Focus press setmanal número 87

Presentació

Aquesta setmana comencem la nostra selecció amb el debat sobre els límits de la globalització (Emilio Ontiveros, Miguel Otero [text 1]) i les conseqüències del gir proteccionista decidit per l’Administració Trump (Borja Monreal [text 2], Andrés Ortega) …

I el seu correlat polític, amb l’aparició d’una nova tipologia del poder: el nou poder “afilat” del que parla en Lluís Bassets [text 3] per referir-se a les noves tècniques d’interferència utilitzades per Rússia i Xina (Mira Milosevic).

Un “sharp power” impensable sense la revolució tecnològica del Big Data i les seves conseqüències en els processos polítics i electorals, del que n’és un exemple inquietant l’escàndol de Cambridge Analytica i Facebook  (Roger Senserrich [text 4], Borja Adsuara, Genís Roca, Lluís Bassets).

Dins de la bombolla melancònica europea i socialdemòcrata (Jaume Masdeu, Mary Kaldor, Henning Meyer) -¿propiciada per una fatiga igualitària? (Luis Miller i  Borja Barragué), és interessant el manifest de Nicola Zingaretti [text 5] per revifar el Partito Democratico italià després de la seva recent derrota electoral.

En la variant espanyola d’aquesta bombolla, veure la polèmica entre Esteban Hernández i Isidoro Tapia [text 8]sobre les causes del mal moment del PSOE; també el comentari d’Aitor Riveiro sobre la proposta d’Íñigo Errejón de competència virtuosa entre el PSOE i Podemos.

Una nova enquesta (GAD3/La Vanguardia) confirma les tendències apuntades per altres sondejos: en el pitjor moment de les expecatives electorals del PP, les esquerres  no apareixen com una alternativa plausible al contrari que Ciudadanos (Narciso Michavila).

Mentre, a l’agenda política espanyola es barrejen temes circumstancials imposats emocionalment per la l’agenda mediàtica (Lucía Méndez [text 6], Víctor Lapuente, Argelia Queralt, Fernando Ónega, Carolina Bescansa) i temes de fons que afecten a polítiques públiques fonamentals, com la reforma del sistema de pensions (Manuel A.Hidalgo [text 7], Roger Senserrich, Jordi Sevilla, Enric Juliana), la política educativa (Lucas Gortázar y Eva Flavia Martínez Orbegozo, Jesús Rogero).

A Catalunya, la perspectiva de tenir govern en breu ha semblat aclarir-se per un moment  (Lola García, Joan Tapia, Fernando Garea, Juan-José López Burniol …), però l’anunci de l’imminència de l’auto de processament dels dirigents independentistes (Jordi Nieva-Fenoll) torna a introduir noves i greus incerteses (Francesc-Marc Álvaro, Lluís Foix, Javier Pérez Royo)

Mirant més lluny, s’han publicat noves aportacions a la necessària rectificació de Daniel Innerarity [text 9],  Kepa Aulestia, Montserrat Guibernau i Albert Branchadell.

I té un gran interès l’entrevista que Steven Forti ha fet a Vittorio Craxi, [text 10] en la que es desvetllen aspectes relacionats amb el context geopolític del Procés.

Amb el panorama polític potes enlaire, ja apareix a l’horitzó la batalla política de les eleccions municipals, amb una importància decisiva de la batalla de Barcelona. Decisiva en diversos sentits: per la necessitat expressada de rellançament de la ciutat des de amplis i diversos sectors ciutadans (veure per exemple el suplement especial de La Vanguardia coordinat per Miquel Molina [text 11]: “Idees per rellançar Barcelona”); o pel pes polític de Barcelona a l’hora decantar l’empat entre els blocs enfrontats per la qüestió de la independència, com es reconeix explícitament en el lema exhibit per Jordi Graupera en la seva presentació pública: “Barcelona és capital” (Oriol Güell).

Acabem amb el repàs crític que publica Manuel Arias Maldonado  [text 12] a Revista de Libros sobre tres llibres recents d’autors espanyols (Fernando Vallespín/Máriam Martínez-Bascuñán, José María Lassalle i Ángel Rivero/Javier Zarzalejos/Jorge del Palacio) dedicats analitzar el fenomen del populisme

 

 

Miguel OTERO, “La globalización no tiene marcha atrás” a El País (20-03-18)

https://elpais.com/elpais/2018/03/19/opinion/1521464438_081771.html

La globalización y las nuevas tecnologías, dos fuerzas humanas que se retroalimentan, han producido una brecha económica y social enorme, sobre todo en Europa y EE UU. Algunos piensan que hay que dar marcha atrás y volver a los años sesenta pero eso no es posible. La globalización o explota o seguirá avanzando. Eso significa que el trabajador europeo, bien sea de clase obrera sin formación o de clase media con un trabajo eminentemente mecánico, se enfrenta a dos tsunamis: la automatización y la competencia de millones de nuevos trabajadores de los mercados emergentes, principalmente de China e India.

Estos dos ciclones se están llevando por delante muchos puestos de trabajo, pero con ellos también el establishment político. La victoria del Brexit, de Trump y del Movimiento 5 Estrellas y La Liga en Italia así lo confirman. Incluso Francia y Alemania, dos bastiones de la estabilidad política, tienen a los neonacionalistas del Frente Nacional y Alternativa para Alemania llamando a la revolución nativista. El orden liberal vuelve a estar cuestionado y eso está reavivando peligrosos fantasmas del pasado.

¿Qué hacer frente a semejante desafío? Los liberales creen que la solución está en el individuo y las Administraciones públicas. Indican que hay que invertir más en educación para que nuestros jóvenes tengan las habilidades para competir en el siglo XXI y destinar más recursos a I+D+i para poder mantener nuestra competitividad y nuestro alto nivel de vida. Los más social-liberales incluso aceptan que hay que compensar a los perdedores de la globalización, bien sea con un complemento salarial o incluso una renta básica universal. Para que esto funcione, indican, además, que hay que reducir la burocracia, facilitar el emprendimiento, flexibilizar la contratación y el despido público, incrementar la transparencia en las Administraciones e introducir más rendición de cuentas de los políticos. Solo así se volverá a recuperar la confianza del electorado.

Sin embargo, intelectuales de corte socialdemócrata como Dani Rodrik o Joseph Stiglitz discrepan. Compensar a los perdedores y hacer el Estado más eficiente no va a ser suficiente, si no, no habría nacionalpopulistas en Holanda. La gente quiere empleos, no compensación. Las respuestas no pueden ser individuales, tienen que ser estructurales. Los políticos tienen que tener mayor poder de maniobra (se necesita más política y menos tecnocracia) y capacidad de recaudación de impuestos, y si para ello hay que establecer aranceles o controles de capitales y limitar la entrada de inmigrantes, que así sea.

La idea de fondo es volver a los 30 años gloriosos del periodo de Bretton Woods después de la II Guerra Mundial, durante los cuales integración económica, crecimiento y protección social fueron de la mano. En su conocido trilema, Rodrik explica que de las tres opciones: integración económica profunda —es decir, la hiperglobalización—, soberanía nacional y democracia plural, solo podemos optar por dos. Durante mucho tiempo, privilegiamos la primera, descuidando las otras dos, y por eso han crecido los partidos nacionalistas y antisistema.

Rodrik es además muy crítico con los liberales que aceptan su trilema pero lo resuelven de otra manera. Sobre la base del concepto de la aldea global, estos piensan que lo mejor sería optar por el lado del triángulo que incluye la integración económica progresiva y la democracia, descartando el polo de la soberanía nacional. Optarían así por fortalecer la gobernanza global, haciéndola más justa y democrática. Rodrik dice que eso es una quimera. La soberanía popular reside en el nivel nacional y ahí es donde hay que actuar.

Puede ser. La idea de un Gobierno y Parlamento mundial parece algo sacado de Star Trek pero altamente improbable por ahora. No obstante, cabe preguntarse quién es más naif: ¿los que creen en mejorar la gobernanza global o los que quieren volver a los años sesenta? ¿Realmente es posible y deseable introducir aranceles y controles de capitales en la era de las cadenas de valores transnacionales, el fintech y la blockchain?

China demuestra que todavía se pueden aplicar controles de capitales en el siglo XXI, incluso restringir la información e intercambio por Internet, pero el gigante asiático lo puede hacer porque en el triángulo de Rodrik ha optado por descartar la democracia. Justamente, el discurso tan de moda hoy de recuperar la soberanía nacional tiene el peligro de volver a una era más autoritaria y nacionalista. Lo estamos viendo en Oriente, pero cada vez más en Occidente.

Las medidas proteccionistas de Trump son, en este sentido, preocupantes, ya que van a generar tensiones geopolíticas y no van a crear más puestos de trabajo. La apertura es fuente de riqueza. Introducir aranceles cuando la especialización está dispersa por la globalización es como construir muros en una fábrica. Igualmente, la diversidad cultural aumenta la innovación. No es una casualidad que la mayoría de las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley hayan sido creadas por inmigrantes. Si EE UU cierra ese flujo perderá esa ventaja.

¿Qué debe hacer Europa en este contexto? Lógicamente, continuar reforzando su democracia trasnacional y preservar sus principios liberales, pero también tiene que desplegar una agenda más social. La globalización —definida por el anhelo humano de comprimir espacio y tiempo— es un coche que no tiene marcha atrás. O va hacia delante o se estrella, como sucedió en la caída del Imperio Romano y las dos guerras mundiales. Pero como todo coche, necesita un chasis adecuado para mantener su velocidad.

Esa carrocería deber ser construida hoy por alianzas internacionales y coaliciones ideológicas. No se trata de parar la globalización sino de gobernarla mejor. Para ello, la UE se tiene que aliar con otros países que comparten unos principios sociales y liberales parecidos en el G20. Japón, Corea del Sur, Canadá, México y Brasil son posibles candidatos. Uno de los primeros objetivos tendría que ser luchar contra los paraísos fiscales y la evasión fiscal, quizás el mayor cáncer de nuestras democracias. Y aquí la UE debería empezar en casa, y por Luxemburgo.

Pero también hay que actuar en el plano nacional. Es vital que las fuerzas socialistas y liberales formen coaliciones de grupos de interés amplios que puedan apoyar una agenda reformista que combine tanto políticas liberales que actúen sobre la oferta como políticas sociales que sustenten la cohesión y participación social y la demanda. Es imperioso buscar un equilibrio entre libertad e igualdad, ya que, frente al previsible inmovilismo propio del conservadurismo, si esta unión pragmática social-liberal no se produce, aumentará el atractivo de las fuerzas nacionalistas y crecerá la posibilidad de que el coche de la globalización se estampe.

 

Borja MONREAL, “Depende: Trump y el proteccionismo” a esglobal (20-03-18)

https://www.esglobal.org/depende-trump-y-el-proteccionismo/

El Brexit, el fracaso en las negociaciones en la Ronda de Doha, la salida de EE UU del Acuerdo Transpacífico y la congelación de las negociaciones del TTIP han sido algunos de los síntomas de que el sistema multilateral de comercio estaba entrando en un terreno complejo. Al igual que la reciente subida de los aranceles del aluminio y el acero en Estados Unidos por parte de la Administración Trump (un 25% y un 10% respectivamente); aunque, ha descosido las costuras de uno del libre comercio global. Para entender estas medidas y sus posibles consecuencias es fundamental comprender algunos de los principios y premisas que sostienen el comercio internacional y cuestionar algunos mantras que lo rodean y que dificultan la discusión sobre cómo hemos llegado hasta aquí y cómo analizar los posibles escenarios de futuro. Así, que empecemos por el principio.

¿Es hoy libre el comercio?

No, pero es más libre que antes. Especialmente si nos centramos en los aranceles como indicador de ello. Desde la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1996 la media de los aranceles a nivel mundial ha bajado de un 33,96% a un 2,88% en el 2012. Además, el número de Acuerdos Preferenciales de Comercio (tanto bilaterales como multilaterales) también ha aumentado de manera exponencial, llegando a 270 en el año 2012.  Sin embargo, la definición de libre comercio ha sido siempre política. La OMC considera trabas al comercio las medidas arancelarias, las no arancelarias y todos aquellos procesos o requerimientos que graben de forma unilateral el comercio internacional de un bien o servicio. No obstante, no lo son todas las medidas de impulso que favorecen el desarrollo sectorial o del mercado en general. Inversión en educación, en infraestructura, en I+D, ayudas estatales a empresas, instrumentos de minimización de riesgos, instrumentos financieros para facilitar el comercio… son algunas de las medidas que la mayoría de los gobiernos desarrollados, y las pujantes economías en desarrollo, utilizan para fortalecer la competitividad internacional de sus empresas. En este sentido, llama la atención que, como asegura el prestigioso profesor de la Universidad de Cambridge, Hajoon-Chang, las medidas que están limitadas por la OMC son aquellas que los países en fases tempranas de desarrollo son más proclives a utilizar, respondiendo al criterio del famoso economista alemán Friedrich List de que lo mejor tras haber llegado arriba, es retirar la escalera para que otros no consigan subir.

En cualquier caso, no cabe duda de que hoy en día el comercio internacional ha crecido de manera sostenida desde finales de 1800. De hecho, la participación de las exportaciones en el PIB mundial ha pasado del 5% en esa época hasta un 30% en el año 2013. No obstante, desde ese año se percibe un ligero descenso que viene a confirmar los temores de que el comercio internacional puede entrar en un proceso de estancamiento.

¿El libre comercio es bueno?

Ojalá fuera tan simple. A priori existe un acuerdo, relativamente, generalizado sobre los impactos positivos que el libre comercio ha tenido en el aumento del PIB Mundial. Sin embargo, como casi siempre, los números agregados esconden verdades importantes para el análisis. Aunque es innegable que a mayor apertura al comercio internacional le ha seguido un crecimiento del PIB mundial, lo cierto es que el comercio también ha generado algunos impactos negativos. La deslocalización de la industria intensiva en mano de obra a países con costes salariales más bajos ha provocado la pérdida de puestos de trabajo en los países desarrollados. Muchos de los cuales se han recuperado en otras industrias más punteras que, por un lado, emplean menos mano de obra y, por el otro, exigen mucha más cualificación, por lo que los trabajadores no cualificados han sido desplazados del mercado. Un reciente estudio de la Universidad de Georgetown demuestra que el 99% de los empleos generados en EE UU tras la crisis ha sido para trabajadores con estudios universitarios. En este sentido, como demostró la famosa gráfica del elefante del economista Branko Milanovic (con todas las críticas que esta pueda suscitar), los salarios de la clase media de países en desarrollo, parecen haberse estancado en los últimos veinte años.

Por otro lado, la nueva generación de acuerdos de libre comercio, que trascienden las decisiones puramente comerciales (regulando inversiones, flujos de capitales, estándares de calidad, leyes de propiedad intelectual…) han generado trade offs sobre cuestiones importantes: salud pública, empleo y condiciones de trabajo, fiscalidad, desarrollo industrial que sin duda complican sustancialmente el debate.

Además, una cuestión cuanto menos curiosa, es que en las fases de actualización económica de los países desarrollados (entendiendo estas como los momentos económicos en que han crecido más dando caza a las economías que las precedían), la mayoría de los países utilizaron políticas proteccionistas. De acuerdo con los datos analizados por Paul Bairoch, EE UU utilizó unos aranceles entre el 35 y 48% entre 1820 y 1930, Reino Unido tenía unos aranceles cercanos al 50% en 1820, Alemania mantuvo una media del 25% hasta prácticamente 1950 (con un periodo de bajos aranceles en 1875), y todos ellos hicieron uso de políticas activas de fomento industrial que hoy en día están prohibidas por la OMC (reverse engineering, inversión estatal directa, leyes de contenido local, subsidios a las exportaciones…). El libre comercio es bueno, sí, pero la historia económica nos muestra que para llegar a su óptimo hacen falta ciertas dosis de proteccionismo.

¿De repente, EE UU se ha vuelto proteccionista?

Ha sido sospechoso habitual. De hecho, históricamente Estados Unidos ha utilizado de manera constante medidas proteccionistas. Como hemos visto anteriormente, ha mantenido un nivel de aranceles relativamente alto en sus fases iniciales de desarrollo. De hecho, uno de los primeros economistas en promover la teoría de la industria naciente (que promueve el proteccionismo de las industrias de reciente creación) fue Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de la nación americana.

El conflicto entre proteccionismo y libre comercio ha sido un debate recurrente en la historia del país. En las primeras décadas de 1900 este debate acabó con la llamada Smoot-Hawley Tariff Act (1930), que subió los aranceles hasta una media del 60%. A partir de ahí, la apuesta de EE UU por reducir los aranceles se materializó en la consolidación de acuerdos de libre comercio (a través de Reciprocal Trade Agreements Act of 1934) que tuvo su máxima expresión tras la Segunda Guerra Mundial y en el inicio de las negociaciones del GATT y sus sucesivas rondas (Ronda Kennedy, Tokio y Uruguay). Desde los 90, sin embargo, el libre comercio ha sido enormemente cuestionado por una coalición de actores de la sociedad civil, así como ciertas facciones de la esfera republicana (encarnados en Trump). Curiosamente, en paralelo a este progresivo descenso de los aranceles (que en 2013 se situó en un 2,7%), el Gobierno estadounidense ha venido utilizando diferentes mecanismos para proteger de manera indirecta sus sectores prioritarios a través de medidas de apoyo diversas (inversión estatal, contratación pública, restricciones a las exportaciones, subsidios internos…). De hecho, de acuerdo con un informe elaborado por Credit Suisse en 2015, EE UU es el país con mayor número de medidas proteccionistas del mundo, seguido por India y Rusia.

La diferencia entre las medidas utilizadas de manera tradicional y la actual subida de aranceles promovida por Trump, es que estas transgreden las reglas del juego fijadas por la OMC de una manera abierta y frontal, dejando la puerta abierta a las represalias de países terceros. Hasta ahora, la mayoría de las disputas en la OMC se revestían de una retórica legal que no cuestionaba el libre comercio: eran medidas menores que se justificaban intentando buscar los vacíos legales del sistema internacional de comercio. Trump, utilizando la excusa de la seguridad nacional, y acompañándola de tuits claramente beligerantes, ha dejado claro que la legalidad de la OMC no le preocupa.

¿El proteccionismo recuperará los trabajos perdidos en EEUU?

