Focus press setmanal número 90

Presentació

“Tot el món sap que ha de passar alguna cosa però ningú sap el què” afirma Antonio García Maldonado (manllevant una frase atribuïda a John Reed en mig de la revolució russa) per definir la sensació d’incertesa i fragilitat en que ens movem des de fa temps. Amb ecos inquietants dels anys 30 del segle XX, com diu Guillermo Altares [text 1] en fer-se la pregunta de com enfrontar-se a forces antidemocràtiques sense empitjorar les coses … A Hongria (María R.Sauquillo), Polònia, Síria (Laëtitia Atlani-Duault), Rússia, Brasil (Xosé Hermida), Turquia …  Andrés Ortega [text 2] es pregunta si s’estaria acomplint amb 100 anys de retard la decadència d’Occident profetitzada per Oswald Spengler.

Sens dubte hi ha causes objectives d’aquest declivi relacionades amb l’ascens del poder i la influència del món asiàtic, però també per les contradiccions internes dels Estats Units i d’Europa. Un testimoni de les dificultats dels dirigents europeus per governar aquests temps de canvis ens l’ofereix François Hollande en el seu llibre “Les leçons du pouvoir”, sobre el que tracta l’entrevista que publica L’Obs d’aquesta setmana [text 3].

Es tracta d’un problema de lideratges maldestres considera Soledad Gallego-Díaz [text 4], si més no en els casos espanyol i català. Amb un Partit Popular en caiguda lliure a les enquestes (Metroscopia/El País, eldiario/Celeste-Tel), desbordat per l’ acumulació de casos de corrupció i d’irregularitats (Carlos Sánchez, Lucía Méndez) i, sobretot, pel formidable embolic político-judicial entorn dels dirigents independentistes empresonats i fugits (Enric Juliana, José Antonio Zarzalejos) … Un embolic que denota una reacció  d’unes institucions de l’Estat que han escapat al control del Govern: “el lleó ferit”, en paraules d’Antoni Puigverd [text 5] … I amb un PSOE desaparegut que sembla considerar que el millor que pot fer és posar el cap sota l’ala i incapaç de seguir la pauta raonable que Felipe González exposava en el programa de Jordi Évole i que reclamava Octavio Granado en un article a Público [text 6] … O d’explorar vies de solució com les que ve proposant Santiago Muñoz Machado [text 7].

Sobre les vicissituds judicials, especialment les adoptades per la justícia alemanya, veure els comentaris de Jordi Nieva, Javier Pérez Royo, Luis Sánchez-Merlo, Daniel Sarmiento i Miguel Pasquau [text 8].

Com a conseqüència la situació política segueix bloquejada a Catalunya (Jordi Mercader [text 9], Vicenç Fisas), on segueix més viu que mai el debat entre els partidaris de formar govern per revertir l’aplicació de l’article 155 (Miquel Roca, Lola García) i els de mantenir el pols amb l’Estat seguint la línia que marca Carles Puigdemont (Joan Tapia, Francesc-Marc Álvaro) … De manera que l’horitzó d’unes noves eleccions el proper 17 de juliol no és gens descartable.

Per a una visió general del procés en clau d’oportunitat perduda, veure el relat que proposa Marc Andreu a  Crític [text 10].

Tanquem aquest Focus Press, amb un article suggerent de José María Lassalle [text 11] sobre la governança del món digital, en el que contraposa les multitud digitals a la necessària ciutadania digital. I amb la invitació de Ramón González Férriz [text 12] a llegir el llibre de Judith Shklar El liberalismo del miedo”, que  “… no es, como dice ella, un liberalismo de la esperanza, sino de la memoria: la mirada no debe fijarse en lo maravilloso que podría ser todo, sino en el recuerdo de lo horriblemente malos que podemos llegar a ser los seres humanos”.

 

 1.

 

Guillermo ALTARES, “Ecos de los años treinta” a El País (9-04-18)

https://elpais.com/internacional/2018/04/09/actualidad/1523298637_790539.html

Todavía no sabemos si la Conferencia de Múnich fue un ejemplo de humillante cobardía diplomática o un desastre de relaciones públicas de Reino Unido y Francia, que nunca han sabido explicar lo que realmente ocurrió el 30 de septiembre de 1938. Al término de aquel encuentro, París y Londres permitieron a Hitler quedarse con una parte del territorio de Checoslovaquia, aunque el Gobierno de Praga ni siquiera estaba invitado a la cumbre. La incorporación de los Sudetes, una región checa que contaba con una importante población de habla alemana, fue el segundo paso del proyecto nazi para hacerse con el control de Europa tras la anexión de Austria (el Anschluss), en marzo de ese mismo año.

Para algunos historiadores, aceptar el chantaje de Hitler fue un error enorme, que envalentonó al dictador alemán y ni siquiera evitó el estallido de la II Guerra Mundial, justo un año más tarde, porque nada iba a frenar sus ambiciones. Para otros expertos fue un hábil movimiento político que permitió a los británicos ganar tiempo, ya que su Ejército no hubiese resistido entonces una ofensiva alemana y, en cambio, un año más tarde sí.

Resulta interesante que dos novelas de éxito reciente, El orden del día (Tusquets), del francés Éric Vuillard, y Munich, del británico Robert Harris (todavía no traducida), traten este momento de la historia europea. También ha alcanzado cierta notoriedad un ensayo del periodista francés Gilbert Grellet, Un verano imperdonable (Escolar y Mayo), sobre la indiferencia de las democracias europeas tras el golpe de Estado fascista con el que estalló la Guerra Civil. El subtítulo de este interesante libro lo dice todo: “1936: la guerra de España y escándalo de la no intervención”. Lo que entonces se llamó política de apaciguamiento hacia Hitler cobra un nuevo sentido en la actualidad, porque también ahora crecen fuerzas antidemocráticas.

Es cierto que ahora no existe un tirano que juegue con la bola del mundo y quiera que una raza superior someta al continente a la esclavitud, ni que planifique la exterminación de todo un pueblo. Afortunadamente no hay nadie comparable a Hitler o Stalin. El régimen norcoreano es tan terrorífico como los anteriores, pero su alcance territorial es limitado. El islamismo violento, en cambio, actúa en medio mundo desde bases remotas y su objetivo es destruir las democracias occidentales.

La situación actual es indudablemente diferente de la de septiembre de 1938, con una Europa unida formada por democracias, que no se enfrentan a la amenaza a los grandes totalitarismos del siglo XX. Pero los ecos de los años treinta son evidentes: la subida de la ultraderecha en demasiados lugares, Gobiernos de países como Hungría o Polonia que están forzando los límites del Estado de derecho hasta diluirlos o el constante aumento del antisemitismo. Resulta imposible no sentir un escalofrío ante crímenes como el asesinato en Francia de una anciana, superviviente del Holocausto, por el hecho de ser judía, como también escuchar los discursos del recién reelegido primer ministro húngaro, Viktor Orbán, contra Georges Soros, teñidos de un lenguaje de conspiraciones mundiales que hemos escuchado demasiadas veces en el pasado.

Tampoco deberíamos olvidar que la Rusia de Putin ha demostrado con la anexión de Crimea y la guerra de Ucrania sus ambiciones territoriales, que se ciernen como una amenaza sobre sus antiguos satélites, y ha dejado muy claras sus intenciones de enfangar todos los procesos democráticos que pueda, para debilitar a sus adversarios. Y no podemos ignorar que un tirano como Kim ­Jong-un posee armas nucleares y que un sátrapa capaz de usar gases tóxicos contra la población civil, como Bachar el Asad, acusado de nuevo de un ataque químico este fin de semana, está a punto de ganar una guerra en Siria en la que ha demostrado una crueldad sin límites ante la indiferencia mundial (o incluso peor, las promesas de intervenir que nunca se cumplieron pese a que se cruzaron todas las líneas rojas).

“Los ecos de los años treinta son evidentes”, explicaba Robert Harris en una entrevista con la BBC. Este escritor es un fino analista de la actualidad a través de la historia, sobre todo con su serie de novelas sobre la antigua Roma, la trilogía de Cicerón (DeBolsillo), Imperium, Conspirador y Dictador . Su tesis es que el primer ministro británico Neville Chamberlain no fue un timorato, sino que “sacrificó su reputación por un interés superior”. En 1938, Reino Unido no estaba preparado para la guerra. Harris, un antiguo periodista de investigación que se documenta a fondo, explica por ejemplo que entonces sólo tenía 20 aviones Spitfire realmente operativos, con lo que hubiesen sido aplastados por los nazis. La batalla de Inglaterra no hubiese sucedido. También carecía de suficientes radares pero, sobre todo, “de sentido de la unidad ante los nazis en el pueblo británico”. Chamberlain sabía que, sin estos elementos, no tenía ninguna oportunidad.

El libro de Vuillard, con el que ganó el Premio Goncourt, es una extraordinaria investigación histórica, pero sus conclusiones son muy diferentes. Describe un Ejército alemán en un estado bastante calamitoso como “una amalgama de metal, chapa vacía” y relata un atasco gigante de los tanques que habían entrado en Austria. Para Vuillard, Francia y Reino Unido vendieron Checoslovaquia “a precio de saldo, como si las ambiciones de Hitler pudieran detenerse”.

¿Cómo pueden enfrentarse las democracias a lo intolerable?

Estos libros no servirán para frenar la polémica en torno al apaciguamiento porque seguramente no exista una solución: cada momento histórico es diferente, cada situación presenta matices que pueden ser cruciales. Pero es indudable que los problemas se repiten. ¿Cómo pueden enfrentarse las democracias a lo intolerable? ¿Cómo pueden reaccionar ante personas que ponen en peligro sus más profundos valores? ¿Cuándo una guerra puede ser una opción o siempre es un error? ¿Hubiese evitado una intervención internacional temprana en Siria el desastre en que se ha convertido ese conflicto, ISIS incluido, o hubiese empeorado las cosas? ¿Qué hacemos ante Corea del Norte, un régimen enloquecido que mejora la capacidad de su armamento año tras año?

En Europa, las cosas son más sutiles, pero nunca podemos olvidar que, como escribe con certeza Vuillard, “las mayores catástrofes se anuncian a menudo paso a paso”. ¿Hasta cuándo puede tolerar la UE que algunos de sus miembros se pasen por el forro principios fundacionales de la Unión como la división de poderes o la libertad de expresión? ¿Cómo se frenan las injerencias rusas en procesos democráticos cuando un hacker habilidoso puede intervenir un sistema bancario o electoral? ¿Cómo frenamos el antisemitismo, que actualmente tiene orígenes diversos? Por un lado, está el mismo que ha recorrido Europa desde las Cruzadas, un odio atávico, pero también existe uno de nuevo cuño, promovido por el islam radical violento, como queda claro en Francia.

Al final, sólo quedan preguntas y ninguna respuesta clara: ¿cuál es la mejor forma de defender nuestros valores y nuestra libertad? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a ceder para evitar un mal mayor? Estudiar la Conferencia de Múnich y la actitud de las democracias occidentales no nos dará una respuesta. Aunque está claro que la política de apaciguamiento, entonces, no evitó el desastre.

 

2.

 

Andrés ORTEGA, “La decadencia de Occidente, 1918-2018” al blog del Real Instituto Elcano (10-04-18)

https://blog.realinstitutoelcano.org/la-decadencia-de-occidente-1918-2018/

Hará este año un siglo, en el verano de 1918, cuando la Primera Guerra Mundial estaba tocando a su fin ante lo que sería el armisticio de noviembre, Oswald Spengler publicó el primer volumen de su influyente La decadencia de Occidente (Der Untergang des Abendlandes). Cien años después vuelve a cundir que estamos ante el declive de Occidente –y más aún del orden relativamente mundial liberal que instauró–, aunque sea en términos relativos y poco tenga que ver con las causas que le atribuía Spengler a ese devenir. El pensador alemán, que rechazaba la visión eurocéntrica de la historia vista como antigua, medieval y moderna, consideró como inexorable, y casi mecánico, el desarrollo de lo que llamó las “altas culturas” (la “civilización” la veía como el comienzo del declive), en cuatro fases vitales: juventud, crecimiento, florecimiento y decadencia. Y en 1918 le había llegado el turno de esta última fase a ese fratricida Occidente, una de las ocho altas culturas que divisó: babilonia, egipcia, china, india, mesoamericana (azteca/maya), clásica (griega/romana), árabe (hebrea, semítica y cristiano-islámica) y occidental o europea-americana.

