días remite a Quebec y la alusión indirecta que hace la Ley de la Claridad canadiense a que una provincia que decida embarcarse en un proceso de abandono de la federación no tiene su propia integridad territorial asegurada; sobre todo por lo que respecta a las enormes extensiones habitadas por poblaciones aborígenes o “first nations” pero que también podría extenderse al área metropolitana de Montreal donde los muchos bilingües, anglófonos e inmigrantes tienden a rechazar la idea de una secesión. El nacionalismo quebequés siempre ha negado la posible amputación de aquellas zonas que no le acompañasen en el hipotético camino hacia la independencia, pero la combinación entre ese riesgo y la evidencia de que no existe mayoría clara han ido atrasando sine die la propuesta de un nuevo referéndum. Como se ha dicho antes, medir las fuerzas propias y ajenas, y hacerlo con realismo, parece un consejo sabio en el camino a Ítaca.

Otro ejemplo, que recoge de manera aún más nítida los enormes problemas de la autodeterminación en contextos identitarios muy plurales, apunta a la partición de Irlanda, incubada entre 1892 y 1922 y que, como es tristemente sabido, sigue sin estar bien digerida un siglo después. Aquí de nuevo se constata que si es la voluntad democrática la que determina la separación de una parte del Estado, resulta muy difícil no aceptar que esa misma lógica se aplique al nuevo Estado. Pero, además, Irlanda ilustra bien que solo desde una óptica puramente nacionalista se puede predeterminar quién conforma la comunidad política soberana. E incluso en el caso de que expresamente se desee atribuir esa decisión a la ciudadanía (o, al menos, dar una apariencia de ello) siempre será arbitrario el criterio sobre el que fundar la expresión de la voluntad. En este caso: ¿debía hacerlo todo el Reino Unido, la isla en su conjunto, cada una de sus cuatro provincias históricas, sus 32 condados, o sus cientos de municipios? Acudan de nuevo a Morgenthau para saber la respuesta.

El tercer caso que merece la pena mencionar es el de Bruselas; un curioso referente si se considera el protagonismo reciente de la capital belga en la crisis catalana. Si la división de Quebec sirve como una amenaza nebulosa que aconseja aplazar un nuevo proceso soberanista para el que no existen “winning conditions” realistas y si el Ulster vale como recordatorio de las fracturas y controversias infinitas que pueden acompañar la independencia cuando la sociedad está tan dividida (incluso si se tiene éxito parcial en la empresa de crear un nuevo Estado), Bruselas es una Tabarnia todavía más turbadora para el nacionalismo catalán. Al fin y al cabo, Quebec no se ha independizado pero sigue íntegra mientras que Irlanda se rompió en dos pero al menos una parte se constituyó en República.

Bruselas, en cambio, era hasta hace pocas décadas parte integrante de Flandes. La zona más urbana, rica, progresista, conectada al mundo y bilingüe (aunque con mayoría francófona) de la región histórica. Hace ahora cincuenta años, cuando el nacionalismo flamenco irrumpió con fuerza denunciando el maltrato económico al que le sometía Bélgica y reclamando el neerlandés como única lengua o un amplísimo autogobierno que estaría condenado a adaptarse a las preferencias ideológicas del Flandes tradicional, la capital pudo desgajarse y constituirse en región aparte. Ni siquiera una inminente secesión, sino el auge de un nacionalismo conservador y uniforme movilizó a los bruselenses. Hoy, pese a los atascos y los problemas de la capital, se muestran orgullosos de su identidad propia y apenas un 15% se considera flamenco. La ironía es que, como Flandes sí que sigue considerando a Bruselas como propia (hasta el punto surrealista de haberla elegido como sede de sus instituciones), la región-capital constituye el antídoto más eficaz contra la ruptura de Bélgica.

Y ahí volvemos a Tabarnia. A esa humorada que hace a la mayoría de los urbanitas catalanes constatar –gustándose por ello como no lo hacían desde hace tiempo- que viven en un espacio más cosmopolita, productivo, de izquierdas, europeísta y plural que el de las comarcas de interior. Puede que la idea no tenga recorrido político pero sí sirve para constatar el cansancio de los no independentistas tras cinco años de procés. Y, más allá de evitar nuevas escenas de tractores por la Diagonal o de alcaldes con varas por el Parlament (que sus promotores sabrán juzgar a partir de ahora como totalmente contraproducentes), coloca en la agenda de cualquier posible solución al conflicto catalán que gran parte de la Barcelona metropolitana tiene sus demandas: una ley electoral más justa, mejor aceptación de las identidades cruzadas, un espacio público más bilingüe o la garantía de que no corre peligro la conexión de Cataluña con el mundo globalizado. Tabarnia es, en fin, el molesto recordatorio de que quien hoy vota a los partidos constitucionalistas no tiene por qué ser, ni mucho menos, defensor del status quo sino un nuevo protagonista en el escenario de esta larga función. También quiere profundos cambios en Cataluña pero no precisamente los que había previsto el soberanismo.

 

 

Pau MARÍ-KLOSE, “Los límites de la persuasión política: una invitación a la modestia” a Agenda Pública (1-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/los-limites-la-persuasion-politica-una-invitacion-la-modestia/

Quienes trasladamos nuestras opiniones y tenemos la vana aspiración de aportar elementos al debate público asumimos un supuesto excesivamente simple. La gente atiende a buenos argumentos. Creemos que el mejor argumento, el más cabal y razonado, el que reúne la evidencia más sólida, prevalecerá frente planteamientos falaces, débilmente razonados o desprovistos de fundamentación empírica.

A la hora de abordar la cuestión catalana, son muchos los que creen que se debe librar una batalla contra el oscurantismo para convencer a los independentistas de que cejen en su actitud, exponiéndolos a “la verdad”. Es cuestión de tiempo el que sucumban a la fuerza del mejor argumento. Se señala a menudo que es imperativo desmontar sus mitos y falacias, cultivados por intelectuales y propagandistas, y reproducidos dentro de un sistema educativo que adoctrina o por unos medios de comunicación que ofrecen información sesgada y manipuladora.  Si se replica a las falsedades y distorsiones del nacionalismo con determinación y acierto, éstas terminarán cayendo por su propio peso y muchas personas que andaban cegadas acabarán viendo la luz y rectificarán.

Subyace en este planteamiento un gran optimismo antropológico. Sin embargo, décadas de investigación ponen de manifiesto que las premisas en que se basan esas creencias son, cuanto menos, cuestionables. Los individuos no sucumben fácilmente a información que contradice sus esquemas o marcos mentales si esta información proviene de fuentes que consideran “sospechosas”  o es puesta en entredicho por otros informantes que corroboran esos prejuicios.

Volúmenes ingentes de investigación en psicología cognitiva acreditan que muchos mensajes lanzados estratégicamente para provocar un cambio de actitud o comportamiento generan efectos contrarios a los que se pretendía ocasionar. Es lo que se conoce como efecto boomerang.

Los efectos boomerang explican por qué muchas campañas de información y sensibilización (que persiguen promocionar comportamientos saludables o prevenir conductas de riesgo, alentar actitudes pro-sociales o fomentar el consumo de ciertos productos y evitar el de otros) fracasan. Los mecanismos detrás de los efectos boomerang son diversos y complejos. Por ejemplo, si un intento de persuasión plantea una amenaza a la libre elección de una persona, la reacción en forma de pensamientos y emociones negativas puede malograr esa iniciativa, y las personas pueden terminar endureciendo su postura inicial  (reactancia psicológica).

Otras veces el efecto boomerang es resultado no querido de poner en el foco (priming)  realidades que de otro modo no hubieran captado la atención del individuo y entrado en la evaluación. En un perturbador estudio sobre actitudes hacia la pena de muerte, basado en una encuesta-experimento, Mark Peffley y John Hurwitz mostraron que el apoyo de los blancos a la pena capital en Estados Unidos aumentaba cuando se les había informado previamente de que estaba demostrado que la sentencia se aplicaba de manera discriminatoria contra las personas de color.

Muchas veces los contenidos de los mensajes suscitan asociaciones no buscadas con otras piezas de información que el individuo tiene en la cabeza, provocando reacciones colaterales que desactivan el fin original del mensaje. Un mensaje que en principio iba destinado a cambiar un hábito perjudicial (por ejemplo tomar drogas en la adolescencia) puede inducir ese comportamiento entre jóvenes que nunca se habían planteado incurrir en él al sugerir que es una conducta socialmente extendida entre la juventud y aprobada en circuitos prestigiosos (“que molan”).

En psicología política se han realizado experimentos que describen interesantes efectos boomerang.  Brendan Nyhan y Jason Reifler, por ejemplo, expusieron a dos grupos de sujetos experimentales a textos que incluían las mismas declaraciones de George W. Bush sobre la necesidad de intervenir en Iraq para combatir el riesgo que representaban la existencia de armas de destrucción masiva. En el texto administrado a uno de los grupos se señalaba a continuación que un amplio y concienzudo  trabajo de revisión de las decisiones tomadas en relación a la intervención en Iraq –el Informe Duelfer—había determinado que no existían pruebas de que Iraq hubiera desarrollado ningún programa de armas de destrucción masiva ni dispusiera de ningún tipo de arsenal oculto (en la versión administrada al grupo de “control” se omitía esta segunda parte).

Después de administrarles los textos, los individuos fueron preguntados si creían que Iraq disponía de este tipo de armas, la capacidad de producirlas  y había desarrollado un programa para hacerlo. Las respuestas evidenciaron efectos boomerang entre participantes que se emplazaban en posiciones conservadoras en la escala ideológica. Así, las personas conservadoras que había leído el texto que incluía información sobre el informe Duelfer se declararon más convencidas de que esas armas existían que las personas con la misma afinidad ideológica en el primer grupo. Habían desarrollado la mencionada reactancia psicológica.

