Focus press setmanal número 21

Presentació

El transfons social de la crisi política i ideològica que s’estén per les societats occidentals és analizat per Aurora Nacarino-Brabo, que destaca com la ruptura de la majoria social formada per les classes treballadores populars i les classes mitjanes il·lustrades s’expressa en un nou clivatge polític i social entre els partidaris d’una societat oberta i els que reclamen un replegament (el xovinisme del benestar).

La degradació del debat polític que està tenint en la campanya presidencial nordamericana de Donald Trump la seva expressió més aguda, trencant les regles no escrites de la política democràtica (tal com denuncia aquesta setmana The Economist), però, segons Timothy Garton Ash, va més enllà de la conducta dels agents polítics en situar-se en un sistema comunicatiu tan fragmentat i polaritzat que fa inviable el lliure mercat de les  idees.

Tres apunts sobre la crítica situació de les esquerres espanyoles i catalanes:

Per una banda, el PSOE s’encamina resignadament a facilitar la investidura de Mariano Rajoy, presoner d’un trilema que l’ha abocat a aquest carreró sense sortida. Ignacio Sánchez-Cuenca situa el valor del no a Rajoy en el dilema entre governabilitat o impunitat, que només es podia haver resolt des del compromís dels partits de l’oposició de gestar un govern alternatiu.

L’espectacle perpetrat pel PSOE en el seu comité federal ha deixat en la penombra el debat intern de Podemos, del que Esteban Hernández ofereix una disecció implacable, destacant la feblesa orgànica del nou partit per la seva dependència de les aliances amb les confluències territorials, la indefinició ideològica a causa de la prioritat atorgada a l’estratègia,  i la poca atenció a la realitat social per la tendència a primar els debats conceptuals sobre l’anàlisi de la societat.

I en ple daltabaix del socialisme espanyol, el PSC celebra aquest dissabte unes primàries per elegir primer/a secretari/a entre Miquel Iceta i Núria Parlon. Una elecció que té com a teló de fons una decadència electoral sostinguda, un envelliment del seu electorat i una descapitalització greu dels seus dirigents i quadres (veure els gràfics d’Edgar Rovira i Marçal Terrades). Aquestes primàries, a més dels efectes en el futur del PSC, poden ser determinants pel futur del PSOE, tal com exposa Joan Rodríguez Teruel, en advertir de les conseqüències d’una reacció poc mesurada del PSOE a la decisió del PSC de no votar l+de cap de les maneres la investidura de Rajoy.

 

Aurora NACARINO BRABO, “Aperturismo o repliegue” a Letras Libres (11-10-16)

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/aperturismo-o-repliegue

“Una encuesta de YouGov realizada entre 12.000 personas ha revelado recientemente que cerca de la mitad de los europeos adultos tienen opiniones que podríamos catalogar de “extremistas” o “autoritarias y populistas”. En Francia representan al 63% de los encuestados, en Reino Unido al 48% y en Italia al 47%. En países como Rumanía o Polonia, son el 82% y el 78% respectivamente.

Lo más llamativo de la encuesta es que las actitudes extremistas no se limitan al electorado más escorado ideológicamente, sino que recorren transversalmente el eje izquierda-derecha. En Dinamarca, por ejemplo una cuarta parte de quienes se declaran centristas sostiene opiniones autoritarias y populistas, una proporción similar a la que se da en el grupo de quienes se sitúan en la extrema derecha.

Esta encuesta sirve para constatar algo que los analistas vienen destacando desde hace tiempo: la tradicional división izquierda-derecha es insuficiente para explicar los comportamientos políticos actuales. La división ideológica clásica, construida sobre una dimensión económica y otra cultural, ha ido transformándose paulatinamente desde la caída del muro de Berlín.

Algunos expertos consideran que la batalla entre la derecha y la izquierda ha mutado en una nueva confrontación entre dos visiones antagónicas: la de quienes quieren una sociedad más cerrada y la de quienes se encuentran cómodos en las sociedades abiertas. El auge del populismo y el declive del centro-izquierda tienen mucho que ver con esta transformación.

Como ha explicado Guillem Vidal, los partidos populistas han rentabilizado un discurso que, en lo económico, no varía demasiado del proyecto socialdemócrata clásico: defienden la redistribución de la riqueza, mejores servicios públicos y un estado de bienestar sólido. En cambio, en la otra dimensión del eje izquierda-derecha, la cultural, se muestran excluyentes con la inmigración y desconfían de la integración europea. Es lo que podríamos definir como “chovinismo de bienestar”.

El populismo ha sabido entender que se ha producido una disociación en la coalición de votantes que otrora procuró tantos réditos electorales al centro-izquierda. El éxito de la socialdemocracia fue el de tejer una convergencia de intereses entre las clases trabajadoras populares y las clases medias más acomodadas e ilustradas. Esa coalición de intereses que encontraba acomodo en el eje izquierda-derecha tiene difícil encaje en el nuevo escenario dominado por la confrontación entre aperturismo y repliegue.

Así, la escisión entre los votantes del centro-izquierda, sumada a la apropiación del estado de bienestar por parte de las nuevas opciones populistas y la creciente fragmentación del espacio político donde solía competir la socialdemocracia, ha desatado la peor crisis de la izquierda en décadas.

Pero la deriva extremista no solo ha sido rentabilizada electoralmente por las opciones populistas, sino que ha sido convenientemente alentada y movilizada por sus élites. El fenómeno reciente que mejor representa esta estrategia es el Brexit. La campaña para lograr la salida de Reino Unido de la Unión Europea se construyó con argumentos, muchos de ellos falsos, que alimentaron la exclusión y la xenofobia.

