Focus press setmanal número 80

Presentació

La trobada anual de Davos i el discurs sobre l’estat de la Unió del president nordamericà proporcionen prou elements per valorar el moment pel que passa la globalització. Andrés Ortega [text1] ho resumeix en el títol del seu anàlisi: “Grans Estats, grans empreses, societats inquietes”, coincidint amb la visió de Kenneth Rogoff quan sintetitza la situació en parlar d’una economia contenta i una política aterridora.

Tot i que aquesta sembla ser l’opinió dominant, s’ha produït una certa “naturalització del fenomen Trump, en relativitzar el seus efectes negatius en la política i en l’economia  internacionals (Joschka Fischer, Jean Pisani-Ferry), malgrat que les inflexions en el to del seu discurs no poden ocultar els aspectes tòxics del seu caràcter i le seves conviccions ideològiques més primàries (Luis Antonio Espino [text 2] Jorge Dezcallar).

Raimon Obiols, en un dels suggerents apunts que prodiga últimament, distingeix entre el consum de la política i la producció de la política, entre l’ocupació dels espais de poder i la generació d’idees, programes i acció. Quan predomina el consum sobre la producció es produeix la descapitalització dels partits polítics (Jordi Pérez Colomé). Aquesta referència ve a tomb del debat sobre els intents de redefinició ideològica i programàtica de l’esquerra (Ricardo Dudda [text 3] Pablo Simón [text 4] Esteban Hernández) … i de la dreta (Esteban Hernádez, Ramón González Férriz).

Una manera més concreta d’aproximar-se a aquest debat pot ser a través de l’anàlisi de propostes sobre qüestions pràctiques com les relatives a la renda bàsica universal (David Lizoain [text 5]) o al contracte únic (Samuel Bentolila, Florentino Felgueroso, Marcel Jansen y Juan F.Jimeno en dos articles a Nada es Gratis: 1 i 2) [textos 6 i 7].

L’imbroglio de la política catalana es fa cada dia més gran, amb la sessió d’investidura ajornada (Argelia Queralt), que evidencia la manca d’una estratègia compartida entre els diferents actors del món independentista (Oriol Bartomeus [tetx 8], Enric Juliana, Guillem Martínez, Francesc-Marc Álvaro).

Més enllà de les vicissituds quotidianes tenen interès les reflexions de més abast d’Andreu Claret [text 9], Josep Maria Vallès i Montserrat Guibernau [text 10]. També la mirada de Kalypso Nicolaïdis [text 11]del conflicte entre Catalunya i Espanya des de la perspectiva d’una política de reconeixement.

Tanquem el Focus Press amb una peça de l’historiador Michael Seidman [text 12]que ofereix un estat de la qüestió sobre l’intens debat sobre immigració, islamisme, laicisme i terrorisme a França.

 

Andrés ORTEGA, “Grandes Estados, grandes empresas, sociedades inquietas” al blog del Real Instituto Elcano (30-01-18)

https://blog.realinstitutoelcano.org/grandes-estados-grandes-empresas-sociedades-inquietas/

Escaparate, altavoz y lugar de discretas reuniones, todo eso es el Foro de Davos. En la última edición del Foro Económico Mundial, los protagonistas han sido los grandes Estados –los problemas geopolíticos a veces provienen de otros de menor rango– y las grandes empresas de la tecnología de la información y comunicación (TIC). Todo ello en un momento de crecimiento económico mundial sincronizado, pero con preocupación por la marcha de unas sociedades inquietas. Pues el Foro se abrió con la presentación de un informe de Oxfam sobre una desigualdad que ha hecho que un 82% de la nueva riqueza creada el año pasado fuera al 1% más rico, mientras la mitad de los más pobres no se beneficiaron en nada. La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Largarde, apuntó también en esta dirección al poner de relieve que demasiada gente se queda al margen de este crecimiento (previsto por el FMI en 3,9% para 2018 y 2019). Según sus cálculos, en 2017 una quinta parte de las economías en desarrollo y emergentes han visto reducirse su ingreso por habitante.

Los grandes europeos –entre ellos España, representada por el Rey Felipe VI– se presentaron en formación cerrada para defender la preservación del libre comercio. Si el año pasado contaron con un discurso en este sentido del presidente chino Xi Jinping, en esta ocasión ha sido el indio Narendra Modi el que ha recogido ese guante para alertar de que la globalización estaba “perdiendo lentamente su brillo” y que “las fuerzas del proteccionismo están levantando la cabeza” contra ella, queriendo “revertir su flujo”. “La globalización debe tener sentido para las personas y mejorar sus vidas; de lo contrario, veremos una nueva generación de nacionalistas y extremistas”, advirtió el presidente francés, Emmanuel Macron. Aunque la preocupación por el auge del populismo parece haber retrocedido entre los de Davos, Merkel todavía alertó de su “veneno”, que es “la polarización”.

Frente a ellos, Donald Trump, que llegó precedido por una subida de aranceles a las importaciones en EEUU de paneles solares y lavadoras procedentes de China y de Corea del Sur. Las divisiones en el seno de su Administración se dejaron sentir cuando el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, habló de debilitar al dólar (lo que movió los mercados), para verse corregido por su presidente, que defendió una moneda fuerte. Trump, que intentó desplegar cierto encanto junto a su combatividad, no cayó en un discurso abiertamente proteccionista y aislacionista en este escenario globalista poco propicio a ello, sino que defendió un comercio libre, pero “justo y recíproco”. “América primero”, sí, pero no “América sola”. Su verdadero discurso lo reservaba para el estado de la Unión en Washington, donde se verá si, como lo presenta el analista Robert Kaplan, “ladra más que muerde”. Aunque el canadiense Justin Trudeau aprovechó la plataforma de Davos para anunciar que 11 países habían avanzado hacia el Acuerdo de Asociación Transpacífico del que se había descolgado EEUU con Trump. ¿Una primera respuesta a un orden mundial sin EEUU, del que Davos tuvo poco que decir?

La voz china más potente vino del sector privado, de Jack Ma, el fundador e impulsor de Alibaba, la gran plataforma de venta, para el cual “si se para el comercio, empieza la guerra”. Ma, además, hizo una predicción: “En el futuro no habrá ‘Hecho en China’, no ‘Hecho en América’, no ‘Hecho en Perú’. Va a ser ‘Hecho en Internet’”. La de Ma, que crece fuera de China, y otras grandes plataformas de venta por Internet (y mucho más), como Amazon, están en el punto de mira. Se hacen oír más voces, también de Davos, que piden hacer pasar estas grandes plataformas por el tamiz de la libre competencia, por la ruptura de los monopolios. Lo que se aplica también a otras empresas del sector como Facebook. Para Ma “Google, Facebook, Amazon y AliBaba, somos las empresas más afortunadas de este siglo. Pero tenemos la responsabilidad de tener un buen corazón y hacer algo bueno. Asegurarnos de que todo lo que hacemos sea para el futuro”.

Quizá fue George Soros el que más abiertamente clamó en Davos contra las redes sociales y los monopolios en este campo. Para el financiero y filántropo de origen húngaro, “las empresas de redes sociales engañan a sus usuarios manipulando su atención y dirigiéndola hacia sus propios fines comerciales. Deliberadamente diseñan la adicción a los servicios que brindan”. “Algo muy dañino y tal vez irreversible”, añadió en una cena en el pueblo alpino, “le está sucediendo a la atención humana en nuestra era digital. No sólo distracción o adicción. Las empresas de redes sociales están induciendo a las personas a renunciar a su autonomía. El poder de conformar la atención de las personas se concentra cada vez más en manos de unas pocas empresas”, con el peligro de un futuro orwelliano, cuando se juntan estas capacidades con las de un Estado autoritario, como ya ocurre en algunos lugares, a comenzar por China. Fuera de Davos, Alemania está estudiando el modo en que Facebook acumula datos de millones de usuarios para frenarlo, en lo que sería una intervención sin precedentes en el modelo de negocio de la red social. Algunas de estas grandes empresas del sector pidieron disculpas en Davos, y se mostraron dispuestas a rectificar parcialmente. Sundar Pichai, director ejecutivo de Google, se mostró abierto a los comentarios, y dispuesto a pagar más impuestos si lo regulaba la OCDE. Desde los Estados, desde estas empresas, y desde las sociedades, algo se está moviendo. Quizá mucho.

 

 

Luis Antonio ESPINO, “El Estado de la Unión de Trump: un tono diferente, pero con los mismos ‘ismos’” a Letras Libres (1-02-18)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/el-estado-la-union-trump-un-tono-diferente-pero-los-mismos-ismos

No ocurrió en el discurso inaugural, que fue sombrío y autoritario como pocos. Sí lo intentó en su primer mensaje ante el Congreso en febrero de 2017 y medio le salió bien, pero luego volvió a lo mismo. Pero la noche del 30 de enero, Trump lo logró: transitó de una retórica de campaña –agresiva, divisiva y hasta vulgar y cruel– a una retórica presidencial –unificadora, visionaria y creadora de consensos–. En su primer discurso del estado de la Unión, vimos a un Trump domesticado, con modales, leyendo el texto en el teleprompter sin desviarse, con un tono de voz calmado y un ritmo de pronunciación pausado y sereno. ¿Estamos ante un Trump nuevo? No, porque el contenido del discurso tuvo todos los “ismos” a los que nos tiene acostumbrados, y algunos más.

Nacionalismo. Trump buscó elevarse retóricamente como jefe de Estado, un líder unificador que está más allá de la política partidista. Para ello, recurrió al sentimiento nacionalista, como cuando afirmó:

Todos juntos, como un gran equipo, un pueblo y una familia estadounidense. Compartimos el mismo hogar, el mismo corazón, el mismo destino y la misma grandiosa bandera de los Estados Unidos.

Proteccionismo. No podía faltar el rechazo al libre comercio. Pero su discurso abandonó la narrativa de “China y México son malvados y se aprovechan de nosotros” y optó por anunciar una nueva era de “comercio justo”:

Estados Unidos ha dado la vuelta a la página de décadas de tratados comerciales injustos que sacrificaron nuestra prosperidad y se llevaron nuestras empresas, nuestros empleos y la riqueza de nuestra nación. La era de la claudicación económica ha terminado. De ahora en adelante, esperamos que las relaciones comerciales sean justas y recíprocas.

Militarismo. En repetidas ocasiones, Trump habló del poderío militar de Estados Unidos. Pero en vez de presumir el tamaño de su “botón nuclear” para amenazar a Corea del Norte, enunció su versión de la doctrina de disuasión de la Guerra Fría:

Debemos modernizar y reconstruir nuestro arsenal nuclear, esperando nunca tener que usarlo, pero haciéndolo tan fuerte y poderoso que disuada cualquier agresión. Tal vez en el futuro habrá un momento mágico en el que todas las naciones eliminen sus armas nucleares. Desafortunadamente, no hemos llegado ahí.

Populismo. A los populistas, sean de derecha o de izquierda, les encanta regalar dinero. No el suyo, claro, sino el de los ciudadanos. Y con su reforma fiscal, Trump va a regalar (devolver) dinero a manos llenas, algo que aumenta mucho sus probabilidades de reelegirse en 2020:

Tal como lo prometí al pueblo hace once meses desde este podio, hemos logrado la más grande reforma fiscal y recortes en impuestos en la historia de Estados Unidos. […] Ahora, los primeros 24 mil dólares que gane un matrimonio quedarán exentos de impuestos. Una familia de cuatro que gana 75 mil dólares pagará 2 mil dólares menos de impuestos, cortando a la mitad su declaración fiscal. […] Los pequeños negocios también han recibido un recorte masivo de impuestos, y ahora pueden deducir 20 por ciento de sus ingresos.

Reaganismo. La retórica usada por Trump mostró fuertes ecos de la retórica de Ronald Reagan en estilo y contenido:

Hubo un tiempo en el que olvidamos que el sueño americano no es hacer el gobierno más grande: es mantener la fe y el poderoso espíritu de un pueblo unido bajo Dios”. (Reagan, Estado de la Unión, 1984)

En Estados Unidos sabemos que la fe y la familia, no el gobierno y la burocracia, están en el centro de la vida americana. Nuestro lema es “en Dios confiamos”. (Trump, Estado de la Unión, 2018)

Narcisismo. Como siempre, la hipérbole, la exageración y hasta la mentira fueron recursos usados por Trump para agrandar su propia imagen. Sin mencionar a Obama por su nombre se dedicó a destruir su legado caracterizando sus políticas como “fallidas”, “crueles”, “equivocadas”. Y las propias son “grandiosas”, “masivas”, “largamente esperadas”. También hubo fuerte dosis de manipulación emocional (efectiva, debo decir) con todas las historias personales que el orador presentó para darle sentimentalismo al discurso.

Nativismo. El desprecio se hizo presente cuando Trump enmarcó la migración como una lucha por la supervivencia entre el “pueblo” y delincuentes sin moral (el “no-pueblo”):

Por décadas, las fronteras abiertas han permitido que las drogas y las pandillas inunden nuestras comunidades más vulnerables. Han permitido a millones de trabajadores de bajos salarios competir por los empleos y los salarios de los estadounidenses más pobres. Más trágicamente, han causado la pérdida de muchas vidas inocentes.

Según la encuesta de CNN, 48% de los estadounidenses que vieron el discurso en vivo se sintieron “muy positivos” y 22% “algo positivos”, con un 28% que tuvo sentimientos negativos. El discurso gustó. ¿Significa esto que Trump cambiará su estilo discursivo? Difícilmente, porque el motor que impulsa a los líderes populistas es el conflicto. Tuvimos a “Teleprompter Trump” unas horas. Es muy posible que para cuando usted esté leyendo esto, “Twitter Trump” ya esté haciendo de las suyas.

 

Ricardo DUDDA, “La gran política ha muerto, y no pasa nada” a Letras Libres (26-01-18)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/la-gran-politica-ha-muerto-y-no-pasa-nada

A los que criticamos a la izquierda contemporánea nos encanta acusarla de elitista: ya no llega a las clases bajas, que no entienden su lenguaje influido por los estudios culturales ni sus debates sobre comida ecológica, veganismo, derechos de los animales y series de la HBO. Es una discusión que existe, con variaciones, al menos desde el 68. Es el debate sobre la cuestión de la clase, pero también el de la nación: la izquierda se ha fragmentado en infinidad de identidades, que a menudo no conversan entre ellas, y no ofrece un relato unificador, sea patriótico o clasista. En El Confidencial, Esteban Hernández y Víctor Lenore han profundizado en esto, a partir de la lectura de Mark Lilla (The once and future liberal, que publicará Debate pronto) y Jim Goad (Manifiesto redneck). También en Letras Libres Aurora Nacarino-Brabo ha escrito sobre este tema. Es algo curioso: un libro como el de Lilla, más estadounidense que la crema de cacahuete, provoca un debate en la izquierda española.

Es una acusación maliciosa, porque ataca el núcleo de lo que se entiende que es la izquierda: la defensa de los más débiles. A veces es un poco injusta. Usamos a los pobres como mercancía y arma política. Hay un cruce de acusaciones de elitismo y condescendencia: unos dicen que la izquierda universitaria (lo que los anglosajones llaman limousine liberal) no conoce el país real, otros dicen que la izquierda que se dice defensora real de la clase obrera en realidad desea que no deje de serlo, que no salga de la pobreza. De pronto, quienes nunca se han preocupado por las clases baja se convierten en sus defensores. A veces me recuerda a la derecha que de pronto se hace feminista para señalar las contradicciones de la izquierda feminista.

También hay una parte de este discurso, especialmente el influido por Mark Lilla y su libro sobre el liberalismo identitario, que cae en cierta nostalgia. The once and future liberal es un libro necesario y lleno de reflexiones interesantes. Habla de las eras o dispensations en las que una cultura política cambia y se establece una nueva, un poco al estilo de Thomas Kuhn y las revoluciones científicas. Lilla habla de dos: Roosevelt y Reagan. Lilla critica el neoliberalismo despersonalizado de Reagan y afirma que tras él hubo no solo un giro cultural e identitario en la izquierda, sino narcisista e individualista. Es decir, que la izquierda no propuso una nueva dispensation sino que adaptó en cierto modo la cultura política egoísta y la trasladó a las políticas de la identidad. Como dice de manera épica, “Están perdiendo porque se han retirado hacia las cuevas que se han hecho para ellos mismos donde antes había una gran montaña.”

Aunque Lilla se cubre las espaldas con varias frases epigramáticas y contundentes que demuestran su confianza en el futuro y el progreso (“Esto no significa que hay que volver al New Deal. Los liberales del futuro no pueden ser como los liberales de antaño; han cambiado demasiadas cosas. […] No hay un ‘otra vez’ en política, solo hay un futuro.”), hay un tono en general melancólico cuando habla de Roosevelt, de una época dorada en la que trabajadores sin camiseta, todos unidos, construyeron la gran presa Hoover en California y también un gran país de valores compartidos.