Los filtros ideológicos tienen un poder inmenso en el modo en que gestionamos información, hasta el punto de provocar que nos comportemos como verdaderos idiotas. Así lo acredita un interesante experimento de Dan Kahan, Ellen Peters, Erica C. Dawson y Paul Slovic. En el estudio, Kahan y sus colaboradores administraban un pequeño cuestionario político y un ejercicio matemático a una muestra de 1111 estadounidenses. Aunque el ejercicio matemático tenía la misma estructura para todo el mundo, el relato en que se inscribía no era el mismo.

Mientras una parte de la muestra era invitada a resolver un problema que requería realizar un cálculo de proporciones para averiguar si un tratamiento contra manchas cutáneas era efectivo, otra parte de la muestra era invitada a resolver el mismo problema en el marco de una versión “politizada”. Lo que se trataba de determinar, en esta segunda versión, era si la prohibición de llevar armas encima, adoptada en distintas ciudades, aumentó o disminuyó el crimen en esos lugares. Dos narrativas distintas para dar cobertura a un problema matemático idéntico, tanto por su estructura como por las cifras que los participantes en el estudio debían manejar en sus cálculos.

Las respuestas ofrecidas por los participantes fueron extremadamente llamativas. Cuando eran expuestos a la versión “despolitizada” (sobre el tratamiento cutáneo)  el factor principal que explicaba la probabilidad de acierto del participante eran sus competencias matemáticas previas. No se advertían diferencias políticas de ninguna índole: progresistas y conservadores presentaban la misma tasa de aciertos.

No sucedía lo mismo entre los sujetos expuestos a la versión “politizada” (sobre control de armas). En este caso, los participantes tendían a ofrecer respuestas consistentes con sus identidades políticas. Los progresistas tendían a sobreestimar la efectividad de la prohibición y los conservadores a infraestimarla.  Más llamativo todavía es el hecho de que los individuos con mayores competencias matemáticas tendían a divergir más en función de sus identidades políticas. Paradójicamente tener mayores competencias matemáticas no les facilitaba resolver el problema correctamente cuando hacerlo significaba traicionar sus “predisposiciones políticas”. La gente no utilizaba su raciocinio para obtener la respuesta correcta; estaban razonando para obtener la respuesta que políticamente les gustaría que fuera correcta.

12

Pero la ideología no lo explica todo. Como hemos señalado antes, los efectos boomerang se producen también como producto de dinámicas de priming.  En otro estudio reciente realizado durante la campaña electoral francesa, Oscar Barrera, Sergei Guriev, Emeric Henry y Ekaterina Zhuravskaya  evidencian que la gente tiende a aceptar planteamientos populistas basados en información falsa, aunque a continuación se les ofrezca información oficial que la contradice. En su estudio, una muestra representativa de 2480 franceses eran asignados aleatoriamente a cuatro grupos, a tres de los cuáles se ofrecía información diferente sobre la realidad de los refugiados en Francia.

Al primero se le daba a leer unas declaraciones de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, con información falsa sobre el perfil de los refugiados (hechos alternativos). Los entrevistados del segundo grupo leían esas declaraciones e información oficial que las desmentía (hechos alternativos y hechos reales). El tercero leía exclusivamente la información oficial (hechos reales). Y el cuarto no era expuesto a ningún tipo de información. Su hallazgo principal es que el grupo expuesto a los “hechos alternativos”  mostraba una probabilidad más alta de votar a Marine Le Pen tras leer esa información, pero sorprendentemente esa probabilidad se incrementaba en la misma medida en el grupo al que se le ofrecía a continuación la información oficial que rectificaba a Le Pen.

Es más, el trabajo de Barrera y colaboradores evidencia que la mera exposición de los sujetos experimentales al asunto de los refugiados –utilizando solo información oficial en el tercer grupo–  afecta al voto. Es suficiente para provocar un ligero incremento de la probabilidad de declarar que se va a votar a Le Pen respecto al grupo de control –a cuyos miembros simplemente se les solicita su intención de voto, sin mención alguna al tema. Dicho de otro modo, otorgar prominencia a una cuestión controvertida como la de los refugiados, ofreciendo información rigurosa para contrarrestar “hechos alternativos” ampliamente difundidos, puede jugar a favor de los emisores populistas de esos mensajes.

Con ello no estoy queriendo decir que debemos renunciar a persuadir a colectivos que abrazan ideas falaces, pero sí estoy invitando a que seamos más modestos en nuestras pretensiones,  y cautelosos para evitar producir el efecto contrario al que deseamos. En las preferencias y actitudes políticas de los individuos cristaliza un gran número de experiencias biográficas e influencias externas, que configuran identidades generalmente bastante consistentes. Pensar que se las va a sacar del error desmintiéndolos o aportando nueva información es una ingenuidad. Sus dispositivos cognitivos están predispuestos a aceptar gustosamente ciertas evidencias consistentes con sus juicios e identidades políticas (sesgo de confirmación) y descartar y reaccionar virulentamente contra otras que resultan disonantes. Por si esto fuera poco, empeñarse en corregir errores de los demás, ayudando a que un tema adquiera prominencia,  puede contribuir a encastillarlos en sus posturas.

Si reconociéramos esas limitaciones quizás revisaríamos los tertulianos a los que escuchamos, los intelectuales a los que prestamos atención y, en última instancia, los políticos a los que elegimos.

 

Daniel INNERARITY, “Fracaso cognitivo y aprendizaje de los errores” a Agenda Pública (30-12-17)

http://agendapublica.elperiodico.com/fracaso-cognitivo-aprendizaje-los-errores/

Mediante cinco recomendaciones de libros, Daniel Innerarity, Catedrático de Filosofía Política e Investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, toma el pulso al marco interpretativo de los tiempos que corren y las lecturas críticas necesarias para establecer fronteras conceptuales que expliquen la actualidad más allá de los titulares.  

Todavía no sé muy bien cómo construir un observatorio inteligente sobre la sociedad, pero tengo una fórmula que no me ha dado mal resultado: buscar la refutación del propio punto de vista, la corrección de la propia deformación. No hay razonamiento, ideología o libro que lo explique todo, y la mejor manera de avanzar consiste en procurarse aquello que lo contradiga. La lista de libros que presento es el elenco de lecturas con las que he corregido mi previa deformación. He seguido el consejo de Wittgenstein de evitar la dieta unilateral de los filósofos, muy parecido a aquel de Nietzsche de buscar el antídoto del propio genio. Cuando uno se siente demasiado habermasiano, entonces esa deformidad hay que corregirla con una dosis de Luhmann o Beck, y así uno tras otro. Seguramente lo que de esas lecturas resulta no es demasiado coherente, sino más bien promiscuo y lleno de tensiones no resueltas, pero he de reconocer que entre los valores que estimo de la vida intelectual el de la coherencia no es el principal. Si algo me ha permitido esta trayectoria es desarrollar una especial sensibilidad para las zonas ciegas de toda teoría, para confrontarlas con aquello que no ven. Desde hace unos años, mi proyecto intelectual consiste en elaborar una teoría de la democracia compleja, y lo primero que he aprendido es que para ello resulta mucho más útil ser consciente de las limitaciones de toda explicación de la realidad que explotar al máximo las fortalezas de la propia posición ideológica.

1. Jürgen Habermas (1981), Theorie des kommunikativen Handelns.

Hice mi tesis doctoral sobre el concepto de intersubjetividad en Habermas y la lectura de estos dos tomos fueron decisivos en mi formación. El intento de Habermas me sigue pareciendo grandioso: dotar a las cuestiones prácticas de un estatuto de verdad, arrancarlas del ámbito de la irracionalidad o del control de los técnicos, convertirlas en tema de pública discusión. Pese a la idealización de una comunidad ideal de discurso, el modelo de interacción comunicativa que Habermas, en la medida en que consideraba al acuerdo como telos inmanente de la racionalidad, ha situado en el centro de la filosofía política el objetivo de intereses generalizables, cuya determinación se espera de la relación igualitaria constituida en la acción comunicativa.

Ese concepto de espacio público, tal como emergió en el debate político del siglo XVIII y que desempeñó un papel clave en la definición de las democracias modernas, parece estar hoy necesitado de una nueva reflexión. No se trata sólo de adaptar a las sociedades contemporáneas un proyecto de organización concebido en la época de la Ilustración; constituye también una buena ocasión para volver a pensar cómo podemos ajustar nuestros ideales normativos de la democracia y de la vida en común a las condiciones actuales de gobierno y funcionamiento de la sociedad.

El espacio público —esa esfera de deliberación donde se articula lo común y se tramitan las diferencias— no constituye una realidad dada, sino que se trata más bien de una construcción laboriosa, frágil, variable, que exige un continuado trabajo de representación y argumentación, cuyos principales enemigos son la inmediatez de una política estratégica y la inmediatez desestructurada de los espacios globales abstractos. Frente a los automatismos de la política y la debilidad institucional, la reconstrucción de un concepto normativo de lo público permitiría introducir procedimientos de reflexión en una vida política que suele estar dominada por lo inmediato: la tiranía del presente, la inercia administrativa, la desatención hacia lo común, la irresponsabilidad organizada. El espacio público, como ámbito en el que se organiza la experiencia social, debería ser una instancia de observación reflexiva gracias a la cual los miembros de una sociedad producen una realidad común, más allá de su condición de consumidores, electores, creyentes, expertos, etc., y ensayan una integración en términos de compatibilidad. La relevancia del espacio público depende de la capacidad de organizar socialmente una esfera de mediación de subjetividad, experiencia, implicación y generalidad.

