Focus press setmanal número 79

Presentació

La trobada anual del Fòrum de Davos serveix per establir diagnòstics bastant lúcids sobre les malalties de l’ordre liberal internacional (Martin Wolf) i per suggerir propostes d’esmena que són desoïdes en bona part pels governants, especialment pel que fa a la reducció de les desigualtats (Branko Milanovic). En aquest context resulta interessant la consideració d’Antonio García Maldonado [text 1]sobre la naturalesa del poder i la reafirmació de les formes de poder convencionals malgrat l’impacte de les innovacions tecnològiques.

El primer aniversari de Donald Trump a la presidència dels Estats Units mereix l’atenció dels analistes (Lluís Uría, Jorge Díaz Lanchas, Alberto Fernández …), d’entre els que destaquem l’aportació de Roger Senserrich [text 2]

També en l’àmbit internacional és objecte de creixent preocupació l’escalada de la tensió entre l’Aràbia Saudita i l’Iran (Ángeles Espinosa, Andrés Ortega).

Mentre, a Europa, la llum verda, tot i que precària, del SPD a la “Grosse Koalition” a Alemanya és un senyal d’estabilitat (Jonás Fernández, Helmut K.Anheier, Klaus Geiger), a l’espera del desenllaç d’unes eleccions italianes (Jorge del Palacio, Fabio Bordignon), on es dóna la paradoxa que Silvio Berlusconi apareixi com un factor de moderació! Al mateix temps que no cessen els senyals preocupants sobre la deriva il·liberal dels països de l’Est europeu (Ariane Aumaitre/Luis Abenza, Juan F.López Aguilar), com els resultats de la primera volta de les eleccions presidencials a Txèquia (Cyrille Bret).

Kiko Llaneras analitza les enquestes més recents d’àmbit espanyol que marquen les tendències ja conegudes del descens del PP, l’ascens de Ciudadanos, l’estabilitat del PSOE i la baixada de Unidos Podemos. La desmobilització de l’esquerra en un  moment de feblesa del PP, accentuada per l’evolució del judici del cas Gürtel (Ignacio Escolar), és comentada per E.García de Blas i J.Marcos, Víctor Lenore i Pau Marí-Klose. I el “moment” Ciudadanos és analitzat per Carles Castro, José Antonio Zarzalejos, Esteban Hernández i Lluís Orriols.

En aquest marc advers, el govern del Partit Popular intenta fer valdre la seva “fermesa” en el contenciós amb l’independentisme català, la seva contribució a l’estabilitat de la zona euro i, molt especialment, la recuperació econòmica. Josep Oliver examina les llums i les ombres d’aquesta recuperació i Alfonso Novales [text 3]-en una ressenya del llibre de Jordi Palafox “Cuatro vientos en contra”– destaca les dificultats de l’economia i la societat espanyola per aplicar les reformes imprescindibles per seguir el camí de la innovació permanent.

Dues enquestes postelectorals (Metroscopia/El País, NC Report/La Razón) confirmen a grans trets la correlació de forces sorgida de les eleccions catalanes del 21-D. Dels anàlisis sobre les eleccions, destaquem la radiografia del vot a Ciutadans de Marc Guinjoan i Toni Rodón [text 4] que publica Crític, i la nota de Lluís Orriols sobre l’efecte Puigdemont.

Sobre les vicissituds de la política catalana, centrades en la investidura presidencial,  la necessitat de revertir l’aplicació de l’article 155 per recuperar el govern autònom i l’hipótesi d’una repetició electoral, veure els articles d’Enric Juliana, Antón Costas, Andreu Claret, Lola García, Andreu Mas-Colell i Oriol Bartomeus. I més concretament sobre les divergències tàctiques i estratègiques dins del bloc independentista, veure Enric JulianaSanti Vila i Kepa Aulestia.

Sobre les decisions judicials que interfereixen en el funcionament del Parlament de Catalunya, veure l’opinió  severa del magistrat Miguel Pasquau [text 5] “Impedir la ausencia de un representante popular a un Pleno parlamentario es impedírselo a un ‘trozo de pueblo’, y han de ser poderosísimas las razones para hacerlo. Por eso si una citación judicial coincide con el Pleno es exigible la suspensión de la citación, y no la del Pleno”

Interpretacions més generals sobre el significat del procés independentista i el seu impacte en la societat catalana les trobem en articles com els de Marina Subirats, Josep Maria Colomer, Josep Maria Fradera [text 6] o Josep Maria Ruiz Simon [text 7].

Tanquem aquest Focus Press amb una interessant aportació de Manuel Alejandro Hidalgo i Borja Barragué  [text 8] sobre les possibilitats d’un projecte reformista que vagi més enllà dels pressupòsits de la tercera via.

 

 

Antonio GARCÍA MALDONADO, “El poder donde siempre estuvo” a El Mundo (25-01-18)

http://www.elmundo.es/opinion/2018/01/24/5a67689fca4741c96d8b4579.html

La irrupción de Internet, las redes sociales y determinados avances científico-técnicos llevaron a muchos a pronosticar una transformación radical del poder. Se hablaba de estructuras en red que lo repartirían y controlarían mejor, además de hacerlo más eficiente. La deliberación digital y la toma de decisiones de abajo arriba daría lugar a lo que el ensayista Steven Johnson llamó “peer progresive” o par progresista: ese ciudadano comprometido con la igualdad y el papel del Estado en la redistribución de la riqueza, pero también desconfiado de su poder y razonablemente optimista respecto a la capacidad del mercado para crear riqueza.

La red le habría proporcionado a este nuevo sujeto la herramienta definitiva con la que compatibilizar los dos mundos -el Estado y el mercado, la igualdad y la libertad- que habían marcado la frontera política esencial de la modernidad analógica. Se darían por tanto las condiciones ideales para establecer algo parecido a una socialdemocracia 2.0. Cabe preguntarse entonces por qué no ha sido así y por qué, además, son precisamente los partidos socialdemócratas que asumieron esta idea los que más están sufriendo el desgaste del malestar.

En su interesante El fin del poder, Moisés Naím hablaba en 2013 de las transformaciones de las jerarquías: empresas centenarias que se iban a pique, Estados impotentes ante revueltas incitadas y coordinadas a través de la red, gobiernos incapaces de afrontar retos globales como el cambio climático. En un artículo previo, Naím ponía como ejemplos que “Rusia y China no pueden solucionar la crisis en Siria”, o que Merkel sería incapaz por sí misma de atajar la crisis del euro. En sus propias palabras, no es que el poder hubiera desaparecido sino que se había hecho “cada vez más difícil de ejercer y más fácil de perder”.

No obstante, tras la crisis económica, la irrupción tecnológica y el auge asiático, la resaca digital ha dejado un dibujo del poder bien parecido al de siempre. No es que la realidad no haya cambiado ni pueda hacerlo, pero cuando así ha sido, dichos cambios se han decidido desde poderes que residen en los lugares en los que siempre estuvieron y a través de las herramientas habituales. Además, una de las paradojas del exceso de voces en la era digital es que ha traído de vuelta viejos recursos analógicos que sobresalen y clarifican un panorama muy confuso. Para bien y para mal. Ahí están Macron o Trudeau, pero también Trump y Orbán.

Hay excepciones notables, como es el caso de las denuncias por acoso, maltrato y machismo. El movimiento feminista, horizontal y en red, sí ha conseguido un cambio profundo de percepciones y, ojalá, de determinados comportamientos. La manera en que nos relacionamos hombres y mujeres es ya distinta. Sin embargo, muchas de sus reclamaciones concretas -igualdad salarial, concienciación temprana, protección a maltratadas, persecución de las mafias de la prostitución o la despenalización del aborto allí donde todavía es delito- pasan por los resortes de poder clásicos: nuevas leyes penales y educativas, impulso judicial y acción policial.

Aunque es en el tablero internacional donde mejor se percibe esta naturaleza inalterada del poder. Desde 2013, el presidente Vladimir Putin ha consolidado una autocracia en Rusia y ha expandido la influencia exterior de su país con la herramienta cibernética en Occidente, de la misma forma que ha recurrido al hard power en Oriente y zonas de conflicto como Ucrania. Frente a lo pronosticado, Rusia puede no haber “solucionado” por sí misma la guerra en Siria como escribía Naím, pero sin su intervención o la de una Turquía en regresión democrática, las cosas habrían sido bien distintas.

La India de Narendra Modi y, especialmente, la dictadura china de Xi Jinping han recuperado el culto a la personalidad y al poder jerárquico. El pasado octubre, las autoridades de Pekín reforzaron el control de internet y apps de mensajería antes y durante el XIX Congreso del Partido Comunista. Como suelen hacer los gobiernos de Turquía o Irán de forma continua apelando a razones de seguridad sin que el poder de Erdogan o los ayatolás sufran amenazas reales más allá de protestas bien vistas o jaleadas desde Occidente. En Europa, los mandatarios de Francia y el resto del sur imploran a Merkel (canciller de primera economía de la UE) que acepte las reformas institucionales que le proponen para competir en un mundo más apto para Hobbes que para un “peer progresive“. Se apela, en fin de cuentas, al BOE alemán y no a un movimiento político de base en red. Silicon Valley aún no ha acabado con Westfalia, y no parece que vaya a hacerlo pronto.