Lilla tiene razón al acusar a la izquierda de narcisista (no la tiene tanto, si miramos las encuestas y los datos, cuando piensa que la identidad y la corrección política fueron los culpables verdaderos de la derrota de los demócratas y la victoria de Trump) y hace un análisis muy inteligente sobre las políticas identitarias. “El liberalismo identitario ha dejado de ser un proyecto político y se ha convertido en uno evangélico. La diferencia es esta: el evangelismo trata de decirle la verdad al poder. La política trata de alcanzar el poder para defender la verdad.” Es una postura pragmática: “En una democracia la única manera significativa de defenderlas [las causas necesarias] -y no solo hacer gestos vacíos de reconocimiento y ‘celebración’- es ganando elecciones y ejerciendo el poder en el largo plazo, en cualquier nivel de gobierno.” No vale esperar a que todos vean la luz. Hay un párrafo donde compara la política con la pesca:

La política electoral es un poco como pescar. Cuando pescas te levantas pronto y vas a donde están los peces, no a donde desearías que estuvieran. Entonces metes el anzuelo en el agua. Cuando el pez se da cuenta de que lo has enganchado quizá se resista. Déjale; suelta un poco la caña. Tarde o temprano se calmará y puedes volver a tirar, con cuidado de no provocarlo innecesariamente. La estrategia de pesca de los liberales identitarios es permanecer en la orilla, gritando a los peces sobre los errores históricos que ha cometido el mar contra ellos, y la necesidad de que la vida acuática renuncie a su privilegio. Todo con la esperanza de que los peces confiesen colectivamente sus pecados y naden hacia la orilla para que los metan en las redes. Si esa es tu estrategia de pesca, mejor hazte vegano.

Los peces no van a venir a la red por mucho que pensemos que es lo mejor para el bien común. Y menos si ir hacia la red implica una expiación sobre los pecados propios. Es posible que los grandes relatos y los grandes líderes no vuelvan. Tampoco sirven las explicaciones unicausales, como la patria o la clase. No es algo necesariamente malo. Quizá hay buenas ideas diseminadas y fragmentadas en diversos discursos y opciones políticas; solo hace falta encontrar la manera de gestionar esa pluralidad sin matarnos unos a otros. Es el discurso de las coaliciones que defiende Lilla cuando no se pone nostálgico, o pensadores como Michael Walzer. Hay que sumar acuerdos de mínimos, en vez de esperar a que todos estemos de acuerdo.

 

 

Pablo SIMÓN, “Una modesta contribución al debate de la izquierda” a Politikon (27-01-18)

https://politikon.es/2018/01/27/una-modesta-contribucion-al-debate-de-la-izquierda/

1. Estos días me he cruzado con algunos debates muy interesantes sobre el devenir de la izquierda, parece que a cuenta del 50 aniversario de Mayo del 1968 (aquí un libro pendiente). Simplificando muchísimo, la tesis que da origen al debate es que la izquierda está perdiendo elecciones porque sus líderes e intelectuales están en una burbuja de privilegios. El empeño de las izquierdas en centrarse en políticas de reconocimiento e identidad le habrían hecho abandonar su núcleo fundamental de votantes, las clases populares o los obreros, que encontrarían acomodo más sencillo en los partidos de derechas. La idea, resumida en una frase, es que Trump habría ganado por culpa de la izquierda pija.

2. En paralelo a este debate ha habido algún dardo que aprovechaba para poner en cuestión el reciente papel de los científicos sociales en el debate público con una cierta añoranza de los intelectuales de antaño. Si uno desbroza las insinuaciones desatinadas o la absurda polémica cuanti-cuali, propias de tocar de oído, comparto que debemos ser mucho más críticos con el supuesto cientificismo infalible que los rodea (a veces) cuando se la presenta en prensa. En eso hay mucho margen de mejora. Ahora bien, al comparar a un científico social con un intelectual hay que entender que la pretensión del primero es mucho más modesta. A diferencia del intelectual, un científicos social no busca La Verdad, cuya persecución deja en manos de mentes más clarividentes que la suya. Se limita a buscar la falsabilidad, es decir, apenas aspira a un saber provisional e inestable del mundo gracias al contraste de hipótesis empíricas siguiendo una serie de reglas generales (validez, fiabilidad, replicabilidad). Un conocimiento fragmentario y poco contundente, cierto, pero que quizá pueda contribuir algo en este debate.

3. No quiero en este texto entrar a discutir el concepto de clase, tampoco es mi objetivo central. Para los muy interesados, si se quiere revisar el concepto desde la tradición marxista recomiendo Erik Olin Wrigth en Understanding Class. Si se quiere analizar desde la perspectiva del comportamiento político y de activación/desactivación de ese marco en las elecciones (básicamente en Reino Unido) recomiendo Geoffry Evans y James Tilley en The New Politics of Class: The Political Exclusion of the British Working Class. Aunque creo que habría mucha tela que cortar sobre este asunto, voy a tomar una definición amplia de entrada para poder avanzar en el debate, eso sin siquiera entrar en la utilidad analítica del término.

4. Mi objetivo en este breve texto es comprobar si efectivamente la izquierda pierde elecciones por la pérdida del voto obrero y, muy especialmente, por contraposición a las políticas de identidad ¿Es esto realmente así? ¿Y qué ocurre en el caso español?

5. Este debate tiene un origen muy intenso en los EEUU, donde se argumenta que se habría producido una fuga de obreros a Trump por su discurso proteccionista en lo económico, muy en sintonía con los perdedores de la globalización. Hillary Clinton, empeñada en hablar de minorías y mujeres, habría descuidado a esos colectivos y eso habría supuesto su derrota. Vamos a dejar de lado el detalle de que Clinton ganó por casi tres millones en voto popular. También que este argumento ya estuviera en circulación en tribunas de periódicos incluso antes de que hubiera un solo dato postelectoral que lo pudiera avalar. Asumiendo que es un argumento vox populi, habrá que comenzar por lo básico: no hay evidencia de que los obreros votaran por Trump. Como ha indicado Noam Lupu aquí de manera bastante clara, se mida como se mida dicho concepto (renta, nivel educativo, su combinación) la hipótesis no se sostiene. Hay más bien alguna indicación de lo que parece la abstención demócrata en algunos estados clave fue lo relevante para explicar el resultado. Incluso hay alguna mala noticia adicional para los que compran la tesis obrerista: Pese a lo peculiar del candidato, lo cierto es que las bases electorales de partido demócrata y republicano apenas han variado en 2016. Estas elecciones fueron más bien un paso más en la creciente polarización que se da en los EEUU.

6. Dado que este debate ha tenido cierto predicamento al otro lado del Atlántico, parece haber un potente deseo de intentar importar las lógicas americanas a España. Quizá porque los creadores de opinión digitales se mueven esencialmente en inglés como lengua de trabajo. La pena es que no se manejen tanto el portugués o el italiano porque esos países tienen sistemas políticos más comparables al nuestro y de los que se podría extraer lecciones mucho más interesantes. En todo caso, voy a seguir rastreando la ubicación del voto obrero, ahora en España. Pues bien, lo cierto es que en nuestro país el voto obrero, mídase como auto-ubicación del entrevistado, ingresos, educación o la interacción entre ambas tiende a optar por el PSOE. Un debate empírico muy interesante que hubo en su momento entre Pepe Fernández-Albertos y Pau Mari-Klose trató sobre justamente sobre la relación de ese voto de clase con Podemos. No me extenderé mucho, pero en general sí se apreciaba que la probabilidad de voto al partido morado (al menos durante 2015) correlacionaba más con posiciones precarias en el mercado de trabajo y percepción subjetiva de menor bienestar. En todo caso, parece que la izquierda en España no ha perdido a esa supuesta base obrerista o de clase (sea objetiva o sea subjetiva) aunque vaya a partidos distintos.

7. Sin embargo, todavía queda por saber en qué medida hay una contradicción entre las políticas de reconocimiento-multiculturalismo y hablar sobre cuestiones que preocupen en el tradicional eje izquierda-derecha. Pues bien, lo que sabemos es que esta cuestión es muy contingente a la historia de cada país, como indican Rovny y Polk. En algunos países hay una asociación fuerte entre ambas cuestiones (si eres de izquierdas, eres liberal-cosmopolita; si eres de derechas, autoritario-conservador) mientras que en otros hay variedad en el espectro. Pues bien, como se refleja para el caso de España, existe una fortísima asociación entre ambas cuestiones tanto desde la perspectiva de los partidos como, con algunos matices, de los votantes. Esto indica que si alguien teme que por hablar de brecha salarial de género (buen ejemplo de interseccionalidad) vaya a perder sintonía con las clases populares, su miedo es infundado. El marco de competición en España hace que ambas cuestiones estén solapadas. Ahora bien, son los partidos los que deben decidir cómo se concreta esto en propuestas concretas orientadas a redistribución y reconocimiento, y ahí es donde la “agencia política” marca la diferencia.

8. En resumen, ni está claro que los obreros hayan votado por Trump, ni hay evidencia de que hayan dejado de optar por la izquierda en España, ni se perfila en el horizonte una incompatibilidad práctica entre la dimensión cosmopolita y la más distributiva. Yo por eso creo que hay que ser más cautos cuando se mira fuera de nuestras fronteras y se intentan importar debates con calzador. A veces en las prisas de querer explicar dinámicas complejas corremos el riesgo que querer poner el carro delante de los bueyes, pensando que nuestras tesis pueden ser ajenas a cualquier base de sustento empírico. No creo que sea una vía provechosa para el debate público y, si esos son los intelectuales que algunos echan de menos, me quedo con otras disciplinas de aspiraciones más modestas.

 

David LIZOAIN, “Renta básica universal, variantes, alternativas y otras políticas” a Agenda Pública (26-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/renta-basica-universal-variantes-alternativas-otras-politicas/

La renta básica universal (RBU) combina tres elementos claves en su variante más progresista. Primero, representa la ambición de lograr una serie de objetivos loables, entre ellos poner fin a la pobreza, aumentar la libertad individual, disminuir las desigualdades económicas y de género, y mejorar el poder de negociación de los trabajadores. Segundo, plantea una política pública casi seductora en su sencillez: una transferencia incondicional de dinero en efectivo aplicada universalmente. Tercero, implica una reforma fiscal muy significativa para recaudar ingresos suficientes para pagarla.

Estos tres elementos están íntimamente vinculados. El tamaño hipotético de la transferencia de efectivo condicionaría el grado de eficacia de la política a la hora de conseguir sus ambiciosos objetivos. Y el tamaño de la transferencia y el tamaño de la reforma fiscal tienen una relación necesaria. La renta básica más ambiciosa también cuesta más y por lo tanto es menos factible. Un estudio del Institute for Policy Research del Reino Unido resumió esta dificultad: “Una RBU asequible sería inadecuada, y una RBU adecuada no sería asequible”

Para intentar resolver este dilema, se suelen proponer una serie de políticas alternativas, que a menudo pretenden lograr objetivos similares: una renta mínima garantizada, un impuesto negativo sobre la renta, etc. Ante el coste de la RBU, estas propuestas suelen sacrificar uno de los componentes fundamentales que dota a la RBU de su nombre, la universalidad. Se corre el riesgo de perder de vista la idea de que todo el mundo merece un cierto suelo de bienestar, sin necesidad de ser sometido a controles burocráticos.

El objetivo de este artículo es explorar, en términos cuantitativos (% PIB), los costes de algunas de las variantes de la RBU, de algunas de sus alternativas y de un abanico más o menos amplio de otras políticas públicas. La lista es un tanto ecléctica y una obra en vías de construcción. Pero quiero destacar dos conclusiones. La primera es que hay una serie de políticas  que no sólo son mucho más asequibles que una RBU en toda regla, sino que también serían factibles. La segunda es el dato muy conocido de que entre España y el resto de democracias avanzadas existe una brecha notable no sólo en términos de inversión en políticas de bienestar social, sino también de recaudación fiscal.

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Como se puede comprobar, hay una serie tanto de políticas ya existentes –cobertura dental ampliada en Escocia, cupones de alimentos en los Estados Unidos, guarderías infantiles públicas en Quebec– como de propuestas –un esquema europeo de prestaciones contra el desempleo, remplazar los salarios perdidos en la crisis o elevar todo el mundo por encimo del umbral de la pobreza en los EEUU, una ayuda para los niños en el Reino Unido–, que son relativamente modestas. Incluso la inversión necesaria para realizar una transición energética hacia las renovables se estima en tan solo un punto y medio del PIB.

Propuestas de políticas públicas más ambiciosas incluyen una del Reino Unido para universalizar las guarderías (que incluye un variante generoso donde se pagarían a los trabajadores del sector igual que los profesores); al tener en cuenta el incremento impositivo provocado por la creación de nuevos trabajos, se estima que las dos versiones de esta política costarían 0,07% y 0,36% en términos netos. La intrigante propuesta de financiar unos Servicios Básicos Universales, que pretende garantizar mejor el acceso a la vivienda, la alimentación, el transporte, y la información a los ciudadanos británicos, tampoco es que sea tan costoso. Requiriendo de una movilización superior de recursos sería equiparar España (0,7%) a Holanda (4,3%) en cuanto al gasto dedicado a políticas de cuidado de largo plazo de la gente mayor; esto también supondría un programa masivo de creación de empleo.

En las últimas elecciones, Ciudadanos y Podemos hicieron un favor al debate público al aportar unas memorias económicas juntamente con sus programas electorales. La presentación de Ciudadanos fue la más detallada y transparente de los grandes partidos, lo cual lo hace fácil comprobar que sus propuestas en términos de gasto también son las más restrictivas; comparado con el escenario base del gobierno, que situaría el gasto en el 38,6% del PIB en 2020, Ciudadanos proponía una reducción trivial al 38,5% del PIB. Cabe mencionar que, dado el envejecimiento de la población, lo cual supondrá una mayor necesidad de gasto en sanidad y cuidados a largo plazo, mantener el mismo nivel de gasto implica la opción política de disminuir el alcance del estado de bienestar paulatinamente.

En el otro “extremo”, Podemos propuso incrementar el gasto hasta el 41,2% del PIB, un aumento de menos de tres puntos del PIB. Esto situaría el gasto a un nivel equiparable al de 2007 con Zapatero. A mi juicio, la modestia de la que supone, actualmente, la propuesta fiscal más ambiciosa en España es llamativa; el aumento de gasto que proponía Podemos era inferior a los incrementos llevados a cabo por Felipe González, pero también por Adolfo Suarez en su momento.

El alcance del debate fiscal español es curiosamente limitado, teniendo en cuenta el vasto campo por recorrer que supondría una convergencia con la media de la zona euro. Que la convergencia inicial fuera la parte más sencilla no es particularmente convincente a la hora de explicar por qué España se ha estancado en la consolidación y expansión de su estado de bienestar. De hecho, la brecha en la recaudación de ingresos (como % del PIB) entre España y Francia se ha ampliado a lo largo de los últimos treinta años.

En cierto modo, se pueden interpretar los años de gobierno de Zapatero como una oportunidad perdida, cuando se podría haber fortalecido el estado fiscal de forma contra-cíclica. Profundizar el proyecto republicano de no-dominación, alcanzar el objetivo de una mayor igualdad de género y alcanzar un pacto intergeneracional más justo –elementos que en principio se asociaban con el proyecto de Zapatero– requieren todos ellos de una base material más potente. Cualquier proyecto progresista serio para España debería estar contemplando un aumento en los ingresos fiscales del 1% al año al largo del curso de al menos un par de legislaturas.

Esto no quiere decir que este proyecto descanse exclusivamente en políticas redistributivas (dado la necesidad pendiente de una serie de reformas en áreas desde los mercados laborales y de energía hasta la administración pública), ni que una reforma fiscal en profundidad no presente complicaciones (como la movilización del apoyo político suficiente, o el reto de aplicar impuestos al capital en un marco fiscal descentralizado). Una mayor redistribución no será suficiente, pero será necesaria para abordar los objetivos que la RBU y las otras políticas públicas relacionadas buscan alcanzar. La alternativa, el escenario desolador que ha sido bautizado como el estado de consolidación por Wolfgang Street, implica la profundización de la precariedad y la polarización de los resultados sociales. La forma de rechazar la idea de que no hay alternativa es proponiendo una alternativa real.