Es cierto que la crisis económica y los problemas derivados de la globalización habían generado un caldo de cultivo para esas actitudes, como demuestra el hecho de que no se trate de un fenómeno local, sino occidental, pero era necesario el concurso de las élites para que se materializara políticamente.

Las élites populistas han fomentado el extremismo en las actitudes políticas, poniendo en marcha una espiral perversa. A medida que las opiniones autoritarias y populistas se hacen transversales al electorado, los partidos tradicionales sienten la tentación de reproducir los comportamientos populistas para hacerse exitosos.

En Francia, donde Marine Le Pen lidera las encuestas, Sarkozy ha comenzado a introducir en su discurso alusiones populistas: ha arremetido contra la inmigración y el Islam, ha negado el cambio climático o ha hablado de poner fin a las sanciones contra Rusia.

Sin embargo, adoptar una estrategia de mimetización con el populismo no augura nada positivo para los partidos tradicionales: solo contribuirá a extremar aún más las actitudes de los electores, reforzando el marco en el que el populismo se siente cómodo y prospera. Y les proporcionará escasos réditos: a fin de cuentas, nadie elige la copia pudiendo tener el original.

Restaurar la coalición de electores que protagonizó los años dorados de la socialdemocracia no parece sencillo. La clase trabajadora mira con desconfianza el aperturismo cultural que abre la puerta a la competencia extranjera. Por su parte, las clases medias ilustradas han dejado de percibir en la socialdemocracia un motor de modernización.

El reto que tiene por delante el centro-izquierda es arduo: debe poner los medios para convencer a los trabajadores de que encontrarán ventajas en la integración política y el aperturismo cultural. Y tiene que demostrar a las clases medias, especialmente a los jóvenes, que puede volver a ser la locomotora de la innovación, el progreso y las oportunidades”.

 

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Timothy Garton ASH, “¿Debemos descuartizar a Trump?” a El País (11-10-16)

http://elpais.com/elpais/2016/10/10/opinion/1476114936_888932.html

“‘Para Trump, el engaño es una segunda piel’. Es lo que me decía el otro día en Chicago Nathan, propietario de una pequeña empresa. Yo no habría podido decirlo mejor. Según un análisis reciente, Donald Trump dice una mentira o algo que no es cierto aproximadamente cada cinco minutos. Los medios de comunicación estadounidenses mantienen un gran debate a propósito de cómo informar sobre este demagogo narcisista, fanfarrón, mentiroso, ignorante y peligroso. Pero los medios son parte del problema.

Todos parecen estar de acuerdo en que los presentadores de televisión deben pedirle cuentas cada vez que mete la pata, como hizo Leslie Holt en el primer debate, y no mantener un falso equilibrio entre dos candidatos de calidad y seriedad muy diferentes, lo que la analista Brooke Gladstone llama el prejuicio de la equidad. “Ah, sí, profesor Smith, gracias por defender que la Tierra es redonda, y ahora voy a dar el mismo tiempo y respeto a Mr. Jones, que asegura que la Tierra es plana”. Un ejemplo reciente del prejuicio de la equidad es la cobertura que hizo la tímida e intimidada BBC de la campaña del Brexit.

Es interesante que incluso The New York Times haya abandonado su habitual imparcialidad y discreción. No sólo porque casi cada día publica dos o tres artículos que atacan a Trump, sino porque sus informaciones, además de incluir excelentes reportajes de investigación sobre Trump como hombre de negocios, farsante y racista, deslizan expresiones, adjetivos y adverbios peyorativos que la vieja dama de gris, antiguamente, no habría aprobado.

Entiendo a la perfección por qué el Times ha dejado su práctica habitual. Como decía en un editorial, Trump es “el peor candidato propuesto por un gran partido en la historia moderna de Estados Unidos”. Es un peligro para la paz civil y el prestigio de su país en el mundo. Un amigo italiano lo compara con la reacción de La Repubblica ante el ascenso de Silvio Berlusconi.

Por desgracia, la decisión de tomar partido puede reforzar una tendencia estructural que está corroyendo la democracia norteamericana. Estados Unidos ha defendido siempre la libertad de expresión y la prensa libre con el argumento —mencionado expresamente en la Primera Enmienda de la Constitución— de que es necesaria para el autogobierno democrático. Los ciudadanos, como hacían los antiguos atenienses cuando se reunían a los pies de la Acrópolis, deben poder oír todos los argumentos y pruebas para tomar una decisión informada y, por tanto, poder decir legítimamente que se autogobiernan.

Sin embargo, el primer debate televisado entre los dos candidatos no fue más que un breve instante de experiencia común en la plaza pública. El resto del tiempo, los votantes están en su cámara de eco, oyendo opiniones que consolidan las suyas. Este efecto de cámara de eco se vio primero en Internet, con la burbuja informativa y el filtro burbuja, pero se ha convertido en un elemento fundamental de todo el panorama mediático, no solo en la Red y no solo en Estados Unidos. Existe una profusión descontrolada de fuentes de noticias y opiniones, con la correspondiente fragmentación. Los votantes de Trump se alimentan de Fox News, los programas de radio de derechas, sitios de Internet como Breitbart (cuyo jefe supremo es asesor de Trump); los votantes de Clinton, de MSNBC, NPR, PBS, sitios de Internet como Slate o el HuffPost, gente de su misma opinión en las redes sociales… y ahora el periódico anti-Trump, The New York Times.