Las redes han facilitado y mejorado muchos aspectos de la vida diaria, y han sido también importantes en el nacimiento de movimientos políticos de distinta naturaleza. Pero no han transformado radicalmente el poder político, y tampoco el económico. Al menos si por cambio entendemos que varía en su estructura y no que pasa de unas manos a otras.

También es cierto que sin las redes no se conciben las primaveras árabes, ni tampoco el Euromaidán de Kiev, una revuelta que estalló en 2013 tras un mensaje de Facebook que terminaría por derribar la cleptocracia pro rusa del país tras meses de protestas. No obstante, pocos años después los países árabes se encuentran sumidos en una contrarrevolución innegable ejercida con herramientas clásicas de poder duro, mientras Ucrania vive en estado de guerra de baja intensidad, una situación que incluye la ocupación paramilitar del este de su territorio y la anexión a las bravas por parte de Rusia de la península de Crimea.

El poder ni desapareció, ni se transformó, ni cambió de tantas manos, por más que se haya complementado con otras herramientas mediáticas y cibernéticas que establecen eso que se ha dado en llamar guerra híbrida. El propio ecosistema mediático occidental muestra que, si bien han nacido muchos medios digitales meritorios que han arraigado, la mayoría pasa por dificultades permanentes o cierra. Son los medios de siempre -aunque con otros accionistas y puede que con otras líneas editoriales- los que consiguen sortear la falta de modelo de negocio. Lo hacen gracias a factores nada nuevos ni horizontales como la capacidad de influencia general y las economías de escala.

también ha querido verse en Trump el ejemplo claro de un outsider del sistema que se impone al establishment político-económico y al cuarto poder gracias al uso -manipulador y malicioso en este caso- de las nuevas herramientas digitales. Sin embargo, su éxito se fundamentó en tres pilares clásicos del sometimiento: la propaganda, el dinero y la ayuda de otro Estado que además dirige, controla y utiliza en su provecho las mencionadas redes que supuestamente restaban poder a los Gobiernos. El ejercicio de Trump del poder político (reforma fiscal, sanitaria, migratoria) finalmente apuntala la vieja estructura de poder que, supuestamente, venía a derribar.

Por otro lado, el discurso corporativo horizontal de las grandes compañías tecnológicas se compadece mal con monopolios publicitarios y estructuras accionariales clásicas. Sigue habiendo accionistas muy mayoritarios, es decir, jefazos y mandamases que ejercen de tales aunque vayan en chándal a la oficina y el despacho sea transparente, si es que tienen uno. Por su parte, las empresas de la Gig Economy bajan precios al mismo ritmo que lo hacen con la protección social de sus “proveedores”. Trabajadores que utilizan la red para denunciar pero buscan la acción legislativa y reguladora para la solución efectiva a sus problemas.

Esta recomposición hacia formas clásicas del poder tiene implicaciones para cualquier proyecto político reformador. Para un buen tratamiento, lo primero es un buen diagnóstico. Quizá es hora de despertar del sueño de un poder horizontal que, si bien existe, no lo hace en la medida de nuestras esperanzas.

 

 

Roger SENSERRICH, “Trump, un año después” a vozpópuli (20-01-18)

http://www.vozpopuli.com/opinion/Trump-ano-despues_0_1101191013.html

Esta frase sigue pareciendo absurda, incluso 12 meses después. Nadie, ni siquiera el mismo Trump o su equipo de campaña creían posible este resultado. La noche de las elecciones, cuando un improbable juego de aritmética convirtió un déficit de tres millones de votos en una victoria en el colegio electoral, nadie tenía un plan sobre qué hacer una vez en la Casa Blanca.

Tras un año en el cargo, esa falta de planes ha producido una administración paradójica, volátil y contradictoria. Los políticos, casi sin excepción (y hay una amplia literatura académica sobre el tema), intentan cumplir las promesas que hacen durante la campaña electoral. Trump dijo muchas cosas durante la campaña, y dio un montón de discursos en mítines fervorosamente televisados por las cadenas de noticias por cable del país. Esos discursos, sin embargo, a menudo se reducían a una larga cadena de insultos a los medios de comunicación, hablar sobre cómo México pagaría un muro fronterizo y sobre cómo el resto del mundo se aprovechaba de Estados Unidos, pero no contenían apenas propuestas económicas concretas. Trump se distinguió (especialmente en las primarias) por prometer lo que no iba a hacer, como bajar los impuestos a los ricos, recortar pensiones o quitarle la sanidad a nadie.

¿Qué sucede cuando un político que ha basado su campaña en el cabreo constante y un racismo poco disimulado llega al poder? En el caso de Trump, lo que hemos visto es una carrera para llenar de contenido concreto una serie de sentimientos iracundos. La Casa Blanca, desde el principio, fue el escenario de furiosas batallas entre asesores tratando de definir qué era el “populismo” que defendía Trump, y quién debía controlar la agenda.

Según la mayoría de observadores, dentro del ‘trumpismo’ podíamos encontrar tres facciones. La primera, liderada por el jefe de campaña Steve Bannon, defendía un nacionalismo con marcados toques racistas, pero cierto populismo económico. Los ‘bannonistas’ no querían bajar los impuestos a los ricos ni recortar la sanidad; lo suyo era armar guerras comerciales con China, aislacionismo en política exterior y deportar inmigrantes. La segunda facción, liderada por Ivanka Trump, hija del presidente, y Jared Kushner, su yerno, quería una administración centrista que propusiera cosas como bajas por maternidad y educación infantil, y dejara los temas de inmigración y política exterior en paz. La tercera facción, representada por el jefe de gabinete, Reince Preibus, era el establishment, defensora de un programa republicano ortodoxo: bajar impuestos a los ricos, eliminar regulaciones, desmantelar la sanidad pública, restringir el aborto y recortar pensiones, con una política exterior agresiva, pero sin especial animadversión a la inmigración.

En principio, los populistas y centristas parecían tener las de ganar. Aunque Trump nunca diera demasiados detalles, las pocas medidas concretas que dijo defender durante la campaña estaban cerca del ideario de Steve Bannon. Trump, además, hace mucho caso a los consejos de su familia, y el consenso era que Javanka (Jared e Ivanka) podían convencerle sobre políticas concretas.

El resultado final, sin embargo, ha sido bastante distinto. Aunque Trump sigue hablando como un nacionalista racista cada vez que le ponen un micrófono o un teclado delante, la agenda legislativa de la Casa Blanca ha pasado a ser controlada por Paul Ryan y Mitch McConnell, los líderes republicanos en la Cámara de representantes y el Senado. Con contadas excepciones (decisiones administrativas en política migratoria y una errática política exterior), la administración Trump ha impulsado esencialmente las mismas medidas que otro hipotético presidente, Ted Cruz o Marco Rubio, hubieran intentado echar adelante: desmantelar la reforma de la sanidad de Obama, bajar impuestos a los ricos, eliminar regulaciones ambientales, y nombrar jueces conservadores al tribunal supremo.

Cretino racista malhumorado e incontenible

Ni Javanka ni Bannon tenían experiencia política, planes concretos o puñetera idea sobre cómo se gobierna un país, así que sus planes irremediablemente se perdían en debates estériles. Ryan y McConnell, mientras tanto, tenían una agenda lista, podían ofrecer a Trump “victorias” (porque a Trump lo que le mola es ganar, lo del contenido de las leyes le importa un pimiento) y un plan para alcanzarlas.

Lo que ha distinguido a Trump de otros republicanos ha sido su nivel de competencia y su estilo. A pesar de contar con mayorías republicanas en ambas cámaras, la Casa Blanca ha sido singularmente incompetente impulsando legislación de forma efectiva. Los republicanos fueron incapaces de derogar la reforma de la Sanidad el año pasado, y sólo han podido alterar componentes periféricos. Lo que tenía que ser una ambiciosa reforma fiscal, que sustituiría el ineficiente sistema de impuestos empresariales por algo parecido a un IVA, se convirtió en un regalo a los ricos que aumentará espectacularmente el déficit. Los republicanos, a pesar de controlar todos los resortes de poder, están teniendo problemas para incluso aprobar presupuestos y evitar que el gobierno cierre. La falta de liderazgo sólido en la Casa Blanca ha hecho que este primer año de gobierno la producción legislativa del congreso haya sido muy modesta, con apenas victorias claras más allá de la rebaja fiscal.

El estilo, en todo caso, ha sido su mayor problema. Trump es un presidente que heredó una economía en buena forma, y Estados Unidos ha seguido creciendo a buen ritmo durante su primer año de mandato. El presidente, no obstante, es increíblemente impopular, con tasas de aprobación alrededor del 35-36% en todos los sondeos. Su partido este año se ha hartado de perder elecciones en lugares donde deberían ganarlas sin problema, incluyendo un senador en Alabama. El motivo es que, primero, las políticas que impulsa el Congreso republicano contradicen directamente casi todo lo que dijo Trump en campaña; y, segundo, porque Trump sigue siendo el cretino racista malhumorado e incontenible que fue durante toda la campaña.