Es una visión de lo que es “civilización” no tan lejana de la de planteara con su “choque” Samuel Huntington, pero muy distinta de la del filósofo iraní-canadiense Ramin Jahanbegloo. Éste, en su reciente Declive de la civilización (The Decline of Civilization), 100 años después del libro de Spengler, va más lejos. Considera que estamos en un proceso de “des-civilización” de la sociedad, que no significa ausencia de civilización, sino “un estado de civilización sin sentido e irreflexivo”, con un “déficit de empatía”, no sólo en Occidente sino en el mundo en general.

Spengler se equivocó, claro, mas no sin interés. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) resultó en el ascenso de EEUU a preeminencia mundial y después a superpotencia global tras la segunda fase (1939-1945) de lo que fue una guerra civil europea y un conflicto mundial, que terminó llevando a la pérdida de sus imperios a las potencias del Viejo Continente. Entretanto surgió y se derrumbó (1917-1991) la Revolución Soviética, la URSS y la Guerra Fría que ganó Occidente, aunque quizá no tanto o tan bien como se creyó. Pues mientras Occidente la ganaba frente a la URSS, China resurgía de la mano de las Cuatro Modernizaciones de Deng Xiaoping a partir de 1982. Y desde la línea divisoria de 1989 –caída del Muro de Berlín y masacre de Tiananmén– ha revivido una Rusia nacionalista que Occidente no supo atraer e incorporar cuando pudo. Sobre todo, China, con un régimen de partido comunista y economía mixta, está recuperando un lugar en el mundo incluso más importante que el que tuviera antes de 1870, en parte gracias a haber sabido aprovechar al orden liberal y la globalización que impulsó Occidente.

Algunos, como Francis Fukuyama, creyeron ver en aquel triunfo occidental y la caída del sistema soviético un fin de la historia, con el triunfo universal del modelo liberal-democrático, aunque antes que él, lo plantearan Hegel y en su estela Alexandre Kojève. De hecho, Occidente durante la segunda posguerra mundial y la Guerra Fría logró, gracias al poderío militar y económico de EEUU, poner en pie ese orden mundial liberal para una parte importante del mundo, que siguió en la fase de unipolaridad. Sobre su declive empiezan a cundir los análisis en el propio Occidente. Como el de Richard Haas, para el cual la decisión de EEUU, con Trump, de abandonar el papel que ha desempeñado durante más de siete décadas “marca un punto de inflexión”. ¿Supone el declive del orden mundial liberal el declive de Occidente? ¿Es al revés?

A la vez, como hemos explicado anteriormente en el Blog, la democracia y el Estado de Derecho quedan en entredicho en algunos casos dentro de Occidente y de sus instituciones (Turquía y Polonia) y cunden los populismos disruptivos. Se refuerzan regímenes autoritarios fuera, como China y Rusia, con sus propios modelos políticos y económicos, mientras los occidentales se retraen a la hora de defender sus valores y principios. O incluso ponen en duda estos últimos. Una serie de libros publicados recientemente (de William Glaston y Timothy Snyder, por ejemplo) se preguntan si no es ya no el orden mundial liberal sino la propia democracia tal como se entiende en Occidente la que está en peligro.

El orden mundial liberal u occidental lo están poniendo en cuestión no ya los otros, sino los que los construyeron, con la Administración Trump a la cabeza desde Washington, en reacción a lo que ve como excesos de la globalización. No obstante, persisten muchos elementos de ese orden desde la OTAN a la UE, pasando por las instituciones de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y el antes GATT y hoy Organización Mundial del Comercio), en las que participa China. Pero Pekín, y otros, intentan cambiar este orden a la vez que construyen otro paralelo.

La OMC está en el punto de mira, pues la Administración Trump la está violentando (y China la ha aprovechado). Si se confirma, la guerra comercial que están iniciado EEUU y China se puede retroalimentar en una espiral de la que nadie podrá quedar al margen. Porque hoy el mundo es interdependiente. Ya hace años, Robert Keohane y Joseph Nye analizaron en un famoso libro de 1977 (Power and Interpendence) antes de que se hablara de globalización y de las cadenas globales de valor, lo que llamaron una “interdependencia compleja”. Y esa complejidad hace aún más peligroso que se trastoque.

De momento Occidente ha durado 100 años más que el libro de Spengler. Pero está dejando o va a dejar de ser dominante, ante el ascenso esencialmente de China. Incluso, por dentro, hay tensiones en el seno de Occidente entre el gran protector y en gran parte estabilizador, EEUU –que también fue el gran impulsor de la globalización que ahora pretende frenar–, y algunos de sus socios y aliados que se resisten a reconocer que EEUU ha cambiado, y esperan que Trump sea un fenómeno pasajero. Pero claro, si se dispara en el pie, Occidente acelerará su declive, aunque no sea por las razones que esgrimió Spengler, convencido de que era posible predecir lo que le iba a ocurrir. Es sabido: hacer predicciones es siempre muy difícil, sobre todo sobre el futuro (frase con varios padres). Incluso lo es predecir el pasado, pues como escribiera Antonio Machado, “ni el pasado ha muerto ni está el mañana, ni el ayer escrito”.

 

3.

 

Entrevista a François HOLLANDE a L’Obs (10-04-18)

https://www.nouvelobs.com/politique/20180409.OBS4858/francois-hollande-un-president-travaille-toujours-pour-son-successeur.html

Pourquoi a-t-il renoncé ? Que regrette-t-il ? De quoi est-il fier ? Comment juge-t-il la gestion de son successeur et ancien collaborateur Emmanuel Macron? Un an après avoir quitté l’Elysée, François Hollande publie “les Leçons du pouvoir” (Stock). Il y revisite son quinquennat et plaide pour son bilan, en France et à l’international. Entretien exclusif.

Pourquoi ce livre et pourquoi maintenant ?

J’ai dirigé le pays dans une période exceptionnelle. J’ai voulu confier aux Français ce qu’est vraiment l’exercice du pouvoir, comment j’ai tranché les dilemmes qui se présentaient à moi, comment j’ai vécu cette expérience unique. J’avais aussi le devoir de procéder à un examen lucide de mon action, les réussites, les avancées, mais aussi les échecs que j’assume entièrement. Enfin, il m’appartenait d’établir un constat sur la crise de la social-démocratie en Europe, et d’expliquer les raisons de croire en l’avenir de l’idée socialiste.

Vous avez pris des notes durant votre mandat ?

Non. Je n’en avais ni le temps ni l’intention. Il fallait donc que j’écrive assez vite après mon départ de l’Elysée, tant que mes souvenirs étaient encore proches.

A vous lire, on a le sentiment que vous trouvez quon ne rend pas suffisamment justice à votre bilan

Au fur et à mesure que se confirment les résultats, avec un taux de croissance supérieur à 2%, un déficit public inférieur à 3% et plus de 700.000 emplois créés depuis 2015, il y a des vérités qui relèvent de l’évidence. Mais comme je ne veux forcer personne, je préfère m’en charger moi-même (sourire)… Il y a une fatalité de la gauche au pouvoir. Dès qu’elle assume des responsabilités de gouvernement, on la suspecte, on l’accuse. Puis, on la réévalue plus tard à l’aune des comparaisons qui s’établissent. J’ai décidé d’être patient, serein mais pas muet. Mais l’embellie économique, qui est mondiale, est surtout due à la faiblesse des cours du pétrole et des taux d’intérêt…

Nous n’aurions pas pu en tirer avantage sans une économie assainie et revigorée.

Emmanuel Macron ne ferait donc que profiter des choix que vous avez faits ?

Un président travaille toujours pour son successeur et il hérite de son prédécesseur. Les politiques qu’il engage pendant son mandat ont des conséquences qui vont bien au-delà du terme de celui-ci. J’ai laissé la France à Emmanuel Macron dans une situation meilleure que celle que j’avais trouvée. Il y a d’ailleurs pris sa part.

Dans votre livre, vous avez des mots très durs contre “les frondeurs”. Vous pensez vraiment que ce sont eux et pas votre politique qui vous ont empêché de vous représenter ?

Ils ont dès le départ gravement nui à la crédibilité de ma politique en contestant – à l’intérieur même de la majorité – mes choix européens, comme mes décisions économiques. A force de mettre en cause ma stratégie, ils l’ont rendue inaudible. C’est parce qu’ils se sont obstinés à penser qu’une autre candidature que la mienne était possible qu’ils ont faussé les choix et laissé un espace à Emmanuel Macron. Ils ont coupé la branche sur laquelle j’étais assis en oubliant qu’ils y étaient aussi. C’est un frondeur [Benoît Hamon] qui a gagné la primaire, et ses 6% montrent bien que son positionnement a fait fuir les électeurs. Ce n’est pas ma politique qui a été condamnée, c’est la leur.

N’avez-vous pas payé l’ambiguïté de votre campagne de 2012 ? Vous avez été élu en promettant de la redistribution, et vous avez fait une politique de loffre

Le discours du Bourget n’occultait rien. Il dénonçait la finance prédatrice, appelait au redressement et promettait la redistribution une fois l’assainissement obtenu. Au lieu de commencer par un emballement des dépenses publiques et de finir par une pause ou la rigueur, comme en 1981, j’ai fait l’inverse. Demander des efforts d’abord, restaurer la compétitivité des entreprises, puis partager ensuite les fruits de la croissance retrouvée.

A partir de quel moment vous dites-vous que votre réélection peut être compromise ?

Dès le lendemain de ma victoire! Je sais que j’ai gagné avec moins de 52%. Je mesure vite qu’aucune indulgence ne nous sera consentie. Pour ce livre, je me suis amusé à retrouver les unes des magazines du mois de juillet 2012. On me sommait d’agir, alors que l’Assemblée nationale n’avait pas encore été renouvelée. Puis d’”arrêter les bêtises”, alors que nous n’avions pas encore eu le temps d’en faire une…

Vous reconnaissez tout de même des erreurs. Vous être trop mis en avant dans l’affaire Leonarda, par exemple, ou avoir tardé à écarter Jéme Cahuzac

Oui. Je ne me défausse sur personne. Dans l’affaire Leonarda, j’ai commis l’erreur d’annoncer moi-même la solution trouvée. Dans l’affaire Cahuzac, qui m’a profondément blessé tant elle contredisait la République exemplaire que j’avais proclamée, j’ai tout fait pour que la vérité soit établie et que la justice passe. Et j’ai transformé un mal en bien, en introduisant de nouvelles règles en matière de transparence pour punir les comportements qui déshonorent la démocratie.

La présidence “normale”, ce n’était pas une erreur ?

Je n’ai jamais adhéré à une conception monarchique des institutions de la Ve République. Ceux qui disent que le peuple cherche un roi ne doivent jamais oublier qu’ils sont dans un pays où on lui a coupé la tête! L’autorité présidentielle doit être pleinement assumée, car elle donne à notre pays des moyens d’agir. Je l’ai montré à travers mes décisions pour le Mali et le Levant. Mais elle ne justifie pas une concentration des pouvoirs et une personnalisation narcissique de son exercice. A mes yeux, la présidence normale pour mener une mission exceptionnelle, c’est d’agir avec lucidité, maîtrise et respect – respect notamment des corps intermédiaires : élus, partenaires sociaux, associations…

Vous soulignez la différence entre “donner du sens et faire du bruit”. Vous regrettez davoir trop parlé ?

Il faut être réaliste, dans le nouvel univers des réseaux sociaux, et avec le rythme de l’activité présidentielle, la théorie de la rareté de la parole ne tient plus. Aujourd’hui, chaque jour est un feuilleton où le président est la figure principale. Le tout est de savoir scander son propos, quel que soit le vecteur médiatique. Tout est désormais démultiplié. L’essentiel, c’est le contenu.

Avez-vous le sentiment davoir aidé à “donner du sens” au moment du mariage pour tous ?

J’ai rappelé sans cesse que le mariage pour tous était un droit qui n’enlevait rien à personne. Certains m’ont reproché d’avoir divisé le pays avec cette réforme. Je constate aujourd’hui que rares sont ceux qui promettent de l’abroger. La leçon que j’en tire, c’est qu’il faut laisser une large place au débat sur les questions de société, mais savoir aussi vaincre les résistances et les conservatismes. J’ai même regretté de ne pas être allé plus vite. Lorsque éclate l’affaire Fillon, vous avez déjà renoncé à vous représenter. Dans votre livre, vous semblez exprimer alors un regret. Pensez-vous rétrospectivement que vous auriez pu l’emporter, grâce à ces circonstances exceptionnelles ?