Como Internet ha destruido el modelo de negocio tradicional de la prensa y, al mismo tiempo, permite una enorme abundancia de fuentes, todos compiten ferozmente por quedarse con las visitas y los clics en este terreno abarrotado día y noche: como si fuera el parqué de una Bolsa o la calle de un mercado en India. Hay que gritar. Cuanta más sangre y más rugidos, mejor. A las informaciones y los análisis matizados, equilibrados y basados en pruebas les cuesta hacerse oír. Las posibilidades tecnológicas, los imperativos comerciales y los cambios culturales se unen para convertir la democracia deliberativa en infotainment, en espectáculo.

La realidad televisiva vence a la auténtica. Trump, hombre de negocios y antigua estrella de un reality show, es al tiempo creador y producto de este nuevo mundo. En esta realidad alternativa, los hechos, las pruebas y las opiniones de expertos dejan paso a los mitos, las exageraciones, las mentiras y las simplificaciones (el “hagamos que América vuelva a ser grande” de Trump, el “recuperemos el control” del Brexit). Los historiadores de la propaganda saben que las mentiras se imponen por mera repetición, a base de atontar la mente hasta expulsar la verdad. Las cámaras de eco constantes de los medios sectarios y las redes sociales que refuerzan los prejuicios causan un efecto similar.

Una vez tuve la divertida experiencia de tener que defender un libro mío, Los hechos son subversivos, en el programa satírico Colbert Report. “¡Qué dice —exclamó Stephen Colbert—, yo no quiero que los hechos me subviertan y me hagan sentirme incómodo, quiero cosas que me hagan sentirme bien!”. Colbert fue quien inventó el término truthiness para indicar esa cómoda verdad alternativa, la que nos gustaría que fuera. Pues bien, la realidad ha superado a su humor satírico. Trump es el maestro de la verdad alternativa. Aunque ya ha dejado de hablar de la partida de nacimiento de Obama, uno de sus comentarios después de que Obama la hiciera pública es un buen ejemplo: “Mucha gente tiene la sensación de que no era un certificado propiamente dicho”. Y yo tengo la sensación de que la Tierra es plana.

En el primer debate, Clinton soltó una frase muy ensayada: “Donald, sé que vives en tu propia realidad”. Y él replicó con otra frase menos practicada, más graciosa y muy reveladora: “Creo que el mejor miembro de su campaña son los grandes medios de comunicación”. Unas palabras propias de la retórica populista en todo el mundo, desde Estados Unidos a Francia y desde Polonia a India, con las que señala que sus partidarios son un grupo asediado por las poderosas élites liberales y que son la única “gente real” (una expresión que utiliza mucho Nigel Farage).

La distorsión está más agudizada en la derecha populista, pero la polarización tendenciosa, los gritos simplistas y las cámaras de eco son un problema en todas partes. Estados Unidos tiene medios de comunicación libres, variados y sin censura, pero que cada vez tienen menos sitio en la plaza pública común. Existe allí un noble lema que nos invita a creer en el “mercado de las ideas”. Lo que estamos presenciando en estas elecciones es el fracaso del mercado de las ideas”.

 

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Ignacio SÁNCHEZ-CUENCA, “El valor del no” a CTXT (12-10-16)

http://ctxt.es/es/20161005/Firmas/8877/Ignacio-Sanchez-Cuenca-PSOE-abstencion-corrupcion-PP.htm

“Todo indica que el grupo parlamentario del PSOE, o al menos una parte de él, va a abstenerse en la votación de investidura de Mariano Rajoy, de modo que España continuará con el PP en el Gobierno.

La abstención del PSOE parece inevitable una vez que se ha forzado la dimisión del secretario general y se ha constituido una gestora. En las condiciones actuales, con el liderazgo descabezado, sería extremadamente arriesgado para el PSOE optar por unas terceras elecciones. Como además el Partido Socialista recela de Podemos y rechaza llegar al Gobierno mediante el apoyo o la abstención de los nacionalistas, no le queda más remedio que abstenerse. Así acaba, pues, la triste historia del “no es no”.

Son muchos quienes han criticado la oposición incondicional de Pedro Sánchez al Gobierno del PP (refrendada, por lo demás, por el Comité Federal del partido hasta bien recientemente). Santos Juliá, por ejemplo, ha escrito que “la más hueca y obtusa de las barreras que en política se pueda concebir, [es] la del no es no. En política, el no nunca es no, salvo cuando quien lo repite como un papagayo quiere meterse en un túnel sin salida”. Son palabras duras y contundentes. En una línea parecida, José Ignacio Torreblanca ha apelado a la distinción weberiana entre la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones para mostrar el cerrilismo y la intransigencia que laten en el ya famoso “no es no”. El “no es no” sería la respuesta de quien no se hace cargo de la realidad ni de las consecuencias de sus actos, alguien más preocupado por la pureza de sus principios que por el interés general.

A mi juicio, las posiciones críticas con el “no es no” se equivocan al pasar por alto la anomalía democrática que supone la continuidad del Partido Popular en el poder. En un país en condiciones normales, no hubiera sido tan raro que, con un Parlamento fragmentado, el segundo partido hubiese permitido al primer partido formar gobierno. Mediante un pacto de gobierno, o una gran coalición, o cualquier otro mecanismo semejante, el segundo partido podría garantizarse una influencia importante sobre la acción del ejecutivo. Así, de hecho, ha sucedido en varios países europeos en estos últimos tiempos. No es ninguna aberración política permitir que el partido ganador en las elecciones gobierne si a cambio se obtienen contraprestaciones en las políticas que se lleven a cabo.