La Casa Blanca, estos meses, va a seis o siete escándalos semanales. Desde revelaciones atroces (la cada vez más plausible historia de una trama rusa para apoyarles durante la campaña electoral), a declaraciones completamente ofensivas o racistas, pasando por líos y corruptelas que hubieran hundido a cualquier político hace un par de años. Esta semana, sin ir más lejos, ha aparecido la historia de que Trump pagó 130.000 dólares a una actriz porno para que no hiciera pública sus aventuras extramatrimoniales durante la campaña electoral. Dado el caos presupuestario, los comentarios horrendamente racistas sobre inmigración del presidente y las noticias sobre la investigación rusa, los medios apenas han tenido tiempo de cubrir las revelaciones sobre su vida sexual.

El primer año de Trump, por tanto, ha sido una paradoja: un presidente increíblemente fuera de lo común intentando implementar el programa político del establishment que decía detestar. El hombre ha resultado ser tan inútil e ignorante como parecía ser durante la campaña, y el partido ha acabado por fagocitarlo imponiendo su agenda. Los republicanos han acabado pactando con el diablo, pero van a verse marcados irremediablemente por trabajar con alguien que una amplia mayoría de americanos detesta, incluso cuando la economía va bien.

En noviembre hay elecciones legislativas en Estados Unidos. Veremos si el partido consigue mantener el control del Congreso.

 

 

Alfonso NOVALES, “¿Seremos capaces de innovar?” a Revista de Libros (22-01-18)

https://www.revistadelibros.com/resenas/cuatro-vientos-en-contra-el-porvenir-economico-de-espana

Jordi PALAFOX. Cuatro vientos en contra. El porvenir económico de España. Pasado & Presente. Barcelona, 2017

Pocas dudas pueden existir acerca de que el persistente paro es el gran problema de la economía española, con evidentes implicaciones económicas y con enormes costes sociales. El paro ha encabezado tozudamente la lista de preocupaciones de los españoles en los periódicos sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas; tan solo el terrorismo y la amenaza de ETA generaron una preocupación similar hasta que la banda terrorista declaró el alto el fuego. Su importancia no disminuye: mientras la media de la eurozona había recuperado en 2016 el nivel de empleo previo a la crisis, en España este era todavía un 11% inferior al de 2007. Y tenemos aún dos millones y medio más de parados que al inicio de la crisis, a pesar de la salida de inmigrantes. El continuado y elevado paro tiene muchas facetas, difícilmente reducibles a unas escuetas cifras: a) las limitaciones de nuestra estructura productiva para crear empleo y, muy especialmente, para crear empleo de calidad, de alto valor añadido, estable y con salarios adecuados a tal nivel de capacitación; b) la dificultad para incorporar de nuevo a los parados al mercado de trabajo y su consecuencia natural, a saber, un elevado paro de larga duración, reflejo a su vez de una inadecuada estructura de las políticas activas de empleo y un insuficiente desarrollo de los procesos de formación continua, especialmente de la formación en el puesto de trabajo; c) el reducido peso de las actividades de emprendimiento.

Estas deficiencias, con las que hemos convivido demasiado tiempo sin encontrar solución, pueden verse acentuados por las nuevas circunstancias externas:

1) El protagonismo de China en el contexto mundial: el crecimiento económico de China durante las últimas dos décadas ha reducido en ochocientos millones el número de pobres en el mundo. China sustituye a Estados Unidos como economía productiva dominante en términos de PIB agregado, aunque está lejos de ser la economía más rica en términos per cápita. Este proceso, consecuencia de la mayor apertura al comercio internacional en la tercera fase de globalización que comenzó en los años noventa, no es independiente de los cambios registrados en las instituciones económicas chinas, que parecen haber recibido un espaldarazo en el reciente congreso del Partido Comunista Chino del pasado mes de octubre. Sorprendentemente, sin atisbo de cambio en sus instituciones políticas, que no pierden oportunidad de reafirmar su ortodoxia comunista.

2) Simultáneamente, los notables progresos alcanzados en un conjunto de campos tecnológicos. La robótica, la inteligencia artificial, el aprendizaje automático (machine-learning), la nanotecnologia, la computación cuántica, la biotecnología, el Internet de las cosas, la realidad virtual, el desarrollo de nuevos materiales, la impresión 3D y los vehículos autónomos están alterando las estructuras productivas y las relaciones laborales. Los nuevos modos de producción van a requerir un empleo cualificado, y el continuado cambio en tecnología, en técnicas de computación y en materiales, van a demandar de los trabajadores capacidades que, además, es previsible que cambien frecuentemente.

3) La actual polarización del mundo económico entre China y Estados Unidos no hace sino anticipar la polarización que cabe esperar en el futuro entre quienes diseñan y crean las innovaciones tecnológicas que surgen con una velocidad nunca experimentada en episodios históricos anteriores de cambio técnico, y quienes fabrican los equipos apropiados para desarrollarlas y aplicarlas. Entre ellos queda un espacio para países que no están en condiciones de desempeñar ninguno de estos dos papeles y que deberán limitarse a actividades productivas de bajo valor añadido, con salarios, en consecuencia, más reducidos.

Lamentablemente, como sucede con otros temas de la mayor trascendencia, el debate público sobre las cuestiones relativas a la creación de empleo y, en definitiva, al nivel de bienestar al que podemos aspirar, es escaso en España y, generalmente, no de mucho nivel, especialmente porque una parte significativa de los medios de comunicación no parecen estar interesados en ceder espacio a los expertos para presentar sus ideas. De resultas, los ciudadanos quedamos con el convencimiento de que no está haciéndose lo suficiente para aminorar el problema, y surgen naturales dudas acerca del futuro que espera a un país tan duramente castigado por la crisis como el nuestro. Por eso el libro del profesor Jordi Palafox, catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Valencia, debe ser muy bienvenido.

Partiendo de la actual relación de fuerzas entre las grandes áreas geográficas, y considerando los importantes cambios que previsiblemente pueden continuar produciéndose en las tecnologías productivas, el libro tiene por objeto analizar cómo estamos, y por qué estamos donde estamos. Palafox cree que los retos a que nos enfrentamos en el terreno de la economía son resultado de una pasiva adaptación a la nueva realidad mundial. España ha realizado un ajuste que resulta insuficiente y plagado de carencias por la actuación de sus gobiernos, pero también por las pautas de comportamiento seguidas por gran parte de sus ciudadanos. Todo esto nos ha llevado, en definitiva, a una mala posición competitiva. Hecha la diagnosis de la situación, Palafox se pregunta qué podemos hacer para mejorar nuestra situación colectiva. Para ello presta, lógicamente, atención a las dificultades existentes para crear un empleo de calidad que permita suficiente bienestar social. Pero considera, asimismo, cuestiones de mayor alcance: si, dadas nuestras capacidades, pero también nuestras limitaciones y deficiencias, España podrá recuperar el nivel de bienestar previo a la crisis, para luego continuar aumentándolo, o si, por el contrario, va a incorporarse definitivamente al grupo de países cuya actividad productiva se basa en competir mediante salarios bajos.

Al modo del libro de Robert J. Gordon, Palafox identifica cuatro grandes temas que dificultan el logro de un brillante porvenir, los vientos contrarios a los que hace referencia el título del libro, y estructura la obra alrededor de su tratamiento. Dos de ellos se refieren al proceso de globalización que comenzó en la última parte del pasado siglo para configurar un nuevo entorno económico, caracterizado por la competitividad de China y por la consolidación de un mercado mundial asentado sobre cadenas de valor globales por parte de multinacionales que segmentan la producción entre distintos países. Los otros dos temas se refieren a aspectos que limitan nuestras posibilidades de progreso y en los que, por tanto, deberíamos mejorar significativamente: las insuficiencias de formación de la población activa española para enfrentarse a la nueva situación, y la deficiente calidad de las instituciones económicas españolas, que lastran la eficiencia productiva y la creación de empleos de alto valor añadido.

Es evidente que las dificultades de nuestra sociedad para ofrecer un próspero futuro a sus ciudadanos, presentes desde hace décadas, se muestran ahora, en el proceso de salida de la Gran Recesión, en un contexto de cambios profundos que están alterando el modo en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos con los demás. La confluencia de eventos es impresionante y enmarcar el análisis de nuestros problemas en este contexto nuevo y en continua evolución es, sin duda, un acierto por parte del autor.

El libro se inicia con un capitulo que describe las dificultades que España ha tenido tradicionalmente para competir en el contexto internacional, y finaliza con un capítulo en el que describe escenarios futuros para la economía española. Los sucesivos capítulos analizan los cambios traídos por los cuatro vientos mencionados y algunas de sus consecuencias, como el incremento que se ha producido en desigualdad en las últimas décadas, tanto en España como a nivel global. Constituye un notable mérito de Palafox haber sabido recoger temas tan variados y complejos en un mismo volumen. La bibliografía es amplia y actualizada, y complementa muy bien el tratamiento de cada capítulo, permitiendo, por tanto, profundizar en cada una de las cuestiones consideradas. Además, el libro está elaborado de tal modo que los capítulos puedan ser leídos por separado, lo cual le añade atractivo como obra de referencia.