 

 

Samuel BENTOLILA,  Florentino FELGUEROSO, Marcel JANSEN y Juan F. JIMENO, “La rocambolesca historia del contrato único” a Nada es Gratis (29-01-18)

http://nadaesgratis.es/bentolila/la-rocambolesca-historia-del-contrato-unico?wt=2

La recuperación económica ha impulsado notablemente la creación de empleo en España, pero lo ha hecho con el excesivo peso de la contratación temporal de siempre, tanto en los flujos de nuevos contratos como en el stock de trabajadores asalariados. Incluso, como mostramos en una entrada reciente, se observa una disminución en la duración de los contratos temporales y escaso avance en la conversión de estos contratos en indefinidos. Mientras que en Alemania la tasa de temporalidad entre los asalariados es del 13.1%, del 16.2% en Francia y en los Países Bajos del 20.8%, en España es ya del 26.7%. En Europa solo nos supera Polonia, con el 27.5%.

Ante este hecho, han vuelto a surgir voces que reclaman soluciones a la dualidad del mercado de trabajo español. Entre ellas está la propuesta del “contrato único”, que tanta atención recibió a finales de la década pasada. Las reformas laborales en Italia y en Francia, que en cierto modo hacen de la lucha contra la dualidad uno de sus objetivos fundamentales, también han contribuido al renacimiento de este interés.

En esta entrada recordamos los orígenes de esa propuesta y cómo se formuló por el grupo de economistas que la promovieron en abril de 2009. En otra posterior, recordaremos en qué consiste exactamente, responderemos a las críticas que ha recibido e indicaremos por qué pensamos que sigue siendo la mejor alternativa para resolver la excesiva dualidad del mercado de trabajo español.

La versión española del contrato único

El origen del contrato único está en un trabajo de colaboración entre dos economistas franceses excepcionales, un macroeconomista con amplia experiencia en el estudio de los mercados de trabajo europeos (Olivier Blanchard) y un reconocido (con el Premio Nobel) experto en el campo de la teoría de los contratos (Jean Tirole). En 2003 publicaron un artículo (Contours of employment protection reform) en el que señalaban tres características fundamentales que debería tener un contrato de trabajo: (i) indemnizaciones por despido crecientes con la antigüedad (y no solo linealmente, sino con una pendiente creciente en dicha duración), (ii) prestaciones por desempleo financiadas bajo el principio del experience-rating (bonus-malus), de forma que las empresas contribuyan a esa financiación de manera proporcional a los despidos que realicen y (iii) escasa discrecionalidad en la intervención judicial en los despidos por causas económicas.

Inspirado por ese artículo (y por otro de Pierre Cahuc y Fabien Postel-Vinay), Juan J. Dolado, en el diario Expansión en abril de 2004, consideraba conveniente “tapiar los costes del despido” creando “un nuevo contrato para todos los trabajadores en cinco tramos, con indemnizaciones de 10 días para el primer año, 16 para el segundo, 21 para el tercero, 29 para el cuarto y 39 en adelante”.

Cuatro años después, respondiendo a la petición de una revista académica de un think tank alemán (CESifo), dos de nosotros junto con el propio Juanjo revisamos el proceso de reformas laborales que había generado la dualidad del mercado de trabajo español. También adaptamos la propuesta de Blanchard y Tirole a las necesidades del caso español, teniendo en cuenta los resultados de investigaciones previas sobre su segmentación y la experiencia adquirida tras participar en comités de expertos para la reforma laboral en España (aquí, aquí y aquí). En ese trabajo proponíamos: “sustituir el actual sistema de contratos indefinidos y temporales para los nuevos contratados por un único contrato indefinido con indemnizaciones progresivamente crecientes”.

Poco después de publicarse este artículo, viendo venir el cambio en la coyuntura económica internacional y conociendo la debilidad estructural del mercado de trabajo español para digerir perturbaciones negativas, un grupo de economistas laborales empezamos a sentir una gran preocupación. En parte para confortarnos mutuamente y en parte para discutir cómo podríamos contribuir a mejorar las políticas de empleo a fin de reducir el coste de una crisis que estaba aún en sus albores, algunos economistas nos reunimos en marzo de 2009. Y de aquella reunión surgió la Propuesta para la reactivación laboral en España, que originó “la versión española del contrato único”.

Esta propuesta recibió un grado de aceptación inusual entre economistas académicos españoles y se acabó convirtiendo en el “manifiesto de los cien”. Luego se adhirieron aún más colegas. Así, el origen de la “confabulación” detrás de esta iniciativa fue la de un grupo de economistas académicos e investigadores con intereses en cuestiones laborales y preocupados por las consecuencias de una crisis que despuntaba, con consecuencias gravísimas sobre las perspectivas laborales de la población española y, en particular, de los segmentos más desfavorecidos.

Desde su presentación pública el 21 de abril de 2009 y la publicación de un artículo de prensa, la propuesta recibió una amplia difusión en los medios de comunicación y también generó una abundante respuesta pública en forma de valoraciones institucionales y artículos de opinión. En este sentido, cumplió uno de sus objetivos principales: fomentar el debate público sobre las políticas económicas en España, prácticamente inexistente en relación con el mercado de trabajo, del que los académicos apenas habíamos sido partícipes hasta entonces.

Quizás por esa inexperiencia, fuimos sorprendidos por la pronta y virulenta reacción de los agentes sociales, que por entonces estaban negociando otro de sus muchos acuerdos sociales. Por una parte, nos acusaron de hacer política a secas, cuando sólo pretendíamos movernos en el plano de la política económica y, por otra, promovieron un contramanifiesto, comúnmente denominado como el “manifiesto de los 700”. La respuesta sindical se centraba en un argumento muy repetido, aunque fuera contrario a la evidencia empírica: que las ineficiencias de nuestro mercado de trabajo no tenían un origen institucional, sino que nuestros principales problemas procedían de nuestro modelo productivo. Además, se ponía en duda la honestidad de la propuesta mediante juicios de intenciones infundados, se acusó al contrato único de instrumento para transformar a todos los trabajadores en precarios, y se cuestionó su encaje en la Constitución Española. Por el contrario, la propuesta fue recibida favorablemente y, posteriormente, recogida como digna de consideración por algunos organismos internacionales (como la OCDE o el FMI).

Retrospectivamente, el “manifiesto de los cien” fue instrumental para cambiar los debates sobre políticas de empleo en España, hasta entonces casi monopolizados por agentes sociales con intereses particulares en la regulación tanto de la protección del empleo como de la negociación colectiva. La propuesta llegó a traspasar la línea del debate para ser adoptada por varios políticos, bien a título individual bien incorporándola en los programas de partidos como UPyD o Cuidadanos, siendo objeto de dos debates parlamentarios (aquí y aquí). También formó parte de los debates generados en las últimas elecciones. Lo que no ha conseguido es saltar al BOE.

¿Qué hicimos mal?

Debemos reconocer que se cometieron algunos errores en la formulación y la presentación de la Propuesta para la reactivación laboral en España. (Lo que viene a continuación es nuestra opinión, que puede ser compartida o no por sus otros promotores.) En primer lugar, además de la adopción del contrato único, se recomendaba combinarlo con un sistema de financiación de las prestaciones por desempleo con un componente “bonus-malus” y una mochila austriaca para combatir el exceso de temporalidad. Y también se proponían otras medidas respecto a la protección social, la negociación colectiva y las políticas activas de empleo, que lamentablemente quedaron totalmente eclipsadas por la propuesta del contrato único.

Otro error fue que, por la propia naturaleza del manifiesto, inicialmente no se incluyeron explicaciones sobre cómo incardinar ese tipo de contrato en la procelosa legislación laboral española. Y esta falta de detalles permitió que el debate económico transmutara en otro jurídico y también que la propuesta se confundiera con otras de naturaleza distinta, como la de la patronal (aquí).

Un tercer error, que pudo restar aceptación y viabilidad política a la propuesta, fue no discutirla antes de su difusión pública con los agentes sociales, algunos de ellos ciertamente preocupados por la dualidad del mercado de trabajo español e interesados en la búsqueda de soluciones viables a ese problema.

Finalmente, la referencia continua a la propuesta como “la del contrato único” confundió a muchos y les llevó a pensar que se proponía la eliminación de la flexibilidad de la contratación, dejando un solo tipo de contrato, cuando en realidad se contemplaban contratos adicionales de interinidad y formación, y modalidades como el contrato fijo discontinuo o el contrato a tiempo parcial.

A posteriori se trató de corregir estos errores mediante una participación masiva de los promotores de la propuesta en los medios de comunicación y reuniones con juristas expertos y con representantes de los agentes sociales, que dieron lugar a reformulaciones de la propuesta más precisas. Varios miembros del grupo siguieron desarrollando el modelo del contrato único e investigando sus posibles efectos (por ejemplo aquí, aquí, aquí o aquí). Pero los resultados no fueron positivos. Las ideas preconcebidas y los juicios de intenciones de los que se opusieron (ferozmente) a la propuesta sustituyeron al debate informado −con argumentos lógicos y evidencia empírica− sobre las ventajas y los inconvenientes de la propuesta.

En una próxima entrada lo volveremos a intentar, reflexionando sobre lo que aprendimos de aquel debate y explicando, una vez más, cómo esta propuesta contribuiría a resolver la grave enfermedad de temporalidad y precariedad que sigue afligiendo a nuestro mercado de trabajo.

 

 

Samuel BENTOLILA, Florentino FELGUEROSO, Marcel JANSEN y Juan F. JIMENO, “El contrato único: lo que es y lo que no es” a Nada es Gratis (30-01-18)

http://nadaesgratis.es/bentolila/el-contrato-unico-lo-que-es-y-lo-que-no

Para entender la propuesta del contrato único (cuya procelosa vida relatamos ayer) hay que empezar prestando atención a qué es un puesto de trabajo, la naturaleza de la relación contractual entre empleador y empleado, y las formas de rescisión de ese contrato. La incomprensión de la propuesta del contrato único proviene de no entender (o no querer entender) estas cuestiones.

Un puesto de trabajo, dos tipos de contrato y muchas causas de despido y de terminación 

Los puestos de trabajo (como todo en la vida) nacen, se desarrollan y mueren. La legislación laboral impone requisitos sobre estas tres etapas; por ejemplo, bajo qué condiciones es posible realizar un contrato de trabajo, cómo se ha de formalizar y de qué manera y bajo qué supuestos se puede rescindir.

La legislación laboral española entiende que se pueden distinguir objetivamente dos casos distintos. En el primero, el puesto de trabajo nace con vocación de continuidad. Otro es el caso de los puestos de trabajo que nacen con fecha de caducidad, es decir, aquellos para los que, por su propia naturaleza, se conoce de antemano cuándo van a desaparecer. Con esta premisa, la ley ordena que los primeros se cubran con contratos indefinidos, mientras que para los segundos permite tipos de contrato especiales, ad hoc, en función de la razón por la que se presupone su terminación.

Para el contrato indefinido se estipulan dos tipos de causas de rescisión, las objetivas −que incluyen las económicas, tecnológicas, organizativas, etc.− y las disciplinarias, ambas sometidas al control judicial. En el caso de los contratos temporales son los inspectores de trabajo o los jueces de los juzgados de lo social a instancia de parte quienes pueden certificar si la causa que justifica ese tipo de contrato es cierta o no. Si no lo es, el contrato ha de ser convertido instantáneamente en indefinido. Los contratos temporales se rescinden cuando se cumple el hecho que los justifica como tales. En caso de rescisión del contrato sin haberse cumplido dicha causa, se considera que hay un despido improcedente y el trabajador pasa a estar cubierto por la misma legislación que protege el empleo de los trabajadores con contrato indefinido.

En teoría, parece un marco flexible, adaptable y que permite conjugar la protección al empleo de los trabajadores con las necesidades de flexibilidad de las empresas. En la práctica, es completamente disfuncional (como dijo Yogi Berra: “En teoría, no hay diferencia entre la teoría y la practica; en la práctica, sí la hay).

La principal razón es que la dicotomía de puestos de trabajo en la que se basa la legislación laboral española es falsa. En muchos casos no es posible anticipar como evolucionará y cuándo terminará un puesto de trabajo, aun cuando haya nacido con una finalidad muy definida o con una vocación de continuidad tan solemne como la que puede haber, por ejemplo, en el matrimonio. Las empresas están sometidas a cambios continuos en su demanda y sus costes, lo que puede hacer que un puesto de trabajo aparentemente de duración “indeterminada” se vuelva inviable y otro de duración “determinada” se vuelva muy rentable a medio plazo. Cuando se obliga a las empresas a clasificar un nuevo puesto de trabajo en alguna de estas dos categorías, como ambas tienen condiciones de rescisión muy diferentes, la elección entre un contrato indefinido y uno temporal para cubrir dicho puesto se acaba haciendo, en la práctica, en función de las diferencias en la dificultad para rescindir estos contratos y no, como pretende la ley, en diferencias objetivas en la duración prevista del puesto de trabajo. Es decir, se acaban cubriendo con contratos temporales puestos de trabajo que en ausencia de estas diferencias tan marcadas se hubieran cubierto con contratos indefinidos.

Por ello, en la práctica el resultado de la dualidad contractual es un completo fracaso. A pesar de las reformas laborales de 2010 y 2012, las causas económicas para la rescisión de contratos indefinidos siguen sin estar plenamente operativas por la existencia de un activismo judicial excesivo. Existen muchas causas de contratación temporal (la inmensa mayoría de los puestos de trabajo nacen “condenados”), se firman cerca de 20 millones de contratos temporales al año (frente a un stock de 15,9 millones de asalariados), y la inspección de trabajo y el control judicial son incapaces de erradicar “la temporalidad injustificada”. (Y no debe de ser por falta de voluntad, pues algunos que ahora defienden con firmeza que la inspección de trabajo podría hacerlo fueron incapaces de instaurar medidas para permitirlo cuando ostentaron responsabilidades ministeriales de alto nivel.)

Si asumimos (con resignación o sin ella) que en la práctica es muy difícil (si no imposible) discernir y supervisar el ciclo vital de los puestos de trabajo que se crean, y que lo será cada vez más con el surgimiento de nuevas formas de trabajo derivadas de los desarrollos tecnológicos y socioeconómicos que se vislumbran, la legislación sobre protección del empleo debe cambiar radicalmente. Acomodar la creación de puestos de trabajo, todos ellos con evoluciones, duraciones y causas de destrucción inciertas, es la principal motivación de la propuesta del contrato único. Veamos cómo.

Rampas en lugar de muros

Al inicio de una relación laboral, las razones por las que un puesto de trabajo puede ser inviable son más frecuentes y variadas. En el marco legal actual, esto se acomoda mediante la tasación de múltiples causas de contratación temporal. El resultado es una excesiva rotación laboral, incentivada por la diferencia de protección entre trabajadores fijos y temporales, y también por limitaciones a la extensión de los contratos temporales. La propuesta de contrato único pretende atajar este problema a través de un nuevo contrato indefinido y de la supresión de la mayor parte de los contratos temporales. La propuesta del contrato único permite establecer indemnizaciones por despido crecientes con la duración del contrato, otorgando así una mayor compensación a quienes hayan realizado una mayor inversión especifica en el puesto de trabajo.

La fijación de un perfil de indemnización creciente debe tener en cuenta dos factores. Por una parte, no debe penalizar el empleo, empezando por tanto con un nivel cercano al existente actualmente para los contratos temporales, y suponiendo un coste total similar al esperado con la legislación actual. Por otra parte, no debe suponer escalones de indemnización muy altos, que desincentiven la permanencia en la empresa, en especial en aquellos puestos de trabajo cuya productividad no crezca suficientemente en el tiempo para compensar los aumentos de costes.

Protección para todos, precariedad para ninguno

Hay quien interpreta la propuesta del contrato único como una forma de convertir todos los contratos indefinidos en temporales. Más bien es al contrario, porque todos los trabajadores quedarían efectivamente protegidos por las mismas normas de procedimiento y resolución de los despidos que ahora cubren a los trabajadores con contrato indefinido.

Esta crítica suele venir acompañada por el argumento, cada vez menos cierto, de que la contratación temporal es un escalón necesario en las carreras profesionales hacia la contratación indefinida (stepping stone). Sin embargo, la evidencia muestra que la consecución del primer contrato indefinido se ha alargado mucho durante la crisis; para los más jóvenes ha pasado en media de 5 a 9 años. Además, las tasas de temporalidad son hoy muy altas a todas las edades, habiéndose convertido en una trampa, en lugar de un escalón, para varios colectivos. Con el contrato único, los trabajadores obtendrían un empleo indefinido con mayores niveles de protección e indemnizaciones desde el primer día, por lo que la estabilidad laboral mejoraría. En cualquier caso, la comparación relevante debe establecerse entre trayectorias laborales que incluyen actualmente largos periodos de empleos temporales y mucha rotación (con periodos intermedios de paro), con la que resultaría con contratos estables menos proclives a su terminación por razones espurias.