Seguramente no. La primera pregunta que habría que responder es si el empleo en los sectores industriales ha desaparecido, únicamente, por la deslocalización o por otras causas multidimensionales. Lo cierto es que desde el año 2000 se han perdido cinco millones de empleos en el sector manufactureroe en EE UU, pero estas cifras esconden, como siempre, algunos secretos. El primero es que una parte sustancial de este número se debe a una cuestión estadística: muchos de los empleos, anteriormente, contabilizados en manufactura se debían a servicios que la empresa tenía internalizados. La tendencia a la externalización de los mismos ha repercutido en la forma de contabilizarlo. El segundo, es el aumento creciente de la productividad por trabajador debido al avance de la tecnología y, en especial, de la robotización de la manufactura. Pese a un descenso de la fuerza de trabajo en el sector industrial de un 14% en 1996 a un 8% en 2016, este año se ha alcanzado el récord máximo de producción manufacturera. Esto se debe a que un trabajador hoy produce un 47% más que hace 20 años. Por último, muchos de los empleos destruidos en manufactura se han creado en otros sectores, principalmente en los servicios.

A decir verdad, realizar un análisis del impacto en el mercado de trabajo de este tipo de medidas es extremadamente complejo. El acero es un material estratégico para muchísimas industrias (construcción, defensa, aeronáutica…), por lo que las consecuencias pueden extenderse a multitud de sectores. No obstante, existe un ejemplo reciente en el que el Gobierno de George W. Bush intentó también proteger algunos productos derivados del acero subiendo los aranceles. Las consecuencias, de acuerdo con la US International Trade Comission fueron la pérdida de 200.000 empleos. La razón es que solo 140.000 americanos trabajan en el sector del acero y el aluminio, frente a 17 millones de personas que desarrollan su actividad en industrias dependientes del acero que podrían verse afectadas por el aumento de los precios y, por consiguiente, de pérdida de competitividad internacional.

Para añadir más leña al fuego, de acuerdo con la Agencia de Estadísticas de Empleo de EE UU, las principales fuentes de creación de empleo serán los sectores sociales y los servicios profesionales, los mismos que Trump está ayudando a desmantelar. Además, de acuerdo con los estudios desarrollados por Morgan Stanley, el balance de las medidas tendrá una repercusión negativa en el PIB estadounidense en cualquier escenario de subida de aranceles.

¿La guerra (comercial) se desatará?

Es una posibilidad bastante probable. Una guerra comercial se desencadena cuando los países comienzan a imponer restricciones a las importaciones para dañar comercialmente a otros. Como indicaba el investigador Miguel Otero, es posible que el principal objetivo de esta medida sea forzar a la economía alemana a emprender políticas expansionistas que disminuyan su superávit comercial. La Unión Europea es el mayor exportador de acero a EE UU (un 21,4%), seguido por Canadá y México (que podrán verse exentas de estas medidas) y Corea del Sur. China, se verá afectada en menor medida (suma un 2% de las exportaciones). Como represalia la UE ha seleccionado más de 100 productos estadounidenses que podrían verse afectados por restricciones a la importación, entre las que se encuentran algunos productos sensibles como pantalones vaqueros, bourbon, motocicletas de gama alta y algunos productos agropecuarios que se sumarán al aluminio y el acero. Además, previsiblemente, denunciará la medida al tribunal de resolución de conflictos de la OMC, que tendrá que tomar la decisión sobre si la subida arancelaria responde a una cuestión de seguridad nacional, tesitura que podría abrir la veda a medidas similares en otros países. Por su parte, Corea del Sur y China también han declarado que adoptarán medidas para hacer frente, pero todavía sin definir.

Ante estas amenazas Trump ha advertido que podría imponer un arancel del 25% a la importación de coches europeos, lo que sin duda podría desencadenar una espiral de proteccionismo como la que se produjo en la década de los 30 tras la promulgación de la Smoot-Hawley Tariff Act con consecuencias del todo imprevisibles, pero que sin duda podrían dañar a las principales potencias exportadoras, en especial en Asia, que suma el 67% del déficit comercial estadounidense. De acuerdo con CitiBank, si la escalada se materializa y no es una nueva fanfarronada del presidente estadounidense, la economía global podría desacelerarse significativamente (entre el 0,5 y el 1% del PIB global), además tendría un impacto significativo en los precios en el consumidor.

Trump ha lanzado su envite al libre comercio. Cabe esperar si el resto de países lo aceptan o suben la apuesta. Y lo peor no es ver que se cuestionan los beneficios del sistema (esto podría ser incluso sano), es ver de nuevo que quien lo hace es el que más se ha beneficiado de él y, otra vez, quiere tirar la escalera para que nadie pueda subir por ella.

 

Lluís BASSETS, “El nuevo poder ‘afilado’” a El País (18-03-18)

https://elpais.com/internacional/2018/03/16/actualidad/1521216682_134195.html

El gurú de Harvard que consagró la distinción entre poder duro (hard power) y poder blando (soft power) hace un cuarto de siglo acaba de dar su bendición al concepto de moda que describe el comportamiento de las grandes potencias autoritarias para influir en los destinos del mundo. En un artículo titulado Cómo el poder afilado (sharp power) amenaza al poder blando, publicado en enero en la página digital de la revista estadounidense Foreign Affairs, Joseph Nye, uno de los politólogos más influyentes y prestigiosos del mundo, define esta nueva modalidad de hegemonía como “una forma engañosa de información para propósitos hostiles” y la relaciona con “un tipo de guerra informativa librada por los poderes autoritarios actuales, especialmente China y Rusia”.

La idea de un poder afilado incluye un regreso a las técnicas de propaganda y de manipulación de la Guerra Fría, con el añadido de la velocidad, el alcance global y la extrema intensidad de los ataques que aportan las nuevas tecnologías. Así como la distinción entre poder blando y poder duro fue de gran utilidad durante el interregno de la globalización feliz, entre 1989 y la crisis financiera de 2008, este nuevo concepto, que denota una acción penetrante, perforadora y disruptiva, se adapta muy bien a la actual época de repliegue nacionalista, de viraje iliberal en las democracias y de ascenso de personalidades autoritarias en numerosos países, especialmente en Rusia y China.

Nye definió el poder blando como la capacidad de dominar por el ejemplo, la atracción cultural y la difusión de los valores propios, un concepto nada ajeno a la idea de hegemonía cultural del comunista italiano Antonio Gramsci, que es alternativo al uso de la coerción militar o económica característica del poder duro. El veterano politólogo, que ha ocupado altos cargos en la Administración del presidente Clinton, acuñó también el concepto de smart power o poder inteligente, sabia y proporcionada utilización del poder duro y el poder blando con la que Hillary Clinton quiso describir la acción de la superpotencia durante su mandato como secretaria de Estado, entre 2009 y 2013.

Ahora, Nye ha consagrado este nuevo concepto, acuñado propiamente por Christopher Walker y Jessica Ludwig, dos politólogos del National Endowment for Democracy, en un ensayo titulado Del poder blando al poder afilado. La creciente influencia del autoritarismo en el mundo democrático, en el que señalan que las dificultades de países como Rusia y China para sacar rendimientos de su escaso poder blando a la hora de difundir sus ideas y valores les está conduciendo a estas nuevas formas más agresivas, propias de una nueva guerra fría y destinadas a desprestigiar y perturbar los sistemas democráticos. Tanto Moscú como Pekín apenas han podido sacar partido de estas ofensivas de seducción, sus intentos de “compartir ideas alternativas” o de “ampliar el debate” a través de la cultura, los think tanks y los medios. Han sido más eficaces, en cambio, en la propaganda negativa, la manipulación y la infiltración.

Según Walker y Ludwig, el principal instrumento del poder afilado chino son los institutos Confucio, caracterizados por la opacidad, la disciplinada obediencia al poder político y su ignorancia de la libertad de expresión en los campus universitarios. Los autores atribuyen similares características a Russia Today, la cadena global de televisión. Ambas potencias aprovechan de forma asimétrica la apertura y la libertad de expresión en el mundo occidental mientras mantienen las barreras internas a los medios y las ideas occidentales.

Es discutible, sin embargo, que algunas de las consideraciones que los autores aplican a Rusia y China respecto al poder afilado no puedan aplicarse a otras latitudes e incluso a fenómenos como los populismos en los países democráticos, incluso a los Estados Unidos de Donald Trump o el Reino Unido del Brexit, donde las campañas de propaganda y el uso de las redes sociales se han caracterizado por el uso de medios muy similares como son las fake news.

En el caso de las dos potencias, aseguran, no se trata tanto de “convencer al mundo de que sus sistemas autocráticos son atractivos por derecho propio, como comprobar que pueden alcanzar sus objetivos presentando a las democracias como menos atractivas”.

La militarización de la información forma parte de las guerras híbridas que permiten conquistar territorios sigilosamente, como Putin ha hecho con Crimea o Xi Jinping está haciendo en los islotes del mar del Sur de China, mediante el uso de milicias camufladas en un caso o barcos de pesca en el otro, de forma que se obtienen los objetivos militares propuestos y a la vez se sortean las incomodidades que impone el orden internacional.

También pertenecen a estas hibridaciones del poder duro actuaciones como los ataques químicos en Salisbury, realizadas en el mejor de los casos por agentes formalmente fuera de control del Gobierno ruso, según la hipótesis esgrimida por la primera ministra británica, Theresa May. O los ciberataques de hackers rusos a redes de electricidad y agua o plantas nucleares de Europa y Estados Unidos que acaba de denunciar el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

La discusión sobre el nuevo concepto no es una cuestión meramente académica. Entre otras razones porque llega en el punto álgido del ascenso de dos personalidades autoritarias en dos potencias globales, como Xi Jinping, que acaba de acceder a la presidencia vitalicia, y Vladímir Putin, que se dispone a iniciar un nuevo tramo de seis años en el poder, tras las elecciones sin posibilidad de alternancia de hoy domingo.

Junto a la construcción conceptual, aparece el problema que plantea a los Gobiernos y países atacados respecto al tipo de reacción que exigen tales ofensivas. Los ataques híbridos y de autor difuso afectan especialmente al sentido de vulnerabilidad de quienes son sus víctimas, que se enfrentan con la dificultad de identificar claramente al enemigo, y acertar en las armas para defenderse.

Joseph Nye recomienda evitar las sobrerreacciones y las tentaciones de imitar a los adversarios. “Distinguir la línea divisoria entre el poder blando y el poder afilado online se ha convertido en una tarea no solo para los Gobiernos y los medios, sino también para el sector privado”, asegura. El politólogo de Harvard también señala la ausencia de estrategias de defensa y de resistencias a los ataques por parte de los países occidentales y propugna el mantenimiento de la apertura de nuestras sociedades y de su capacidad para atraer y persuadir como mejor arma de defensa.

El poder afilado significa la militarización y destrucción del poder blando que Nye supo definir cuando el mundo salía de la Guerra Fría y albergaba esperanzas de un nuevo orden mundial regido por el derecho, la cooperación y las instituciones. Desvanecido aquel sueño, regresan afiladas para el combate unas armas que ahora ya no necesitan ser de acero para horadar las sociedades que atacan.

 

Roger SENSERRICH, “Facebook y los ladrones de datos” a Politikon (21-03-18)

https://politikon.es/2018/03/21/facebook-y-los-ladrones-de-datos/

El escándalo de Cambridge Analytica y Facebook lleva dominando las portadas de los medios de comunicación de todo el mundo desde hace días. Está más justicado. Facebook tiene 2.200 millones de usuarios (¡!) en todo el mundo; lo que hacen o permiten hacer con los datos personales de casi un tercio de la población del planeta (¡!) es importante.

Tengo la sensación que aún es un poco temprano para sacar demasiadas conclusiones sobre el escándalo y el papel de Facebook en movimientos sociales y políticos recientes. Las redes sociales son un fenómeno nuevo (Facebook, no lo olvidemos, nace el 2004 y se abre al gran público el 2006), y su impacto es difícil de calcular. Aún así, la noticia es lo suficiente importante como para merecer algunos apuntes y notas sueltas, aunque sea de forma muy preliminar.

El escándalo en sí: esto es sólo el principio.

Todo apunta que Cambridge Analytica no eran los únicos que estaban explotando y maltratando los datos personales de millones de personas con el consentimiento tácito de Facebook. En parte, porque lo de Cambridge Analytica era algo fácil de hacer para cualquiera hasta hace relativamente poco, en parte porque no creo que a estas alturas nadie pueda tener la más remota confianza en que Facebook esté protegiendo los datos de sus “usuarios” de forma razonable.

La realidad es que Facebook, como plataforma publicitaria, es increíblemente potente. Llevo unos cuantos años utilizando sus sistemas para especificar a qué clase de usuarios quiero mostrar publicidad, y es absolutamente increíble el nivel de detalle que puedes llegar a definir, así como la cantidad de datos que tienes en tiempo real sobre qué anuncios están funcionando mejor, incluso en mis mini-campañas a pequeña escala. Lo que puedes sacar de tus usuarios y la cantidad de información esperando ser explotada es absolutamente descomunal.

Hace unos meses, en otro mini-escándalo de Facebook, los medios “descubrieron” que estas herramientas las puedes utilizar para delimitar tu publicidad hacia gente horrible, es decir, podías incluso definir categorias como “odia a los judios” o “supremacista blanco” sin problemas. No es que alguien en la compañía hubiera creado esas categorias; los algoritmos que analizan la actividad de los usuarios descubrieron ese patrón por sí solos, e identificaron esos usuarios. Vamos a ver más noticias de este estilo en las próximas semanas.

El producto de Facebook somos los “usuarios”. Cambridge Analytica eran clientes.

Es un tópico mil veces repetido, pero es algo que nunca podemos olvidar al hablar de Facebook: si no estás pagando por algo en internet, el producto eres tú.

Facebook es una agencia de publicidad gigante. Su producto es una audiencia de 2.200 millones de personas que se pasa horas mirando videos de gatitos, fotos de comida y memes de Chiquito de la Calzada mientras saluda de vez en cuando a la familia. Entre toda esta marabunta de contenidos insulsos Facebook nos coloca publicidad, a veces de forma muy torpe, a veces de forma increíblemente bien dirigida. La ventaja que tiene Facebook sobre otros anunciantes, incluido Google, es que la compañía sabe mucho sobre sus usuarios que el resto, así que puede prometer a sus anunciantes que la publicidad llega a audiencias muy concretas.

Eso hace que los incentivos de Facebook sea satisfacer a sus clientes, los anunciantes, por encima de todo, intentando ofrecerles el mejor producto, es decir, la mejor audiencia. Facebook quiere aprender tanto sobre nosotros como sea algorítmicamente posible, y quiere dar tanta información como estemos dispuestos a tolerar sin que abandonemos la red social.

Facebook, además,  sabe perfectamente que somos todos unos vagos y no vamos a mirar las opciones de privacidad en nuestra vida. Aparte, a estas alturas, son poco menos que un monopolio inevitable. A dónde vamos a irnos , al fin y al cabo: ¿MySpace? ¿Friendster? ¿Tuenti? La abuela no va a mirar fotos de sus nietos en Google Plus a estar alturas.

Huelga decirlo, esta clase de incentivos no ayudan a que Facebook se porte de forma responsable con nuestros datos.

¿Ganó Trump / Brexit / el malvado populista del día las elecciones gracias a Cambridge Analytica?

Esta es una pregunta mucho más difícil de responder lo que parece. Pâra empezar, la (poca) literatura que conozco sobre la efectividad de la publicidad en campañas electorales tiende en general a concluir que sus efectos son muy, muy modestos en el mejor de los casos, y dado que ambos lados están utilizando las mismas armas, no parece mover demasiados votos. El debate sobre si las redes sociales en general y Facebook en particular son mejores o peores en este aspecto acaba de empezar; de nuevo, por lo poco que sé, los datos parecen indicar que es algo mejor que los medios tradicionales, pero su efectividad es, en agregado, bastante limitada. Es muy posible que los tipos de Cambridge Analytica estuvieran vendiendo una forma muy sofisticada de humo.

No estoy seguro, sin embargo, que esto baste para “absolver” a Facebook de las extrañas, delirantes campañas electorales del 2016. Para empezar, no podemos olvidar que Trump a la práctica por algo más de 40.000 votos de diferencia en tres estados (Pennsylvania, Michigan y Wisconsin) en unas elecciones con más de 100 millones de votantes donde sacó tres millones de votos menos que su oponente a nivel nacional. Una campaña publicitaria que cambie el sentido del voto de 0,2% del electorado es poca cosa, pero en estos comicios hubiera bastado para cambiar el resultado de las elecciones.

Más allá de lo improbable de la victoria de Trump, aunque es posible que en agregado las campañas de Facebook no sean demasiado efectivas, hay buenos motivos para creer que es posible que sean mucho más efectivas para movilizar a votantes conservadores que a la población en general.

Hay varios estudios recientes que parecen sugerir esta conclusión. En las elecciones del 2016, los votantes conservadores eran muchísimo más propensos a compartir noticias falsas y contenido de bots rusos que el resto de la población (hasta 30 veces más).  Esta diferencia parece fundamentarse en cuestiones de psicología política; los votantes conservadores tienden a procesar información de forma más inmediata y menos crítica que el resto. Por añadido, parece haber una diferencia clara en las actitudes políticas. Los votantes conservadores tienden a concentrarse en lo negativo y son mucho más receptivos a mensajes que apelen a ansiedad, pérdida, amenazas o miedo, mensajes que son pefectos para un candidato como Trump.

Por supuesto, estos estudios tienen dos problemas. Primero, refuerzan mis prejuicios ideológicos, algo que me lleva a desconfiar de ellos. Segundo, la psicología política es sólo ligeramente más precisa que los análisis de comportamiento electoral. Son conclusiones creíbles, pero no bastan para decir que Cambridge Analytica fuera decisiva.

Facebook es un problema social y político de primer orden

Este punto requiere un artículo completo por separado, pero hay buenos motivos para pensar que Facebook tiene efectos sociales negativos considerables. Hay estudios que señalan que directamente Facebook nos pone tristes (de psicología, pero vamos – de nuevo, es algo que deberíamos explorar y entender mejor). También es posible argumentar de forma creíble qu esta red social ha empeorado el debate público en las democracias de occidente, y no ha hecho nada en absoluto (en parte, porque Zuckerberg siempre dice que sí a las demandas de dictadores) por ayudar a abrir regimenes autoritarios.