La renovación del espacio público iniciada por Habermas podría hacer operativa una cultura política abierta hacia el largo plazo, una formulación de la responsabilidad acorde con la complejidad de nuestras sociedades y una praxis democrática capaz de construir lo común —desde el autogobierno local hasta los espacios de la globalización— a partir de las diferencias. Son equilibrios que no parecen estar resueltos de una vez para siempre y que vuelven a reclamar ahora una revisión en profundidad.

Cuando Habermas escribía este libro nadie podía imaginar que nos adentrábamos en la sociedad de las redes. Pese a todo, considero que la mayor parte de sus propuestas no han perdido valor.

2. Ulrich Beck (1986), Risikogesellchaft. Auf dem Weg in eine andere Moderne.

Si uno cree que nuestros espacios públicos son el resultado de un plan consciente por construirlos, lo mejor que puede hacer es leer a Beck, con quien me topé en Múnich a mediados de los años 80 y a cuyas clases asistí en el momento en que estaba formulando su teoría de la sociedad del riesgo, antes de que hubiera alcanzado la posterior celebridad. La teoría sociológica de Beck añadía una idea interesante a la formulación clásica de la intersubjetividad: el carácter involuntario de las comunidades de destino que se generan como consecuencia de los riesgos civilizatorios. A diferencia de otras civilizaciones anteriores, nosotros no podemos imputar todo aquello que nos amenaza a causas externas; las sociedades están confrontadas a ellas mismas, a la producción de aquello que no desean.

Los principales problemas de nuestras sociedades son sus bienes públicos y somos conscientes de que también han de ser comunes las estrategias con las que hacerlos frente. Problemas como la polución del medio ambiente, el cambio climático y la explotación de los recursos naturales, la integración financiera y los riesgos a ella asociados, la desigualdad global y la explosión demográfica, el crimen global que se manifiesta en el tráfico de drogas y armas; todas ellas son cuestiones que han irrumpido en la agenda política debido a que la mayor integración de la economía mundial las acentúa y modifica el contexto en el que tienen que ser tratados. Los sistemas globales complejos, desde el financiero hasta el ecológico, vinculan el destino de las comunidades locales con el de comunidades distantes. La seguridad propia se diluye frente a la seguridad general: cada uno depende de todos los demás, la seguridad de cualquiera está en función directa de la seguridad de los otros, estén cerca o lejos. Nos interesa cada vez más lo que les pasa a los demás porque consideramos que ahí se contienen posibilidades y amenazas para nosotros. Tenemos ya experiencias concretas en el ámbito de la seguridad, la economía o el medio ambiente que acreditan la torpeza de perseguir únicamente lo propio y nos recomiendan aprender la inteligencia cooperativa. Se impone el sentido común, que no es tanto una categoría epistemológica como un descubrimiento político: haber caído en la cuenta de que el interés particular está de tal manera entreverado con el de los otros que conviene entender cuanto antes la lógica que los vincula. Beck hablaba en este libro de riesgos, pero lo hacía desde un optimismo militante. Los conflictos y las catástrofes tienen muchos inconvenientes, pero al menos algo positivo: una función integradora porque ponen de manifiesto que no cabe sino encontrar soluciones mundiales, algo que no es posible sin perspectivas, instituciones y normas globales. Lo que está teniendo lugar es, de hecho, una politización involuntaria de la sociedad del riesgo, porque los riesgos, cuando son bien comprendidos, presionan hacia la cooperación.

3. Niklas Luhmann (1998), Die Gesellschaft der Gesellschaft.

Qué mejor antídoto para quien se ha formado en el normativismo habermasiano que la lectura de Luhmann. La teoría de sistemas es una corrección de la deformidad consistente en plantearse todos los problemas desde una perspectiva moral. Detrás de muchas perspectivas moralizantes sobre ciertos problemas sociales no hay otra cosa que incompetencia cognitiva. La moral vendría a compensar la falta de conocimiento. Luhmann defiende, por el contrario, una primacía del conocimiento frente a la prescripción y sintetiza esta oposición de la siguiente manera: las expectativas cognitivas tratan de cambiarse a sí mismas; las normativas quieren cambiar a sus objetos.

Hablamos mucho de la sociedad y la economía del conocimiento y tal vez no hayamos caído en la cuenta de que, para estar a la altura de sus desafíos, nos hace falta ser, por así decirlo, más listos que los problemas que plantea. La verdad profunda de esas denominaciones —sociedad del conocimiento, economía del conocimiento— no es otra que la advertencia de que en el origen de nuestros problemas hay un fracaso cognitivo y el mejor instrumento para superarlo es aprender de ellos, desarrollar el saber correspondiente.

En la sociedad del conocimiento necesitamos formas de gobierno que gestionen adecuadamente el saber. Hemos prestado una gran atención a la importancia que el conocimiento tiene en nuestras sociedades, pero no hemos reparado tanto en las consecuencias ambivalentes de la producción del conocimiento; por ejemplo, en el sistema financiero global a la hora de gestionar los riesgos económicos.

Pensemos en el caso de la crisis económica. No es exagerado decir, por tanto, que entre las causas de la crisis hay un fracaso cognoscitivo. ¿Por qué razón el sistema financiero aparece como más inteligente y dinámico que el mundo de la política y el derecho? Pues fundamentalmente porque la economía tiene una actitud cognitiva, flexibilidad y una enorme capacidad de aprendizaje, mientras que la política y el derecho están acostumbradas a un estilo normativo, que se traduce en una tendencia a dar órdenes allí donde tendrían que aprender. La política y el derecho tienden a reaccionar de manera normativa frente a las decepciones, mientras que la estructura de expectativas que dirige las operaciones de la economía en general, y del sistema financiero en particular, se caracteriza por una predominancia de las expectativas cognitivas, adaptativas y abiertas al aprendizaje. Por eso la economía y el sistema financiero van por delante tanto en lo que se refiere a la definición de los problemas como a la formulación de los modos de enfrentarse a ellos.

Esta es la razón por la que puede afirmarse que no habrá solución verdadera a la crisis mientras los actores públicos no sean capaces de generar el saber necesario. Hasta ahora, el énfasis sobre el papel de los estados y de la jerarquía como medio de control ha impedido prestar atención a los aspectos cognitivos y cooperativos de la gobernanza. No se puede ejercer la responsabilidad de la supervisión y la regulación si no se dispone del saber correspondiente, que permita comprender los nuevos instrumentos financieros y alertar a los operadores sobre sus riesgos específicos.

4. Pierre Rosanvallon (1998), Le peuple introuvable.

Ahora que la cuestión del populismo ha entrado con fuerza en el debate político, este libro que leí durante los años que pasé en Francia ha encontrado una nueva actualidad. Frente al uso político de las categorías enfáticas (el pueblo, nosotros, la gente…), Rosanvallon nos arroja al espacio de la duda y la indeterminación: el pueblo es algo inencontrable. Efectivamente, hay categorías imprescindibles en la política, como la soberanía popular, cuya verificación e identificación en cada momento es problemática. La complejidad de la sociedad contemporánea impide que nadie represente el interés general de un modo incontestable. En una sociedad funcionalmente diferenciada ya no se puede representar la autodeterminación social sobre el modelo de la intervención de un metasujeto de la acción colectiva.

Este libro de Rosanvallon es una invitación a combatir esa tendencia del ser humano a dejar de ver la contingencia de las agrupaciones colectivas. Toda reflexión ética y política debe comenzar perturbando a los administradores de las evidencias para preguntarnos si somos tantos o tan pocos, cuáles son las razones de pertenencia y desafección, en virtud de qué se fija la frontera con otros, de qué manera influye el paso del tiempo en ese límite, qué tipo de operaciones cabe establecer entre lo nuestro y lo suyo, cuáles son las condiciones de la representación. Pero son este tipo de preguntas molestas —¿quiénes somos nosotros?; ¿por qué ellos no son de los nuestros?— las que permiten distinguir una adscripción legítima de otra inconfesable, un sujeto de responsabilidades y derechos frente a una multitud enajenada.

Así pues, todo examen acerca de los deberes que nos vinculan remite a la cuestión acerca de quiénes somos nosotros. Los grandes avances de la humanidad se han debido a la iteración de dicha pregunta y a que hemos actuado en consecuencia una vez descubierto que somos más de los que pensábamos, que hay exclusiones en todo orden social. ¿Quién puede formar parte de nosotros o dejar de contar como uno de los nuestros? Entonces descubrimos que somos más o menos, con pertenencias de diverso grado, bajo determinadas condiciones que el tiempo modifica. La libertad humana implica siempre una capacidad de ausentarse de aquellos lugares en los que está instalada en plural y convocar otro género de agrupamiento. Y descubrimos también que hay otros, mujeres, extranjeros, subordinados, que no cuentan con los mismos derechos.

En el espacio de la mundialización, con identidades porosas y múltiples, en interacciones complejas, donde rige la contaminación y la interdependencia, cuando todo se contagia y no hay seno protector, el nosotros está caracterizado por una gran indeterminación. En un espacio de bienes y males comunes cualquier delimitación demasiado rígida entre nosotros y los otros es inapropiada. Debemos pensarnos a nosotros mismos de una manera potencialmente universal. Al mismo tiempo, hay que construir nuevos sistemas de responsabilidad que sean operativos y reflejen la complejidad de un mundo interdependiente.

El estado nacional ha sido una formidable respuesta a esta pregunta acerca de quiénes somos. Nosotros hemos sido los nacionales, con una clara contraposición de intereses frente a los extranjeros, los afectados por los mismos problemas, habitantes de un mismo espacio acotado por fronteras fijas, representados conforme a unos criterios de legitimidad democrática, con idénticos derechos y deberes, en un ámbito de decisión y solidaridad determinado. Desde hace tiempo este marco se ha revelado como insuficiente. El estado nacional, en tanto que forma política del nosotros, está desbordado por la pobreza global, la obligación de proteger a otros, la imperiosidad de los bienes comunes, la complejidad de los acuerdos globales en materia climática o financiera. La globalización ha producido un auténtico desencuadramiento nacional de la justicia, que no equivale necesariamente a la selva neoliberal sino a la exigencia de plantear los derechos y deberes en un contexto inédito.