Despidos económicos con causa, no terminaciones espurias

Con respecto a las causas del despido, en la versión original propusimos una única escala de indemnizaciones para los despidos objetivos –con causas económicas, tecnológicas u organizativas. Desde el punto de vista económico esta solución tenía mucho sentido. Antes de la crisis, las empresas podían despedir a sus empleados fijos pagando la máxima indemnización prevista, esquivando el control judicial a través del llamado “despido express”, a menos que el trabajador recurriera para obtener la nulidad del despido. Sin embargo, desde ámbitos jurídicos nos avisaron de que nuestro marco constitucional y el cumplimiento de la convención 158 de la OIT, ratificada por España, exigen la causalidad del despido. La solución fue la introducción de dos escalas crecientes, una para los despidos procedentes y otra, más elevada, para los improcedentes.

Con el contrato único todos los despidos –o mejor dicho terminaciones por iniciativa de las empresas– estarían sujetos al control judicial. Por tanto, con la actual definición de las causas del despido, la terminación de una obra no sería una causa justificada para el despido. Para serlo, la empresa debería demostrar la existencia de una situación económica adversa, como la caída persistente de sus resultados y/o la ausencia de obras nuevas. Además, el contrato único ofrece una protección mucho mejor contra posibles abusos por parte de las empresas que los contratos temporales. Un buen ejemplo es el caso de una mujer embarazada. Si tiene un contrato temporal en el momento de su embarazo, la empresa puede rescindir la relación laboral negándose a renovarlo o a transformarlo en indefinido. La empleada puede recurrir a los tribunales aduciendo un trato discriminatorio, pero esta vía es incierta y requiere recursos. Por el contrario, bajo la protección de un contrato indefinido cualquier despido sería declarado nulo en ausencia de causas objetivas que lo justificasen. Nos resulta incomprensible que estas ventajas reciban tan poca consideración por parte de algunos juristas laboralistas.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que la extensión de la tutela judicial efectiva a toda la población puede conllevar un aumento de la litigiosidad. Para evitarlo, el futuro marco debería ofrecer un alto grado de seguridad jurídica, algo que no necesariamente requiere una reforma de las causas del despido, pero sí contención por parte de los jueces, cuyo papel principal debería ser verificar las causas estipuladas en la ley, como marca la ley tras la reforma de 2012.

Único, pero no exclusivo…

La calificación de “único” se refiere a que todos los puestos de trabajo han de ser contemplados y, por tanto, regulados de la misma forma, no a que solo exista un tipo de contrato siempre con las mismas estipulaciones. En nuestra propuesta dejamos claro desde el principio que había que mantener dos tipos de contratos adicionales: los de formación y los de sustitución de trabajadores por baja temporal. En lo esencial, la propuesta del contrato único no es tanto sobre cuántos tipos de contratos deben existir sino, sobre todo, el principio de regulación legal no discriminatoria en función de supuestos y conjeturas sobre la naturaleza del puesto de trabajo.

…y con complementos

El contrato único no es una panacea y nunca vino solo. El manifiesto de los cien propuso su introducción junto con un sistema de bonus-malus y la transformación de parte de las indemnizaciones en una aportación a un fondo individual, la famosa mochila austríaca. La primera de estas medidas haría a las empresas tener en cuenta el coste social de los periodos de desempleo asociados a los despidos. La segunda permite que en el momento de los despidos por causas económicas (cuando las empresas tienen mayores dificultades financieras), parte del coste de dichos despidos haya sido ya provisionado en cuentas individuales de los trabajadores, que, por otra parte, pueden constituir un instrumento muy útil para la implementación de políticas de formación y otras políticas sociales.

Además, y este es un punto crucial, la introducción del contrato único obligaría a una redefinición del papel de las empresas de trabajo temporal (ETT). El contrato único tiene como objetivo erradicar el abuso de la rotación y no pretende destruir las relaciones de corta duración, pero conviene canalizarlas a través de las ETT en vez de con contratos temporales de muy corta duración. En la actualidad el 26% de los contratos dura menos de una semana y frecuentemente se trata de recontrataciones, causando continuas entradas y salidas del paro. El marco legal debería sustituir estos contratos muy cortos por contratos de puesta a disposición por parte de las ETT, con dos importantes cambios. Por un lado, tras un umbral mínimo de días acumulados de trabajo durante un periodo determinado, estas empresas deberían también ofrecer un contrato indefinido a sus empleados. Por otro lado, las ETT se deberían encargar de evitar el uso fraudulento de sus servicios para cubrir posiciones permanentes y se les deberían exigir responsabilidades por el incumplimiento de esta obligación.

Con todos estos elementos no existiría ninguna necesidad de firmar contratos temporales. Para el trabajo estacional las empresas pueden recurrir a los contratos fijos discontinuos y para el resto de necesidades puntuales podrían recurrir a una ETT.

Seguimos creyendo, por tanto, que la dualidad del mercado de trabajo español debe ser combatida con decisión. Al igual que ocurrió en expansiones pasadas, no cabe esperar que la creación de empleo que afortunadamente estamos recuperando se produzca con una reducción de la temporalidad, sino, más bien, todo lo contrario. La propuesta del contrato único, con sus posibles limitaciones, dificultades técnicas y de viabilidad de implementación, debe ser nuevamente considerada si queremos (de verdad) avanzar por esa vía.

 

 

Oriol BARTOMEUS, “Investidura en Cataluña: quién, por quién, con qué apoyos” a Agenda Pública (30-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/investidura-cataluna-quien-quien-apoyos/

La política en Cataluña vive de espasmos, en una sucesión de episodios de gran dramatismo que se consumen para dar paso a otro. No hay solución de continuidad, no hay proceso. Es como si cada capítulo fuera nuevo, pero a la vez girara sobre el mismo eje. La política catalana está embarrancada en la manía de contar, de contarse. A cada nueva ocasión se cuentan las fuerzas de unos y de otros. ¿Para qué? Para decidir quién gana. ¿Y para qué? Para confirmar que se ha ganado.

Cada nuevo episodio es un enfrentamiento que no lleva a otro sitio sino a confirmar lo que ya sabíamos. Las elecciones del 21D. La constitución del Parlament. Ahora toca la investidura. Otra excusa para contarse, para confirmar que somos los que somos y seguimos defendiendo lo que ya defendíamos. En una situación normal, las investiduras sirven para generar un gobierno que lleva a término un programa. Aquí no. La investidura es un fin en si mismo. Una batalla más en una guerra de desgaste que nos fascina i nos hastía a partes iguales.

¿Qué puede pasar esta tarde en el Parlament?

1. La dictadura de los números: lo que no puede ser, no puede ser…

En el Parlament surgido de las elecciones del 21D sólo hay una mayoría posible. O lo que es lo mismo, no hay mayoría alternativa a la independentista. Es así y no hay más vueltas que darle. La posibilidad de una mayoría alternativa sobre la base de la no delegación del voto de los electos huidos en Bruselas no tiene razón de ser después de la renuncia al escaño de Serret, Ponsatí i Puig. El movimiento pretende lo que obvio: blindar la mayoría independentista, que sin Puigdemont y Comín, llega a los preceptivos 68 escaños, justo la mayoría absoluta.

Por lo tanto, los independentistas cuentan con el respaldo suficiente para una investidura en primera votación. Cualquier otra opción es aritméticamente imposible. De aquí que la única pregunta sea a quién quiere investir la mayoría independentista.

2. Investir a Puigdemont: la opción restauradora

La investidura del expresident fugado a Bélgica es la opción más lógica para los independentistas, aunque no esté exenta de dificultades. Estas dificultades son de sobras conocidas (las expuso negro sobre blanco el Tribunal Constitucional), pero eso no va en contra de la investidura de Puigdemont, sino todo lo contrario, la hace inevitable.

Investir a Puigdemont es un paso más en el desafío a la legalidad española, que ha sido el leitmotiv de la actuación de los independentistas catalanes. Además, es coherente con la propuesta que presentó Puigdemont el 21D, y que fue la más votada de entre las opciones independentistas (aunque fuera por unos escasos doce mil votos de ventaja sobre ERC).

La investidura de Puigdemont es la única opción que concita el apoyo de todos los partidos independentistas presentes en el Parlament, lo que quiere decir que es la única que tiene asegurados los 68 votos. Así lo ha dicho la CUP, que no está claro que quiera dar sus votos a otro candidato. Sin los cuatro diputados cupaires (y sin contar a los dos que están en Bruselas), los independentistas cuentan con 64 escaños, uno menos que la suma de C’s, PSC, CeCP y PP.

La CUP, pues, vuelve a ser clave, y su opción sigue siendo la desobediencia al Estado. ¿Y que mayor desobediencia que investir a Puigdemont, más cuando el TC ya ha dejado escrito que la considerará ilegal a todos los efectos?

3. ¿Se puede no investir a Puigdemont?

Hay quien dice que no va haber investidura, o que la candidatura de Puigdemont se va a retirar en el último momento. No parece. La clave la tiene ERC. Es evidente que llevar a cabo la investidura del expresident conllevará un enorme coste para los republicanos. Por lo pronto (así lo ha advertido el TC) para el flamante presidente del Parlament, que podría verse obligado a ir a declarar ante un juez, so pena de inhabilitación por un delito tan grave como el de desacato a una instancia como el TC.

Ahora bien, ¿puede hacer otra cosa ERC? No lo parece. Desde la noche electoral, los republicanos están atados de pies y manos a la estrategia restauradora de Puigdemont. Ya se vio a lo largo de la campaña electoral, con la continua fuga de apoyos desde ERC a JxCat, lo que llevó a éstos a acabar siendo la opción más votada entre los independentistas. Entonces se comprobó que era muy difícil para ERC enfrentarse al argumento del “president legítim” si no se quería ser acusado de traidor a la causa.

A ERC no le queda más remedio que seguir a Puigdemont en su marcha. En primer lugar, porqué cualquier otra opción sería entendida como una rendición. Y en segundo lugar, porqué esa opción no contaría con los apoyos necesarios en el Parlament.

4. La opción Cámpora

En las elecciones presidenciales argentinas de 1973, el general Perón tenía prohibido por los militares presentarse a la presidencia, así que decidió presentar un candidato-delegado, su fiel colaborador Héctor José Cámpora. El lema de los peronistas en aquella contienda era diáfano: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

Algo similar podría pasar ahora en Cataluña. Es una opción que defienden algunos en el bloque independentista. Conscientes de la imposibilidad de una presidencia de Puigdemont, la idea sería investir a un president por delegación, que tendría por encima suyo al “president legítim”. De esta forma se podría saltar la prohibición a Puigdemont al mismo tiempo que se mantendría la idea de la restauración del gobierno destituido por el 155.

La “opción Cámpora” en este caso podría activarse una vez el TC hubiera declarado nula la investidura de Puigdemont, nunca antes. De esta forma se llevaría al final el desafío y se podría contar con el apoyo de la CUP al nuevo candidato-suplente. Así mismo, esta opción dejaría a Puigdemont como el candidato elegido en primera opción.

Posiblemente, a ERC le gustaría más activar la “opción Cámpora” sin tener que pasar por la investidura de Puigdemont, básicamente por el coste que le pueda suponer. Pero no está nada claro que ni Puigdemont ni la CUP acepten retirar la candidatura del expresident para contentar al TC i al gobierno de Rajoy.

Si esta opción pudiera salir adelante la Generalitat contaría en la práctica con dos presidents. Un “legítimo” y otro “legal”. Estaría por ver cómo se podría gestionar un gobierno de este tipo, y qué papel jugaría el gobierno central ante un president que teledirige a sus consellers desde el exterior.

5. La bala en la recámara: la repetición electoral

A Puigdemont siempre le quedará la opción de dilatar el proceso y obligar a una nueva convocatoria electoral, en el caso que sus demandas no sean satisfechas. Con esta baza amenaza a ERC, ya que unas nuevas elecciones pueden agrandar la ventaja del expresident sobre sus antiguos socios de gobierno.

En este sentido, podría muy bien ser que Puigdemont no se la juegue presentándose en el Parlament para ser detenido, ya que la libertad de movimientos que le proporciona su “exilio” belga contrasta con la situación de su socio y rival Junqueras. Ya sea para ejercer como president en la distancia o para participar en una nueva campaña electoral, a Puigdemont le sigue beneficiando estar a buen recaudo en Bruselas, lejos del juez Llarena.

La opción de la repetición electoral le podría granjear a Puigdemont extraños compañeros de viaje, ya que muy probablemente C’s estarían más que encantados de volver a celebrar comicios, con lo que implica de atención mediática y con los rendimientos que le están dando los resultados del 21D a nivel estatal.

 

 

Entrevista a Andreu CLARET a Catalunya Plural (25-01-18): “El catalanisme és la gran víctima del procés”

http://catalunyaplural.cat/ca/andreu-claret-catalanisme-gran-victima-proces/

Andreu Claret és d’aquelles persones amb una trajectòria vital apassionant. Va néixer a l’exili (tota la infància i adolescència les va passar a França) i va créixer en la clandestinitat (va militar al PSUC i al PCE, en va ser dirigent, i en dues ocasions va tenir el privilegi de tastar les presons franquistes); com a periodista va ser testimoni directe dels convulsos anys setanta i vuitanta a diverses regions del món (com a delegat, successivament, de l’Agència Efe a l’Àfrica subsahariana i Centreamèrica), així com dels anys d’edificació del virregnat pujolista (entre el 1991 i el 1998 va ser director d’Efe a Catalunya); i a partir dels 2000 ha penetrat en el món de la diplomàcia i les relacions internacionals, primer com a director de l’Institut Europeu de la Mediterrània i entre el 2008 i 2015, en plena primavera àrab, com a director de la Fundació Anna Lindh, una institució vinculada a la Unió per la Mediterrània amb seu a Alexandria (Egipte) que finança programes per empoderar les poblacions dels països de la ribera sud a fi d’ajudar-les a aprofundir en els valors democràtics.

Un cop jubilat i de tornada a Catalunya, es va trobar amb un país que segons recorda ni entenia ni reconeixia, es va retirar a la Cerdanya a escriure la seva segona novel·la, Venjança (Columna), i des de fa uns mesos escriu al Facebook unes cròniques sobre la situació a Catalunya que cada cop tenen més seguidors, i que a partir d’ara es publicaran també al Catalunya Plural.

Com va anar això del Facebook?

Quan vaig tornar d’Alexandria i vaig veure el panorama que hi havia vaig pensar que no entenia res. El meu país havia canviat, no l’entenia, i és quan em vaig aïllar a la Cerdanya a escriure la meva segona novel·la. Anava seguint les coses, clar, però bastant de lluny. Però després, veient tot el que passava, i el cataclisme que s’acostava, hi va haver un moment que vaig decidir posar-me a escriure. Va ser el dia del discurs del Rei. Aquell dia vaig entendre que aquí podíem acabar molt malament. Em va semblar que la gent no n’era conscient.

Què li va espantar tant?

Al començament, quan vaig tornar, ja vaig veure que la societat catalana estava dividida, però com vinc d’una tradició de treballar en llocs on el diàleg intercultural és molt complicat, vaig arribar aquí, ho vaig dir, i una mica la reacció de tothom va ser que no, que els catalans som diferents, que això és un joc, i que com tu vens del Pròxim Orient et penses que tot són guerres. D’acord… fins que vaig veure el discurs del Rei i vaig pensar que això podia acabar fatal. A la meva pàgina de Facebook més aviat escrivia de temes de política internacional, sobre Catalunya no havia escrit mai res, i m’hi vaig posar aleshores. Amb una posició, que la tinc, però amb una certa distància. I de seguida vaig començar a tenir molta gent que s’hi interessava, i també alguna que la criticava i alguns que insultaven, però poquets. Però més enllà de la cosa personal el que trobo més interessant és que posa de manifest les ganes que té la gent de plataformes plurals.

De trobar altres veus, potser.

Jo diria que la gent té ganes de llocs on hi hagi veus civilitzades, que no t’insultin d’entrada. Perquè això es el que hi ha aquí a les xarxes. Una batalla campal salvatge. És una cosa tremenda.

Faci’ns un ràpid diagnòstic de la situació actual.

La veig de final de trajecte. Hi ha hagut un somni per part de molta gent, que és el somni de la independència, com si això fos possible i a més es pogués fer de manera civilitzada, sense perdre mai el somriure. I tot aquest discurs s’ha estroncat a partir de tres coses: la primera és descobrir que la societat catalana està dividida, cosa que els independentistes sembla que ni veiessin que estava passant. La segona, que l’Estat és fort i està determinat. I la tercera és descobrir que a l’Europa del segle XXI les independències són molt difícils d’implementar si no responen a majories aclaparadores. No entren dins la tradició europea, i per això el govern espanyol, malgrat la brutalitat de l’1-O, ha tingut el suport de la major part de socis europeus per adoptar una actitud ferma. La cosa més sorprenent, quan coneixes una mica Europa, és que els independentistes s’estranyin de l’actitud dels europeus.