Ahora bien, lo que debe reconocerse ante todo es que en España no nos encontramos en una situación política comparable a la de otros países europeos. Ya quisiéramos. Los analistas no parecen reparar en que el partido político al que se va a permitir gobernar es una organización carcomida por la corrupción. A estas alturas ya no es preciso entrar en detalles: todo el mundo ha oído hablar de la Gürtel, la Púnica, el caso Palmarena, los sobresueldos en los papeles de Bárcenas, el pago en B de las obras en la sede central del partido, el saqueo de Cajamadrid, etc., etc., etc., por no mencionar la guerra sucia contra los partidos independentistas catalanes realizada desde el Ministerio del Interior, uno de los episodios más degradantes de los últimos años que no ha tenido consecuencia política alguna.

En este sentido, no puede olvidarse que el PP todavía no ha hecho una autocrítica seria por la corrupción, no ha colaborado con la justicia, no ha pedido disculpas a la ciudadanía y no ha asumido responsabilidad política por los hechos descubiertos. En estas condiciones, ¿qué significa abstenerse y permitir que continúe gobernando Mariano Rajoy, principal responsable de las tramas corruptas de su partido? Simple y llanamente, condonar la corrupción del PP.

Se dirá que el castigo de la corrupción corresponde a los votantes y que estos han optado por dar una mayoría simple al PP. Sin embargo, no hay ningún mandato ciudadano que obligue a los diputados de otros partidos a permitir que el PP forme gobierno. No se olvide que en una democracia parlamentaria la formación de gobierno tiene dos fases: la primera es la celebración de elecciones legislativas, la segunda es la votación de investidura. Los resultados electorales se han traducido en 137 escaños para el PP, muy por debajo de los 176 que necesita para gobernar. De ahí que en esta ocasión el PP tenga que sumar apoyos en el Parlamento para continuar en el poder. Si los diputados de otros partidos le prestan ese apoyo, estarán garantizando la impunidad parlamentaria de los escándalos de corrupción protagonizados por el PP.

Gobernabilidad o impunidad

La necesidad de evitar que el PP continúe gobernando se puede justificar apelando a un sencillo cálculo de costes y beneficios. Baste subrayar las consecuencias futuras que para el sistema democrático tiene el hecho de que un partido involucrado en toda clase de prácticas corruptas continúe en el poder: implica que se puede sobrevivir políticamente a pesar de haber cometido abusos gravísimos, consagrándose así el principio de impunidad.

No es un disparate defender que más importante que la gobernabilidad en el corto plazo es impedir que la impunidad domine la democracia española. Gracias a numerosos estudios sobre calidad de gobierno, sabemos que la combinación de alta desigualdad económica y elevada  corrupción es letal para el futuro de un país. Constituye lo que los expertos llaman un “equilibrio malo”, del que resulta muy difícil escapar. Los países que sufren desigualdad y corrupción se quedan sin perspectivas de mejora. En España, durante los años de crisis, la desigualdad ha aumentado notablemente, colocándonos en las posiciones de cabeza en Europa. Asimismo, se han destapado numerosísimos casos de corrupción. Si no frenamos la desigualdad y no corregimos la corrupción, España se transformará en un país sin oportunidades, con un sistema institucional ineficiente, sin posibilidad de mejora.

Lo que está en juego, según lo veo, es algo tan trascendental como la salud democrática del país. Esta, me parece, es una cuestión más importante que si se celebran dos o tres elecciones, o si se gobierna con el apoyo o no de los independentistas. Muchos ciudadanos que defienden el “no es no” así lo entienden, por más que algunos comentaristas les consideren víctimas de la demagogia.

La crisis de gobierno que arrastra el país desde hace ya casi un año ha servido para que cada partido se retrate. De esta forma, se ha demostrado que el regeneracionismo de Ciudadanos era de pacotilla. A pesar de sus promesas electorales repetidas e insistentes de que no iban a apoyar un Gobierno presidido por Mariano Rajoy, al final lo han hecho, exigiendo a cambio  una comisión de investigación sobre financiación irregular del PP. Han antepuesto la formación de un gobierno de derechas a la lucha contra el abuso de poder y la construcción de un Estado imparcial. Ni siquiera han pedido la cabeza de Rajoy. Los ideólogos del partido naranja nos aseguraron que su objetivo era acercarnos a Dinamarca: ¿alguien se imagina cómo podemos avanzar en esa dirección con un partido que distribuía un PowerPoint a sus cargos intermedios enseñándoles cómo saltarse la ley?

El PSOE, por su parte, se ha metido en su propio laberinto, optando inicialmente por el “no” pero autoimponiéndose limitaciones absurdas que impedían formar un gobierno alternativo. Como es lógico, una posición tan incoherente tenía que acabar explotando. Las fuerzas más conservadoras del PSOE se han conjurado para deshacerse de un secretario general que amenazaba con ensayar un gobierno de izquierdas posibilitado por los partidos nacionalistas; al proceder así, la única salida que les queda es la abstención. Han conseguido de este modo algo que parecía difícil, ahondar aún más en su déficit de credibilidad entre amplias capas del electorado progresista.

Podemos, mientras, sigue encantado de haberse conocido, presumiendo de ser distinto a todos y de ser el partido de la “gente” (con un 21% de apoyo entre los votantes, lo que supone que el 79% restante son la antigente). Ha considerado que su pureza ideológica está por encima del objetivo urgente de desalojar a la derecha corrupta como sea (lo que puede suponer votar con PSOE y Ciudadanos).