La elección de focos temáticos (los cuatro vientos contrarios) por parte de Palafox aporta una estructura a los numerosos temas considerados. Es, sin duda, una opción atrevida, como necesariamente lo es cualquier intento de reducir a cuatro las causas de las dificultades a que nos enfrentamos para alcanzar el deseado progreso económico y social. Es casi natural que el lector pueda pensar que otros vientos distintos tienen tanta fortaleza como los seleccionados: el libro trata muchas cuestiones y omite intencionadamente otras, y son muchas las relaciones causales entre todas ellas, lo que hace que resulte difícil identificar por separado causas y efectos, así como evaluar la importancia relativa de cada uno. Pero imagino que Palafox se sentirá feliz si crea este cuestionamiento en sus lectores.

La lectura del libro también sugiere que algunos temas cruciales y, en algunos casos, urgentes, no han recibido en España la necesaria atención. Uno de ellos es el profundo cambio tecnológico en que estamos inmersos, su previsible continuidad, su impacto sobre la demanda de empleo y la necesaria adaptación del sistema educativo, todo ello mencionado en el libro aludiendo a las referencias relevantes. Este asunto, que puede dejar obsoleto nuestro ya insuficientemente adaptado sistema educativo, podría incluso haber sido considerado uno de los vientos en contra. Si no es ya una de nuestras principales carencias, puede serlo muy pronto, y es, en todo caso, un elemento objetivo que debería estar suscitando ya reflexiones sobre la adaptación que debe experimentar nuestro sistema educativo si queremos equilibrar la oferta educativa con las demandas del mercado de trabajo. Los trabajos empíricos existentes, como los de David H. Autor y Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, estiman que un alto porcentaje de las tareas desempeñadas en los actuales trabajos podrían ser realizadas más eficazmente por robots. También apuntan a la complementariedad entre trabajadores humanos y máquinas, y es en este aspecto donde deberían centrarse los sistemas de formación en el futuro. Puesto que las tareas más fácilmente automatizables están asociadas a salarios intermedios y a puestos de trabajo con formación media, puede producirse una creciente polarización del mercado de trabajo en capacidades altas y bajas que podría también manifestarse en términos salariales, contribuyendo a elevar el nivel de desigualdad en cada país. Además, el grado de automatización de tareas será distinto en países con diferente grado de desarrollo, lo que será causa adicional de mayor desigualdad global. Un asunto, sin duda, de la mayor trascendencia.

Otro tema necesitado de atención son las políticas activas de empleo, que se han mostrado ineficaces para incorporar nuevamente a los parados al mercado de trabajo. La parte referida al aprendizaje de capacidades asociadas a las nuevas tecnologías va ser esencial en el futuro, pero se trata de una formación que no debe reposar en exclusiva en el sistema educativo; por el contrario, el papel de las empresas mediante la formación en el puesto de trabajo ha de ser fundamental. Palafox enfatiza también un aspecto relacionado con éste, pero frecuentemente olvidado: las carencias formativas de quienes toman las decisiones organizativas y estratégicas, que es inferior a la de los empresarios de los países con que nos comparamos. Los dos rigurosos trabajos de Emilio Huerta y Vicente Salas que se mencionan en el libro sugieren que orientar en mayor medida la educación formal a la adquisición de las habilidades prácticas que requiere la gestión empresarial, y una mayor confianza en las relaciones entre empresarios-directivos y trabajadores motivaría a las empresas a invertir más en tecnología, mejorando así la productividad. En este aspecto, podríamos avanzar mucho más de lo que lo hemos hecho hasta ahora.

Tratándose de un libro de economía, Palafox ha optado por omitir un tratamiento detallado de la crisis política e institucional, cuyas consecuencias se vieron agravadas por la incapacidad de los dirigentes políticos para establecer acuerdos que pudieran tratar de resolver nuestros graves problemas. Esta omisión impide una mayor profundización en el análisis de las interrelaciones entre tres aspectos que condicionan la capacidad de crear empleo de calidad y progreso económico: capital humano, calidad institucional y productividad. Es evidente que el futuro de España debería pasar por incorporarse a los países innovadores, con actividades de alto valor añadido y elevada productividad. Pero ello requiere disponer de un capital humano de calidad, tanto en lo relativo a trabajadores como a empresarios, y unas buenas instituciones formales (leyes, mercados, órganos de gobierno) e informales (grado de cumplimiento de las normas, valores sociales) que faciliten un funcionamiento eficiente de la economía y estimulen la asunción del riesgo que comporta la inversión en innovación, en acumulación de conocimiento y en la mejora del capital humano. Tanto las insuficiencias apuntadas por Palafox en formación de la población activa y del empresariado como la negativa evolución de nuestra productividad, que evoluciona sistemáticamente muy por debajo de países comparables, pueden considerarse en parte consecuencia de una deficiente calidad institucional.

Este aspecto hace que el libro de Palafox resulta complementario del reciente trabajo de Carlos Sebastián, al cual se refiere en varios puntos, sin resultar por ello en absoluto reiterativo. Ambos ofrecen una panorámica general de nuestros condicionantes como sociedad, y aun siendo indiscutiblemente críticos con nuestra estructura social y económica, también ofrecen pautas concretas para lograr un cambio de condiciones que permita un porvenir más brillante. También hay diferencias notables entre ambos. Carlos Sebastián adopta el punto de vista de que es la deficiente calidad institucional la que condiciona un entorno poco propicio a la innovación y la acumulación de capital humano, influyendo negativamente de este modo sobre la productividad y sobre la creación de empleo y, especialmente, el empleo de calidad. Palafox dedica también el octavo capítulo de su libro a tratar nuestra deficiente calidad institucional, si bien no le concede un papel tan protagonista como Sebastián, quien, por otra parte, dispensa menos atención que Palafox a los condicionantes externos de nuestro entorno social y productivo.

Este tipo de reflexiones sobre la importancia relativa de cada aspecto abordado en el libro tiene un claro atractivo intelectual, y no hace sino reflejar el beneficio que se deriva de la lectura del mismo. En definitiva, Palafox hace reflexionar al lector sobre una variedad de temas muy relevantes, con la vista puesta en el futuro, a la vez que facilita el aprendizaje de los mismos. No creo que pueda pedirse más de un libro de estas características, cuya lectura recomiendo encarecidamente.

 

 

Marc GUINJOAN i Toni RODÓN, “Radiografia del (nou) votant de Ciutadans” a Crític (23-01-18)

http://www.elcritic.cat/datacritic/radiografia-del-nou-votant-de-ciutadans-20663

Per primer cop en la història recent de Catalunya, un partit allunyat dels grans consensos del catalanisme ha guanyat les eleccions. Ciutadans, fundat l’any 2005, aconsegueix d’aquesta manera trencar l’hegemonia catalanista i situar-se com a primera força del Parlament, amb més d’un milió cent mil vots i 36 diputats. En termes relatius, la formació encapçalada per Inés Arrimadas va aconseguir el 21 de desembre passat més de la quarta part dels votants (un 25,35% de sufragis). Només la victòria del conjunt de partits sobiranistes va aconseguir amargar la nit electoral. Si no hi ha girs d’última hora, el més probable és que Ciutadans segueixi quatre anys més com el partit que lidera l’oposició.

Què hi ha darrere d’aquesta victòria? Quin és el perfil del votant ‘taronja’? Va aconseguir el partit anar més enllà del suport dels irreductibles, és a dir, d’aquells votants amb unes preferències intenses en contra de la independència?

Un suport geogràfic polaritzat

Els resultats de Ciutadans presenten una forta variació territorial. El seu pitjor resultat el 21-D es va registrar a les comarques del Pallars Sobirà i del Priorat, amb vora un 6,9% de vots en tots dos casos. Per contra, els millors resultats els va obtenir a les comarques del Tarragonès i del Baix Penedès, amb més d’un 35% i d’un 32% de vots, respectivament. Aquests dos extrems exemplifiquen la distribució del seu vot en l’àmbit territorial: Ciutadans rep un suport electoral elevat als nuclis de la costa i més baix als municipis de l’interior (amb l’afegit de la Vall d’Aran, una comarca en la qual també hi és electoralment fort). El mapa següent ho il·lustra. Les parts més fosques (allà on el seu suport és menor) són totes a l’interior i, en canvi, el seu suport electoral és sòlid als municipis poblats de la costa.

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Gràfic: HELENA OLCINA

En aquest sentit, la distribució geogràfica del seu vot és molt semblant a la dels últims comicis a Catalunya celebrats l’any 2015, amb la diferència que, aquest cop, la formació ‘taronja’ ha quedat primera en moltes places. C’s s’ha erigit com la guanyadora en 23 municipis del voltant de Barcelona i ha aconseguit la primera plaça a les 10 ciutats més grans de Catalunya. En total, es va imposar en 14 capitals de comarca. Comparat amb les eleccions del 2015, Ciutadans creix arreu del territori, però ho fa molt menys a l’interior.

De fet, si ampliem el focus a escala de secció censal, una de les característiques de la distribució del vot de Ciutadans és la seva forta polarització geogràfica. És a dir, en alguns àmbits del territori, sobretot en les perifèries de les ciutats urbanes, el partit ‘taronja’ obté un suport molt elevat, mentre que en altres zones, com els centres històrics, el seu vot és inferior. És important destacar que això no passa en tots els partits: per exemple, ERC té una distribució geogràfica del vot homogènia, és a dir, molt semblant arreu del territori català.