Nosotros casi nunca somos todos; de entrada, porque hay una inevitable y generalmente inocente particularidad (aquellos aspectos de nuestra identidad que no son elegibles ni modificables; no todos podemos haber nacido en un sitio, ni modificar absolutamente —pese a las crecientes posibilidades tecnológicas— nuestra condición corporal). Existe un segundo plano de la relación entre nosotros y los otros se refiere a las condiciones de acceso, inclusión y expulsión de una comunidad, donde la contingencia es mayor y, por consiguiente, la modificabilidad. El tercero tiene que ver con la tensión que apunta a la humanidad en su conjunto. En este nivel, en cierto modo y de acuerdo con lo que esté en juego, nosotros podemos y debemos ser todos. A esta posibilidad, deber o aspiración se refieren los objetivos de una gobernanza mundial, las obligaciones transnacionales e incluso ciertos deberes que van incluso más allá de la solidaridad interna de nuestra especie y que hacen de nosotros algo más que nosotros los humanos. Todos los debates entre patriotismo y cosmopolitismo giran en torno a la articulación de estos tres planos y muchos malentendidos proceden de no haberlos diferenciado suficientemente.

5. Philip Pettit (1997), Republicanism. A theory of freedom and government.

Este libro supuso para mí una introducción a la teoría del republicanismo, pero también a algunos debates acerca de la cultura política norteamericana que me eran menos conocidos. Lo menciono finalmente porque me permite también introducir algunas reflexiones sobre lo que está pasando en la política americana que pueden explicar el triunfo de Trump.

En el imaginario que alimentaba la reciente contienda electoral americana no solo se han enfrentado la izquierda y la derecha, sino también dos conceptos de lo político que permitían a su vez una versión de izquierda y de derecha: el republicanismo cívico y el elitismo liberal-conservador. Sin todos los matices que requeriría semejante encuadramiento, considero que Trump y Sanders aspiraban a representar lo primero, el ideal cívico, mientras que los partidos republicano y demócrata serían vistos como lo segundo, el llamado establishment.

Las elecciones americanas han reactivado el mito del common man de la tradición radical-plebeya, tan presente en el relato fundacional de los Estados Unidos, la relación inmediata con la naturaleza, el papel del trabajo, el rechazo de la abstracción y la burocracia, las intrigas políticas del poder federal, la aversión por la corrupción y los grupos organizados, una fe inquebrantable en los ideales americanos y el bien común. Al igual que ocurrió con el Brexit, que hizo visible la contraposición entre el campo y la ciudad, las recientes elecciones americanas han reflejado la oposición entre el sueño jeffersoniano de una democracia descentralizada de los pequeños propietarios y la concepción hamiltoniana de un poder centralizador e industrial. Mientras que la democracia liberal requiere únicamente una sociedad de consumidores cultivados, la concepción cívica, populista, de la democracia exige un mundo entero de héroes, como afirmaba Christopher Lasch. Este sociólogo reivindicó hace años una identidad del Midwest, donde se encontraría una auténtica cultura democrática americana de inspiración protestante (unos tipos sobre los que Robert Altman construyó su película The Last Show, por citar un solo ejemplo, de entre los muchos que podrían mencionarse).

Y es que los productos de la industria cultural americana explican las actuales confrontaciones políticas mejor que muchos tratados de teoría de la democracia. Encontramos esa celebración del hombre democrático en las películas de Frank Capra, donde se ensalza el ideal americano, la vida de la comunidad cívica que reposa sobre la ética individual de sus miembros, un modelo de virtud que parece anacrónico en la época de la manipulación política, los escándalos financieros y el trabajo deslocalizado. En alguno de los personajes de sus películas (pensemos en James Stewart interpretando al protagonista de ¡Qué bello es vivir!) nos encontramos tipos que de alguna manera desarrollan en la sociedad moderna la virtud cívica asociada a la gloria marcial en la sociedad premoderna.

La antítesis de este hombre ordinario decente puede encontrarse en los protagonistas de una serie televisiva como The Office, personajes psicológicamente laminados, cuya referencia es una cultura de masas en la que el único deber es no imponer sus preferencias a los demás, un yo flotante, amorfo, desencantado y cínico, que carece de prejuicios porque tampoco tiene ninguna opinión propia que pueda exponer a la crítica. Al mostrar la inanidad del mundo del trabajo de oficina, los que han concebido esta serie no aspiran a alertar a quienes tienen un bullshit job sobre su condición proletaria; la ironía cínica neutraliza, por el contrario, cualquier toma de conciencia de la propia alienación y su posible protesta.

Me parece que este es el trasfondo de buena parte de las disputas políticas que están teniendo lugar en la sociedad americana y en otros lugares del mundo, una insatisfacción profunda con respecto a ciertas formas de hacer política que son lo más opuesto al modelo republicano, con su idea de virtudes públicas y compromiso cívico. Vivimos en democracias liberales entendidas como procedimientos para la confrontación política y como estructuras de gobierno que erosionan la democracia en tanto que forma de civilización. Quienes tienen éxito en este mundo de simplismo telegénico o tuiteado no son, por supuesto, quienes mejor representan esa cultura cívica, sino quienes mejor se aprovechan de su decadencia. No deja de ser una paradoja que los americanos hayan confiado esta recuperación de las virtudes cívicas contra el establishment a una persona tan ignorante de la democracia y tan poco virtuoso políticamente como ellos mismos. El hecho de que ciertos extremismos políticos no constituyan una verdadera solución a nuestras democracias de baja intensidad, e incluso representen algunas de sus peores manifestaciones, no debería impedirnos considerar estos fenómenos como el síntoma de un malestar que ha de ser bien interpretado y al que hay que ofrecer soluciones democráticas.

 

Eduardo SUÁREZ, “La gran zanja: Cataluña, España y nuestra mente tribal” a Letras Libres (8-01-18)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/la-gran-zanja-cataluna-espana-y-nuestra-mente-tribal

La política española ha sido un terreno fértil para mentes coléricas. A menudo han pesado menos los argumentos sólidos que las metáforas huecas y han encontrado más eco quienes gritan que quienes intentan explicar la realidad.

La crisis que ha atravesado Cataluña ha exacerbado esa tendencia. Se han publicado muchos artículos bien argumentados. Pero también insultos, hipérboles y juicios de intenciones que han empobrecido la esfera pública de una forma que nos resulta familiar a quienes cubrimos la elección de Donald Trump.

El debate se ha degradado en una inercia que ni los políticos ni los periodistas hemos sabido o hemos querido detener. Esa inercia ha agrandado la brecha que separa a los catalanes. Se ha creado una atmósfera en la que todo vale si apuntala tu posición.

Yo también tengo la mía. Estoy a favor de una Cataluña plural, moderna y abierta a Europa y en contra de cualquier proyecto que se asiente sobre la fantasía étnica de la uniformidad. No creo que tenga sentido una vía unilateral a la independencia ni mantener en prisión preventiva a los políticos catalanes. Tampoco creo que podamos encontrar una solución a esta crisis a espaldas de la mitad de los catalanes: de cualquier mitad.

Escribo esto aquí porque me parece justo que el lector sepa desde qué posición escribo. Pero este texto no es un análisis sobre el fondo de la cuestión catalana sino un artículo contra la forma en la que han evolucionado los discursos de algunos actores durante este periodo de tensión.

Por supuesto, no todas las voces son culpables y no todas son culpables por igual. El objetivo de este texto es explicar por qué esta atmósfera es nociva con la ayuda de algunos ejemplos y de intelectuales que han estudiado los efectos de la polarización. El final de la campaña ofrece ahora un respiro y quizá la oportunidad de abrir una página menos bronca en el conflicto que se libra en Cataluña. Merece la pena evaluar lo ocurrido con la esperanza de que no vuelva a ocurrir.

Anatomía de la paranoia

La revista Harper’s publicó en noviembre de 1964 el artículo The Paranoid Style in American Politics. Su autor era el historiador Richard Hofstadter, que había pronunciado unos meses antes una conferencia en la Universidad de Oxford con un argumento similar. El artículo, que generó un enorme debate, era un alegato contra el pensamiento paranoico de los activistas de la derecha radical en Estados Unidos, que habían empujado ese año al senador republicano Barry Goldwater hasta la candidatura presidencial.

El texto no era una crítica a las propuestas concretas del candidato sino una disección de la forma psicótica de hacer política de sus seguidores: una amalgama de conservadores, evangélicos, anticomunistas y ultras de la Sociedad John Birch.

“Al librarse siempre un conflicto entre el bien absoluto y el mal absoluto, lo que es necesario no es un acuerdo sino la voluntad de luchar hasta el final”, escribe Hofstadter sobre esa forma de hacer política. “Esta demanda de un triunfo total conduce a la formulación de objetivos que no son realistas. Al ser imposible lograrlos, el fracaso exacerba el sentimiento de frustración del paranoico. Incluso un éxito parcial le deja con el mismo sentimiento de impotencia que tenía al principio”.

El estilo paranoico de hacer política del que habla Hofstadter se ha ido agravando en Estados Unidos. El ocaso de los demócratas sureños, el triunfo de Ronald Reagan y el ascenso del Tea Party han ido empujando a los republicanos hacia una paranoia cuyo exponente máximo es la elección de Trump.