Precisamente porque lo que hay en juego es la impunidad, los partidos de la oposición tendrían que haberse mantenido en el “no es no”, para a continuación intentar formar un gobierno alternativo. Desgraciadamente, no han estado a la altura. Con la dejación del PSOE a última hora, se superará la crisis de gobernabilidad, pero a costa de permitir que uno de los partidos más corruptos de la historia europea siga en el poder. Vaya ganancia”.

 

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Esteban HERNÁNDEZ, “El dia que Iglesias dijo lo que de verdad piensa sin cortarse un pelo” a El Confidencial (9-10-16)

http://blogs.elconfidencial.com/espana/postpolitica/2016-10-09/pablo-iglesias-laclau-errejon-aleman-dia-cortarse-pelo_1272262/

“Desde hace tiempo, escribir un artículo sobre Podemos es veneno para la taquilla. Ignoro los motivos, pero es así: genera poco interés entre los lectores. Hubo un tiempo en que era al contrario, y cualquier texto con Podemos en el titular era masivamente visitado. Cuando eso cambió, y hace ya tiempo, comencé a pensar que no eran candidatos reales a convertirse en una opción de gobierno y que los sondeos los sobrevaloraban, pero como esa era una deducción poco científica (no había encuestas ni gráficos que la ratificasen) y su trayectoria me interesaba mucho, he insistido en el tema con cierta regularidad. Y las cosas no están cambiando.

Esta vez, sin embargo, hay una buena excusa, porque este debería ser el momento de Podemos. Una vez que el PSOE ha decidido tirarse por la ventana, los de Iglesias son teóricamente los mejor situados para recoger los réditos de la debacle, y a ello están aplicándose. Sus recientes decisiones sobre el apoyo a los socialistas en las CCAA apuntan en esa dirección.

En el peor momento

Pero seamos sinceros, la buena noticia para Podemos llega en el peor momento. Suelen argumentar que tienen cinco millones de votos, pero subrayan menos que se trata de una formación que ha ido hacia abajo. Si Pedro Sánchez quería unas terceras elecciones era solo para debilitar a Podemos, porque sabía que era el momento de golpearles duro. Y si hay una guerra interna entre Errejón, Iglesias y demás es precisamente porque las cosas no van bien. Si hubieran triunfado en los procesos electorales este debate no estaría teniendo lugar, ni se hablaría de girar a la izquierda o de ser más simpáticos con la gente. Los partidos no abren grandes discusiones internas cuando están arriba.

Por eso ha sido tremendamente interesante la intervención de Pablo Iglesias, sincera y directa, en la presentación en La Morada del libro ‘Horizontes neoliberales en la subjetividad‘ de Jorge Alemán, psicoanalista muy ligado a Podemos. Fue llamativo por el tono, porque Iglesias tiene un punto desatado que refleja bastante bien su momento: está respondiendo a las presiones y críticas internas y externas regresando a la combatividad de sus orígenes. Pero lo es también por los mensajes que transmitió, que abordan cuestiones importantes para la vida del partido y varias claves del camino que seguirán a partir de ahora.

La estrategia. Y punto

El centro de Podemos no ha sido la ideología, sino la estrategia. No en vano, cuando se dirigían a la izquierda existente no les decían solo que estuvieran obsoletos sino que ellos sí sabían cómo convertir una opción minoritaria en una ganadora. Y aunque esta obsesión por la estrategia está cegando la misma efectividad de su propuesta, parece que lo que hará el nuevo Podemos es intensificar las lógicas que han utilizado hasta ahora. Iglesias dice en su intervención que el debate interno tiene dos opciones, “dentro o fuera, la apuesta por cavar trincheras o por lo consensual”. Y después de dejar claro que ahora toca el populismo (en versión Laclau, por supuesto) y la trinchera, hace una puntualización peculiar: “Esto no es un debate de absolutos…. Si gobernásemos buscaríamos el compromiso y los consensos, y diríamos que se acabó el populismo, que nos fue útil para librar la batalla del discurso”. Esta inusual sinceridad, que también forma parte de la ‘fórmula Pablo Iglesias’, no hace más constatar que ese movimiento constante de posiciones es su esencia.

Pensemos en lo que está ocurriendo ahora mismo en el partido. La debilidad interna de Iglesias no es un asunto menor, porque hay pocos pablistas en la estructura (y muchos ‘errejoners’), aunque siga conservando su tirón entre los simpatizantes. La gran baza de Iglesias para subsistir no ha sido ni es es proponer un modelo determinado, que puede cambiar en función de las circunstancias, sino saber establecer alianzas, como con Anticapitalistas y con IU, construidas a partir de la animadversión que Errejón suscita entre mucha gente que viene de la izquierda. Pero esto es lo que Iglesias ha hecho continuamente, acercarse a unos grupos o a otros según le conviniera. Eso le hace un más que probable ganador en la lucha interna con solo activar el miedo a Errejón, lo que ya ha empezado a suceder. Pero no deja de ser una posición frágil, porque obliga a demasiados equilibrios.

La prueba de esta debilidad está en el mismo partido, que ha ido sosteniéndose electoralmente a partir de alianzas con otros actores, con Anticapitalistas en su inicio, las confluencias después, e IU más tarde, con los que ha ido sumando presencia pero no peso propio. Si descontamos los votos de Compromís, En Marea, Izquierda Unida y demás, su número de votantes es similar al de Ciudadanos, lo cual no es un gran logro. O, dicho de otra manera, manejas un partido con poco apoyo propio que debe negociar con frecuencia con aliados que ocupan en su territorio una posición superior a la tuya. A corto plazo es una solución, a medio un gran riesgo. El problema, en última instancia, no es hacer esto, sino no haber sabido ganar una fuerza sólida propia cuando todas las condiciones estaban dadas para ello. Y si eso no ha ocurrido en el pasado, también se puede pensar que quizá tampoco suceda ahora, cuando los socialistas han decidido rendirse al PP.