Por añadido, el poder de mercado de Facebook es colosal. Junto con Google, forman un duopolio abrumador en el mercado publicitario en internet. Y ya hemos mencionado la enorme cantidad de información personal que tiene sobre sus usuarios, datos extraordinariamente valiosos y que van mucho más allá de lo que creímos consentir al darnos de alta.

Todo esto debería justificar, como mínimo, una regulación entusiasta por parte de los gobiernos en todo el mundo, y seguramente una serie consideración de dividir la compañía y hacerla más pequeña y menos peligrosa de lo que es ahora. El primer paso debería sea al menos regular los sistemas de privacidad para forzar que los datos no sean compartidos con nadie por defecto, no al contrario, y desde ahí pensar en maneras de separar la gestión de datos de la contratación de publicidad de un modo u otro, incluso nacionalizando su gestión.

Regular bien Facebook es algo realmente difícil y que exigirá un diseño cuidadoso por parte de abogados mucho más listos que yo, pero a estas alturas parece obvio que es necesario. Zuckerberg, desde luego, no está por la labor de arreglar el problema.

 

Nicola ZINGARETTI, “Manifiesto por un nuevo Partito Democratico” a La Mirada (21-03-18)

http://lamirada.eu/nicola-zingaretti-manifiesto-para-un-nuevo-partito-democratico/

Espero que la reunión de la dirección nacional del PD que tuvo lugar hace pocos días sea el comienzo de una discusión (a desarrollar en los próximos meses entre los inscritos y  votantes del partido) amplia, sin reticencias, no vindicativa, ni oportunista.

La derrota que hemos sufrido es dramática. Hemos pasado, después de 5 años de gobierno, del 25% al 19% de los votos. Se trata, después del referéndum y de las elecciones locales, de la tercera derrota consecutiva. La caída es sustancialmente similar en todo el territorio nacional.

Es el carácter de esta derrota lo que inquieta mucho y requiere que reflexionemos diciéndonos la verdad:

el voto, incluso el contrario a nosotros, fue un voto popular. En el pasado se habría dicho “de clase”. No como  expresión de una clase homogénea y políticamente consciente; sino como  expresión de la parte del país que peor lo pasa, marginada y privada de fuerza: no se trata solo de los “últimos” sino  también de los “penúltimos” y de sectores sustanciales de la clase media que está desapareciendo gradualmente. Y no plantea únicamente cuestiones de ingresos, sino generacionales y también de  calidad de vida, de los servicios, de la seguridad social, de la soledad que se siente  ante  los grandes  procesos que afectan a Italia y al mundo. Estoy convencido de que, incluso en el voto No en el  referéndum constitucional, más allá de la sustancia, se puso ya de relieve esta fractura: la opción por el  percibida como el voto civil y razonado de los  que tienen un status asegurado y el voto del No  como  expresión de una ira que crece desde abajo.

El M5S y la Lega han recogido los frutos de esta conmoción. De manera diferente; pero ambos simplificando los mensajes, demagógicos, seductores, y poco realistas; basados en una respuesta directa a los viejos y nuevos miedos del electorado italiano. Es del todo evidente que nuestro sitio  está en la oposición; aunque no debemos dejar ni un momento de hacer política. El combate  se libra hoy:  no podemos reconstruir nuestras estrategias en una campana de vidrio. Es necesario combatir sin concesiones en los contenidos y valores las fuerzas políticas que han ganado y que tienen el deber de proponer una solución para el gobierno de Italia; y, al mismo tiempo, ser conscientes de que el electorado que se ha inclinado por los ganadores es en gran parte  nuestro electorado, que hemos de ser capaces de recuperar poco a poco y con el que hay que establecer un diálogo. La lectura de los flujos, positivos para nosotros, en la victoria en Lazio es, en este sentido, emblemática.

No es extraño que el resultado de las elecciones estuviera marcado por una explosión de ira.

La crisis ha golpeado duro en los últimos años. La desigualdad ha aumentado como nunca antes en la historia de la posguerra. Los datos de la Banca de Italia nos dicen que uno de cada cuatro italianos en 2016 estaba en riesgo de pobreza. Durante años, los ingresos de los trabajadores y empleados han reducido su poder adquisitivo, mientras que las riquezas financieras e inmobiliarias y los beneficios han aumentado enormemente. Al contrario de lo que sucedió en los “treinta años gloriosos” de la democracia europea, la brecha entre los de abajo y los de arriba se ha hecho muy grande e insoportable. El malestar afecta a las periferias  materiales, pero también a lo que alguien ha llamado las periferias del alma. Porque, ahora, a excepción de los sectores más altos y privilegiados de la población, la percepción de la soledad y el abandono se ha extendido en una vida moderna sin calidad y privada de redes humanas y civiles.

Esta condición ha desgastado la dimensión de comunidad” como intercambio de valores y prácticas positivas y ha cedido terreno a la búsqueda de identidades motivadas por el miedo.

La cuestión que debemos indagar con coraje es: ¿Por qué, al contrario de lo que ha sucedido en general (salvo en la fase del totalitarismo de los años 30),  la fractura social no la hemos sabido interpretar nosotros? ¿Por qué no hemos sabido convertir la rabia en esperanza?

Sin duda hay una responsabilidad específica nuestra; de la izquierda italiana.

El Partito Democratico  fue un gran intento de innovación. Su ambición inicial era adecuar no solo los programas, sino también las formas políticas, las relaciones de los ciudadanos con las instituciones y la democracia. Hoy podemos decir que, a lo largo de los años, esta ambición se ha debilitado hasta casi apagarse. Ha prevalecido la preocupación, también comprensible, por el gobierno. En todos los niveles. Han prevalecido las ambiciones de sectores políticos, con historias ricas en sus espaldas, pero incapaces  de combinarse  y de establecer un nuevo organismo político unitario. Esto explica la multiplicación de las corrientes, las ambiciones de las carreras personales, un ciclo continuo de ansiedad por conquistar posiciones de poder e instituciones. Nosotros, que habíamos soñado con el comienzo de una fase política más fresca y humana, hemos caído en los antiguos y agotadores ritos del pasado, a veces peores porque estaban justificados únicamente por lógicas personales y eran promovidos por figuras de escaso arraigo social.

La combinación de un perfil exclusivamente de gobierno, inevitablemente concentrado en la responsabilidad y el respeto por las compatibilidades , y la degeneración de nuestras prácticas concretas nos han alejado cada vez más del sentir del pueblo.

De ahí nace la percepción generalizada de nuestra actitud altanera, autorreferencial, sorda, con respecto a los conflictos y movimientos surgidos incluso en contraposición con algunas de nuestras decisiones en el gobierno. Y nace también  una descripción demasiado optimista de los resultados que hemos obtenido al dirigir el país; que rara vez, o al menos no en una medida suficiente, han cambiado con rapidez la vida real de las personas.

Poco a poco hemos aparecido como un colectivo desprovisto de alma y sostenido solo por el ejercicio del poder.

A pesar del “decisionismo” de Renzi, nos hemos enfrentado al reto electoral de una manera confusa y dividida. Entre mil dudas y sin fortaleza de ánimo. Tal vez por primera vez en la historia de la izquierda italiana desde el período de la posguerra hemos pedido el voto sin tener una propuesta clara de gobierno para el futuro de Italia. Y lo que impacta en los días posteriores a las elecciones es la dificultad de una reacción con respecto a la profundidad de la derrota sufrida. Como si la ausencia demasiado prolongada de una batalla cultural, de formación de las conciencias, de construcción de un sentido común de desafío diario por la hegemonía de ideas en los territorios, nos hubiera arrojado a un desierto difícil de cruzar, una vez perdido el cetro de mando.

¿La responsabilidad de lo sucedido es solo de Renzi?

Decirlo no sería cierto, sería poco generoso y, para todos, auto absolutorio. La crisis tiene raíces lejanas. Argumentarlo requeriría un análisis que no puede realizarse en estas pocas páginas. Se halla, sin embargo, en la dificultad  que el conjunto de las fuerzas democráticas y progresistas han tenido para la regeneración de la democracia italiana tras el colapso de los partidos de masas y el final de la Primera República. Sin las viejas ideologías y los viejos canales de comunicación con los ciudadanos, y con el fin de viejas certezas y mitos consolidados, no hemos logrado regenerar una lectura crítica de la sociedad, moderna y eficaz. No hemos sabido aguantar la poderosísima ofensiva material y de pensamiento del neoliberalismo, que en Italia ha tenido la variante insidiosa de Berlusconi.

Yo no le voté, pero hay que reconocer que en algún momento, Renzi reavivó la esperanza,  agitó  las aguas, puso en juego la ambición de una renovación general de la República, volvió a apasionar la gente,y pareció  ser capaz de unir radicalidad de pensamiento, innovación y ampliación de nuestros límites mentales y electorales.

Con calma, tendremos que discutir porqué este impulso se ha agotado en tan poco tiempo, entre divisiones, recriminaciones, errores, fanatismos recíprocos. El hecho es que frente a  la dificultad (en ciertos aspectos inevitable) de la acción de gobierno y en la relación con las diferentes categorías de trabajadores, Renzi se aisló poco a poco, restringió a unos pocos el puente de mando,  subestimó sugerencias y críticas sinceras,  hizo de sus opciones un credo abstracto que debía ser perseguido a toda costa, se alejó, en nombre de su reformismo “radical”, de la vida del país real. Así, perdió empatía,  capacidad de movimiento político,  espacio para la reflexión y la confrontación con los organismos dirigentes capaces de corregir el curso de las cosas.

La derrota sufrida es sin duda la combinación de estos dos elementos: una crisis que viene de lejos y un momento contingente en el que nuestro líder,  de gran valor añadido, se ha convertido en el blanco político de una multitud de fuerzas adversas. Ahora, como dijo Martina en su buen informe ante la dirección, debemos comenzar de nuevo con humildad, colegialidad e inclusión. Sabiendo que el mismo Renzi sigue siendo una energía fundamental del PD, también en el futuro.

No sólo son las responsabilidades específicas de la izquierda italiana las que nos han llevado a este punto tan negativo.

Hay un marco europeo e internacional que muestra que la mayor parte del movimiento socialista democrático está en grandes dificultades. Hemos sufrido golpes en todas partes: en España, en Francia, en Alemania. Los signos de una contratendencia sólo se han producido en el Reino Unido, donde, sin embargo, no hemos conquistado el gobierno.

Las razones son muchas, pero hay una que es la decisiva: el frente progresista no ha aguantado el embate  de los grandes procesos de globalización. En el pasado siglo, la socialdemocracia estableció  compromisos beneficiosos en el marco de los estados nacionales. La posguerra europea nos recuerda  esta lucha democrática entre en capitalismo en rápida recuperación que se entreteje con la promoción material, social y cultural de las clases trabajadoras y el pueblo, gracias a fuertes luchas de masas. Cada país encontró su camino, pero en cada país se verificó este progreso.

Hoy en día ya no es así. Las políticas nacionales se regulan en gran parte mediante las compatibilidades impuestas por el gobierno europeo. Mientras que los capitales financieros y la localización de las empresas se mueven libremente, escapando de cualquier red que pueda regularlos  en la dirección de los intereses de los ciudadanos y del bien común.

Es el drama de una Europa a medias. Sin Europa, no hay ningún futuro frente a la potencia de China, India, Estados Unidos. Pero una Europa a medias corre el riesgo de mostrar sólo el perfil sombrío de la austeridad y de los preceptos vinculantes; sin promover las decisivas políticas comunes y democráticas que nos permitirían navegar juntos en el mundo globalizado y promover las opciones necesarias para un crecimiento de calidad.Sin una gradual pero sustancial unidad política europea no podremos conquistar lo que hoy parece urgente: una política de defensa común, una fiscalidad homogénea, un instrumental financiero y económico compartido capaz de poner en marcha inversiones potentes, sostener las rentas, defender  y extender los servicios, proteger el medio ambiente, apoyar la investigación, las universidades y la cultura.

Mientras tengamos las manos atadas como europeos, vamos a sufrir los golpes de un mundo que se mueve rápidamente,  sin poder responder.

Europa, por lo tanto, es el frente principal en el cual luchar. Estamos en el filo: o el cetro de la soberanía democrática se mueve hacia allí,  en una forma totalmente nueva de relación de aquellas instituciones con los ciudadanos del continente,  que reconocerán su legitimidad sólo cuando se vean capaces de controlarlas de manera transparente, de percibirlas como cercanas y representativas y  basadas en el consenso y la participación; o, dado que el tamaño de los estados nacionales está ya fuera de escala, prevalecerá el impulso localista, xenófobo, parcial y egoísta. En medio del vado no es posible  quedarse. Lejos del “soberanismo”, el voto roto del 4 de marzo nos da peligrosamente la medida de  una Italia dividida e impotente.

Si tuviera que decir, por lo tanto, no los programas, sino los puntos de referencia sobre los cuales movernos, para abrir una fase nueva y participada de profunda regeneración del campo de las fuerzas políticas, sociales y culturales del centro-izquierda, señalaría de manera sintética:

1. Hacer emerger de nuevo el partido en la vida real. No sirve una llamada genérica a estar con la gente. Tal como somos serviría de muy poco. Necesitamos el objetivo político preciso de una forma de partido nueva, capaz de superar aparatos burocráticos,  prácticas autorreferenciales y corrientes de poder. Que piense  en una vida asociativa diferente, estimulante, abierta, que ofrezca oportunidades e inclusión  a aquellos que quieren sentirse parte del  PD y no afiliados al  “jefe” del momento. No podemos vivir los momentos colectivos de identidad solo en los momentos divisivos de las primarias. Y luego, un partido capaz de construir los lugares de una participación que decide, también  a través de formas permanentes de democracia directa; con las cuales  componer una doble “civilización”: la de los ciudadanos que han retrocedido en su sufrimiento al mensaje apodíctico y populista de los demagogos,  y la del conjunto de nuestras elites poco habituadas a la confrontación directa con la vida real y la búsqueda intelectual, programática e ideológica.

2. El trabajo de este nuevo partido debe recuperar un punto de vista crítico. Existimos para cambiar las cosas en el sentido de una mayor justicia y de una  liberación de las mejores energías de la sociedad; la abertura máxima a una confrontación contínua y de masas sobre las opciones programáticas, tácticas o de  gobierno que  hay que tomar, por lo tanto, debe entrelazarse con la reafirmación de nuestro sistema de valores. Renovado a la luz de hoy, pero bien arraigado en nuestra misión histórica. La derecha de hoy basa su fuerza en inventarse el chivo expiatorio de los problemas.  Nosotros debemos ser los más creíbles para resolverlos.

3. La cuestión europea debe colocarse en el centro de todo.

4. Necesitamos refundar un campo porque la crisis afecta a todos. No hay que confundir el legítimos orgullo del partido con el error de la arrogancia y la presunción. No todo lo que no es PD es adversario nuestro. En el territorio y en la sociedad, y esto es cada vez más evidente, viven las más diversas formas de agregación social, política, listas cívicas y asociaciones, alcaldes  independientes que representa una inmensa riqueza de la democracia y pueden representar un importante valor añadido si se implican, de forma eficaz , más directamente en el terreno político. Debemos tener la humildad de  intentarlo. Permitidme citar el resultado de mi región: a una alianza más amplia, corresponde un PD más fuerte. Con demasiada facilidad hemos eliminado que en los municipios y regiones hay sistemas electorales mayoritarios con elección directa. Un PD aislado nos condena (como lamentablemente está sucediendo) solo a la derrota.

5. Ayudar al crecimiento de una generación más culta, consciente y libre, no solo dentro del partido, es una opción prioritaria para nuestra idea de país. La cuestión dramática del riesgo de marginación juvenil  se entrelaza cada vez más con una crisis de sentido, existencial y humana, que lleva a muchos muchachos y muchachas a alejarse no sólo de la política, sino de toda experiencia  relación auténtica y formativa con los demás. En cambio hay una cuestión juvenil diferente y nueva que nadie parece ver. No se trata solo de cumplir un deber hacia ellos. Para hacer frente al destino de Italia necesitamos a los jóvenes. Aprender de ellos.  Poner en el centro de un nuevo modelo de desarrollo su creatividad, fuerza, inteligencia e imaginación. Para reactivar el país se requiere una nueva inversión neta en capital humano, empezando por los jóvenes, o Italiano saldrá adelante. Una inversión general no solo en las élites sino en el “pueblo” de los jóvenes: porque sirve en igual medida el científico que tendrá que inventar y el nuevo mecánico que tendrá que reparar.

Por lo tanto, es necesario coraje y capacidad para regenerar todo el campo de democracia. Hay un largo camino por recorrer. Me siento comprometido, en las formas que decidirá la política, a echar una mano: porque el momento no permite a nadie retirarse a posiciones protegidas y tranquilizadoras.

 

Lucía MÉNDEZ, “Las emociones desbordan a la política y contagian a los partidos” a El Mundo (18-03-18)

http://www.elmundo.es/espana/2018/03/18/5aad7cbd46163f9e728b45ab.html

Dos de los consultores políticos más célebres de Latinoamérica, Jaime Durán Barba y Santiago Nieto, han publicado sus experiencias en un libro titulado La política en el siglo XXI. Ambos han trabajado para líderes y partidos de distintos países, tanto ganadores como perdedores, y recogen en su obra, editada en España por Debate, las dificultades de la política contemporánea para afrontar la nueva realidad social.

«Los políticos modernos no saben cómo enfrentar la realidad y los líderes posmodernos no saben qué hacer con la política en una época en la que la opinión pública cobró vida propia y es la que crea la realidad, la que señala lo que es más o menos importante». Los autores recogen y analizan en la obra el concepto código rojo, utilizado en América Latina para referirse a una élite dirigente que gira sobre sí misma como el símbolo medieval del uróboro, una serpiente que forma un círculo y se muerde su propia cola.

Los integrantes del código rojo se atacan, se devoran, se alaban, se citan mutuamente y se reproducen en su propia realidad, muchas veces artificial. Cuando sucede algo inesperado, el círculo rojo se sorprende y se asombra, mientras que los ciudadanos lo habían percibido con anterioridad.

Algo parecido está pasando en la política española. El Gobierno y los partidos, encerrados en su código rojo y mordiéndose la cola en el Parlamento, se han visto desbordados por las emociones de distintos colectivos que han irrumpido en las calles. Los partidos han perdido el control de la agenda política, impuesta ahora por acontecimientos inesperados, manifestaciones diversas y reivindicaciones durmientes durante la época más dura de la crisis.