Esa paranoia, cuyo impacto en las presidenciales de 2016 ha estudiado en Harvard el profesor Yochai Benkler, no ha evolucionado de forma uniforme sino asimétrica. Entre los republicanos, ha silenciado la influencia de medios conservadores moderados como el Wall Street Journal en favor de páginas radicales como Breitbart News, cuyos artículos sobre inmigración dominaron la conversación durante la campaña. Entre los demócratas, las voces más influyentes han sido medios moderados como el New York Times o el Washington Post.

El artículo de Hofstadter explora el estilo hiperbólico en el que los líderes paranoicos definen a sus adversarios políticos: “El enemigo está delineado con claridad. Es el modelo perfecto de malicia, una especie de superhombre amoral: siniestro, ubicuo, poderoso, cruel. Al contrario que nosotros, el enemigo no es una víctima de su pasado, de sus deseos, de sus limitaciones. Se inventa crisis, inicia retiradas de depósitos bancarios, causa crisis económicas, crea desastres y se aprovecha de la miseria. (…) A menudo al enemigo se le supone una fuente especialmente efectiva de poder: controla la prensa, tiene financiación ilimitada y poder para lavar el cerebro y una técnica especial de seducción”.

No es difícil percibir en esas líneas de Hofstadter algunos de los argumentos que hemos escuchado durante el procés. Las voces más extremas han presentado al adversario como un ente todopoderoso o como el arquetipo de la maldad. Ese maniqueísmo ha dividido a los ciudadanos y ha propiciado que la política dejara de ser el arte de lo posible: uno no puede sentarse a negociar con Lucifer.

La paranoia que retrata Hofstadter está presente en algunos de los relatos sobre Cataluña: el adoctrinamiento generalizado en las escuelas, el dinero del IBEX que tutela a Ciudadanos, la omnipotente mano negra del Kremlin o los espías españoles que empujaron a atentar al imam de Ripoll. Se han elaborado relatos en torno a hechos falsos o a medias verdades. Se han elevado a categoría sucesos anecdóticos que concuerdan con la perspectiva de quien los pone en circulación.

Cada bloque mide al otro bloque por la conducta de sus elementos más extremos. En ocasiones por la conducta de elementos que ni siquiera pertenecen a él. El saludo nazi de un energúmeno en Barcelona es la prueba de que quienes se oponen a la independencia son ultras sin escrúpulos. La expulsión de los guardias civiles de un hotel de Calella es la prueba del fanatismo de dos millones de votantes del independentismo catalán.

Cualquier detalle es la prueba de la maldad del enemigo: los ataques indiscriminados a los reporteros, los carteles que señalan a los líderes constitucionalistas o el apoyo de una asociación a un tuit que dice que no son catalanes quienes no están a favor del independentismo catalán.

La Cataluña ilustrada no es inmune a esta enajenación transitoria: una catedrática firmó un documento que define a España como “un país agrícola que se dedica a la caza y a atraer jubilados” y un investigador a sueldo del contribuyente llegó a decir que el candidato socialista Miquel Iceta era “un payaso”, “un impostor” y una persona “repugnante”.

Quienes se oponen a la independencia han definido a sus adversarios como paniaguados, racistas y miserables. Los secesionistas los han retratado como traidores, colonos, franquistas y botiflers.

Concebir la política como una batalla moral es el primer paso para deshumanizar al adversario y para destruir el equilibrio en el que se basa cualquier democracia. Una batalla entre el bien y el mal no admite matices. Cava una zanja que divide el país en dos mitades. Asomarse a esa zanja se vuelve cada vez más difícil. Elimina cualquier incentivo para llegar a un acuerdo que desinfle la tensión y ponga las bases para reconstruir la convivencia. Sin ese acuerdo es imposible encontrar una solución.

La caverna de Lippmann

Walter Lippmann apenas tenía 33 años cuando publicó Public Opinion en 1923. Acababa de volver de Europa, donde había trabajado con el legendario George Creel en la organización responsable de la propaganda de Estados Unidos durante la I Guerra Mundial. La guerra convenció a Lippmann de que era más fácil manipular al ser humano en situaciones de tensión extrema, cuando las emociones se adueñan de la muchedumbre y borran cualquier atisbo de racionalidad.

“En tiempos de seguridad moderada, los símbolos de la opinión pública están sujetos a comprobaciones, símiles y argumentos: van y vienen, concitan acuerdos y se olvidan sin llegar a organizar la emoción de todo el grupo”, escribe Lippmann. “Pero queda una actividad humana en la que toda la población alcanza la unión sagrada. Eso ocurre en medio de una guerra, cuando el miedo, el odio o la beligerancia han asegurado el dominio completo del espíritu para destruir cualquier otro instinto”.

La atmósfera casi bélica que hemos vivido desde septiembre no es casual. Responde a los intereses de quienes necesitan avivar el conflicto para sobrevivir. Como explica Hofstadter, la política paranoica requiere un bloque monolítico y un enemigo bien definido. Los argumentos de sus líderes encogen en el escenario prosaico de una negociación multicolor.

Plantear un conflicto en términos absolutos se ajusta muy bien a la psicología del ser humano. Al fin y al cabo, somos seres tribales. La evolución nos ha programado para adaptar nuestras creencias a las de las personas que tenemos alrededor. Nuestros cerebros no están programados para desafiar nuestros prejuicios sino para reforzarlos y esa tendencia se agudiza (no se reduce) con la educación.

Estos datos demuestran por ejemplo que el escepticismo sobre el cambio climático es mayor entre los republicanos con educación superior. Como explica la investigadora Tali Sharot en su libro The Influential Mind, la educación a veces potencia los sesgos cognitivos: las personas más cultas se las arreglan para encontrar argumentos que apuntalan sus puntos de vista. Nuestros cerebros están programados para reaccionar a las historias y a las emociones. Los datos no suelen hacernos cambiar de opinión.

Esa perspectiva coincide con lo que cuenta en este artículo Pau-Marí Klose. También con la experiencia de Katherine Cramer, profesora de la Universidad de Wisconsin, que recorrió durante años varias comunidades rurales de Wisconsin para comprender mejor el resentimiento de sus habitantes hacia las elites ilustradas de ciudades como Nueva York. “Uno puede presentarles todos los datos del mundo pero no servirá de nada”, explica Cramer. “Ignorarán esos datos si tienen la impresión de que la gente que se los pasa los toma por tontos”.

La atmósfera que habitamos tiene una enorme influencia en la forma en que percibimos la realidad. “La influencia más sutil y penetrante es aquella que crea y mantiene el repertorio de nuestros estereotipos”, escribe Lippmann sobre el peso de ese aprendizaje social. “Se nos explica el mundo antes de que podamos verlo. Imaginamos la mayoría de las cosas antes de experimentarlas y esos prejuicios que creamos gobiernan nuestro proceso de percepción a menos que la educación nos haga consciente de ellos”.

Lippmann define esos estereotipos como “las imágenes en nuestras cabezas” y abre Public Opinion con un fragmento del mito platónico de la caverna, que utiliza como una alegoría de nuestra incapacidad para comprender del todo los problemas de la sociedad. A Lippmann no le preocupan tanto nuestros prejuicios como la seguridad con la que asumimos que son ciertos y el modo en que rechazamos otros puntos de vista sobre asuntos sobre los que tenemos un conocimiento muy superficial.

El psicólogo Jonathan Haidt apunta una forma de moderar la opinión de una persona sobre un problema: pedirle que lo explique con sus propias palabras. “Esa persona se da cuenta de que no comprende todos los ángulos del problema y empieza a actuar de otra manera”, explica Haidt, que echa en falta los matices en el análisis que algunos intelectuales progresistas hacen de los votantes de Trump.

Muy pocos han intentado examinar esos matices durante la crisis catalana. Hemos leído que el separatismo paseaba su odio por las calles de Bruselas o que el independentismo era “el nuevo nazismo”. También que aplicar el artículo 155 era una estupidez, que Ciudadanos se creó para apartar el catalán de Cataluña o que son los independentistas quienes intentan frenar “la destrucción, el caos, el apocalipsis”. Pocos han apuntado en cambio que los catalanes se perciben a sí mismos mucho más moderados que a sus partidos o que una proporción importante apoyaría una tercera vía si se le diera esa opción.

A quienes alimentan el conflicto en Cataluña no les interesa que emerja esa tercera vía. Alguno ha llegado a decir que quienes la defienden son como los judíos que creyeron posible aplacar a Hitler en la Alemania nazi sin que esas palabras hayan forzado su dimisión. Independentistas y constitucionalistas han usado sin pudor la alegoría de la Alemania nazi. Más de uno ha llegado a comparar al independentismo con el Ku Klux Klan.

El diseño de las redes sociales y la adicción a los clics de muchos medios han ofrecido un altavoz de las voces más estridentes y han ayudado a que muchos catalanes vivan atrapados en una ficción. Esa atmósfera bronca ha empujado a los más radicales a envenenar el espacio público con insultos, palabras xenófobas y falsedades. Han llegado a decir que Ciudadanos era “un partido neofalangista” o que el “tragaldabas Oriol Junqueras” se comería en prisión “un lujoso menú pagado por España”. Se ha sugerido que un camión podría atropellar a todos los jueces del Supremo o que Franco moriría en una urna catalana… ¡42 años después!

Mención especial merecen los insultos machistas. Se han publicado infundios malintencionados sobre Elsa Artadi. Se ha llegado a decir que Anna Gabriel era “un orco” y gastaba “muy poco en desodorante”. Se ha publicado que Inés Arrimadas era “una mala puta” y se ha deseado que sufriera una violación en grupo.