El Podemos que viene

El segundo aspecto que apareció en su intervención fue el de aclarar qué posición política va a ocupar Podemos a partir de ahora. La propuesta de Iglesias, la del populismo, consiste en esencia en lo siguiente: Podemos, siguiendo las tesis de Laclau, tiene que invocar a actores que se sientan excluidos a través de significantes vacíos que recojan cadenas de demandas heterogéneas. Esto puede querer decir muchas cosas, pero su aplicación práctica es la siguiente: Podemos ha interpelado, y lo seguirá haciendo y ahora con más fuerza, a colectivos que no han visto reconocidas sus demandas y que por eso estaban fuera de la política: entre otros, inmigrantes, ecologistas, feministas, LGTB, jóvenes investigadores que tienen que marcharse al extranjero, jóvenes que no tienen trabajo o que solo encuentran empleos precarios, o incluso los ninis. Su tarea debe ser la construcción de un sujeto político a través de la recogida en un paraguas común de todas esas demandas dispares. Ese es el camino en el que Iglesias quiere profundizar en este nuevo Podemos.

El problema no consiste solo en que esto sea un movimiento electoralmente frágil, que lo es, sino en su particular ceguera respecto de quienes le han dado su respaldo: entre sus votantes figura gran parte de jóvenes de clase media, funcionarios, antiguos votantes de izquierda que habían pasado a la abstención, personas de todas las edades preocupadas por sus condiciones de vida y, como decía Borrell, los hijos de los socialistas. No han sido los de fuera los que han dado su apoyo a Podemos, sino los de dentro. Los de fuera, por utilizar sus términos, han sido los que han ido a parar a la estructura (“los que montaban las manifestaciones son ahora concejales y diputados y los que iban, asesores”), pero su peso en la sociedad es entre escaso y nulo. Los de dentro, esos que se acuestan asustados todas las noches porque no saben qué será de su vida y los que perciben las contradicciones de un sistema que les promete estabilidad a la vez que les estrecha sus opciones vitales, entre quienes esperaban que la formación y el esfuerzo tuvieran recompensa a la hora de ganarse la vida, o los que esperaban tener una vejez materialmente más tranquila, son la fuerza electoral que, a izquierda y derecha, está transformando Europa. Son ellos, como decía Alberto Garzón, los que sí se han movilizado electoralmente. Si se les escucha y se les ofrece una solución, en lugar de significantes vacíos y tal, lo mismo empiezan a acercarse. Pero el problema es que cuando crees que tu fórmula es imbatible, cierras los ojos a la realidad y terminas por no ver más que tus deseos.

Demasiada confianza en sí mismo

En este sentido cabe interpretar también las afirmaciones de Iglesias de que “Podemos ha podemizado a la sociedad”, y especialmente “a los intelectuales viejos”. Sin duda, hubo un instante en que los de Iglesias marcaron los debates políticos, y en que su ascenso hizo pensar a los partidos que situar a personas jóvenes y con actitud más informal en los lugares más visibles podría servirles para combatir el eje nuevo/viejo en que se estaba situando la política, y de paso ganar algo de voto. Pero eso fue hace mucho tiempo. La tesis se acerca más a la realidad si le damos la vuelta. Ha sido el PP el que ha podemizado la sociedad: ha dibujado un enemigo radical que podría traernos peligros innumerables, lo ha vestido con todos los ribetes de la amenaza totalitarista, lo ha empaquetado y lo ha vendido a los medios y la opinión pública con gran resultado. Los de Iglesias eran un enemigo estupendo, porque podían asustar a parte de sus votantes y por tanto movilizarlos, y porque estaban lejos de tener un peso social fuerte que hiciera que tanta insistencia se les volviera en contra (como ocurrió en Madrid capital con Carmena). Eso les ha llevado a ganar las elecciones y más que probablemente a conservar la Moncloa después de sufrir un gran desgaste por la crisis y la corrupción.

Hay que entender una cosa con Iglesias y Errejón. Son estrellas del rock en el terreno político. Tengamos en cuenta que en Europa, salvo Syriza, y ya vemos cómo ha terminado la cosa, no hay otra experiencia nueva de izquierdas que haya tenido tanta relevancia. En América, Errejón e Iglesias siguen siendo figuras y constituyen una muestra de que la izquierda todavía puede tener peso electoral. Eso les hace ser muy solicitados por los medios, para dar conferencias y participar en actos. Y en Europa, algunos intelectuales de izquierda, como Owen Jones, los ven como referencia. El problema es que este tipo de cosas ciega, y es fácil empezar a pensar que si el partido ha tenido éxito ha sido por sus fórmulas, porque ellos supieron leer la realidad mejor que nadie y porque conocen cómo tienen que hacerse las cosas. Quizá tuvieron razón hasta hace año y medio, pero desde entonces están a la baja y no han sabido cambiar el paso.

Lo de “hemos podemizado a la sociedad” suena a ese tipo de fantasías que terminan tomándose por realidades. Actúan como si se entrase en un bar cualquiera y los parroquianos estuvieran discutiendo del vídeo de los del Eibar, de Messi y Cristiano, y de si Laclau debe pronunciarse como suena o es más correcto decir Lacló.