Las manifestaciones de los pensionistas obligaron al presidente del Gobierno a comparecer en el Congreso. Rajoy no ofreció más respuesta que un vago compromiso condicionado a que se aprueben sus Presupuestos. Los padres que han perdido a sus hijos en crímenes espantosos presidieron el Pleno de la prisión permanente revisable.

Desde los tiempos de Rodea el Congreso, no se veía tanta agitación en las calles. Una tensión emocional que ha acabado por contagiar a las direcciones de los partidos y a la misma vida parlamentaria. El código rojo español vive en el asombro y en la improvisación permanente, al albur de lo que digan o hagan colectivos tan distintos como los abuelos que reclaman una pensión digna, o los padres cuyos hijos fueron asesinados, que exigen el mantenimiento de la prisión permanente revisable.

«La esfera afectiva es más importante que la lógico-verbal», sostienen los autores de La política en el siglo XXI. Nada mejor para ilustrar lo certero de este diagnóstico sobre la política actual que el Pleno del Congreso en el que se debatió la proposición para derogar la prisión permanente revisable. Una discusión sobre el digo Penal convertida en pasto de las emociones, con los padres de los asesinados en la tribuna de oradores, convertidos en los protagonistas principales del debate.

El relato sobre cómo y por qué llegó al orden del día del Pleno la propuesta del PNV para derogar la prisión permanente revisable que había dormido el sueño de los justos en la Mesa del Congreso evidencia que los partidos se mueven en el ámbito de las emociones, a falta de actuaciones políticas concretas, de actividad legislativa o de reformas reales. Son las consecuencias de «una legislatura que está muerta», según el diagnóstico generalizado de todos los actores políticos.

Cada uno de ellos se mueve por su propia emoción. El partido Ciudadanos, por el frenesí y la fogosidad de quien se ve ganador en las encuestas. Para no ser acusado de bloquear las iniciativas de la oposición parlamentaria, decidió dar vía libre precisamente a la propuesta para derogar la prisión permanente revisable. A ésa y no a cualquier otra de las que aguardan sobre cuestiones sociales y de política económica.

El PP, movido por la emoción del miedo y la alarma ante la hemorragia de votantes que detectan los sondeos, agarró el clavo ardiendo y se subió a lomos de una corriente ciudadana mayoritaria que exige el máximo castigo penal para los crímenes más brutales que conmocionan al país.

El PSOE, emocionalmente decaído por su estancamiento y débil, por sus divisiones internas, se defiende como puede de la presión ambiental. El terrible asesinato del niño almeriense Gabriel Cruz acabó colándose en el Congreso en una intervención del portavoz socialista que puso los pelos de punta. Todo ello confluyó en los pasillos, donde los portavoces del PSOE y del PP discutieron agriamente, una vez finalizado un Pleno del que hasta sus protagonistas se abochornaron después.

La política española no se sale de la lógica del escenario teatral, en el que se mueven los actores centrados en sus papeles y pendientes del aplauso o los abucheos del público. El público se alza con el protagonismo político cuando la política no ofrece soluciones concretas a los problemas concretos. La parálisis empieza a pasar factura a los que dirigen el país.

Particularmente a PSOE y PP, los partidos tradicionales que creyeron haber sobrevivido a la crisis en las últimas elecciones, al ser el primer y el segundo más votados. La evolución de la opinión pública, sin embargo, parece indicar que quizá su debilidad no haya tocado fondo.

En todos los países europeos -a excepción de Alemania, y con matices- se aprecia un retroceso de los partidos históricos. Han irrumpido distintos movimientos que han acabado con la hegemonía de las formaciones convencionales. El caso de Francia es el más claro. Pero también ha sucedido en Italia y en otros países centroeuropeos.

En España, el resultado de las elecciones de 2015 y 2016 hicieron pensar que el empuje de Ciudadanos y Podemos había sido frenado por PP y PSOE. Dos años después, el escenario ya no parece tan claro. Los estudiosos de la política y también las sensaciones de los que se dedican a ella perciben que el funcionamiento de las formaciones tradicionales ha dejado de ser eficaz para las nuevas necesidades de la representación política de los ciudadanos.

Tal vez, como sostienen los consultores, sus estructuras verticales se han quedado obsoletas para la nueva época de la comunicación horizontal. El público es cada día más exigente y ya no se conforma con cualquier promesa, ni con eslóganes que antaño eran eficaces. El caso más llamativo es el del PP. Sus dirigentes se lamentan de que todos los intentos por desgastar a Ciudadanos, por su inexperiencia y sus contradicciones, están cayendo en saco roto.

El partido de moda en el círculo rojo español ha cambiado radicalmente de criterio sobre la prisión permanente en cuestión de meses y lo ha hecho con total naturalidad. Si hace tres años era Podemos el que estaba «en gracia de Dios» -según la expresión del socialista José María Barreda– y era inmune a los ataques, ahora es Ciudadanos el que ha tomado el relevo de la gracia del Altísimo. También Podemos y su líder, Pablo Iglesias, aprecian una puerta entreabierta para detener su caída en las movilizaciones populares, que, por cierto, fueron las que impulsaron la creación de esta fuerza política.

 

Manuel A.HIDALGO, “Pensiones: ¿quién tiene la propuesta más larga?” a vozpópuli (15-03-18)

https://www.vozpopuli.com/opinion/Pensiones-propuesta-larga_0_1117389600.html

El debate sobre las pensiones sigue su curso. Las manifestaciones de las últimas semanas y los apremios demoscópicos, en especial para el partido que nos gobierna, el PP, han obligado a los grupos parlamentarios a demostrar al electorado mayor de 65 años que se les escucha, que son sensibles a ellos y que, en consecuencia, algo van a hacer. En este sentido, no son pocas las propuestas que pretenden diseñar una acción que huye hacia adelante proponiendo fórmulas mágicas, en algunos casos, o un “ya se verá” velado en otros. Del debate no podemos esperar demasiado, si acaso algunas reconsideraciones de quien gobierna, pero poco más, sin que por ello de este pueda salir ningún compromiso que asegure las pensiones en el futuro. Solo demostrar ante el electorado quién tiene la propuesta más larga y la empatía más desarrollada.

En cualquier caso, y aunque lo partidos se pongan de perfil, lo que resulta más que evidente es, por un lado, la imposibilidad de mantener esta situación por mucho más tiempo y, por otro, que es absolutamente necesario un debate serio sobre la cuestión que apuntale de una vez y por todas el futuro de las pensiones. No hacerlo, deslizando continuos parches o amenazando con reformas que miren a la dirección de por dónde llega la brisa, supeditará los planes de futuro de millones de españoles a una incertidumbre constante que, a todas luces, tendrá repercusiones negativas en la economía española a largo plazo.

En este asunto se pueden tomar tres posturas. La primera de ellas es cerrar los ojos, pensar que todo es una conspiración de la banca privada y sus secuaces académicos, que solo tenemos un problema de ingresos y poco más. Esta postura propone expandir el gasto y simplemente hacer converger los ingresos. No voy a negar que tenemos en España un problema con los ingresos, por lo que mejorar los mismos para satisfacer las necesidades del sistema es una vía que no se debe descartar. Pero asumir que el coste del ajuste debe ser solo por la vía de los recursos es irresponsable. La carga sobre el resto de la sociedad será enorme llegados no muchos años, lo que sin duda alguna reducirá crecimiento y bienestar al conjunto de la economía española.

La segunda opción, y que es en parte lo que propuso ayer Rajoy, es mejorar el sistema, hacerlo más justo, complementándolo con una mejora de los ingresos, aunque en menor cuantía que la primera de las opciones. La desigualdad entre los pensionistas es muy elevada, por lo que un objetivo razonable sería el de estrechar las diferencias entre los beneficiarios del sistema. Con esta opción sería factible, e incluso deseable, realizar mejoras sustantivas entre aquellos que tienen unos ingresos más bajos y congelar e incluso reducir los ingresos de aquellos que están en mejores posiciones. Como estos últimos suelen tener una vida laboral más prolongada y basada en más experiencia y capital humano, la menor pensión podría compensarse abriendo la posibilidad de compaginar jubilación con trabajo.

La tercera vía es no hacer nada y mantener la última reforma, siguiendo con el ajuste previsto vía caída de la pensión media gracias a la erosión que se espera provoque la inflación. Todas estas opciones, por supuesto, pueden o no complementarse con otras reformas necesarias, como por ejemplo la introducción de cuentas nocionales y/o la introducción de un sistema mixto de capitalización.

En este sentido, la que resulta más insolidaria e injusta es la primera de ellas, no las dos siguientes. El sistema de pensiones supone una transferencia de recursos (de riqueza) entre generaciones que conviven en un mismo momento de tiempo. Nuestro sistema contributivo se basa en que cada uno de nosotros aporta dinero a un subconjunto de la población que necesita de este para sobrevivir una vez los ingresos laborales han desaparecido. También, estas transferencias suelen ir dirigidas a otros subgrupos que, por contingencias de su vida, o no son capaces aún (orfandad) o tiene limitada la capacidad de obtener ingresos. Es evidente que tal programa de transferencias es un pilar indiscutible para la construcción de un estado de bienestar sólido y necesario. El beneficio de este programa de transferencias es el de asegurar a los individuos frente a contingencias para los que en muchos de los casos el mercado no provee los mecanismos de aseguramiento necesarios para que estos se cubran.

No obstante, el sistema no deja de ser un traslado de recursos desde unos individuos frente a otros, y, en segundo lugar, no deja de depender del criterio de quienes nos gobiernan sobre a qué dedicar estos recursos. Que nuestro sistema de pensiones vaya engordando sucesivamente esa “porción” de tarta que va a los pensionistas, en concreto a los jubilados, significa que otros colectivos van a ver cómo de un modo continuo quedarán huérfanos de recursos. Esto, como podrán entender, no es neutral para el bienestar de la sociedad. Otros colectivos como los niños (pobreza o educación) y los jóvenes (formación y desempleo) tienen graves problemas para los cuáles el estado de bienestar español no está dando las respuestas más satisfactorias, siendo de prever que no lo hará en el futuro si no cuenta con los recursos necesarios. Elegir entre estas tres opciones es, en cierto modo, elegir cómo queremos ser solidarios los españoles.

Es por ello que el debate sobre las pensiones no debe centrarse solo en querer saber qué quieren los pensionistas, y en mayor medida los jubilados, sino lo que es óptimo para el conjunto de los españoles. Esto no necesariamente implica que debamos obviar las necesidades de nuestros mayores. No creo que esté en la mente de cualquier ciudadano preocupado. Pero ya dedicamos enormes esfuerzos en este sentido. Pensemos en las jóvenes generaciones y que son aquellas que sostendrán las pensiones del futuro. Olvidemos a los que deben educarse hoy o a los que deben tratar de buscar su mejor y más óptimo acomodo en el mercado de trabajo y cualquier reforma que hagamos de las pensiones será una de tantas que tendremos que hacer en el futuro. Y no precisamente para bien.

 

Isidoro TAPIA, “Las venas abiertas del socialismo español” a El Confidencial (20-03-18)

https://blogs.elconfidencial.com/espana/desde-fuera/2018-03-20/venas-abiertas-socialismo-espanol-pedro-sanchez-psoe_1537493/

El socialismo español está en carne viva. La escuela de gobierno organizada por el PSOE con el objetivo de mostrar su unidad interna, ha terminado como el rosario de la aurora: ha habido ausencias destacadas, tanto de dirigentes actuales (Susana Díaz o Ximo Puig) como pasados (Felipe González o Alfredo Pérez Rubalcaba). Tampoco han ayudado mucho los que sí acudieron: Javier Solana mostró su descontento con el rumbo del partido. Otros, como el secretario de Estudios, pusieron negro sobre blanco precisamente en qué consiste este rumbo: después de denunciar una conspiración galáctica para manipular las encuestas en contra de los socialistas (“una especie de brujería”, dijo), señaló que “hasta los años 80” se hacían encuestas bastante fiables, pero que “últimamente fallan de manera estrepitosa” (una pena la desaparición de Stephen Hawking, porque ya no podemos preguntarle qué pasó entre medias).

¿Qué le ocurre al PSOE? ¿Es Pedro Sánchez víctima o responsable de la división de su partido? ¿Tiene esta arreglo? ¿Cómo condiciona su futuro político, el de los socialistas y, como efecto reflejo, el del país?

En mi opinión, hay dos crisis que se mezclan en el calvario socialista: por un lado, la ideológica, con raíces globales. Hace unos días, en una entrevista con motivo de su nuevo y muy recomendable libro (‘Ganar el futuro’), Joaquín Almunia señalaba que durante su liderazgo a finales de los noventa, de 15 países en la UE había 11 primeros ministros socialistas y otros dos gobiernos con presencia socialista (solo en Irlanda y España estaban en la oposición). En la actualidad, hay cinco gobiernos socialistas de 28 en la UE. El retroceso de la socialdemocracia como opción de gobierno es un fenómeno innegable.

En segundo lugar, están las cuitas locales, los elementos personales y orgánicos. En mi opinión, los problemas de los socialistas españoles tienen más que ver con este segundo factor que con el primero.

Empecemos por lo local. El desgarro interno de los socialistas tiene su epicentro (que no su origen) en los meses de bloqueo político entre 2015 y 2016. Después de las primeras elecciones, Pedro Sánchez intentó una jugada arriesgada: negociar un acuerdo con Ciudadanos y forzar a Podemos a una abstención aritméticamente imprescindible para hacerlo presidente. La jugada le salió mal (seguramente Iglesias perdió más con aquella negativa, qué más importa a estas alturas cómo se reparten las culpas). En la repetición de las elecciones Sánchez empeoró su resultado, y entonces vino el gran drama: los socialistas se resistieron a tener internamente un debate inevitable.

Para mí, el gran mérito de los socialistas alemanes no ha sido pactar con Merkel (todas las opciones tenían sus riesgos y su dosis de responsabilidad). La verdadera lección del SPD ha sido no rehuir el debate. En política hay algo mucho peor que equivocarse: es esconder la cabeza. Los socialistas españoles simplemente se negaron a aceptar que solo había dos opciones, o investir a Rajoy o forzar unas terceras elecciones. Se negó Pedro Sánchez, y se negaron todos los dirigentes territoriales que callaron en los órganos internos. Como en las peores riñas familiares, los socialistas se envenenaron porque callaron mucho más de lo que se dijeron. Que aquella división, en gran medida táctica más que política, haya degenerado en una caldera de odios africanos (o quizás habría que decir hispanos, porque nuestra historia de ajusticiamientos no le va a la zaga a ninguna) es algo que merece una reflexión colectiva de la actual generación socialista, aunque quizás no haga falta, y este enfrentamiento caníbal sea el que los libros de historia señalen como la causa última de la desaparición de la socialdemocracia en España.

Después, como decía, está el debate ideológico. En mi opinión tiene un papel secundario en la crisis de los socialistas españoles, como demuestra que su secretario general se ha vestido prácticamente de todos los ropajes con resultados parecidos (desde proyectarse en una superbandera rojigualda a envolverse en la “nación de naciones”, de pactar con Ciudadanos un programa liberal a convertirse en el azote “de las derechas”). Pero no por ello conviene ignorar el aspecto ideológico.

El otro día, Esteban Hernández (a quien siempre leo con interés, incluso -o sobre todo- cuando no estoy de acuerdo) escribía un artículo titulado ‘Los hombres que han hecho fracasar la socialdemocracia‘. Su tesis, que por otro lado no es nueva, es que los Almunia, Solchaga o Solana, al abrazar el consenso económico neoliberal, sembraron la semilla de la destrucción de la socialdemocracia. Al leerlo, la primera premisa que me chirrió fue la mayor: ¿ha fracasado la socialdemocracia? Porque oyendo a Rajoy estos días defender la sostenibilidad del sistema público de pensiones, es difícil concluir que los socialistas hayan abrazado el consenso neoliberal sino más bien lo contrario. Hoy en día prácticamente todos los partidos (de izquierda, centro o derecha) defienden como propios postulados que hace solo unos años eran considerados “socialdemócratas”: sanidad, educación y pensiones, por ejemplo. Hace años, Milton Friedman se quejaba amargamente que el Estado acompañaba al ciudadano de la “cuna a la tumba” (‘from cradle to grave’): hoy este eslogan podría ser el credo de cualquier partido de centroderecha. Tal vez la socialdemocracia acabe muriendo, pero en todo caso será de éxito, más que por haber fracasado.

Mi segunda reserva al artículo es cuando enumera unos socialistas” (Almunia, Solchaga, Solana) dando a entender que había otros cuyas tesis podían haber “salvado” a la socialdemocracia de haberse aplicado. Las políticas nonatas de izquierda son los sueños incorpóreos de muchos intelectuales, propuestas que nunca vieron la luz porque una (supuesta) conspiración lo impidió. La realidad es que, la mayor parte de las veces, en la práctica no existen realmente dos modelos. Sin duda, hay sensibilidades ideológicas diferentes, pero cuando se trate de ponerle letra a la música, las partituras escasean. Al ‘apparatchik’ ideológico del ‘nuevo’ PSOE no le falta bagaje intelectual. Todos leyeron la obra ‘Los límites al crecimiento’ del primer Club de Roma, y han seguido leyendo las sucesivas ediciones que, con diferentes títulos, han anunciado el fin del mundo desde entonces. El problema es que este grupo siempre estuvo más interesado en la reflexión que en la acción política, de la que se aburrían tan pronto como acababa el capítulo de David contra Goliat. A finales de los noventa, al mando del PSOE, tuvieron ocasión de elaborar su propia propuesta política. En lugar de hacerlo, dedicaron sus cinco minutos de fama a cambiar el logo socialista por una alcachofa, y a explicar en un debate sobre el estado de la nación por qué la seguridad social estaba en quiebra, con una presciencia que solo ahora, veinte años después, hemos entendido.

La realidad es que las ‘dos almas’ del socialismo español tal vez existan en la caverna de las ideas, porque en la práctica nunca existieron. Solchaga cuenta en sus memorias que nunca hubo propiamente una propuesta alternativa a su “reconversión industrial”, como tampoco hubo un plan de seguridad social distinto al de Almunia, o una propuesta sobre administraciones públicas que compitiese con la de Eguiagaray. Si había dos modelos ideológicos, dos propuestas diferentes sobre políticas públicas, nunca lo supimos, porque una de las partes solo participaba como ‘oyente’ en los consejos de ministros. O quizás la hubo, pero debió de quedarse atrapada en el mismo agujero negro en el que estuvo el secretario de Estudios socialista cuando faltó de este mundo.