Son palabras que se descalifican por sí solas pero que han encontrado eco en un entorno en el que todo vale para golpear al adversario y en el que las emociones pesan más que la razón. Esa atmósfera también la retrató Lippmann hace casi nueve décadas: “En el momento en el que uno empieza a hablar de fábricas, minas, montañas o incluso de una autoridad política como los ejemplos perfectos de algún principio eterno, ya no está debatiendo sino combatiendo. Ese principio eterno censura todas las objeciones, aísla el problema de sus orígenes y de su contexto y prende la mecha de una emoción fuerte, que es apropiada para los principios pero nada apropiada para hablar de muelles, almacenes o inmuebles. Y si uno empieza en ese tono ya no puede parar”.

Seres tribales

Jonathan Haidt es el autor del libro The Righteous Mind, que analiza los orígenes y los efectos de la polarización. En noviembre pronunció este discurso en el Manhattan Institute, un instituto de pensamiento conservador. El discurso, que ha reseñado en esta columna David Brooks, se centra sobre todo en las amenazas a la libertad de expresión en los campus de Estados Unidos. Pero sus palabras aportan luz también para la atmósfera que se ha creado en Cataluña.

“La evolución nos ha diseñado y adaptado de forma exquisita para vivir en sociedades pequeñas con una religión intensa y animista y con un conflicto violento entre distintos grupos por el territorio”, dice Haidt. “Amamos tanto la vida tribal que hemos inventado los deportes, los clubes de fans y los tatuajes. La mentalidad tribal está en nuestros corazones y en nuestras mentes. Nunca podremos deshacernos del todo de ella pero podemos minimizar sus efectos porque somos una especie con una conducta flexible”.

Reducir el efecto de esos instintos tribales que cita Haidt es difícil pero no imposible. Algunos proyectos empiezan a intentarlo, asustados por los seísmos políticos recientes y por sus consecuencias para el futuro de nuestras sociedades. El profesor Ethan Zuckerman acaba de lanzar la herramienta Gobo, que permite a cualquiera abrir sus perfiles sociales a opiniones que no concuerdan con sus puntos de vista. A principios de octubre intentamos algo similar en Politibot: preguntar a nuestros usuarios en Telegram y Messenger su opinión sobre aspectos de la crisis catalana y ofrecerles después artículos en contra de esa opinión. Muchos de nuestros usuarios agradecieron ese esfuerzo en este entorno de alta tensión.

Las redes sociales también pueden ser parte de la solución. Este proyecto unió en un grupo privado de Facebook a 25 mujeres que habían votado a Trump en Alabama con 25 mujeres de San Francisco que habían votado a Hillary Clinton. Las conversaciones generaron comprensión entre personas con experiencias muy distintas e inspiraron series periodísticas sobre los asuntos que apenas salían en la prensa o que los medios no estaban explicando bien.

Una sociedad partida en dos mitades es una sociedad enferma. Recomponerla requiere un esfuerzo de quienes tienen un altavoz en la esfera pública: los políticos, los periodistas o los líderes de la sociedad civil.

Los periodistas podríamos ayudar también a romper ese círculo vicioso. Este informe de Claes de Vrees para el Shorenstein Center ofrece algunas claves útiles para cubrir mejor cualquier fenómeno populista. Algunas son obvias como explicar en detalle los efectos concretos de las propuestas políticas de cada partido o huir de los relatos que presentan las elecciones como una carrera de caballos o como una batalla campal. Otras requieren cierto esfuerzo como ignorar los ataques de los políticos que disparan contra los reporteros. En palabras del profesor De Vrees, “comportarse como un civil cuando te disparan como a un enemigo”.

El entorno no es el más propicio para rebajar la tensión y regenerar la esfera pública en Cataluña. Pero esa regeneración es el primer paso para empezar a resolver esta crisis. Una zanja cada vez más honda solo empeorará las cosas. ¿Por qué no tender un puente hoy?

 

Antonio GARCÍA MALDONADO, “El trilema del liderazgo político” a Agenda Pública (10-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/trilema-del-liderazgo-politico/

Los liderazgos –no solo políticos pero sí sobre todo– viven tiempos paradójicos: la retórica social pide horizontalidad, pero la realidad electoral premia la verticalidad y el personalismo. No estamos ya tanto ante países con tradiciones socialdemócratas, liberales, conservadoras o reaccionarias como ante los gobiernos jerárquicos de Merkel, Trudeau, Macron o de Xi, de los regímenes de Putin, Erdogan, Trump u Orban. Vivimos en red, sí, pero en una donde todo conduce a un centro, al estilo de la red ferroviaria española, y no tanto ante la red de nódulos en panal en la que nos gusta imaginarnos.

Preferimos vernos como una especie racional que se mueve guiada por la razón y la lógica, pero en el fondo sabemos que no lo somos en la medida que quisiéramos. Que el voto sea secreto ayuda mucho a manejar esta contradicción entre cómo nos gusta pensar que somos y cómo somos en realidad. Aquí entran también consideraciones pesimistas sobre nuestra propia naturaleza, que además de cooperativa (como resaltan los más optimistas) también es competitiva y envidiosa.

En un momento en el que la aceleración del tiempo y la incertidumbre han aumentado exponencialmente, no es extraño que la mente (también la del elector) busque por instinto una referencia que lo ancle en la realidad, la haga asible y le ayude a sobrellevar una complejidad tan avasalladora, aumentada por los avances científico-técnicos. El liderazgo tiene algo de balsámico muy comprensible en esta etapa dinámica y acelerada tras unas décadas más estáticas, sobre todo las que fueron desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta los primeros años del siglo XXI. El personalismo de De Gaulle tiene más sentido en la era de la cacofonía de las redes que en 1958.

Desconfianza histórica e ideológica

En la democracia representativa se desconfía de los liderazgos, por distintas razones. Desde un punto de vista ideológico, entronizar a un líder y otorgarle cierta bula supone admitir parcialmente el fracaso o los límites de la propia aspiración representativa y deliberativa. El liderazgo, llevado al extremo, es la negación de la democracia por más democrático que haya sido el método para escoger a ese líder. Por otro, la democracia nace históricamente como modelo de representación frente a las monarquías absolutas y, posteriormente, los regímenes totalitarios del siglo XX. El sueño democrático nace contra la pesadilla del tirano. Por tanto, es connatural a la modernidad desconfiar de un líder destacado, considerado más como un vestigio sospechoso del atavismo del poder inmoderado que como un guía en un entorno hostil.

En su interesante Las personas de la historia. Sobre la persuasión y el arte del liderazgo (Turner), la historiadora británica Margaret MacMillan recrea los perfiles de grandes (por importantes, no por virtuosos) líderes de la historia, desde Napoleón hasta Stalin, pasando por Churchill, Roosevelt o Thatcher. Cada uno ejercía el poder a su manera, y así lo consigna MacMillan, que establece una distinción clara entre aquellos que persuaden y aquellos que imponen. Hayan sido buenos o catastróficos, lo que interesa (y en mi opinión consigue) a MacMillan es ponderar el peso del individuo y el carácter en los acontecimientos sociales, en detrimento de esa colectividad a la que el líder, más que representar, guía. El filósofo Manuel Cruz lo explicaba en una entrevista en Letras Libres: “El líder, en el fondo, lo que hace es antropomorfizar las propuestas políticas, reducir a una figura humana manejable toda una propuesta programática que los individuos no están en condiciones de abordar y entender”.

Esa tensión entre personalismo y democracia, lejos de desaparecer, no hará más que incrementarse en la era dinámica de las redes, el avance científico-técnico y el auge asiático, pese a los discursos horizontales. Los partidos tienen, por tanto, un reto importante ante sí. Y los líderes, más trabajo que en otras épocas. Si se ha definido el liderazgo como una mezcla de talento y suerte, en esta época de retórica en red pero de premios a la jerarquía hará falta adoptar un enfoque cercano a ese “ironista melancólico” que Manuel Arias describió en La democracia sentimental como “alguien que sabe que los órdenes individual y colectivo jamás lograrán alinearse de manera satisfactoria, porque es imposible que eso suceda”.

El trilema

Por tanto, ningún líder puede renunciar a tres cosas aparentemente contradictorias entre sí. Utilizando un término popularizado por el economista Dani Rodrik, el trilema del liderazgo político se podría resumir en la dificultad o imposibilidad de conciliar:

a) Control orgánico en una etapa marcada por el deseo de más participación de militantes y simpatizantes.

b) Atención ineludible a los medios en un panorama mediático nuevo, atomizado, invasivo, politiquero y declarativo, en competencia malsana e hiperpresentista tras la abrupta revolución digital.

c) Dominio técnico de los asuntos públicos y visión política e intelectual para aposentar una imagen sólida en las fuerzas influyentes del país que, en gran medida, definen la capacidad o no de ganar elecciones y gobernar con virtud y acierto. Un grupo humano que, a diferencia de aquel que representa mayoritariamente el punto anterior, suele moverse e influir a través de métodos clásicos o analógicos.

No estamos descubriendo el Mediterráneo, pero el calentamiento mediático y tecnológico refuerza la paradoja y la dificultad, que no hará más que incrementarse en los próximos años. La red, lejos de suponer la jubilación del líder, lo hace más necesario que nunca al multiplicar exponencialmente las voces en disputa. Por otro lado, esa misma red hace imposible volver a las antiguas retóricas jerárquicas con las que se justificaba la necesidad de ese líder. Se imponen buenos equipos dispuestos a ceder el protagonismo al número uno y evitar ruido interno en un momento histórico incierto y sobrecargado de mensajes cambiantes.

Es lo que han entendido Macron, Trudeau y sus equipos, llenos de personas brillantes que en otro momento podrían haber sido, ellos mismos, líderes de sus países. Es lo que comprenden en España el PP, Ciudadanos, JxC y, en menor medida, Podemos o ERC y, en mucha menor, el PSOE, y en ínfima o nula partidos asambleístas y horizontales como la CUP. La izquierda siempre ha sido más suspicaz con los liderazgos, por experiencia y origen históricos y por lo que tiene la figura del líder de negación de su esperanza en el colectivo.