J’ai pris cette décision de renoncer au lendemain de la primaire de la droite; son candidat était alors promis à la victoire. Elle était fondée sur une analyse lucide de la situation politique. La candidature déclarée d’Emmanuel Macron, la perspective d’une primaire à gauche dont la division serait le seul produit, sans compter le “dégagisme” dont j’étais la cible: tout cela conduisait à un face-à-face entre une droite dure et une extrême droite menaçante. Mon sacrifice appelait à un sursaut et devait permettre d’éviter le pire. Mais en février, l’affaire Fillon et l’obstination de celui-ci à maintenir sa candidature contre toute raison auraient pu offrir à la gauche, si elle avait été rassemblée, une opportunité. Au fond, il y a eu deux suicides concomitants: celui de la droite et celui de la gauche. Comme une épidémie…

Emmanuel Macron, lui, a pris ce risque

Son élection doit beaucoup à un jeu du destin et à l’état des autres forces politiques. Il a dit lui-même qu’il avait été élu “par effraction”. C’est vrai.

Vous avez été naïf ? Navez-vous pas sous-estimé l’animal politique Macron ? Il vous a trahi?

J’ai fait confiance. C’est à la fois mon caractère et un principe. On ne construit rien sur le soupçon. Ensuite, il y a la réalité. Si la majorité de gauche avait été unie, et que l’opposition de droite n’avait pas été représentée par un candidat discrédité, il n’y aurait pas eu de place pour l’aventure féerique d’Emmanuel Macron.

Pour vous, Macron ne sinscrit pas dans lhistoire de la gauche. Il ne fait pas une politique de gauche?

Je le dis sans acrimonie: il ne s’est jamais inscrit dans l’histoire ni dans la culture de la social-démocratie. Il ne mène donc pas une politique qui s’en inspire.

Comment qualifieriez-vous sa présidence?

Un quinquennat se juge dans sa globalité et dans le temps. Pour l’instant, l’idée la plus contestable, c’est de penser qu’il faut faire différemment du passé… dont il a d’ailleurs été acteur. Toute présidence est faite de continuités et de ruptures. Aujourd’hui, il préfère les secondes aux premières. La rupture la plus évidente concerne la justice fiscale.

Vous écrivez : “Mes gouvernements réduisaient les inégalités, celui-ci les creuse.”

Oui. J’avais eu en mon temps une formule excessive sur les riches. Car la France a besoin de personnes qui entreprennent, investissent et réussissent. Mais nous n’en sommes plus là. Aujourd’hui ce sont les très riches qui bénéficient de la croissance et des faveurs fiscales. La question des inégalités va devenir criante, ici comme partout dans le monde.

Comment jugez-vous sa méthode sur les réformes sociales en cours?

Mon expérience m’a prouvé que chaque fois que j’ai pu engager une concertation et négocier, j’ai réussi à réformer. Chaque fois que j’ai voulu aller trop vite ou trop brutalement, je n’ai pas été compris. La négociation prend plus de temps, mais elle produit des résultats plus solides.

Vous notez dans votre livre quil est dangereux de penser que la fougue et la force de conviction dans lexercice du pouvoir suffisent à venir à bout des résistances. Vous pensez à Macron?

Tout président pense qu’il peut, par son intelligence, se jouer des forces qui sont à l’œuvre. C’est une qualité dont il ne faut pas surestimer l’importance. Discuter avec Vladimir Poutine est nécessaire. Mais la diplomatie la plus subtile trouve vite sa limite, quand elle ne s’appuie pas sur un rapport de force. Je l’ai vu sur l’Ukraine. De même la sympathie qui m’unissait à Barack Obama n’a pas suffi à le convaincre d’intervenir en Syrie, au lendemain des frappes chimiques commises par le régime de Bachar al-Assad.

Comment jugez-vous le revirement dEmmanuel Macron sur cette question?

Je ne sais s’il y a revirement. Mais ce qu’il a dit sur les Kurdes de Syrie, en leur présence, est juste et digne. La diplomatie est une affaire de conviction, mais il faut aussi marquer des limites. A un moment, il faut prendre ses responsabilités.

Sur la Syrie, la France a une attitude ferme. Et en même temps, elle a été assez impuissante dans cette catastrophe, qui a conduit à plus de 300.000 morts. Nest-on pas allé trop loin dans le soutien aux rebelles?

L’été 2013 a été décisif. A ce moment, Bachar al-Assad est affaibli au point d’utiliser l’arme chimique. Mais, faute de réaction appropriée, l’opposition se radicalise et Vladimir Poutine comprend qu’il pourra avancer ses pions. La France a tenu bon, mais nous ne pouvions agir seuls. Aujourd’hui, le régime prétend qu’il a gagné. Mais de quelle Syrie s’agit-il? Un pays partagé? Un territoire effondré? Un peuple écrasé? Il n’y aura pas de paix durable en Syrie avec Bachar al-Assad.

Il faut maintenant faire pression sur la Russie?

Il faut exercer une double pression. D’abord sur la Russie. Les sanctions ne suffisent pas. L’Europe doit assurer elle-même sa sécurité et montrer qu’elle parle d’une seule voix face aux intimidations ou aux manipulations. Quant à la Turquie, comment comprendre qu’elle puisse être dans l’Otan, tout en achetant ses armes à la Russie et en éliminant en Syrie des Kurdes qui ont été nos alliés pour chasser l’Etat islamique? L’Europe doit montrer qu’elle n’accepte aucun chantage sur la question des réfugiés, ni aucune compromission dans la lutte contre l’islamisme.

Vous pensez quon est particulièrement conciliant avec la Turquie à cause de ce deal implicite?

C’est l’honneur de l’Europe d’accueillir des demandeurs d’asile quand ils viennent frapper à notre porte et de ne pas fermer les yeux sur les droits de l’homme, surtout dans un pays qui prétend encore adhérer un jour à l’Union européenne!

Quavez-vous appris de Poutine à travers vos rencontres?

Sur le plan personnel, il alterne la séduction et la brutalité. Je le respecte, mais je n’ignore rien de ce qu’il veut. Il ne se résoudra à des compromis que s’il sent qu’il y a un front face à lui. Il pense que l’Occident est faible et qu’il a une revanche à prendre par rapport à la dislocation de l’empire soviétique.

Barack Obama vous a-t-il déçu en n’agissant pas, à l’été 2013?

Barack Obama est un homme d’une grande intelligence et il est soucieux de la trace qu’il laissera dans l’histoire. Par son élection, il en a gravé une. Indélébile. Il avait été élu pour ne plus intervenir militairement à l’étranger. Je savais qu’il serait donc extrêmement réticent à mener une opération de frappes en Syrie. J’ai compris sa décision sur le plan humain, mais pas sur le plan politique. Les conséquences de ce choix n’étaient pas graves pour les Etats-Unis, mais elles l’étaient surtout pour l’Europe.

Pensez-vous vraiment qu’intervenir aurait changé cet engrenage?

Oui. L’opposition syrienne aurait reconquis des positions. Daech ne se serait pas installé. Poutine n’aurait pas pu agir comme il l’a fait dans la région.

Vous commencez un chapitre de votre livre par un assassinat ciblé. Vous en avez déclenché beaucoup ? Comment vit-on ces décisions personnellement?

Engager des forces, c’est une décision lourde humainement. Je sais que ma parole peut entraîner la mort de nos soldats. Envoyer des hommes risquer leur vie est une épreuve morale. Sur les frappes ciblées, ma préoccupation a toujours été de ne pas toucher des populations civiles.

Parlons de la gauche. A vous lire, le socialisme nest pas mort. Comment le prouver?

La social-démocratie paraît à bout de souffle en France comme en Europe. Comme si les progrès qu’elle avait permis d’accomplir avaient épuisé son message. Elle est aussi victime de la montée des populistes qui mettent directement en cause son existence en détournant d’elle les ouvriers et les employés. Mais la montée des inégalités, le protectionnisme, l’enjeu climatique, les nouvelles technologies et leurs effets sur le travail sont autant de nouveaux défis sur lesquels le socialisme peut apporter des réponses nouvelles. Il peut écrire une nouvelle page en mettant l’innovation au service de la solidarité, la croissance au service de l’écologie, et la démocratie au service de l’épanouissement de l’individu. L’enjeu est majeur car, au-delà de la question du socialisme, nous affrontons une crise démocratique. Jamais les extrémistes n’ont été aussi forts en Europe. Jamais les partis de gouvernement n’ont été aussi fragiles.

Cette crise, cest la conséquence dune globalisation insuffisamment régulée?

Oui, mais aussi de la peur de l’autre, de la question non maîtrisée des identités. Il ne faut pas nier ces souffrances, ces interrogations, mais les dépasser pour les fondre dans un projet collectif. Et revenir vers les classes populaires, non pas pour les flatter, ou pour les détourner, mais pour leur montrer que le progrès ne se fera pas avec la fermeture au monde, le démantèlement de l’Europe, et des restrictions de liberté dans une démocratie réduite à ses acquis !

Dans votre livre, vous parlez d“islamisme politique”, de “provocation salafiste”. Mais quand vous étiez président, vous naviez pas qualifié le terrorisme.

C’est faux. Lors des discours que j’ai prononcés à la suite des attentats qui ont frappé la France en 2015, devant le Parlement réuni en congrès à Versailles, lors de l’hommage aux victimes des attentats du 13 novembre… je n’ai cessé de dénoncer l’islamisme! Qui ai-je combattu au Mali? Les djihadistes d’Aqmi. Qui ai-je combattu en Syrie? L’Etat islamique.

Mais en France?

Au moment de “Charlie” et de la prise d’otages de l’Hyper Cacher, j’avais déjà dit à qui nous avions affaire: un terrorisme qui détournait une religion pour nous diviser. Chaque fois, j’ai qualifié l’ennemi. Nous ne sommes pas en guerre contre des peuples, mais contre des organisations islamistes, un terrorisme qui veut détruire les fondements mêmes de notre démocratie.

N’y a-t-il pas tout de même une cécité de la gauche française sur le projet politique du fondamentalisme islamiste?

Mais de quelle gauche parlez-vous? A aucun moment je n’ai eu la moindre complaisance ou la moindre faiblesse à l’égard du fondamentalisme. Je n’ai jamais été complaisant avec une partie de la gauche qui voulait chercher une cause sociale au terrorisme. Mais je n’ai jamais non plus confondu les musulmans avec les islamistes. Je rappelle que dans le monde ils en sont les premières victimes.

Quel espoir offre-t-on aux jeunes de banlieue? Vous en êtes-vous suffisamment préoccupé ?

Toujours, mais jamais assez. C’était le sens de ma priorité donnée à la jeunesse, des moyens renforcés pour la politique de la ville, de la priorité éducative, de la lutte contre les discriminations, du soutien à l’entrepreneuriat dans les quartiers. Avec ma fondation [La France s’engage], à mon échelle, je poursuis cet engagement. On peut regretter à cet égard qu’il n’y ait plus de ministère de la Ville…

A vous lire, l’avenir de la gauche, c’est le “socialisme de l’individu”. C’est-à-dire?

Le socialisme, c’était essentiellement des droits collectifs assurés à tous, le droit à la retraite, le droit aux congés payés, le droit à la santé. Aujourd’hui, une autre étape doit être franchie. Le socialisme de l’individu, c’est de montrer que chacun a des droits propres, qu’il garde tout au long de sa vie. Le compte personnel d’activité en est le meilleur exemple: un capital de droits à la formation, de temps libéré ou de moyens attribués pour porter un projet personnel est accordé à chaque salarié.

C’est pour cela que vous plaidez pour un “capital de départ”?

Oui. Je suis réservé sur l’idée du revenu universel, qui donne l’impression d’une allocation pour solde de tout compte. Je suis partisan d’une dotation initiale sous forme d’un patrimoine de base, dont chaque citoyen ferait usage durant sa vie professionnelle, pour se former, acquérir un logement, ou mener à bien une initiative.

Quel regard portez-vous sur Olivier Faure, le nouveau patron du PS?

Je le connais bien. Il a travaillé auprès de moi lorsque je dirigeais le PS. Il prend la tête d’un parti en grande difficulté et qui manque d’une ligne directrice. Il a une belle et lourde mission: retrouver la confiance d’un électorat qui ne demande qu’à y croire, à condition que le projet soit crédible. Qu’a-t-il à perdre? Rien. Qu’a-t-il à gagner? Tout.

Et que vous inspire la défaite de Stéphane Le Foll, qui a défendu âprement votre bilan?

Je n’ai jamais considéré la loyauté comme un vice, ni la fierté comme un handicap. Et s’il y a eu une défaite, c’est celle de ceux qui se réclamaient des frondeurs.

Vous navez jamais dit que vous arrêtiez la politique. Est-ce un livre pour revenir?

Je ne poursuis aucun intérêt partisan, ni aucune ambition électorale. Mais je n’ai pas renoncé à la politique, c’est-à-dire à prendre des positions, nourrir des réflexions, faire des propositions, notamment à travers ma fondation. Ce livre raconte une expérience que je veux faire partager, des rencontres que je veux dévoiler, des épreuves de vie que je veux faire comprendre, des convictions que je veux rappeler, non comme une nostalgie, mais comme une espérance pour l’avenir.