¿Puede Pedro Sánchez restañar las cicatrices y coser el partido? Tal vez resulte más fácil la respuesta si cambiamos de época y de personaje: ¿podría Nixon recomponer la convivencia en Vietnam? Pero es que Sánchez no es Nixon sino Ho Chi Minh, dirán algunos. La pregunta-respuesta viene a ser la misma: ¿estaría en condiciones de coser el partido? El Partido Socialista se ha convertido en una hoguera desde que las primarias del año pasado lo rompiesen por la mitad. Da igual donde se sitúen unos y otros, porque el resultado viene a ser el mismo: los que están cerca de su líder, se convierten en brasas. Los que están lejos, en cenizas.

Mientras los socialistas celebraban su escuela de gobierno, Ramón Jáuregui anunciaba su retirada de la política. Una pena que no fuese invitado a la escuela (o que declinase la invitación, tanto me da) porque pocos socialistas pueden hablar sobre qué es gobernar con más autoridad que Jáuregui, representante de nuestra mejor tradición política: firme en los principios, aunque siempre abierto al diálogo y a la negociación. Esa ‘rara avis’ que todavía entiende la política como la búsqueda de espacios comunes, como transigir más que imponer.

A Jáuregui, Pedro Sánchez le dedicó un tuit de despedida, tan frío como la mañana que hacía en Madrid. El secretario de Economía socialista, ni eso, ocupado como estaba en retuitear con entusiasmo el artículo que declaraba el óbito de la socialdemocracia y señalaba a sus culpables.

A estas alturas, a nadie debería sorprender que el ‘nuevo’ PSOE quiera reinventar la izquierda. Buena suerte en tan encomiable tarea. Lo que resulta más difícil de entender es que para ello tenga que repudiar lo mejor de su historia, su verdadera escuela de gobierno: a los Almunia, Jáuregui, Solana o Solchaga. Si los socialistas quieren hundirse en el diván de la historia, nadie podrá impedirlo. Pero, por lo menos, que nos respeten la memoria.

 

Daniel INNERARITY, “Tiempo de reflexión” a La Vanguardia (17-03-18)

http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20180317/441574061525/tiempo-de-reflexion.html

Escribo este artículo desde mi simpatía con la causa nacional catalana y mi desacuerdo estratégico con el procés. Siempre he pensado que había en él no sólo equivocaciones tácticas, sino también errores de diagnóstico. Desde la perspectiva de quienes lo han liderado (prescindiendo ahora, por tanto, de los errores y comportamientos antidemocráticos de quienes se han opuesto a él), creo que el soberanismo catalán en su conjunto tiene que hacer una profunda reflexión. La mayor responsabilidad le corresponde al Estado, que se ha cerrado al diálogo, ha empujado a la mayoría soberanista del Parlament a una carrera desesperada y ha actuado finalmente con una arbitrariedad injustificada. Pero el nacionalismo catalán tenía que haber ­jugado otras bazas. Después de lo que ha pasado, ¿a quién ha fortalecido y a quién ha debi­litado?

El soberanismo ha cometido un error similar al del Estado: minusvalorar al adversario. El Estado no tiene legitimidad suficiente para imponerse y los nacionalistas no tenían el respaldo necesario (interno e internacional) para llevar a cabo un proceso de estas características. El efecto colateral de la irresponsabilidad del Gobierno español es la desconexión práctica de muchos catalanes que, sin haber conseguido la independencia, han desconectado completamente del proyecto de España, y el efecto colateral del soberanismo es que ha fortalecido las tendencias más reaccionarias del Estado y la sociedad española.

Cuando hablo de renovación conceptual lo digo con un cierto tono pesimista respecto del presente inmediato. Los ciudadanos de una nación sin Estado no tenemos otro remedio que indagar en los huecos que se abren en los sistemas en crisis, adivinar qué juegos sustituirán al viejo sistema de estados soberanos y abrirnos a esas nuevas lógicas. Podemos ser más que un Estado, debemos ir hacia una mayor “no dependencia”, dejar en un segundo plano la batalla por la soberanía formal y darla por una soberanía real, hacia lo que podríamos llamar una independencia de hecho ya que la de derecho no resulta posible, mientras ampliamos el campo de la propia base electoral (sabiendo que esto nos exigirá una formulación un tanto más laxa de nuestra idea de nación), distinguir siempre entre aspiraciones, derechos y oportunidades… En este momento veo que nos vamos enredando en el lenguaje de los héroes y las traiciones, los programas de máximos y los lamentos acerca de lo malo que es el adversario, una batalla que ahora está dominada por los guardianes de las esencias y los melancólicos.

Para las fuerzas soberanistas se abre un tiempo de reflexión en el que tendrán que repensar muchas cosas, no solamente las relativas a su estrategia, sino también al marco conceptual. Me permito sugerirles que piensen menos en el Estado y más en la sociedad. Si partimos de la convicción democrática de que nada puede hacerse en política sin contar con la ­libre adhesión de la gente, examinemos con sinceridad lo que dice la gente. Las pasadas elecciones desinflaron la expectativa de que las fuerzas unionistas despertaran y se configurara una nueva mayoría, pero la mayoría nacionalista resultante sigue siendo exigua para una independencia, pese a que algunos habían puesto sus esperanzas en que la torpe acción del Estado les diera un salto cuantitativo. La realidad sociológica de Catalunya nos ofrece un resultado muy per­sistente cuando se plantean los términos del problema en clave de confrontación. Y al mismo tiempo sigue habiendo una gran mayoría (huérfana en estos momentos) que desearía un avance sustancial en el autogobierno pero sin unilate­ralidad. No soy un ingenuo y comprendo las dificul­tades existentes. No estoy seguro de que una for­mulación ampliamente respaldada en Catalunya fuera a encontrar en España un interlocutor con mejor receptividad que la que tuvo el Estatut, ahora menos que antes. Hemos de reconocer que uno de los efectos colaterales del procés ha sido precisamente la destrucción de la confianza recíproca, el fortalecimiento de las posturas que prefieren la confrontación al diálogo. Pero el nacionalismo haría bien en reflexionar acerca de las opciones que tiene delante y que se han reducido tras el fracaso de la estrategia uni­lateral.

Que algo sea inverosímil en las circunstancias actuales no me impide afirmar que terminaremos tarde o temprano en un proceso de negociación. Tiene que pasar un tiempo para que unos y otros comprendan que tanto la imposición como la unilateralidad son estrategias que no dan más de sí. Ese estancamiento juega a favor del statu quo, por supuesto, pero ahora sabemos que determinadas maneras de ejercer el contrapoder democrático pueden servir incluso de coartada para la regresión.

La única salida del soberanismo es salvaguardar la pluralidad de la ­sociedad, no para que una parte venza a la otra, además de por convicciones democráticas, por un cálculo de utilidad: en una confrontación de mayorías siempre salimos perdiendo. En este sentido me identifico con la tradición republicana en filosofía política: la democracia no es un sistema para permitir el poder de la mayoría sino para impedir la dominación de la mayoría. Y en política conviene no olvidar que nadie tiene asegurado que nunca se convertirá en minoría.

Lo que enseña la teoría de juegos

La teoría de juegos explica cuáles son las intrincadas lógicas que funcionan cuando interactúan diversos agentes en un contexto dinámico. Lo principal es aumentar siempre las propias opciones. En el caso concreto que nos ocupa, los dos grandes actores han ido reduciendo esas opciones; cada paso disminuía el campo de sus posibilidades, hasta el punto de que finalmente ninguno podía hacer otra cosa que lo que hicieron (convocar el referéndum o aplicar el 155). Era un caso típico del célebre “juego del gallina”, en el que gana quien frena más tarde cuando dos coches se dirigen hacia un precipicio. El resultado final es que ambos han perdido, aunque Catalunya en mayor medida.

El resultado de todo ello es que ahora estamos peor que en el punto de partida. El Estado no va a abrir ese cauce y el tensionamiento político tampoco tiene la posibilidad de hacerle desistir. A quienes justificaban continuar el procés en virtud de que el Estado no se avenía a negociar, les preguntaría si ahora consideran más factible una negociación de ningún tipo. La política tiene que tomar siempre en consideración los efectos secundarios de las decisiones, en este caso, el resurgimiento de un nacionalismo español que lo hará todo más difícil y en relación con el cual la simple recuperación de la autonomía parecerá una gran conquista. Esto debía haberse calculado. El hecho de que la represión del Estado me parezca absolutamente injustificable no me impide considerarla como algo que cualquiera podía haber previsto. Una vez más, la teoría de juegos puede enseñarnos hasta qué punto seguir avanzando en la dirección equivocada puede dar lugar a que el adversario se fortalezca.

 

Entrevista d’Steven Forti a  Vittorio “Bobo” CRAXI a CTXT (20-03-18): Le pregunté a Puigdemont: ‘¿volverías al Estatut?’ Me contestó: ‘¡Ojalá!’

http://ctxt.es/es/20180314/Politica/18472/Entrevista-Italia-Craxi-Catalunya-proces.htm#.WrJqkpJs-2U.twitter

Mucho se ha escrito sobre el octubre catalán. Sin embargo, nos faltan aún muchas cosas por saber, sobre todo desde la perspectiva internacional. Se habló, por ejemplo, de dos comisiones que intentaron –o eso parecía– abrir canales de diálogo para una posible mediación europea. Una era la suiza. Otra era la italiana. El 20 de septiembre se publicó, efectivamente, un llamamiento al diálogo firmado por importantes personalidades políticas transalpinas, como Romano Prodi, Piero Fassino y Vittorio Craxi. De la italiana, hoy, sabemos mucho más.

Antiguo dirigente socialista, hijo de Bettino Craxi –presidente del gobierno italiano entre 1983 y 1987 y secretario del PSI entre 1976 y 1993–, Vittorio “Bobo” Craxi (Milán, 1964) fue miembro del gobierno de centroizquierda que lideró Romano Prodi entre 2006 y 2008, ocupando el cargo de subsecretario de Asuntos Exteriores. En esta entrevista con CTXT habla del papel que jugó la comisión italiana y de un encuentro celebrado con el mismo Puigdemont justo después del 1-O. Además, proporciona algunas informaciones importantes desde la perspectiva internacional. Se dio por cierta una injerencia rusa en el procés, pero parece que se debería mirar al otro lado del Atlántico para entender las infinitas declaraciones sobre el futuro reconocimiento de la República catalana que hicieron los dirigentes independentistas hasta el mes de octubre. El rol de Estados Unidos, los juegos de desestabilización llevados a cabo por los nuevos actores internacionales, la crisis de las clases dirigentes europeas, la ingenuidad de los líderes del procés… De todo esto se habla en esta entrevista, previa a la publicación en Italia de Lettere da Barcellona (Biblion Edizioni), un libro del mismo Vittorio Craxi sobre los acontecimientos catalanes.

¿Cómo se interesó por el Procés catalán?

A mediados de septiembre los eventos concitan un interés internacional. Me di cuenta de que los acontecimientos no habían tenido una salida ordenada por razones objetivas. Hablé con Romano Prodi, por haber participado en su último Gobierno y porque sabía que Prodi, como comisario europeo y, también posteriormente, había tenido una relación particular con España y con personalidades de la Generalitat, tanto con Mas como con Puigdemont, que tras su elección en 2016 participó en un congreso en Bolonia [donde reside Prodi]. Percibí que se estaba gestando una escalada del conflicto. Es decir, que la determinación independentista se había hecho más fuerte, y así también la determinación del Gobierno central para impedirla. Lo que pasó es que los independentistas no esperaban que el Estado pudiese controlar el territorio tan rápidamente, y el Gobierno central no esperaba que los independentistas pudiesen llevar hasta las últimas consecuencias su voluntad a través una votación considerada ilegal.

¿Alguien se puso en contacto con usted?

La petición vino del ámbito independentista. Habían leído mis artículos en algunos medios italianos sobre el tema catalán. Me contactaron personas cercanas al núcleo del Govern que buscaban desesperadamente conexiones europeas. Buscaban una atención mayor a nivel mediático. Es sintomático que la atención sobre los acontecimientos catalanes paradójicamente fuera menor durante los atentados del 17 de agosto. Personalmente,  considero que los atentados, directa o indirectamente, sirvieron para señalar que existe en el corazón de Europa un problema político. De hecho, el efecto del 17-A es el de encender una especie de faro. Y los independentistas se dan cuenta de ello si pensamos en las protestas durante la manifestación contra el terrorismo del 26 de agosto. Entienden que la crisis no puede ser sólo hispano-catalana, así que buscan internacionalizarla con la idea veleidosa de que pudiesen encontrar la benevolencia, o la no beligerancia, de los Estados de la UE.

¿Qué se propuso hacer tras ese primer contacto?

Creí que era necesario que de alguna manera las instituciones europeas interviniesen para intentar, si no una mediación, sí para dar una señal de que no había ninguna distracción sobre lo que estaba pasando aquí. Escribí un texto y lo envié a personalidades italianas con peso político. Lo firmaron Prodi [presidente de la Comisión Europea entre 1999 y 2004; presidente del Consejo italiano entre 1996 y 1998 y entre 2006 y 2008] y Piero Fassino [ministro en dos ocasiones en los gobiernos de centro-izquierda; secretario de los Demócratas de Izquierda entre 2001 y 2007; alcalde de Turín entre 2011 y 2016]. Además, lo firmé yo también pensando que mi nombre pudiese suscitar algún recuerdo en el socialismo español. Busqué otras personalidades. Algunos lo rechazaron de forma educada por distintas razones. Sabía por ejemplo que el centro-derecha italiano tiene buenas relaciones con Rajoy, aunque Berlusconi criticó la utilización excesiva de la fuerza tras el 1-O. El llamamiento se publicó en La Vanguardia el 20 de septiembre.

¿Qué objetivo tenía el llamamiento?

Hacer llegar el mensaje de que la cuestión nos preocupaba mucho. No había ninguna idea de ir más allá.

¿Suponía una involucración directa del Gobierno italiano? ¿O del Partido Demócrata (PD)?

Nunca pensé en un rol italiano en los acontecimientos. Habría sido un error involucrar directamente a nuestras instituciones democráticas. Pero no podía ser tampoco un genérico manifiesto de intelectuales. Fassino representa al PD y a sus relaciones internacionales. Y Prodi representó durante años a nuestro país y también a las instituciones europeas. De hecho, cuando Puigdemont no sabe qué hacer, es Donald Tusk el que le saca las castañas del fuego [el 10-O]. Tusk es en realidad un ventrílocuo de Merkel. Pero Merkel no puede entrar directamente en la cuestión catalana.

En los días siguientes, ¿tuvo otros contactos en Italia?

Tras el 1-O, intenté contactar con la Iglesia católica. Me hicieron llegar que no querían ocuparse de la cuestión. Sabían que por parte de la Iglesia catalana había un cierto apoyo al independentismo y que la postura de la Iglesia española era de cerrazón.

¿Vino a Barcelona tras el 1-O?

Sí, la noche del 2 de octubre. Al día siguiente me llama un amigo italiano cercano a los independentistas, Nicola Padovan. Me dice que Raül Romeva quería verme. Llega una invitación para cenar la noche del 4 de octubre en el Palau de la Generalitat .

¿Quién estuvo en la cena?

Romeva, Puigdemont, Padovan y yo.

¿De qué hablaron?

Confirmé mi interés de echar una mano para una mediación en el caso de que hubiese sido una opción posible. No se trataba de una mediación entre Estados, sino sencillamente de facilitar un diálogo en una dirección. Me permití también hacerles unas sugerencias. Al no tener una mayoría absoluta consistente y al rechazar claramente el conflicto armado –y Puigdemont asentía–, les recordé la vieja enseñanza de los reformistas: para que tus ideas sean convincentes, deben ser convincentes para los demás. Así que insistí en que fuese a Madrid, lo que le propuso más adelante también Iceta, el inteligente líder de los socialistas catalanes y teórico de la Tercera Vía. E insistí también para que convocase elecciones antes de que las convocase Rajoy.

La noche anterior se había emitido el mensaje del Rey.

Puigdemont estaba muy decepcionado. “Si hubiese pronunciado la palabra diálogo, me hubiese quedado entre la espada y la pared”, me dijo. Me pareció sincero. Me comentó también que pensaba que la República catalana podría ser aceptada en la nueva Europa.

¿Le pareció ingenuo?

Entiendo que Europa reactivó los volcanes apagados por la historia. Pero es difícil pensar en una Cataluña separada del resto de España. Le hablé de otras posibles soluciones. Nombré Baviera. Puigdemont asintió. Entonces le pregunté: “¿Estarías a favor de volver al Estatut?” Y contestó: “¡Ojalá! Pero Madrid no concede nada. Estamos obligados a hacer todo esto.”

¿Todo se hizo en realidad para volver al Estatut?

No lo sé. Lo que entendí es que habían tenido unas conexiones internacionales que luego han desaparecido.

¿Con quién?

Esa noche le dije a Puigdemont: “Estos americanos hacen siempre así con todo el mundo…”. Él asintió. Un tema es desestabilizar Europa y utilizar estos movimientos… Otro es ir hasta las últimas consecuencias.

¿Qué papel tuvo Estados Unidos?

Imagino que no prometieron nada. Sencillamente no miraron con antipatía el proceso. El Govern pensó en algún reconocimiento. Hay una forma de naïveté, de ingenuidad, en todo esto. El tema es que cuando Trump se reúne con Rajoy a finales de septiembre dice claramente que la alianza atlántica no puede contemplar separaciones dentro de su territorio. Ahí hay una negligencia política fundamental: lo de la OTAN era la primera cuestión que los independentistas tenían que verificar. Lo que pasa es que vivían dentro de su épica.

¿Jugaron un papel también Israel y Rusia?

No tengo pruebas, son sólo mis percepciones. Seguramente los israelíes tienen conexiones muy importantes en Cataluña. Y los rusos se sabe que intentaron utilizar el tema catalán para desestabilizar Europa, como hicieron con otros procesos y movimientos políticos. Observando la geopolítica del Mediterráneo, la desestabilización catalana tenía un doble objetivo: el reflejo de la desestabilización española en la UE y, como ballon dessai, servía para ver si es factible una nueva configuración de un mundo global en que se pueden cambiar las reglas que se ha dado la UE. Una Cataluña que se convirtiera en una gran Andorra, con ventajas fiscales, hubiese sido útil para permitir el ingreso de capitales y, posteriormente, para crear posibles nuevas alianzas internacionales.