No obstante, el líder no existe sin equipo. Cuanta más importancia tiene la figura del número uno, más necesaria se hace la del equipo. Pero existe un matiz: si creíamos que la jerarquía había desaparecido o que los nuevos tiempos la equilibrarían, estábamos equivocados. La diferencia es que ahora, cuando nos percatemos, tendremos que disimular. Casi todos los partidos parecen haberse dado cuenta de ello, aunque no todos. El líder personifica y resume. No es poco en una época difusa, pesimista y elusiva.

La naturaleza del poder

En este mismo lugar, Sonia Alonso Saenz concluía que “el problema está en cómo cambiar una cultura política que, lo mismo desde arriba que desde abajo, tanto admira los liderazgos fuertes”. Sin embargo, cabe preguntarse si se trata de un planteamiento realista teniendo en cuenta no sólo la coyuntura digital sino también la base inalterable del poder a lo largo de la historia. El debate de fondo es si la naturaleza de éste ha cambiado tanto como para albergar esperanzas de que sea posible dejar de anhelar a esos líderes fuertes.

Más bien al contrario, el paso de una realidad estática a una dinámica refuerza la búsqueda de estos asideros personificados en líderes. Concurren razones antropológicas tanto como políticas. Sin embargo, no se deben extraer de aquí algunas de las conclusiones más extendidas en cuanto a la relación partido-líder, siempre vistas en términos antagónicos como los analizados por Fortunato Musella en Political Leaders Beyond Party Politics.

Bajo las condiciones asumidas del trilema del liderazo, el refuerzo de la cabeza visible no se produciría en detrimento de la organización sino en pos de su supervivencia y, finalmente, en aras de su capacidad para implementar las políticas que defiende. La paradoja es que el líder sería así más esencial y al mismo tiempo más instrumental que nunca. El líder es, más que en otros momentos históricos recientes, representante y voz del partido, no de su propia ambición. Por tanto, en las democracias liberales no cabe identificar los hiperliderazgos como contrarios a la democracia. Más bien todo lo contrario. Un equilibrio complejo propio de una sociedad en cambio hacia no sé sabe dónde.

Rebajar expectativas

Uno de los lamentos más recurrentes entre los desencantados es el de lo mal representados que se sienten por los número uno de aquellas organizaciones hacia las que sienten más inclinación natural. No es extraño que en la era de los selfies y las fotos estilizadas al café del desayuno juzguemos a los dirigentes en función de nuestros gustos y necesidades, en detrimento de la visión general de la sociedad que creemos defender. No sabe nada, no me transmite, no me engancha, no me seduce, no me impresiona. Todos caemos en este tipo de quejas, no siempre injustas pero sí ocasionalmente desproporcionadas y descontextualizadas.

Aunque colmaran nuestras expectativas, los líderes incontestados que cumplen todos los requisitos se enfrentan a limitaciones connaturales a nuestra capacidad cognitiva, como ha resumido magistralmente el sociólogo Pau Marí-Klose al escribir sobre los límites de persuasión política. Late de fondo la cuestión sobre qué le pedimos a la política y a quienes la encarnan. Demasiadas cosas a la vez y de forma inmediata. Un imposible que el trilema resume. Sólo una respuesta equilibrada y en equipo, aunque formalmente personalista, parece capaz de conjurar esta paradoja.

Una contradicción aparente que se asemeja mucho al desconcierto de nuestros días. Unos podrían dejar de admirar a su líder pero no quieren hacerlo, generalmente los situados a más a la derecha del espectro político. Y los que quieren hacerlo, no pueden en la medida en que les gustaría, sobre todo a la izquierda del mismo. En general, preferimos pensar que el progreso es una empresa colectiva. No obstante, a base de negar el indudable peso en el mismo de la voluntad individual y los personalismos hemos acabado por dibujar una cartografía del poder balsámica pero esencialmente incompleta, cuando no falsa.

Unos lo han entendido mejor que otros. Los primeros suelen gobernar, los otros no.

 

 

 

Ignacio MARTÍN GRANADOS, “Guerra en Trumplandia: fuego y furia de Steven Bannon, Breitbart news y Donald Trump” a Agenda Pública (4-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/guerra-trumplandia-fuego-furia-steve-bannon-breitbart-news-donald-trump/

Uno de los personajes que más protagonismo ha tenido -y sigue teniendo- en la política estadounidense en los últimos años ha sido, sin duda alguna, Steve Bannon. Con una peculiar biografía (ha sido marine, banquero de inversión en Goldman Sachs y productor y director de cine), en 2012 se convirtió en director de la página web de noticias Breitbart News que abandonaría después para ser estratega jefe de la Casa Blanca y consejero del presidente Donald Trump hasta el 18 de agosto de 2017, cuando fue despedido (o renunció, ya que tampoco está claro).

El pasado 3 de enero New York Magazine publicaba un avance del libro “Fire and Fury: Inside the Trump White House” que saldrá a la venta el 9 de enero y ha supuesto el último maremoto en las agitadas aguas de la política estadounidense desde que Donald Trump es su comandante en jefe. A través de más de 200 entrevistas realizadas a la mayoría de los miembros de su personal, llevadas a cabo durante un período de 18 meses,  Michael Wolff, un veterano periodista que ha escrito para USA Today, Vanity Fair, The Guardian o The Hollywood Reporter constata ideas que más o menos todos imaginábamos (Melania Trump temía convertirse en la primera dama o el gran desconocimiento político de Trump), pero revela otras que han hecho enfurecer al presidente como que éste pensaba que perdería las elecciones, las ambiciones presidenciales de Ivanka Trump, la supuesta reunión de Donald Trump Jr. con un abogado ruso, pero, sobre todo revela a Steve Bannon como el crítico más mordaz de Trump y su familia (califica a la hija del presidente de “tonta como un ladrillo” y a su yerno Jared Kushner como “traidor” y “antipatriótico”) y Wolff lo retrata como un titiritero maestro, manipulando al presidente para sus propios fines políticos (albergando incluso sus propias ambiciones presidenciales para 2020).

Ante estas revelaciones, la respuesta del presidente Trump no se hizo esperar y el mismo miércoles criticó a su ex estratega jefe como un charlatán político, minimizó su papel como asesor, le acusó de buscar protagonismo y le culpó de todo, desde las filtraciones hasta la derrota del partido republicano en la carrera del Senado el mes pasado en Alabama. “Steve Bannon no tiene nada que ver conmigo o mi Presidencia”, dijo en un  comunicado, “cuando lo despidieron, no solo perdió su trabajo, perdió la razón”. Y añadió: “Steve pretende estar en guerra con los medios, a los que llama partido de oposición, pero pasó su tiempo en la Casa Blanca filtrando información falsa a los medios para hacerse parecer más importante que el presidente, es lo único que hace bien. Steve rara vez estaba en una reunión cara a cara conmigo y solo pretendía tener influencia para engañar a unas pocas personas sin acceso y sin ninguna pista, a quienes ayudó a escribir libros falsos”.

Lo cierto es que Donald Trump y Steve Bannon han tenido una relación, cuando menos, pintoresca. Repasémosla desde sus inicios. Como muchos lectores ya sabrán, Breitbart News es un sitio web de noticias, opiniones y comentarios políticos, máximo exponente de lo que se ha denominado “alt-right” o derecha alternativa, eufemismo ideológico para calificar tendencias de extrema derecha que rechazan el conservadurismo convencional y el neoconservadurismo en favor del nacionalismo populista blanco y las ideas paleoconservadoras antisistema.

Breitbart fue creado en 2005 por el comentarista y empresario Andrew Breitbart con el objetivo de fundar un sitio que fuera “abiertamente pro-libertad y pro-Israel”. Junto con esta línea editorial, el medio practicaba el más puro sensacionalismo ya que lo que les proporcionaba más visitas y atención -y por tanto ingresos- era llevar al extremo la estrategia de poner cebos para conseguir clicks (“clickbait”).

Andrew Breitbart y Steve Bannon se conocieron en el estreno del documental de este último “In the Face of Evil: Reagan’s War in Word and Deed” (2004) y allí decidieron colaborar juntos. Al principio, el papel de Bannon en Breitbart era el de relaciones públicas y recaudación de fondos pero, en 2012, de forma repentina, su fundador Andrew Breitbart fallece y se desata una “guerra civil” dentro de la compañía para decidir el estilo y la dirección a seguir. Larry Solov, cofundador y director ejecutivo, pide a Bannon que ejerza de presidente ejecutivo de la compañía, cargo que acepta, pero éste cada vez va asumiendo un papel más protagónico tomando decisiones editoriales y de contenidos importantes, alineándose con el populismo de derechas europeo y la derecha alternativa estadounidense, con una estrategia clara: dirigir el sitio como herramienta de acción política, apoyando a candidatos y causas partidistas y redoblando la apuesta por el modelo económico que funcionaba, esto es, titulares provocativos diseñados para herir las susceptibilidades de los progresistas y atraer los clicks de la derecha.

En las pasadas elecciones estadounidenses, Bannon se unió a la campaña de Donald Trump el 17 de agosto de 2016 para sustituir a Paul Manafort (gracias a las revelaciones del libro ahora sabemos que se lo ofreció antes al fundador de Fox News, Roger Ailes, pero éste no aceptó y que Bannon sería una imposición de sus principales donantes Robert y Rebekah Mercer), convirtiéndose en su jefe de estrategia y consejero principal, poniendo a Breitbart News al servicio del candidato republicano. De hecho, como explica la investigación “Partisanship, Propaganda, and Disinformation: Online Media and the 2016 U.S. Presidential Election” del Berkman Klein Center for Internet & Society at Harvard University, su estrategia tuvo éxito porque la cobertura de Trump (relacionada con la inmigración, el empleo y el comercio) superó abrumadoramente la de Clinton (centrada en escándalos y presuntas irregularidades asociadas con la Fundación Clinton y los correos electrónicos, en lugar de su experiencia, competencia y posiciones políticas que fueron silenciadas) y pudo enmarcar la campaña en los temas que le interesaban (a pesar de los escándalos personales de Trump).