Doncs aparentment no és el que s’esperava.

Europa és un continent conservador, un continent que ha patit molt i al qual li ha costat molt fer la seva unitat, que encara en alguns indrets s’agafa pels pèls, i per tant un tema com el català fa trontollar un procés d’integració. En el cas de la gent del carrer la sorpresa és comprensible, però polítics com Mas o Pujol havien de saber que el que ells proposaven des de Catalunya trencava la lògica de la construcció d’Europa, i que per tant els cauria el món a sobre i no trobarien aliats.

Europa no ha ‘compratla imatge postfeixista que sha volgut vendre d’Espanya.

És evident que hi ha coses que no li agraden, com el que va passar aquí l’1 d’octubre. La gent atonyinada als col·legis electorals no són imatges europees, i tampoc es pot dir que el govern del PP tingui molt prestigi a Europa. Però això és igual. Si els independentistes es pensaven que com Rajoy i el PP estan de capa caiguda els europeus els donarien suport, doncs no. Els europeus veuen la qüestió catalana com un tema d’estabilitat, i per tant no poden donar suport a un moviment secessionista, per molt que estigui basat en criteris democràtics. A més cada país europeu té el seu ‘problema’, o sigui que donar suport a això hauria implicat obrir un procés de desestabilització d’Europa impressionant. No costava gaire veure-ho. Potser després del fracàs del viatge de Puigdemont a Dinamarca es comença a entendre millor.

Confiaven en la força d’una reivindicació que sembla inapel·lable: només demanem que ens deixin votar.

Això està bé per fer campanya de carrer, però després la política és més complexa. Votar sí, però votar per a què, votar com, votar quan, en funció de quines regles… Europa són normes. Això ho aprens de seguida quan hi treballes. No fa gaire vaig fer comptes i com a director de la Fundació Anna Lindh vaig anar 58 vegades a Brussel·les, i sempre per racons diversos de l’administració comunitària. Jo no vinc d’una tradició jurídica, sinó més aviat política, i allà em vaig adonar que no es concep que et surtis de la norma. Són milers de normes, que determinen fins i tot com es fa el formatge Camembert, que es fa d’una manera determinada i que si no és d’aquella manera no és Camembert. I llavors, és clar, és inviable pretendre trencar un element tan central de la política europea com és la llei només perquè els catalans som simpàtics i el 47% estan a favor de la independència. Alguns sabien de sobres que s’estimbarien i per les raons que sigui han volgut tirar pel dret.

Quin paper ha jugat la premsa per arribar on som? Em refereixo a la catalana i l’espanyola.

El periodisme ha sofert molt les conseqüències d’aquesta confrontació social i política. Això ha portat la premsa a prendre posició, cosa que és legítima, però de vegades l’ha portat a pervertir la política informativa, restant-li pluralitat. Quan vens del periodisme d’agència, on estàs molt obligat també per la norma, allò del què, el qui, el com, el quan, ho trobes molt a faltar en el periodisme que es practica ara. El periodisme d’agència t’obliga a observar les coses. El primer és el que passa, després ve el context, fins i tot una certa interpretació, però no et pots allunyar de la realitat. Ara veus com a vegades es fa un periodisme que te més de fantasia que de realitat. I que pot dur a la  falsedat.

Periodisme de trinxera.

El periodisme de combat no em sembla malament, jo l’he practicat contra Franco; uns quants vam muntar l’Agència Popular Informativa, que era una agència clandestina que va tenir molt d’èxit. O sigui que crec que és una modalitat absolutament legítima, però fins i tot aleshores la principal idea era fer periodisme, tenies aquella cosa de seguir defensant la veritat, encara que no agradés als teus. I això s’ha deteriorat molt, ara ningú pren distància. Tampoc no em vull col·locar ara au dessus de la mêlée, perquè ja entenc que ha estat una època de grans mobilitzacions socials, però hi ha hagut gent que ha posat el periodisme estrictament al servei d’aquestes mobilitzacions. Com si el periodisme fos víctima del populisme.

Habitualment, quan el periodisme català es compara amb el madrileny s’arriba a la conclusió que aquí hi ha més pluralisme.

Jo diria que a Catalunya encara hi ha una pluralitat de mitjans, però quan entres dins de cada un el pluralisme costa de veure. Aquesta tensió ha fet esclatar el periodisme català des de dins, i malgrat que hi ha molts bons periodistes, que hi ha un Col·legi que fa el que pot i que hi ha mitjans que intenten preservar aquesta idea del pluralisme, jo diria que el periodisme català està esparracat.

En l’últim dels seus articles parla de la divisió entre els dos grans partits  independentistes, que més o menys va aflorant. I és curiós que parli d’ERC com dels realistes, quan la seva tradició sempre ha estat la més arrauxada.

Aquest és un fenomen històricament curiós, perquè el partit que havia declarat la independència dues vegades havia estat Esquerra i és un partit que té l’independentisme en el seu ADN. Crec que Esquerra té una avantatge, que és el d’un arrelament més autèntic, perquè Junts x Catalunya és un fenomen d’agregació, típic del populisme. Quan les enquestes parlaven del vot del PDeCat abans de les eleccions li donaven el 15% com a molt i s’hi ha afegit el vot pel Puigdemont, perquè torni el president. Això és un fenomen típicament populista.

Compte que ja van dos cops que qualifica Junts x Catalunya de populista.

És que ho és. Avia’m, el populisme pot tenir una base  social, nacional… o pot tenir aquesta base identitària. És un populisme identitari. Evidentment amb una història al darrera, que és Convergència, amb una presència al territori, amb molts alcaldes i una estructura sòlida. Però com a periodista, si jo ara treballés a un gran mitjà i el cap de política em preguntés a què em vull dedicar, doncs li diria que a seguir aquesta batalla política perquè em sembla el tema més fascinant d’aquests moments.

La pugna entre ERC i PDeCat?

És la pugna per l’hegemonia. Veurem com es decantarà. Hi ha opinions divergents, la meva per exemple és diferent a la de l’Enric Juliana, que sosté que hi ha un gen convergent, que és molt resistent i s’imposa. Ja ho veurem. Jo crec que aquest gen convergent està molt afectat pel que ha passat i per la corrupció, i que ERC té la possibilitat d’esdevenir un partit de centreesquerra hegemònic a Catalunya si fan les coses bé. I això els obliga a tenir una actitud realista ma non troppo, perquè el problema és que el personal està tan sollevat i que a Madrid donen tantes raons perquè l’independentisme aixequi la bandera que si tens una actitud massa realista pots desaparèixer del mapa en quatre dies. Però si combinen bé aquests dos factors, el de la resistència front a les agressions que puguin venir de Madrid, i el de llegir millor els resultats del 21D, tot mirant de fer una pausa, admetent que hi ha la meitat de Catalunya que no només no s’hi ha sumat, sinó que ha començat a mobilitzar-se en sentit contrari… En definitiva, si ERC adopta aquest camí té una possibilitat. Ara bé, ho aconseguirà?

Això. Ho aconseguirà?

No ho sé. Tot això està presidit per persones que tenen el seu tarannà, i Puigdemont està decidit a portar fins a les últimes conseqüències la confrontació amb l’Estat. Això fascina a alguns catalans, però a d’altres els hi fa por.

Quin gest caldria per part de Madrid? No sembla que estigui fent res per distensionar la situació…

El que cal és que el PP perdi les eleccions i que Rajoy desaparegui del panorama polític, perquè té una gran responsabilitat. Mentre hi sigui les coses no avançaran.

No hauria de fer alguna cosa per mirar de guanyar-se al sector més moderat de l’independentisme?

Rajoy ha promogut l’independentisme a Catalunya perquè era la manera que un partit amb 800 casos de corrupció pogués seguir governant. Això ha estat un joc deliberat i un joc perillosíssim, perquè pots salvar el partit però engegar el país a la misèria, que és el que ha estat a punt de passar. Ara, això li ha passat factura, i  per primera vegada en molts anys té una situació molt compromesa, perquè l’ascens de Ciutadans és més sòlid del que sembla, és un ascens que té un punt generacional i que està molt assentat sobre aquesta idea de la regeneració.

A Catalunya el partit més votat era no fa gaire un partit residual que va néixer contra la immersió lingüística, que era un tema de consens gairebé absolut als anys vuitanta i noranta. L’independentisme ha despertat un monstre?

Les  forces polítiques catalanes hauran de llegir bé la lliçó del que ha passat aquí. Efectivament l’independentisme és un anhel molt important entre la població de Catalunya, però no són prou per girar la truita i tampoc són prou com perquè Europa els hi doni suport. S’hauran de repensar moltes coses a Catalunya, entre altres per repensar què és el catalanisme avui. El catalanisme ha estat la gran víctima d’aquest procés. Ara hi ha una necessitat de reconstruir el pensament catalanista que tenia aquella doble vessant d’afrontar la governabilitat de Catalunya però també la de  contribuir a la governabilitat i la democratització d’Espanya. Tot això serà un procés molt llarg, i ja veurem si algú serà capaç de dur-lo a terme.

De moment shaurà de veure què passa amb Puigdemont.

Puigdemont s’ha convertit en allò que els  francesos en diuen un trouble-fête, que no sé si es podria traduir per un borinot, aquell qui complica les coses. Dintre del PDeCat i d’ERC hi ha poca gent que vegi amb bons ulls aquesta idea que té d’anar per la via de la confrontació. Per aquesta via ja s’hi ha anat i s’ha perdut. I les eleccions del 21D clar que les ha perdut el PP, però les ha guanyat l’Estat. Fins que això no es reconegui no anirem enlloc. La política no es pot basar contínuament amb l’astúcia.

Les ha guanyat pel fet de convocar-les o perquè l’independentisme no arriba al 50%?

Pel fet de convocar-les i demostrar que ho pot fer. S’han fet unes eleccions amb el president a l’exili o fugat i el vicepresident a la presó! Això era una cosa impensable per la  gent de la meva generació. Quan hi penso, i ho faig sovint, se’m posen els pèls de punta. I no sóc independentista.

I les eleccions van transcórrer amb normalitat.

Amb total normalitat. Molts votants duien amb el llaç per reclamar la llibertat dels qui estan a la presó, però la votació es va fer amb una normalitat exasperant. Per tant, l’Estat ha imposat la seva lògica i això cal acceptar-ho i redefinir una estratègia. Crec que Oriol Junqueras i ERC ho han començat a fer, i sospito que el PDeCat ho volia fer però que Puigdemont no vol. I intentarà que tots siguin presoners de la seva estratègia.

Perquè ningú pot garantir-li que no entrarà a la presó.

Jo mateix estic molt emprenyat amb el Puigdemont, però no m’agradaria gens veure’l emmanillat entrant en un furgó de la Guàrdia Civil, perquè és el president sortint de Catalunya. I probablement no passaria res de l’altre món. Jo vaig anar a la presó perquè poguéssim tenir unes institucions i un president. I per tant no vull que el fiquin a la presó, però el que està fent posa els pèls de punta a molta gent del PDeCat i d’ERC, tot i que encara engresca una part dels seus seguidors, entre altres coses perquè el personal amb això no s’hi juga res. Ara bé, no crec que se’n surti.

 

 

Montserrat GUIBERNAU, “Una reflexió incòmoda” a Ara (30-01-18)

http://www.noucicle.org/lhora/montserrat-guibernau-una-reflexio-incomoda/

Frustració, convenciment que tenim la raó i per això hem de demostrar que mereixem el suport, que tenim la legitimitat i ens sentim disposats a demostrar que som demòcrates; però, també, incomprensió pel fet que institucions com la Unió Europea no ens facin costat i continuïn deixant de banda la possibilitat d’intervenir en la greu situació que viu Catalunya.

L’escenari descrit genera un ressentiment profund i dolorós, que ens està portant a una situació sense sortida, altament perillosa i difícil de redreçar en el que és un dels moments més greus de la democràcia espanyola postfranquista. El ressentiment és dolent, deixa ferida, esberla la confiança entre les persones, impedeix avançar, prosperar, progressar. I d’aquesta manera no anem enlloc.

Siguem honestos, el ressentiment no ens ajuda gens a superar la situació present. La nostra generació, i també la pròxima, requeriran un gran esforç, una immensa voluntat d’entendre’s, que ens posarà a prova i que serà difícil d’acceptar: cal ser realistes i conscients que els nostres passos seran curts i, això sí, haurem après a ser més curosos amb les nostres paraules. D’aquesta manera, pas a pas i sense pressa, haurem d’avançar; amb l’objectiu que els presos polítics tornin a casa com més aviat millor, i també perquè la divisió i les diferències se solucionin amb diàleg. Perquè fins i tot als més poderosos els arriba el dia en què esdevenen febles i dependents i necessiten els altres.

Però, sobretot, recordem que la manca de planificació, i els errors greus comesos quan vam assumir que l’Estat d’alguna manera es veuria forçat a acceptar la declaració unilateral d’independència, manifesten ignorància del fet que l’Estat és poder.

Vivim en un món que des del punt de vista geopolític està regit per estats nació que tenen com a norma el suport mutu per tal de ser forts, de tenir poder.

És cert, potser hem actuat de manera incorrecta, hem menystingut l’Estat: això ha estat un error de conseqüències duríssimes i fins ara no resoltes. I ara ens trobem que amb la bona voluntat no n’hi ha prou per poder restablir la normalitat.

Recordem-ho: els estats es protegeixen els uns als altres per conservar el seu poder. És una norma fonamental que tots respecten, perquè la seva força i el seu estatus dins de la comunitat internacional depenen precisament del compromís a l’hora de tancar files i donar-se suport mútuament. Per aquest motiu és important conèixer bé i saber mesurar tant les nostres forces com les nostres febleses, com també ho és buscar aliats fidels disposats a fer-nos costat. Però, sense tenir clar quins són els nostres objectius i els mitjans de què disposem, el més segur és que no puguem avançar en la seva consecució.

L’Estat és poder i amb el poder de l’Estat no s’hi pot fer broma. És cert que les coses no s’han fet bé, i les conseqüències d’aquest tirar pel dret naïf, tal com era d’esperar, només han provocat divisió i més distància entre els ciutadans.

Per aquests motius caldrà analitzar curosament els errors comesos amb l’objectiu de no repetir-los. També haurem de revisar les estratègies per tornar a la normalitat. El nou escenari social i polític demana que s’eviti al màxim la divisió i es promogui conscientment el diàleg, cosa que no serà fàcil. El repte que tenim a les mans no és senzill. És necessari no improvisar i no voler córrer mentre busquem aliats que ens donin suport i ens facin forts. S’imposa un temps de reconciliació, un temps de diàleg i solidaritat entre els catalans; sempre entenent que catalans ho som tots, i precisament per aquest motiu és molt important protegir la llengua catalana com a senyal d’identitat compartida, oberta i democràtica.

Hem de tenir ben present la perspectiva que el govern de l’Estat torni a activar l’article 155, i cal anar amb molt de compte i fer tots els esforços perquè això no passi. Ara mateix, la connexió entre l’Estat i el poble de Catalunya està en tensió màxima. No hi ha ponts de diàleg, o són molt febles, i això no és bo ni per a Catalunya ni per a Espanya.

 

Kalypso NICOLAÏDIS, “Cataluña y los teatros del reconocimiento” a Agenda Pública (29-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/cataluna-los-teatros-del-reconocimiento/

Mientras el debate catalán se sigue desarrollando, varios espectadores extranjeros hemos intentado tomar parte en el mismo con puntos de vista muy diferentes y, a menudo, muy contradictorios. Varios entre nosotros hemos aprendido mucho durante este proceso, por lo que creo que podría ser interesante compartir algunas reflexiones en las postrimerías del histórico voto del 21 de diciembre de 2017.

Hoy sabemos que el voto ha resuelto muy pocas cosas. Con el Partido Popular prácticamente aniquilado, y las tres listas proindependentistas, Junts per Catalunya, liderada por Carles Puigdemont, Esquerra Republicana, con Marta Rovira al Frente, y la CUP de Carles Riera, reteniendo la mayoría en el Parlament, el voto que se presuponía resolvería una crisis ha servido para asentarla tanto en la sociedad catalana como en toda la española. Aun así, incluso considerando que el Proyecto de “la República catalana” se ha visto reforzado, quedó a 2,3% de una mayoría de votos, con Ciudadanos y su formidable mayoría de 36 diputados lista para la siguiente batalla. El equilibrio en la Fuerza se mantiene en el universo catalán. Por eso, más allá de posibles pseudo negociaciones entre Rajoy y Puigdemont, debemos considerar, junto con muchos españoles, que el diálogo, ahora más que nunca, es no solo necesario, sino también posible. Quizás, para darle la vuelta al Gatopardo, para que todo cambie, todo debe permanecer igual.