A què és deguda aquesta especialització geogràfica del vot ‘taronja’? Per què C’s no va aconseguir trencar la seva estructura polaritzada del vot? Una primera raó té a veure amb el perfil de votant que li dóna suport (i que analitzem posteriorment). Un segon motiu és degut al tipus de votant “nou” que va obtenir el 21-D passat. Si fem una anàlisi de transvasaments (vegeu la nota metodològica al final del text), observem com la formació d’Arrimadas va robar gairebé de manera exclusiva vots de formacions partidàries de la unitat d’Espanya. Així, la formació ‘taronja’ va aconseguir un 36% de votants socialistes del 2015, un 44% de votants populars i un 31% de votants d’Unió. També va obtenir un 35% de nous votants. L’única excepció prové de CSQP, partit que va veure com un 24% dels seus votants anaven a parar a Ciutadans.

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Gràfic: HELENA OLCINA

Quan la independència tapa la ideologia

Una de les conclusions de l’anàlisi anterior és que Ciutadans obté els seus vots en zones de la perifèria urbana. El seu vot, però, presenta una estructura curvilínia: al mateix temps que obté un elevat suport en zones socioeconòmicament dèbils, també és fort en zones socioeconòmicament benestants. En canvi, en territoris on la classe mitjana té més presència, el seu suport hi és més baix. L’exemple més visible és Barcelona, ciutat en la qual Ciutadans aconsegueix un suport important en barris del districte de Sarrià-Sant Gervasi i, al mateix temps, en els barris més humils de Nou Barris. El patró es repeteix arreu de Catalunya. En ciutats d’àmplia tradició obrera, com Cornellà de Llobregat, Mataró o el Prat de Llobregat, també hi va guanyar Ciutadans.

Tenint en compte que el programa electoral —la ideologia— de Ciutadans és de tendència conservadora (CRÍTIC ho explicava aquí), com és possible que zones de tradició d’esquerres optin per un partit allunyat de la seva posició ideològica? En el fons, la pregunta és semblant a la que molts països europeus es plantegen en cada elecció, quan les perifèries de les zones urbanes voten majoritàriament per partits populistes o d’extrema dreta.

Encara que aquest patró pugui semblar una paradoxa, la raó la trobem en l’estructura de la competició política de Catalunya. Històricament, la lluita pel vot a casa nostra s’ha estructurat en dos grans eixos: el nacional (catalanisme-espanyolisme) i l’ideològic (esquerra-dreta). Les dades ens mostren que, en aquestes eleccions, els dos eixos han estat importants a l’hora de votar, però la seva importància relativa varia en funció del partit que analitzem. En el cas de Ciutadans, sembla que la seva posició de radicalitat antiindependentista podria haver estat més rellevant per recollir vot que no pas el seu posicionament en l’escala ideològica.

Fixem-nos en el gràfic següent, que ens mostra la intensitat del suport a la independència, en una escala que va de 0 (totalment en contra) a 10 (totalment a favor). En el gràfic podem comprovar clarament com els votants de Ciutadans, conjuntament amb el PP, són els més contraris a la independència –en ambdós casos, un 75% dels votants donen un valor de 0 a la pregunta, molt més que no pas els del PSC.

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Gràfic: HELENA OLCINA

Si ens fixem ara en la ideologia, observem com el votant de Ciutadans se situa majoritàriament en les posicions centrals de l’eix ideològic. El valor mitjà dels seus votants és de 5,5 (en una escala de 0 a 10), lleugerament més centrat que el 6,3 del PP i allunyat del 4 del PSC. El fet que gairebé un 50% dels seus votants se situïn en el valor 5 ens pot estar assenyalant una certa indefinició ideològica (el 5 sovint és el valor seleccionat pels que no tenen clar on ubicar-se). Això constitueix una evidència addicional que va ser el posicionament radical del partit en contra de la independència el que va atraure principalment els seus vots.

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Gràfic: HELENA OLCINA

Finalment, en els gràfics següents ens endinsem en la identitat declarada i la llengua pròpia dels votants de Ciutadans i els comparem amb els votants de la resta de formacions. El gràfic que hi ha a continuació ens presenta la mitjana en l’escala de l’anomenada “identitat nacional subjectiva”, en què els valors més alts es corresponen amb sentiments exclusivament catalans i els més baixos amb sentiments únicament espanyols. Ciutadans registra el segon valor més baix (per tant, més espanyolisme), només per sota del PP. Tot i això, sembla que el discurs reiterat d’Arrimadas i els seus sobre sentir-se catalans i espanyols ha quallat entre el seu electorat: vora un 78% dels votants del partit ‘taronja’ es consideren tan catalans com espanyols.

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Gràfic: HELENA OLCINA

Quant a les dades sobre llengua, el gràfic 6 ens mostra com el votant de Ciutadans és el que té el percentatge de persones castellanoparlants més elevat (un 62% dels seus votants). Només 1 de cada 10 dels seus votants és catalanoparlant. De fet, aquestes dades ens revelen que Ciutadans és el partit amb més homogeneïtat lingüística, per sobre del PP i del PSC (amb un 14% i un 15% de votants catalanoparlants, respectivament). Unes xifres que quadren amb el patró agregat que observàvem abans: el suport de Ciutadans prové, majoritàriament, de les perifèries urbanes de les grans ciutats catalanes, zones majoritàriament castellanoparlants.

Amb tot, és important subratllar que aquest patró no és un mirall del de les forces sobiranistes. En relació amb la llengua, els partits independentistes tenen un votant amb una distribució lingüística molt més heterogènia. De fet, entre les tres formacions independentistes els catalanoparlants estan al voltant d’un 45%.

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Gràfic: HELENA OLCINA

Consolidació com a alternativa?

La victòria de la formació d’Inés Arrimadas el 21-D passat va consolidar el gran canvi en el sistema de partits català de l’última dècada, situant, per primer cop, un partit contrari als grans consensos catalanistes com a primera força electoral. L’anàlisi acurada dels resultats electorals i de les enquestes ens mostra que la seva força prové especialment de dos factors: en primer lloc, de la seva especialització territorial. Ciutadans va obtenir un suport electoral elevat en les zones de la perifèria urbana, les quals acostumen a tenir un perfil socioeconòmic per sota la mitjana. En segon lloc, el partit ‘taronja’ va aconseguir actuar com a pol d’atracció dels votants antiindependentistes, robant antics votants de gairebé totes les formacions d’aquest espectre i beneficiant-se també de l’augment de la participació.

En el fons, Ciutadans ha seguit una estratègia tradicional en política, coneguda per herestètica, i ja subratllada pel conegut politòleg americà William Riker, en el seu ‘L’art de la manipulació política‘. Aquesta estratègia es basa en una idea molt senzilla: si un partit és perdedor en una dimensió (per exemple, un partit és de dretes en una societat majoritàriament d’esquerres), la millor manera de guanyar suports és incrementar el pes d’una dimensió en la qual ets guanyador (per exemple, la immigració o, en el nostre cas, el debat independentista). Ras i curt: si vols guanyar vots, deixa de parlar d’allò que et fa perdedor i insisteix en allò que et fa guanyador.

Per tant, un dels grans dubtes polítics de Ciutadans és si serà capaç de mantenir aquest equilibri i consolidar un espai electoral que, qui sap, el pot arribar a situar a la presidència de la Generalitat. Una part de la resposta serà deguda al rol que tinguin en l’àmbit estatal: es tracta, en definitiva, del marc de referència del seu votant i un potencial punt d’erosió (o de rèdit) electoral. Tanmateix, bona part de l’èxit o del fracàs del partit serà degut a l’estratègia que segueixin, a partir d’ara, els partits sobiranistes a la perifèria urbana i, més en general, al futur que ens ofereixi la qüestió nacional, un autèntic mannà de Ciutadans per créixer i una peça fonamental per situar-los com a força més votada a Catalunya.

Nota metodològica: l’anàlisi de transvasament de vots sha realitzat a partir dels resultats per secció censal i fent una mitjana de tres estimacions per anàlisi ecològica de transvasaments. El valor que es mostra té una incertesa de -/+ 2,5 per cent. D’altra banda, aquí es mostren únicament els vots que C’s va guanyar d’altres formacions i no els que va perdre.

Les dades dels gràfics 3 a 6 provenen del projecte Making Electoral Democracy Work. Més informació disponible, aquí.

 

Miguel PASQUAU, “Jueces y Parlamentos” a CTXT (24-01-18)

http://ctxt.es/es/20180124/Politica/17387/

Ni el Tribunal Supremo en Pleno puede conseguir el procesamiento o la inculpación de un diputado nacional o un senador sin permiso del Congreso o del Senado. Así lo establece el artículo 71 de la Constitución. La moda antipolítica y en cierto modo populista alimentada desde hace más de una década llevaría a pensar que ese precepto no es más que un “privilegio” de “los políticos”, que podrían autoblindarse para eludir sus responsabilidades. Y brota de inmediato el argumento igualitarista. Pero esa visión, generalmente bienintencionada, adolece de falta de memoria histórica y de cultura constitucional. El “suplicatorio”, es decir, la necesidad de autorización parlamentaria para perseguir judicialmente a uno de sus miembros, no es un mecanismo “de casta”, sino un dispositivo importante a través del cual se atribuye al poder legislativo una capacidad de veto al poder judicial en defensa propia. No en defensa de un privilegiado, sino de una institución a la que se quiere dar la máxima autoridad.