Con Donald Trump ya en la Casa Blanca, Bannon dejó Breitbart en enero de 2017 para ejercer de estratega jefe de la Casa Blanca y consejero del presidente Trump.  Sin embargo, el cargo le duró poco puesto que fue destituido ocho meses después. Con polémicas decisiones (es considerado el impulsor de los discursos más duros de Trump en materia de inmigración o nacionalismo económico); acusado de haber filtrado a la prensa información negativa sobre el asesor de seguridad nacional, H.R. McMaster;  y enfrentado al jefe de gabinete de la Casa Blanca, John Kelly, quien advirtió que no toleraría sus maquinaciones en la sombra; culpó de la pérdida de influencia de su retórica rupturista a los “demócratas del Ala Oeste”, es decir, los asesores más moderados del presidente, como su hija y yerno, Ivanka Trump y Jared Kushner, pero, sobre todo, al establishment republicano en Washington –liderado por el presidente de la Cámara Paul Ryan- que ha impedido que, en los primeros meses de presidencia, Trump logre alguna victoria legislativa.

Tras su salida de la Casa Blanca, Steve Bannon volvió a Breitbart News y surgieron dos interrogantes en el entorno político de Washington: cómo podía evolucionar Breitbart News y cómo será la presidencia de Trump sin su consejero áulico. Hasta la publicación del libro de Michael Wolff, la respuesta a ambas preguntas estaba íntimamente ligada a la especial relación entre Bannon y Trump contra el mundo.

Nada más salir de la Casa Blanca, en declaraciones a los medios de comunicación, Bannon señaló su intención de seguir siendo un partidario activo y luchar contra sus enemigos políticos: “He dejado la Casa Blanca e iré a la guerra por Trump contra sus oponentes, en Capitol Hill, en los medios de comunicación y en las corporaciones estadounidenses”, explicó a  Bloomberg News. Con el Weekly Standard fue más gráfico: “Ahora soy libre. Tengo en mis manos de nuevo mis armas. Definitivamente, voy a aplastar a la oposición. No me cabe duda. Construí una jodida máquina en Breitbart. Y ahora vuelvo a ella, sabiendo lo que sé”.

Sin las ataduras del Estado, y con la artillería pesada de Breitbart, Bannon era libre de perseguir a sus enemigos y poder decir -sin misericordia ni limitación política alguna- todo lo que antes no podía al detentar un puesto institucional y sus objetivos son variados: desde los ‘progres demócratas’ a los traidores republicanos que paralizan la agenda presidencial, pasando por el establishment, los grupos de presión y los medios que diariamente combaten a Donald Trump. “Steve es mucho más poderoso y peligroso fuera de la Casa Blanca que dentro” ha corroborado el polémico Milo Yiannopoulos, ex editor de Breitbart.

Así, dentro de esa lucha personal e ideológica, el primer objetivo de Bannon estaba siendo respaldar a los principales candidatos opositores republicanos a senador que se presenten a la reelección en 2018 (sólo el senador de Texas, Ted Cruz, estaría a salvo de esta cruzada ya que es considerado lo suficientemente conservador y populista) en un esfuerzo por derrocar al líder de la mayoría Mitch McConnell, a quien culpa en gran medida de los primeros tropiezos del presidente con el Congreso. Según Politico, Bannon no sólo estaba celebrando reuniones privadas con candidatos potenciales y ofreciendo el poderoso respaldo de su sitio Breitbart News, sino que estaba coordinando sus esfuerzos con el multimillonario conservador Robert Mercer, quien estaría dispuesto a gastar millones de dólares en el proyecto.

Su primera victoria fue la del radical Roy Moore, exjuez del Tribunal Supremo de Alabama, candidato a senador por Alabama frente a Luther Strange, el candidato oficialista que contaba con el apoyo de McConnell y paradójicamente del propio Trump. Aunque las acusaciones de acoso sexual finalmente pesaron en su elección permitiendo ganar el escaño, tras 25 años, al candidato demócrata Doug Jones.

Pese a este revés, Bannon seguía planeando apoyar hasta 15 candidatos republicanos en el Senado en 2018, incluyendo varios desafíos a titulares. Sólo apoyará a candidatos que acepten dos condiciones: votarán en contra de McConnell como líder de la mayoría y votarán para poner fin a la capacidad de los senadores de bloquear la legislación mediante filibusterismo.

En las elecciones de mitad de mandato (midterm) que se llevarán a cabo en noviembre de 2018, se disputarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y 33 de los 100 escaños del Senado. Los demócratas tienen que defender 23 de esos 33 escaños y una meta clave para Bannon es cambiar las reglas del Senado que actualmente requieren una mayoría de 60 votos para terminar el debate sobre la mayoría de los temas, una regla que puede permitir a los miembros bloquear los votos mediante filibusterismo. Esa norma limita el poder actual de sus 52 senadores republicanos y complicó la capacidad del Senado para revocar el Obamacare. Trump ha pedido repetidamente que el Senado cambie la regla y Bannon está siendo su brazo armado para, mediante reuniones con donantes, candidatos potenciales y estrategas de base, asaltar la mayoría de los sesenta votos.

Volviendo a Breitbart, tras la salida de Bannon para ir a la Casa Blanca, trataron de convertirse en un medio  de noticias “convencionales”, con los mismos titulares sensacionalistas pero sin noticias incendiarias, con la duda de si sus lectores querían un perfil más bajo o seguir la línea vehemente por la que fueron conocidos, es decir, ser un portal provocativo o la plataforma de la derecha alternativa. Ya sea por este cambio o el descenso de la atención tras el periodo electoral, Breitbart pasó -según el ranking Alexa- de la posición 29 (por delante de otros medios como Fox News, Huffington Post, Washington Post o Buzzfeed) a la 281.

Desde luego, las expectativas eran otras. A raíz del éxito cosechado durante la campaña electoral, Breitbart -que ya tiene sedes en Londres y Jerusalén- anunció planes de expansión global a Francia o Alemania. Sin embargo, ninguno ha llegado a buen término.

Otra posibilidad que se planteó fue la de pasar al negocio de la televisión, como competidor de Fox News desde la derecha, pero entrar en la televisión por cable es costoso y difícil de hacer correctamente, por lo que han descartado esta opción dejando abierta la posibilidad de virar a un modelo de suscripción como “The Blaze” de Glenn Beck. Asimismo, también podrían plantear ampliar sus ofertas de programas de radio a través de la plataforma online conservadora Sirius XM Patriot (actualmente tiene el programa diario “Breitbart News Daily”).

Y Vanity Fair informó de la posibilidad de asociarse con Sinclair (propietario entre otros de Circa, descrito como “el nuevo Breitbart”, y uno de los portales favoritos de la Casa Blanca), el grupo mediático más peligroso y desconocido de Estados Unidos.

Lo cierto es que ninguno de estos planes ha visto todavía la luz y, desde la reincorporación de Bannon, la trayectoria de Breitbart ha sido la siguiente:

•     Ataques a los políticos del establishment y enemigos de Bannon dentro de la Casa Blanca, incluyendo la propia Ivanka Trump y su marido, Jared Kushner, y el asesor económico Gary Cohn.

•     Inicio de una batalla tanto por su reputación como por la de Bannon.

•     Recordar incansablemente su relevancia y recordar a Trump que no se desvíe de la línea “dura” que le llevó a la presidencia.

Bannon considera que Breitbart es lo suficientemente influyente como para controlar las decisiones de Trump no sólo de forma directa (hasta la publicación del libro, supuestamente, Bannon y Trump hablaban con regularidad y la joven ex redactora de Breitbart y ayudante de Bannon, Julia Hahn, permanece en el ala oeste como asistente especial de Trump), sino también  a través de la capacidad de Breitbart de persuadir a la base electoral de Trump. Por tanto, Bannon se encontraría con un escenario que le es favorable, convirtiéndose en el principal punto de contacto entre una administración con “mentalidad de búnker” y su canal de información preferido para ejercer influencia. Además, como afirmó el editor de Breitbart en Washington, Matt Boyle, Bannon tiene una “brigada de guerreros felices celebrando el regreso de su capitán“.

Sin embargo, la publicación de “Fire and Fury: Inside the Trump White House” supone un punto de inflexión y ya nada volverá a ser como hasta ahora. Por una parte, nos refleja a un Bannon ambicioso y egocéntrico, atribuyéndose los éxitos de Trump (“entiendo el Trumpismo mejor que Trump”), cada vez más aislado y culpando al mundo de sus fracasos en una cruzada personal e ideológica donde sólo le importa su destino, ser una estrella mediática, líder de su propio movimiento. Y de otra, a un Trump herido en su orgullo, convertido en víctima, traicionado por su súper asesor y enfrentado a él, expresando fuertes acusaciones que habrá que analizar cómo se las devuelve Bannon.

En esta lucha fratricida, no sólo está en juego la narrativa del Trumpismo sino el futuro próximo de Estados Unidos: ¿ganará el personaje metido a presidente o el Trumpismo ideológico sin Trump del maquiavélico estratega? El partido republicano, que culpa a Bannon de la derrota de los republicanos en Alabama, quiere ver en este libro el principio de su caída en desgracia; y el partido demócrata se las promete felices para las elecciones de mitad de mandato de noviembre. De lo que no cabe ninguna duda es que, como en todas las peleas fratricidas, y con Donald Trump de por medio, las consecuencias serán imprevisibles.

 

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.