Propos recueillis par Cécile Amar, Carole Barjon, Sara Daniel et Dominique Nora

 

4.

 

Soledad GALLEGO-DÍAZ, “Doble falta de liderazgo” a El País (8-04-18)

https://elpais.com/elpais/2018/04/06/opinion/1523024198_316147.html

La falta de liderazgo en el panorama político español y la falta de liderazgo entre los independentistas catalanes amenazan con convertir una crisis difícil pero manejable en una inestabilidad prolongada que termine por afectar al sistema institucional en su conjunto. La decisión del tribunal alemán de no aceptar la extradición de Carles Puigdemont por un posible delito de rebelión (no existió violencia suficiente, opinión jurídica compartida por muchos expertos españoles) no es el elemento principal en esta crisis. Al margen del desarrollo que tenga a partir de ahora la actuación del Tribunal Supremo, lo cierto es que la victoria de los abogados del dirigente independentista es un boomerang, en el sentido de que Puigdemont va a quedar muy probablemente inhabilitado de por vida para desarrollar cualquier actividad política y eso con todas las bendiciones de la justicia alemana, que no permite ejercer a alguien condenado por malversación.

Es verdad que la decisión alemana vuelve a colocar, de momento, al expresidente de la Generalitat en el centro de la política catalana, pero esa no es tampoco una buena noticia para amplios sectores del independentismo, porque Puigdemont no ejerce un liderazgo político indiscutido, ni mucho menos. Tiene, eso sí, un pequeño grupo de diputados, con capacidad de bloqueo, que le son fieles. El resto del movimiento independentista empieza a dar muestras de considerar a Puigdemont un problema.

La mayor esperanza de este amplio grupo es que el alivio de las penas a las que puedan ser condenados Puigdemont y los otros imputados, permita precisamente sacarles del primer plano político y del primer plano sentimental. El expresidente está incapacitado para abrir un diálogo con la mayoría no independentista de Cataluña y eso lo saben quienes dentro del movimiento soberanista quieren encontrar una solución antes de que la desconfianza y el resentimiento fracturen definitivamente la sociedad catalana. Ciudadanos y Arrimadas no van a desaparecer, como tampoco Roger Torrent o Elsa Artadi. “¿Cuánto vamos a tardar en saludarnos en los pasillos del Parlament?”, preguntó en el pleno Inés Arrimadas, que, no se olvide, tuvo más votos que Puigdemont en las últimas elecciones.

“Los sistemas políticos inestables son los que se muestran vulnerables a las presiones de las crisis (…) Las causas fundamentales de tales fallas parecen ser la falta de una creencia generalizada en la legitimidad de la autoridad estatal y la ausencia de un acuerdo general sobre cuál es el comportamiento político apropiado”. La definición anterior es tan comúnmente aceptada que hasta figura en la Enciclopedia Británica.

La inestabilidad política que padecemos procede de esos dos hechos. Primero, el Gobierno estatal no tiene falta de legitimidad (ganó unas elecciones), pero tiene una gran debilidad política, porque no ha conseguido formar una mayoría parlamentaria estable en lo que va de legislatura. De hecho, si no consigue el apoyo del PNV para aprobar los Presupuestos en unas pocas semanas, Rajoy se vería abocado a convocar elecciones (salvo que alguien considere aceptable el insólito sistema propuesto por el popular Javier Maroto, según el cual se puede hacer un sorteo entre los diputados socialistas para designar a los cinco que apoyarían esos presupuestos).

Segundo, el independentismo catalán ha roto unilateralmente el consenso sobre cuál es el comportamiento político aceptable al saltarse el cumplimiento de las leyes y renunciar a los procedimientos habituales para resolver los conflictos. Cataluña ha demostrado también tener un serio problema de debilidad institucional (los independentistas han concedido un papel cuasi institucional muy relevante a grupos civiles particulares, como la ANC) y de falta de liderazgo político. Nada de lo que los españoles puedan alegrarse. Como nada hay en el deterioro del sistema institucional español que permita alegrarse a los independentistas catalanes, salvo que posean una notable torpeza y lentitud de entendederas.

 

5.

 

Antoni PUIGVERD, “El lleó ferit” a La Vanguardia (11-04-18)

http://www.lavanguardia.com/politica/20180411/442444813281/el-lleo-ferit.html

El regne d’ Espanya és ara mateix com una nau enmig d’una gran tempesta. Les onades i els vents ja la dominen com una joguina. Malgrat el paraigua europeu, està en risc el sistema democràtic que va néixer enmig de grans dificultats i equilibris, però en un context de gran esperança històrica. Ha estat una llarga època de prosperitat i llibertat. Les ombres dels anys finals no poden eclipsar les bondats d’una època que, tanmateix, ara perjudica objectivament les joves generacions, que són les més desencisades i, per tant, les més fàcilment seduïdes pel tremendisme: de l’“a por ellos” als CDR.

Hi ha molta tensió ambiental. Durant un temps semblava genial que el president espanyol fos un home flegmàtic: un home que deixa passar els problemes. Era descrit com el nou inventor de la màquina del temps: els problemes es resoldrien sols o es podririen. No s’han podrit: cremen. La corrupció ho han infectat tot, fins i tot les universitats; i la crisi territorial s’està enverinant cada dia més, ara ja internacionalitzada. El tempo de Rajoy ha deixat d’enlluernar. El que està en risc ja no és el timó del Govern central (tothom sap que a mitjà termini acabarà en mans de Ciutadans). El que està en risc és el sistema. La monarquia se la juga. Una república aznariana (que a Catalunya literalment explotaria) és molt més versemblant avui que fa 10-15 anys, quan se’n parlava.

Ara tothom s’adona de la irresponsabilitat de no afrontar mai cap problema. La judicialització del conflicte català està desgastant Espanya en el context interna­cional. Cada dia s’han de destinar més energies a castigar els díscols, a forçar les lleis, a evitar que Puigdemont es converteixi en un home respectat a Europa. Si la crisi generacional i la crisi catalana eren les dues columnes de l’edifici del 78 que presen­taven gravíssimes esquerdes, ara una nova columna amenaça ruïna: el principal partit, el PP, no només podria perdre les properes eleccions (d’això ja no se’n dubta), sinó que podria desaparèixer, engolit per ­Ciutadans. La gota de Cifuentes ha fet vessar el got.

Mentrestant, donant per feta la protecció d’Alemanya, l’independentisme viu posseït per l’eufòria. És bipolar. Ara bé: l’estratègia catalana de la complicació pot tenir revessos ben aviat, perquè l’Estat espanyol, després de la decisió dels jutges de Schleswig-Holstein, és un lleó ferit. La seva ferida, que és com un eco del malestar de 1898, no anuncia res de bo: el pessimisme de la generació del 98 va desembocar en el falangisme, no ho oblidem. El PP voldrà tapar els seus errors amb més tremendisme. Ciutadans ja no es pot moderar: ha de tensar la corda encara més. El PSOE agonitza (esperant el sorpasso trist, inútil, de Podem). L’independentisme, abandonant les temptacions pragmàtiques, persistirà en la via de la complicació internacional, indiferent a la governació catalana.

Tremendisme jurídic, cruesa policial, tensió internacional, intensificació del conflicte, cap concessió a la política… Espanya retroba el vell camí de sempre. La veritable memòria històrica d’Espanya és l’addicció al desastre.

 

6.

 

Octavio GRANADO, “¿Vamos alguna vez a hablar en serio de Cataluña?” a Público (7-04-18)

http://blogs.publico.es/dominiopublico/25490/vamos-alguna-vez-a-hablar-en-serio-de-cataluna/

Desde el mes de diciembre, algunas personas contemplábamos lo que estaba sucediendo en Cataluña con decepción y tristeza. No por la hoja de ruta del procés, sino por la falta de rumbo de las actuaciones de los partidos que representaban a la mayoría de catalanes. Ahora esta decepción se ha confirmado.

La resolución de la Audiencia Territorial de Scheweslig Holstein se ha dictado en un lugar curiosamente significativo, y no es sólo simbólica por su contenido. El actual land  alemán fue en los últimos siglos un lugar dividido por la lengua y la identidad de sus habitantes, daneses y alemanes, y pasó alternativamente de depender de Alemania y Dinamarca, con varias guerras entre ambos países. En 1920 tuvo lugar un referéndum en el que la mayor parte de los habitantes de la zona septentrional del país votaron por la anexión a Dinamarca, mientras los de las zonas centrales y meridionales refrendaron con igual rotundidad a favor de la incorporación a Alemania. La partición del territorio se realizó de acuerdo con la decisión de sus habitantes, y nunca fue cuestionada (ni siquiera por Adolfo Hitler). Después de la Segunda Guerra Mundial,  Alemania y Dinamarca firmaron un acuerdo de respeto absoluto a las minorías, alemana y danesa, a ambos lados de la frontera, que se cumple escrupulosamente. En ambos lugares hay partidos que representan a esas minorías y ocupan una pequeña parte de escaños en ayuntamientos y departamentos.

Las nociones de referendo, y creencias identitarias divididas de los habitantes forman parte de la cultura básica de un alemán de Scheweslig Holstein, y sin  duda habrán tenido alguna influencia en la decisión de la Audiencia. Pero saltando de lo particular a lo continental, cualquier persona que haya leído en los últimos meses prensa europea, sin demasiadas excepciones, habrá concluido que nuestra concepción del “problema catalán” o no es entendida, siendo benévolos, o no es compartida por la opinión pública. El concepto de violencia que utiliza nuestro Ministro del Interior, el señor Zoido, se parece demasiado sospechosamente al pensamiento reaccionario que a finales del siglo XIX consideraba violentas todas las protestas del movimiento obrero, e incluía los departamentos de Asuntos Laborales en los Ministerios de Orden Público, precisamente para ejercer la violencia contra los trabajadores. Conflicto social no es lo mismo que violencia, el monopolio de la violencia que otorgamos al Estado no significa que el derecho a protestar no suponga derecho a molestar, y como dijo el Tribunal Supremo norteamericano en una sentencia famosa éste es un derecho “robusto, desinhibido e ilimitado”. En resumen, los Tribunales europeos no aceptan la doctrina Zoilo, de la misma forma que los periódicos europeos no aceptan nuestro punto de vista, o que Amnistía Internacional señala que algunos derechos se encuentran en España amenazados.

Lo que no tendría nada de particular sino fuera por el silencio del PSOE, solo roto esporádicamente por alguna intervención especialmente sensata de Felipe González, como cuando señala la imposibilidad de dejar de hacer política para refugiarse detrás de las togas de los magistrados. De hecho, el PSOE renunció a exigir al gobierno explicaciones por las cargas policiales del 1 de octubre, en las cuáles se apreciaba algún signo de violencia innecesaria, y después de una carta firmada por un buen número de amigos y compañeros míos, ha asumido como propia sin matices relevantes la posición del Gobierno y de los jueces, una posición que nos distancia de la Europa democrática cuya pertenencia hemos conquistado y que nos enorgullece. El Partido Socialista ha aguantado a pie firme las embestidas de la derecha más reaccionaria, que en este caso se refugia detrás de familiares dolidos por tragedias, para extender la prisión perpetua revisable. Lo ha hecho por convicción democrática y por no atribuir a la exasperación penal capacidad disuasoria alguna. Y debe alcanzar una voz propia, nítidamente democrática, para extraer de los límites de la pura sujeción al Código Penal un conflicto con muchas otras dimensiones. Sólo cuando en el plano de las ideas tengamos una posición firme podremos con nitidez resaltar las incoherencias de los demás.

La sentencia de la Audiencia alemana ha dejado claro que, hasta ahora, no consideran fundado el que el señor Puigdemont vaya a ser objeto de persecución política si es juzgado en España por su uso del dinero público de forma inadecuada, pero no debe serlo por sus comportamientos o por sus creencias. No estaría de más que los jueces españoles asumieran, aunque les pese, que esa tesis encontraría hoy bastante más respaldo en Europa que los autos del Tribunal Supremo o de la Audiencia Nacional. Necesitamos mantener el respaldo y la comunión con Europa. Los que piensan que  la dimensión europea es irrenunciable no lo hacen sólo desde la óptica de Cataluña,  sino del interés de España entera.

 

7.