Es en pro de ese espíritu de diálogo, creo, que los extranjeros pueden contribuir con su opinión. Estas fueron mis conclusiones antes de que se produjera el voto:

¿Desde qué perspectiva hablo? La mía es la de una ciudadana griega y francesa, casada con un británico y viviendo en Brexitland. Puedo decir que no pertenezco a ninguna parte en concreto y sí a muchas a la vez; que repudio con todas mis fuerzas a todos los nacionalismos, pero aprecio el sentimiento de “anclaje” que viene con la pertenencia nacional; y que me siento extremadamente agradecida por tener tantas y diversas referencias para ancorar mi identidad.  Por todo ello, afirmo que mi instinto me hace, por un lado, oponerme al proceso de independencia catalán; y por otro, que soy consciente de la dificultad de juzgar este caso desde la distancia. Habiendo escrito recientemente un libro que profundiza en las múltiples formas en las que griegos y alemanes se caricaturizaron de manera simplista durante años en una intensa partida de ping-pong, soy plenamente consciente del peligro de negar la complejidad y los misterios de los asuntos políticos con los que no estamos familiarizados.

Y, sin embargo, dicho lo anterior, he de manifestar que me entristeció, en las semanas posteriores al referéndum del 1 de octubre, la indignación (implícita y explícita) de ciertos sectores que en España vieron ofensivo que se expresaran opiniones desde el exterior sobre el tema catalán. Muchos españoles, incluyendo algunos amigos, proyectan la idea de que los que expresan su opinión desde el extranjero son sospechosos a priori. En el mejor de los casos, por ignorar los hechos reales o, en el peor, por ser deliberadamente condescendientes al tratar de enseñar a los españoles lo que es acorde con su propia historia política. Cierto, no puedo negar que eso a veces ocurre, pero ¿no deberíamos defender que, como compatriotas europeos, no solo tenemos el derecho a comentar los asuntos de nuestros vecinos, sino que esa es una virtud política que debería ser cultivada? Creo que sí, que, mientras no seamos condescendientes con unos y con otros, sino que busquemos lo mejor para el conjunto dentro del criterio democrático de la Unión Europea, debemos estar más y no menos interesados en los asuntos de los demás. En mi opinión, el proyecto común europeo no se construirá sobre la base de un único demos europeo con una única esfera pública europea, sino a través del reconocimiento mutuo de la existencia de múltiples demoi, sean estos naciones, regiones o ciudades. Múltiples demoi que, en teoría, deberían conocer la política de los otros, casi con tanta profundidad, como la suya propia.

Los españoles saben que la opinión de los extranjeros tiene importancia (su asentamiento democrático y constitucional se hizo fundamentalmente mirando a la Comunidad Europea). En el caso concreto del proceso de intento de independencia de Cataluña, aunque solo sea por razones instrumentales, para que una secesión triunfe, una población necesita convencer no solo a una mayoría de entre los suyos y buena parte del estado matriz, sino también al “resto del mundo” puesto que sería el que debería reconocer la nueva entidad política. Pero, más allá de razones instrumentales, ¿no deberían preguntarse qué puedo tener en cuenta y aprender de esta conversación con el público internacional?, ¿pueden los puntos de vista extranjeros ayudar a cuestionar o matizar mi propio punto de vista?, ¿no me estoy arriesgando a caer en el pensamiento de grupo si solo escucho lo que mis compatriotas, especialmente los que me son afines, tienen que decir?, ¿cómo me sentiría, como europea,  si me dijeran que me mantuviera apartada de los asuntos de otros países vecinos?

No fue ese el espíritu que percibí tras la publicación de la carta abierta sobre La Defensa del Estado de Derecho en la Unión Europea, enviada a los señores Tusk y Juncker el pasado 3 de noviembre, y que creo que sigue teniendo relevancia en esta época postelectoral. Como firmante, me uní a centenares de intelectuales y políticos de toda Europa que apoyaron esta misiva, impulsados por la preocupación acerca de las acciones de fuerza llevadas a cabo por el gobierno español para impedir el referéndum del 1 de octubre en Cataluña. Sintiéndome muy incómoda con la actitud de los independentistas catalanes, puedo asegurar que la inquietud era el único propósito de nuestra carta. No pretendíamos dibujar una visión sintética y equilibrada de lo que está ocurriendo en Cataluña (incontables comentaristas y amigos españoles ya lo han hecho brillantemente) sino que, tal y como al menos yo lo veía, pensábamos que denunciar la actuación del gobierno por su falta de respeto a las reglas de una gobernanza democrática correcta era una manera de, por lo menos, considerar la idea de que el gobierno español podía estar creando las condiciones para posibilitar la independencia catalana y dar argumentos a su reconocimiento internacional. De ninguna manera estábamos aprobando las acciones de los líderes independentistas catalanes. En mi caso concreto, creía y sigo creyendo que los independentistas se equivocaron, entre otras cosas, al convocar un referéndum ilegal, al no establecer un mínimo de participación para considerar esa secesión válida y al proclamar la independencia al calor de unos resultados producto de un referéndum deficiente. Esas actuaciones son, sin duda, muestras de abuso de poder del gobierno de Cataluña, y no puedo estar de acuerdo con acciones que ignoran las profundas divisiones dentro de la propia sociedad catalana o que marginan a la mayoría de catalanes que votan contra la independencia (una mayoría que no se ve reflejada en el parlamento, dada la sobrerrepresentación de las áreas rurales. También repudio los casos de ostracismo a niños de familias pro-unionistas en las escuelas y cómo son tratados los catalanes en favor de la permanencia en España por parte de aquellos que se proclaman “verdaderos catalanes”, tildándolos de “enemigos del pueblo catalán” (estamos familiarizados con manifestaciones similares aquí, en el Reino Unido). De hecho, creo que las expresiones opresivas del nacionalismo deben ser condenadas sucedan donde sucedan. Pero ese no era el objeto de nuestra carta.

La realidad que constato es que el mensaje que pretendimos enviar no fue el que se percibió. Tras la publicación de la carta, recibí muchos mensajes desde España regañándome por ser “estúpida” o “ingenua” o las dos cosas a la vez. ¿Acaso no entiendes que el gobierno de España ha aplicado, simple y llanamente, el “imperio de la ley” ?, ¿no sabes que nuestra Constitución no permite lo que están haciendo?, ¿que el Sr. Rajoy tiene la ley de su lado?, ¿cómo puedes ser tan crédula como para tragarte todas las fake news del nacionalismo? Estas otras preguntas similares son las que me plantean mis amigos españoles. En una respuesta colectiva (que, por cierto, la respuesta que dieron no era a nuestro texto final) cientos de juristas españoles rechazaron nuestra carta. Pero no lo hicieron en lo sustantivo, sino que se centraron en nuestra incapacidad para entender los hechos. Por eso, no me sorprendió que tal carta solo tuviese firmantes españoles, según parece los únicos acreditados para hablar de esta materia. Y eso es, precisamente, lo que no puedo compartir.

Creo que tanto los ciudadanos como las naciones aspiran a obtener el reconocimiento de su propia valía e identidad, pero ese reconocimiento comienza centrándome en el “tú” y no en el “yo” Mientras intentaba otorgar a mis críticos el beneficio de la duda, que ellos no me habían concedido a mí, y mientras contemplaba el destino de otros tanto dentro como fuera de España que se habían atrevido a ser críticos (y habían sido reprendidos por ello), percibí que los tres teatros del  reconocimiento mutuo y su negación son un reflejo de esta cuestión. A saber: el de los españoles y observadores extranjeros; el de los catalanes (de ambos bandos) y sus compatriotas del resto de España y, por supuesto, el de los ciudadanos de Cataluña entre sí. Las negaciones de reconocimiento en cada uno de estos teatros retroalimentan y refuerzan las negaciones de las partes en conflicto en los otros teatros y crean un círculo vicioso hacia un abismo de acritud recíproca.

Desde mi punto de vista, contrariamente a lo anterior, cada esfuerzo por intentar reconocer al otro como merecedor de respeto, poniéndose en su piel aun discrepando, refuerza la misma actitud de empatía en otros teatros. Si admitimos que el juego de la política puede revelar lo peor de la naturaleza humana en cuanto al rechazo ajeno, podríamos afirmar que la empatía es el mejor de los antídotos, el secreto más eficaz para crear un círculo virtuoso donde el impulso por la independencia es probable que perdiera fuerza y se diluyera.

¿Pero qué intentan decir los críticos con la actuación del gobierno de España, basada en el “imperio de la ley”? ¿Qué esta reflexión no es solo acerca de España, sino que es, sobre todo, acerca de un siglo de conversaciones a lo largo y ancho de Europa preguntándose cuál es el verdadero espíritu del imperio de la ley? Porque ese “imperio de la ley” no es simple y llanamente aplicar la ley de manera literal. ¡Y esta es también nuestra conversación, nuestro debate!

Y en ese diálogo, mientras en primer lugar nos hayamos escuchado los unos a los otros con respeto y con empatía, estoy totalmente de acuerdo con la posibilidad de discrepar. Algunos pensamos que esa elusiva idea del imperio de la ley se fue refinando a lo largo del tiempo para mitigar la asimetría de poder y protegernos contra su ejercicio arbitrario por parte de los gobernantes. De acuerdo con la filosofía liberal más básica, el imperio de la ley regula el comportamiento de los más poderosos (los estados) y, por ello, debemos ser especialmente cautelosos con las actuaciones basadas en este principio si queremos que nuestra crítica legal a las acciones independentistas sea acertada. Dado que los estados tienen el monopolio del uso de la fuerza, tal privilegio debe ser utilizado con cuidado y corrección democrática en cualquier lugar del mundo.

Es evidente que desde un criterio democrático todos debemos respetar la ley y que en este caso de Cataluña los independentistas no lo han hecho. No tengo ningún problema en condenar sus acciones ilegales una y otra vez, pero nuestra vigilancia como conciudadanos de un espacio común de un proyecto europeo compartido, más aún si somos intelectuales, debe comenzar por lo exigible al propio estado, que debe actuar conforme a los más altos estándares no solo cuando se trata del uso de la fuerza (mis amigos españoles suelen señalar que todos los gobiernos han pegado a manifestantes), sino también cuando se producen otros comportamientos represivos más sutiles. El legalismo irreflexivo no es suficiente para cualquiera que tenga en mente la historia europea, especialmente durante el siglo XX, o para cualquiera que escuche a autócratas “defendiendo” el imperio de la ley (por supuesto, Xi u Orban no tienen nada que ver con España, pero lo que pretendo decir es que la apelación a la “ley” es, no pocas veces, un truco muy extendido que no tiene por qué implicar una interpretación benigna). En su lugar, los gobiernos deben usar la ley para crear espacios que amparen y promuevan la expresión de todas las opiniones, garantizando lo que filósofos como Hannah Arendt, Etienne Balibar o Albena Alzmanova han concebido como el “derecho a la política” para todos, el derecho a ser reconocidos como “alguien que importa” por la comunidad política, teniendo no solo voto sino también voz, una opinión escuchable. En tales espacios, el consentimiento emerge como una práctica activa y no como un mero producto de la fuerza de la ley.

No tengo dudas de que tal “derecho a la política” ha estado presente en el corazón de la democracia española durante muchas décadas. ¿Pero acaso eso invalida que nosotros, extranjeros y a la vez conciudadanos europeos, tengamos derecho a trasladar nuestra preocupación acerca de estas cuestiones generales en una conversación con nuestros amigos españoles sin que se convierta en motivo de ser calificados de oprobio o ingenuidad?

La Conversación:

Por tanto, en aras del interés común, como ciudadanos europeos, intelectuales y demócratas, buscando fortalecer una esfera pública europea que se nutra de la diversidad y el diálogo, debatamos algunas de las cuestiones suscitadas por el tema catalán desde el punto de vista de los extranjeros.

¿Debe la intelligentsia movilizarse para defender “el honor de la nación? ¿no es aceptable e incluso plausible que defendamos un patriotismo más dialogante y abierto?

¿Debe el imperio de la ley verse reducido a “¿Imperar por Ley”, actuando como una varita mágica contra todas las críticas?

¿Puede la crisis catalana ser solucionada diciendo que los actos ilegales (de los nacionalistas catalanes) justifican los actos legales pero ilegítimos del otro (el estado español)? ¿No deberíamos preguntarnos si la manera en que el estado hace cumplir la ley genera aceptación o, si, en cambio, la erosiona?

¿Es suficiente con afirmar, como hace el gobierno español, que sus acciones están justificadas porque se apoyan en el veredicto de los jueces?

¿Es suficiente con apelar a la Constitución española cuando los observadores señalan que los catalanes no han tenido la opción de una consulta legal (aunque fuese consultiva y no vinculante), a diferencia de los escoceses o los habitantes del Quebec? Existen revoluciones y movimientos de liberación en la historia (por ejemplo, Gandhi…) que nos gustan y otros que no, ¿pero acaso hablamos de ellos solamente en base a su legalidad?

Si el disentimiento político (específicamente en cuanto a aspiración a un voto sobre la independencia) no puede expresarse legalmente, ¿acaso puede sorprendernos, incluso aunque los desaprobemos, que se busquen caminos alternativos?

¿Cómo puede esta omnipresente apelación a la Constitución evitar sonar como un mantra para los extranjeros, al menos en los casos en los que se afirma sin estar acompañada por un talante de diálogo y respeto?

Y, por último, ¿no deberíamos preocuparnos porque, aunque los principales partidos españoles puedan estar en lo cierto legalmente, el lenguaje que utilizan pueda interpretarse como una visión más intolerante hacia los “catalanes” que, finalmente, no sean capaces de controlar?

Si condenamos todos los nacionalismos, debemos ser consecuentes y apoyar una concepción abierta de democracia y el tipo de entendimiento del imperio de la ley que la acompaña. El objetivo de la conversación no es estar de acuerdo sobre si Cataluña tiene una “causa justa” para separarse, dada su creciente insatisfacción con el gobierno central. Tampoco sobre cuáles son los límites de un voto democrático, sea en Cataluña o en España, puesto que estas son cuestiones que ya están debatiéndose apasionadamente en España. El objetivo de la conversación es, precisamente, la conversación en sí misma.

La Unión Europea, tan querida por los españoles, es un proyecto de reconciliación. Y, si verdaderamente funcionara plenamente, debería ayudar a cada uno de sus estados miembros a inventar y reinventar cada día su propio proyecto de reconciliación nacional (es sabido que casi todos nuestros países tienen algún problema similar). No tengo ninguna duda de que la preocupación por la rendición de cuentas es compartida por muchos en España; también que, incluso si la gran mayoría de ciudadanos españoles están en contra de la independencia catalana, sí pueden estar de acuerdo en la importancia de movilizarse para defender la democracia y los derechos básicos para todos los españoles. Esperemos que los resultados del 21 de diciembre no contribuyan a polarizar aún más el debate, sino que ayuden, en cambio, a curar las divisiones que fracturan ahora mismo a la sociedad española. Una amplia alianza de diversas fuerzas políticas podría tomar cuerpo en España en contra de los abusos de poder, vengan de donde vengan, sea del estado, del gobierno nacional o del regional. Existe una plétora de trabajos y propuestas para crear una salida constructiva de una crisis que no puede ser solventada simplemente a través de unas nuevas elecciones. Sería una pena que tanto esfuerzo se desperdiciara y se perdiera una oportunidad histórica para llamar a la reconciliación y al reconocimiento mutuo.

Este artículo fue publicado en una versión previa en Open Democracy con el título Catalonia and the Theaters of Recognition. Quiero agradecer a Tirso Virgós Varela y Marina Pérez de Arcos por su ayuda con la traducción.

 

 

 

 

Michael SEIDMAN, “Críticos franceses del islamismo” a Revista de Libros (31-01-18)

https://www.revistadelibros.com/articulos/criticos-franceses-del-islamismo?&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=nl20180131

Malaise dans la démocratie

Jean-Pierre Le Goff

París, Stock, 2016

272 pp. 19 €

Un racisme imaginaire. Islamophobie et culpabilité

Pascal Bruckner

París, Grasset, 2017

272 pp. 19 €

La seule exactitude

Alain Finkielkraut

París, Gallimard, 2015

336 pp. 7,80 €

Une France soumise. Les voix du refus

Georges Bensoussan (dir.)