Con el suplicatorio, en efecto, se da supremacía constitucional a la lógica parlamentaria frente a la lógica judicial. Las razones por las que un parlamento puede no conceder el suplicatorio no podrían ser (no deberían ser) “judiciales”, es decir, como resultado de una valoración de la cámara legislativa sobre si existe o no delito por parte del diputado: ¡para eso están los jueces! Si hay petición de suplicatorio es porque el poder judicial, en el ejercicio de su competencia, aprecia la verosimilitud de los hechos que se atribuyen al diputado, comportando pues un pronóstico sobre su culpabilidad que no debe ser sustituido por quienes no tienen la competencia para juzgar. El suplicatorio no es un “antejuicio” del que el Parlamento fuera el tribunal. Responde a otras razones: está contemplándose la posibilidad de que, pese a la posible o probable existencia de una conducta aparentemente delictiva del parlamentario, el funcionamiento de la cámara vete o requiera una momentánea suspensión de la persecución judicial. Nada impedirá que en otro momento posterior el suplicatorio vuelva a solicitarse y concederse, o que cuando la persona concernida pierda la condición de diputado o diputada sea perseguido penalmente. Tengamos claro, pues, que la Constitución está permitiendo al Congreso y al Senado una posición de preeminencia frente al poder judicial cuya finalidad no puede torcerse en un mero rincón o “fúa” para cobijo de los parlamentarios, sino derivado de exigencias propias del funcionamiento parlamentario, es decir, del cumplimiento y ejecución de la voluntad popular allí representada. Y esto no es cualquier cosa.

Junto al suplicatorio, la inviolabilidad (es decir, falta absoluta de responsabilidad penal) por las opiniones manifestadas por los diputados en el ejercicio de sus funciones; la inmunidad (es decir, prohibición de detención por iniciativa policial salvo en caso de flagrante delito), y el aforamiento (es decir, la atribución de la competencia para investigar y juzgar penalmente a la Sala Segunda del Tribunal Supremo, y no al Juez de Instrucción u órgano de enjuiciamiento territorialmente competentes) son los instrumentos con los que la Constitución pretende preservar la autonomía del poder legislativo frente a las injerencias del ejecutivo y del judicial. En todos los casos en que deban entrar en juego estas garantías del estatuto parlamentario, la policía, el Gobierno o los jueces tendrán razones se supone que legítimas para actuar. Y sin embargo se concede la última palabra al Parlamento.

Es obvio que esto supone la atribución de una cierta posición de preeminencia, en el contexto de la separación de poderes. La pregunta es si se nos han olvidado las razones por las que esto quedó así establecido como una pieza no accesoria, sino fundamental del texto constitucional. No, no fue para defender a “los políticos”: fue para defender al soberano, es decir, al pueblo, cuya más directa e inmediata expresión es la Cámara de representantes, quienes en efecto son soberanos, sin más límites que la Constitución y sus procedimientos de reforma (el legislador no está limitado por la ley, en la medida en que tiene la competencia de cambiarla). Mandan. Son libres para decidir. No pueden estar limitados ni por una actuación policial al servicio del Gobierno, ni por una decisión judicial, sin más.

Defender este planteamiento hoy día no ayuda a ganar amigos entre la opinión pública. Y ello se debe a un preocupante proceso de deterioro de la imagen de los parlamentos en nuestra sociedad. Todas las encuestas exhiben un escasísimo aprecio ciudadano por los parlamentos. Es casi seguro que la causa principal de este deterioro está en el mal uso que tanto el PSOE como el PP hicieron de sus mayorías absolutas cuando las tuvieron. También ha contribuido una percepción del Parlamento como una cámara hueca en la que no se representa al pueblo, sino que más bien hay una “representación escénica” de decisiones tomadas fuera de sus muros: en las sedes de los partidos, en los despachos ministeriales, o en reservados de restaurantes. Todo eso puede ser verdad, pero si una decisión quiere convertirse en ley debe pasar por el ojo de aguja de un parlamento compuesto por miembros elegidos en sufragio universal, igual, directo y secreto, lo que no ocurre con ninguna otra institución ni poder de hecho o de derecho. Si hablamos de democracia, hablamos de parlamento, y viceversa. La revitalización de la lógica parlamentaria, y no su merma, habría de ser una reivindicación de quienes somos sus dueños. Hacen falta parlamentos fuertes y resistentes, diputados que se crean con convicción su función. Hace falta una información de la actividad parlamentaria capaz de poner en cuestión los consolidados tópicos sobre su ineficacia. Y hace falta un alto grado de exigencia de una dación de cuentas a quienes ponemos allí para tomar decisiones. Si el diputado se siente más un delegado del partido que un representante del cuerpo electoral, todo se pervierte. Si es la ley electoral la que lo favorece, propiciando una suerte de amortización del poder por parte de los partidos, su reforma debería ser una de las prioridades que incesantemente debiéramos alentar. Si el poder legislativo se percibe como acosado y colonizado por otros poderes privados, entonces hace falta quimioterapia y una regeneración democrática diferente a la que se consigue en las tiendas de cosmética.

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con Cataluña? (se preguntará quien haya iniciado la lectura de este artículo pensando en Puigdemont/Junqueras y en Llarena)…

No mucho, porque ni la Constitución ni ningún Estatuto ha previsto un suplicatorio para la persecución judicial de los diputados autonómicos. Probablemente esto se deba a la asimetría entre el poder judicial y los parlamentos autonómicos: el primero es un poder de todo el Estado, los segundos agotan su poder en una parte del territorio. Lo cierto es que un Tribunal Superior de Justicia (ante los que están aforados los parlamentarios regionales), o el Tribunal Supremo, en ciertos casos, pueden investigar y enjuiciar a uno de sus miembros sin pedir permiso al Parlamento. Otra cosa es que esto signifique que la lógica parlamentaria no ofrezca ninguna resistencia al funcionamiento de la Justicia. Una investidura, un Pleno parlamentario, la aprobación de una Ley, son actos democráticamente trascendentales (¿sí o no?), y parece razonable procurar hasta el límite de lo posible que la lógica judicial no altere un ápice la conformación de la mayoría popular resultante de las elecciones. Por eso la Ley no considera causa de inhabilitación ni suspensión la inculpación de un diputado. Por eso permite que un investigado penalmente que no haya sido aún condenado pueda presentarse a unas elecciones, aunque por la lógica judicial esté en prisión provisional.

Impedir la ausencia de un representante popular a un Pleno parlamentario es impedírselo a un “trozo de pueblo”, y han de ser poderosísimas las razones para hacerlo. Por eso si una citación judicial coincide con el Pleno es exigible la suspensión de la citación, y no la del Pleno. Por eso no es, no puede ser objetivo ni de un juez ni de un ministro de Interior interferir en una decisión de investidura decidida por el Parlamento. Por eso un supuesto riesgo de alteración del orden público derivado del apoyo al preso no parece, sin más, suficiente para justificar la denegación de un permiso al diputado preso para asistir al Pleno, con la correspondiente merma para el Parlamento, salvo que se aprecie un temor real de que con motivo de su presencia en el Pleno el diputado pueda reiterar su conducta delictiva (cosa más que improbable, porque votando en el Parlamento no se puede delinquir). Incluso aunque, al paso, usted pueda aplaudirle o abuchearlo.

Aunque usted pueda odiar al diputado y esperar una condena ejemplarizante después del correspondiente juicio, que entre otras cosas lo inhabilite, mientras eso sucede, ese diputado somos nosotros. Esa es la clave. Eso es lo que justifica que el régimen general deba plegarse, hasta lo posible, a la lógica parlamentaria. En los tiempos de la denostada transición esto se tenía claro. Pero si se olvidan las razones, todo queda convertido en privilegio de casta, y entonces, como tal privilegio, la regla es interpretarlo y aplicarlo restrictivamente. Y en esas estamos.

 

Josep Maria FRADERA, “Estratègia i immoralitat” a El País (19-01-18)

https://cat.elpais.com/cat/2018/01/18/opinion/1516294322_994529.html

Comença a ser fàcil carregar contra el procés pels resultats que es perceben. La societat catalana dividida com no ho havia estat mai, un partit nascut per impugnar el catalanisme convertit en majoritari a Catalunya i en gran força ascendent a Espanya, les institucions intervingudes per decisió del Govern central, un descrèdit general aquí i fora de la política catalana que necessitarà dècades per superar-se. A molts de nosaltres, d’aquells que havíem advertit de la futilitat de l’empresa, ens resultaria fàcil ara rabejar-nos en la derrota de la política oficial dels “irresponsables” –Jordi Amat els defineix així– que ens han governat quasi sense interrupció des del 1978. Però no caldria imitar l’adversari i cometre errors a l’alçada d’una política insolvent des dels mateixos fonaments. Ben al contrari, cal posar els punts sobra les is i restaurar alhora la pau civil al país.