¿Quién pensó en esto?

Se trata de intentos… El nuevo orden mundial es en realidad un nuevo desorden mundial en que es obvio que se insertan elementos de desestabilización. En el caso catalán, además, eran a coste cero porque se aprovechó algo que ya existía. Cuando se crean unos vacíos, siempre hay unas fuerzas externas que interaccionan. Piénsese en la crisis institucional en Italia con el escándalo de Tangentopoli y el final de la Primera República. Con la crisis de la hegemonía anglo-estadounidense, los players internacionales son muchos: China, Rusia y diferentes potencias regionales con cierta influencia, sobre todo en el Mediterráneo (Turquía, Irán, Arabia Saudí, Israel, Qatar). Todo esto no es ajeno a lo que ha pasado aquí. Estamos demasiado concentrados en pensar la crisis catalana como una variable independiente de la originalidad hispánica. En realidad es una falla tectónica mucho más grande de un sistema de alianzas.

¿Los dirigentes independentistas han sido utilizados?

Creo que hubo una aceleración debida a condiciones más favorables. No veo contradicciones en esto con la afirmación europeísta de los independentistas. En esto se parecen a los 5 Estrellas. Ellos tampoco se decían antieuropeístas al principio. Sin embargo, la inercia les lleva obligatoriamente hacia otro tipo de adhesión.

¿Tuvo otros contactos con el Govern posteriormente?

Al día siguiente de la cena en el Palau llamé a Romeva y le dije que fuera  inmediatamente a Bruselas para hablar con alguien. ¿Qué sentido tenía que se quedasen con los brazos cruzados en Barcelona? Romeva fue a Bruselas, intentó hablar con Tajani [presidente del Parlamento Europeo y miembro del Partido Popular Europeo] y otros dirigentes europeos, pero nadie le contestó. Insistí para que no se aislaran.

Lo que pasó después…

Sí, efectivamente. Puigdemont no quiso convocar elecciones y cayó en la trampa que le tendió Rajoy. De todos modos, cuando se llegó a un acuerdo el 25 de octubre, hubo una actuación inútilmente jacobina de ERC.

¿Qué ha quedado al final del Procés?

Por un lado, la prueba de que existe una crisis de las clases dirigentes en Europa. Tras la crisis de las ideologías, la única cosa colectiva que queda es la mística de la nación. Por el otro, una cosa que me despierta curiosidad: los revolucionarios en la historia han declarado siempre que su objetivo era el de obtener el poder. Aquí sin embargo el grupo dirigente independentista estaba en el poder. Hicieron una revolución para perder el poder. Es una paradoja política. Pensaban obtener la independencia y han perdido la autonomía. Este es el resultado dramático de estos acontecimientos.

¿Qué escenarios futuros prevé?

Creo que los independentistas deben volver a un minimalismo para no perder completamente la autonomía. Y sobre todo declinar el cosmopolitismo de Barcelona, que no debe ser tanto la capital de Cataluña, sino la capital del sur de Europa. No el punto de referencia de los valles catalanes, sino de todo el Mediterráneo. Es la ambición lo que debe ser diferente.

¿Cuál es la visión desde fuera de la presencia de Puigdemont en Bélgica?

Puigdemont elige Bruselas simbólicamente porque es la capital de la UE, pero en realidad porque puede gozar del apoyo de los nacionalistas flamencos. Ha creado una crisis en Bélgica por la fragilidad de su sistema político. Puigdemont juega con el recuerdo de Tarradellas y la épica de los gobiernos en el exilio, intentando que pase el discurso de que en España no hay democracia. No lo consigue, aunque suscita algún interrogante. Es cierto que si hubiese una mayor estabilidad en Europa, se pediría a Rajoy que abriese unos canales de diálogo, quizás con una amnistía…

¿Cuáles han sido los errores de Rajoy?

El de no haber gestionado un problema político imaginando que la victoria sobre el independentismo le traería ventaja electoral. Ha sido un cálculo cínico que además ha producido la no irreductibilidad del cuadro dirigente independentista, el surgimiento de posiciones más nacionalistas que las del PP y el reforzamiento de un partido minoritario como Ciudadanos.

¿Ha entrado en crisis la Monarquía?

Sí, como factor de estabilidad institucional. Cuando se utiliza el poder judicial para resolver las controversias políticas, las crisis de sistema acaban por perpetuarse. Se rechazan los razonables compromisos de los cuales hablaba Narcís Oller. Enarbolando las Constituciones, que deben siempre ser actualizadas por el paso del tiempo, no se resuelve nada. Los Estados-nación han entrado en crisis con la aceptación de los vínculos externos. Y esto se ha manifestado en manera distinta según cada país: el Brexit, el caso griego, los resultados de los populistas en las elecciones italianas, la crisis catalana…

¿El independentismo catalán puede ser tildado de populismo?

Cuando veo el pueblo que se manifiesta en las plazas animado por una pasión, me hago siempre algunas preguntas. Solemos identificar este espíritu con el neologismo populismo o “pueblocracia”, como la llama Marc Lazar. Sin embargo, en el caso catalán percibo un sentimiento nacional o identitario que es el estatuto de la derrota perenne. Aunque la hayan llamado la revolución de las sonrisas, hay una gran melancolía de fondo. Es la eterna búsqueda de la isla que no existe. Es algo bastante infantil. No he visto la rabia contra el opresor por la liberación, como en Palestina. Aquí se habla de libertad, pero no se puede decir que no haya libertad. Es una melancolía que atraviesa toda Europa, que vive el mayor nivel de bienestar, pero está insatisfecha y frustrada.

¿El cierre identitario puede convertirse en algo más preocupante?

Todo nacionalismo es un movimiento reaccionario. Esta conexión con la identidad y la nación es hija de la gran crisis de las familias políticas que gobernaron Europa tras 1945, la popular-conservadora y la socialista. Cuando entran en crisis, paradójicamente justo después de la derrota de su enemigo internacional –el comunismo–, se vuelve al viejo nacionalismo. Es una ola. No se resuelve con nuevas elecciones. Esta vuelta caprichosa a ideas que no llevan a ningún lado se supera sólo con nuevas ideas. ¿Cuáles? Los Estados Unidos de Europa y la unión política y comercial del Mediterráneo. Las nuevas generaciones deben buscar nuevos objetivos en vez de volver a la épica de sus abuelos. Esto debería enseñarnos la historia.

 

Miquel MOLINA, “Ideas para un renacimiento” al suplement de La Vanguardia (17-03-18): “Idees per rellançar Barcelona”

http://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20180317/441544593147/ideas-para-un-renacimiento.html

De capital global a ciudad con rumbo incierto. De reclamo para la inversión a urbe aturdida por los embates de quienes la usan como escaparate de sus querellas. En definitiva, de Ciudad de los Prodigios a territorio meme. Porque, en ­ausencia de proyecto de futuro propio, Barcelona se expone a servir de terreno propicio para las ocurrencias: de la capital de Freedonia a Tabarnia.

El cómo hemos llegado hasta aquí será materia de análisis por parte de los estudiosos del proceso soberanista, por parte de los expertos en desarrollo urbano o por parte del autor de ficción que se atreva a meterse en ese barrizal. Pero a un medio como La Vanguardia, comprometido históricamente con la proyección global de Barcelona, más que determinar responsabilidades por los errores cometidos, le corresponde ahora hacer inventario de daños y proponer ideas para volver a colocar la ciudad en la órbita de los lugares a donde todo el mundo quiere ir y donde todo el mundo quiere vivir.

El independentismo no ha acabado de darse cuenta de que al situar Barcelona en el epicentro de su puesta en escena reivindicativa erosionaba la imagen exterior de la ciudad (tan necesaria, dicho sea de paso, para la proyección al mundo de una hipotética Catalunya independiente). Mientras, en el Madrid político, que hizo oídos sordos a la propuesta de bicapitalidad cultural que le formuló el Ayuntamiento de Barcelona, hay quien asiste con indisimulada satisfacción a la pérdida de fuelle de su metrópoli rival. Tampoco está libre de culpa la propia sociedad civil barcelonesa, que dormita anestesiada por la opulencia de épocas pasadas.

Pero el aspecto positivo de la crisis de reputación que ha sufrido Barcelona es que alguna cosa empieza a cambiar en ese sentido. Ya no son infrecuentes las cenas o los foros ciudadanos en los que se apela a concentrar esfuerzos y talento para relanzar la ciudad, sin esperar a que el poder político asuma el liderazgo. Es en ese contexto que La Vanguardia pone estas páginas al servicio de este renacimiento barcelonés que se debe sustentar –no hay otra alternativa posible– en una renovada alianza entre las administraciones y la sociedad civil.

La palabra clave, en este nuevo escenario, es conexión. La ausencia de un liderazgo carismático como el que ejerció en su época el alcalde Pasqual Maragall ha derivado en los últimos años en una atomización de las energías y de la creatividad. Es legítimo considerar que esa dispersión no es en sí misma negativa: cada barcelonés tiene una idea de lo que debe ser su ciudad. Pero el restablecimiento del prestigio de la marca es imprescindible para resituar a Barcelona en el nivel en el que se propician las inversiones y, con ellas, la creación de empleo de calidad. Y esa recuperación de la marca requiere de políticas coordinadas.

Es necesario establecer una conexión entre la economía clásica y el ecosistema que configuran las empresas emergentes con un fuerte componente tecnológico, un sector que ha favorecido el aterrizaje en la ciudad de una comunidad extranjera de alto nivel cultural. Urge, en consecuencia, conectar a estos expatriados con el tejido asociativo local: conocemos demasiados casos de personas con talento que finalizan un periodo sabático o laboral en la ciudad habiéndose relacionado sólo con personas de su propia nacionalidad. Urge una colaboración entre el polo de excelencia científica que tiene sede en Barcelona con el mundo cultural barcelonés, vasos incomunicados en una ciudad que lo tiene todo para sobresalir en la combinación del arte y la ciencia. Sería también interesante conectar la emergente cultura llamada de base con las grandes instituciones, configurando un recorrido formativo que pueda arrancar en una escuela municipal o en un centro cívico y que tenga como meta el Liceu o el MNAC. Se impone reforzar, de una vez por todas, los vínculos entre el municipio de Barcelona y su área metropolitana, restituyendo la personalidad política de un continuo urbano con muy pocos equivalentes en el sur de Europa.

La política de favorecer que la creatividad viaje en red debería ir acompañada de una apuesta por aquellas propuestas identificadas como estratégicas. Es cuestión de tener claras las prioridades. Hay que actuar con determinación, por ejemplo, en el entorno empresarial del Mobile World Congress. Ya no se trata de si el congreso se queda o no en Barcelona –ese es otro frente–, sino de hasta qué punto logrará Barcelona sacar provecho estructural de su ventaja de ser sede del certamen. Sólo ahora empieza a apuntar un tejido tecnológico autóctono que crece en paralelo al Mobile, con las redes 5G como objetivo de referencia. Y es ahora cuando se hace más evidente que nunca su capacidad de atraer talento.

Habría que evitar la frustración que causa resucitar cada cierto tiempo viejos proyectos recurrentes: Barcelona ya llega probablemente tarde al reparto de las grandes ferias de arte, pero, en cambio, se ha convertido en la ciudad que imitar como organizadora de festivales musicales. La industria editorial, el videojuego, la inteligencia artificial, la arquitectura, la gastronomía, la educación superior, el deporte, la atención hospitalaria de calidad, la investigación biomédica, la fotónica, el pensamiento o la supercomputación son otros sectores en los que debe asentarse la recuperación barcelonesa.

Pero, sobre todo, es necesario recuperar un intangible que ha sido un elemento determinante en los periodos más dinámicos y exitosos de la historia reciente de Barcelona: nos referimos a la autoestima de los barceloneses, bastante devaluada desde que el debate sobre el modelo de ciudad ha quedado eclipsado por la controversia sobre el modelo de relaciones entre Catalunya y España. Conseguirlo depende de los liderazgos, no necesariamente políticos.

 

Manuel ARIAS MALDONADO, “Populismo: anatomía del espectro” a Revista de Libros (21-03-18)

https://www.revistadelibros.com/articulos/populismo-anatomia-del-espectro

Populismos

Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán

Madrid, Alianza, 2017

304 pp. 18 €

Contra el populismo. Cartografía de un totalitarismo posmoderno

José María Lassalle

Barcelona, Debate, 2017

128 pp. 15,90 €

Geografía del populismo. Un viaje por el universo del populismo desde sus orígenes hasta Trump

Ángel Rivero, Javier Zarzalejos, Jorge del Palacio (coords.),

Madrid, Tecnos, 2017

456 pp. 22 €

 

Si 2016 fue el año del populismo, coronado por la victoria de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses y la decisión de los votantes británicos de abandonar la Unión Europea, 2017 fue el año en que se frenó su irresistible ascenso: esperábamos lo peor y lo peor no llegó. Pese a la incesante alerta mediática, no se concretó ninguna de las amenazas previstas: el partido de Geert Wilders apenas subió cinco escaños en las elecciones holandesas, Marine Le Pen cayó con estrépito en la segunda ronda de las presidenciales francesas y Norbert Hofer, candidato de la ultraderecha a la presidencia de Austria, no logró superar al político verde Alexander Van der Bellen. A ello podríamos añadir el fracaso del procés independentista en Cataluña, fenómeno nacionalista de tintes populistas, así como la creciente sensación de que el Brexit ha sido un fenomenal error colectivo cometido en nombre del pueblo. Si el proverbial espectro recorría Europa, en fin, dejó su sitio a un hondo suspiro de alivio.

No obstante, el riesgo de contagio populista está lejos de haberse conjurado. Ya hemos tenido algún indicio de ello: mientras los populistas austríacos forman parte de la nueva coalición conservadora que gobierna su país, los líderes de Polonia y Hungría siguen empeñados en construir democracias «iliberales» sin merma de su popularidad. Por añadidura, 2018 puede traer alguna sorpresa desagradable: los Demócratas Suecos ‒que ya son el tercer partido en el parlamento‒ podrían ganar hasta cuatro puntos en las elecciones generales de este año y el Movimiento Cinco Estrellas italiano exhibe una preocupante fortaleza en las encuestas, confirmada en las elecciones legislativas del pasado 4 de marzo. Las tendencias de fondo, en fin, son las que son: de acuerdo con un estudio dirigido por el politólogo Yascha Mounk para el Tony Blair Institute, el voto populista en la Unión Europea ha pasado del 8,5% de media en el año 2000 al 24,1% en la actualidad. Así que el alivio quizá sea prematuro.

A cambio, el retorno del populismo ha servido para demostrar la capacidad de las sociedades liberales para estudiar sus propias patologías. En los últimos dos o tres años, las publicaciones académicas y los reportajes periodísticos sobre las distintas facetas del populismo han aumentado a ojos vista, nutriendo una conversación pública que también le ha prestado la atención que merece. El resultado ha sido un proceso de aprendizaje social que testimonia la potencia epistémica de los regímenes liberales. Ya no podemos decir que se ignora lo que sea exactamente el populismo, despacharlo como una mera Schimpfwort o reproche que se lanzan unos actores políticos a otros con objetivo de deslegitimarlos, ni sostener con brocha gorda que todos los partidos son populistas. Sabemos lo suficiente, y cada vez sabemos más. Cuestión distinta es esperar que las ciencias sociales proporcionen axiomas predictivos o dibujen soluciones políticas infalibles: como eso no es posible, tendremos que conformarnos con un conocimiento sistemático, que aventura hipótesis difíciles de contrastar, y con recomendaciones orientativas de las que el sistema político puede servirse.

Buena prueba del interés creciente por el problema del populismo es la aparición en España, durante los últimos meses, de los tres libros aquí reseñados. Son trabajos de distinto enfoque y extensión, que se aproximan a su objeto desde ángulos diferentes, pero complementarios. Acaso el más completo sea el volumen firmado al alimón por los académicos Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán, por su voluntad de aunar la teoría política con el análisis de las hipótesis empíricas y los ejemplos concretos, a partir de una revisión exhaustiva de la literatura existente. Nutrido con una amplia nómina de autores, por su parte, la Geografía del populismo editada por Ángel Rivero, Javier Zarzalejos y Jorge del Palacio es una inmejorable introducción a los abundantes fenómenos populistas de ayer y hoy, desde Getulio Vargas a Viktor Orbán, acompañada por un conjunto de consideraciones teóricas acerca de la naturaleza del tema de estudio. Finalmente, el político y ensayista José María Lassalle ha escrito un ensayo breve y condensado, prescindiendo de todo aparato bibliográfico, que indaga originalmente en las causas y los peligros del populismo a mayor distancia de los detalles compilados por los trabajos empíricos.

En todos ellos se constata una cierta preocupación por la democracia española, donde la sorpresiva aparición del populismo de izquierdas representado por Podemos ha fragmentado a la izquierda y ha sacudido las bases del sistema de partidos. Enrique Krauze advierte en su prólogo a Geografía del populismo que, si la historia política de América Latina nos sirve de guía, un gobierno populista en España sería «un suicidio». Aquí, como en otros pasajes de estos libros, se constata un cierto décalage entre el análisis y la realidad: ni Podemos es lo que parecía que iba a ser, ni Europa está gobernada por una Internacional Populista. Es un desajuste inevitable, que aflige a más de un estudio politológico en esta era de rápida combustión política. Pero no es menos cierto que la influencia del populismo no se deja sentir únicamente en el número de escaños que obtienen sus partidos, sino también en la normalización de su discurso o la cooptación de sus propuestas. De ahí que no podamos descartar del todo la inquietante hipótesis de Lassalle, según la cual el populismo prefigura un modelo de totalitarismo de baja intensidad que se plasma en una fórmula posmoderna de sociedad cerrada sustentada en el resentimiento y el miedo. Si esto puede parecer excesivo, es más difícil discrepar de Vallespín y Martínez-Bascuñán cuando dicen que el populismo puede significar una importante amenaza para algunas de las instituciones centrales de la democracia liberal, en particular aquellas que velan por el control del poder y la protección del pluralismo social. Así que el énfasis sobre el populismo, al menos por el momento, está plenamente justificado.