 

Santiago MUÑOZ MACHADO, “Autogobierno: episodio III” a La Vanguardia (7-04-18)

http://www.lavanguardia.com/opinion/20180407/442273999975/autogobierno-episodio-iii.html

Desde la Constitución de 1978 hasta la actualidad, las ideas políticas sobre la gobernación de Catalunya han pasado por dos etapas: la primera, larga y esencialmente estable, empezó con el Estatut de 1979, que imitaba, más o menos, las soluciones del que se elaboró en Núria en 1931 y las Cortes aprobaron en 1932. De este episodio es simple continuación el Estatut del 2006, que se ha interpretado indebidamente como un gran avance sobre el anterior, exagerando sus virtudes cuando era más cierto que, al margen de contener muchos más artículos y usar más palabras, establecía muy pocas regulaciones que no pudieran alcanzarse desde el pacífico texto de 1979. Las leyes no son mejores, ni más precisas, ni tienen más contenido, ni atribuyen mayores poderes por el simple hecho de ser más extensas.

La segunda etapa se inició cuando, tras la sentencia del Tribunal Constitucional 31/2010, y el fracaso de algunas negociaciones con el Gobierno del Estado, apareció en escena la política sobre el derecho a decidir, que arrastró a multitudes de catalanes y alcanzó su cénit el 1 de octubre del 2017 con la celebración, en términos que el TC ha declarado reiteradamente incompatibles con la Constitución, de una consulta a la población con resultados abrumadoramente favorables al derecho a decidir y, por consiguiente, a la posible creación en Catalunya de un Estado independiente.

Estas ideas han sido defendidas por los líderes del procés con una fe que han logrado transmitir a una parte importantísima de los votantes catalanes, cifrada, en términos redondos, en dos millones de personas. ¿Quién en su sano juicio puede menospreciar este singular fenómeno político? ¿Quién puede desconocer que también han ganado la batalla de la comunicación en Europa, donde una parte importante de la opinión pública cree que la represión del independentismo catalán está siendo excesiva y no democrática? Las respuestas del Estado a la declaración de independencia, acordada en el Parlament, y sobre cuya eficacia real mantienen discrepancias incluso quienes participaron en su votación, han sido de dos clases: una gubernamental y parlamentaria, consistente en la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que ha permitido sustituir al Gobierno y altos responsables de la Administración de la Generalitat por administradores provisionales dependientes de la Administración del Estado. La otra judicial, centrada en la apertura de procesos penales por diversos delitos. Unas y otras medidas han corrido una suerte diversa: la aplicación del 155 se ha desarrollado de manera reservada y eficaz para sus fines; la utilización de la vía penal, en cambio, ha sido acompañada de gran estruendo mediático hasta llegar a la traca final, que se pro­dujo el jueves 5 por la tarde cuando se conoció la decisión de un tribunal del land alemán de Schleswig-Holstein negatoria de que los hechos que se imputan a Carles Puigdemont puedan ser calificados como delito de rebelión (o del equivalente en Alemania a ese delito, para ser más exactos).

Sobre este asunto se puede discutir mucho. Ya se estaba debatiendo entre nosotros si concurría o no el requisito de la violencia que es esencial en ese tipo delictivo. Había expertos que afirmaban que el Tribunal Supremo español se había equivocado. Se puede también trasladar el problema a la insolidaridad europea o sostener que no funciona correctamente la fórmula de la orden de detención y entrega.

No puede negarse que quienes han echado las campanas al vuelo celebrando la decisión de la justicia alemana tienen algunas razones importantes para hacerlo. Pero sería un gran error exagerar las consecuencias de lo ocurrido y creer que el Estado ha sido vencido. Probablemente veamos, a no tardar, alguna decisión más, incluso de tribunales internos, desautorizando otras actuaciones estatales en relación con el procés. Pero no hay que equivocarse al valorar el traspié. Seguirán avanzando, lenta pero inexorablemente, los procesos penales, se llegará a las penas de prisión y a las de inhabilitación para el ejercicio de cargos públicos. Acusadores y tribunales re­cargarán, cuando sea preciso, sus argumentarios o los revisarán. Pero continuarán adelante. Sin duda posible. Si el camino inicialmente emprendido era equivocado, elegirán otro. Lo mismo que harían los tribunales alemanes o los belgas si tuvieran que enfrentarse a situaciones parecidas. Creo, no obstante, que la decisión del jueves sobre Puigdemont puede marcar el cierre de la segunda etapa de las tensiones que se han vivido desde el 2010 en torno al independentismo como alternativa al autogobierno regido por la Constitución y el Estatut. Estamos en los comienzos del episodio tercero del serial.

El independentismo ha recibido una gran satisfacción por la gracia de un tribunal alemán (¡alemán, para mayor gozo!) pero a poco que sus líderes reflexionen sobre la situación general más allá de ese importante suceso, verán que es imprescindible rectificar y buscar alternativas inmediatamente. El 1 de octubre del 2017 y sus complementarios quedarán en el imaginario del independentismo, se alzarán monumentos y escribirán memoriales (lo que ya está pasando y es la mejor señal de la adscripción al pasado de lo que ese día representó) y, poco a poco, se tendrá que dar paso franco a una fase nueva. No suele ocurrir que los episodios históricos se sucedan unos a otros de forma radical, estableciéndose fronteras temporales rígidas: lo común siempre ha sido que las viejas y las nuevas ideas convivan después de que aquellas han sido arrumbadas.

Pero estamos claramente, y sería honesto reconocerlo lo antes posible, en los inevitables comienzos del episodio tercero de la historia política de Catalunya en el marco de la Constitución vigente.

El reto ahora es nutrir este periodo de buenas ideas sobre la articulación de las relaciones entre Catalunya y el Estado. La primera exigencia para encontrarlas es que se abandonen los tópicos, las frases hechas, se sustituya el lenguaje políticamente correcto, desde el punto de vista dominante hoy en Catalunya, por una apelación más seria a la realidad, se abandonen los mitos insustanciales y se busquen soluciones inteligentes.

La segunda será volver a estudiar todo lo que se ha analizado mal y aceptar las consecuencias poniendo sobre la mesa de negociación modelos útiles y reales, no imaginarios. La tercera, en fin, será buscar a alguien que aporte esas ideas nuevas y las escriba.

 

8.

 

Miguel PASQUAU, “Puigdemont visto desde Alemania: distancia y justicia” a CTXT (9-04-18)

http://ctxt.es/es/20180404/Firmas/18875/cataluña-puigdemont-alemania-carcel-extradicion-rebelion.htm

No sería del todo improbable que si unas autoridades de una región alemana llevasen a cabo conductas tendentes con determinación a lograr una secesión, la justicia alemana estuviese tentada de acudir a los tipos penales más graves para reprimirla, y por tanto a interpretar sus normas o calificar los hechos de manera que encajasen en esos tipos penales, al menos en caso de duda. Se trataría de líderes conocidos allí, sobre los que se tendría mucha información y se habrían alimentado filias y fobias en discursos políticos, en periódicos y en televisiones, y no sería extraño que todo influyera en la decisión judicial, porque los jueces no viven en islotes rodeados de mar, sino en el seno de ámbitos que comparten una información, una comunicación, un estado de opinión.

Tampoco sería improbable que si, en ese caso, alguno de los líderes alemanes acusados de alta traición violenta se hubiese fugado a España, y que si la justicia alemana reclamase su extradición, la justicia española, desde su “lejanía” emocional respecto de los hechos y los protagonistas, hubiese determinado que los modos de presión utilizados no integran la violencia característica de la rebelión. Puede que con Alemania nos cueste más imaginarlo, pero podríamos tomar otros ejemplos: Hungría, Polonia, Austria, por ceñirnos a la UE. Fuera de la UE, sería aún más fácil el ejemplo: ¿Venezuela? ¿Se imaginan una fuga de Leopoldo López y una petición de Venezuela para su extradición por un delito de rebelión?

Existen delitos cuyo único reproche es la reprobación de la conducta en sí: un homicidio, un robo, un fraude fiscal, la adulteración de un precio. Respecto de estos pueden existir discrepancias aplicativas, interpretaciones diversas, pero serían de carácter teórico, doctrinal o metodológico. Hay, sin embargo, otros delitos que, por su naturaleza, desencadenan un tipo de reproche diferente: quemar una bandera (la nuestra), incitar al odio (a nosotros), rebelión, desórdenes públicos, y otros que lindan con lo político. Respecto de ellos, a la ofensa objetiva tipificada por el código penal como reprobación abstracta de un tipo de conducta, se puede sumar un “agravio” o un “daño” sufrido por el entorno en el que se integra quien ha de juzgar. Las diferencias aplicativas, en tal caso, pueden ser también emocionales o ideológicas. Y por eso la “lejanía” del tribunal respecto de los hechos puede explicar una respuesta diferente.

Con esto no estoy diciendo que esos delitos deban juzgarse “fuera” o que el Tribunal Supremo de un país cuya subsistencia está amenazada (real o putativamente, that’s the question) no sea un órgano apto para enjuiciar los hechos en que consiste la amenaza. Simplemente estoy justificando que determinados delitos no gocen de una extradición “automática”, porque no aplicar la recíproca confianza en tales casos reduce los riesgos de contaminación política. Si se requiere la colaboración de un país extranjero para traer a la fuerza a un acusado fugado, el país requerido (por ejemplo, España, en las hipótesis que he planteado) debe sentirse “cómodo” al ofrecer su fuerza coactiva para que pueda ser enjuiciado en ese otro país. La conducta objeto de la acusación ha de ser delito también en el país requerido. Y probablemente analizará los hechos de manera fría y desinteresada, lo que permitirá un mayor peso de los derechos frente a la inevitable “lógica de Estado” del país que requiere la extradición. Por esta razón el delito de rebelión, entre otros, quedó excluido del automatismo de la euroorden, y así lo aceptó España. Bravo por España, y bravo por Europa.

En el asunto Puigdemont, un tribunal regional alemán ha valorado los hechos que le expuso la euroorden de detención librada por el Tribunal Supremo español. Ha tenido que pronunciarse no sobre si tales hechos existieron o no (ahí sí juega la confianza recíproca, una vez que se descarta la existencia de presos políticos), sino si serían delito en Alemania. Para ello tenía que “calificarlos”, es decir, subsumirlos en el código penal alemán. Y en poco tiempo ha llegado a la conclusión de que, aunque muchos de los hechos expuestos pueden considerarse “violentos” en sí mismos, no integran la “violencia” requerida para entender que hubo una “alta traición violenta”, tal y como eso se entiende en Alemania. Así lo hemos defendido algunos, juristas y no juristas, en España. La decisión alemana no nos da “la razón”, porque Alemania no “vale” más que España, y por tanto no constituye en absoluto un argumento de autoridad. Pero sí es cierto que suministra un indicio: sin apasionamiento, con cierta lejanía emocional, los hechos violentos producidos en Cataluña no se perciben como un alzamiento violento, porque no son de naturaleza tal que tuvieran idoneidad para, potencialmente, doblegar con inmediatez los medios defensivos del Estado español. Cosa que quedó comprobada, por cierto, de manera especialmente elocuente: ante los intentos de desconexión constitucional del Parlamento catalán, el Estado reaccionó (a mi juicio adecuada y proporcionalmente) con la suspensión de la autonomía catalana, y no se produjo ninguna insurrección, ni siquiera ninguna resistencia física por parte de ninguna autoridad. Otra cosa es que fuera y siga siendo contestada con determinación por mucha gente en concentraciones y manifestaciones, como ocurre con tantas decisiones políticas, y que la aplicación del 155 se utilice argumentativamente para seguir alimentando el independentismo, algo que es inocuo penalmente.

Este mismo es, por cierto, uno de los grandes fundamentos de la creación del Tribunal Europeo de Derechos Humanos: el efecto benéfico que la distancia propicia para la protección de los derechos humanos. La justicia nacional (la española, la húngara o la belga) tenderá a sentir como un agravio o un desprecio cualquier sentencia de dicho tribunal que le reproche una vulneración de derechos humanos. Pensará que el tribunal de Estraburgo se equivoca “desde sus cielos”. Probablemente habrá aplaudido, sin embargo, las sentencias que corrijan a justicias de otros países. Lo cierto es que suscribir el Convenio de Europa (que no es la UE) supone adscribirse a la idea de que los derechos humanos necesitan una instancia “lejana”, extranacional, para su mejor protección. La lejanía favorece la lógica de los derechos humanos y neutraliza la razón de Estado. Un órgano especializado en protección de derechos humanos es un buen escenario para favorecer la incondicionalidad de los derechos. Los derechos, en definitiva, cuentan con una oportunidad más. Bravo.

Lejos de alimentar agravios nacionalistas, habría que sentirse orgullosos de la decisión de España de someterse a esta lógica internacional. Es algo que nos hace mejores como país. Es algo sin lo que “España” saldría perdiendo. No caiga nadie en la tentación de confrontar España con Europa. Eso a lo que se llama “Europa”, es una cualidad de España. Afortunadamente.