L’empresa no és senzilla. El problema de fons que se’ns planteja no és només rectificar l’abast d’unes decisions polítiques que es retraten per resultats a la vista de tothom. El problema és fer entendre a dos milions de compatriotes que l’empresa partia d’uns fonaments erronis que la feien inviable i a la vegada immoral. Sobre el primer punt ja s’han dit moltes coses: la majoria exhibida al Parlament no era una majoria de ciutadania, que hauria de ser aclaparadora per desafiar la llei de la gravetat; el menysteniment de la força de l’Estat i de les garanties de seguretat amb què la Constitució espanyola es va blindar de bon començament; la força del sentiment nacional a la resta d’Espanya, que encaixa molt malament el solipsisme català de pretendre una solució als seus problemes al marge del conjunt. Sobre tot això s’ha rebut una ràpida lliçó pràctica que hauria de fer reflexionar el subsistema polític català i alhora tants i tants catalans i catalanes que han cregut de bona fe una narrativa que convertia els problemes de fons en consignes i en paraules de significat més que dubtós. “Dret a decidir”, “política de la gent”, “mandat democràtic” i tantes altres són, sense més precisions, expressions buides, potser útils per fer sortir la gent al carrer però de cap manera per orientar la solució als problemes del país, els que neguitegen tanta gent: de la sanitat i l’educació a la cultura i la llengua. Insisteixo en aquest darrer punt. No es pot caure en la trampa d’oposar allò social i de benestar als problemes d’identitat i cultura d’una societat petita emmarcada en complexos polítics més amplis. L’única política seriosa serà aquella que tracti de confrontar-los alhora i com una part d’un tot, encara que pugui, altre cop, ser qualificada de no nacionalista.

El problema essencial, malgrat tot, és el de la immoralitat dels objectius exhibits. I és aquí on el paper de la dita esquerra ha estat literalment patètic. Per entrar en matèria, sense més preàmbuls, ho resumiré en dues consideracions bàsiques i en una conclusió. La primera consideració és d’ordre històric. El secessionisme no ha estat mai una política majoritària per raons substantives. Ha estat una vaga mirada cap enrere i la sublimació d’una realitat sovint poc satisfactòria. Els historiadors més solvents, des de Jaume Vicens i Josep Fontana fins a la darrera gran aportació de Joan-Lluís Marfany sobre la Renaixença, han mostrat la profunda imbricació catalana no només en el mercat espanyol sinó en la construcció mateixa de l’Estat des de la revolució liberal. No hi ha Aribau i Rubió i Ors sense Balaguer i Prim, no hi ha Prat de la Riba sense Cambó, no hi ha Macià sense Companys i Coromines, no hi ha Negrín sense Tarradellas, no hi ha Pujol sense Roca Junyent. La història del catalanisme és la història d’aquesta complexa i sovint contradictòria síntesi entre construir el país i definir les seves aspiracions mentre es participa activament en el mercat polític, administratiu i econòmic espanyol. Segona consideració: les societats no són estàtiques. Un equip compacte de catalans (un exiliat republicà, el més brillant) va salvar in extremis l’economia espanyola amb el Pla d’Estabilització de l’any 1959, en ple franquisme. Una de les conseqüències en va ser la més formidable onada migratòria mai vista a la Península, molt per damunt dels fluxos immigratoris anteriors de valencians, aragonesos i baleàrics. Els gran beneficiaris en van ser, a banda d’Alemanya, França i Suïssa, les àrees industrials de Barcelona i Madrid. La societat catalana va canviar de dalt a baix. La d’avui és la suma de tot plegat, dels fills i nets dels que ja hi eren, dels fills i nets dels “nous catalans”. Els nexes amb la resta de l’Estat van augmentar el vessant humà i familiar on les connexions eren abans, tret parcialment del cas dels aragonesos, essencialment polítiques, administratives i culturals. L’enorme progrés de tot ordre que això va representar explica moltes coses d’allò que ha passat aquests darrers anys. Amagar aquestes dues qüestions, totes dues ben conegudes, discutides i explicades, és una immoralitat política (ara no parlem de les d’altres ordres: fer servir diner públic per causes de facció, per massives que fossin).

Una conclusió final, si se’m permet. Catalunya és moltes coses alhora: una regió vital per a l’estabilitat espanyola, que no l’hauria de tractar mai –per aquest motiu almenys– de manera arbitrària, i una nació en el sentit de disposar d’una cultura i una identitat distintiva que és la suma de molts components. El nacionalisme pujolista del ressentiment i el nacionalisme desimbolt dels nous creients no podran treure mai les lliçons de tot plegat. Seguir insistint en el mite de la nació sobirana impedeix registrar la lògica de les dinàmiques regionalitzadores que ser a Espanya i Europa ens imposen de manera imperativa; però abandonar, com se’ns demana, la centenària aportació del catalanisme a la cultura i al sentiment de pertinença de generacions de catalans seria pur derrotisme. No es tracta de tocar de peus a terra; es tracta d’encarar les realitats i els desafiaments de cara, amb criteri de veritat. Somniar despert es paga.

 

 

Josep Maria RUIZ SIMON, “El sorelismo catalán” a La Vanguardia (23-01-18)

http://www.lavanguardia.com/cultura/20180123/44225563260/el-sorelismo-catalan.html

A Julien Sorel, el protagonista de El rojo y el negro de Stendhal, le habría gustado ser como Napoleón, aquel teniente oscuro y sin recursos que llegó a conquistar el mundo con su espada. Pero nació demasiado tarde, en la época del gran aburrimiento, cuando ya no era posible satisfacer la ambición asumiendo el riesgo de las batallas. Y, tras darse cuenta de que vivía en un tiempo en que había curas reaccionarios que ganaban tres veces más que los viejos generales del Imperio, pensó en hacerse sacerdote y se puso a estudiar teología. A partir de entonces, buscó satisfacer sus grandes anhelos haciendo de la hipocresía su manera de vivir. E incluso llegó a entender que, sin los millones que había robado en Italia, Napoleón nunca habría podido hacer nada. Pero, aunque sólo usara el conocimiento libresco de las estrategias bélicas para aplicarlo a las seducciones que debían permitirle trepar socialmente, le siguió dominando la nostalgia del mundo heroico del vencedor de Austerlitz. George Steiner escribió unas páginas magníficas en En el castillo de Barbazul sobre la gran literatura que supo exprimir el sentimiento que torturaba a los jóvenes decimonónicos condenados a sumergirse en una vida que veían tediosamente pacífica y mediocremente burguesa. “El pasado, decía, roía con dientes de rata la pulpa gris del presente”.

Resulta común hablar del bovarismo para referirse al estado de espíritu de aquellos que, como la Madame Bovary de Flaubert, insatisfechos con la vida que les ha tocado vivir, se instalan mentalmente en un mundo imaginario y novelesco. El sorelismo tiene un aire de familia con este sentimiento. Pero el libro de cabecera de Julien Sorel no eran las novelas románticas que inflamaban el corazón de Emma Bovary, sino el Memorial de Santa Elena y los boletines de la Grande Armée. Para el sorelismo, no hay más virtudes que las virtudes guerreras ni más nostalgia que la de las batallas libradas por las generaciones anteriores.

En Catalunya, donde el sorelismo ha acabado adoptando un aspecto idiosincrásico, esta nostalgia ha tomado desde hace años la forma de añoranza de las batallas que las generaciones anteriores no llegaron a librar. Esta modificación del modelo literario responde seguramente a la influencia profunda que tuvieron en el nacionalismo pujolista las reflexiones de Raimon Galí y Joan Sales sobre la falta de espíritu militar y de virtudes bélicas de los catalanes como una de las causas principales de la debacle de 1939. A pesar de que pagó hipócritamente tributo a virtudes más liberales, Jordi Pujol, que es un personaje muy soreliano, siempre hizo negocios e hizo política como si hiciera las guerras que las generaciones anteriores no supieron hacer. Y, cuando la nostalgia por lo que podría haber sido y no fue empezó a roer con dientes de rata el gran aburrimiento del régimen del 78, el sorelismo catalán supo movilizar la población y convertirla en una gran tropa desarmada preparada para ejecutar sobre el campo de batalla de la calle las estrategias de los generales del proceso soberanista.

 

 

Manuel Alejandro HIDALGO y Borja BARRAGUÉ, “Más allá de la tercera vía” a Agenda Pública (23-01-18)

http://agendapublica.elperiodico.com/mas-alla-la-tercera-via/

El debate entre liberalismo y socialdemocracia es tan antiguo como el propio capitalismo. Engels se paseaba por los suburbios de Manchester para comprobar con horror las consecuencias de una revolución industrial que treinta años después de iniciarse presentaba su peor cara. Pocos años después se fundaba el primer partido socialista en Inglaterra y los primeros sindicatos comenzaban a exigir derechos e igualdad. El camino de la lucha de clases y de la ideología y se había iniciado.