A por Errejón

Las pullas a Errejón, o al menos a las posiciones que defiende, estuvieron continuamente presentes a lo largo de su intervención. Su negativa a que Podemos sea más simpático, más sistémico y más institucional quedó clara. Pero hay una crítica llamativa, cuando señala su relación con el PSOE y dice que Ferraz nunca quiso gobernar con ellos, que solo quería subordinarlos y verlos dóciles en el Parlamento: que querían repetir elección tras elección para ver si Podemos bajaba en voto.

Esto, en clave interna, se entiende si vemos las caras de funeral de la noche de las segundas elecciones generales, cuando constataron que el ‘sorpasso’ que daban como seguro no tendría lugar. Lo que viene a decir Iglesias con esto es que, empujado por Errejón, había adoptado en esa campaña una posición más moderada y menos combativa para no asustar a los que faltaban. Que le habían convencido de que tenían que entenderse con la socialdemocracia española y europea para tener alguna opción de gobernar y que la realidad le negó las dos premisas: ni ganaron votos ni amigos. Y que no le vuelven a engañar con eso. Una y no más.

Los intelectuales

El cuarto elemento llamativo fueron las bofetadas verbales a José Luis Villacañas, catedrático de filosofía de la Universidad Complutense y viejo conocedor de Iglesias y Errejón, al que atiza dialécticamente de un modo muy peculiar, refiriéndose a un artículo reciente en la que el filósofo alababa a Errejón. La primera parte del artículo le gustó a Iglesias, según confesó, porque “imitaba a Antonio Machado cuando dijo a Líster: ‘Si mi pluma valiera tanto como tu pistola de capitán con gusto moriría’. Eso está bien: que un intelectual lleve su rodilla en tierra frente a un dirigente político dice lo que tiene que ser un intelectual”. La segunda parte del artículo le gustó menos, porque “entra en el barro”. Según Iglesias, “el intelectual no tiene que ser y no debe ser independiente, pero lo que no debe hacer es perder el rigor y la dignidad y Villacañas lo ha perdido… En Podemos somos rigurosos y debatimos en serio. No habríamos llegado donde estamos si no hubiéramos sido rigurosos”. Es llamativa esta crítica feroz a un hombre relativamente cercano, pero también lo es la perspectiva que tiene sobre los intelectuales.

Sin izquierda

En definitiva, un partido que ignora a quienes le pueden votar porque no están “fuera”, que apuesta más que nunca por la estrategia y en el que sus debates son sobre conceptos y sobre la interpretación correcta de los autores canónicos en lugar de intentar conocer la realidad cotidiana de la mayoría de la gente, no tiene mucha pinta de estar en disposición de aprovechar el harakiri del PSOE. Más bien, apunta a que la izquierda, por este camino, tendrá una posición subordinada en la política durante bastante tiempo”.

 

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Juan RODRÍGUEZ TERUEL, “¿Será Iceta (¿o Parlón?) quién decida el futuro del PSOE?” a Agenda Pública (13-10-16)

http://agendapublica.es/sera-iceta-o-parlon-quien-escriba-el-futuro-del-psoe/

“Lejos de ser un evento ‘regional’, las ‘primarias’ que se celebran este fin de semana en el PSC para escoger a su Primer Secretario (equivalente al Secretario General del PSOE) pueden condicionar decisivamente el futuro del PSOE En otros tiempos, la disyuntiva entre los dos candidatos, Miquel Iceta y Nuria Parlón, habría suscitado poca incertidumbre. Sin obviar los méritos de la joven alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet (novena ciudad de Cataluña en población, en la que ni exCDC ni ERC tienen representación municipal, y en donde se reflejan –más que en ninguna otra población catalana- los límites y contradicciones del actual movimiento independentista), el liderazgo de Miquel Iceta genera pocas dudas dentro y fuera de su partido.

Elegido hace dos años, el mismo día que su homólogo Pedro Sánchez, Iceta se encontró (es un decir, porque pocas personas conocían ya entonces la organización interna como él) a un partido que había pasado en pocos años del predominio social e institucional al declive electoral acelerado, desprestigiado políticamente, castigado por sus votantes tradicionales, abandonado por los jóvenes y diezmado por las escisiones. Hablamos del PSC, no del PSOE. Todavía.

En estos dos años, el itinerario político de Iceta ha ido en paralelo al de Sánchez, pero su rendimiento presenta notables diferencias. Ha conseguido apaciguar la zozobra interna que caracterizó los años previos (lo cual siempre es más complicado, paradójicamente, en organizaciones menguantes), ha estabilizado precariamente la base electoral del PSC, y ha resuelto con solvencia el papel de representar y escenificar el discurso forzosamente ambivalente de un partido que solo puede sobrevivir mientras se resista a la polarización suscitada por el debate territorial e identitario. Algunos de quienes mejor reconocen sus cualidades (en esto siempre hay gustos para todos) son sus propios adversarios políticos, a quienes beneficia tener un representante parlamentario que trata de tomarse en serio planteamientos que a veces resultan poco o nada consistentes. Y en los tiempos de la política twittera, Iceta además tuvo la habilidad (o fortuna) de hacerse viral entre los que solo acceden a la política a base de memes y emoticonos, gracias al bailoteo al estilo Queen. Un cierto sarcasmo para un socialdemócrata de la vieja escuela (ya se movía como fontanero en la Moncloa de Narcís Serra), que conoce atentamente –como hacen pocos ya en el socialismo español- los derroteros de la socialdemocracia europea. Un significativo contraste con la orientación más anglosajona que sugiere el proyecto de tesis doctoral de Parlón sobre la teoría política de Rawls.