Albin Michel, París, 2017

664 pp. 24,90 €

Le multiculturalisme comme religion politique

Mathieu Bock-Côté

París, Cerf, 2016

272 pp. 24 €

Silence coupable

Céline Pina

París, Kero, 2016

256 pp. 18,90 €

L’insécurité culturelle

Laurent Bouvet

París, Fayard, 2015

192 pp. 12 €

Génie de la laïcité

Caroline Fourest

París, Grasset, 2016

336 pp. 20 €

Los recientes ataques terroristas islamistas en Francia ‒237 personas asesinadas entre enero de 2015 y agosto de 2016, incluidas las ochenta y seis víctimas arrolladas por un camión en Niza el 14 de julio de 2016 (un presagio de los ataques de Barcelona de agosto de 2017)‒ conmocionaron a muchos, entre ellos quienes, con «una mentalidad angelical y pacífica», se mostraban reacios a reconocer las intenciones homicidas de los islamistas violentos 1. Los atentados pusieron de manifiesto un fracaso de la integración, ya que muchos de los atacantes pertenecían a la segunda o tercera generación de inmigrantes y los asesinatos han inspirado a una serie de pensadores franceses a reflexionar sobre la relación entre el islam y la democracia occidental. Estos autores establecen una distinción entre el islam como religión y el islamismo como movimiento político que tiene como objetivo imponer la ley de la sharía y abolir la separación entre lo público y lo privado. El islamismo puede adoptar también formas terroristas y estos pensadores no tienen miedo de explorar la compleja relación existente entre islam y violencia. Esta «escuela» de analistas se sitúa conscientemente en la tradición ilustrada de la República Francesa y confirma el derecho a criticar las religiones, incluso hasta el punto de la blasfemia. Este grupo defiende los valores ilustrados de la libertad de expresión, la igualdad de género y el respeto a las libertades individuales. Los ensayistas, calificados a veces de «neorrepublicanos», expresan su orgullo por la historia y la cultura nacionales francesas y rechazan en gran medida la crítica multiculturalista de la civilización occidental. Sus críticos, que quedan habitualmente a la izquierda, han contraatacado acusándolos de avivar la xenofobia, el chovinismo e, incluso, el racismo.

El título del libro más reciente de Pascal Bruckner, Un racisme imaginaire, resume rápidamente su respuesta al contraataque: «La crítica de una religión tiene que ver con el espíritu de indagación, pero no ciertamente con la discriminación» 2. Bruckner afirma que el «antirracismo» de lo políticamente correcto racializa conflictos que no son auténticamente raciales. Para Bruckner, esta transformación de una religión en una raza sigue constituyendo un misterio, comparable a la transubstanciación. Quien ha sido en ocasiones coautor de Bruckner, Alain Finkielkraut, subraya que, en general, la izquierda carece de un verdadero proyecto para el cambio económico y social que pueda movilizar a un gran número de votantes y necesita por ello desacreditar a sus enemigos acusándolos de «racismo». Aunque la izquierda afirma rechazar todas las formas de racismo, este sigue siendo, paradójicamente, «su salvavidas, su último recurso» 3. Waleed Al-Husseini, un palestino ateo que abandonó el islam y encontró refugio en Francia, declara que la crítica del islamismo y el yihadismo se ha transformado en «islamofobia», que es en última instancia una «fatwa moderna» 4. Para evitar esta acusación, los anteriores presidentes francés y estadounidense, François Hollande y Barack Obama, demostraron ser incapaces de pronunciar las palabras «terrorismo islámico» o incluso «islam radical». La sensibilidad y delicadeza que solían caracterizar las discusiones sobre sexo han emigrado actualmente a la religión. Las democracias occidentales suelen negarse a reconocer que tienen un enemigo, pero, como nos recuerda el sociólogo y filósofo francés Julien Freund, no elegimos a nuestro enemigo: él nos elige a nosotros. Podemos decirle que no tenemos nada contra él, e incluso admirarlo, pero es posible que él siga siendo nuestro enemigo. Esta negación de la presencia de un verdadero enemigo ha permitido que Marine le Pen, la dirigente del Frente Nacional, y Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, violen la corrección política y atraigan a numerosos votantes que reaccionan positivamente ante la fruta prohibida pero tentadora de la realidad.

En el pasado, gran parte de la izquierda se mantuvo reacia a criticar a la Unión Soviética, temerosa de que ello fortalecería a la derecha al legitimar su crítica del comunismo real. Hoy, temores similares a provocar islamofobia y consolarse en el nacionalpopulismo de Le Pen y Trump siguen paralizando a gran parte de la izquierda, que ha abandonado su anticlericalismo y racionalismo históricos, al menos en el caso del islam. Del mismo modo, la izquierda ha dejado de insistir suficientemente en que el islam acepte los valores ilustrados de la tolerancia y la igualdad y haga de la religión un asunto privado, del mismo modo que obligó a hacerlo en otro tiempo al cristianismo y el judaísmo. Bruckner defiende que esta incapacidad para respaldar valores progresistas caracteriza la presencia continuada del pecado original judeocristiano. «El Viejo Mundo ha vencido a todos sus monstruos: la esclavitud, el colonialismo, el fascismo y el estalinismo. Con una excepción: su odio a sí mismo» 5.

De hecho, lo que Bruckner llama el «espíritu de colaboración», una referencia a la cooperación con el Tercer Reich por parte de la Francia de Vichy, prevalece entre gran parte de la izquierda, que ha subordinado al multiculturalismo su anterior énfasis en las reformas sociales y económicas que beneficiaban a los trabajadores 6. Así, los socialistas franceses (y los demócratas estadounidenses) han intentado recientemente sin éxito conformar coaliciones electorales de diversas minorías y «comunidades» heterogéneas para obtener victorias electorales nacionales. Elementos de la extrema izquierda consideran a los musulmanes como los sucesores del proletariado. A finales de febrero de 2015, siete semanas después de los ataques a las oficinas de la revista humorística Charlie Hebdo y a un supermercado kosher en el que fueron asesinadas un total de diecisiete personas, representantes del Parti Communiste Français, el Nouveau Parti Anticapitaliste y el Front de Gauche (sin su líder, Jean-Luc Mélenchon), organizaron una reunión para denunciar la «islamofobia y el clima de guerra interna» 7. Se unieron a la extrema izquierda grupos islamistas, imanes y otros musulmanes que se sentían más que contentos de contribuir a un «culto a la victimización» revitalizado 8. De cara a existir y llamar la atención de la opinión pública contemporánea, todos los grupos deben autorretratarse como perseguidos y merecedores de especial reconocimiento y compensación 9. Los partidarios del culto a la victimización, junto con algunos antifas, rechazan los temores al islam radical y el islamismo, que tildan de islamófobos o, incluso, fascistas.

Los simpatizantes antirracistas e islamistas juegan hábilmente con los sentimientos de culpabilidad occidentales por el esclavismo, el colonialismo y el racismo del pasado para permitir campar a sus anchas a su propio etnocentrismo e intolerancia. En octubre de 2013, en Estambul, la Organización de la Conferencia Islámica, integrada por cincuenta y siete países, exigió que los países occidentales limitaran la libertad de expresión mediante la criminalización de la blasfemia, una petición que repiten casi anualmente. Por supuesto, en muchos, si es que no en la mayoría de estos países, los hindúes, los budistas y los cristianos están proscritos o son descaradamente perseguidos. Al enfrentarse muy pronto a la discriminación, los pogromos y la violencia que afligirían más tarde a otras religiones no musulmanas, casi todos los judíos de los países musulmanes se fueron hace varias décadas. Esa reciente diáspora judía no impide que algunos intelectuales occidentales y una serie de musulmanes afirmen que los musulmanes europeos son los «nuevos judíos». En su mentalidad, la «islamofobia» ha sustituido al antisemitismo. La analogía con los años treinta del siglo pasado muestra la obsesión de esa década en nuestra memoria, pero el paralelismo está fuera de lugar. En los años treinta, los judíos no se convirtieron en suicidas cargados de bombas, ni hicieron estrellar aviones contra rascacielos, ni atropellaron a docenas de viandantes, ni masacraron a los clientes de clubes nocturnos, ni asesinaron a policías en la calle, todo ello en nombre de la lucha contra el infiel. El politólogo Pierre-André Taguieff ha declarado que «si el miedo prevalece en lo que se ha llamado abusivamente islamofobia, el odio prevalece en la judeofobia» 10.

Durante la persecución europea de los judíos en el siglo XX aún no se habían imaginado la acción afirmativa y las campañas de diversidad. De hecho, al igual que muchos musulmanes actuales, los judíos deseaban asimilarse o integrarse en las sociedades europeas. Perversamente, sin embargo, el genocidio de los judíos ‒el Holocausto‒ ha provocado una nueva forma de antisemitismo, en la que los judíos resultan ofensivos por su supuesto dominio de la victimización. Al igual que sus predecesores, los antisemitas contemporáneos y algunos «antirracistas» siguen viendo a los judíos como manipuladores de la economía y los medios de comunicación, pero han añadido que los judíos controlan ahora injustamente el mercado de la compasión, que debería conceder una mayor cuota a los palestinos, descendientes de esclavos africanos, y a los musulmanes, colonizados en otros tiempos. «Por decirlo con otras palabras, ¿por qué todo el mundo quiere ser hoy judío, sobre todo los enemigos de los judíos?» 11.

Bruckner sostiene que el recurso al terrorismo no constituye ninguna prueba de la vitalidad del islamismo, sino más bien de su pánico. «Francia es, pues, detestada por los integristas no porque oprima a los musulmanes, sino porque los libera» 12. Los islamistas se creen que han invadido con éxito Occidente, pero Bruckner confía en que Occidente transformará el islam. Puede que Bruckner peque de exceso de confianza, ya que la segunda y la tercera generaciones de inmigrantes norteafricanos en Francia se han convertido en más islamistas que sus padres. La secularización, o lo que el filósofo francés Marcel Gauchet ha llamado «la salida de la religión» ya ha dejado de ser un fenómeno puramente occidental y ha pasado a hacerse global, poniendo con ello al islam a la defensiva: «En el fondo, la cuestión en el yihadismo no es el islam como tal, sino una interpretación concreta del islam que se desarrolla en un cierto contexto y en una periferia radical, bajo el efecto de la inscripción forzosa del islam en una modernidad que lo debilita. Esta interpretación permite a la vez comprender tanto el vínculo con el islam, que es incuestionable, como el hecho de que no se trata del islam en cuanto tal» 13.

En 2002, en su Les Territoires perdus de la République, Georges Bensoussan ya había alertado al público en relación con el antisemitismo, el sexismo y la homofobia de un gran número de musulmanes franceses. Su nuevo libro, Une France soumise. Les voix du refus, reúne testimonios a menudo anónimos de médicos, enfermeras, oficiales de policía, trabajadores sociales y políticos locales que interactúan diariamente con inmigrantes musulmanes y con sus descendientes. El objetivo del volumen es mostrar que la sumisión al islam radical no era simplemente la fantasía distópica de la novela Sumisión (2015), de Michel Houellebecq, sino también una sombría realidad en ciertas zonas de Francia dominadas por los islamistas. Los políticos locales y los directores de colegios violan a menudo el laicismo francés (esto es, la estricta separación entre iglesia y Estado) y ceden a las demandas islamistas con el fin de cultivar a hipotéticos electores o evitar protestas y manifestaciones de violencia. En efecto, la sociedad anfitriona ha complacido al islam, no viceversa. Las autoridades locales y gran parte de los medios de comunicación aceptan la representatividad de una «minoría tiránica» 14. El fracaso francés en la integración de un gran número de musulmanes contrasta con el éxito de la asimilación de los recientes inmigrantes asiáticos que, «al cabo de cinco años, se habían integrado por medio del trabajo y la escuela […]. No demandaban otra cosa que fundirse con el país de acogida, poniendo, por ejemplo, nombres franceses a sus hijos, o incluso cambiándose su propio nombre a fin de integrarse mejor» 15. El éxito de los inmigrantes asiáticos ha desatado un racismo antiasiático, similar pero menos virulento que el antisemitismo, entre los hijos desfavorecidos de otros grupos inmigrantes.

Según un médico anónimo con una consulta de medicina general en el suburbio parisiense de Saint-Denis, de mayoría musulmana, un importante número de inmigrantes y sus familias se benefician con la conciencia tranquila de los más que generosos beneficios que ofrece el Estado de bienestar francés y la atención médica gratuita, ya que «un país colonialista […] debe pagar por lo que hizo» 16. Aunque las antiguas colonias francesas en África llevan siendo independientes desde hace casi tres generaciones, los ciudadanos franceses de ese continente siguen siendo víctimas eternas del imperialismo occidental. Muchos de ellos (y otros ciudadanos) aceptan la culpa de Francia y denigran constantemente su pasado 17 Se echa la culpa de su desempleo y su fracaso escolar al racismo colonialista. Algunos desobedecen las leyes francesas llevando burkas y siguen remitiéndose a la sharía en todo lo relativo a las mujeres. Dada la violencia machista existente contra las mujeres y los niños, se admite frecuentemente en los hospitales a mujeres maltratadas, algunas de las cuales vienen directamente desde los países árabes. Aun así, los maridos se niegan a que médicos varones examinen a sus mujeres.

A fin de monopolizar y preservar la pureza de su identidad, los islamistas controlan a las mujeres, que no pueden casarse fuera de su fe. Con su atuendo islamista, «todas las mujeres se parecen. Una negación de la identidad y del individuo, estas ropas afirman la fuerza del grupo» 18. Aunque ilegal, se tolera la poligamia y produce una estructura familiar en la que los niños carecen de control parental, especialmente paternal, y tienen una mayor tendencia a participar en actividades criminales o violentas. Debido a las amenazas por parte de aquellos que lo consideran un apóstata que merece morir, Waleed Al-Husseini, un ateo que fue encarcelado por la Autoridad Palestina, no puede firmar públicamente su libro, Blasphémateur! Les Prisons d’Allah. En la localidad de Les Mureaux (Yvelines), se ha bautizado un colegio con el nombre de Tariq ibn Ziyad, uno de los conquistadores musulmanes de España.

André Gerin, un diputado comunista no conformista de la región de Lyon, advierte de que no debería confundirse el islamismo con el islam. El primero es antidemocrático; el segundo no es más que otra religión que debe tratarse en términos igualitarios. Alcalde de Vénissieux (1985-2009), la tercera localidad de más tamaño en el departamento del Rhône, Gerin plantea objeciones a una amplia variedad de prácticas hoy habituales: la financiación pública de organizaciones islamistas; el hostigamiento a la policía y los bomberos en los barrios predominantemente musulmanes; y el incendio y la destrucción periódicos de docenas, si no miles, de automóviles, cuyas partes se venden después en el norte de África y en Europa Oriental. La policía y los bomberos se niegan a entrar en ciertos quartiers sin antes contar con sustanciales refuerzos, a pesar de que quienes alegan padecer enfermedades ‒que generalmente no comportan riesgo de muerte‒ se dedican a llamar constantemente al personal de urgencias. Ha surgido una complicidad entre los traficantes de drogas y los islamistas, que justifican los beneficios del negocio de la droga con el argumento de que sirven para ayudar al Estado islámico a defender el «verdadero islam» 19. Algunos musulmanes varones siguen resistiéndose a obedecer a las policías, y una serie de funcionarios públicos musulmanes se niegan a dirigirse a mujeres o darles la mano. En un instituto [collège] de Marsella, el 40% de las adolescentes utilizan certificados médicos falsos para poder evitar las clases de natación. Otras chicas de origen musulmán exigen contar con vestuarios en el colegio porque las presiones sociales islamistas les impiden llevar lo que ellas quieren en sus propios barrios. Algunas mujeres están genuinamente convencidas de que el pañuelo en la cabeza (suprimido en los colegios públicos en 2004), e incluso el burka, son apropiados. Céline Pina, una antigua política socialista local en Île-de-France, afirma que «el velo se ha utilizado siempre como un instrumento de la apropiación por parte de la sociedad del cuerpo de las mujeres, que pasa a ser así una propiedad colectiva. El velo es, por encima de todo, el instrumento de propaganda más visible para afirmar la islamización de la ciudad» 20. Añade que las mujeres con velo y las prostitutas son las dos caras de la misma moneda, ya que ambos grupos se ven reducidos a su sexo y apenas existen fuera de é l21.