 

9.

 

Jordi MERCADER, “‘La Generalitat no val la pena’” a El Periódico (10-04-18)

https://www.elperiodico.cat/ca/opinio/20180409/generalitat-no-val-pena-article-jordi-mercader-6745240

És sabut que el Govern català està congelat després de la intervenció de l’Estat per causes de sobres conegudes. Arribant al sisè mes del citat càstig, les veus dels que es queixen de les conseqüències pràctiques d’aquesta realitat amb prou feines se senten. El Parlament ni tan sols ha considerat la necessitat d’un debat sobre els perjudicis per al país a curt i mitjà termini de la falta de decisions polítiques i administratives, així com la impossibilitat de planificar res que se surti de la burocràcia.

El balanç de la intervenció o no és greu o no és prioritari. Els funcionaris i els alts càrrecs en exercici van a treballar sense més resistència; els responsables polítics del Govern central, excepte aplicar alguns cessaments de caràcter expiatori, no assumeixen des de la llunyania una altra responsabilitat que no estigui prevista en els papers de fa mesos, en molts casos ni tan sols dirigeixen el sottogoverno. Uns resisteixen sense obstrucció i els altres ofeguen el futur sense pressionar en excés per no deixar empremtes. La rutina permet sobreviure a l’Administració general i als serveis públics sense que els usuaris manifestin una grau d’insatisfacció diferent de l’expressat abans del 155. Algunes queixes en Sanitat, uns endarreriments econòmics en R+D, la reclamació d’uns fusells nous als Mossos i poca cosa més. Així, és clar, no desperten la mala consciència de la majoria parlamentària molt més pendent de com endarrerir la recuperació del Govern de tots els catalans per internacionalitzar més eficaçment la sort del procés que tant interessa a la meitat de l’electorat.

El Govern català, entès com una administració regional amb les competències per atendre el benestar, ha deixat d’interessar a l’independentisme, però les atribucions se segueixen exercint sense mandat parlamentari i sense cap crisi de servei, perquè si existís, o es reconegués, haurien d’atendre-la de forma urgent. I això no forma part del pla. La institució va ser estrenada pels republicans al 31, adornada amb la denominació medieval de Generalitat, i heretada per la Constitució abans fins i tot de ser redactada; no és un invent independentista, cosa que explicaria el desinterès, i no està associada a la sobirania integral, per moltes voltes que s’hi doni.

Les declaracions habituals justificarien l’especulació a la qual estan sotmetent la Generalitat com una demostració que la fórmula no val la pena en aquestes condicions. Potser en això triomfaran i aconseguiran que la perdem. L’ANC ho ha dit clar, no la preocupa tant que no hi hagi Govern com que Puigdemont pugui dirigir-lo, perquè si ell no pot, la causa s’internacionalitza millor. Aquesta és la prioritat, doncs, fins i tot corrent el perill que s’estengui la consciència  que els serveis poden ser prestats de la mateixa forma per una administració pròpia que per uns delegats designats pel Govern central; llavors també es compliria el diagnòstic que la Generalitat no val la pena, encara que en sentit contrari al promès.

 

10.

 

Marc ANDREU, “Octubre groc, primavera incerta” a Crític (9-04-18)

http://www.elcritic.cat/blogs/sentitcritic/2018/04/09/octubre-groc-primavera-incerta/

Uno piensa que en la vida hay coyunturas históricas que no se supieron aprovechar, o no se pudieron, o no se quisieron. Hay que seguir bregando en pos de unos ideales que parecen inalcanzables por si surgen de nuevo coyunturas, incluso coyunturas casuales” (Paco Candel)

La tarda del 2 de novembre de 2017 milers de persones es van concentrar davant del Parlament de Catalunya clamant per la vaga general i en protesta per l’empresonament, aquell mateix dia a Madrid, de bona part del Govern de la Generalitat. La setmana anterior s’havia fet la proclamació bufa de la República catalana i, amb l’excepció del president Carles Puigdemont i quatre consellers fugits o exiliats a Brussel·les, la resta del Govern (amb el vicepresident Oriol Junqueras al capdavant) i la presidenta del Parlament van anar a donar la cara davant del Tribunal Suprem i se’ls van quedar a dormir a la presó. Jordi Cuixart i Jordi Sánchez, líders d’Òmnium i l’ANC, feia dies que eren a la presó. A tocar de la Ciutadella, dins del recinte del Born, aquell mateix vespre l’historiador Josep Fontana pronunciava una conferència sobre els 100 anys de la Revolució Russa. Va ser un acte molt concorregut, com tot el cicle que, al voltant de l’impacte de l’Octubre Roig, va organitzar el Centre d’Estudis Històrics Internacionals de la Universitat de Barcelona. Un senyal, prou significatiu, de l’existència de públic i de possibilitats de vida intel·lectual i reflexió historicopolítica més enllà del procés sobiranista. No obstant això, mentre la remor de les proclames independentistes es barrejava amb el soroll dels helicòpters policials que intimidaven la ciutat, la darrera pregunta del col·loqui va transportar Fontana directament al present històric: “El que estem vivint a Catalunya, sobretot a partir de l’1 d’octubre, pot ser considerat una revolució?“.

Extraordinàriament hàbil i eficaç en la construcció del relat i l’hegemonia cultural (una altra cosa és l’estratègia política), el moviment independentista ha jugat a fons la carta (semàntica) revolucionària. Definida durant anys com “la revolució dels somriures” (pacífica, transversal, audaç i gairebé màgica), la seva aposta rupturista no concretada fins als tristos plens del Parlament del 6 i 7 de setembre de 2017 i culminada en el que es pot qualificar d’octubre groc ha mutat, un cop fracassada, en el que ara s’anomena “primavera catalana”. I sempre postil·lant que “això va de democràcia”. Desaprofitat el gran èxit mobilitzador de l’1 d’octubre i l’aturada general del dia 3 en les vacil·lacions posteriors per part de la Generalitat a l’hora de convocar eleccions, en les falses DUI o proclamacions republicanes del 10 i el 27 d’octubre i en la inexistència d’estructures d’Estat preparades ni de reconeixements internacionals, l’independentisme no acaba d’admetre obertament el seu estrepitós fracàs de la tardor del 2017. Com si la repressió policial i judicial dels sobiranistes, la pèrdua de l’autogovern de Catalunya per aplicació de l’article 155, la fugida d’empreses i capitals i la tensió i fractura social d’un país que es volia (i encara es vol?) un sol poble no fossin exemples palmaris d’aquest fracàs.

Com ja han fet alguns polítics (sobretot de l’òrbita d’ERC, començant pel diputat Joan Tardà) i periodistes (de l’articulista Francesc-Marc Álvaro a la directora de l’Ara, Esther Vera) a risc de ser titllats de traïdors per la mateixa parròquia que els aplaudia abans, denunciar la repressió i la involució democràtica de l’Estat espanyol no hauria de ser impediment perquè l’independentisme fes autocrítica sincera i a fons. Incloent-hi l’assumpció de responsabilitats polítiques per part dels dirigents i organitzacions que ens han dut irresponsablement fins aquí. Naturalment, això val també per l’altra part, la del nacionalisme espanyol, el Govern de Mariano Rajoy i unes forces polítiques del 155 (PP, Ciutadans i PSOE) tant o més culpables de la situació pel seu immobilisme o suport, per activa o passiva, a la involució democràtica. Fins i tot els anomenats equidistants o les forces polítiques, sindicals i socials que es troben al mig fent tota mena d’equilibris i intentant de bastir ponts han d’admetre que, fins ara, el seu únic èxit ha estat sobreviure al tsunami del procés. Un procés que sembla que ho hagi trencat políticament tot, començant pel catalanisme i el sistema de partits, i que posa en risc la cohesió social del país. Tot això sense que, per ara, s’hagi assolit el proclamat objectiu revolucionari d’acabar amb l’anomenat “règim del 78”. De fet, l’independentisme pot haver reforçat i endurit l’statu quo al mateix temps que malgastava el cartutx autodeterminista i desaprofitava una finestra d’oportunitat molt treballada amb una estratègia i tàctiques equivocades, com ve denunciant des de fa mesos i anys, gairebé en solitari, l’independentista lúcid que és Vicenç Fisas. Per responsabilitat històrica davant del que alguns titllen “d’hora greu” i és, innegablement, la crisi política més important des de la Transició, tothom hauria de fer exercici d’autocrítica i reflexió. De catarsi, fins i tot. Sense enrocar-se ningú en pecats originals (que existeixen) ni en infantils retrets del tipus “i tu més!”. I sota una divisa vigent atribuïda a Lenin, Romain Rolland o Gramsci: “La veritat és sempre revolucionària”.

Després de resistir i vèncer contra pronòstic les eleccions del 21 de desembre de 2017 convocades per Rajoy en aplicació del 155 -al preu que Ciutadans i el seu anticatalanisme i populisme de dretes guanyessin per primer cop unes eleccions catalanes gràcies al suport de molts votants socialment d’esquerres-, l’independentisme té problemes per formar Govern i insisteix ara, a la primavera del 2018, en l’embat o la confrontació amb l’Estat espanyol. I ho fa sota la gimnàstica revolucionària dels CDR i la bandera dels presos polítics i els exiliats, amb Puigdemont al capdavant i una nova presidenta de l’ANC, Elisenda Paluzie, que en una entrevista al diari ‘Ara’ celebra com un èxit “la situació de bloqueig amb l’Estat”, menysté la repressió i banalitza l’autonomia i el 155. Sense haver ampliat la seva base social, l’independentisme va a aquest nou combat amb una tropa molt mobilitzada per la indignació però desconcertada i sota risc de frustració, sense lideratge polític clar i entre la divisió estratègica (si no confrontació directa) dels seus partits i entitats socials més representatives. I, sobretot, enmig d’una perillosa confusió entre el que podria ser una àmplia i transversal estratègia antirepressiva i de defensa de la democràcia i l’autogovern (l’anomenat “front democràtic”) i el que no deixa de ser obcecació en una retòrica aposta rupturista (“fer República”) que amb prou feines compta amb el suport de menys de la meitat de la població. Seguir calibrant malament la correlació de forces (les pròpies i les contràries) i no reconèixer les possibilitats i els límits (interns i externs) de l’acció política només porta de nou al fracàs. Com ha escrit Francesc-Marc Álvaro a ‘La Vanguardia’, “la simplificació és atractiva i les actuacions arbitràries de la justícia espanyola alimenten la fascinació pel torcebraç final”, però potser convindria repassar els manuals revolucionaris que parlen de “replegament tàctic”. Altrament, com alerta Vicenç Fisas al diari ‘Ara’, s’imposarà un cop més una estratègia que causarà “més divisió, més polarització, més anticatalanisme, menys autogovern real i més repressió”.

Diu la sociòloga Marina Subirats a la revista ‘La maleta de Portbou’ (nº 27, gener-febrer 2018) que la lògica de l’independentisme ha estat “apujar tant el llistó que qualsevol càlcul basat en el principi de realitat fos impossible, construir un relat paral·lel a la realitat i negar qualsevol referència a aquesta com si es tractés d’una traïció”. No és habitual que això funcioni en societats de cultura sòlida i on sol imperar el realisme, el sentit pràctic i també el sentit crític. Però ocasionalment succeeix, per conjuntura, context històric, acompanyament mediàtic i manca de contra-relats, que operacions d’aquesta mena calen entre gran part d’una població i donen ales a moviments extraordinàriament amplis i persistents, que adquireixen característiques pròpies i menys vinculades a les d’altres moviments de caràcter polític que als que responen a raons religioses o emocionals”. Algú tan poc sospitós d’independentista com l’exdiputat d’ICV i exlíder de CCOO Joan Coscubiela reconeix al seu llibre ‘Empantanados’ que “el moviment independentista és un dels processos socials més interessants i més potents dels inicis del segle XXI a tota Europa”. I n’admira amb enveja “la capacitat que ha demostrat per canalitzar sentiments, sumar il·lusions, construir un relat molt convincent, crear un potent imaginari, organitzar al seu voltant persones i entitats socials molt diverses, aixecar un projecte i hegemonitzar el debat social i polític a Catalunya i també a Espanya”. D’això últim se’n fa creus també l’historiador de la Universitat d’Extremadura Juan Andrade quan, reflexionant a la revista catalana d’història ‘Segle XX’ (nº 10, 2017) sobre el concepte de revolució i la seva vigència, admet: “Alguns vam pensar que el tema de la Revolució russa penetraria en els debats polítics i mediàtics, encara que fos amb l’habitual histrionisme i presentisme de les tertúlies, […] però al final no ha donat resultat perquè crec que el tema de Catalunya ha acaparat tota l’atenció pública”.