Podría parecer que, con estos méritos, cualquiera habría consolidado su liderazgo en el partido. Sin embargo, Iceta quizá no las tenga todas consigo ante Parlón. Aunque las diferencias ideológicas son inevitablemente imperceptibles, porque no las hay, la oposición a Iceta tiene dos razones de peso: jóvenes siempre favorables a un relevo generacional, a los que se unen todos aquellos notables locales que aspiran a tener más mano directa en las decisiones del partido. Quizá no sean motivos sustanciales para el electorado que aún le queda al PSC, pero suelen ser los incentivos que mueven la disputa interna por el poder en los partidos, en los que, con permiso de Pascal, ‘el corazón (de los militantes) suele tener razones que la razón (de los votantes) no siempre alcanza a comprender’. En este contexto, los afiliados del PSC se enfrentan al dilema de escoger entre lo viejo conocido y lo nuevo por conocer. Y de esa elección entre dos políticos profesionales, uno consolidado y otra con mucha proyección por delante, dependerán las respuestas que se den a las tensiones que parece esperar al grupo parlamentario socialista del Congreso en breve.

Los diputados del PSC rechazarán la investidura a Rajoy en los próximos días, con independencia de quién gane las primarias. Se trata de una cuestión de supervivencia electoral para un partido que ha definido su espacio político en Cataluña por oposición al PP. Con ello, no solo tratará de mantener el tipo ante el ímpetu de Podemos y los Comunes (que alcanzaron la primera posición en Cataluña en las elecciones generales de los pasados meses). También le permitirá al PSOE la expresión de una voz plural (y, cierto contradictoria) para ejercer simultáneamente la responsabilidad institucional y la responsividad electoral ante el mal trago de hacer presidente a Rajoy sin apenas contraprestaciones. Una decisión que la mayoría de sus votantes desaprueba, según las encuestas que se van conociendo en los últimos días.

Es posible que, en ese contexto, la dirección provisional del PSOE y sus principales líderes territoriales traten justamente de abortar cualquier tipo de indisciplina. Con ello, intentarían que los costes derivados de permitir la presidencia de Rajoy fueran compartidos colectivamente por todos los diputados. Hay que tener presente que, cuando la presidencia recaiga de nuevo sobre Rajoy, un político más inteligente de lo que se han cansado de caricaturizar sus adversarios, este volverá a recuperar plenamente todos los resortes a su alcance: no solo los que le otorga la preeminencia del ejecutivo ante el legislativo, y la mayoría absoluta en el Senado, sino también la posición estratégica del PP en las autonomías gobernadas por los socialistas (donde Podemos aprovechará cada momento para exponer la vulnerabilidad de los barones del PSOE) y el control indirecto sobre las finanzas autonómicas que ejerce el Ministerio de Hacienda desde que España se encuentra intervenida de facto por la Unión Europea. No hay relato que pueda soslayar esa realidad. En ese escenario, los cálculos de quienes forzaron la defenestración de Sánchez pronto pueden verse superados por el curso de los acontecimientos de una legislatura que transcurrirá en las trincheras parlamentarias.

El intento de impedir la indisciplina podría desembocar en un replanteamiento de las relaciones entre el PSOE y el PSC. Aunque hay margen para actualizar esa relación, siempre cabe el riesgo de que la debilidad de ambas fuerzas políticas precipiten una dinámica imprevisible, que se acabe llevando por delante una alianza inevitablemente caracterizada por su ambivalencia y fragilidad. Ambivalente, porque en ella se han conseguido representar electoralmente desde el statu quo españolista (de quienes se oponen a cualquier renegociación sustancial del pacto territorial recogido en la Constitución de 1978) hasta el independentismo pragmático (de quienes, siéndolo en algunas autonomías, anteponen las prioridades sociales o el simple realismo político a otras reivindicaciones de identidad nacional más difusas). Y frágil, como se ha podido constatar estos últimos años, porque cualquier tipo de polarización en cuestiones territoriales, de autogobierno o de identidad rompe el programa y el electorado de los socialistas. En una época en la que los matices, la ambigüedad y la complejidad penalizan electoralmente a quienes así los manifiestan, la alianza entre PSOE y PSC se muestra altamente vulnerable.

Aunque quizá por ello esta alianza resulta particularmente necesaria para evitar que la polarización se lo lleve todo por delante. Además de mortal políticamente para PSC y PSOE, resultaría toda una paradoja que el fin de la alianza forjada por Guerra, Obiols y Reventós hace casi 40 años fuera el impulso definitivo para Podemos, cuando este ha decidido importar esa fórmula para ganar atractivo electoral y flexibilidad organizativa en territorios como Cataluña y Galicia. Precisamente, la creación del partido catalán de Ada Colau puede suponer el gran test de resistencia que deberá afrontar el PSC en los próximos meses. Algunos de los líderes locales que se sientan perdedores en el próximo congreso del socialismo catalán podrían verse tentados por buscar nuevas perspectivas en el partido de Colau. Lo que también puede suceder en otros territorios del PSOE. Como nos enseñaron los casos de manual de la UCD o el PASOK, el derrumbe de un partido no se produce tras una debacle electoral sino cuando sus dirigentes intermedios o locales abandonan el barco en masa para unirse a los adversarios. Ante este tipo de dinámicas perversas, la inflexibilidad de las elites del partido suele ser muy contraproducente.

Quizá la magnitud del escenario sea demasiada para que la simple elección entre un candidato u otro determinen su evolución. Pero el diferente grado de experiencia acumulada por cada uno de los candidatos, y el de sus expectativas de cara al futuro pueden ejercer una influencia trascendental en la evolución de las relaciones entre PSC y PSOE, y en las opciones realistas que conserve este último por recuperar el terreno perdido en la gobernabilidad de España”.