Si exceptuamos el menos ortodoxo trabajo de Lassalle, los libros que nos ocupan reproducen la estructura habitual en los estudios sobre el tema. Y lo hacen por buenas razones: no hay mejor manera de proceder. Esto supone que ha de responderse a tres preguntas sucesivas: qué es el populismo, por qué se produce, cómo se manifiesta. Dicho de otro modo: su concepto, causas y formas. Normalmente, y también aquí, a lo anterior se añade la pregunta sobre la relación entre populismo y democracia, incluido el interrogante sobre el modo en que esta debe tratar con aquel. Aquí nos serviremos también de esa secuencia para dar cuenta de estos trabajos, que ponen a disposición del lector en español materiales de primera calidad para iniciarse en uno de los problemas de nuestro tiempo.

La delimitación conceptual del populismo

Para comprender la importancia que tiene la fijación conceptual del populismo, basta pensar que en más de una ocasión se ha sugerido que el populismo no existe. Es decir, que el término hace referencia a una realidad demasiado abigarrada y contradictoria como para ser contenida en un mismo concepto: este confundiría más que ayudaría. A ello contribuye el empleo político de la palabra como arma arrojadiza en la contienda partidista, así como la reticencia de los actores populistas a reconocerse como tales. Algunas dificultades no son exclusivas del populismo: es el caso del «estiramiento conceptual» categorizado por Giovanni Sartori o la cualidad «contestada» de unos conceptos políticos complejos que sirven, además, para dar forma a la realidad que representan. En otros casos, las dificultades sí son específicas: por ejemplo, la confusión entre populismo y demagogia conduce a menudo a la errónea afirmación de que todos los partidos son populistas. La cuestión es que, como indican Vallespín y Bascuñán en su exhaustiva indagación del problema conceptual, si todo es populismo, nada lo es. Por eso hay que esforzarse por precisar qué sea exactamente.

Por fortuna, no es necesario caer en el derrotismo conceptual: sabemos lo que es el populismo y, por tanto, podemos identificarlo fuera de las revistas académicas. Y el populismo es, esencialmente, una ideología o lógica de acción que, organizándose alrededor del antagonismo entre el pueblo y la elite, defiende la voluntad del pueblo soberano como criterio para la decisión política. Esto viene a ser una definición minimalista, como la que podemos encontrar en el enfoque ideacional popularizado por Cas Mudde. Aunque reconocen sus bondades, Vallespín y Martínez-Bascuñán prefieren optar por un «tipo ideal» a la manera weberiana, señalando los rasgos que definirían al populismo. Para ellos, es una lógica de acción política más que una ideología, que suele responder a procesos de brusco cambio social frente a los que el populismo reacciona, recurriendo a una descripción con tintes dramáticos donde se apela a un pueblo cuyo antagonista es la elite, renegándose del pluralismo social y recurriendo a la emocionalidad y la simplificación, todo ello en el marco de una guerra de representaciones del mundo que pone en cuestión la comprensión tradicional de la democracia liberal. Y si este tipo ideal debe ser suplementado señalándose lo nuevo del populismo de nuestros días, habría que hacer referencia a su aspecto estilístico, hondamente marcado por tecnologías de la comunicación ‒analógicas y digitales‒ que potencian el aspecto performativo de la acción populista.

A mi modo de ver, tal vez sería preferible distinguir entre elementos nucleares y adjetivos del populismo, para así separar aquello que es intrínseco al mismo de aquello que puede compartir con otras ideologías o movimientos políticos. Sería nuclear en el populismo el discurso antielitista realizado en nombre del pueblo; serían adjetivos la simplificación, la emocionalidad, el liderazgo carismático, el uso de malas maneras o la nostalgia por la comunidad originaria. Pero la descripción de un tipo ideal presenta también notables ventajas y termina por llevarnos a un lugar parecido que, por lo demás, es un punto de partida antes que de llegada si tenemos en cuenta que las proposiciones que le dan forma también requieren de elaboración. Y no es incompatible, por lo demás, con la identificación del pueblo como centro de la apelación populista: si no hay antagonismo pueblo/elite, no estamos ante un populismo.

Sucede que la cualidad esquiva del concepto de pueblo, central a la definición misma de la democracia, nos permite explicar la diversidad de los populismos realmente existentes; aunque de paso complique la pregunta de si el populismo es una ideología política o algo distinto. Porque el pueblo puede definirse con arreglo a dos dimensiones: una vertical (pueblo/elite) y otra horizontal (pueblo/no pueblo). Las combinaciones son diversas: si los indígenas suelen formar parte del pueblo de los populismos latinoamericanos, los europeos apuestan normalmente por el nativismo que restringe la pertenencia nacional a los miembros «auténticos» del pueblo, mientras que los periodistas formarán parte del pueblo o no según con quién se alineen en su desempeño profesional. En cualquiera de los casos, como apuntan Vallespín y Martínez-Bascuñán, el pueblo se relaciona con una concepción populista de la representación que se opone a defendida por el liberalismo, que subraya su pluralidad interna. Yendo un poco más lejos, Lassalle sostiene que el populismo es «la corrupción del pueblo como sujeto político» (p. 26), en la medida en que se apela a él como víctima: sale Kelsen, entra Schmitt.

Ahora bien, en ningún caso debemos caer en la ingenuidad de pensar que el pueblo existe como tal, con independencia de la acción del movimiento o líder populista que lo convoca. Tal como señalara el teórico argentino Ernesto Laclau, el populismo realiza una operación performativa: al dirigirse al pueblo, crea el pueblo. Es algo parecido a lo que hace el nacionalismo con la nación, como apunta Javier Zarzalejos en su capítulo sobre la relación entre ambos: populismo y nacionalismo son, los dos, eso que Laclau denomina «lógicas de formación de identidades colectivas». En esa tarea, el populismo ha encontrado un aliado de la mayor utilidad en los medios de comunicación, empezando por la televisión y terminando con las redes sociales, que les permiten conectar directamente con sus seguidores. También por este camino pueden «espectacularizar el fracaso» (en expresión de Benjamin Moffitt) más eficazmente, echando mano de un lenguaje ‒verbal y no verbal‒ basado en la simplificación y la emocionalización. No digamos cuando la lógica misma del sistema mediático, al que Vallespín y Martínez-Bascuñán dedican páginas iluminadoras, empuja a dar cobertura extra a un populismo atractivo para las audiencias. Es algo que quedó claro con el 15-M español ‒aunque Carlos de la Torre tiene razón al considerarlo un movimiento o insurgencia popular antes que un populismo‒ y su posterior extensión a Podemos. Tampoco es casualidad que Pablo Iglesias y Donald Trump gozaran de amplia experiencia televisiva antes de ejercer como líderes políticos, siguiendo así un camino antes trazado por ese pionero que es Silvio Berlusconi, a quien Jorge del Palacio dedica un estupendo capítulo que incide, asimismo, en su exitosa personalización de la política democrática.

Así las cosas, ¿es el populismo una ideología, o quizás algo diferente? La discusión sobre la morfología del populismo es un elemento clásico en los estudios sobre el tema, aunque su interés quizá se circunscriba al mundo académico. Vallespín y Martínez-Bascuñán no creen que lo sea, debido a que su identidad dependerá del orden frente al que reacciona, careciendo así de la coherencia y completitud que poseen incluso las ideologías más «delgadas» (como el ecologismo o el feminismo). Sería un discurso de oposición que devalúa la democracia en nombre de la democracia, sin ofrecer alternativa alguna más allá del esfuerzo por construir comunidad. A su juicio, es una lógica de acción política: un modo de hacer. Se parecería, por tanto, a una estrategia o a un estilo político que cualquiera ‒a izquierda y derecha‒ podría adoptar. En cambio, Ángel Rivero cree que el populismo sí cumple con los mínimos que proporciona cualquier ideología a la acción política (descripción, evaluación y programa de acción), no siendo más incoherente o fluida en sus contenidos que otras ideologías. No obstante, quizá no haya necesidad de tomar una decisión: el populismo puede entenderse como una ideología delgada que busca convertir la voluntad del pueblo soberano en el fundamento del sistema democrático a través del estilo político, la estrategia o la lógica de acción que le es propia. De esta manera, podemos incorporar más fácilmente al análisis el programa alternativo que el populismo sí parece estar desarrollando, al menos en los últimos años: la desconsolidación de la democracia liberal y la construcción de regímenes iliberales donde la separación de poderes o la libertad de prensa, entre otras garantías clásicas del pluralismo social, son debilitadas so pretexto del fortalecimiento de la cohesión popular.

Las causas del populismo

Dar con las razones que explican el surgimiento de movimientos populistas no sólo satisface nuestra curiosidad intelectual, sino que debería servir para diseñar las soluciones correspondientes: sería absurdo atajar el problema actuando en los lugares equivocados. Ni que decir tiene que el problema estriba en determinar esas causas con precisión. Tal como apuntan Vallespín y Martínez-Bascuñán, pasar de las correlaciones a la causación no es nada sencillo. ¿Cómo evaluar el peso relativo que tienen la crisis económica, la defensa de la identidad cultural, la globalización o la insatisfacción con los rendimientos de la democracia? Sencillamente, es imposible. Pero no estamos a ciegas: si exceptuamos al populismo nativista de derecha, relativamente estable desde hace décadas en el centro y el norte de Europa, la actual explosión populista es una respuesta a la crisis económica que estalló tras la caída del gigante financiero Lehman Brothers hace ya casi una década. Los historiadores del populismo, como Loris Zanatta, han insistido en la vulnerabilidad de las sociedades que se encuentran en tránsito hacia la modernidad y ven sacudidas sus estructuras de valores. Y aunque no sería éste el caso de las democracias occidentales, el daño psicopolítico infligido por la Gran Recesión ha propagado una desconfianza letal, pronto traducida en un fuerte sentimiento anti-establishment con reverberaciones a izquierda y derecha del espectro político.

Vallespín y Martínez-Bascuñán agrupan los posibles factores causales, muy razonablemente, en tres categorías: socioeconómicos, culturales y psicosociales, políticos. Todos ellos, hay que entender, complejamente entrelazados en el cuerpo social, donde las finas distinciones académicas jamás se manifiestan con limpieza. Sea como fuere, pese a que los factores socioeconómicos son los que más directamente remiten a la crisis económica, no se agotan en ella: las transformaciones inducidas por la robotización y la globalización, ascenso de China incluido, han contribuido a generar ansiedades económicas en varios grupos sociales con independencia de la coyuntura oficial reflejada en el PIB o el déficit comercial. Por eso, la alusión a los perdedores de la globalización ha sido matizada con posterioridad para hacer sitio a la hipótesis de que estamos menos ante «perdedores radicales» (por usar el concepto de Hans Magnus Enzensberger) que ante personas cuyas expectativas de mejora futura se han visto bruscamente frustradas. Se configura así un «proletariado emocional», al decir de Lassalle, formado por aquellos que se sienten «desposeídos de la plusvalía de felicidad y esperanza que la Modernidad les dijo que tenían derecho a materializar» (p. 49). Esta decepción ha intensificado y sacado a la luz una doble línea divisoria geográfico-sociológica que Vallespín y Martínez-Bascuñán discuten por extenso: de un lado, la que separa a la elite cognitiva urbana de los trabajadores no cualificados, sobre cuya importancia ha insistido Charles Murray; de otro, la que separa las ciudades del interior. Y a ello hay aún que sumar el conflicto generacional entre baby-boomers y millennials, agravado, si cabe, cuando estos últimos viven en las ciudades y aquellos en el campo.

En todo caso, estos factores socioeconómicos traen consigo efectos culturales y psicosociales que no tienen por qué responder necesariamente a las condiciones objetivas existentes. En Francia, por ejemplo, la crisis no hizo descender el gasto social; la aparición en Alemania de los populistas de Alternative für Deutschland difícilmente puede achacarse a un empeoramiento de la situación económica; y la tasa de paro de los trabajadores blancos en Estados Unidos ronda el 4,3%. Más bien hablamos aquí de una malaise, una autoestima dañada que se traduce en resentimiento y produce nostalgia por el pasado glorioso: el deseo de regresar a una comunidad originaria regida por el Estado soberano que, en las versiones del populismo conservador, aparece étnicamente purificada. ¡Babel siempre tendrá enemigos! La paradoja, señalada por Vallespín y Martínez-Bascuñán, es que en todas las versiones de populismo funciona una visión de la propia cultura distinta de la difundida por unas elites intelectuales occidentales que son universalistas y cosmopolitas, de manera que la desoccidentalización del mundo (ante el ascenso de Asia, la inmigración musulmana y el crecimiento de América Latina) coincide con la renacionalización de Occidente. De Dunquerque a la denuncia de la imperiofobia, pasando por el debate alemán en torno a la Leitkultur o el elemental Make America Great Again, el giro introspectivo es evidente y empieza a cuajar la idea de que el liberalismo ha desatendido los aspectos afectivos y simbólicos ligados a la comunidad: el sueño del cosmopolitismo habría engendrado la pesadilla del desenraizamiento.

Pero quizá no haya mayor desenraizamiento que el que experimentamos cuando nuestro propio cuerpo parece desvanecerse. Así reza la original hipótesis que plantea Lassalle cuando conecta al populismo con las nuevas tecnologías digitales. A su juicio, vemos cómo se dibujan ante nosotros unos «horizontes de posthumanidad» que se manifiestan en la transformación digital de la persona y su correspondiente virtualización. Los nuevos modelos de identidad masiva y virtual, advierte, pueden desestabilizar un relato ilustrado cuyo presupuesto siempre fue la existencia de un cuerpo capaz de sentir dolor y felicidad. Las consecuencias de lo que Lassalle percibe como difuminación progresiva del cuerpo están por discernirse, pero su parecer es que no podemos descartar una hibridación de populismo y tecnología que conduzca a «una sociedad de la indignación impulsada por las smart mobs, o multitudes inteligentes» (p. 93). Francamente indemostrable, la sugerencia de Lassalle pasa por alto los rasgos más positivos de la digitalización y sobreestima la ansiedad ciudadana ante una revolución tecnológica que la gran mayoría parece abrazar con entusiasmo, pero queda en el aire como una inquietante pregunta en busca de respuesta.

Más clara parece, en principio, la sobrevenida aprensión de las mayorías hacia el futuro. Vallespín y Martínez-Bascuñán se hacen eco de las tesis de Oliver Nachtwey sobre la «descivilización»: el miedo al futuro estaría afectando a la estructura psíquica del sujeto contemporáneo, que se encuentra «huérfano de futuro» y obligado a dar él mismo un sentido a su existencia. De ahí el recurso del populismo a la retórica «declinista», una consecuencia directa del abandono ‒o el descrédito‒ de la idea de progreso. Para Lassalle, el miedo es hoy una de las principales fuerzas motrices del mundo y el origen de este sentimiento puede encontrarse en el atentado yihadista contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001: «En aquella experiencia televisiva se dibujó el cuadro del naufragio del progreso» (p. 29). Nada hizo por mejorar las cosas el «romanticismo conservador» que, con su reacción apasionada en aquel momento de alto voltaje emocional, dio un giro sentimental y orientalista a la política occidental. Así lo ve Lassalle, que encuentra una conexión inédita que será imposible corroborar pese a su aparente plausibilidad: la que lleva de Bush a Le Pen. Por lo demás, cargar ahora contra el triunfalismo liberal ‒o neoliberal‒ de los años noventa es comprensible, pero también algo artificioso. Pero no porque no existiese o careciese de consecuencias negativas, sino porque los lunes todos acertamos la quiniela: es fácil caer en la distorsión retrospectiva cuando juzgamos una época a partir de unas consecuencias negativas que entonces no se dejaban avizorar tan fácilmente.

Nuestros autores encuentran así una influencia mutua entre decadentismo, privaciones relativas y populismo. Pero se echa de menos, al respecto de la crisis de la idea de progreso, una atención más explícita al proceso mediante el cual se difunde esa cosmovisión pesimista al margen de unos datos que no avalan semejante derrotismo. No es de extrañar que haya surgido en los últimos tiempos un movimiento, el de los llamados «nuevos optimistas», que, con pensadores del fuste de Steven Pinker a la cabeza, tratan de demostrar ‒bien pertrechados de datos estadísticos‒ que nunca hemos vivido mejor. El populismo alimenta la percepción contraria: la de que las cosas van terriblemente mal. Para ello cuentan con la inestimable colaboración de los medios de comunicación, cuya lógica de lo peor contribuye en buena medida a difundir una visión tremendista de la sociedad occidental, atrapada entre el empobrecimiento irremediable y la islamización desnaturalizadora. En el relato populista, el ciudadano nunca es responsable: sólo el establishment y los ocasionales enemigos externos tienen que dar explicaciones. Recordemos el ejemplo de Islandia, un país minúsculo cuyo PIB creció de manera desproporcionada sin que nadie hiciese preguntas, pero que montó un proceso al presidente en cuando estalló la burbuja financiera que había hecho ricos a sus cuatrocientos mil habitantes. Por eso las emociones negativas, con el resentimiento a la cabeza, tienen tanto peso en el repertorio afectivo del populismo: el votante populista no quiere ser responsable ni dialogante con aquellos a los que achaca su malestar, nos dice Lassalle, sino que quiere convertirse en un problema para ellos. Para Rivero, aquí queda clara la conexión entre populismo y antipolítica: «La política y los políticos se convierten entonces en los chivos expiatorios que dan curso a la frustración y a la angustia de las sociedades que atraviesan por momentos difíciles» (p. 45). Algo que, como muestran los capítulos de Geografía del populismo, es una constante histórica no exenta de ironías: los votantes británicos más proclives al rechazo de la inmigración son los que menos contacto tenían con los inmigrantes en sus localidades.

Esta emocionalización de la esfera pública tiene consecuencias inmediatas. El resentimiento se convierte, como señala Lassalle, «en un artefacto psicológico que impide cualquier negociación democrática» (p. 80). La ruptura de la confianza en las elites, alimentada por el discurso populista, conduce asimismo a la desconfianza en los expertos y al surgimiento de eso que se ha llamado «posverdad», o verdad sentida, que reemplaza a la verdad observada. Esta aversión al experto, cuya palabrería se interpreta como cortina de humo que tapa una gran conspiración oligárquica, tiene efectos peculiares que Vallespín y Martínez-Bascuñán formulan así:

La contradicción es abrumadora: vivimos, se supone, en la «sociedad del conocimiento», nunca el orden del mundo ha sido tan dependiente del orden cognitivo y resulta que éste es desprestigiado y subvertido después en nuestro espacio público (p. 175).