Com recorda el periodista Guillem Martínez a l’historiador Andrade en la mateixa revista ‘Segle XX’, “el procés a Catalunya és una revolució lèxica, un culte al lèxic rupturista que ja no emet l’esquerra”. No li falta raó; però no deixen de ser, sobretot, paraules. Ho reitera diversos cops Jordi Amat en l’imprescindible assaig ‘La confabulació dels irresponsables’. “Sobretot hi havia paraules: el relat que allunyava la política catalana de la realitat, el relat que bona part de la societat catalana acabaria preferint a la descripció de la realitat. Un relat que flirtejava amb la postveritat i creava una falsa sensació de consens”. Segons Amat, aquest relat, en la seva decantació de la declaració unilateral d’independència, té un fonament historicista de “relat unidireccional reelaborat, generació rere generació, per la historiografia nacionalista”. A més a més, com va fer Raül Romeva la nit electoral del 27-S de 2015 davant la militància de Junts pel Sí aplegada al Born (i tants d’altres han fet, abans i després), aquest relat invoca, però de part, la divisa catalanista un sol poble. “No era veritat. Era una irresponsabilitat, però la dinàmica del procés ha impossibilitat sempre la rectificació realista”, sentencia Amat. I conclou: “És un relat que no permet rectificar la realitat i que supera els problemes accelerant-se. És la confabulació dels irresponsables. […] Perquè tothom sap que, més enllà de les paraules, més enllà de la mobilització, no hi havia res de sòlid. Hi havia relat, hi havia energia, hi havia il·lusió, hi havia un nou demos, però no hi havia política perquè s’havia negat la realitat”.

La construcció d’una realitat paral·lela és possiblement, diu Marina Subirats, la dada més cridanera del procés. És la lògica de la il·lusió o del pensament màgic. I es manté viva, com exemplifica la presidenta de l’ANC quan declara: “El que no has de fer és passos enrere discursius”. Aquesta lògica se sosté en un important aparell de propaganda mediàtica que, com apunta el periodista Enric Juliana, “ha adquirit vida pròpia” en el sobiranisme. Però, com conclou Subirats, “la màgia no ha funcionat”. El llenguatge, la semàntica i la polisèmia de conceptes com revolució, república, democràcia o un sol poble no ho aguanten tot. Tampoc ho aguanta tot el lèxic que utilitza l’Estat i un nacionalisme espanyol que, al final, veient que no es confirmava la seva teoria del suflé sobiranista, ha hagut d’inventar igualment un relat propi: legalitat, cop d’Estat, rebel·lió, violència… Acompanyat al màxim nivell des de l’autoritari discurs del rei Felip VI del 3 d’octubre del 2017, també en aquest cas funcionen bastant per lliure els emissors del relat espanyolista, siguin jutges, fiscals o mitjans de comunicació. Algun dia caldrà analitzar amb calma, sentit crític i deontologia professional el paper del periodisme i dels periodistes en tot plegat, tant a Barcelona com a Madrid. Però és a Catalunya i entre el sobiranisme on el xoc amb la realitat ha deixat un panorama més trinxat, amb explicacions dels mateixos intel·lectuals o polítics que, com diu Subirats, es poden qualificar de “penoses”. Potser és per efecte de certa “dissonància cognitiva”, un concepte que utilitza Coscubiela a ‘Empantanados’. Un llibre, per cert, que al marge de la caricatura que alguns volen imposar del seu autor o de l’histrionisme de la portada i un sumari que no fan justícia al rigor i valentia del seu contingut, es revela una obra important per entendre què està passant (molt més útil que les fluixes memòries de Santi Vila i altres títols de ‘fast food’ periodístic sobre el procés).

Si diferenciem, com fa Coscubiela, entre la legitimitat de la reivindicació autodeterminista i la força creixent i sostinguda del moviment independentista de la seva instrumentalització partidista i de l’estratègia processista o unilateralista, és innegable que en els darrers anys alguna cosa important ha passat a Catalunya. Igual que al conjunt de l’Estat espanyol amb tot el que va representar el 15-M. Però, tot plegat té prou gruix per a parlar de revolució? Argumenta Andrade en clau històrica que els moments de canvi polític fort –”parlar avui de revolució és una mica pretensiós”, diu- sempre són resultat de la suma d’un canvi d’hegemonia política i d’una acció social. El 15-M del 2011 va obrir la porta a aquesta conjunció perquè un moment d’esclat social fort va empènyer a assaltar posicions institucionals. Això, molt evident per als “ajuntaments del canvi” i la “revolució democràtica” amb la que es va batejar el 2015 el triomf de Barcelona en Comú i altres confluències d’esquerra arreu d’Espanya, en certa manera val igualment pel pols sobiranista. A partir del 2012 i dels successius 11-S, el repte independentista també es va traspassar del carrer a les institucions. I en algun cas per motivacions espúries: en origen, Artur Mas i CiU es van enfilar com un salvavides a la taula del sobiranisme per surfejar l’onada de la crisi econòmica, la seva corrupció i les seves pròpies retallades neoliberals i la resposta social del 15-M.

Ara bé, tant en un cas com en l’altre, i salvant distàncies i particularitats, la falta de rearticulació social dels moviments i l’onada reaccionària o la involució que s’hi oposa des de ja fa temps deixen en mal lloc qualsevol possibilitat d’èxit. Pels “ajuntaments del canvi”, ho apunta Albert Recio a ‘Mientras tanto’ (nº 167, abril 2018): “Van guanyar, com ha succeït amb algunes revolucions, de forma més fàcil del previst, quan al principi gairebé ningú ho creia possible. Però, igual que en molts casos de canvi revolucionari, allò difícil ve després. El més fàcil és aprofitar una conjuntura; allò difícil, fer transformacions de fons, perceptibles com avenços per molta gent”. Pel repte sobiranista, ho certifica així Santiago Alba Rico a ‘La maleta de Portbou’ (nº 27, gener-febrer 2018): “Que les ruptures tinguin un ancoratge territorial no vol dir que l’independentisme català inclogui necessàriament una matriu -ni tan sols un embrió- de ruptura. […] La CUP demostra certa ingenuïtat en donar per fet que al bombo hi ha una oportunitat de ruptura i que, si no els ha sortit a Podemos i companyia contra PP, Cs i PSOE, els sortirà a ells en companyia d’ERC i PDeCAT (i contra PP, Cs, PSOE, Comuns i Podemos)”. La conclusió d’Alba Rico apunta més aviat a creure que “aquests dos processos paral·lels s’han anul·lat recíprocament per a satisfacció del règim del 78”.

Així doncs, definitivament no hi ha revolució de cap mena? En general, Andrade reflexiona a ‘Segle XX’ que la llunyania que la gent sent envers les revolucions té a veure “amb canvis sociològics i culturals que han construït subjectivitats hostils o alienes a un horitzó de transformació radical de la societat”. Tot això, sumat a l’ofensiva intel·lectual, cultural i mediàtica del neoliberalisme des de fa anys, explica moltes coses. Però, a escala més concreta, el mateix historiador extremeny a qui costa de qualificar de revolucionari el que està succeint a Catalunya apunta que les veritables revolucions van necessitar uns nivells de direcció política que ara brillen per la seva absència i d’una capacitat d’entrega i sacrifici per part dels seus protagonistes a l’hora d’assumir els costos de tot el pols a l’Estat que costa de veure en les bases del procés, amb l’excepció, potser, d’una part de la CUP”.

Fa gairebé un segle, quan el líder d’Estat Català Francesc Macià va anar a l’URSS, el 1925, a demanar ajuda pels seus plans separatistes frustrats, en els seus informes el futur primer president de la Generalitat republicana deia coses com aquesta: “L’ideal de reivindicació social de Catalunya no és especialment comunista. El caràcter català és d’un fort individualisme que raneja en l’exageració. […] Es pot dir veritablement que a Catalunya, en el sentiment popular, el dret a la propietat privada és una de les tesis més sòlides que hi regeixen […]. La joventut catalana, sempre oberta a qualsevol ideal de progrés i llibertat, està avui cansada de l’egoisme dels rics catalans, i podria humanament mostrar-se receptiva al comunisme si els propagadors d’aquesta idea es presentessin com a interessats en la resolució d’aquest problema. […] Ens plau declarar que la nostra revolució, així com la llibertat política de Catalunya, s’encamina també a la dignificació moral i la millora material de les classes obreres de Catalunya”. Una dècada més tard, com recorda l’historiador Josep Puigsech a ‘La revolució russa i Catalunya’, la fundació del PSUC, el juliol de 1936, es va fer des d’un compromís ple “amb l’alliberament nacional de Catalunya, que considerava que estava indissolublement lligat a l’alliberament social dels obrers i camperols catalans, seguint així un discurs que no havia estat hegemònic en el moviment obrer català però que formava part de la seva essència des del seu origen al segle XIX”.

Aquesta síntesi revolucionària entre consciència social i consciència nacional no va ser completa i hegemònica fins als anys 60 i 70 del segle XX, gràcies precisament a l’acció del PSUC, de Comissions Obreres, del moviment veïnal, dels militants cristians de base i de tot el que va representar l’Assemblea de Catalunya. Va cristal·litzar en un catalanisme popular d’ampli espectre, que proclamava el dret a l’autodeterminació i un horitzó federal però no independentista, singularment defensat i estès entre molts treballadors provinents de la immigració i ben perfilat, com a excepcionalitat i fita avui oblidada, al llibre ‘Clase antes que nación. Trabajadores, movimiento obrero y cuestión nacional en la Catalunya metropolitana (1840-2017)’, coordinat per José Luis Oyón i Juanjo Romero. Això no obstant, i malgrat la retòrica de l’esquerra independentista i els esforços d’Òmnium per fer valdre o apropiar-se de les anomenades “lluites compartides” de l’antifranquisme i molts moviments socials, el cas és que aquest fil roig del catalanisme popular no queda ben recollit avui pel llaç groc del sobiranisme. La “revolució dels somriures” llargament promesa i que, la tardor del 2017, hagués pogut aspirar a alguna mena d’octubre roig si s’hagués plantejat en altres termes, al final es va quedar en octubre groc. I ara segueix aferrada al relat, al llenguatge, a la simbologia revolucionària sota la divisa d’una “primavera catalana” que, mig segle després del Maig francès i altres primaveres mítiques, es presenta més aviat incerta.

Així doncs, i per concloure: el que estem vivint a Catalunya és una revolució? Del llenguatge i de la vida política, potser. En termes històrics i socials, no està gens clar. I en clau nacional i de drets i llibertats, ara per ara és clarament una involució. Al Born, la nit del 2 de novembre de 2017 –encara octubre, segons el calendari julià vigent a la Rússia de 1917-, Josep Fontana va dir que abordar aquesta pregunta requeria una conferència específica. Però no va eludir una resposta d’urgència, amb un missatge ben clar i català: “Si pretenia ser una revolució, de moment és una revolució frustrada. Ho contemplo com una catàstrofe i des del més absolut desacord. Estem en un moment per aprendre a resistir, a no resignar-nos, a tirar endavant i tractar de recuperar el que puguem dels nostres drets i llibertats, prou amenaçats”. Qui prefereixi una resposta potser no més optimista però sí un pèl més lírica o esperançada, pot recórrer a la cita que encapçala aquest text: és una reflexió corresponent al 27 de maig de 1964, després d’un intercanvi d’impressions amb l’editor Xavier Folch sobre ‘Els altres catalans’ i el futur de Catalunya, i està extreta dels dietaris del referent del catalanisme popular i un dels artífexs de la idea d’un sol poble que va ser Paco Candel. Pensem-hi.

 

11.

 

José María LASSALLE, “‘Big deal’ y ‘fake humans’” a El País (10-04-18)

https://elpais.com/elpais/2018/03/26/opinion/1522087432_970559.html

Mientras la vieja política y los cronistas oficiales que la acompañan viven atrapados en debates arqueológicos, el tsunami digital avanza hacia la disrupción inminente. En breve, todo cambiará y la inercia tecnológica nos situará ante retos que desbordarán la capacidad de análisis y decisión con la que hemos venido interpretando y gobernando el mundo desde la antigüedad. El planeta altera su eje de rotación analógica mediante la técnica y nuestra realidad, e incluso nuestra identidad, se hibridan digitalmente bajo la presión de la inteligencia artificial, los algoritmos y los datos. Lo inquietante de esta cibermutación global es que se produce sin control político ni pensamiento crítico, sin transparencia democrática ni debate y opinión pública informada.