Pina denunció el sexismo del Salón de la Mujer Musulmana celebrado en Pontoise, donde, en 2015, dos jóvenes activistas de Femen con los pechos al descubierto provocaron un escándalo al interrumpir las actividades y gritar en francés y en árabe: «Nadie me somete, nadie me posee, yo soy mi propia profeta». Fueron recibidas con gritos de «¡Violadlas!», «¡Matadlas!» y «¡Mandadlas al Daesh [el Estado Islámico]» 22. Pina defiende hábilmente su intervención, a pesar de no haber sido invitadas: «En este caso, el cuerpo de la mujer, y especialmente sus pechos, se convierten en una herramienta política. Al aceptar su fragilidad y transmutarla en valor, la mujer completa su liberación y se reapropia de su cuerpo al rechazar rotundamente la asignación al pudor, que hunde sus raíces en la hipersexualización del cuerpo femenino» 23. El galardonado autor argelino Kamel Daoud añade que los «islamistas están obsesionados con el cuerpo femenino. Lo violan porque les aterra. Para ellos, la vida es una pérdida de tiempo previa a la eternidad. Pero, ¿quién representa la perpetuación de la vida? La mujer» 24.

En zonas con una gran población musulmana, la misoginia islamista se ve complementada por el antisemitismo. Un médico informa de que el odio a los judíos es frecuente entre «un gran número de pacientes» 25. La demonización de los judíos, más que el apoyo al islam, es lo que sustenta a muchos defensores de la causa palestina. A pesar de graves actos de terrorismo islamista, los incidentes antisemitas siguen siendo dos veces superiores que los antimusulmanes, a pesar de que el número de musulmanes en Francia es aproximadamente diez veces mayor que el de judíos. Estos han abandonado los colegios públicos y se calcula que el 25% estudian ahora en instituciones católicas privadas. Aunque la abrumadora mayoría de familias judías se encuentran integradas en la República Francesa, aproximadamente el 1-2% de una población judía de alrededor de quinientas mil personas se trasladan cada año a Israel, Canadá, Estados Unidos y otros países. Al igual que sus compatriotas judíos, muchos gentiles franceses han empezado también a acariciar la idea del exilio. Lamentablemente, muchos nativos se sienten como «extranjeros en su propio país». Padecen lo que el politólogo Laurent Bouvet ha bautizado como «inseguridad cultural» 26.

Los estudiantes musulmanes de bachillerato se oponen a tener profesores judíos y profesoras mujeres, y plantean objeciones al contenido de los cursos de biología, literatura e historia, como los que versan sobre el caso Dreyfus ‒«otra vez un judío»‒ y el Holocausto: «otra vez los judíos. ¿Por qué no estudiamos el genocidio de los palestinos?» y «seis millones no son suficientes» 27. El uso extendido de la palabra «genocidio» entre personas carentes de cultura histórica y convencidas de su propia victimización se ha convertido en una de las principales herramientas de las teorías de la conspiración, el antisemitismo y la negación o trivialización del Holocausto 28. Los estudiantes musulmanes también han boicoteado los homenajes a las víctimas del terrorismo celebrados tras las atrocidades. Según los islamistas, los trabajadores asesinados de Charlie Hebdo «se lo han buscado» al representar visualmente a Mahoma, un sentimiento del que se han hecho eco sectores de la prensa árabe 29. Los defensores adolescentes de los asesinos los transforman en víctimas que luchan por la justicia contra la «islamofobia». Es cierto que las discriminaciones ‒especialmente en el trabajo para los musulmanes‒ se hallan, desgraciadamente, muy extendidas, pero los potenciales empleadores tienen miedo de tener que enfrentarse a actitudes sexistas hacia sus compañeras; a demandas de un tratamiento especial durante las vacaciones, especialmente el ayuno durante todo un mes del Ramadán; y a solicitudes de tiempo para rezar y espacios para la oración.

Los autores mencionados refutan el tropo habitual de que el racismo francés constituye una explicación para el terrorismo islamista. Taguieff explica que «la vulgata antirracista […] postula que “el racismo” explica todo, mientras que se trata sobre todo de un fenómeno que ha de ser explicado» 30. El «racismo antiblanco» y un «antisemitismo desacomplejado» entre un gran número de personas que viven en los suburbios predominantemente musulmanes horroriza a estos autores. Su identificación del racismo antiblanco con el antisemitismo muestra un cambio dramático en la historia de este último. Durante gran parte del siglo XX, el antisemitismo se asoció con la extrema derecha. Hoy, en algunas partes de Francia, es más habitual ‒y ciertamente más violento‒ entre los descendientes de inmigrantes musulmanes que entre los de más rancio abolengo francés (français de souche). Además, lo que un antiguo oficial de policía de alto rango ha llamado «la subcultura del odio [a los judíos]» se ha convertido asimismo en un indicador del fracaso de la integración y de cómo detestan a Francia, que es el país europeo que cuenta con el mayor número de voluntarios (oficialmente, mil seiscientos) que han decidido ir a combatir en las filas del Estados Islámico. El yihadista Mohamed Merah ‒que asesinó en 2012 a tres soldados franceses, un adulto judío y tres niños judíos‒ ilustra sangrientamente la fusión entre francofobia y judeofobia. La madre del asesino «siempre dijo que los árabes han nacido para odiar a los judíos» y algunos jóvenes musulmanes lo celebran como un héroe de guerra «antisionista» 31. El novelista y crítico literario Pierre Jourde responde: «Gracias, hada buena Israel. Gracias a tu varita mágica, transformas una vieja canallería en militantismo de los condenados de la tierra» 32. Muchos prisioneros de origen norteafricano en cárceles francesas ‒la estimación de un imán es que el 60% de los presos son de origen musulmán‒ han regresado celosamente a la fe militante de sus antepasados. Un buen número han resucitado también las teorías de la conspiración basadas en la colaboración judeomasónica, que repiten irónicamente las fantasías que hicieron circular en otro tiempo los regímenes católicos del general Franco y el mariscal Pétain 33. Aproximadamente un tercio de los musulmanes franceses toman por explicaciones los «delirios conspiradores» 34. Finkielkraut afirma que los antisionistas que ven la mano de Israel en todas partes son realmente antisemitas 35. Sinagogas, escuelas judías y museos de temática judía se hallan protegidos como fortalezas con objeto de impedir nuevos ataques terroristas. Los incidentes antisemitas son especialmente numerosos allí donde la izquierda controla los municipios y favorece las campañas antiisraelitas y propalestinas 36.

La integración de devotos musulmanes resulta especialmente difícil en una Francia laica que, tras una lucha de un siglo, llegó a la separación casi completa de religión y Estado en 1905. La laïcité fue concebida para liberar al individuo, pero muchos musulmanes la ven ahora como un instrumento de persecución. Social y legalmente, la mayoría de los ciudadanos franceses consideran la religión como un asunto privado, pero el islam es más que una religión. Por utilizar una expresión formulada por el sociólogo y antropólogo Marcel Mauss, se trata con frecuencia de una «realidad social total» 37. La espectacular y masiva irrupción del islam en el espacio público ‒en ocasiones con violencia‒ ha obligado a tomar decisiones difíciles. Como admite el polígrafo Philippe d’Iribarne, la ley de 2010 que prohibió los burkas buscaba bloquear el dominio islamista del espacio público y constituye formalmente una violación de los derechos individuales 38. Sin embargo, defiende que la prohibición está concebida para obstruir la creciente coerción islamista. En otras palabras, Francia está sumida en una lucha entre dos colectividades: el Estado laico y el modo de vida islamista. «El islam es mucho más que una religión en este sentido estricto; se trata más bien de un movimiento a la vez religioso, social, político, algo que no nos permiten aprehender nuestras categorías. Por defecto lo calificamos de una “religión”, lo que no nos permite reaccionar de manera adecuada en relación con él, en concreto reaccionando ante su proyecto de conquista social y política, en el que la coerción de los cuerpos desempeña un papel muy importante» 39. El islam político ha ejercido un especial atractivo para «grupos desestabilizados por las experiencias coloniales y migratorias, por la precariedad y la pobreza, por la inferioridad cultural y simbólica» 40.

Aunque discrepan en muchos temas, los autores mencionados en este ensayo intentan defender valores ilustrados con las armas históricas, literarias y filosóficas de la moderna civilización francesa y occidental. Al rechazar toda apelación a los bajos instintos racistas, luchan contra el islam político y el uso inadecuado del «racismo» y la «islamofobia». Politique Autrement, el «club de reflexión» de Jean-Pierre Le Goff, y Le Figaro, el periódico conservador parisiense, han difundido con frecuencia sus críticas del islamismo y su defensa de determinadas tradiciones francesas. Sin embargo, los progresistas serían tontos si se limitaran a rechazarlos como derechistas puramente nostálgicos.

__Notas al pie del artículo completo

1. «une mentalité angélique et pacifique»; Jean-Pierre Le Goff, Malaise dans la démocratie, p. 12. ↩

2. «La critique d’un religion relève de l’esprit d’examen mais certainement pas de la discrimination»; Pascal Bruckner, Un racisme imaginaire, p. 15. Un ejemplo muy reciente de la confusión conceptual se encuentra en Adam Shatz, «How the Tariq Ramadan Scandal derailed the #balancetonporc movement en France», The New Yorker, 29 de noviembre de 2017. ↩

3. «bouée de sauvetage, son ultime recours»; Alain Finkielkraut, La seule exactitude, p. 95. ↩

4. Waleed al-Husseini citado en Georges Bensoussan (ed.), Une France soumise, p. 18. ↩

5. «Le Vieux Monde a vaincu tous ses monstres, l’esclavage, le colonialisme, le fascisme, le stalinisme sauf un: sa détestation de soi»; Pascal Bruckner, op. cit., p. 254. ↩

6. El geógrafo social Christophe Guilluy afirma que, en 1946, obreros y empleados eran el 20% de los diputados franceses, mientras que en 2012 eran el 1,9%, a pesar de que obreros y empleados constituyen el 60% de la población. Véase Georges Bensoussan, op. cit., p. 623. Véase también Mathieu Bock-Côté, Le multiculturalisme comme religion politique, pp. 121-125. ↩

7. «l’islamophobie et le climat de guerre sécuritaire»; Pascal Bruckner, op. cit., 87. ↩

8. Céline Pina, Silence coupable, p. 131. ↩

9. Mathieu Bock-Côté, «Une philosophie politique des mœurs et de la culture», en Bensoussan, op. cit., p. 384. Véase también Jean-Pierre Le Goff, op. cit., p. 41. ↩

10. «si la peur domine dans ce qu’on appelle abusivement l’islamophobie, la haine prévaut dans la judéophobie» ; Pierre-André Taguieff, «La judéophobie aujourd’hui», en Georges Bensoussan, op. cit., p. 475. ↩

11. «Pour le dire autrement, pourquoi tout le monde veut-il être juif aujourd’hui, surtout les ennemis des juifs»; Pascal Bruckner, op. cit., p. 106. ↩

12. «La France est ainsi détestée par les intégristes [islamistes] non parce qu’elle opprime les musulmans mais parce qu’elle les libère»; ibídem, p. 162. ↩

13. «Au fond, ce qui est en cause dans le djihadisme, ce n’est pas l’islam en tant que tel, mais une interprétation particulière de l’islam qui se développe dans un certain contexte et sur une frange radicale, sous l’effet de l’inscription contrainte de l’islam dans une modernité qui l’ébranle. Cette interprétation permet de comprendre à la fois le lien avec l’islam, qui est certain, et le fait qu’il ne s’agisse pas de l’islam en tant que tel»; Marcel Gauchet, «Retour ou sortie du religieux?», Philosophie Magazine, núm. 25 (marzo-abril de 2015). ↩

14. Georges Bensoussan, op. cit., p. 514. ↩

15. «en cinq ans, ils s’étaient intégrés par le travail et l’école […]. Ils ne demandaient qu’à se fondre dans le pays d’accueil, donnant par exemple des prénoms français à leurs enfants, voire changeant leur propre prénom pour mieux s’intégrer»; ibídem, p. 36. ↩

16. «un pays colonialiste […] doit payer pour ce qu’il a fait»; ibídem, p. 47. ↩

17. Jean-Pierre Le Goff, op. cit., p. 247. ↩

18. «les femmes se ressemblent toutes. Négation de l’identité et de l’individu, ces tenues affirment la force de groupe» ; Georges Bensoussan, op. cit., p. 59. ↩

19. Ibídem, p. 110; véase también Gilles Kepel (con la colaboración de Antoine Jardin), Terreur dans lHexagone. Genèse du djihad français, París, Gallimard, 2015, p. 147 (existe traducción española: El terror entre nosotros. Una historia de la yihad en Francia, trad. de Silvia Furió, Barcelona, Península, 2016). ↩

20. «le voile a toujours été utilisé comme instrument de l’appropriation par la société du corps des femmes. Il en devient une propriété collective. Le voile est surtout l’instrument de la propagande la plus visible pour affirmer l’islamisation de la cité»; Céline Pina, op. cit., p. 121. ↩

21. «La femme voilée et la prostituée sont les deux faces d’une même pièce: elles sont toutes réduites à leur sexe et n’ont guère d’existence en dehors». ↩

22. «Personne ne me soumet, personne ne me possède, je suis mon propre prophète»; ibídem, p. 128. ↩

23. «Or là, le corps de la femme, ses seins deviennent un outil politique. Par l’acceptation de la fragilité et sa transmutation en courage, la femme achève sa libération et se réapproprie son corps en refusant superbement l’assignation à la pudeur, qui plonge ses racines dans l’hypersexualisation du corps féminin». ↩

24. «Les islamistes sont obsédés par le corps des femmes. Ils le violent car il les terrifie. Pour eux, la vie est une perte de temps avant l’éternité. Or, qui représente la perpétuation de la vie? La femme»; citado en ibídem, p. 168. ↩

25. «un gran nombre de patients»; Georges Bensoussan, op. cit., p. 52. ↩

26. «étrangers chez eux»; Laurent Bouvet, L’insécurité culturelle, París, Fayard, 2015. ↩

27. «c’est encore un feuj»; «encore les juifs. Pourquoi on ne parle pas du génocide des Palestiniens» y «six millions, ce n’est pas assez»; Georges Bensoussan, op. cit., pp. 278 y 351. ↩

28. Ibídem, p. 352. Un ejemplo reciente de trivilización y enfrentamiento entre víctimas en el contexto español puede verse en Paul Preston, El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después (trad. de Catalina Martínez y Eugenia Vázquez, Barcelona, Debate, 2011). El título del libro compara el genocidio de cinco millones ochocientos mil judíos con las muertes en pogromos políticos de aproximadamente doscientos mil españoles. ↩

29. «l’ont cherché»; ibídem, p. 270. ↩

30. «la vulgate anti-raciste […] postule que “le racisme” explique tout, alors qu’il est avant tout un phénomène à expliquer»; ibídem, p. 475. ↩

31. «disait toujours que les Arabes sont nés pour détester les Juifs»; ibídem, pp. 379 y 603. ↩

32. «Merci, bonne fée Israël. Grâce à ta baguette magique, tu transformes une vielle crapulerie en militantisme de damnés de la terre». Jourde añade: «Israel es un culpable ideal, no sólo en los suburbios, sino en Europa en general. Lo condenamos con toda la mala conciencia de antiguos colonizadores. Un puñado de judíos que transforman un desierto en un país próspero y democrático, en medio de un océano de dictaduras árabes sangrientas, de miseria, de islamismo y de corrupción, se convierte en un escándalo» [«Israël est un coupable idéal, non seulement dans nos banlieues, mais en Europe en général. Nous le chargeons de toute mauvaise conscience d’anciens colonisateurs. Une poignée de Juifs qui transforme un désert en pays prospère et démocratique, au milieu d’un océan de dictatures arabes sanglantes, de misère, d’islamisme et de corruption, voilà un scandale»]. Pierre Jourde, «Il ne faut pas désespérer Montfermeil», en Georges Bensoussan, op. cit., p. 438. ↩

33. Caroline Fourest, Génie de la laïcité, p. 259. ↩

34. «délires complotistes»; Georges Bensoussan, op. cit., p. 574. ↩

35. Alain Finkielkraut, op. cit., p. 130. ↩

36. Georges Bensoussan, op. cit., p. 207. ↩

37. Citado por Barbara Lefebvre, «L’islam est un espoir pour l’humanité… si on instaure le califat», en Georges Bensoussan, op. cit., p. 511. ↩

38. Philippe d’Iribarne, «L’islam politique en France: la technique du “salami”», en Georges Bensoussan, op. cit., p. 561. ↩

39. «Islam est bien plus qu’une religion dans ce sens strict, mais un mouvement à la fois religieux, social, politique, ce que nos catégories ne permettent pas d’appréhender. Par défaut on le qualifie de ‘religion’, ce qui ne permet pas de réagir de façon appropriée à son égard, en particulier en réagissant à son projet de conquête sociale et politique dans lequel la contrainte des corps occupe une grande place»; ibídem, p. 562. ↩

40. «groupes déstabilisés par les expériences coloniales et migratoires, par la précarité et la pauvreté, par l’infériorisation culturelle et symbolique»; Gilles Kepel, op. cit., p. 262. ↩

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