Paradójicamente, es el propio capitalismo, a partir de la segunda mitad del XIX, el que comienza a poner solución al problema. Después de una primera fase donde los salarios no consiguieron emular el crecimiento de una productividad que tampoco destacaba por su fulgurante crecimiento (¿les suena?), en la segunda, a partir del último tercio del XIX, las mejoras en las condiciones de vida de las sociedades infectadas por la revolución industrial dibujaron una línea de defensa contra el avance de los partidos más de izquierdas. Los avances en derechos sociales en los años de entre guerras en países como en Francia e Inglaterra, quizás alentado por una Revolución Rusa que se quiso cortocircuitar, y el consenso social preponderante durante los años de la segunda posguerra mundial, controlaron a la bestia roja, de tal manera que ahora el capitalismo y la socialdemocracia se hacían amantes. Las décadas de oro del capitalismo fueron una luna de miel para liberales y socialdemócratas. Como en todas las lunas de miel, un tercero sobraba, pero nadie echó de menos a un comunismo que donde dominaba languidecía y donde triunfaba no amenazaba. El mundo vivió tres décadas de floreciente bienestar y todo ello bajo el paraguas bicolor de un capitalismo inclusivo.

Sin embargo todo va a cambiar a partir de los años 80. Muchos fechan esta década como el inicio del neoliberalismo que, para tantos, tantos males dicen haberles causado. Reagan, Thatcher y muchos otros decían de forma tajante al resto del mundo que el progreso no es posible sin mirar de nuevo a los ojos puros del capitalismo. Desregular, bajar impuestos, gastar menos. Todo ello en aras del progreso. “La crítica más poderosa de la planificación socialista y del estado socialista que leí en este momento [finales de la década de 1940], y a la que he regresado tantas veces desde entonces, [es] el libro de F. Hayek, Camino de Servidumbre“, escribía la Primera Ministra británica.

Sin embargo, desde aquellos años, la supuesta expansión del neoliberalismo pareció quedarse en el mundo financiero. Mientras este crecía y se convertía en un gran monstruo que en 2008 hizo temblar al mundo después del ensayo general de 1987, el gasto público aumentaba en gran parte de los países occidentales. Los partidos de izquierdas dominaban por etapas los gobiernos sociales europeos. El neoliberalismo parecía más bien el letrero de la puerta de un club al que solo accedían algunos extraños hombres con gomina en el pelo y puro en los dedos y que tenía cierta tendencia a confinarse en los países anglosajones. El Estado de Bienestar mantenía, quizás no su esplendor de los años dorados de los sesenta, pero sí su poderío. Y sin embargo todo empeoró.

La desigualdad comenzaba a aumentar en Estados Unidos ya en los ochenta. En Gran Bretaña ocurría lo mismo casi al mismo tiempo y a pesar de que en muchos países europeos esta tendencia parecía extraña, las rentas de los trabajadores marcaban una tendencia decreciente que hacía sospechar que algo sucedía. La crisis de 2008 no hizo sino poner en negro sobre blanco la cruda realidad que muchos habían obviado tras años de fabulosa exuberancia irracional.

No, no fue la irrupción del neoliberalismo lo que despertó a los socialdemócratas de su largo sueño de 30 años, sino la tendencia inevitable de dos grandes fuerzas económicas que poco a poco han ido erosionando su base social y los presupuestos teóricos en los que reposa el proyecto socialdemócrata.

El cambio tecnológico presiona, al igual que en tiempos de Engels, a aumentos de la productividad que no son compartidos por todos. Para lo que nos interesa en este post, da igual por qué suceda, lo importante es que ocurre. El aumento de la desigualdad es un factor clave para comprender el descontento social en numerosas sociedades. Muchos no comprenden la prolongación del matrimonio de una socialdemocracia que ya no puede explicar cómo apoya a un sistema que parece darle la espalda. La irrupción de las economías de los países emergentes ha robado la cartera a muchos antiguos trabajadores de clase media que ahora se deben conformar con buscar empleos que antes pertenecían a los adolescentes con acné. Es muy complicado defender un sistema que, a todas horas, se encarga de recordarte que tu tiempo fue pasado. ¿Qué respuesta política dar a los cambios introducidos por esas tendencias económicas?

En la década de 1990, importantes movimientos socialdemócratas y socio-liberales propulsaron una Tercera Vía tendente a reconciliar la política económica de derecha con la política social de izquierda —i.e., tendente a prolongar el idilio—. En la versión elaborada por Anthony Giddens, la Tercera Vía pivotaba en torno a dos ideas: (a) el viejo cleavage de izquierda y derecha, fundado en diferencias de clase social, ha quedado desfasado; y (b) los gobiernos reformistas no pueden confiar ya en políticas nacionales dada la magnitud de las fuerzas globalizadoras. Según Giddens, los gobiernos de la Tercera Vía deberían hacer campaña desde el centro —de hecho Giddens se refiere a la Tercera Vía como “el centro radical” en varias páginas de su Tercera Vía— y no temer demasiado ser considerados demasiado conservadores por sus votantes tradicionales. Hasta aquí, lo que pensaba Giddens. ¿Pero qué nos dicen los datos?

Existe una literatura emergente —gracias @delPinoE por ponernos sobre esa pista— que analiza los réditos electorales del reformismo de Tercera Vía para el centro izquierda. La principal conclusión de esos trabajos podría resumirse diciendo que la adopción de políticas inspiradas en la Tercera Vía no sólo está correlacionada con una reducción del número de gobiernos socialdemócratas, sino que se puede afirmar con cierto grado de confianza que esa correlación aporta evidencia de causalidad. Parece que Giddens se equivocaba. La pregunta entonces es: ¿por qué? Hay al menos dos razones.

En un artículo reciente, Dani Rodrik  decía que “los evangelizadores de la Tercera Vía presentaron la globalización como algo inevitable y beneficioso para todo el mundo. Pero en realidad no es ni lo uno ni lo otro” y el progresismo liberal está pagando el precio. Rodrik pone cara a los perdedores con el apoyo empírico de un trabajo que evalúa el impacto del acuerdo de libre comercio NAFTA sobre los salarios. En ese artículo, Hakobyan y McLaren encuentran que como resultado de la implantación de NAFTA los salarios de los trabajadores manuales empleados en las ciudades más afectadas por el tratado crecieron a una tasa un 8% inferior a la de un trabajador con un empleo de similares características residente en una ciudad no (tan) afectada por el acuerdo. Las estimaciones convencionales suelen situar en el entorno del 0,1% del PIB la ganancia neta obtenida por EEUU a consecuencia del acuerdo.

La otra razón tiene que ver con la aceptación acrítica no de la globalización (y todas sus consecuencias), sino de la noción meritocrática de la justicia social (y todas sus consecuencias). Robert H. Frank acaba de publicar un libro, cuyo primer capítulo podéis consultar aquí, titulado Success and Luck: Good Fortune and the Myth of Meritocracy. La tesis es sencilla: la suerte es muchísimo más determinante que el esfuerzo en lo (más o menos) bien que nos vaya en la vida. En otro libro excelente, The Haves and the Have Nots, Branko Milanovic decía que hemos pasado de un “mundo marxista”, donde las desigualdades globales se explicaban sobre todo por referencia a la clase social,  a uno “no-marxista” donde les jeux sont faits cuando nacemos —aunque puede que estemos volviendo a Marx—. Pero, nos preguntará el lector impaciente, ¿qué tiene esto que ver con el reformismo à la Tercera Vía?

Esto tiene que ver con la Tercera Vía porque el otro gran impulsor de ella junto al tándem Blair-Giddens, Bill Clinton, basó su campaña presidencial de 1996 en la promesa de “acabar con el Estado de bienestar tal como lo hemos conocido hasta ahora” porque se había convertido en una máquina de alimentar welfare queens. El reformismo de Tercera Vía supone un énfasis en la idea de que los agentes han de ser responsables y acarrear con las consecuencias de sus decisiones, porque lo contrario implica transferir el coste de nuestras elecciones a terceros (a través del Estado de bienestar). Por sorprendente que resulte, desde hace algún tiempo una parte del electorado que cree en valores como la igualdad y la solidaridad ha pasado de considerar que la pobreza y el desempleo se deben a causas más bien estructurales y deben ser por tanto una prioridad para los decisores públicos, a considerar socialmente aceptable cachondearse a costa de los canis y las chonis de los barrios obreros. Porque al fin y al cabo, ¿qué otra cosa se merece quien se gasta las prestaciones en tener hijos y pantallas de plasma muy por encima de sus posibilidades?

Hasta aquí, las malas noticias. La buena es que no todo está perdido. Es necesario encontrar un nuevo contrato social, un nuevo acuerdo que permita el avance de la sociedad por el camino del crecimiento y del bienestar. Los mercados son básicos pero no deben dominar el discurso. La globalización es imparable y aceptarlo es importante, pero no todas sus consecuencias son aceptables, no todo debe ser un precio a pagar. La apuesta por la sociedad y por su cohesión es una inversión para el futuro de la democracia y de las libertades de un occidente asustado. Defender la educación universal, los derechos de los trabajadores, a la vez que se asume la necesaria flexibilidad laboral —defendamos al trabajador y no los empleos, argumenta Tirole—. Invirtamos en valor añadido e incentivemos a quien quiera crearlo. Extendamos una red de políticas predistributivas y ayudemos a que todos puedan dar el máximo de sus posibilidades. Construyamos un nuevo contrato social y extendámoslo por encima de las fronteras. Sin cohesión no hay tolerancia. Sin tolerancia no hay democracia. Sin democracia no hay libertades. Luchemos por nuestras conquistas pasadas. Escribamos el guión de un futuro mejor.