Están cambiando nuestros imaginarios culturales, así como los paradigmas sociales y económicos de la humanidad sin que seamos conscientes de ello y en medio del asentimiento de una política y de unos medios de comunicación que ven la transformación digital como una experiencia asombrosa, casi mágica, que abordan desde una especie de resignación ilusionada y sin pensar en sus consecuencias últimas. Inauguramos un tiempo histórico que nos hará radicalmente digitales. Ya casi lo somos al estar nuestras vidas configuradas online. Trabajamos, aprendemos, interactuamos, compramos, nos entretenemos y nos comunicamos tecnológicamente. La humanidad muta sin prever lo que seremos y una nueva forma de identidad surge en contacto con las pantallas. Nos transformamos en homo digitalis. Nos desmaterializamos y dejamos atrás lo que fuimos corpóreamente mientras el despliegue de la tecnología 5G hace inminente la aparición de capacidades disruptivas inimaginables que, combinadas con la robótica y el Internet de las cosas, ampliarán exorbitantemente nuestra prosperidad y las zonas de confort en áreas tan vitales como el transporte, la salud o el trabajo.

Lo preocupante es que la hiperconectividad sin latencia que traerá el 5G hará de nuestras vidas un laboratorio de experiencias digitales que probará las aplicaciones que promueven sin control las grandes corporaciones tecnológicas. Un laboratorio sin más reglas que la neutralidad de un modelo de negocio que nos trata como usuarios y consumidores y que optimiza algorítmicamente su escalabilidad dentro de los patrones sesgados de una economía de los datos gobernada por la inteligencia artificial. Sin hoja de ruta ni debate público, la humanidad se expone a una cibermutación guiada por vectores de consumo masivo basados en incrementar exponencialmente la velocidad y la capacidad de circulación de datos con el fin de monetizarlos.

Bajo el gobierno de los algoritmos y la realidad aumentada que proporcionará la tecnología 5G seremos, sin duda, los destinatarios de la disrupción digital pero como usuarios y consumidores del fenómeno. De este modo, seremos empoderados pasivamente y, a posteriori, convertidos en beneficiarios de una transformación que se producirá en nuestro provecho material, aunque dentro de un ecosistema tecnológico que nos hará superar el dintel de la poshumanidad sin consultarnos.

Revertir esta situación es una necesidad. Escándalos como el protagonizado por Facebook y Cambridge Analytica demuestran que las corporaciones tecnológicas hegemonizan sin control democrático la transformación digital y lo hacen sin considerar las vulnerabilidades a las que nos aboca nuestra indefensión como personas y ciudadanos. El homo digitalis que se presiente en el umbral de la próxima década no puede ser un fake human. Lo será si seguimos avanzado en la cibermutación de la humanidad sin que vaya de la mano de pensamiento crítico, de equidad y pacto social y político que establezca derechos y obligaciones entre los actores que participan en ella. No es un tema de ciberseguridad sino de ciberciudadanía. Tenemos que asumir colectivamente la responsabilidad de pensar para qué, por qué y cómo queremos abordar la transformación digital. Debemos evaluar y pensar las consecuencias morales y políticas que puede tener para el ser humano una interactuación con la técnica tan intensa y sin límites como la que se avecina. Tenemos que desarrollar una ciudadanía digital que incorpore la advertencia teórica que planteaba la Escuela de Fráncfort cuando nos previno de aquella dialéctica ilustrada que desembocó en los totalitarismos de entreguerras porque, entre otras cosas, las sociedades democráticas de entonces no comprendieron que la técnica es siempre voluntad de poder y nunca es neutra.

Rota la frontera de lo público y lo privado por el panóptico digital de las redes sociales, y disuelta la noción del límite al perder en las pantallas el sentido de la finitud y la extensión que proporciona nuestra naturaleza corpórea, los seres humanos no podemos caer en los brazos de una nueva dialéctica distópica. Frente al ciberpopulismo que se insinúa bajo el estruendo que produce el desprecio masivo de la alteridad que generan las multitudes digitales anonimizadas bajo el tuit party, hay que oponer una ciudadanía digital que nazca de un neocontractualismo tecnológico que impida que el big data sea un big brother. Tenemos que proponer un big deal digital que desarrolle una nueva generación de derechos fundamentales digitales que nos proteja como personas y nos empodere como ciudadanos dentro del ecosistema digital que nacerá con la eclosión del 5G. Y hay que empezar por abajo, impulsando un marco regulatorio que defina un derecho de propiedad sobre los datos para así poder identificar lo mío y lo tuyo, y desarrollar una economía de datos basada en transacciones equitativas que no monopolicen las grandes corporaciones.

Este es un reto que Europa tendría que ver como una misión democrática. De los grandes actores globales, es el único que, a pesar de las dificultades por las que atraviesa, tiene los vectores y resortes íntimos con los que abordarlo. Estados Unidos y China orientan sus intereses hacia la utilidad y el consumo mientras que Europa debería hacerlo hacia una gestión humanista y cívica de la transformación digital. Podemos hacerlo si activamos nuestra vocación intelectual y política de pensar el mundo desde la persona y la ciudadanía. Lo venimos haciendo desde hace dos milenios y medio, así que nadie va a negarnos experiencia. Pero, sobre todo, debemos hacerlo si queremos sobrevivir como democracias y pertrecharnos frente a la pesadilla de una poshumanidad que, como adelantó Philip K. Dick con sus fake humans, puede ser el soporte definitivo de una multitud digital desmaterializada e incorpórea, que acepte sin rechistar los liderazgos leviatánicos que se insinúan bajo el cetro y la espada de la tecnología. Frente a las multitudes digitales que aclaman a Trump, Putin o Xi Jinping, una ciudadanía digital que apueste por una Europa democrática basada en un nuevo big deal fundacional.

 

12.

 

Ramón GONZÁLEZ FÉRRIZ, “El libro liberal con el que (casi) todo izquierdista estaría de acuerdo” a El Confidencial (10-04-18)

https://blogs.elconfidencial.com/cultura/el-erizo-y-el-zorro/2018-04-10/el-liberalismo-del-miedo-judith-shklar_1547168/

En ocasiones, los políticos y algunos órganos del Estado nos dan miedo. La historia nos enseña que ese miedo está fundado: en casi todas las páginas de la historia política (y de los periódicos de cada día) aparecen episodios de abuso y crueldad por parte de los poderosos. Y estos los han sufrido especialmente los pobres y los débiles, que están más expuestos que las élites económicas o incluso que la clase media. Para muchos, el liberalismo es el sistema que debe permitir que nos enriquezcamos mediante el trabajo sin trabas estatales; para otros, su esencia está en la naturaleza deliberativa, la libertad de opinión y la discusión pública; para Judith Shklar, el liberalismo debe ser la herramienta que nos posibilite reducir el miedo que sentimos ante las arbitrariedades y los abusos de poder de los políticos y del Estado.

Así lo cuenta Shklar en un precioso librito, ‘El liberalismo del miedo’ (original de 1989), que acaba de publicar la editorial Herder en España. Shklar nació en Riga, Letonia, en 1928. Ella y su familia, que eran judíos, tuvieron que huir al principio de la Segunda Guerra Mundial por miedo a la invasión alemana y a la anexión soviética de su país: cruzaron la Unión Soviética de oeste a este y se refugiaron sucesivamente en Suecia y Japón, y llegaron a Estados Unidos poco antes del bombardeo de Pearl Harbor en 1941. Allí, en Seattle, como no eran ciudadanos estadounidenses y acababan de llegar de Japón, un país enemigo, fueron encarcelados como sospechosos. Poco después, la familia fue liberada y se instaló en Canadá. Shklar estudiaría más tarde el doctorado en Harvard y se convirtió en la primera mujer catedrática de ciencia política de esa universidad.

De modo que Shklar tenía buenos motivos para recelar de los políticos y los Estados. Como muchos grandes liberales de diverso signo del siglo XX -Isaiah Berlin, Hannah Arendt o Friedrich Hayek-, había sentido en su propio cuerpo el miedo a unos Estados conducidos por políticos de una extraordinaria crueldad como Stalin o Hitler. Y eso, en parte, motivó su recelo perdurable a lo estatal y su énfasis en la libertad individual frente a la política.

¿Liberalismo de izquierdas?

En el caso de Shklar, sin embargo, eso no se tradujo en un liberalismo que hoy en ocasiones se denomina neoliberalismo, sino que construyó lo que podríamos llamar un liberalismo de izquierdas, no lejano de la socialdemocracia. “El liberalismo del miedo -escribe- contempla con igual inquietud los abusos de los poderes públicos de todos los regímenes. Se preocupa por los excesos de los organismos oficiales en todos los niveles del gobierno y presupone que son capaces de imponer la carga más pesada a los pobres y los débiles”. La libertad a la que hay que aspirar, según ella, es “la libertad frente al abuso de poder y la intimidación de los indefensos”.

Su idea del liberalismo no está basada en un optimismo irracional o en una fe ilimitada en los poderes del mercado. En cierto modo, cree que esta forma de filosofía política es muy modesta, puesto que no aspira a un bien máximo como la felicidad en la tierra, la riqueza desmesurada o ni siquiera una ausencia total de miedo, porque en toda forma de gobierno siempre hay elementos inevitables de coerción. Aspira más bien a algo igualmente difícil pero más razonable: escapar del mal absoluto, que aunque en su infancia fueron el nazismo y el comunismo, ahora pervive en las democracias en formas más suaves y de naturaleza mucho menos violenta y absoluta. No es, como dice ella, un liberalismo de la esperanza, sino de la memoria: la mirada no debe fijarse en lo maravilloso que podría ser todo, sino en el recuerdo de lo horriblemente malos que podemos llegar a ser los seres humanos.

Para Shklar, dentro de esta forma de liberalismo caben muchísimas ideologías, creencias y fes distintas, aunque todas deben cumplir una única condición: la separación clara entre lo público y lo privado. De hecho, el primer liberalismo nació en los siglos XVII y XVIII porque los monarcas absolutistas se metían constantemente en el ámbito privado de los ciudadanos para expropiar sus posesiones, castigarles por no profesar la religión oficial o detenerles arbitrariamente. La línea que divide lo privado y lo público “no es históricamente un límite permanente o inalterable”, sino que se va moviendo en una dirección u otra de acuerdo con las circunstancias históricas, y es lógico que así sea -la obligación de llevar el cinturón de seguridad en el coche es claramente una intromisión en lo privado que, aunque hoy resulta tolerable, habría horrorizado a John Stuart Mill, uno de los padres del liberalismo-. Lo importante es que la distinción, aunque no sea fija, se mantenga. Dentro del liberalismo cabe casi todo, excepto las utopías que borran las fronteras entre la vida íntima y la política.

Miedo y empatía

Shklar no es original al pensar cómo debe articularse políticamente el “liberalismo del miedo”: aboga por la separación de poderes, la descentralización del poder, la creación de muchos equilibrios y contrapesos, y la libertad de prensa como medio para denunciar abusos. Pero pone énfasis en la disminución del miedo, en el elemento psicológico de la política, en la empatía esencial: “Produciríamos mucho menos daño si aprendiéramos a aceptarnos mutuamente como seres sintientes (…) y a comprender que el bienestar físico y la tolerancia no son simplemente inferiores a los demás objetivos que cada uno de nosotros pueda optar por perseguir”. Por eso hay que reforzar lo más básico. Y eso, a diferencia de muchos liberales, tenía para Shklar implicaciones económicas. Aunque ella no lo explica en este libro sino en otra de sus obras -“American Citizenship: The Quest for Inclusion”-, Axel Honneth recoge muy bien en el estupendo prólogo a este volumen que esto implica una “economía republicana”, el reconocimiento de que no hay libertad sin unos mínimos recursos: “Aunque no resulte del todo claro cuánta intervención estatal en el mercado acabaría exigiendo de hecho tal economía, -dice Honneth-, sin embargo queda completamente fuera de discusión que Shklar tiene aquí a la vista una forma económica altamente regulada desde el estado de bienestar”.

En España, en las dos últimas décadas el liberalismo se ha asociado insistentemente con la derecha. Por supuesto, hay liberales conservadores o libertarios. Pero ‘El liberalismo del miedo’ ayuda mucho a quienes intentamos explicar que el liberalismo es una concepción transversal de la política que puede tener expresiones a la izquierda de la línea divisoria, pero que en cualquier caso se fundamenta siempre en el rechazo a la utopía y en el recelo ante el poder omnímodo de los Estados (y aquí, actualizando el pensamiento de Shklar, podríamos añadir el de las grandes empresas) y, por encima de todo, se basa más en el miedo a las catástrofes que en la ilusión desaforada por un paraíso que no se ve en ninguna parte.

 

 

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