Ni que decir tiene que la digitalización del espacio público, al que estos mismos autores prestan la atención debida, desempeña un papel importante en el proceso mediante el cual las creencias se blindan afectivamente contra la información. Al mismo tiempo, rumores y fake news circulan libremente por las redes, creando nuevas formas de conexión del ciudadano con la política y dando pábulo a las hipótesis sobre la democracia de audiencia (o democracia ocular, en la más reciente formulación de Jeffrey Green). El ciudadano se convierte en público, si no en ese «fan político» descrito por Cornel Sandvoss. Emociones y redes actúan así a la vez como causa y consecuencia del fenómeno populista.

Finalmente, tenemos el factor político: la crisis de la democracia liberal. Se trata de la hipótesis sobre la que se inclinan más decididamente Vallespín y Martínez-Bascuñán, para quienes el populismo responde a una crisis de la democracia más honda de lo imaginado. Ante la aparente incapacidad del Estado para liderar a su sociedad, sobre la que aplican soluciones precarias que sólo sirven para reparar temporalmente las averías, se produce «una descompensación entre el principio de legitimidad democrática y los requerimientos de la eficiencia económica» (p. 26). Ningún ejemplo mejor que el famoso referéndum griego sobre el programa de rescate europeo: los ciudadanos se desahogaron votando no, pero su gobierno, que lo había convocado, hubo de decir sí so pena de precipitarse en la ruina económica. Y aunque es verdad que la democracia siempre ha estado en crisis, ahora parece estarlo realmente debido a las disfunciones que procesos como la europeización o el neoliberalismo habrían causado en el principio de representación. La política como administración se habría impuesto sobre la democracia como redención o narración y, en el trade-off entre eficacia sistémica y popularidad, se habría apostado por la primera para terminar por perder también la segunda. De ahí que

la causa del actual malestar democrático tendría menos que ver con la democracia que con la política misma; es en ella, en su incapacidad o impotencia para imponerse sobre los constreñimientos que le imponen otras esferas, donde estaría el auténtico problema (p. 135).

La ola populista, entonces, sería consecuencia, pero no causa, de la crisis de la democracia. También para Lassalle la incapacidad de la democracia para gobernar una complejidad creciente hace mella en la confianza ciudadana. Rivero, en cambio, se muestra más escéptico ante la idea de que la economía haya matado a la política; es una pena que no desarrolle lo suficiente su objeción. A decir verdad, el aumento de la complejidad social es un hecho bien poco discutible: que la democracia pierda con ello capacidad para moldear sus sociedades es inevitable. Pero no puede decirse que nuestras sociedades exhiban peores registros que las de hace un siglo o dos, así que quizás el problema está en la sensación de que los acontecimientos ‒como la crisis‒ están fuera de nuestro control, operando en una escala que nos hace añorar los viejos buenos tiempos del Estado soberano. Y con todo, la tesis del malestar democrático presenta un flanco débil: los ciudadanos no se quejaron mientras los rendimientos del sistema parecían adecuados. De hecho, la tentación autoritaria regresa allí donde esos rendimientos más se deterioran. Podríamos concluir entonces que al ciudadano no le interesa tanto la democracia como el bienestar; o que le interesa la democracia ‒la democratización‒ sólo en la medida en que le traiga más bienestar. ¿O no? Quizá los actores democráticos podrían sincerarse con los electores y reconocer que el escenario tardomoderno presenta más incertidumbres de las deseables. Pero, como señalan Vallespín y Martínez-Bascuñán, la democracia no es imaginable sin promesa. Aunque se prometa aquello que en ningún caso se pueda prometer.

Es difícil, en definitiva, identificar una sola causa del populismo. Parece más razonable entender que las situaciones de crisis constituyen su causa mayor, algo que resulta evidente en el caso de la Gran Recesión, entendiéndola a su vez como catalizador psicopolítico de transformaciones y malestares más amplios y acaso más difusos. En todos los casos, sin embargo, se aprecia un anhelo de simplificación y claridad: como si las complejidades de la modernidad nos abrumasen y añorásemos las consoladoras certezas de la comunidad tradicional. Al menos, cuando las cosas se tuercen.

Formas de populismo

Al populismo le sucede como al nacionalismo: no puede estudiarse al margen de sus manifestaciones históricas. De hecho, el cuerpo doctrinal del populismo es aún más débil y el intérprete depende en mayor medida del desenvolvimiento de sus líderes y movimientos; con la excepción tardía de Ernesto Laclau, existen pocos teóricos del populismo que sean, además, sus defensores. En este terreno, en el que también se adentran Vallespín y Martínez-Bascuñán, el volumen colectivo aquí reseñado es el que ofrece una mirada más amplia, hasta el punto de que no parece dejarse en el tintero ningún populismo occidental (tal vez habría sido interesante disponer de alguna nota sobre el caso filipino, por introducir a Asia en la ecuación). A través de capítulos breves e informativos, el lector obtendrá una recomendable visión de conjunto sobre la praxis populista.

Huelga decir que España recibe una atención especial: Vallespín y Martínez-Bascuñán han podido incluso entrevistar a Pablo Iglesias. Claro que el populismo tiene algunos singulares precedentes en la España democrática, como se encarga de recordarnos Manuel Álvarez Tardío en un capítulo que describe la exitosa experiencia populista del GIL en Marbella, cuya estrategia pasaba por un discurso antipolítico que vendía la idea de la buena gestión tecnocrática. La Tele 5 de Valerio Lazarov sirvió de escaparate a su líder, Jesús Gil, cuyo éxito no pudo ser replicado posteriormente por los no menos singulares José María Ruiz-Mateos y Mario Conde. Este mismo autor señala que las movilizaciones del 15-M, primero, y las convocadas por Podemos, después, están prefiguradas en las protestas callejeras protagonizadas por PP y PSOE entre 2001 y 2010, años en que los principales partidos españoles se echaron desvergonzadamente a la calle. En cuanto a Podemos, Vallespín y Martínez-Bascuñán coinciden con Rivero en apuntar que su éxito reside en la instrumentalización del 15-M, movimiento popular que apenas transformó por sí mismo el paisaje político español. Buena parte del éxito de Podemos se ha cifrado, de hecho, en el éxito de esa idea: en la imposición del marco más favorable a su imagen. Se los describe aquí como una «práctica política en reconstrucción constante», pues no en vano han terminado por abandonar un populismo a la Laclau que hizo explícito Íñigo Errejón, instalándose en un nicho que corresponde, mutatis mutandis, al de la vieja Izquierda Unida. Y aunque parecía que sus contradicciones territoriales serían su tumba electoral, el reciente sondeo del CIS de febrero de 2018 aún les concedía nada menos que un 19% en intención de voto: para desmayo del PSOE, han venido para quedarse.

La diversidad de los populismos suele abordarse distinguiendo entre los populismos históricos y los populismos contemporáneos. Es así como procede el volumen editado por Ángel Rivero, Javier Zarzalejos y Jorge del Palacio. Tras una jugosa introducción al populismo ruso del siglo XIX (Mira Milosevich), Javier Redondo se ocupa del populismo norteamericano de ayer y hoy, recordándonos la peculiaridad del caso: debido a una combinación de factores históricos e institucionales, la cultura política norteamericana habría asumido de manera natural el discurso anti-establishment, como puede verse en cualquiera de las películas políticas de Frank Capra. Por eso el gran politólogo Seymour Lipset incluía al populismo entre los elementos de la «excepcional» cultura política de aquel país, llamando de paso la atención sobre la necesidad de tener en cuenta las variables nacionales a la hora de evaluar y comparar entre sí los distintos populismos. En un capítulo de notable interés, por su parte, Ángel Rivero se ocupa del peronismo argentino, al que considera responsable de la creación del lenguaje populista. En el Perón de 1943-1955 podríamos ver la imagen arquetípica del populismo convertido en movimiento político: un conductor carismático convierte a la masa en pueblo, y presenta la democracia como la comunión entre el pueblo y el líder, juntos contra la amenaza común de la oligarquía. Juan Carlos Jiménez Redondo completa el repaso a los pioneros del populismo visitando el Brasil de Getulio Vargas, antes de dar paso a los nuevos populismos latinoamericanos: de Venezuela a Brasil, de Bolivia a Ecuador. En su texto sobre Rafael Correa, el notable teórico del populismo Carlos de la Torre hace una observación de gran interés acerca del recurso a las elecciones permanentes como medio para la construcción de una nueva hegemonía: «Las elecciones son presentadas como momentos fundacionales de la política en los que están en juego no sólo diversos proyectos políticos y de sociedad, sino la redención del pueblo» (p. 156). De ahí, claro, la afición populista por el plebiscito.

En cuanto a los populismos europeos, Vallespín y Martínez-Bascuñán se ocupan tanto de Francia como de los países del Este y, más brevemente, de Holanda, Dinamarca, Suiza y Austria. Al hilo de los casos húngaro y polaco, se hacen una pregunta capital, a saber, «si resulta posible hablar de partidos democráticos cuando estos carecen de una dimensión liberal» (p. 248). La respuesta es que no, pero esa es justamente la aspiración del populismo: desarrollar un modelo alternativo de democracia aclamativa cuyo escaso éxito puede observarse en Venezuela. Enseguida volveremos sobre esto. Ya se ha señalado que Jorge del Palacio entrega un atractivo capítulo sobre Italia, tierra de promisión para la antipolítica, entendida como discurso que integra la crítica a los partidos y a los políticos profesionales. Guillermo Graíño Ferrer nos introduce en el populismo cultural holandés y Gustavo Pallarés Rodríguez en un populismo escandinavo que gira en torno al propósito de defender su bienestar con exclusión de la población inmigrante. Algo parecido sucede en el caso francés, donde Marine Le Pen ‒como observa Ángel Rivero‒ ha conectado con el estatismo republicano de forma no universalista, sino nativista o particularista. Geografía del populismo nos ofrece también información sobre los populismos británico (ese UKIP en claro proceso de descomposición tras haber logrado su objetivo supremo con el Brexit), austríaco, polaco, ruso, alemán, suizo (Francisco Tortolero plantea la paradoja de que el 70% de los votantes que apoyan la «exaltación nacionalista neorrural» de Christoph Blocher vivan en centros urbanos), belga y húngaro, sin olvidarnos de la retórica populista empleada por Syriza en la campaña que llevó al partido de Alexis Tsipras al poder en Grecia. Para los expertos en estos países, quizás estos capítulos ‒que no incorporan trabajo de campo propio‒ no ofrezcan demasiados alicientes. Pero no tendrán precio para el lector interesado en recibir un curso rápido e instructivo sobre el populismo global en menos de cuatrocientas cincuenta páginas: el esfuerzo de síntesis abarcadora aquí realizado es más que loable.

Populismo y democracia

¿Y cómo se relaciona el populismo con la democracia? ¿Es forzosamente un mal, o hay algo que la segunda pueda aprender del primero? ¿Podría ser, incluso, que el populismo condujera a la regeneración de la democracia liberal? Tradicionalmente, sólo han defendido esta última tesis quienes ven con simpatía la aparición de un movimiento populista con el que se sienten identificados y previa denuncia del populismo de todos los partidos. Pero, así como caben pocas dudas de que el populismo es un «endemismo» de la democracia, por emplear la expresión de Ángel Rivero, indisociable de ella en la medida en que se legitima apelando a la voluntad popular que forma también el núcleo ideológico de la democracia, es, en cambio, improbable que su desenvolvimiento pueda llevar directamente a una purificación de la democracia representativa o dé la solución a los problemas que con tanto fervor denuncia. Otra cosa bien distinta es que la aparición del populismo conduzca indirectamente a una cierta regeneración democrática, al alertar sobre síntomas de deterioro del sistema y provocar la alarma en unos partidos mainstream obligados a reaccionar ante sus nuevos rivales. Es decir, que, como matiza Rivero, el populismo puede resultar beneficioso en «pequeñas dosis homeopáticas».

Tampoco cabe duda de que es preciso tomarse en serio al populismo. Sus consecuencias sobre el sistema democrático no son sólo cuantitativas, sino cualitativas: introducen nuevas ideas en la esfera pública a las que los demás partidos deben responder, a veces acomodándose a ellas, provocando así un sutil desplazamiento del centro político. Algo que no es incompatible con esa aparición del antipopulismo en la que con razón insisten Vallespín y Martínez-Bascuñán, una suerte de trampa para los partidos no populistas que, al enarbolar esa bandera, «asumen implícitamente la línea de diferenciación que interesa al adversario» (p. 15). Y, si llega al poder, el cóctel es conocido: apropiación del Estado, clientelismo, descrédito de la oposición, medidas iliberales. Va de suyo que, como nos recuerda Carlos de la Torre, los efectos del populismo son variables: no serán los mismos en una democracia asentada que en una en proceso de consolidación, ni en un sistema parlamentario igual que en uno presidencialista. Pero su objetivo pasa por generalizar el malestar y la desconfianza hacia el establishment democrático, preparando con ello el terreno para una redefinición antiliberal de sus instituciones. En palabras de José María Lassalle: «El horizonte del populismo es conseguir la desconexión entre la democracia y la racionalidad legal que la hace posible y necesaria» (p. 64). A la democracia representativa y pluralista, dotada de cuerpos intermedios e instituciones contramayoritarias, opone el populismo (como a menudo hace el nacionalismo) una democracia plebiscitaria basada en la relación emocional entre el líder y el pueblo que le pone voz; una donde las garantías liberales han sido debilitadas o eliminadas. Y ya se ha dicho que, a estas alturas de la historia política occidental, no podemos llamar democracia a una democracia que prescinda de sus elementos liberales.

Es así comprensible el escepticismo de que hacen gala Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán cuando cuestionan que el populismo sea un fenómeno «constructivo», por más que, desde luego, sea «comprensible» y merezca la pena verlo como un resultado de las deficiencias sistémicas de la democracia liberal. Tienen razón también cuando recuerdan que ya tenemos una teoría de la democracia compleja, densa, de la que aprendemos ‒si es que nos acercamos a ella‒ más que de cualquier populismo. Sí, los populismos indican que algo va mal, pero no son mucho más elocuentes: «¿Nos dicen algo sobre cómo reorganizar el sistema institucional, la relación representantes/representados, el control del poder?» (p. 262). Lo cierto es que no, pues el proyecto de «construir pueblo» en una sociedad compleja y plural tiene un recorrido muy corto: como le sucede al nacionalismo, el populismo tiene mucho de anacronismo. Pero es, desde luego, un anacronismo eficaz. Eso explica que la claridad analítica se vuelva borrosa cuando de encontrar antídotos al mismo se trata.

En un artículo reciente, The Economist sugería que los movimientos populistas que pueblan Europa deben verse como una llamada a la renovación de la política tradicional, pues no dejan de servir como vehículo a preocupaciones y malestares populares que aguardan respuesta. Se trataría entonces de adoptar lo mejor de lo que ofrecen y descartar el resto. Por ejemplo, ofrecer protección ante la incertidumbre (esa «Europa que protege» de Emmanuel Macron) y atender a la necesidad humana de comunidad sin, por ello, despreciar la inquietud que genera la inmigración. De qué manera pueda llevarse esto a la práctica es asunto más peliagudo. Y tampoco está claro qué aspecto tendría una democracia así reorientada: ¿no acabaría pareciéndose a la Gran Bretaña que desembocó en el Brexit o en la Hungría que avanza impertérrita hacia el iliberalismo?

La dificultad de encontrar una fórmula que sirva simultáneamente para fortalecer la democracia, frenar al populismo y mejorar los rendimientos del sistema socioeconómico es patente. En los trabajos que nos ocupan, esa dificultad se pone de manifiesto: en todos ellos se señala un objetivo deseable, sin que quede demasiado claro cómo puede articularse políticamente. Inevitablemente, hay que añadir. En coherencia con su diagnóstico acerca de la orfandad de futuro que afligiría a las sociedades occidentales (que no, por cierto, a las asiáticas), Vallespín y Martínez-Bascuñán dan en la diana cuando sugieren que, ante la Gran Regresión ‒real o percibida‒, necesitamos una política que proporcione una visión esperanzadora del futuro. Es decir, una «Gran Progresión» (p. 279). Algo que sólo podrá lograrse si, de acuerdo con la propuesta de Pierre Rosanvallon, la representación política liberal incorpora una dimensión narrativa que insufle a las frías estadísticas un aliento épico de mejora social compartida. Claro que no será fácil lograrlo en el marco de una feroz competencia electoral, intensificada si cabe a causa de la digitalización del debate público.

No está muy lejos José María Lassalle cuando reclama una asunción crítica de nuestra época que permita reescribir el relato de la modernidad, algo que no será posible sin el concurso de un liberalismo crítico que inspire «una nueva Ilustración». ¡Casi nada! Se trata de «cuidar la democracia», ya que esta no puede regenerarse: es imperfecta y ahí radica su fuerza. La alternativa democrática al populismo tendría que asentarse en

una solidaridad afectuosa de las diferencias que nos haga sentir que, con otras personas, formamos un «nosotros» que debemos preservar amistosamente unido y en paz si queremos definirnos como seres civilizados (p. 114).

Pero hay que lograrlo, añade, eludiendo tanto la sentimentalidad como la «épica musculadora de lo comunitario», algo que sólo puede hacerse a través de la idea de ciudadanía. Es patente que la dificultad consiste aquí en dotar de fuerza afectiva a una noción, la de ciudadanía, que posee una vocación neutral, pues sólo por debajo de la misma pueden cultivarse las diferencias privadas entre individuos. No hay que olvidar que el pluralismo de las sociedades liberales, que tiene su reflejo en el pluralismo político de sus sistemas democráticos, es la mejor barrera de contención del populismo. Por el momento, esta barrera sólo ha caído allí donde se la ha inutilizado recurriendo al plebiscito (Brexit) o donde, de hecho, no opera por tratarse de sistemas presidencialistas (Estados Unidos). Las sociedades centroeuropeas, por su parte, son, en realidad, insuficientemente pluralistas. Y aunque no es difícil coincidir con Lassalle cuando enfatiza la imperiosa necesidad de traer a primer plano la prosaica normalidad de la democracia, «dispositivo institucional de convivencia perfectible y falible» (p. 115), es a los votantes populistas a quienes debemos persuadir de ello.

En último término, como apuntan Ángel Rivero, Javier Zarzalejos y Jorge del Palacio, resulta difícil neutralizar un movimiento político que critica a la democracia en su propio nombre. Acaso contra él sólo quepa «exponer la verdad del populismo al tiempo que se explica qué es la democracia» (p. 398). Si es así, estos tres libros ‒brillantes y complementarios en su diferencia‒ cumplen sobradamente su función.

 

 

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